La predicación, su significado y su lugar bíblico

Es imprescindible que en un estudio serio de la homilética no comencemos el mismo sin un conocimiento somero de la predicación. Antes preguntemos: ¿Qué es la predicación? ¿Cuál es su significado? ¿Qué lugar debe tener en el programa bíblico? Por lo tanto es de desear que no miremos o consideremos a la predicación como una disciplina más en el “curriculum” de una preparación religiosa. La misma dentro del propósito salvífico divino forma parte integral del plan que en Jesucristo fue desarrollado para que Dios entrara en una cita histórica con el ser humano.

  1. La predicación

La predicación es divina-humana. Esta viene de Dios, a través de los hombres o mujeres, para hombres y mujeres. Esta dicotomía divina-humana se descubre a lo largo de toda la historia bíblica. Dios por medio de instrumentos humanos entró y entra en diálogo con sus criaturas racionales.

Por ejemplo, los diez mandamientos fueron divinos en su procedencia y contenido, pero por intermedio de Moisés (el elemento humano) llegan al pueblo. El ministerio sacerdotal es otra ilustración de esta gran verdad bíblica. El sumo sacerdote se constituía en el gran representante de los hombres ante Dios y de Dios ante los hombres. En el idioma latín sacerdote se lee “pontifex”, cuyo significado es constructor de puentes. El sacerdote tenía como función servir de puente entre Dios y los hombres. En nuestro Señor Jesucristo tenemos el verdadero “pontifex” o “sumo sacerdote” (Hebreos 2:17; 3:1; 4:4; 6:20; 7:25; 9:11). Por medio de su sacrificio nos ha llevado a justas relaciones con Dios (Romanos 5:1). El escritor a los hebreos dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

En la persona de Jesucristo se descubre una vez más este principio divino-humano. Aun su propio nombre compuesto: Jesucristo integra su misión terrenal (Jesús-Salvador) con su misión divina (Cristo-Ungido-Mesías). El apóstol Juan declara: “En el principio (eternidad) era el Verbo (griego, Logos), y el Verbo (Logos) era Dios (griego, Theos)” (Juan 1:1). Aquí se resaltan tres verdades escatológicas: Primero, la eternidad del Logos, “En el principio era el Verbo”. Segundo, la comunión y relación divina, “y el Verbo era con Dios”. Tercero, la naturaleza divina y deidad, “y el Verbo era Dios”.

Luego en Juan 1:14 leemos: “Y aquel Verbo (Logos) fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. En Jesucristo se une el Theos (Dios) con el anthropos (hombre). Dios por medio de Jesucristo se hace tangible y visible al ser humano.

El término Logos significa: verbo, palabra y pensamiento. Jesucristo es la Palabra de Dios hecha carne. El Padre por intermedio del Hijo se comunica y entra en relación con el mundo.

La Biblia, la Palabra de Dios escrita para todos, es divina-humana. Dios la inspiró, pero hombres divinamente escogidos la escribieron usando su propio estilo literario (2 Timoteo 3:16).

Por lo tanto es de esperarse que la predicación sea divina-humana. El Dios que con voz audible habló a Adán, Eva, Caín, Noé, Abraham y a otros personajes bíblicos, todavía continúa hablando por medio de la predicación. Los métodos de Dios de hablar al ser humano han sido muy variados: voz audible, truenos, relámpagos, vientos, la nube de su gloria, la llama de fuego, silbido apacible, el profeta, sueños, visiones, urim y tumín, escritos sagrados, visitaciones angelicales y muchas otras maneras.

El escritor de Hebreos en el capítulo 1:1–2 nos declara al particular:

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.

Hasta ahora lo que he querido decir es lo siguiente: Dios emplea el elemento humano para entrar en conversación con humanidad. Jesús fue la Palabra divina hecha carne por medio de la cual Dios habló a la humanidad. La Biblia es la Palabra de Dios inspirada a hombres santos por la cual Dios continúa hablando. La predicación cristiana no es sino un evento divino-humano en el cual Dios usa seres humanos que han sido llamados y comisionados como instrumentos para transmitir este mensaje al hombre.

