Jn 20, 11-18: Aparición a María Magdalena

1 El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3 Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

En la historia del mundo solo se ha dado una vez el caso de que delante de la entrada de una tumba se colocara una gran piedra y se apostara una guardia para evitar que un hombre muerto resucitara de ella: fue la tumba de Cristo en la tarde del viernes que llamamos santo. ¿Qué espectáculo podría haber más ridículo que el ofrecido por unos soldados vigilando un cadáver? Pero fueron puestos centinelas para que el muerto no echara a andar, el silencioso no hablara y el corazón traspasado no volviera a palpitar con una nueva vida. Decían que estaba muerto; sabían que estaba muerto; decían que no resucitaría, y, sin embargo, vigilaban. Le llamaban abiertamente impostor. Pero ¿seguiría acaso engañando? ¿Acaso el que les había engañado dejándoles que creyeran que habían ganado la batalla, ganaría la guerra de la verdad y el amor? Recordaban que Jesús había dicho que su cuerpo era el Templo y que, después de tres días de que ellos lo hubieran destruido, Él volvería a edificarlo, recordaban también que se había comparado con Jonás, y había dicho que, así como Jonás había estado en el vientre de la ballena por tres días, así Él estaría en el seno de la tierra por tres días y luego resucitaría. Al cabo de tres días recibió Abraham a su hijo Isaac, ofrecido antes en sacrificio; tres días estuvo Egipto sumido en tinieblas que no eran naturales; al tercer día se apareció Dios en el monte Sinaí. También ahora existía cierta preocupación por lo que ocurriría el tercer día. Al amanecer del sábado, por tanto, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, quebrantando el descanso sabático, se presentaron ante Pilatos para decirle:

Señor, recordamos que aquel impostor dijo mientras vivía aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos de noche, y le hurten, y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos. Y el postrer error será peor que el primero. (Mt 27, 63s).

El que ellos pidieran una guardia hasta el «tercer día indicaba» que pensaban más en las palabras que había dicho Cristo que en el temor que pudieran sentir de que los apóstoles robaran un cadáver y lo colocaran de pie simulando una resurrección. Pero Pilatos no se sentía de humor para ver a aquel grupo porque ellos eran los culpables de que hubiera condenado sangre inocente. Había hecho su investigación oficial para cerciorarse de que Cristo estaba muerto; no se sometería a la idea absurda de usar los soldados del César para custodiar una tumba judía. Pilatos les dijo así:

Tenéis una guardia; id, y guardadlo como sabéis. (Mt 27, 65).

La guardia era para prevenir la violencia, el sello era para prevenir todo fraude. Debería haber un sello, y los enemigos serian quienes lo pusieran. Debía haber una guardia, y los enemigos serian quienes se encargaran de ello. Los certificados de la muerte y resurrección serían, por lo tanto, firmados por los mismos enemigos. Por medio de la naturaleza, los gentiles se aseguraron de que Cristo estaba muerto; los judíos, por medio de la ley.

Ellos, pues, se fueron, y sellando la piedra, aseguraron el sepulcro por medio de la guardia. (Mt 27,66).

El rey yacía de cuerpo presente con su guardia personal a su alrededor. Lo más asombroso en este espectáculo de la vigilancia en torno a un cadáver era que los enemigos de Cristo esperaban la resurrección mas no así sus amigos. En este caso los fieles eran los escépticos; los infieles eran los que creían. Sus seguidores necesitaban y pidieron pruebas antes de darse por convencidos. En las tres grandes escenas del drama de la resurrección hubo una nota de tristeza e incredulidad. La primera escena fue la de una dolorosa Magdalena que vino por la mañana temprano a la tumba, provista de especias aromáticas, no para saludar al Salvador resucitado, sino para ungir su cuerpo inerte.

