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Comentario de Daniel 9:1 – Exégesis y Hermenéutica de la Biblia

Comentario de Daniel 9:1 – Exégesis y Hermenéutica de la Biblia

En el primer año de Darío hijo de Asuero, del linaje de los medos, el cual llegó a ser rey sobre el reino de los caldeos;

Año 538 a.C.

Darío hijo de Asuero. Dan 1:21; Dan 5:31; Dan 6:1, Dan 6:28; Dan 11:1.

Fuente: El Tesoro del Conocimiento Bíblico

Daniel, considerando el tiempo de la cautividad, Dan 9:1-2,

hace confesión de pecados, Dan 9:3-15,

y ora por la restauración de Jerusalén, Dan 9:16-19.

El ángel Gabriel le informa sobre las setenta semanas, Dan 9:20-27.

Fuente: El Tesoro del Conocimiento Bíblico

El año primero de Darío fue el 539 a.C el año en que fue designado por Ciro como administrador de Babilonia.

Fuente: Nuevo Comentario Ilustrado de la Biblia Caribe

9. Profecía de las Setenta Semanas.
Daniel está pensativo sobre el fin de la cautividad y sobre las palabras que le han comunicado. El profeta Jeremías había anunciado que la cautividad duraría setenta años. Este lapso de tiempo está pronto a cumplirse; por otra parte, Gabriel le ha dicho que lo que le anuncia es para el fin de los tiempos. ¿Cómo compaginar ambos datos? De nuevo el arcángel Gabriel le aclara que la profecía de Jeremías se cumplirá puntualmente en lo relativo a la reconstrucción de la Ciudad Santa; pero, respecto al fin de las calamidades, los setenta años se convertirán en semanas de años.

Introducción (l-4a).
1 El año primero de Darío, hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey del reino de los caldeos, 2 el año primero de su reinado, yo, Daniel, estaba estudiando en los libros el número de los setenta años que había de cumplirse sobre las ruinas de Jerusalén, conforme al número de años que dijo Yahvé a Jeremías, profeta. 3 Volví mi rostro al Señor, Dios, buscándole en oración y plegaria, en ayuno, saco y ceniza, 4a y oré a Yahvé, mi Dios, y le hice esta confesión:

La datación presenta una de las anomalías históricas clásicas en el libro de Daniel, pues se presenta a Darío, rey de Media y de los ‘caldeos, como hijo de Asuero o Jerjes, que más bien era hijo de Darío. De nuevo tenemos que acudir al modo popular de escribir del compilador del libro de Daniel, el cual, viviendo en el siglo π a.C., se hacía eco de tradiciones cuya historicidad en los detalles es muy relativa. Siempre debemos volver a la idea de que esta antología fragmentaria que es el libro de Daniel es de tipo apologético-religioso, sin pretensiones de crítica histórica. Así, muchas veces las dataciones históricas resultan anacrónicas. El carácter artificial de esta compilación heterogénea explica todas estas anomalías críticas.
Según la datación del libro, lo que va a narrar tuvo lugar bastante tiempo después de la visión del capítulo anterior, ya que aquélla fue en el año tercero del rey Baltasar, mientras que ahora se pone la meditación de Daniel el primer año de Darío, después de la conquista de Babilonia en 538 a.C. Daniel meditaba sobre el contenido de la famosa profecía de Jeremías de que la cautividad duraría setenta años. Es una alusión a Jer 25:11 y 29:10, donde el profeta anuncia a los desterrados que deben prepararse para un largo destierro. Naturalmente, las palabras de Jeremías no han de tomarse en sentido matemático de setenta años, sino en el amplio de una larga generación. De todos modos, el redactor del libro de Daniel va a jugar con la cifra matemática en sus cálculos sobre la interpretación de la profecía.
En efecto, en el primer año de Darío estaban para cumplirse literariamente (partiendo del 605 a.C.) los setenta años de Jeremías, y el redactor del libro de Daniel presenta a su protagonista inquieto porque la situación de la cautividad lleva camino de alargarse. Daniel se decide a renovar sus prácticas de penitencia para que Dios abrevie la cautividad y le esclarezca la profecía.

