Comentario de Lucas 7:36 – Exégesis y Hermenéutica de la Biblia
Uno de los fariseos le pidió que comiera con él; y cuando entró en la casa del fariseo, se sentó a la mesa.
7:36 Uno de los fariseos (Simón, v. 40) rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó (se recostó, LBLA, margen) a la mesa. — Este “Simón” no ha de confundirse con “Simón el leproso” (Mat 26:6) que también invitó a Jesús a una cena. Aunque en las dos cenas Jesús fue ungido con perfume, son dos casos distintos. La mujer que ungió a Jesús en la casa de Simón el leproso era María de Betania (Jua 12:1-8). El nombre “Simón” era uno de los nombres más comunes entre los judíos (hay nueve en el Nuevo Testamento). Jesús no hizo acepción de personas. Comía con los publicanos y “pecadores” pero también con los fariseos (11:37; 14:1).Fuente: Comentario al Nuevo Testamento por Partain
le rogó uno de los fariseos. Mat 26:6; Mar 14:3; Jua 11:2.
Y entrado en casa del fariseo. Luc 7:34; Luc 11:37; Luc 14:1.
Fuente: El Tesoro del Conocimiento Bíblico
uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él: Este hecho no es el mismo de Mat 26:6-13; Mar 14:3-9; Jua 12:1-8. El hecho descrito en esos pasajes ocurrió en la casa de un leproso, un lugar donde no habría ido ningún fariseo.
se sentó a la mesa: La comida con un personaje religioso en la antigüedad, se disponía de tal manera que el invitado estuviese en la mesa principal mientras los otros se encontraban a lo largo del muro exterior de la sala para escuchar la conversación.
Fuente: Nuevo Comentario Ilustrado de la Biblia Caribe
Uno de los fariseos. Su nombre era Simón (v. Luc 7:40). No parece haber sido simpatizante de Jesús (cp. los vv. Luc 7:44-46). Sin lugar a dudas su motivo era tender una trampa a Jesús o encontrar alguna razón para acusarlo (cp. Luc 6:7).
Fuente: Biblia de Estudio MacArthur
7:36 Uno de los fariseos (Simón, v. 40) rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó (se recostó, LBLA, margen) a la mesa. – Este “Simón” no ha de confundirse con “Simón el leproso” (Mat 26:6) que también invitó a Jesús a una cena. Aunque en las dos cenas Jesús fue ungido con perfume, son dos casos distintos. La mujer que ungió a Jesús en la casa de Simón el leproso era María de Betania (Jua 12:1-8). El nombre “Simón” era uno de los nombres más comunes entre los judíos (hay nueve en el Nuevo Testamento). Jesús no hizo acepción de personas. Comía con los publicanos y “pecadores” pero también con los fariseos (11:37; 14:1).
Fuente: Notas Reeves-Partain
EL AMOR DE UNA PECADORA
Lucas 7:36-50
Uno de los fariseos invitó a Jesús a una comida, y Él fue a la casa y se acomodó a la mesa.
Había en aquel pueblo una mujer de mala vida que, cuando se enteró de que Jesús estaba invitado a comer en casa del fariseo, tomó un frasquito de alabastro lleno de esencia y se puso a los pies de Jesús, que estaba reclinado en el sofá. En seguida se puso a llorar de tal manera que le corrían las lágrimas por los pies de Jesús, y ella se los secaba con los cabellos mientras se los cubría de besos y con el perfume que había traído.
Cuando vio aquello el fariseo que había invitado a Jesús, se dijo para sus adentros:
-Este ni es profeta ni es nada, porque ni siquiera se ha dado cuenta de la clase de mujer que le está tocando, que es una de ésas.
-Simón -le dijo Jesús-, te quiero decir una cosa.
-Di todo lo que quieras, Maestro -le contestó Simón.
-Había una vez un acreedor al que dos hombres le debían dinero -empezó a contar Jesús-. El uno le debía quinientas mil pesetas, y el otro, cincuenta mil; y como ninguno de los dos tenía para devolvérselo, les perdonó la deuda a los dos. Dime, Simón: ¿Cuál de los dos crees tú que le amará más?
-Pues, supongo que el que debía más y se le perdonó.
-Eso es lo más razonable -dijo Jesús; y añadió, volviéndose a la mujer-: ¡Fíjate en esta mujer! Cuando entré en tu casa, tú no me ofreciste agua para lavarme los pies; pero esta mujer me ha regado los pies con lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú tampoco me diste el beso de bienvenida; pero esta mujer, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú tampoco me diste nada para el pelo; pero esta mujer me ha perfumado los pies con esencia. Por todo lo cual te digo que tienen que haber sido muchos los pecados que se le han perdonado, porque da muestras de un gran amor. Pero está claro que el que cree que no necesita gran cosa de perdón, no ama gran cosa.
Y entonces se dirigió a la mujer y le dijo:
-Tus pecados se te han perdonado.
-¿Quién se ha creído que es éste, que hasta perdona los pecados? -empezaron a decirse los otros invitados unos a otros. Pero Jesús le dijo a la mujer:
-La fe ha sido tu salvación. ¡Vete, y que Dios te bendiga!
Esta escena es tan real, que le hace pensar a uno que Lucas tiene que haber sido un artista.
(i) La escena tiene lugar en el patio de la casa del fariseo Simón. Las casas de la gente acomodada se levantaban alrededor de un patio abierto que parecía una placita. A menudo había en el patio un jardín y una fuente; y allí era donde se comía en los días de calor. Era costumbre que, cuando se había invitado a un rabino, viniera toda clase de gente, nadie se lo impedía, para escuchar las perlas de sabiduría que salían de sus labios. Así se explica la presencia de la mujer.
