Jn 21, 15-19 – Diálogo con Pedro a orillas del lago de Tiberíades

15 Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 16 Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». 17 Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 19 Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Gregorio Palamás

Homilía: El Señor constituyó pastor supremo de toda la Iglesia al autor de esta confesión

«Tú conoces todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21,17)
28,PG 151, 358-359

PG

El que mire ahora a Pedro, verá que no sólo se recobró suficientemente por la penitencia y el dolor vivísimo de la negación, en la que por debilidad cayó, sino que desterró totalmente de su alma el vicio de la arrogancia con que pretendía preferirse a los demás.

Queriendo el Señor mostrarnos a todos esto, después de haber padecido por nosotros la muerte y haber resucitado al tercer día, se dirigió a Pedro con aquellas palabras transmitidas en el evangelio de hoy, diciéndole: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?, es decir, más que mis discípulos.

Mira su conversión a la humildad. Antes, aun cuando nadie le había preguntado, se antepone a los demás, diciendo: Aunque todos… yo jamás; ahora, interrogado si le ama más que los otros, asiente a lo del amor, pero omite aquello de «más», diciendo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y entonces, ¿qué es lo que hace el Señor? Ahora que ve que Pedro no le falla en la caridad y que ha adquirido la humildad, da cumplimiento a lo que ya anteriormente le había anunciado, y le dice: Apacienta mis corderos.

A la Iglesia de los creyentes la llamó edificio: ahora le promete que le pondrá a él como fundamento. Y si queremos hablar acudiendo a imágenes de pesca, podríamos decir que le hace pescador de hombres, al decirle: Desde ahora serás pescador de hombres. Y como ahora está hablando de su grey, pone al frente de ella a Pedro como pastor, diciendo: Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

Pedro, interrogado una y otra vez si ama a Cristo, se contrista ante la reiterada pregunta pensando que no va a ser fiel. Pero sabiendo que ama y no ignorando que de esto es más consciente quien le interroga que él mismo, como acosado por ambas cosas, no sólo confiesa que ama, sino que proclama además que el Dios de todas las cosas es amado por él, diciendo: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. El saberlo todo es propio únicamente del Dios del universo.

Y el Señor, al autor de semejante confesión, no sólo lo constituye pastor y pastor supremo de la Iglesia, sino que, además, le dota de una fortaleza tal, que perseverará firme hasta la muerte, y muerte de cruz, quien fue incapaz de sostener con entereza ni siquiera la pregunta o el diálogo con una criada.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías con una juventud corporal y espiritual, esto es, usabas tu propia fortaleza, e ibas adonde querías, moviéndote con espontaneidad y usando en tu vida de la propia libertad; pero cuando seas viejo, llegado al final de tu juventud, tanto natural como espiritual, extenderás las manos, con lo que se da a entender que moriría en la cruz, a la cual subiría forzado.

Extenderás las manos, otro te ceñirá, es decir, te dará brío, y te llevará adonde no quieras, sacándote de esta vida. Nuestra naturaleza desea vivir y, por tanto, el martirio de Pedro era algo superior a sus fuerzas. Sin embargo. —dice el Señor— lo tolerarás por mí y por mi testimonio, inmolándote con mi ayuda y superando lo que está sobre la naturaleza.

Juan XXIII

Diario del Alma: ¿Qué sostiene a Pedro?

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?… ¿me amas?… ¿me amas?» (Jn 21, 15-19)
[Falta referencia]

El sucesor de Pedro sabe que en su persona y en su actividad es la ley de la gracia y del amor la que lo sostiene, lo vivifica y lo adorna todo; y, de cara al mundo entero, es en el intercambio de amor entre Jesús y él, Simón Pedro, hijo de Juan, que la santa Iglesia encuentra su sostén como sobre un soporte invisible y visible: Jesús, invisible a los ojos de la carne, y el papa, Vicario de Cristo, visible a los ojos del mundo entero.

Bien sopesado este misterio de amor entre Jesús y su Vicario, ¡qué honor y qué dulzura para mí!, pero al mismo tiempo, ¡qué motivo de confusión por la pequeñez, por la nada que soy! Mi vida debe ser todo amor por Jesús y al mismo tiempo total efusión de bondad y de sacrificio para cada alma y para el mundo entero. En este episodio… el pasaje va directo a la ley del sacrificio. Es el mismo Jesús quien lo anuncia a Pedro: «Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras». Por la gracia del Señor todavía no he entrado en esta «vejez», pero con mis ochenta años ya cumplidos me encuentro en el umbral.