Oración y confesión de Daniel (4b-19).
4b Señor, Dios grande y temible, que guardas la alianza y la misericordia con los que te aman y cumplen tus mandamientos: 5 Hemos pecado, hemos obrado la iniquidad, hemos sido perversos y rebeldes, nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus juicios, 6 no hemos hecho caso a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes y a todo el pueblo de la tierra. 7 Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la vergüenza en el rostro, que llevan hoy todos los hombres de Judá, los moradores de Jerusalén, todos los de Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras a que los arrojaste por las rebeliones con que contra ti se rebelaron. 8 ¡Oh Yahvé! nuestra es la vergüenza en el rostro de nuestros reyes, de nuestros príncipes, de nuestros padres, porque contra ti pecamos. 9 Pero es de Yahvé, nuestro Dios, el tener misericordia y el perdonar, aunque nos hayamos rebelado contra El. 10 No obedecimos a la voz de Yahvé, nuestro Dios, andando en sus leyes, que por mano de sus profetas puso delante de nosotros, 11 y todo Israel traspasó tu Ley, alejándose para no oír tu voz. Por eso vino sobre nosotros la maldición y el juramento escrito en la Ley de Moisés, siervo de Dios, por haber pecado contra El. 12 El ha cumplido su palabra, la que dijo de nosotros y de los jefes que nos gobiernan, trayendo sobre nosotros males tan grandes como no los hubo nunca debajo del cielo, cual fue el hecho en Jerusalén. 13 Vino todo este mal sobre nosotros como está escrito en la Ley de Moisés, y no hemos implorado a Yahvé, nuestro Dios, con virtiéndonos de nuestras iniquidades y reconociendo tu verdad. 14 Por eso veló Yahvé sobre este mal y lo trajo sobre nosotros, porque justo es Yahvé, nuestro Dios, en todas cuantas obras hace, pues no obedecimos a su voz. 15 Ahora, pues, Señor Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa y te hiciste nombre cual lo tienes hoy, hemos pecado santo, pues por nuestros pecados y las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de cuantos nos rodean. 17 Oye, pues, Dios nuestro, la oración de tu siervo, oye sus plegarias, y por amor de ti, Señor, haz brillar tu faz sobre tu santuario devastado. 18 Oye, Dios mío, y escucha. Abre los ojos y mira nuestras ruinas, mira la ciudad sobre la que se invoca tu nombre, pues no por nuestras justicias te presentamos nuestras súplicas, sino por tus grandes misericordias. 19 ¡Escucha, Señor! ¡Señor, perdona! ¡Atiende, Señor, y obra; no tardes, por amor de ti, Dios mío, ya que es invocado tu nombre sobre tu ciudad y sobre tu pueblo!

Esta oración es hermosa sin duda, pero no tiene nada de originalidad, ya que está hecha sobre un patrón literario común en la Biblia, adaptable a toda situación de angustia nacional. Primero se confiesan sinceramente los pecados, reconociendo la justicia divina al castigar a Israel por sus infidelidades, y por fin se pide misericordia, apelando al honor del nombre de Yahvé, que es invocado por su pueblo l. Pues que la justicia divina ha sido satisfecha, el profeta espera y pide que se acelere la hora de la misericordia.
Ya Moisés había anunciado grandes castigos al que no fuera fiel a la observancia de las leyes por él impuestas en nombre de su Dios 2. Por tanto, los judíos no deben extrañarse de la dureza del castigo. Durante generaciones la ira divina se ha ido colmando, y ahora tienen que expiar por los propios pecados y por los de sus reyes, príncipes y pueblo en general. Pero, como en otro tiempo Dios manifestó su poder en los milagros del éxodo, debe ahora desplegar su omnipotencia en bien de su pueblo, desterrado de nuevo en Mesopotamia. El estilo de la oración es ampuloso y artificial.

La profecía de las setenta semanas (20-27).
20 Todavía estaba yo hablando, rogando, confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo, Israel, y presentando mis súplicas a Yahvé, mi Dios, por el monte santo de mi Dios; 21 todavía estaba hablando en mi oración, y aquel varón, Gabriel, a quien antes vi en la visión, volando rápidamente, se llegó a mí, como a la hora del sacrificio de la tarde. 22 Vino y, hablando conmigo, me dijo: Daniel, vengo ahora para hacerte entender. 23 Cuando comenzaste tu plegaria, fue dada la orden, y vengo para dártela a conocer, porque eres el predilecto. Oye, pues, la palabra y entiende la visión: 24Setenta semanas están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa para poner fin a la prevaricación y cancelar el pecado, para expiar la iniquidad y traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía y ungir el santo de los santos. 25 Sabe, pues, y entiende que desde la salida del oráculo sobre el retorno y edificación de Jerusalén hasta un ungido príncipe habrá siete semanas, y en sesenta y dos semanas se reedificarán plaza y foso en la angustia de los tiempos. 26 Después de las sesenta y dos semanas será muerto un ungido, sin que tenga culpa. Y destruirá la ciudad y el santuario el pueblo de un príncipe que ha de venir, y su fin será en una inundación, y hasta el fin de la guerra están decretadas desolaciones. 27 Y afianzará la alianza para muchos durante una semana, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación y habrá en el santuario una abominación desoladora 3 hasta que la ruina decretada venga sobre el devastador.

