La preparación del sermón

El sermón, por decirlo propiamente es el vestido del mensaje. Puede haber un sermón sin mensaje y un mensaje sin sermón. Pero cuando ambas cosas se integran en la tarea de la predicación, habrá muy buenos resultados. El predicador del evangelio tiene como tarea, el comunicar un mensaje por medio de un sermón. Hay predicadores que nos recuerdan la visión del valle de los huesos secos vista por el profeta (Ezequiel 37). Lo que presentan a los oyentes es una osamenta homilética, divisiones sin aplicaciones.

Permítame comparar el sermón con una receta de comida. Cuando los ingredientes se usan en su cantidad apropiada de acuerdo a la receta del plato a ser preparado, el resultado será un suculento manjar atractivo a los sentidos de la vista, el gusto, el olfato, y hasta quizás el tacto. Pero además, su contenido que es en realidad lo importante será nutritivo al organismo. El sermón por decirlo así hace que el mensaje sea agradable, claro, comprendido, recordado e interesante.

Una vez más deseo volver a la receta de cocina (por favor no piense que sé cocinar). Tener una receta y los ingredientes no es nada si no se procede a integrar cada alimento. Todo debe ser debidamente calculado, medido, sazonado y cocinado, Probablemente se empleen diferentes hornillas y varios utensilios de cocina. Al final se servirá en orden para que el plato luzca bien, aunque tiene que saber bien, pero ambas cosas son importantes.

En la preparación del sermón hay una serie de elementos que tienen que ser considerados. El sermón nace de la dependencia de Dios, del esfuerzo y de la disciplina del predicador. El predicador improvisadamente, las más de las veces lleva a una audiencia un mensaje desnudo o un mensaje mal vestido. Al momento de este escrito, este año, 18 de marzo de 1994 cumplí 23 años de predicar el evangelio, Mis cinco libros anteriores “Bosquejos para predicadores”,son pruebas de la disciplina homilética que he procurado mantener a lo largo de los años. Por lo tanto, la homilética que enseño a otros, yo mismo la he puesto a prueba. Hasta el día de hoy no sé qué me produce más gozo; el preparar el sermón o el predicarlo. Aunque no niego que ambas cosas me fascinan.

En los próximos párrafos estaré considerando con usted los elementos del sermón y el mismo como discurso:

  1. Los elementos del sermón

El mensaje procede de Dios, y a través del predicador mediante la personalidad y estilo de éste se comunica al oyente. El sermón es el arreglo y preparación de ese mensaje de manera que llegue comprensible y que cumpla su “para qué” en los corazones de aquellos que lo han de recibir. Cada elemento del sermón cumple una tarea en el proceso “kerygmático”.

Antes de entrar a considerar cada elemento según los veo y entiendo, es mi deseo compartir el resumen homilético que enseña el doctor Cecilio Arrastía. No sólo he leído sus libros de sermones, sino que también tuve el privilegio de tenerlo como profesor en el curso de comunicaciones que tomé para los estudios de licenciatura en el New York Theological Seminary. Es un “príncipe del púlpito latinoamericano”.

Primero: El ve en la predicación la tarea de LOCALIZAR. Lo cual tiene que ver con “la selección del texto que se usará como base y marco del sermón”.1

Esta primera fase de la predicación se determinará por el criterio selectivo del predicador según el referido homileta.

Segundo: Señala la fase continua a la primera que es INVADIR. Según Arrastía es una “invasión en dos frentes. Uno el del texto; otro, el del contexto”.2 Emplea aquí una imagen bélica para explicar lo que quiere decir por INVASION. Luego Arrastía nos aclara: “La invasión del texto es solo la mitad del empeño. En cierta forma esto es el medio; el fin es la invasión del texto, del problema, de la situación, humana, individual o colectiva con el mensaje del texto”.3

Tercero: Ahora nos dice: “del choque de una invasión—texto y contexto—brota luz. Esta luz produce el tercer paso del proceso: ILUMINACION. Y este es el climax”.4 Esta iluminación se aplica a la mente y a la situación del ser humano, de Dios al predicador y de éste al oyente.