  1. Su significado

En los párrafos anteriores argumenté un poco del propósito de la predicación cristiana. Ahora seré más preciso en definir la predicación tomando en cuenta la opinión que al particular han aportado algunos colegas. Sobre dichas declaraciones formularé algunas reflexiones que sé serán de provecho. Las mismas nos ayudarán a tener una definición propia de la predicación cristiana.

  1. Orlando Costas define la predicación así

“De igual manera, la predicación recibe su autoridad de parte de Dios. Esa autoridad se desprende del hecho de que es un mensaje que está arraigado en lo que Dios ha dicho. Aún más, es un hecho que la autoridad inherente de la predicación es el resultado de la presencia misma de Dios en el acto de la predicación. La predicación es autoritaria porque el que predica no es el hombre, sino Dios a través del predicador, de modo que la palabra predicada viene a ser verdaderamente Palabra de Dios”.1

En su definición, Costas, quien fue un gran exponente del texto bíblico, señala las siguientes características de la predicación:

Primero: La autoridad de la predicación “es de parte de Dios”. Lo que distingue a la predicación cristiana de cualquier otra clase de discurso es esa realidad. El predicador no se apoya en sus argumentos persuasivos, lógicos o retóricos para dar base autoritaria a la predicación. Más bien expone el mensaje respaldado por la autoridad que Dios le ha conferido. La predicación sin la autorización divina es hueca, sin propósito, un simple discurso vacío o un ejercicio homilético.

Esa autoridad no se recibe por la disciplina homilética. La misma tiene que venir directamente de Dios. Los predicadores que han sido usados para comenzar revoluciones espirituales, han sido aquellos que han ministrado en la autoridad del Señor.

Segundo: De acuerdo a Costas “esa autoridad se desprende del hecho de que es un mensaje que está arraigado en lo que Dios ha dicho”. Predicar no es otra cosa sino dar un mensaje de parte de Dios. Por lo menos eso es lo que se espera de un predicador. El predicador es un mensajero con la tarea de dar a otros el mensaje que Dios le ha conferido. El mayor peligro y la peor presunción es dar nuestro mensaje y no el mensaje de Dios. Cuando el mensajero se predica a sí mismo, hablando de sus hechos y experiencias a expensas de los hechos y dichos de Dios, corre el grave peligro de predicar su propio evangelio.

Pablo, el gran teólogo de la iglesia cristiana dijo algo que se relaciona con el punto que está bajo consideración: “mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gálatas 1:11–12).

El mensaje de Dios tiene que llegar por revelación divina. No se produce en la mente del razonamiento humano. Dios lo tiene que dar. El apóstol no pretende en sus palabras restar importancia a la preparación homilética en el evento de la predicación. Pero sí da por sentado que el mensaje que tiene que predicarse tiene que venir de arriba.

La homilética no es un conducto o receptor para recibir el mensaje divino. Es más bien un proceso, una herramienta, un medio, o la manera de poder transmitir el mensaje divino a los seres humanos. La misma no es un fin sino un medio para alcanzar un fin.

La predicación vacía del mensaje de Dios conduce a la proclamación de un “evangelio diferente” (Gálatas 1:6), o al anuncio de “otro evangelio” (Gálatas 1:8). Lo que alguien le ha llamado “el evangelio según san yo”.

Muchos predicadores basan sus argumentos en lo dicho por Barth, Burtlman, Calvino, Lutero, Wesley, Tillich, Dietrich Bonhoeffer y otros teólogos en general. La autoridad máxima del predicador del evangelio no es la escuela filosófica del pensamiento contemporáneo o escuela del pensamiento teológico, tampoco el credo eclesiástico de la denominación o los principios dogmáticos y tradicionales. La autoridad del mensajero cristiano es respaldada “en lo que Dios ha dicho”. Es decir, en la Palabra escrita: La Biblia. Predicar sin estar arraigados en la revelación escrituraria es ¡Voz de Dios y no de hombre! (Hechos 12:22).

Tercero: El predicador es un medio, “el que predica no es el predicador, sino Dios a través del predicador”. Si los predicadores reconocieran que no es su predicación sino la predicación del Señor ….