Debo, pues, estar a punto para este último período de mi vida en la que me esperan limitaciones y sacrificios, hasta el sacrificio de la vida corporal y la apertura a la vida eterna. Oh Jesús, heme aquí a punto de extender las manos, mis manos ya temblorosas y débiles, y a permitir que otro me ayude a vestir y me sostenga en el camino. Señor, al dirigirte a Pedro has añadido: «te llevará a donde no quieras». Oh, después de tantas gracias que me has concedido durante mi larga vida, ya no hay nada que yo no quiera. Eres tú quien me ha abierto el camino, oh Jesús; «Te seguiré adonde quiera que vayas» (Mt 8,19).

Juan Crisóstomo

Sobre los Hechos de los Apóstoles: Apacienta, es decir, ama

«Apacienta mis corderos» (Jn 21,15)
Homilía 2 sobre los Hechos de los apóstoles

“¿Me amas más que a éstos? – Apacienta mis corderos.” ¡Imitemos a los apóstoles en sus virtudes y no nos quedaremos atrás! En efecto, no son sus milagros lo que los constituyó en apóstoles, sino la santidad de su vida. En ella se reconoce al discípulo de Cristo. El Señor mismo nos ha señalado con este signo. Cuando quiso hacer el retrato de sus discípulos y revelar el signo que los distinguiría, dijo: “En esto reconocerán que sois mis discípulos”. ¿Sería por los prodigios que obraban, por los muertos que resucitaban? De ninguna manera. Entonces ¿por qué? “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13,35).

Ahora bien, el amor no es cuestión de milagros sino simplemente de virtud: “El amor cumple toda la ley.” (Rm 13,10)… Amaos los unos a los otros y así os pareceréis a los apóstoles, estaréis en el primer puesto. “Si tú me amas, dice Jesús a Pedro, apacienta mis corderos”. Aquí, prestad atención, se valora la virtud, el celo, la compasión, el trabajo de guiar, el olvido de los propios intereses, la preocupación por cumplir con la tarea de la carga pastoral; todo esto es fruto de la virtud, del amor, no de los milagros y prodigios sino del amor.

Agustín de Hipona

Sermón: La caridad consolida la unidad

«Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17)
n. 13 [30]

Aquí descubro a todos los buenos pastores en uno solo. Pues no faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Los que están divididos son muchos. Aquí se anuncia uno solo, porque se encarece la unidad. En verdad, si aquí no se habla de pastores sino de un solo pastor, no se debe a que el Señor no haya encontrado a quien confiar sus ovejas. Entonces las confió porque encontró a Pedro; más aún, hasta en el mismo Pedro se encareció la unidad. Eran muchos los apóstoles y sólo a uno se dice: Apacienta mis ovejas (Jn 21,17).

¡Lejos de mí decir que faltan ahora buenos pastores; lejos de mí pensar que lleguen a faltar; lejos de su misericordia el que no los engendre y constituya como tales! En efecto, si hay buenas ovejas, hay también buenos pastores, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, forman una unidad. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no profieren su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo (Cf Jn 3,29). Por lo tanto, es él mismo quien apacienta cuando ellos apacientan. Dice: «Soy yo quien apaciento», pues en ellos se halla la voz de él, en ellos su caridad.

Quería que el mismo Pedro a quien confiaba sus ovejas, como si fuera su otro yo, formase unidad consigo, para de este modo confiarle las ovejas. Porque así Cristo sería la cabeza y Pedro representaría al cuerpo, es decir, a la Iglesia, y como esposo y esposa serían dos en una sola carne (Cf Mt 19,5; Gn 2,24). Por lo tanto, al confiarle las ovejas, ¿qué le pregunta antes como para no confiárselas a otro distinto de sí? Pedro, ¿me amas? Y respondió: Te amo. De nuevo: ¿Me amas? Y respondió: Te amo. Y por tercera vez: ¿Me amas? Y respondió: Te amo (Jn 21,15-17).

Asegura la caridad para consolidar la unidad. Así, pues, él mismo, siendo único, apacienta en éstos; y éstos apacientan formando parte del que es único. No se habla de los pastores, y se está hablando. Se glorían los pastores, pero quien se gloríe, que se gloríe en el Señor (Cf 2Co 10,17). Esto es apacentar para Cristo, apacentar en Cristo, apacentar con Cristo y no apacentarse a sí mismo fuera de Cristo. No pensaba en la penuria de pastores, como si el profeta anunciase como venideros estos malos tiempos, cuando dijo: Yo apacentaré a mis ovejas (Ez 34,15), como diciendo: no tengo a quien confiarlas. En efecto, cuando aún vivía Pedro, y cuando aún se hallaban en esta carne y en esta vida los apóstoles mismos, entonces dice aquel pastor único, en quien todos forman una unidad: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es preciso que yo las atraiga, para que haya un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Así, pues, estén todos en el único pastor, anuncien todos la única voz del pastor, de modo que la oigan las ovejas y sigan a su pastor, no a éste o al otro, sino al único. Anuncien todos, unidos en él, una sola voz; no tengan diversas voces. Os ruego, hermanos, que todos anunciéis lo mismo y no haya entre vosotros divisiones (1Co 1,10). Oigan las ovejas esta voz ajena a división, expurgada de toda herejía, y sigan a su pastor que dice: Mis ovejas oyen mi voz y me siguen (Jn 10,27).