Magdalena junto al sepulcro

En el amanecer del domingo viose a varias mujeres que se acercaban al sepulcro. El mismo hecho de que las mujeres llevaran drogas aromáticas demuestra que no esperaban la resurrección. Esto parece extraño después de las muchas referencias que nuestro Señor había hecho a su muerte y resurrección. Veto, por lo visto, los discípulos y las mujeres, cuando Jesús les hablaba de su pasión, parecían recordar más lo que había dicho de su muerte que lo de su resurrección. Nunca se les ocurrió que esto fuera posible. Era algo extraño a su modo de pensar. Cuando la gran piedra fue rodada hasta la entrada del sepulcro, no solo quedó sepultado Cristo, sino también todas las esperanzas de ellos. La única idea que tenían las mujeres en aquellos momentos era la de ungir el cuerpo exánime de Cristo, acción que era fruto de su amor falto de esperanza y de fe. Dos de ellas, por lo menos, habían presenciado el sepelio; de ahí que lo que principalmente les interesaba fuera la acción práctica: ¿Quién nos apartará la piedra de la puerta del sepulcro? (Mc 16, 3).

Era el grito de los corazones de poca fe. Unos hombres vigorosos habían cerrado la entrada de la tumba colocando contra ella aquella gran piedra; la preocupación de las mujeres era hallar el modo de apartarla para poder realizar su obra de misericordia. Los hombres no acudieron a la tumba hasta que fueron requeridos para que lo hicieran, tan poco era la fe que en aquellos momentos tenían. Veto las mujeres fueron solamente porque en su tristeza trataban de hallar consuelo al embalsamar al difunto. Nada resulta más antihistórico que decir que las piadosas mujeres estaban esperando que Cristo resucitara de entre los muertos. La resurrección era algo que nunca esperaron. Sus ideas no estaban alimentadas por ninguna clase de sustancia de la cual pudiera desarrollarse tal esperanza.

Pero al aproximarse vieron que la piedra había sido retirada. Antes de que llegasen se había producido un gran terremoto, y un ángel del Señor, descendido del cielo, apartó la piedra y se sentó sobre ella: Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve; y por miedo de él los guardias temblaron y quedaron como muertos. (Mt 28, 4).

Al acercarse las mujeres vieron que aquella piedra, a pesar de ser tan grande, había sido ya retirada de su sitio. Veto no llegaron inmediatamente a la conclusión de que su cuerpo había resucitado. La conclusión a que podían haber llegado era que alguien había retirado el cadáver. En vez del cuerpo de su Maestro, vieron a un ángel cuyo aspecto era como el de un deslumbrador relámpago y sus vestidos de nívea blancura, el cual les dijo: ¡No os asustéis! Buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado; ha resucitado; no está aquí, mirad el lugar donde le pusieron. Más partid, decid a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, así como os lo dijo.

Para un ángel, la resurrección no era ningún misterio, pero si lo habría sido la muerte de Jesús. Para el hombre, la muerte de Jesús no era ningún misterio, pero si lo sería su resurrección. Par tanto, lo que ahora era objeto de anuncio era lo que había resultado cosa natural para el ángel. El ángel era uno más de los guardianes que los enemigos habían colocado junta a la tumba del Señor, un soldado más de los que Pilatos había autorizado.

Las palabras del ángel fueron el primer evangelio predicado después de la resurrección, y este evangelio remontábase hasta la pasión, puesto que el ángel habló de El coma de Jesús el Nazareno, el cual fue crucificado. Estas palabras encerraban el nombre de su naturaleza humana, la humildad de su lugar de residencia y la ignominia de su muerte; estas tres cosas: humildad, ignominia y oprobio, son puestas en contraste con la gloria de su resurrección de entre los muertos. Belén, Nazaret y Jerusalén se convierten en las señales de identificación de su resurrección.

Las palabras del ángel: «Mirad el lugar donde le pusieron», confirmaba la realidad de su muerte y el cumplimiento de las antiguas profecías. Las lápidas funerarias llevan la inscripción: Hic ictcet, (Aquí reposa); luego sigue el nombre del difunto y tal vez alguna frase de elogio sobre el mismo. Pero aquí, formando contraste con esto, el ángel no escribió, mas expreso un epitafio diferente: «El no está aquí». El ángel hizo que las mujeres contemplaran el lugar en que el cuerpo del Señor había sido colocado como si la tumba vacía fuera prueba suficiente del hecho de la resurrección. Las indujo a que se apresuraran a anunciar la resurrección. El nacimiento del Hijo de Dios fue anunciado a una mujer virgen. A una mujer caída le fue anunciada su resurrección.