Mientras el profeta confesaba su pecado, es decir, el pecado colectivo de su pueblo, en el que se incluía él mismo, como hemos visto en la oración anterior, se le apareció Gabriel, como lo había hecho en la visión anterior4. Era la hora de la ofrenda de la tarde 5, cuando Daniel está reconcentrado, pensando en la profecía de Jeremías. El ángel le comunica que desde que comenzó su oración había sido dada la orden o declaración sobre la profecía de Jeremías que va a seguir (v.24-27). Dios ha respondido con prontitud, porque Daniel es su predilecto por su fidelidad en todo.
La aclaración que le va hacer Gabriel es complicada y le pide la máxima atención. Aquí parece que nos hallamos de nuevo ante artificios de la literatura apocalíptica, en la que juega una parte muy importante lo convencional. La clave de toda la interpretación es el número de setenta semanas de la profecía reiterada de Jeremías 6. Ya hemos indicado que este número no ha de tomarse aritméticamente, sino como simbólico, en el sentido de una generación amplia. El número setenta ha sido quizá escogido por la combinación de la multiplicación de 7 X 10, guarismos muy preferidos en la literatura bíblica como símbolo de multitud y de plenitud.
El ángel quiere mostrar que la salvación esperada llegará, pero después de un lapso de tiempo muy largo, que quiere enmarcar en el número recibido de setenta semanas, pero de años. Las semanas de años eran conocidas de los judíos en las leyes del año sabático y del jubileo7. El ángel Gabriel anuncia al ansioso Daniel que han sido prefijadas por Dios setenta semanas. Es decir, que el número de setenta años de la profecía de Jeremías se ha convertido en setenta semanas de años. El horizonte, pues, de expectación se amplía considerablemente. Aún deben pasar muchos años antes de que el pueblo y la ciudad de Jerusalén adquieran la plena liberación como consecuencia de la cancelación de la prevaricación y del pecado (v.24). Con esta frase, la profecía se dirige claramente a la era mesiánica. La principal característica de los tiempos mesiánicos en la literatura profética tradicional es la desaparición del pecado, el reinado de la justicia y de la equidad 8.
En la perspectiva, pues, del autor del libro de Daniel no se trata tanto de la reconstrucción de Jerusalén después del exilio cuanto de la manifestación de la teocracia mesiánica, cuando se establezca la justicia eterna y se selle la visión y la profecía, es decir, se cumplan los esperados vaticinios mesiánicos. El mejor sello de las profecías es su cumplimiento, pues con él demuestran su autenticidad y origen divino. Israel en su historia había vivido de las esperanzas de la época venturosa mesiánica. Y una de las señales del advenimiento de la era mesiánica es la unción del santo de los santos; expresión que en la Biblia se suele aplicar a cosas sagradas, como el altar de los holocaustos, la tienda de la alianza y los vasos sagrados 9. Por las particularidades y alusiones históricas que veremos al estudiar el v.27, parece que aquí el santo de los santos es la nueva dedicación del templo y del altar del templo de Jerusalén, realizada por los Macabeos en 165 a.C., después de la profanación del mismo por Antíoco IV Epífanes.
La perspectiva del hagiógrafo se centra en la historia de las persecuciones de los Macabeos, como veremos más adelante. Para el autor sagrado, la nueva dedicación del templo de Jerusalén señala una nueva era de ventura, que puede considerarse como el umbral de los tiempos mesiánicos. En su deseo de sembrar esperanzas entre sus contemporáneos, perseguidos por los Seléucidas, el hagiógrafo les presenta como próxima la inauguración de la era mesiánica anhelada, en la que desaparecería toda angustia e injusticia. Después de anunciar a Daniel el largo lapso de tiempo que ha de haber para el cumplimiento de estas cosas que reflejan el advenimiento de la era mesiánica, el ángel intérprete, Gabriel, va a especificar más en concreto los detalles de hechos que han de ocurrir en el término de estas setenta semanas de años, que aritméticamente nos dan cuatrocientos noventa años, aunque debemos volver a insistir en el valor convencional del número setenta.
El hagiógrafo, en la elaboración de la profecía, está trabajando con el pie forzado de los setenta años de la profecía de Jeremías y procura amoldarse, en general, a ese número, transformado por él en setenta semanas de años. Teniendo en cuenta esto, no debemos dar mucha importancia a las cifras concretas que va a dar a continuación. Ciertamente lo esencial profetice del fragmento está en este v.24, donde se habla de la implantación de la justicia eterna y del sello de la visión y de la profecía, que el hagiógrafo presenta como futuro inmediato a su generación oprimida del siglo II a.C. Todo lo demás (v.25-27) parece una mera esquematización histórica de hechos conocidos y realizados, presentados, conforme al género apocalíptico, como futuros.
El ángel intérprete, Gabriel, divide el período de setenta semanas en tres partes: a) siete semanas de años (cuarenta y nueve años), que se cancelan con la aparición de un ungido príncipe; b) sesenta y dos semanas (cuatrocientos treinta y cuatro años), durante las cuales se reedificarán plaza y foso en la angustia de los tiempos (v.25) y se cerrarán con la muerte de un ungido sin que tenga culpa 10; c) con la muerte de éste se inaugura la última semana, que se caracterizará por una encarnizada persecución de todo lo sagrado, realizada por el pueblo de un príncipe que ha de venir (v.26b). Pero, al fin, este príncipe será aniquilado ante la inundación de la justicia divina, que caerá como una tromba, aunque hasta entonces habrá desolaciones por doquier.
El hagiógrafo está obsesionado por los acontecimientos de esta terrible última semana, que se abre con la muerte de un ungido inocente y se cierra con la muerte de un príncipe perseguidor. La obra persecutoria culminará en la mitad de la última semana, cuando este príncipe haga cesar el sacrificio y la oblación (v.27), buscando alianza con muchos. Su labor de captación será grande. Como veremos, esta alianza parece ser una alusión a los esfuerzos de Antíoco IV Epífanes por atraerse a su programa de helenización a los judíos n. Su obra paganizadora culminará al profanar el santuario, colocando sobre el altar del templo la estatua de Júpiter Olímpico, que será la abominación desoladora, o, traducida con un semitismo, “la abominación de la desolación,” según los LXX y la Vg. Esta situación durará hasta que sea aniquilado el devastador (v.27) 12·