Juan Pablo II

Ut Unum Sint: Un ministerio de misericordia nacido de un acto de misericordia

«Apacienta mis ovejas» (cf. Jn 21,15-19)
nn. 90-93

El Obispo de Roma es el Obispo de la Iglesia que conserva el testimonio del martirio de Pedro y de Pablo: «Por un misterioso designio de la Providencia, termina en Roma su camino en el seguimiento de Jesús y en Roma da esta prueba máxima de amor y de fidelidad. También en Roma Pablo, el Apóstol de las Gentes, da el testimonio supremo. La Iglesia de Roma se convertía así en la Iglesia de Pedro y de Pablo».

En el Nuevo Testamento Pedro tiene un puesto peculiar. En la primera parte de los Hechos de los Apóstoles, aparece como cabeza y portavoz del colegio apostólico, designado como «Pedro… con los Once» (2, 14; cf. también 2, 37; 5, 29). El lugar que tiene Pedro se fundamenta en las palabras mismas de Cristo, tal y como vienen recordadas por las tradiciones evangélicas.

El Obispo de Roma es el Obispo de la Iglesia que conserva el testimonio del martirio de Pedro y de Pablo: «Por un misterioso designio de la Providencia, termina en Roma su camino en el seguimiento de Jesús y en Roma da esta prueba máxima de amor y de fidelidad. También en Roma Pablo, el Apóstol de las Gentes, da el testimonio supremo. La Iglesia de Roma se convertía así en la Iglesia de Pedro y de Pablo».

En el Nuevo Testamento Pedro tiene un puesto peculiar. En la primera parte de los Hechos de los Apóstoles, aparece como cabeza y portavoz del colegio apostólico, designado como «Pedro… con los Once» (2, 14; cf. también 2, 37; 5, 29). El lugar que tiene Pedro se fundamenta en las palabras mismas de Cristo, tal y como vienen recordadas por las tradiciones evangélicas.

El Evangelio de Mateo describe y precisa la misión pastoral de Pedro en la Iglesia: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (16, 17-19). Lucas señala cómo Cristo recomienda a Pedro que confirme a sus hermanos, pero al mismo tiempo le muestra su debilidad humana y su necesidad de conversión (cf. Lc 22, 31-32). Es precisamente como si, desde la debilidad humana de Pedro, se manifestara de un modo pleno que su ministerio particular en la Iglesia procede totalmente de la gracia; es como si el Maestro se dedicara de un modo especial a su conversión para prepararlo a la misión que se dispone a confiarle en la Iglesia y fuera muy exigente con él. Las misma función de Pedro, ligada siempre a una afirmación realista de su debilidad, se encuentra en el cuarto Evangelio: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Apacienta mis ovejas» (cf. Jn 21, 15-19). Es significativo además que según la Primera Carta de Pablo a los Corintios, Cristo resucitado se aparezca a Cefas y luego a los Doce (cf. 15, 5).

Es importante notar cómo la debilidad de Pedro y de Pablo manifiesta que la Iglesia se fundamenta sobre la potencia infinita de la gracia (cf. Mt 16, 17; 2 Cor 12, 7-10). Pedro, poco después de su investidura, es reprendido con severidad por Cristo que le dice: « ¡Escándalo eres par mí! » (Mt 16, 23). ¿Cómo no ver en la misericordia que Pedro necesita una relación con el ministerio de aquella misericordia que él experimenta primero? Igualmente, renegará tres veces de Jesús. El Evangelio de Juan señala además que Pedro recibe el encargo de apacentar el rebaño en una triple profesión de amor (cf. 21, 15-17) que se corresponde con su triple traición (cf. 13, 38). Por su parte Lucas, en la palabra de Cristo que ya he citado, a la cual unirá la primera tradición en un intento por describir la misión de Pedro, insiste en el hecho de que deberá «confirmar a sus hermanos cuando haya vuelto» (cf. Lc 22, 32).