En una ocasión alguien le dijo a Juan Bunyan: “Ha predicado un buen sermón”. Su respuesta desconcertante fue: “El diablo ya me lo dijo mientras bajaba del púlpito”.2

El conocido predicador Spurgeon dijo:

“El mensaje de Dios merece toda mi capacidad; y cuando lo transmito, debería estar allí todo mi ser; ninguna parte del mismo debe extraviarse o dormirse. Algunos, cuando suben al púlpito no están allí”.3

Muchos, después de una predicación regresan a sus hogares frustrados y desanimados. Esperaban diferentes resultados. Quizás habían pecadores y no respondieron a la invitación de salvación. Los creyentes enfermos aunque escucharon el llamamiento por sanidad divina hicieron caso omiso. Nadie los felicitó por la predicación.

El predicador debe recordar que el mensaje es de Dios. Por lo tanto, los resultados de la predicación le pertenecen a El. Toda esa psicología de altares llenos por la habilidad del predicador no son los verdaderos resultados producidos por el evangelio. Sé de muchos predicadores que si el altar no se llena después de sus predicaciones emplean cualquier artificio para satisfacer su propio ego. A Dios eso no le agrada. El es Dios y sabrá cómo y cuándo obrará.

Cuarto: El propósito es que la palabra predicada y la palabra de Dios sean lo mismo. Costas afirma: “de modo que la palabra predicada viene a ser verdaderamente palabra de Dios”. ¿Cuándo habla Dios en su sermón o en una predicación? Es una pregunta muy difícil de contestar. El predicador muchas veces está sin conocimiento natural de lo que Dios está haciendo o diciendo. En otras ocasiones los predicadores están conscientes de lo que Dios está diciendo y haciendo. Pero de alguna manera en el evento de la predicación mucho de lo que expresa el predicador es verdaderamente la Palabra de Dios. Es decir, Dios habla directamente usando la voz del predicador.

  1. José M. Martínez define la predicación

“Es la comunicación, en forma de discurso oral, del mensaje divino depositado en la Sagrada Escritura, con el poder del Espíritu Santo y a través de una persona idónea, a fin de suplir las necesidades espirituales de un auditorio”.4

Primero: Martínez considera la predicación como “comunicación en forma de discurso oral”. El predicador no escribe para el pueblo sino que oralmente anuncia al pueblo. Más que todo, la tarea de predicar es tarea do hablar y no de escribir. Aunque no negamos la eficacia de los sermones escritos para ser leídos. Pero sí estamos conscientes de que la unción hablada es de efectos más profundos que la escrita. Por tal razón no estoy de acuerdo con los predicadores que escriben sus sermones para leerlos ante una audiencia. El sermón o predicación debe realizarse ante una situación verdadera y concreta. No niego que en otras situaciones, como por ejemplo en la radio, el sermón escrito es más efectivo y comprendido, Pero aun así el elemento de la voz le añade un toque especial. Cuando un predicador está ante una audiencia visible e inmediata, es imprescindible comunicar efectivamente el mensaje de manera natural y espontánea.

Debido a que la predicación es comunicación, todo predicador necesita aprender las diferentes técnicas para comunicar. La comunicación es tanto natural (empleándose la personalidad y la voz del comunicador) como mecánica (equipos y medios de comunicación).

Segundo: Martínez ve la predicación como la comunicación oral “del mensaje divino depositado en la Sagrada Escritura”. La predicación tiene que ser bibliocéntrica. La Biblia no sólo le da contenido a la predicación sino que le da autoridad. Es en la Biblia donde se basa el predicador para la exposición del evangelio. Aunque un sermón para ser bíblico no tiene que estar necesariamente basado en la interpretación de un pasaje bíblico particular, sino en la revelación bíblica.

Pero aun empleando la Biblia, el predicador debe saber llegar al significado del texto. Muchos sermones no pasan de ser una “ensalada textual” o un “sancocho homilético”. Lo que hace el predicador es atar cabos con versículos bíblicos. De un pasaje bíblico salta al otro y al otro como si fueran lianas espirituales. Al fin y al cabo deja a su audiencia en el aire. Es mejor que el predicador invite a sus oyentes a entrar por la puerta de la revelación de un texto bíblico y no que se asomen a las ventanas de muchos textos bíblicos. Los textos bíblicos no deben ser extraídos con un “bisturí espiritual”, para luego poner sobre ellos un significado y un uso que no es el debido. Un buen predicador sabe sujetarse al texto sin rodar dentro del mismo.