El doctor Cecilio Arrastía en su método para preparar sermones no sólo responde al predicador laico sino al predicador “profesional”. En su homilética, le da mucho énfasis al sermón expositivo, en lo cual yo como su estudiante discrepo con él. Los que lo hemos escuchado predicar, sabemos que es todo un maestro en la retórica. Pero por ahora basta con eso, y vayamos a nuestra tarea homilética para considerar el pasaje bíblico, el tema y el título.

  1. El pasaje bíblico

Ya sabemos que un sermón para ser bíblico no tiene que estar basado en un pasaje bíblico particular, sino en la revelación bíblica. No obstante, lo tradicional y más correcto sería saltar a la aventura de la predicación sobre una base bíblica o escrituraria.

En la mecánica de la homilética se procura que el predicador se mantenga en su tarea de la predicación caminando sobre la carretera del pasaje bíblico. El recorrer toda la Biblia citando textos y más textos, no sólo puede alejar al predicador de su tema, sino que desorienta a sus oyentes. Es mejor disparar un texto al corazón del oyente, que no ametrallar su mente con muchos textos bíblicos. Me explico mejor, es de mayor beneficio interpretar un pasaje bíblico, que no citar muchos textos por llenar un espacio de tiempo.

El pasaje bíblico como base a la predicación es importante porque da contenido a la predicación, autoridad al predicador, credibilidad a lo dicho por el predicador, y produce efectos espirituales en los oyentes.

El pasaje bíblico debe escogerse con mucho cuidado y oración. Nunca un texto o pasaje bíblico se debe divorciar de su contexto inmediato, posterior o general. Esto puede dar lugar a suposiciones de parte del predicador que puedan acarrear controversias, disparates o presunción. Se ha dicho que un TEXTO fuera del CONTEXTO es un PRETEXTO.

El predicador, antes de exponer el pasaje bíblico debe interpretarlo tanto hermenéuticamente como homiléticamente. Me explico: La hermenéutica es una herramienta o disciplina que tiene que ver con el lenguaje del texto, si es literal o figurativo o ambos. Considera las palabras oscuras o frases a la luz del conjunto textual o contextual. Analiza el pasaje tomando en consideración el contexto. Este puede estar antes o después del texto, en el mismo capítulo, en el mismo libro, en todo el Nuevo Testamento, en algún libro, capítulo o pasaje del Antiguo Testamento o en toda la Biblia. Además, el contexto tiene que tomar en cuenta al autor del libro canónico, el tiempo del escrito, las circunstancias, el propósito y la aplicación inmediata.

La hermenéutica considera las figuras de retórica que se emplean en el pasaje bíblico (ejemplos: prosopopeyas, hebraísmos, símiles, parábolas, sinécdoque, paradoja, ironía, alegorías, símbolos, tipos, antitipos, prototipos, generalizaciones, hipérboles, etcétera). Para ser más claro, la Biblia tiene un mensaje literal que puede estar escrito literalmente o tiene que descubrirse detrás de un lenguaje figurado.

Esta tarea hermenéutica necesita del uso de la exégesis. La cual lo que hace es descubrir y buscar el significado exacto del pasaje bíblico. Esto ayudará al predicador a no inyectar en el texto o pasaje un significado contrario al que realmente tiene. El texto no debe decir lo que yo pienso que dice, sino lo que Dios dice.

El predicador en su trabajo de invadir el texto debe considerar el mismo a la luz de diferentes versiones bíblicas autorizadas. No podemos hacer de una versión bíblica la única aprobada por Dios y por ende infalible en su traducción. Para muchos americanos la versión del “Rey Santiago” (King James) es la única que verdaderamente es Palabra de Dios. Muchos hispanos piensan que la revisión Reina-Valera de 1909 es la única que es Palabra de Dios. Otros creen que la revisión Reina-Val era de 1960 sí es la verdadera palabra de Dios. Caen en lo que yo le llamo una versionolatría. El leer un pasaje bíblico en diferentes versiones bíblicas tanto evangélicas como católicas muchas veces aclara el sentido del texto bíblico. Por lo menos esa es mi experiencia tanto a nivel de predicador como maestro.