En cuanto a Pablo, puede concluir la descripción de su ministerio con la desconcertante afirmación que ha recibido de los labios del Señor: « Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza » y puede pues exclamar: « Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte » (2 Cor 12, 9-10). Esta es una característica fundamental de la experiencia cristiana.

Heredero de la misión de Pedro, en la Iglesia fecundada por la sangre de los príncipes de los Apóstoles, el Obispo de Roma ejerce un ministerio que tiene su origen en la multiforme misericordia de Dios, que convierte los corazones e infunde la fuerza de la gracia allí donde el discípulo prueba el sabor amargo de su debilidad y de su miseria. La autoridad propia de este ministerio está toda ella al servicio del designio misericordioso de Dios y debe ser siempre considerada en este sentido. Su poder se explica así.

Refiriéndose a la triple profesión de amor de Pedro, que corresponde a la triple traición, su sucesor sabe que debe ser signo de misericordia. El suyo es un ministerio de misericordia nacido de un acto de misericordia de Cristo. Toda esta lección del Evangelio ha de ser releída continuamente, para que el ejercicio del ministerio petrino no pierda su autenticidad y trasparencia.

La Iglesia de Dios está llamada por Cristo a manifestar a un mundo esclavo de sus culpabilidades y de sus torcidos propósitos que, a pesar de todo, Dios puede, en su misericordia, convertir los corazones a la unidad, haciéndoles acceder a su comunión.

Homilía (30-05-1980): Una pregunta fundamental para Pedro y para nosotros

«¿Me amas?» (Jn 21,15)
Visita Pastoral a París y Lisieux. Misa celebrada en la Catedral de Notre Dame, París

1. ¿Tú amas?

Pregunta fundamental, pregunta corriente. Es la pregunta que abre el corazón y que da sentido a la vida. Es la pregunta que decide sobre la verdadera dimensión del hombre. En ella debe expresarse el hombre por entero y debe también en ella superarse a sí mismo.

¿Me amas?

Esta pregunta ha sido planteada hace un instante en este lugar. Es un lugar histórico, un lugar sagrado. Aquí encontramos el genio de Francia, el genio que quedó expresado en la arquitectura de este templo hace ocho siglos y que sigue siempre aquí, para testimonio del hombre. El hombre, en efecto, a través de todas las fórmulas con las que trata de definirse a sí mismo, no puede olvidar que es, también él, un templo: el templo donde habita el Espíritu Santo. Por este motivo, el hombre ha erigido este templo, que da testimonio de él desde hace ocho siglos: Notre Dame.

Aquí, en este lugar, en el transcurso de nuestro primer encuentro, hay que plantear esta pregunta: “¿Me amas?”. Pero debe también plantearse en todas partes y siempre. Es una pregunta que hace Dios al hombre. Y el hombre debe hacérsela continuamente a sí mismo.

2. Esa pregunta fue hecha por Cristo a Pedro. Cristo le preguntó tres vences, y tres veces respondió Pedro. “Simón, hijo de Juan, ¿me amas…? Sí, Señor, tú sabes que te amo” (Jn 21, 15-17).

Y Pedro emprendió desde entonces, con esa pregunta y esa respuesta, el camino que había de seguir hasta el fin de su vida. Ante todo, debía poner en práctica el admirable diálogo que acababa de producirse también tres veces: “Apacienta mis corderos”, “apacienta mis ovejas… Sé el pastor de este rebaño, del que yo soy la puerta y el Buen Pastor” (cf. Jn 10, 7).

Para siempre, hasta el fin de su vida, Pedro debía avanzar por ese camino, acompañado de esa triple pregunta: “¿Me amas?”. Y conformaría todas sus actividades a la respuesta que entonces había dado. Cuando fue convocado ante el Sanedrín. Cuando fue encerrado en la prisión de Jerusalén, prisión de la que no debía salir… y de la que, sin embargo, salió. Y cuando marchó de Jerusalén hacia el norte, a Antioquía, y luego más lejos aún, de Antioquía a Roma. Y cuando en Roma perseveró hasta el fin de sus días, conoció la fuerza de las palabras según las cuales otro le conduciría a donde no quería ir… (cf. Jn 21, 18).

Sabía también que, gracias a la fuerza de esas palabras, la Iglesia perseveraba “en oír la enseñanza de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración…” y que “cada día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvos” (Act 2, 42. 47).

Así sucedió en Jerusalén. Y luego en Antioquía. Y luego en Roma. Y sucesivamente también aquí, al Oeste y al Norte de los Alpes: en Marsella, Lión, París.