Las mujeres que vieron la tumba vacía recibieron el encargo de ir a Pedro, que había tentado en cierta ocasión al Señor para que renunciara a su cruz y que por tres veces había negado conocerle. El pecado y la negación no pudieron reprimir el amor divino. Aunque pareciera paradójico, cuanto mayor era el pecado, menor era la fe; y, sin embargo, cuanto mayor era el arrepentimiento del pecado, mayor la fe. Los que recibieron las muestras más expresivas de amor fueron la oveja perdida, los publícanos y las rameras, los Pedros negadores y los Pablos perseguidores. Al hombre que había sido llamado la Roca y que quiso apartar a Cristo de su cruz, el ángel le mandaba ahora, por medio de tres mujeres, el mensaje de la resurrección: «Id y decid a Pedro».

La misma preeminencia individual que se dio a Pedro en la vida pública de Jesús continuaba dándose en el periodo de la resurrección. Veto aunque se mencionaba aquí a Pedro junto con los apóstoles de los cuales era ella cabeza, el Señor se apareció a Pedro a solas antes de manifestarse a los discípulos de Emaús. Esto resulta evidente del hecho de que mas adelante dirían los discípulos que el Señor se había aparecido a Pedro. La buena nueva de la redención era dada así a una mujer que había caído y a un apóstol que había negado, pero ambos se habían arrepentido.

Maria Magdalena, que en la semioscuridad del crepúsculo se había adelantado a sus compañeras, observó que la piedra había sido ya apartada y que la entrada del sepulcro estaba abierta. Una rápida mirada la convenció de que la tumba estaba vacía. En seguida pensó en ir a avisar a los apóstoles Pedro y Juan. Según la ley mosaica, no podía llamarse a una mujer a declarar coma testimonio. Veto Maria no les llevaba noticias de la resurrección, puesto que no la estaba esperando. Suponía que el Maestro se hallaba todavía baja el poder de la muerte cuando dijo a Pedro y a Juan: Han quitado del sepulcro al Señor, no sabemos donde le han puesto. (Jn 20, 2).

De todos los discípulos y seguidores hubo solo cinco que estuvieron «Velando»: tres mujeres y dos hombres, como las cinco vírgenes que aguardaban la llegada del esposo. Todos ellos estaban lejos de sospechar que Jesús hubiera resucitado.

Llenos de excitación, Pedro y Juan corrieron al sepulcro dejando a Maria mucho más atrás. Juan era el que más corría, por lo cual llegó antes que su compañero. Cuando llegó Pedro, ambos entraron en el sepulcro, donde vieron los lienzos por el suelo, así coma el sudario que habían puesto sobre la cabeza de Jesús, pero este velo o sudario no estaba junto con los lienzos, sino doblado en cierto lugar aparte. Lo que había tenido efecto, había sucedido de una manera correcta y ordenada, no como si lo hubiera hecho un ladrón, ni siquiera un amigo. El cuerpo había desaparecido de la tumba; las vendas fueron encontradas enrolladas. Si los discípulos hubieran robado el cuerpo, con la prisa no se habrían entretenido en quitarle las vendas y dejado allí los lienzos. Cristo se había desembarazado de sus ataduras por su divino poder. Pedro y Juan No conocían todavía la Escritura, que decía que había de resucitar de entre los muertos. (Jn 20, 9).

Tenían los hechos y la prueba de la resurrección, pero no comprendían todo su significado. El Señor dio comienzo ahora a la primera de sus once apariciones registradas en la Biblia entre su resurrección y su ascensión: a veces a sus apóstoles, otras a quinientos hermanos juntos, y en otras ocasiones a las mujeres. La primera aparición fue a Maria Magdalena, la cual volvió al sepulcro después de que Pedro y Juan hubieron salido de él. Parecía no caberle en la cabeza la idea de la resurrección, a pesar de que ella misma había resucitado de una tumba sellada por los siete demonios del pecada. Al encontrar la tumba vacía, volvió a romper a llorar. Con los ojos bajos, mientras el sol matutino empezaba a extender su claridad por encima de la hierba cubierta de rocío, advirtió vagamente la presencia de alguien que le preguntaba: Mujer, ¿por qué lloras? (Jn 20, 13).