El predicador debe hacer uso de los interlineales griegos, de concordancias y diccionarios greco-castellanos (la Editorial CLIE posee buen material al respecto). El griego hablado por los escritores del Nuevo Testamento era el “koine”, no un griego clásico sino el vulgar o del pueblo. Por lo tanto, los traductores bíblicos muchas veces filtran conceptos bíblicos de los textos originales a nuestro idioma que a veces están afectados por la influencia de los mismos. Además los idiomas envejecen al igual que las personas. Por ejemplo la palabra “preñada” hoy día suena vulgar aplicada a una mujer, pero “embarazada” suena aceptable.

En la versión de Casiodoro de Reina 1569 leemos en Apocalipsis 1:13:

“… y ceñido con una cinta de oro por las tetas”.

Hoy día la palabra “tetas” que en el siglo XVI, era algo común, suena desagradable y hasta como mala palabra. En Mateo 1:25, esta misma versión de Casiodoro de Reina cita:

Y no la conoció hasta que parió a su hijo primogénito, y llamó su nombre Jesús.

Esa palabra “parió” en labios de un predicador suena grosera.

No se debe escoger un pasaje bíblico sin propósito. Debe existir en el corazón y en la mente del predicador la seguridad de que Dios desea que éste predique de dicho pasaje. El predicador debe estar familiarizado con el pasaje bíblico y no que el uno esté extraño al otro. Recuerde, si usted no conoce un pasaje bíblico le dará trabajo presentárselo a otros.

Si se siente atraído por un texto bíblico, familiarícese con él. Pero si nota que se le hace difícil llegar a su significado y descubrir el mensaje de Dios en el mismo, después de haber emprendido la tarea de comprenderlo le aconsejo que lo descarte por lo menos en esa ocasión y trate con otro. No predique sobre algo que usted no se siente interesado o que no entiende.

  1. El tema

En un pasaje bíblico por lo general se descubre un asunto particular, pero muchos temas. Es innegable que un predicador por más homileta que sea no podrá jamás evitar pisar en el territorio de varios temas secundarios. Es difícil, por no decir imposible, que prediquemos sobre un solo tema. Haga usted mismo la prueba. Busque un pasaje bíblico y cuente los temas.

Por ejemplo leamos Romanos 5:1:

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

En este pasaje sobresalen y están expuestos cinco temas: la justificación, la fe, la paz. Dios y el Señor Jesucristo.

Pero a pesar de los muchos temas en el pasaje bíblico anterior, descubrimos un solo asunto y es: El hombre o mujer es justificado ante Dios por medio de Jesucristo y esto es por fe. El tema de un sermón puede ser una palabra, más de una palabra, un asunto o una proposición.

Primero: El tema en sí. Este responderá al “aspecto partícular del asunto que ha de ser desarrollado en el transcurso del mensaje”5 El tema es la columna vertebral que sostiene sobre la base del texto bíblico, el armazón o esqueleto del sermón. En la tarea de la predicación lo que hace el predicador es descubrir un tema, demostrarlo, aplicarlo e ilustrarlo. Al hablar aquí del tema en sí me refiero al mismo de manera simple como lo conocen la mayoría de los predicadores: la fe, la gracia, la mayordomía, la sangre de Jesucristo, la salvación, la justificación, el amor, la santidad, la oración, el discipulado, la pobreza, la indiferencia, la prosperidad, etcétera.

El tema puede ser un poco más complejo: la fe de los creyentes, la gracia generadora, la salvación por fe, la sangre de Jesucristo para perdón de pecados, la abnegación del creyente, la justificación como obra de gracia, el amor divino, la santidad interna y externa, etcétera.

Segundo: El asunto. Nos dice Costas: “el asunto depende de la clase de pasaje que se esté estudiando. El pasaje puede tener un carácter biográfico, narrativo (un incidente tal como una conversación, una batalla o un milagro), doctrinal o ético, o doctrinal y biográfico, en cuyo caso el predicador deberá optar por el que tenga más fuerza”.6

El asunto, por decirlo así, es más general. Es un tema ampliado que resume todo el significado del pasaje bíblico. El predicador tiene en su análisis del pasaje bíblico que considera, los temas intercalados, luego se concentra en un tema particular, finalmente resume todo en un asunto general y completo del mismo.