Tercero: Otro elemento de la definición que se está analizando es: “con el poder del Espíritu Santo”. Predicar sin la ayuda del Espíritu Santo es como querer apagar un fuego sin agua. El poder del Espíritu Santo lo adquirirá el predicador en su recinto privado o en la práctica diaria de una vida devocional.

Pablo decía:

Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría, … y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y tembor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

1 Corintios 2:1–5

Lo que muchos predicadores necesitan en nuestros días es más poder que palabras. Ese poder no llegará a no ser que haya una entrega total y completa a la persona del Espíritu Santo. Es El el que da unción al predicador. Cuando los predicadores dejen que el fuego del Espíritu Santo los queme por dentro habrá humo por fuera. Las predicaciones estarán saturadas de poder (Hechos 1:8; Romanos 1:16). Prediquemos llenos de poder y cosas de parte de Dios sucederán a nuestro alrededor.

En Hechos 4:31 leemos:

Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

El secreto de una vida de poder en los apóstoles Pedro y Juan y la iglesia de los primeros días estaba en el poder que recibían del Espíritu Santo. Con ese poder tenían el valor necesario para predicar (Hechos 4:33), y ser acompañados de señales.

Cuarto: Martínez ve la predicación como un mensaje divino, “a través de una persona idónea”. Sobre este particular quiero citar algunos dichos de Spurgeon:

“Sea cual fuere el ‘llamamiento’ que alguien pretenda haber recibido, si no ha sido llamado a la santidad, puede asegurarse que no lo ha sido al ministerio”.5

“Cuán horrible es ser predicador del evangelio y no estar sin embargo convertido”.6

“Mejor es eliminar los púlpitos, que ocuparlos con hombres que no tienen un conocimiento experimental de lo que enseñan”.7

“Nosotros necesitamos que se tenga por ministro de Dios a la flor y nata de las huestes cristianas, a hombres tales que si la nación necesitara reyes, no pudieran hacer cosa mejor que elevarlos al trono. Nuestros hombres de espíritu más débil, más tímidos, más carnales, no son candidatos a propósito para el púlpito”.8

El púlpito debe ser usado por hombres y mujeres nacidos de nuevo, que hayan recibido el llamamiento para servir en el ministerio de la predicación. La iglesia cristiana a lo largo de los siglos ha sido vilipendiaba por hombres y mujeres que no han sido dignos de llevar el reconocimiento de ser llamados “hermanos”.

El ministerio no es una profesión en el sentido usual del término. Es una vocación divina. No es el hombre o la mujer que optan por ser predicadores, sino Dios es el que los llama a la tarea de la predicación. Muchas denominaciones han fracasado porque al buscar los requisitos para el ministerio consideran más la disciplina académica graduada antes que el verdadero llamamiento de Dios. Por eso hay denominaciones que están llenas de doctores en esto y aquello, pero carecen de ministros de corazón, que estén dispuestos a darlo todo por la obra del Señor. Ministran más bien por un contrato que por el llamado del Señor.

Quinto: Martínez dice que el predicador ha sido llamado “a fin de suplir las necesidades espirituales de un auditorio”. El predicador tiene que tener en mente que el pueblo al cual se le envía a ministrar está en necesidades espirituales. Se me hace difícil distinguir o separar una predicación presbiteriana de una bautista. Una predicación metodista de una pentecostal. Una predicación luterana de una anglicana. Una predicación de los discípulos de Cristo de una reformada.

En una ocasión fui invitado a predicar a una congregación de una conocida denominación histórica. El ministro amigo mío me dijo: “Hermano, no se olvide que no nos puede predicar un sermón pentecostal sino un sermón X”. Me costó trabajo el poder prepararme para un sermón denominacional. Opté por predicar como siempre lo había hecho. Desde luego me cuidé de las etiquetas de mi propia tradición y de respetar la manera litúrgica como se adoraba en dicha congregación. Dios se movió e hizo como quería. Al finalizar, mi amigo y compañero de ministerio me dijo: “Kittim, Dios te usó mucho”. Le susurré al oído, “No se lo digas a nadie, prediqué un sermón pentecostal”. Ambos nos echamos a reír.