Estaba llorando por lo que había perdido, pero la pregunta que se le hacía le hizo interrumpir su llanto para responder: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé donde le han puesto. (Jn 20, 14).

No hubo terror al ver los ángeles, puesto que aun el mundo en llamas no la habría conmovido, tanta era la pena que se había adueñado de su alma. Al contestar, Maria se volvió y vio a Jesús de pie ante ella, pero no le reconoció. Creyó que era el hortelano, el hortelano de José de Arimatea. Suponiendo que este hombre sabría donde podía encontrar al Señor, Maria Magdalena se arrodilló y preguntóle: ¡Señor, si tu le has quitado de aquí, dime dónde le has puesto, y yo me lo llevaré! (Jn 20, 15).

¡Pobre Magdalena! ¡Agotada par la fatiga del viernes santo, rendida par la angustia del sábado santo, con las fuerzas debilitadas al extremo, y todavía pensaba en «llevárselo»! Tres veces habló de El sin mencionar su nombre. La fuerza de su amor era tan grande, que suponía que nadie podía crecer que se refiriera a ninguna otra persona. Díjole entonces Jesús: ¡María! (Jn 20, 15).

Aquella palabra la sorprendió más que si acabara de oír un trueno repentino. Había oído decir una vez a Jesús que El llamaba a sus ovejas por el nombre. Y ahora Maria se volvió hacia aquel que personificaba todo el pecado, la tristeza y las lágrimas del mundo y marcaba cada alma con un amor personal, particular e individual, y, al ver en las manos y pies de aquel hombre las llagas rojas y amoratadas, solo pronunció esta palabra: ¡Rabboni! (Jn 20, 16). (que en hebreo significa (Maestro). Cristo había dicho «Maria» y puesto todo el cielo en esta sola palabra. Maria había pronunciado también solo una palabra, Y en ella estaba comprendido todo lo de la tierra. Después de la noche del alma, producíase ahora este deslumbramiento; después de horas de desesperación, esta esperanza; después de la búsqueda, el hallazgo; después de la pérdida, este descubrimiento. Magdalena estaba preparada solamente para verter lágrimas de respeto sobre la tumba; para lo que no se hallaba preparada era para ver caminar al Maestro en alas de la mañana.

Sólo la pureza y un alma exenta de pecado podía recibir al santísimo Hijo de Dios en su llegada a este mundo; de ahí que Maria Inmaculada saliera a su encuentro en las puertas de la tierra, en la ciudad de Belén. Pero solamente un alma pecadora arrepentida, que a su vez había resucitado ya de la tumba del pecado a una nueva vida en Dios, podía comprender adecuadamente el triunfo sobre el pecado. En honor a las mujeres, hay que pregonar eternamente: una mujer fue quien más cerca de la cruz estuvo en el viernes santo, y la primera junto a la tumba en la mañana de pascua.

María estuvo siempre a los pies de Jesús. Allí estuvo al ungirle para su sepultura; allí estuvo en su crucifixión; ahora, llena de alegría al ver de nuevo al Maestro, se arrojó a sus pies para abrazarlo pero El le dijo, impidiéndolo con un ademán No me toques; porque no he subido todavía al Padre. (Jn 20, 17).

Las muestras de afecto de Maria iban dirigidas más al Hijo del hombre que al Hijo de Dios. Por ello le decía que no le tocase. San Pablo enseña a los corintios y a los colosenses la misma lección:

Aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora empero ya no le conocemos así. (2Cor 5, 16).

Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra porque ya moristeis, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (Col 3, 2).