Tercero: La proposición. Volvamos a citar a Costas: “La proposición es el tema expresado en una oración gramatical completa, clara y concisa, que resume el contenido del mensaje y anuncia el curso a seguir o el propósito que se quiere alcanzar”.7

La proposición es un puente entre el tema y el propósito de la predicación. La misma está alimentada del tema. Diría yo que es el tema–asunto ya estructurado y analizado.

Desde luego, los predicadores necesitamos conocer toda esta mecánica de la homilética. En la tarea de la predicación sobreentendemos muchos elementos de la homilética, aunque no los identifiquemos en nuestros bosquejos o notas.

La proposición tiene un triple alcance o propósito: el de persuadir, ei de enseñar, y el de servir la manera de resumen entre el tema y las divisiones del sermón.8

  1. El título

El título y el tema en propósito cumplen dos objetivos diferentes. El tema es la viga principal del andamiaje homilético. Pero no todos los temas son atractivos y despiertan curiosidad a la vista u oído de los oyentes. De ahí que el título tiene un propósito especial de dar promoción o de anunciar el sermón.

Muchos temas sirven las veces de títulos, pero lo más correcto es que cada sermón tenga su título y exponga el tema. Un buen título se puede recordar muchos años.

Primero: El título debe ser interesante. Muchos predicadores emplean títulos que son ambiguos, oscuros y confusos. De los predicadores de siglos pasados podemos aprender a usar títulos. Otros predicadores como Jimmy Swaggart, Billy Graham, son muy buenos en el uso de títulos llamativos.

Por ejemplo D.L. Moody empleó en sus sermones títulos como estos: La compasión sin límites de Cristo; Una palabra, El evangelio; El cielo y cómo llegar a él. El famoso predicador C.H. Spurgeon empleó algunos títulos como los siguientes: Verdadera comida y verdadera bebida; La voz de la sangre; El jardín de Dios; Un descanso para los cansados; Un gran evangelio para grandes pecadores; Del estercolero al trono; Una visita a la tumba. El evangelista Billy Sunday empleaba títulos muy peculiares: Nueces que. los escépticos tienen que romper; El detective de Dios; Súbete al vagón de agua; Hogar, dulce hogar.

Segundo: El título debe ser fácil de recorder. Hay predicadores que al anunciar su título uno tiene la impresión de que están dando la introducción al sermón. Muchos títulos largos se olvidan tan pronto el predicador termina de decirlos.

Tercero: El título debe estar relacionado con el tema. El mismo arroja luz sobre el tema. Su propósito no es alejar al oyente del tema sino acercarlo al mismo. Si un predicador no puede o le es difícil formular un título apropiado, lo mejor es que use el tema como título. Muchas veces el título puede ser tomado de alguna frase del pasaje bíblico. Este ha sido un método favorito de muchos predicadores para dar títulos a sus sermones. Esas frases bíblicas las más de las veces sirven de tema y título.

Cuarto: No se debe abusar del título. Son muchos los predicadores que citan más el título que el texto bíblico. El contenido de su sermón está basado en el título y no en la revelación del texto. El título no se debe convertir en mula homilética.

  1. El sermón como discurso

Todo discurso se caracterizará porque tiene una introducción, un cuerpo y una conclusión. Esas son las tres partes básicas que dan la forma a cualquier discurso público.

Primero: Consideremos la introducción

A ésta se le conoce también como el exordio. La introducción es un puente entre el predicador y la audiencia, y pone en diálogo al oyente con el discurso.

Dale Carnegie ofrece algunas sugerencias para que un orador gane la atención inmediata de la audiencia:

(a)     Despertando la curiosidad.

(b)     Relacionando una historia de interés humano.

(c)     Empezando con una ilustración específica.

(d)     Usando alguna exhibición.

(e)     Preguntando.

(f)     Abriendo con una citación chocante.

(g)     Mostrando cómo el tema afecta el interés vital de la audiencia.