Interpretación Mesiánica De Las “Setenta Semanas.”
En el campo católico podemos distinguir dos interpretaciones corrientes, según se acepte la división tripartita del oráculo, conforme al texto hebreo, o la bipartita, seguida por la Vulgata y los LXX. Todo depende del terminus a quo que se tome en el cómputo. Los que aceptan la lectura de la Vg movidos de un interés apologético, procuran retrasar en lo posible el punto de partida en el cómputo de las famosas setenta semanas. La palabra clave para basar el cómputo matemático de la profecía está en el ab exitu sermonis, que hemos traducido por desde la salida del oráculo del v.25. ¿A qué se refiere en el contexto esta palabra u oráculo?
En el contexto parece claro que las palabras de Gabriel se refieran al oráculo de Jeremías sobre la duración de la cautividad, que debía durar setenta años. Sobre este oráculo versaba la meditación e inquietud de Daniel cuando se le apareció el arcángel para explicarle su sentido. Ciertamente que éste meditaba sobre la profecía de Jeremías, expresada en 25:11 y 29:10 del libro de Jeremías, que hoy tenemos como canónico. En 25:11, Jeremías habla de la destrucción de Babilonia después de setenta años, lo que suponía el fin del cautiverio de los judíos. Y esta profecía está fechada en el año 605 a.C. 13 En 29:10 de Jeremías se anuncia no sólo la destrucción de Babilonia, sino que expresamente se vaticina el retorno del pueblo exilado después de setenta años de cautiverio. Y este oráculo fue proferido en 596 a.C. 14
Por otra parte, en las palabras de Gabriel a Daniel se menciona expresamente el oráculo sobre el retorno y reconstrucción de Jerusalén, que va unido al retorno de los exilados. En el contexto, pues, el oráculo no es otro que la profecía de Jeremías sobre la que meditaba Daniel; en consecuencia, al hacer el cómputo de años de las semanas, hay que partir de una de las fechas en que Jeremías profirió su oráculo, es decir, en 605 o en 596 a.C.
A pesar de esto, muchos exegetas católicos, pensando más en el término ad quem, toman otro punto de partida, que no avala el contexto. Es decir, preocupados con dar un sentido matemático a la profecía en lo tocante a la aparición del Mesías-Jesucristo, buscan un punto de partida que cubra las sesenta y nueve semanas de años de la Vg; y así, tomando como referencia la muerte de Cristo (término ad quem) hacia el 30 d. C., calculan los 483 de las sesenta y nueve semanas hacia atrás, y llegan a un decreto de Arta-jerjes que dio a Esdras en el 458 a.C. 15 en favor de los judíos, o a ptro decreto que dio el mismo rey a Nehemías en 445 a.C. 16 Esta posición será muy apologética, pero muy poco científica, ya que nada insinúa en el contexto de Dan 9:25 que el sermo se refiera a este decreto. Por otra parte, el verdadero decreto de retorno y edificación de la ciudad lo dio Ciro en 538 a.C.
Según la opinión que comentamos, y que sigue la distribución de la Vg, la primera parte del período sería siete y sesenta y nueve semanas de años, que se cierran con la aparición de un Christum ducem, que es el mismo Christus muerto, que aparece después de las sesenta y dos semanas en el v.25. Pero entonces ¿cómo se explica la distinción de siete y sesenta y dos semanas para significar sesenta y nueve? Por otra parte, según esta hipótesis, la última semana sería el tiempo que va desde la muerte de Cristo (hacia el 30 d. C.) hasta la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d. C.), en que se cumpliría la abominación de la desolación de que habla Dan 9:27. En este supuesto, ¿cómo se ha de encajar en una semana de año (siete años} el tiempo que va desde el año 30 al 70 d. C. ? Los que patrocinan esta opinión dan un valor matemático exacto al cómputo de las setenta semanas, y entonces deben dar razón de la distribución matemática de los distintos números. Por otra parte, ¿cómo explicar la división de la última semana en dos mitades? (v.27).
La otra hipótesis, que nos parece más razonable, se basa en la, distribución que leemos en el texto hebreo, y que, por otra parte, no da un valor excesivamente matemático a las cifras, sino que supone como base el valor simbólico del número setenta, tanto en la profecía de Jeremías como en la explicación de Gabriel a Daniel. Según esta opinión, el punto de partida (desde la salida del oráculo) es la reiterada profecía de Jeremías de que la cautividad durará setenta años. Sobre este número simbólico, con significación de una amplia generación, el autor del libro de Daniel distribuye sus cálculos artificialmente, preocupándose, sobre todo, de la última semana, que le obsesiona, y cuyas particularidades refleja morosamente. Todo el período anterior es un encasillado artificial en orden a lograr un cómputo de setenta semanas de años, conforme a los setenta años de la profecía de Jeremías. El autor, pues, trabaja con un pie forzado, que es el número setenta. La distribución que va a dar de los dos períodos primeros es sólo aproximativa.
Distingue, pues, esta segunda opinión tres períodos: el primero dura siete semanas de años, a partir del oráculo de Jeremías proferido en 605 y en 596 a.C. Computando, a partir de cualquiera de esas fechas, cuarenta y nueve años grosso modo, nos lleva hacia el 538 a.C., en que hace su aparición un ungido príncipe, Ciro, el libertador de los judíos, que por su obra en favor de los judíos es saludado en Is 45:1 como ungido de Yahvé, y en 45:13 se dice de él que edificara mi ciudad. La primera parte, pues, de siete semanas se cierra con la aparición de este gran bienhechor del pueblo israelita.
Con el decreto de libertad de los judíos y la protección que les dio en la reconstrucción de su ciudad y templo, se abre la nueva etapa del vaticinio, que dura sesenta y dos semanas de años, es decir, cuatrocientos treinta y cuatro años. Durante este tiempo se reedificará la plaza y el foso en la angustia de los tiempos (v.25b). En estas palabras quedan reflejadas las angustias y estrecheces con que se cumplió la reconstrucción de la Ciudad Santa, tal como lo conocemos por los libros de Esdras y de Nehemías 17. Se nos dice en estos libros que los que reconstruían la ciudad tenían que tener en una mano la azada y en la otra la espada, para defenderse contra las incursiones de samaritanos y amonitas.