3. Pedro jamás puede olvidar esta pregunta: “¿Me amas?”. La lleva consigo adondequiera que va. La lleva a través de los siglos, a través de las generaciones. En medio de los nuevos pueblos y de las nuevas naciones. En medio de lenguas y de razas siempre nuevas. La lleva él solo y, sin embargo, no está solo. Otros la llevan también con él: Pablo, Juan, Santiago, Andrés, Ireneo de Lión, Benito de Nursia, Martín de Tours, Bernardo de Claraval, el Poverello de Asís, Juana de Arco, Francisco de Sales, Juana Francisca de Chantal, Vicente de Paúl, Juan María Vianney, Teresa de Lisieux.

En esta tierra que tengo hoy la suerte de visitar, aquí en esta ciudad, ha habido y hay muchos hombres y mujeres que han sabido y saben todavía que toda su vida tiene valor y sentido sólo y exclusivamente en la medida en que es una respuesta a esta misma pregunta: ¿Amas? ¿Me amas? Ellos dieron y dan su respuesta de modo total y perfecto —una respuesta heroica— o también de manera común, ordinaria. Pero en todo caso, saben que su vida, que la vida humana en general, tiene valor y sentido en la medida en que es la respuesta a esa pregunta: ¿Tú amas? Solamente gracias a esa pregunta la vida vale la pena de ser vivida.

Yo vengo aquí siguiendo sus huellas. Visito su patria terrena. Recomiendo a su intercesión Francia y París, la Iglesia y el mundo. La respuesta que han dado a esa. pregunta “¿Tú amas?”, tiene una significación universal, un valor perdurable. Construye en la historia de la humanidad, el mundo del bien. Sólo el amor construye dicho mundo. Lo construye con trabajo. Debe luchar para darle forma; debe luchar contra las fuerzas del mal, del pecado, del odio, contra la codicia de la carne, contra la codicia de los ojos y contra la soberbia de la vida (cf. Jn 2, 16).

Esta lucha es incesante. Es también antigua como la historia del hombre. En nuestro tiempo, esta lucha para dar forma a nuestro mundo parece ser más grande que nunca. Y más de una vez nos preguntamos, temblando, si el odio no triunfará sobre el amor, la guerra sobre la paz, la destrucción sobre la construcción.

¡Qué elocuencia tan extraordinaria la de esta pregunta de Cristo: “¿Me amas?”! Es fundamental para cada uno y para todos. Es fundamental para el individuo y para la sociedad, para la nación y para el Estado. Es fundamental para París y para Francia: “¿Tú amas?”.

4. Cristo es la piedra angular de esta construcción. Es la piedra angular de esta forma que el mundo, nuestro mundo humano, puede tomar gracias al amor.

Pedro lo sabía; él, a quien Cristo preguntó tres veces “¿Me amas?”. Pedro lo sabía; él, que a la hora de la prueba negó tres veces a su Maestro.. Y su voz temblaba cuando respondió: “Señor, tú sabes que te amo” (Jn 21, 15). Sin embargo, no respondió: “Y no obstante, Señor, te he decepcionado”, sino: “Señor, tú sabes que te amo”. Al decir esto, sabía ya que Cristo es la piedra angular sobre la cual, por encima de toda debilidad humana, puede crecer en él, en Pedro, esta construcción que tendrá la forma del amor. A través de todas las situaciones y de todas las pruebas. Hasta el fin. Por eso, escribirá un día, en su Carta que acabamos de leer, el texto sobre Jesucristo, la piedra angular sobre la cual “vosotros, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2, 5).

Todo esto no significa otra cosa que responder siempre y constantemente, con tenacidad y de manera consecuente, a esa única pregunta: ¿Tú amas? ¿Tú me amas? ¿Me amas cada vez más?

Es, en efecto, esta respuesta, es decir, este amor lo que hace que seamos “linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido…” (1 Pe 2, 9).

Es la que hace que proclamemos las obras maravillosas de Aquel que nos “ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (ib.).

Todo esto Pedro lo supo con la absoluta certidumbre de su fe. Y todo esto lo sabe, y lo continúa confesando, en sus sucesores. El sabe, sí, y confiesa que esta piedra angular, que da a toda la construcción de la historia humana la forma, del amor, de la justicia y de la paz, fue, es y será, verdaderamente, la piedra rechazada por los hombres…, por los hombres, por muchos de ellos que son los constructores del destino del mundo; y, sin embargo, pese a ello, es verdaderamente El, Jesucristo, quien ha sido, es y será la piedra angular de la historia humana. Y es de El, de donde, a pesar de todos los conflictos, las objeciones y las negaciones, a pesar de la oscuridad y de las nubes que no dejan de acumularse en el horizonte de la historia —¡y bien sabéis cuán amenazadoras son hoy, en nuestra época!—, es de El, de donde la construcción perenne surgirá, sobre El se erigirá, a partir de El se desarrollará. Sólo el amor tiene la fuerza de hacer esto. Solamente el amor no conoce ocaso.