(h)     Empezando con hechos chocantes.9

  1. La introducción debe ser breve. Una introducción en un sermón de treinta minutos, no debe ser más de una sexta parte del mismo. Lo más aconsejable es que sea de dos a tres minutos. Por lo tanto debe estar escrita en el plan, bosquejo o notas del predicador. Eso evitará que el predicador comience a divagar antes de presentar su tema. Aunque la introducción esté escrita, el predicador la debe decir de memoria. El contacto visual en esos primeros minutos con la audiencia es muy importante.
  2. La introducción es transicional. Su propósito es establecer un puente de comunicación entre el predicador y los oyentes. Hay que evitar la tentación de que la introducción se convierta en desarrollo del sermón. O que, se convierta en otra predicación. Muchos predicadores utilizan en la introducción casi una tercera parte del sermón lo cual presenta desproporción homilética.
  3. La introducción debe ser llamativa. Busca la atención de los oyentes. Muchas predicaciones han perdido el interés porque la introducción es latosa, ambigua y sin propósito alguno. Aquellos predicadores que gustan de estar excusando su falta de preparación en la introducción no saben que le están metiendo una daga por la espalda al sermón. Sencillamente el predicador que no está preparado para predicar, en vez de estar excusándose no debe predicar.
  4. La introducción debe ser como un prólogo. En ella el predicador puede anunciar al auditorio acerca de qué va a predicar. En el cuerpo del sermón le dice lo que le dijo que le iba a decir. En la conclusión le dice lo que le dijo que le iba a decir y le dijo. La introducción dice de qué se predicará, en la presentación y aplicación se predica lo que se anunció, en la conclusión se resume lo que se predicó.
  5. La introducción pone al predicador en contacto con el auditorio. Tanto el predicador como la audiencia se ponen en tensión en relación con la predicación. La introducción calma esa tensión. Lo que esperamos los predicadores es el disparo para arrancar a correr. La congregación también espera la detonación para vernos arrancar.

Entre el predicador y los oyentes a veces se levantan ciertas barreras que con la introducción se deben remover. Algunas de estas barreras son:

(a)     La persona que predica es mujer.

(b)     El predicador es muy joven.

(c)     El predicador viene de otra denominación y se le mira con sospechas.

(d)     El predicador es muy amigo del pastor o de los líderes.

(e)     La apariencia física del predicador no es atractiva.

Conviene que ahora le añada un nuevo detalle. Todo predicador, si me permite la generalización, y yo me incluyo, tiene dos introducciones. Primero, la escrita que está anexada al sermón. Segundo, la que nace en la ocasión. Me permito ser más claro con la segunda. El predicador antes de entrar de lleno a introducir su tema, se toma algunos minutos para saludar a la audiencia y quizás hacerle algunos encomios. Esto es lo que le llamo el saludo del predicador a la audiencia.

  1. La introducción del sermón muchas veces tiene que ser modificada y hasta cambiada. Esa ha sido mi experiencia y la de otros predicadores. En el púlpito, o momento antes, sentimos substituir la introducción ya formulada por otra. Si el predicador lo siente así, lo debe hacer. Pero cuidado con no construir un puente demasiado ancho para un río angosto. Es decir, ser tentado a predicar otro sermón. Que en vez de uno sean dos sermones los predicados.
  2. La introducción es lo último que debe escribir el predicador. Aunque será lo primero que dirá. En un sermón improvisado la introducción surge primero, pero en un sermón ya preparado, la introducción es lo último que se escribe, aunque en el bosquejó aparece primero y es lo primero que se dice. Si usted se fijó este libro que usted está leyendo tiene un prólogo, no piense que yo escribí el mismo primero. Este prólogo fue escrito después de haberse completado los capítulos. ¿Por qué se debe escribir la introducción última? La razón es que para introducir el tema, las divisiones del sermón o la proposición se necesita saber de qué va a tratar el sermón y qué puntos se enfatizarán.
  3. La introducción según Costas al predicar sin notas se debe bosquejar.10 No estoy de acuerdo con el referido homileta. Para mí la introducción se debe escribir a la manera de párrafo, se debe estudiar bien y luego el predicador la debe decir de memoria. Si se predica sin notas no hay necesidad de tener que escribir una introducción. Y si se predica con notas, ¿para qué se necesita bosquejar la introducción?