El predicador no predica su denominación o filiación religiosa sino a Cristo. Nuestra tarea no es la de hacer prosélitos en otras denominaciones evangélicas sino alcanzar a los pecadores con el evangelio de salvación y edificar con el mensaje a nuestros hermanos en la fe. La experiencia cristiana es de más importancia que los apellidos denominacionales.

Pablo dijo:

Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.

1 Corintios 2:2

Muchos fracasos en la predicación se deben al hecho de no tener en mente las necesidades espirituales y convivenciales de la audiencia. El evangelio es pregunta y es respuesta (Exodo 3:11–12; Isaías 6:8; Hechos 9:4–5; 16:30–31). Por lo tanto es importante contestarnos pregunta a qué y respuesta a qué.

Cuántos predicadores malgastan el tiempo de la predicación tratando de explicar a sus oyentes que lo que están leyendo no es lo correcto conforme al original griego. El empleo del griego en el texto bíblico es importante en la exégesis correcta. Pero el griego también puede ser un instrumento satánico para que predicadores liberales y controversiales jueguen con definiciones aisladas para inyectar sobre el texto sagrado su propia postura.

Un ejemplo de lo antes dicho lo encontramos en Lucas 7:25 donde leemos:

Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa, y viven en deleites, en los palacios de los reyes están.

Leamos ahora 1 Corintios 6:9 donde dice:

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones.

El término griego en ambos casos es “malakos”. Recuerdo a un profesor mío que tratando de justificar la homosexualidad jugó con este término. Según él “malakos” no describe a alguien con tendencias homosexuales sino a cualquier persona débil y de un comportamiento delicado. Pero aun así a la luz del contexto los tales están excluidos del reino de Dios.

Por eso el predicador debe cuidarse de no hacerle daño al texto bíblico. La mayoría de nuestra gente no habla bien el español. ¿Por qué confundirlos más con un idioma que sería más provechoso para el estudiante seminarista?

Otros se preparan para llegar a cierto grupo particular de la audiencia. Su meta es impresionar y saber la buena opinión de ese grupo a expensas de los demás. ¡Eso no es predicar! El predicador tiene que comunicar el mensaje divino a toda la audiencia.

En todo ejercicio homilético el predicador debe tener en su corazón al pueblo que le ministrará. Algunas preguntas que debe hacerse ante Dios son: ¿Por qué les quiero hablar de este tema? ¿Para qué les voy a hablar? ¿Será eso lo que Dios desea para ese pueblo? ¿Cuáles son las necesidades espirituales de esos oyentes? ¿Hablará Dios a través de mí a su pueblo y al que no lo es?

III. Su lugar bíblico

Aunque ya había mencionado algo sobre la Biblia y el predicador en la predicación, ahora daré unos cuantos martillazos en el clavo de esta gran verdad: La Biblia es la fuente de las predicaciones cristianas. En la Biblia se descubre el lugar que en el andamiaje de la redención tiene la predicación.

  1. En Romanos 10:13–15 leemos

Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo predicarán si no fueran enviados? ¿Y cómo oirán sin saber quien les predique? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz de los que anuncian buenas nuevas!

Dios puede salvar al pecador a través del medio que a El le plazca escoger. Pero la predicación en esta economía divina es el método por el cual la Palabra de Dios (la revelada en la Biblia o la que viene por la revelación al espíritu), al igual que la Palabra viva (Jesucristo), se predica a los seres humanos.

Pablo introduce cuatro interrogantes a manera de ironía. La primera enseña que para invocar al Señor hay que creer en él. La segunda señala que para creer en el Señor hay que oír de él. La tercera afirma que para oír del Señor alguien lo tiene que anunciar. La cuarta es explícita: sólo los que son enviados pueden predicar el evangelio.

En resumidas cuentas, el pasaje enseña el lugar que la predicación tiene como medio de dar a conocer el evangelio, mediante la exposición de la Biblia. En la Biblia está el evangelio y el evangelio es Jesucristo.

Todos los creyentes hemos sido llamados a testificar de Jesucristo y a proclamar el reino de Dios aquí en la tierra. En los evangelios esto se conoce como la gran comisión (Mateo 28:16–20; Marcos 16:14–18; Lucas 24:36–49; Juan 20:19–23). Sin embargo Dios ha escogido de en medio de la Iglesia a un grupo de hombres y mujeres con la tarea específica de ser portavoces y anunciadores del evangelio.