Sólo el amor dura siempre (cf. 1 Cor 13, 8). Sólo el amor construye la forma de la eternidad en las dimensiones terrestres y fugaces de la historia del hombre sobre la tierra.

5. Estamos aquí en un lugar sagrado: Notre Dame. Esta espléndida construcción, tesoro del arte gótico, vuestros abuelos la consagraron a la Madre de Dios. La consagraron a quien, entre todos los seres humanos, dio la respuesta más perfecta a esa pregunta: ¿Tú amas? ¿Tú me amas? ¿Me amas cada vez más? Su vida entera fue, en efecto, una respuesta perfecta, sin error alguno, a esta pregunta.

Convenía, pues, que yo comenzase en un lugar consagrado a María mi encuentro con París y con Francia, encuentro al que he sido tan cortésmente invitado por las autoridades del Estado y de la ciudad, por la Iglesia y sus Pastores. Mi visita del lunes a la sede de la UNESCO, en París, adquiere por eso su emplazamiento completo y la dimensión que corresponde a mi misión de testimonio y de servicio apostólico.

Esta invitación es para mí un gran premio. Lo aprecio vivamente. Deseo también, según mis posibilidades y según la gracia de estado que me ha sido concedida, responder a esa invitación y hacerle alcanzar su objetivo.

Por eso, me alegra que este nuestro primer encuentro tenga lugar en presencia de la Madre de Dios, ante la que es nuestra esperanza. Deseo confiarle el servicio que debo cumplir entre vosotros. A Ella también le pido, junto con todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, que este servicio sea útil y fructuoso para la Iglesia en Francia, para el hombre y para el mundo contemporáneo.

6. Son numerosos los lugares de vuestro país donde muy frecuentemente, quizá cada día, mi pensamiento y mi corazón van como peregrinos: el santuario de la Virgen Inmaculada de Lourdes, Lisieux y Ars, adonde esta vez no podré acercarme, y Annecy, adonde he sido invitado desde hace tiempo sin poder hasta ahora realizar mi deseo.

Y he aquí que se presenta ante mis ojos Francia, madre de santos a lo largo de tantas generaciones y siglos. ¡Oh, cuánto me gustaría que volvieran todos a nuestro siglo, a nuestra generación, en la medida de sus necesidades y responsabilidades!

En este primer encuentro, yo deseo que todos y cada uno escuchemos en toda su elocuencia la pregunta que Cristo hizo antaño a Pedro: ¿Amas? ¿Me amas? ¡Que esa pregunta resuene y encuentre eco profundo en cada uno de nosotros!

El futuro del hombre y del mundo depende de ello. ¿Escucharemos esa pregunta ¿Comprenderemos su importancia? ¿Cómo responderemos a ella?

1. ¿Tú amas?

Pregunta fundamental, pregunta corriente. Es la pregunta que abre el corazón y que da sentido a la vida. Es la pregunta que decide sobre la verdadera dimensión del hombre. En ella debe expresarse el hombre por entero y debe también en ella superarse a sí mismo.

¿Me amas?

Esta pregunta ha sido planteada hace un instante en este lugar. Es un lugar histórico, un lugar sagrado. Aquí encontramos el genio de Francia, el genio que quedó expresado en la arquitectura de este templo hace ocho siglos y que sigue siempre aquí, para testimonio del hombre. El hombre, en efecto, a través de todas las fórmulas con las que trata de definirse a sí mismo, no puede olvidar que es, también él, un templo: el templo donde habita el Espíritu Santo. Por este motivo, el hombre ha erigido este templo, que da testimonio de él desde hace ocho siglos: Notre Dame.

Aquí, en este lugar, en el transcurso de nuestro primer encuentro, hay que plantear esta pregunta: “¿Me amas?”. Pero debe también plantearse en todas partes y siempre. Es una pregunta que hace Dios al hombre. Y el hombre debe hacérsela continuamente a sí mismo.

2. Esa pregunta fue hecha por Cristo a Pedro. Cristo le preguntó tres vences, y tres veces respondió Pedro. “Simón, hijo de Juan, ¿me amas…? Sí, Señor, tú sabes que te amo” (Jn 21, 15-17).