Segundo: Consideremos el cuerpo del sermón como discurso

Para mí las tres cosas más importantes en el cuerpo de un sermón son: La presentación, las aplicaciones y las ilustraciones.

  1. En la presentación está la parte exegética, analítica, narrativa, argumentativa e informative. El predicador nos confronta con los hechos y argumentos según él los ve y los interpreta. El los expondrá con el propósito de convencer a la audiencia dando credibilidad y razón lógica a los argumentos.

En la presentación da definiciones, explica el texto o pasaje bíblico, familiariza el texto con el contexto histórico, documenta lo que se necesite, expone la historia bíblica o dramatiza algún personaje o varios de la historia que se está considerando. Esta parte de la predicación es didáctica, ya que el predicador enseña, demuestra e informa.

  1. En la aplicación, el predicador relaciona lo dicho con el oyente. Por decirlo así, la aplicación es práctica, experimental y espiritual. Su enfoque es persuasivo. La historia bíblica de David y Goliat, de Sansón y Dalila son en esta parte de la predicación, nuestras propias historias. Lo que Pablo escribió a los Gálatas o a los Tesalonicenses, ahora mediante la aplicación es para nosotros.
  2. La presentación y la aplicación son tan unidas que es difícil separar la una de la otra. En el mismo bosquejo se ven entrelazadas. Muchas veces el predicador hace su presentación y luego aplica. Pero las mayoría de las veces a medida que va haciendo la presentación surgen las aplicaciones.

La aplicación es algo delicado. Es ahí donde el predicador le da el golpe final a alguna verdad con el propósito de que se grabe en el corazón del oyente. La aplicación y las exhortaciones son lo mismo en la tarea de la predicación.

Muchas veces la aplicación puede ser más eficiente si se hace indirectamente. Por ejemplo en vez de decir: “Usted tiene que consagrarse más”. Se puede decir: “Como iglesia tenemos que consagrarnos más”. En vez de predicar a uno o dos individuos, se le debe predicar a toda la congregación. Pero como si el Señor estuviera tratando personalmente con uno solo.

En el otro extremo la predicación pastoral es única. El pastor es directo, tajante y va al grano. Esto no sólo confronta al creyente con sus faltas, sino que demuestra el cuidado pastoral por él. Por eso no creo que el día domingo pueda haber un buen substituto para él. Recuerdo al pastor Pablo Fernández, que nos dirigió esta pregunta a la junta directiva de Radio Visión Cristiana, de la cual él es miembro: “¿Ha dicho alguno de ustedes a su congregación que la ama?” Los pastores debemos sacar tiempo para decirle desde el púlpito a la iglesia que la amamos.

  1. Las aplicaciones se pueden formular basadas en cuatro formas de leer e interpretar la Biblia según las expone el doctor Cecilio Arrastía.11
  2. El criterio literalista. Aquí están aquellos que se acercan al texto, pero se quedan en la superficie del mismo y comienzan a aplicar textos bíblicos a esto o aquello. Con este grupo se identifican aquellos que muy a menudo los escuchamos declarar: “Si no está en la Biblia no lo acepto”. Dice Arrastía: “Partiendo de esta premisa, repetir es más importante que predicar; grabar el texto en la mente y oído del oyente, es más productivo que analizarlo y explicarlo”.12
  3. La forma alegórica. Los que se identifican con esta forma profundizan el texto bíblico, diferente a los literalistas, pero para inyectar en el mismo sus propias ideas y espiritualizaciones. En todo ven una aplicación espiritual. Por ejemplo en Exodo 2:3 se nos habla de la arquilla de juncos donde fue puesto el niño Moisés con tres meses de nacido. Esta arquilla estaba calafateada con asfalto y brea. Los que siguen el método alegórico de interpretar y aplicar la Biblia, dirían que hay un significado espiritual en la arquilla, el asfalto y la brea. Con toda probabilidad predicarían un sermón basado sobre estas tres palabras.
  4. El criticismo formal. Su intento es desmitologizar la Biblia. Sus exponentes son objetivos al mensaje bíblico. Ellos niegan lo milagroso y miran muchas narraciones e historias en la Biblia con sospechas. Cuando la crítica formal tiene equilibrio no es tan dañina, pero cuando toma extremos, hace de sus intérpretes “carniceros” del texto bíblico.
  5. Una forma existencial que une al ser humano con Dios dando a la Biblia toda su credibilidad. En el drama de la Biblia nosotros somos invitados a participar. El Dios de la Biblia es el mismo Dios nuestro. Los personajes de la Biblia, refiriéndome a los seres humanos que participan, y nosotros, tenemos muchas cosas en común.