Esta segunda etapa del oráculo de Daniel se cierra con la muerte de un ungido 18, que parece ser, por el contexto siguiente, el sumo sacerdote Onías III, que fue asesinado en Antioquía en 171 a.C. 19 Con la muerte de éste, la profecía entra en su tercera etapa, que dura una semana, dividida en dos partes. Durante esta última semana de años ocurren las grandes desgracias a que se alude en los v.26b y 27.
Sabemos por la historia de los Macabeos que Antíoco IV Epífanes, después de su expedición a Egipto, expolió el templo de Jerusalén 20 (un pueblo con un jefe destruirá la ciudad y el santuario, v.26, e inició una labor de captación entre los judíos para ganarlos a su causa de helenización y de abandono de las leyes patrias 21, culminando su obra disolvente en la prohibición de la ofrenda y el sacrificio 22 y la erección, en el 15 de Quisleu (diciembre) de 168 a.C., del ídolo abominable (abominación desoladora o abominación de la desolación, v.27) 23 justamente a la mitad de la semana de años, que se inicia en el 171 a.C. con la muerte del ungido del Señor, Onías III. La cesación del sacrificio, más o menos, duró media semana de años (tres años y medio), pues en el 25 de Quisleu (diciembre) del 165 a.C. tuvo lugar la purificación y la nueva dedicación del templo 24.
Por fin, esta semana de años angustiosa termina con la muerte desastrosa del devastador Antíoco IV, que muere en el 164 a.C., desesperado y despreciado de todos25. Tenemos, pues, que desde el 171 a.C. (muerte de Onías II1) hasta el 164 a.C. (muerte del perseguidor Antíoco IV) hay justamente siete años (una semana de años). Al estudiar los c.11-12 de Daniel veremos más particularidades, que se cumplen al detalle en estos turbulentos días de persecución del tiempo de los Macabeos.
Como verá el lector, esta interpretación, más conforme al contexto y a las exigencias del texto mismo 26, supone que sólo el v.24 es netamente mesiánico, pues en él se anuncia, después de las setenta semanas de años, la implantación de un reinado de justicia, con la desaparición del pecado. Lo que se dice en los v.25-27 cae fuera de la perspectiva mesiánica, y más bien refleja hechos históricos” contemporáneos del hagiógrafo anteriores, expresados en forma profética, conforme al modo de escribir de los apocalípticos.
Por otra parte, esta interpretación, como antes hemos indicado, no da un valor matemático a los números, sino que los considera aproximativos con valor simbólico. El hagiógrafo quiere encajar dentro del número setenta tradicional de la profecía de Jeremías hechos muy distantes de la historia, y tiene una preocupación obsesionante por los hechos de la última semana; de ahí que todo lo anterior lo considere como accidental y sin mayor importancia.
Esta es la explicación de que el número cuatrocientos treinta y cuatro años, exigido por las sesenta y dos semanas de la segunda parte de la profecía, resulte demasiado grande para medir el período que va desde el 538 (aparición de Giro, ungido) a 171 a.C. (muerte del ungido Onías II1).
Se suele objetar contra esta interpretación la declaración de Cristo en el sermón escatológico: “Cuando viereis la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel en el lugar santo, entonces los que estén en Judea huyan a los montes.”27. Sin duda que el Señor, con estas palabras, se refería a los hechos trágicos que iban a suceder en Jerusalén con el asedio de Tito en el año 70 d. C. La expresión abominación de la desolación aparece tres veces en el libro de Daniel 28. En dos de ellas, ciertamente el autor del libro de Daniel se refiere a la devastación realizada por Antíoco IV Epífanes en tiempos de los Macabeos. En 12:11 se dice que la profanación del templo y el tiempo de la duración de la abominación de la desolación durará mil doscientos noventa días (es decir, media semana de años; tres años y medio más o menos), lo que coincide con lo que se dice en el texto que comentamos sobre las setenta semanas en Dan 9:27. Ahora bien, ¿a cuál de estos textos del libro de Daniel se refiere Jesucristo ?
En cualquiera de estos textos parece que la abominación de la desolación en el libro de Daniel se refiere a la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes. Cristo pudo tomar el texto de Daniel sobre la profanación del templo en la época de los Macabeos como tipo de la otra gran profanación que tendrá lugar en el año 70 d. C. con ocasión de la destrucción de Jerusalén por el ejército romano 29.
Ahora queda la dificultad general: si en esta profecía se anuncia la inauguración de los tiempos mesiánicos, como se dice en el v.24, después de la época macabea (supuesta nuestra interpretación), ¿cómo puede conciliarse este vaticinio con el hecho de que el Mesías haya aparecido realmente ciento sesenta y cuatro años después? Esta dificultad debe resolverse al tenor de lo que hemos dicho al explicar la profecía del Emmanuel de Isaías, es decir, teniendo en cuenta que los profetas carecen de perspectiva histórica del tiempo y, por tanto, superponen los planos históricos muchas veces en el horizonte profético. Es decir, el profeta vive preocupado con los problemas de su tiempo, y su misión en tiempos de angustia y de crisis de la conciencia nacional es reavivar la esperanza de salvación en virtud de las tradicionales promesas mesiánicas.
Los profetas son hombres de su tiempo y de la era mesiánica, en cuanto que todas sus esperanzas se centran en torno a los tiempos gloriosos de la aparición del Mesías. Tienen muchas veces revelaciones especiales sobre el hecho mesiánico, aunque se les oculten las circunstancias del mismo. Para ellos, el espacio de tiempo que hay entre su época y la mesiánica no tiene importancia, y, por otra parte, en sus ansias de reavivar las esperanzas en el pueblo, anuncian la era mesiánica como próxima, aunque en realidad no saben cuándo vendrá.
En el caso concreto de nuestra profecía del libro de Daniel, el hagiógrafo, que vive las angustias de la persecución religiosa contra su pueblo en tiempo de los Macabeos, anuncia como próxima la inauguración de los tiempos mesiánicos. Para excitar más la curiosidad de sus lectores ha estructurado la historia de su pueblo tomando como base el número setenta de la profecía de Jeremías y distinguiendo etapas históricas, que se han cumplido, para entrar ya en la zona del misterioso futuro que se abre al cerrarse la época macabaica 30.