  1. En 1 Corintios 1:21 leemos

Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.

Para los griegos la predicación era una locura. La escuchaban con sospechas. Ellos no podían concebir en sus ideas a un Dios que pudiera experimentar emociones y que pudiera asumir forma humana. Así era el Dios que predicaban los cristianos en la persona de Jesucristo. Hoy en día el mundo continúa considerando la predicación como una locura. Se piensa de los predicadores como individuos con perturbaciones mentales. Los cuales viven en un mundo de irrealidades y fantasías religiosas.

Pero a Dios le ha placido escoger la predicación para llevarle la gran noticia al mundo de que en Jesucristo hay salvación y esperanza, no sólo para esta vida sino para la por venir. Por medio de la predicación El ha extendido su brazo salvador para rescatar al ser humano de su miseria espiritual. Aunque muchas de las cosas de Dios parezcan locuras, no por eso se deben rechazar. De Jesús dijeron sus contemporáneos: “Está fuera de sí (Marcos 3:21). El Testamento Nueva Vida dice: “Está loco”.

Escuché en una ocasión al conocido evangelista internacional Raymundo Jiménez decir: “Sólo Dios llama a un loco como yo y a un cariduro de Fajardo”. Nuestro hermano Raymundo al igual que su hermano Eugenio han predicado el evangelio de Jesucristo en casi toda Latinoamérica. En la actualidad es director de H.C.C.N., la cadena de Hispanos comunicando a Cristo a la nación. El Señor les ha concedido un espacio de horas por televisión.

Muchos radioyentes de Nueva York, Nueva Jersey y algunas ciudades de Connecticut saben del ministerio de Radio Visión Cristiana. Por la gracia de Dios soy miembro de su Junta Directiva en la capacidad de presidente. Un grupo de ministros movidos por la locura de la predicación están difundiendo por radio el mensaje de Jesucristo 24 horas diarias con un presupuesto que está en los cinco millones anuales. ¿De dónde sufragan esos gastos que alcanzan varios millones de dólares anuales? De la ayuda generosa y voluntaria de la audiencia radial. ¿No es esto una locura de la predicación?

La predicación es para muchos una locura. Pero en medio de esa locura la teocentralidad y la bibliocentralidad se transforman en milagros irrefutables que convencen al mundo de que Dios es real y lo que se predica es verdad.

Dios usa y usará la predicación en su propósito divino para llegar a los corazones humanos. Además en la predicación los creyentes son nutridos por medio de la exposición bíblica en la fe cristiana.

La Biblia no presenta substitutos para la predicación. Los programas que se desarrollan en las congregaciones son para complementar la predicación. Ninguna actividad eclesiástica debe tomar el lugar céntrico de la predicación. Las congregaciones tienen que dejar de ser “clubes eclesiásticos” y dar la primacía a la predicación.

Son muchas las denominaciones en la actualidad que están convertidas en “cementerios eclesiásticos”. Lo único visible en ellas es su lápida histórica. Sencillamente se han olvidado de la predicación bibliocéntrica de sus fundadores. La Biblia, para sus pastores, ha dejado de ser la Palabra de Dios. La predicación tiene que retornar a nuestros púlpitos y nuestros ministros tienen que volver a ser predicadores.

BOSQUEJO

Introducción:

¿Qué es la predicación? ¿Cuál es su significado? ¿Qué lugar debe obtener en el programa bíblico?

La misma dentro del propósito salvífico forma parte de un plan, que en Jesucristo fue desarrollado para que Dios entrara en una cita histórica con el ser humano.