Tercero: Consideremos finalmente, la conclusión del sermón como discurso

Llegamos ahora a la parte más difícil de un sermón: la conclusión. El predicador debe esmerarse en preparar su conclusión con la misma efectividad que la introducción. La misma debe ser corta. No más de tres minutos. Debe escribirse en el bosquejo o notas. No debe leerse sino memorizarse o decirse en las propias palabras del predicador.

  1. La conclusión no debe ser abrupta. No debe tomar por sorpresa a la congregación o audiencia. El predicador debe anunciarla. Es como un piloto que anuncia a la tripulación cuando va a despegar el avión y cuando se prepara para aterrizar. Cuando el predicador dice: “para concluir ….”, debe asegurarse de que está terminando. No hay algo que moleste más a los oyentes que esos predicadores que dicen, “estoy por terminar”, y terminan media hora después.
  2. La conclusión no debe ser ocasión para pedir clemencia a la audiencia. Por ejemplo: “Hermanos, perdonen que no predique mejor, pero es …”. Esto lo que hace es mostrar la incapacidad del predicador.
  3. La conclusión no es para tomar la oportunidad de mencionar algo que se le quedó al predicador. Lo que se quedó no hay que mencionarlo. Déjelo para otro sermón. A todos los predicadores siempre se nos queda algo por decir, pero para eso tuvimos la oportunidad.
  4. La conclusión lleva el sermón a su clímax, lleva a una decisión de parte del oyente y da el último golpe. Las palabras empleadas deben ser bien precisas y al grano. Es aquí cuando el predicador da el “jaque mate” final.
  5. La conclusión puede ser:

(a)     Una recapitulación.

(b)     Una aplicación general.

(c)     Algunas preguntas de reflexión personal.

(d)     Un llamado a la acción inmediata.

(e)     Un pensamiento importante.

(f)     Una ilustración interesante.

(g)     Una estrofa de un himno o poema.

(h)     Una mención de la proposición del sermón.

(i)     Una oración.

(j)     Una apelación a la conciencia.

BOSQUEJO

Introducción:

El sermón por decirlo propiamente, es el vestido del mensaje. Puede haber un sermón sin mensaje o un mensaje sin sermón. El sermón nace de la dependencia en Dios, del esfuerzo y de la disciplina del predicador.

En los próximos párrafos estaré considerando con usted los elementos del sermón y el sermón como discurso.

  1. Los elementos del sermón

El mensaje procede de Dios, y a través del predicador mediante la personalidad y estilo de éste se comunica al oyente. El sermón es el arreglo y preparación de ese mensaje de manera que llegue comprensible y que cumpla su “para qué” en los corazones de aquellos que le han de recibir.

El doctor Cecilio Arrastía, un “príncipe del púlpito latinoamericano”, en su resumen homilético presenta tres fases (Biblia de Estudio Mundo Hispano. “El predicador cristiano y la Biblia”, pp. 115–116).

Primero, la tarea de LOCALIZAR. Lo cual tiene que ver con “la selección del texto que se usará como base y marco del sermón” (Ibid.)

Segundo, la fase continua a la primera que es INVADIR. Según Arrastía es una “invasión en dos frentes. Uno del texto; otro, el del contexto” (Ibid.)

Tercero, ahora nos dice: “del choque de una invasión—texto y contexto—brota luz. Esta luz produce el tercer paso: ILUMINACION (Ibid.)