Y Pedro emprendió desde entonces, con esa pregunta y esa respuesta, el camino que había de seguir hasta el fin de su vida. Ante todo, debía poner en práctica el admirable diálogo que acababa de producirse también tres veces: “Apacienta mis corderos”, “apacienta mis ovejas… Sé el pastor de este rebaño, del que yo soy la puerta y el Buen Pastor” (cf. Jn 10, 7).

Para siempre, hasta el fin de su vida, Pedro debía avanzar por ese camino, acompañado de esa triple pregunta: “¿Me amas?”. Y conformaría todas sus actividades a la respuesta que entonces había dado. Cuando fue convocado ante el Sanedrín. Cuando fue encerrado en la prisión de Jerusalén, prisión de la que no debía salir… y de la que, sin embargo, salió. Y cuando marchó de Jerusalén hacia el norte, a Antioquía, y luego más lejos aún, de Antioquía a Roma. Y cuando en Roma perseveró hasta el fin de sus días, conoció la fuerza de las palabras según las cuales otro le conduciría a donde no quería ir… (cf. Jn 21, 18).

Sabía también que, gracias a la fuerza de esas palabras, la Iglesia perseveraba “en oír la enseñanza de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración…” y que “cada día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvos” (Act 2, 42. 47).

Así sucedió en Jerusalén. Y luego en Antioquía. Y luego en Roma. Y sucesivamente también aquí, al Oeste y al Norte de los Alpes: en Marsella, Lión, París.

3. Pedro jamás puede olvidar esta pregunta: “¿Me amas?”. La lleva consigo adondequiera que va. La lleva a través de los siglos, a través de las generaciones. En medio de los nuevos pueblos y de las nuevas naciones. En medio de lenguas y de razas siempre nuevas. La lleva él solo y, sin embargo, no está solo. Otros la llevan también con él: Pablo, Juan, Santiago, Andrés, Ireneo de Lión, Benito de Nursia, Martín de Tours, Bernardo de Claraval, el Poverello de Asís, Juana de Arco, Francisco de Sales, Juana Francisca de Chantal, Vicente de Paúl, Juan María Vianney, Teresa de Lisieux.

En esta tierra que tengo hoy la suerte de visitar, aquí en esta ciudad, ha habido y hay muchos hombres y mujeres que han sabido y saben todavía que toda su vida tiene valor y sentido sólo y exclusivamente en la medida en que es una respuesta a esta misma pregunta: ¿Amas? ¿Me amas? Ellos dieron y dan su respuesta de modo total y perfecto —una respuesta heroica— o también de manera común, ordinaria. Pero en todo caso, saben que su vida, que la vida humana en general, tiene valor y sentido en la medida en que es la respuesta a esa pregunta: ¿Tú amas? Solamente gracias a esa pregunta la vida vale la pena de ser vivida.

Yo vengo aquí siguiendo sus huellas. Visito su patria terrena. Recomiendo a su intercesión Francia y París, la Iglesia y el mundo. La respuesta que han dado a esa. pregunta “¿Tú amas?”, tiene una significación universal, un valor perdurable. Construye en la historia de la humanidad, el mundo del bien. Sólo el amor construye dicho mundo. Lo construye con trabajo. Debe luchar para darle forma; debe luchar contra las fuerzas del mal, del pecado, del odio, contra la codicia de la carne, contra la codicia de los ojos y contra la soberbia de la vida (cf. Jn 2, 16).

Esta lucha es incesante. Es también antigua como la historia del hombre. En nuestro tiempo, esta lucha para dar forma a nuestro mundo parece ser más grande que nunca. Y más de una vez nos preguntamos, temblando, si el odio no triunfará sobre el amor, la guerra sobre la paz, la destrucción sobre la construcción.

¡Qué elocuencia tan extraordinaria la de esta pregunta de Cristo: “¿Me amas?”! Es fundamental para cada uno y para todos. Es fundamental para el individuo y para la sociedad, para la nación y para el Estado. Es fundamental para París y para Francia: “¿Tú amas?”.

4. Cristo es la piedra angular de esta construcción. Es la piedra angular de esta forma que el mundo, nuestro mundo humano, puede tomar gracias al amor.

Pedro lo sabía; él, a quien Cristo preguntó tres veces “¿Me amas?”. Pedro lo sabía; él, que a la hora de la prueba negó tres veces a su Maestro.. Y su voz temblaba cuando respondió: “Señor, tú sabes que te amo” (Jn 21, 15). Sin embargo, no respondió: “Y no obstante, Señor, te he decepcionado”, sino: “Señor, tú sabes que te amo”. Al decir esto, sabía ya que Cristo es la piedra angular sobre la cual, por encima de toda debilidad humana, puede crecer en él, en Pedro, esta construcción que tendrá la forma del amor. A través de todas las situaciones y de todas las pruebas. Hasta el fin. Por eso, escribirá un día, en su Carta que acabamos de leer, el texto sobre Jesucristo, la piedra angular sobre la cual “vosotros, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2, 5).