  1. La predicación
  2. La predicación es divina-humana. Esta viene de Dios a través de los hombres y mujeres para los hombres y mujeres.
  3. Jesuscristo es divino-humano. En él se une el Theos (Dios) con el anthropos (hombre).
  4. La Biblia es divina-humana.
  5. La predicación es divina-humana porque Dios habla místicamente por medio de ésta.
  6. Su significado
  7. Orlando E. Costas la definió así: “De igual manera, la predicación recibe su autoridad de parte de Dios. Esa autoridad se desprende del hecho de que es un mensaje que está arraigado en lo que Dios ha dicho. Aun más, es un hecho que la autoridad inherente de la predicación es el resultado de la presencia misma de Dios en el acto de la predicación. La predicación es autoritativa porque el que predica no es un predicador, sino Dios a través del predicador, de modo que la palabra predicada viene a ser verdaderamente palabra de Dios” (“Comunicación por medio de la predicación”. Editorial Caribe, p.23).
  8. La autoridad de la predicación “es de parte de Dios”.
  9. “Esa autoridad se desprende del hecho de que es un mensaje que está arraigado en lo que Dios ha dicho”.
  10. El predicador es un medio, “el que predica no es el predicador, sino Dios a través del predicador”.
  11. El propósito es que la palabra predicada y la palabra de Dios sean lo mismo. Costas afirma: “de modo que la palabra predicada viene a ser verdaderamente palabra de Dios”.
  12. José M. Martínez define la predicación: “Es la comunicación, en forma de discurso oral, del mensaje divino depositado en la Sagrada Escritura, con el poder del Espíritu Santo y a través de una persona idónea, a fin de suplir las necesidades de un auditorio” (“Ministros de Jesucristo, Tomo XI – Vol. 1, Editorial Clie, p.103).
  13. Martínez considera la predicación como “comunicación, en forma de discurso oral”. Más que todo la tarea de predicar es tarea de hablar y no tarea de escribir. La comunicación es tanto natural como mecánica.
  14. Martínez ve la predicación como la comunicación oral “del mensaje divino depositado en la Sagrada Escritura”. La Biblia no sólo le da contenido a la predicación sino que le da autoridad. Un sermón para ser bíblico no tiene que estar necesariamente basado en la interpretación de un pasaje bíblico particular, sino en la. revelación bíblica. Muchos sermones no pasan de ser una “ensalada textual” o un “sancocho homilético”.
  15. Otro elemento de la definición que se está analizando es: “con el poder del Espíritu Santo”. El poder del Espíritu Santo lo adquirirá el predicador en su recinto privado o en la práctica diaria de una vida devocional. Cuando los predicadores dejan que el fuego del Espíritu Santo los queme por dentro habrá humo por fuera.
  16. Martínez, ve la predicación, como un mensaje divino, “a través de una persona idónea”. El púlpito debe ser usado por hombres y mujeres nacidos de nuevo.
  17. Martínez dice que el predicador ha sido llamado “a fin de suplir las necesidades espirituales de un auditorio”. El predicador tiene que tener en mente al pueblo al cual se le envía a ministrar y pensar en sus necesidades espirituales. El evangelio es pregunta y respuesta (Exodo 3:11–12; Isaías 6:8; Hechos 9:4–5; 16:30–31). Por lo tanto es importante contestarnos preguntas a qué y respuesta a qué.

En todo ejercicio homilético el predicador debe hacerse algunas preguntas ante Dios: ¿Por qué les quiero hablar de este tema? ¿Para qué les voy a hablar? ¿Será eso lo que Dios desea para ese pueblo? ¿Cuáles son las necesidades espirituales de esos oyentes? ¿Hablará Dios a través de mí a su pueblo y al que no es su pueblo?

III. Su lugar bíblico

  1. Léase Romanos 10:13–15.
  2. Dios puede salvar al pecador a través del medio que a El le plazca escoger. Pero la predicación en esta economía es el método por el cual la palabra de Dios (la revelada en la Biblia o la que viene por la revelación al espíritu), al igual que la Palabra viva (Jesucristo), se predica a los seres humanos.
  3. En la Biblia está el evangelio y el evangelio es Jesucristo.
  4. Léase 1 Corintios 1:21.

1 Orlando Costas, Comunicación por medio de la predicación. Editorial Caribe, p. 23.

2 William Barclay, El Nuevo Testamento (Mateo I, vol. 1). Editorial La Aurora, p. 116.

3 C.H. Spurgeon, Un ministerio ideal (2. El Pastor – Su mensaje). Editorial El Estandarte De La Verdad, p. 33.

4 José M. Martínez, Ministros De Jesucristo (Tomo XI – vol. 1).

5 C.H. Spurgeon, Discursos a mis estudiantes. Casa Bautista De Publicaciones, p. 9.

6 Ibid., p. 10.

7 Ibid., p. 12.

8 Ibid., pp. 16–17.

Silva, K. (1995). Manual práctico de homilética (11). Maimi, Florida: Editorial Unilit.

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