  1. El pasaje bíblico.
  2. Un sermón para ser bíblico no tiene que estar basado en un pasaje bíblico en particular, sino en la revelación bíblica.
  3. Es mejor disparar un texto al corazón del oyente, que no ametrallar su mente con muchos textos bíblicos.
  4. El pasaje bíblico da contenido a la predicación, autoridad al predicador, credibilidad a lo dicho por el predicador y produce efectos espirituales en los oyentes.
  5. El pasaje bíblico se debe interpretar hermenéuticamente y homiléticamente.
  6. El pasaje bíblico debe tener un propósito en el corazón y en la mente del predicador de que Dios desea que éste predique de dicho pasaje.
  7. El tema.

En un pasaje bíblico por lo general se descubre un asunto particular, pero muchos temas.

  1. El tema en sí. El tema es la columna vertebral que sostiene la base del texto bíblico, el armazón o esqueleto del sermón. El predicador debe descubrir, demostrar, aplicar e ilustrar el tema. Hay temas simples y temas complejos.
  2. El asunto. Es un tema ampliado que resume todo el significado del pasaje bíblico.
  3. La proposición. Es un puente entre el tema y el propósito de la predicación. Es el tema-asunto ya estructurado y analizado.
  4. El título.

El título tiene un propósito especial de dar promoción o de anunciar el sermón debe tener su título y exponer el tema.

  1. El título debe ser interesante.
  2. El título debe ser fácil de recordar.
  3. El título debe estar relacionado con el tema.
  4. No se debe abusar del título.
  5. El sermón como discurso
  6. Consideremos la introducción.
  7. Debe ser breve.
  8. Debe ser transicional.
  9. Debe ser llamativa.
  10. Debe ser como un prólogo.
  11. Pone al predicador en contacto con la audiencia.
  12. Muchas veces tiene que ser modificada y hasta cambiada.
  13. Es lo último que escribe el predicador.
  14. Según Costas al predicar sin notas se debe bosquejar la introducción.
  15. Consideremos el cuerpo del sermón.
  16. En la presentación está la parte exegética, analítica, narrativa, argumentativa e informativa.
  17. En la aplicación, el predicador relaciona lo dicho con el oyente.
  18. La presentación y la aplicación son tan unidas que es difícil separar la una de la otra.
  19. Las aplicaciones se pueden formular basadas en cuatro formas de leer e interpretar la Biblia según el doctor Cecilio Arrastía.

(a)     El criterio literalista.

(b)     La forma alegórica.

(c)     El criticismo formal.

(d)     Una forma existencial que une al ser humano con Dios dando a la Biblia toda su credibilidad.

  1. Consideremos finalmente, la conclusión del sermón.
  2. No debe ser abrupta.
  3. No debe ser ocasión para pedir clemencia a la audiencia.
  4. No es para tomar la oportunidad de mencionar algo que se le quedó al predicador.
  5. La conclusión lleva al sermón a su clímax, lleva a una decisión de parte del oyente y da el último martillazo.
  6. La conclusión puede ser:

(1)     Una recapitulación.

(2)     Una aplicación general.

(3)     Algunas preguntas de reflexión personal.

(4)     Un llamado a la acción inmediata.

(5)     Un pensamiento importante.

(6)     Una ilustración interesante.

(7)     Una estrofa de un himno o poema.

(8)     Una mención de la proposición del sermón.

(9)     Una oración.

(10)     Una apelación a la conciencia.

Conclusión: Dios quiere usar mediante el Espíritu Santo, a hombres y a mujeres que se preparen para predicar.

1 Doctor Cecilio Arrastía. La Biblia de Estudio Mundo Hispano. “El predicador cristiano y la Biblia”. Editorial Mundo Hispano, p. 115.

2 Ibid., p. 116.

3 Ibid., p. 116.

4 Ibid., p. 116.

5 Orlando Costas, Comunicación por medio de la predicación. Editorial Caribe, p. 49.

6 Ibid., p. 54.

7 Ibid., p. 69.

8 Ibid., pp. 70–72.

9 Dale Carnagie, How to Develope Self-Confidence and Influencing People By Public Speaking. Pocket Books, New York, pp. 146–147.

10 Costas, ob. cit., p. 87.

11 Arrastía, ob. cit., p. 119.

12 Ibid., p. 119.

Silva, K. (1995). Manual práctico de homilética (51). Maimi, Florida: Editorial Unilit.

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