Todo esto no significa otra cosa que responder siempre y constantemente, con tenacidad y de manera consecuente, a esa única pregunta: ¿Tú amas? ¿Tú me amas? ¿Me amas cada vez más?

Es, en efecto, esta respuesta, es decir, este amor lo que hace que seamos “linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido…” (1 Pe 2, 9).

Es la que hace que proclamemos las obras maravillosas de Aquel que nos “ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (ib.).

Todo esto Pedro lo supo con la absoluta certidumbre de su fe. Y todo esto lo sabe, y lo continúa confesando, en sus sucesores. El sabe, sí, y confiesa que esta piedra angular, que da a toda la construcción de la historia humana la forma, del amor, de la justicia y de la paz, fue, es y será, verdaderamente, la piedra rechazada por los hombres…, por los hombres, por muchos de ellos que son los constructores del destino del mundo; y, sin embargo, pese a ello, es verdaderamente El, Jesucristo, quien ha sido, es y será la piedra angular de la historia humana. Y es de El, de donde, a pesar de todos los conflictos, las objeciones y las negaciones, a pesar de la oscuridad y de las nubes que no dejan de acumularse en el horizonte de la historia —¡y bien sabéis cuán amenazadoras son hoy, en nuestra época!—, es de El, de donde la construcción perenne surgirá, sobre El se erigirá, a partir de El se desarrollará. Sólo el amor tiene la fuerza de hacer esto. Solamente el amor no conoce ocaso.

Sólo el amor dura siempre (cf. 1 Cor 13, 8). Sólo el amor construye la forma de la eternidad en las dimensiones terrestres y fugaces de la historia del hombre sobre la tierra.

5. Estamos aquí en un lugar sagrado: Notre Dame. Esta espléndida construcción, tesoro del arte gótico, vuestros abuelos la consagraron a la Madre de Dios. La consagraron a quien, entre todos los seres humanos, dio la respuesta más perfecta a esa pregunta: ¿Tú amas? ¿Tú me amas? ¿Me amas cada vez más? Su vida entera fue, en efecto, una respuesta perfecta, sin error alguno, a esta pregunta.

Convenía, pues, que yo comenzase en un lugar consagrado a María mi encuentro con París y con Francia, encuentro al que he sido tan cortésmente invitado por las autoridades del Estado y de la ciudad, por la Iglesia y sus Pastores. Mi visita del lunes a la sede de la UNESCO, en París, adquiere por eso su emplazamiento completo y la dimensión que corresponde a mi misión de testimonio y de servicio apostólico.

Esta invitación es para mí un gran premio. Lo aprecio vivamente. Deseo también, según mis posibilidades y según la gracia de estado que me ha sido concedida, responder a esa invitación y hacerle alcanzar su objetivo.

Por eso, me alegra que este nuestro primer encuentro tenga lugar en presencia de la Madre de Dios, ante la que es nuestra esperanza. Deseo confiarle el servicio que debo cumplir entre vosotros. A Ella también le pido, junto con todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, que este servicio sea útil y fructuoso para la Iglesia en Francia, para el hombre y para el mundo contemporáneo.

6. Son numerosos los lugares de vuestro país donde muy frecuentemente, quizá cada día, mi pensamiento y mi corazón van como peregrinos: el santuario de la Virgen Inmaculada de Lourdes, Lisieux y Ars, adonde esta vez no podré acercarme, y Annecy, adonde he sido invitado desde hace tiempo sin poder hasta ahora realizar mi deseo.

Y he aquí que se presenta ante mis ojos Francia, madre de santos a lo largo de tantas generaciones y siglos. ¡Oh, cuánto me gustaría que volvieran todos a nuestro siglo, a nuestra generación, en la medida de sus necesidades y responsabilidades!

En este primer encuentro, yo deseo que todos y cada uno escuchemos en toda su elocuencia la pregunta que Cristo hizo antaño a Pedro: ¿Amas? ¿Me amas? ¡Que esa pregunta resuene y encuentre eco profundo en cada uno de nosotros!

El futuro del hombre y del mundo depende de ello. ¿Escucharemos esa pregunta ¿Comprenderemos su importancia? ¿Cómo responderemos a ella?


Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Viernes VII


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