1 Tenemos ejemplos de oraciones similares en Esd 9:6-15; Bar 1:15-3:8; Dan 3:25-45. Sobre las coincidencias de fraseología cf. Neh 1:5; Deu 7:9; 1Re 8:47; Deu 17:20; Jer 44:4.21 ; Neh 9:34. – 2 Sobre estas amenazas cf. Lev 26; Deu 28:36-37.63-68; Deu 29:24-28; Deu 30:1-10. – 3 El TM dice literalmente: “y sobre el ala horrores, devastaciones, hasta que la consumación decretada se derrame sobre el desolador.” Nuestra traducción es una combinación del texto hebreo y del griego, que nos parece más inteligible en el contexto. La Bible de Jé-rusalem traduce: “sobre el ala (del templo) será la abominación de la desolación hasta el fin, hasta el término asignado al desolador.” – 4 Cf. 8:15-18. 6 Cf. Jer 25:11; Jer 29:10. – 5 Cf. Exo 29:383; Num 28:45. 7 Cf. Lev 25:2.4.5; Lev 26:34.35.43; 2Cr 36:21. – 8 Cf. Isa 1:26; Isa 9:6; Isa 4:3. – 9 Cf. Exo 29:36; Neh 30:26-28; Neh 40:11; Lev 8:10-11; Num 7:1.10.84.88. Sólo en 1Cr 23:13, por metonimia, se aplica la frase a Aarón. – 10 Así traducimos según la reconstrucción de Lagrange, basada en el paralelismo de Teodoción: “no hay juicio para él.” Parece que ha habido una confusión de palabras hebreas. Cf. Lagrange, La prophétie des soixante-dix semaines de Daniel: RB 39 (1930) p.15s. – 11 Cf. 1 Mac i,lis. – 12 El P. Abel supone que había alguna inscripción con dedicatoria a Júpiter Olímpico, que en hebreo es Baal Shamayim (“Señor de los cielos”), con cuyo nombre haría juego de palabras el shomen (“desvastador”). Cf. abel, Vivre et Penser (1941) p.244. Esta división del oráculo en tres partes es según el texto hebreo, pues la Vulgata lo divide en dos partes: – a) siete y sesenta y dos semanas, que se cerrarían con la aparición de un Christum ducem; – b) la última semana. Así, pues, sesenta y nueve semanas serían la primera parte del vaticinio, y una semana la segunda y última parte. Según esta lectura, la interpretación será diferente de la que vamos a exponer conforme a nuestra versión del texto hebreo. – 12 Cf. Jer 20:1. – 13 Cf. Jer 25:1. – 15 Cf. Esd 7:8; Esd 7:11-26. – 16 Cf. Neh 1:1; Neh 2:1-9. – 17 Cf Esd 4,rs; Neh 6:1s; 9,37- – 18 El texto hebreo no dice “el ungido,” con artículo, sino que está indeterminado, lo que indica que no es el mismo que el ungido príncipe, cuya aparición cerraba las siete semanas de – años primeras. Por otra parte, nada insinúa en el contexto que ese nuevo ungido sea el Mesías. Los LXX y la versión de Teodoción traducen por unción (χρίσμα), es decir, una cosa ungida, traducción que pasó a la Vetus Latina. Los Padres griegos y latinos así lo entendieron, y no aplicaron este texto a Jesucristo. 22 Cf. 1Ma 1:47. – 19 Cf. 2Ma 4:7s. 23 Cf. 1Ma 1:5? – 20 Cf. 1Ma 1:21; 2Ma 5:11. 24 Cf. 1Ma 4:52. – 21 Cf. 1Ma 1:31.45.55; 2Ma 4:12. 25 Cf. 1Ma 6:16; 2Ma 9:9.28. – 26 Esta interpretación es seguida por Lagrange, Ceuppens y gran parte de los exegetas católicos actuales. – 27 Cf. Mat 24:15. – 28 Estos textos de Daniel son, además de este Deu 9:27, que ahora estudiamos,Deu 11:31 : “A su orden (de Antíoco IV) se presentarán tropas que profanarán el santuario y la fortaleza, y harán cesar el sacrificio perpetuo y alzarán la abominación desoladora.” Y en 12:11: “Después del tiempo de la cesación del sacrificio y del alzar la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días.” – 29 No puede esgrimirse como argumento contra nuestra interpretación la supuesta unanimidad de los Santos Padres, ya que ésta no existe sino en el sentido general mesiánico que hemos propuesto. Cf. San Hipólito : PG 10,746; San Jerónimo : PL 25:542; San Hilario : PL 9:1054; San Ambrosio : PL 15:1808; San Agustín : PL 33:899. – 30 Sobre esta profecía véase Lagrange, a.c., y RB (1904) 514; Bigot: DTC IV 75-102; Uppens, De prophetiis messianicis in A.T. 505-2; Saydon, Verbum Dei II p.6o4ss (Barcea 1956); Chaine, o.c., 2625; A. Colunga: “Ciencia Tomista,” 21 (1920) 285-305.