Sugeríale Jesús que era preciso que se secara las lágrimas, no porque había vuelto a verle, sino porque El era el Señor de los cielos. Cuando subiera a la derecha del Padre, lo que significaba el poder del Padre; cuando enviara el Espíritu de la Verdad, que sería el nuevo Consolador de ellos y la presencia íntima de Jesús, entonces María tendría realmente a aquel por quien suspiraba: el Cristo resucitado y glorificado. Después de su resurrección era ésta la primera vez que aludía a la nueva relación que existía entre El y los hombres, relación de la que tanto había hablado durante la noche de la última cena.

Habría que dar la misma lección a sus discípulos, que estaban demasiado preocupados por la forma humana de Jesús, diciéndoles que era conveniente que los abandonase. Magdalena deseaba estar con El como antes de la resurrección, olvidando que la crucifixión había sido necesaria para la gloria de Jesús y para que éste pudiera enviar su Espíritu.

Aunque Magdalena se viera humillada por la prohibición que le dio nuestro Salvador, estaba destinada, sin embargo, a experimentar que era ensalzada al tener el honor de llevar la noticia de la resurrección. Los hombres habían comprendido el significado de la tumba vacía, pero no su relación con respecto a la redención y la victoria sobre el pecado y el mal. Maria Magdalena estaba destinada a romper el precioso vaso de alabastro de la resurrección de Jesús, para que su aroma llenara el mundo. Jesús le dijo: Ve a mis hermanos, y diles que subo a mi Padre y vuestro Padre, y a mi Dios y vuestro Dios. (Jn 20, 27).

Está era la primera vez que llamaba a sus apóstoles mis hermanos. Antes de que el hombre pudiera ser hijo de Dios, tenía que ser redimido de la enemistad con Dios.

En verdad, en verdad os digo que al menos que el grano de trigo caiga en tierra y muera, queda solo; mas si muere, lleva mucho fruto. (Jn 12, 24).

Aceptó la crucifixión para multiplicar su condición de Hijo y hacer que muchos otros fueran también hijos de Dios. Pero había una gran diferencia entre El mismo como Hijo natural y los seres humanos que por medio de su Espíritu llegarían a ser hijos adoptivos. De ahí que, como siempre, hiciera una neta distinción entre mi Padre y vuestro Padre. Ni una sola vea en su vida dijo «nuestro Padre», como si la relación entre El y el Padre fuera la misma quo entre el Padre y ellos; su relación con el Padre era única e intransferible; la filiación era de El por naturaleza; los hombres solamente podían llegar a ser hijos de Dios por la gracia y el espíritu de adopción

Tampoco dijo a Maria que informara a los apóstoles de que había resucitado, sino mas bien de que subiría al Padre. La resurrección quedaba implicada en la ascensión, la cual tardaría cuarenta días en realizarse. Su propósito no era precisamente recalcar que el que había muerto estaba vivo ahora, sino que aquello era el comienzo de su reinado espiritual que se haría visible y unificado cuando el enviara su espíritu. Obediente, Maria Magdalena corrió a avisar a los discípulos, que estaban lamentándose y llorando. Les dijo que había visto al Señor y las palabras que El le labia dicho. ¿Como recibieron ellos la noticia? Una vea más el escepticismo, la duda y la falta de fe. Los apóstoles habían oído al Señor hablar en símbolos, parábolas, figura y también directamente acerca de la resurrección que seguiría a su muerte, pero:

Al oír quo e vivía y había sido visto por ella, no lo creyeron. (Mc 16, 11).

Eva creyó a la serpiente, pero los discípulos no creían al Hijo de Dios. En cuanto a lo que Maria y cualquier otra mujer pudiera decir sobre la resurrección del Maestro, sus palabras les parecían un desvarío; y no las creían. (Lc 24, 2).

Esto era un modo de predecir como recibiría el mundo la noticia do la redención. Maria Magdalena y las otras mujeres no creían al principio en la resurrección; tuvieron que convencerse de ello. Tampoco creyeron los apóstoles. Su respuesta fue: «¡Ya conocéis a las mujeres! Siempre están imaginando cosas». Mucho antes de que hiciera su aparición la psicología científica, la gente siempre tenía que la mente los hiciera alguna jugarreta. La incredulidad moderna frente a lo extraordinario no es nada en comparación con el escepticismo quo saludó inmediatamente las primeras noticias de la resurrección. Lo que los modernos escépticos dicen acerca del relato de la resurrección, los discípulos fueron los primeros en decirlo, o sea que se trataba de un cuento de viejas. Como agnósticos primitivos de la cristiandad, los apóstoles convinieron unánimemente en rechazar como un engaño toda aquella historia. Algo muy extraordinario había de ocurrir v una prueba muy concreta había de dárseles para que todos aquellos escépticos vencieran la repugnancia que sentía para creer.

Su escepticismo era incluso más difícil de superar que el escepticismo moderno, porque el suyo procedía de una esperanza que aparentemente había sido frustrada en el Calvario; éste era un escepticismo mucho más difícil de curar que el escepticismo moderno, que carece de toda esperanza. Nada más lejos de la verdad que afirmar que los seguidores de nuestro Señor estaban esperando la resurrección, y que, por tanto, se hallaban dispuestos a creerla o a consolarse de una pérdida que parecía irreparable.

Ningún agnóstico ha escrito acerca de la resurrección algo que Pedro o los otros apóstoles no hubieran pensado antes. Cuando murió Mahoma, Omar salio corriendo de su tienda empuñando la espada, y declaro que mataría a cualquiera que dijera que el profeta hubiera muerto. En el caso de Jesús existía predisposición a creer que había muerto y aversión a creer que estuviera vivo. Pero quizá se les permitiera dudar para que los fieles de los siglos venideros no dudaran jamás.

La guardia sobornada

Una vez las mujeres hubieron ido a notificar a los apóstoles lo quo habían visto, los guardas que habían estado junto a la tumba y sido testigos de la resurrección fueron a la ciudad do Jerusalén y dijeron a los jefes do los sacerdotes todo cuanto labia sucedido. Los jefes de los sacerdotes reunieron al punto el sanedrín con el expreso propósito de sobornar a los guardas.

Cuando se hubieron reunido con los ancianos, Y tomando consejo, dieron mucho dinero a los soldados, diciendo: «Decid que sus discípulos vinieron de noche, y le hurtaron, estando nosotros dormidos.» Y si esto fuere oído del gobernador, nosotros le persuadiremos, y os haremos seguros. Ellos, pues, tomando el dinero, hicieron como fueron enseñados Y este dicho ha sido divulgado entre los judíos hasta el día de hoy. (Mt 28, 12-15).

El mucho dinero contrastaba con las escasas treinta monedas de plata que había cobrado Judas. El sanedrín no negó la resurrección; en realidad, lo que hacia era dar testimonio de la misma. Y este testimonio lo dieron a los gentiles a través de Pilato. Incluso dieron el dinero del templo a los soldados romanos a quienes despreciaban, puesto que hablan encontrado un odio mayor. El dinero que Judas les había devuelto no quisieron tocarlo porque era «precio de sangre». Pero ahora estaban dispuestos a comprar una mentira para escapar a los efectos de la sangre purificadora del Cordero.

El soborno de los guardas fue realmente una manera estúpida de esquivar el hecho de la resurrección. Ante todo, existía el problema de lo que harían con el cuerpo una vez los discípulos se hubieran apoderado de él. Los enemigos de nuestro Señor no habrían tenido que hacer otra cosa sino sacar el cuerpo de Jesús para demostrar quo no había resucitado. Aparte el hecho de que era muy poco probable que toda una guardia de soldados romanos estuviera durmiendo en vez de cumplir con su deber, era absurdo que dijeran que lo que había sucedido ocurrió mientras estaban dormidos. A los soldados se les aconsejo que dijeran que estaban dormidos; y, sin embargo, al parecer habían estado lo suficientemente despiertos para ver a los ladrones y darse cuenta de que se trataba de los discípulos. Si todos los soldados dormían, nunca pudieron descubrir a los ladrones, si alguno de ellos estaba despierto, podría haber impedido el hurto. Es igualmente improbable que unos pocos discípulos temerosos intentaran robar el cuerpo del maestro de un sepulcro cerrado con una gran piedra, sellado oficialmente y custodiado por soldados, sin que al hacerlo despertara a la guardia dormida. Además, el orden en que se encontraron los lienzos dentro de la cueva constituía otra prueba de que el cuerpo no había sido sacado de allí por sus discípulos.