Fuente: Biblia Comentada

el año primero. Ca. 539 a.C. vino a ser rey. Esto puede significar que Darío (un título, no un nombre propio, vea la nota sobre Dan 5:31), corresponde a Ciro porque él fue hecho rey conforme al propósito de Dios (cp. Sal 75:6-7). Puesto que Ciro fue el primer monarca del imperio de Media y Persia, este tiempo corresponde también al primer año después de la muerte de Belsasar, cuando cayó Babilonia.

Fuente: Biblia de Estudio MacArthur

Dan 5:31; Est 1:1.

Fuente: Traducción Interconfesional HispanoAmericana

— Asuero: Nombre hebreo de Jerjes. Estamos de nuevo ante una cronología peculiar del libro de Daniel, pues en realidad Jerjes I (486-465 a. C.) reinó después de su padre Darío I (522-486 a. C.); pensar que se trata de Darío II (423-404 a. C.), hijo de Jerjes II, es absolutamente inviable.

Fuente: Traducción Interconfesional HispanoAmericana

Daniel escudriña las Escrituras

Gabriel entonces le trajo mayor información (21; cf. 8:16) que recibió identificación cronológica y significativa en el primer año de Darío (1). Daniel estaba ocupado en ejercicios espirituales. Había estado meditando en la profecía de Jeremías acerca de que la desolación de Jerusalén (2) duraría setenta años (cf. Jer. 25:11, 12; 29:10). La oración que siguió estuvo profundamente influida por el espíritu de Jer. 25. Como en la Escritura, la motivación para la intercesión sincera de Daniel es do ble: la necesidad de la hora y la palabra de promesa del pacto de Dios. Aunque la lógica abstracta podría llevarnos a preguntar por qué él necesitaba orar cuando Dios ya había dado su promesa, Daniel mismo entendió que Dios emplea la oración como el medio por el cual se complace en cumplir su palabra. El arrepentimiento y la intercesión genuinas afectaron a Daniel externa y también internamente (3). Esto era presumiblemente una parte de las de vociones privadas de Daniel, pero sus acciones no estaban opuestas al espíritu de Mat. 6:16-18, concerniente a nuestra apariencia en público y en cualquier evento que tiene en vista la recompensa de las alabanzas de otros en vez de la apro bación de Dios.

Fuente: Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno

9.1 La visión del capítulo 9 la recibió Daniel en los días del capítuo 6. Este Darío es la persona que se menciona en el capitulo 6. El Asuero mencionado aquí no es el esposo de Ester. Los hechos descritos en el libro de Ester ocurrieron aproximadamente 50 años más tarde.9.2, 3 Daniel clamó a Dios para que cumpliera la promesa de hacer regresar a su pueblo a su tierra natal. El profeta Jeremías había escrito que Dios no permitiría que los cautivos regresaran a su tierra natal durante setenta años (Jer 25:11-12; Jer 29:10). Daniel había leído esta profecía y sabía que este período de setenta años estaba llegando a su fin.9.3-19 Daniel sabía cómo orar. Había leído las palabras de Dios y había creído en ellas. Cuando oraba, ayunaba, confesaba sus pecados y suplicaba a Dios que le revelara su voluntad. Oraba con una entrega completa a Dios y era totalmente receptivo a lo que Dios le dijera. Cuando usted ora, ¿le habla a Dios con franqueza? Examine su actitud. Hable a Dios franca y sinceramente.9.4-6 Los judíos cautivos se habían rebelado contra Dios. Sus pecados los habían llevado al destierro. Pero Dios es misericordioso incluso con los rebeldes, si confiesan sus pecados y regresan a Dios. No permita que la desobediencia pasada le impida regresar a Dios. El lo está esperando con los brazos abiertos.9.6 A través de los años, Dios había enviado a muchos profetas para que hablaran a Su pueblo, pero sus mensajes cayeron en el vacío. La verdad era demasiado dolorosa para escucharla. Dios todavía nos habla con claridad y precisión por medio de la Biblia, y además a través de predicadores, maestros y amigos que se interesan en nosotros. Algunas veces la verdad hiere, y preferimos las falsedades dulces. Si usted no está dispuesto a escuchar la Palabra de Dios, pregúntese si está tratando de evitar un cambio doloroso. No se acomode en una mentira dulce que lo puede llevar a un juicio severo. Aceptar la verdad por dolorosa que sea siempre es saludable.9.11-13 Daniel mencionó las bendiciones y las maldiciones definidas en Deuteronomio 28. Dios había dado al pueblo de Israel una elección: obedézcanme y serán bendecidos, o desobedézcanme y se enfrentarán a las maldiciones. La aflicción tenía la intención de hacer que el pueblo se volviera a Dios. Cuando nos enfrentemos a circunstancias difíciles, debemos preguntarnos si Dios tiene motivos para castigarnos. Si así lo creemos, debemos pedirle perdón. Luego podemos pedirle que nos ayude a resolver nuestros problemas.9.14 Daniel habló de cómo Dios siempre trataba de que Israel volviera a El. Aun después de un desastre, no querían obedecerlo. Dios todavía se vale de las circunstancias, otras personas y, más importante todavía, la Biblia para que la gente regrese a El. ¿Qué tiene que hacer Dios para que usted lo escuche?9.17-19 Sería un error leer la Biblia como una historia seca y no captar lo emotivo que hay en ella. En esta sección, Daniel estaba clamando al Señor. Le preocupaba su nación y su pueblo. Demasiado a menudo nuestras oraciones carecen de emoción y verdadera compasión por los demás. ¿Está dispuesto a orar derramando su corazón ante Dios?9.18 Daniel clamó por misericordia, no por ayuda, porque sabía que su pueblo merecía la ira y el castigo Dios. Dios envía Su ayuda, no porque la merezcamos, sino porque quiere mostrar su gran misericordia cuando lo necesitamos. Si Dios no nos ayuda debido a nuestro pecado, ¿de qué nos quejamos? Sin embargo, si envía ayuda a pesar de nuestro pecado, ¿cómo podemos contener nuestra alabanza?9.23 Dios contestó la oración de Daniel, y puede contestar también las nuestras.9.24, 25 Cada una de estas setenta semanas puede representar un año. A menudo las Escrituras utilizan números redondos para expresar un concepto, no para dar una cuenta exacta. Por ejemplo, Jesús dijo que debíamos perdonar a los demás «setenta veces siete». No quiso decir que sólo cuatrocientos noventa veces, sino que debemos ser pródigos en perdonar. De manera similar, algunos eruditos ven en esta cifra de cuatrocientos noventa años una expresión en sentido figurado. Sin embargo, otros interpretan este período en forma literal, y dicen que la muerte de Cristo ocurrió al final de sesenta y nueve semanas (es decir, 483 años más tarde). Una interpretación ampliamente aceptada dice que la semana septuagésima son los siete años de la gran tribulación, todavía en el futuro. Luego entonces, la cifra puede simbolizar la primera y la segunda venida de Cristo.9.26 El Mesías, el Ungido, sería rechazado y ejecutado por su propio pueblo. Su perfecto reino eterno habría de venir más tarde.9.26, 27 Ha habido mucha discusión acerca de los números, tiempos y acontecimientos en estos versículos, y existen dos puntos de vista básicos: (1) Esto se cumplió en el pasado, ya sea en la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes en 168-167 a.C. (véase 11.31), o en la destrucción del templo por el general romano Tito en 70 d.C. cuando un millón de judíos murieron; o (2) esto todavía está por cumplirse en el futuro bajo el anticristo (véase Mat 24:15).

Fuente: Comentarios de la Biblia del Diario Vivir

NOTAS

(1) “Asuero”, M-LXXBagsterSyVg; LXX: “Jerjes”.

REFERENCIAS CRUZADAS

a 521 Dan 5:31; Dan 6:1; Dan 6:28

b 522 Dan 11:1

c 523 Dan 5:28; Dan 5:30

Fuente: Traducción del Nuevo Mundo

el año primero de Darío. O sea, 539– 538 a.C. Unos 67 años han transcurrido desde que Daniel fue desterrado a Babilonia.

Darío. Véase coment. en 5:31.

Fuente: La Biblia de las Américas

en el año primero de Darío. I.e., 538 a.C., 67 años después de que Daniel fue llevado de Palestina a Babilonia. Este es el mismo Darío del Cáp. Dan 6:1-28.

Fuente: Biblia de Estudio Anotada por Ryrie

Lit., de la simiente

Fuente: La Biblia de las Américas

[2] Dan 25, 12; Jer 25, 11-12; 29, 10.[11] Lev 26, 16; Deut 27, 14.[15] Bar 2, 12; Ex 14, 21.[23] A decirte lo decretado por Dios.[25] Semanas de años, es decir, 490 años. Mat 24, 15; Esd 4, 24; Neh 4, 6.[26] Mat 24, 15.

Fuente: Notas Torres Amat