Por lo que respecta a loa discípulos de nada habría servido retirar secretamente el cuerpo del maestro, ni siquiera debió de ocurrírsele esta idea a ninguno de ellos; de momento, la vida del Maestro había resultado un fracaso y una derrota. El delito era ciertamente mayor de parte de los sobornadores que de parte de los sobornados, puesto que los miembros del sanedrín eran gente instruida y religiosa, los soldados eran sencillos. La resurrección de Cristo fue proclamada oficialmente a las autoridades civiles; el sanedrín creyó antes que los apóstoles en la resurrección. Habían comprado el beso de Judas y ahora esperaban comprar el silencio de los guardas.

Gregorio Palamás

Homilía: Juan es aquel a quien Cristo amó con amor de predilección

«El otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro» (Jn 20,4)
20: PG 151, 266.271

PG

Juan es aquel que permaneció virgen y recibió por gracia singular y como tesoro preciosísimo, a la Virgen Madre, única entre las madres; Juan es aquel a quien Cristo amó con amor de predilección y mereció ser llamado hijo, con preferencia a los otros evangelistas. Por eso hace resonar con fuerza la trompeta al anunciarnos los prodigios de la resurrección del Señor de entre los muertos, y al relatarnos con mayor claridad el modo cómo se manifestó a sus discípulos, según lo hallamos escrito en su evangelio, cuando nos dice: El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús. Así es como se presenta a sí mismo.

Juan y Pedro, habiendo oído a María, van corriendo al sepulcro, donde vieron que había salido la Vida; y habiendo visto y creído, admirados por las pruebas se volvieron a casa.

Consideremos, hermanos, cuánta mayor dignidad que María Magdalena no tenía Pedro, el príncipe de los apóstoles, y el mismo Juan, a quien tanto quería Jesús, y sin embargo ella fue considerada digna de una gracia tan grande, con preferencia a ellos. Porque los apóstoles, corriendo al sepulcro, sólo vieron las vendas y el sudario; María, en cambio, por su firmeza y constancia, perseverando hasta el fin a la entrada del sepulcro, llegó a ver no sólo a los ángeles, sino al mismo Señor de los ángeles en la carne, antes que los apóstoles.

Este templo que veis, es un símbolo de aquel sepulcro; y no sólo un símbolo, sino una realidad mucho más sublime. Detrás de esa cortina, en el interior, está el lugar donde se coloca el cuerpo del Señor, y ahí está también la mesa o el altar santo. Así pues, lo mismo que María, todo el que se acerque con presteza a la recepción del misterio divino y persevere hasta el fin, teniendo recogida en Dios su propia alma, no sólo reconocerá las enseñanzas de la Escritura santa, redactada por el Espíritu de Dios, ni sólo a los ángeles que anunciaron el misterio de la divinidad y humanidad del Verbo de Dios, encarnado por nosotros, sino que verá también y sin ningún género de duda al mismo Señor con los ojos del alma, y también con los del cuerpo.

Pues aquel que con fe ve la mesa mística y el pan de vida depositado sobre ella ve al mismo Verbo de Dios oculto bajo las especies, hecho carne por nosotros y habitando en nosotros como en un sagrario. Más aún: si es considerado digno de recibirle, no sólo le ve, sino que participa de él, le recibe en sí mismo como huésped, y es enriquecido con el don de la misma gracia divina. Y así como María Magdalena vio lo que antes que nada los apóstoles deseaban ver, así el alma, poseída por la fe, será considera rada digna de ver y de gozar de aquello que —según el apóstol— los ángeles desean penetrar, divinizándose por completo, tanto por la contemplación como por la participación de estos misterios.


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Por hacer



Otras homilías y comentarios

Otros comentarios y homilías podrán encontrarse aquí: Jn 20, 1-8

Agregue un comentario