Cuando entraba un invitado en una casa así, era comente que se hicieran tres cosas. (a) El anfitrión le ponía la mano en el hombro al huésped y le daba un beso de paz. Esa era una señal de respeto que jamás se omitía en el caso de un rabino distinguido. (b) Los caninos eran de tierra, polvorientos, y el calzado no era más que suelas sujetas al pie con correas, y por eso se le echaba agua en los pies al huésped para limpiárselos y refrescárselos. (c) O bien se quemaba un poquito de incienso, o se le echaba un poco de esencia de rosas al invitado en la cabeza. Eran cosas que exigían los buenos modales, pero que no se cumplieron en este caso.
‘En el Oriente, los comensales no se sentaban, sino- se reclinaban ante la mesa, en sofás bajos, apoyándose en el brazo izquierdo para dejar libre el derecho para comer. Tenían los pies extendidos hacia fuera, y se quitaban las sandalias durante la comida. Así se comprende cómo llegó la mujer a los pies de Jesús.
(ii) Simón era fariseo, es decir, uno de los separados. ¿Por qué invitó a Jesús a comer en su casa? Hay tres posibles razones.
(a) Es posible que fuera simpatizante y admirador de Jesús, porque no todos los fariseos eran sus enemigos (cp. Lc 13:31 ); pero la atmósfera de falta de cortesía lo hace improbable.
(b) Es posible que Simón invitara a Jesús con la intención de pillarle alguna palabra o acción para delatarle ante las autoridades. Es posible que Simón fuera un agent provocateur. Tampoco esto parece probable, porque Simón le da a Jesús el título de rabí en el versículo 40.
(c) Lo más probable es que Simón fuera un coleccionista de celebridades, y que hubiera invitado a comer al discutido joven galileo con un despectivo paternalismo. Esto explicaría la mezcla de cierto respeto con la omisión de los detalles de cortesía.
(iii) La mujer era conocida por su mala vida, y lo más probable es que fuera prostituta. Seguramente había oído a Jesús desde el borde de la multitud, y había creído que Él podía tenderle la mano para sacarla del cieno. Llevaba alrededor del cuello, como todas las mujeres judías, un frasquito de alabastro que contenía esencia, que era algo bien costoso. Se lo quería derramar a Jesús en los pies, porque era todo lo que podía ofrecerle. Pero, cuando le vio, no pudo contener las lágrimas, que literalmente le regaron los pies. El aparecer en público con el pelo suelto era una señal de desvergüenza en una mujer judía. Las jóvenes se sujetaban el pelo el día de su boda, y ya no volvían a llevarlo suelto nunca más en público. El hecho de que esta mujer se lo soltara fue señal de hasta qué punto se había olvidado de todo el mundo menos de Jesús.
Esta historia revela el contraste entre dos actitudes de mente y de corazón.
(i) Simón no se reconocía necesitado de nada, y por tanto no sentía amor. Se consideraba un hombre bueno y respetable a los ojos de los demás y de Dios.
(ii) La mujer reconocía su suprema necesidad, y por tanto estaba inundada de amor hacia el Que podía suplirla, y por eso recibió el perdón.
Lo único que nos cierra a la salvación de Dios es el sentimiento de nuestra propia suficiencia. Y lo extraño es que, cuanto más buena es una persona, más siente su pecado. Cuando Pablo habla de los pecadores, añade: «de los cuales yo soy el primero» (1 Timoteo 1:15 ). Francisco de Asís decía: «No hay en todo el mundo un pecador más desgraciado y miserable que yo.» Es verdad que el peor pecado es no tener conciencia de pecado; pero el sentimiento de la necesidad abre la puerta al perdón de Dios, porque Dios es amor, y la mayor gloria del amor es que se sienta su necesidad.
Fuente: Comentario al Nuevo Testamento
— Simón el fariseo: Suele relacionarse este pasaje, que es exclusivo del tercer evangelio, con los relatos de Mat 26:6-13; Mar 14:3-9 y Jua 12:1-8. Aparte del marco espacio-temporal, que es muy distinto en Lc, las diferencias son muy notables. No hay razones convincentes para identificar a la mujer anónima de 7,37 con María Magdalena y mucho menos con María, la hermana de Lázaro y de Marta (ver Luc 8:2; Luc 10:39; Jua 11:1; Jua 12:1-3). Sin embargo, no puede negarse una cierta relación entre los referidos pasajes y este de Lc. Además, no deja de sorprender que Lc haya prescindido del episodio de la unción en Betania como pórtico del relato de la pasión y muerte de Jesús.
Fuente: Traducción Interconfesional HispanoAmericana
Luc 11:37; Luc 14:1.
Fuente: Traducción Interconfesional HispanoAmericana
La mujer pecadora (cf. Mat. 26:6-13; Mar. 14:3-9; Juan 12:1-8). Esta historia ilustra la acusación hecha en el v. 34. Jesús había sido invitado a la casa de un fariseo llamado Simón, probablemente para comer después de la reunión en la sinagoga. No era raro que aparecieran personas no invitadas en un banquete y entre ellas había una mujer bien conocida como prostituta. Como la gente se reclinaba en divanes en vez de sentarse en si llas para comer formalmente, a ella le fue fácil llegar hasta Jesús. Procedió a ungirle con perfume, muy posiblemente pagado con ganancias de su vida inmoral, pero las lágrimas le impidieron terminar la ta rea. Sin duda, esas acciones eran indecorosas, pero ella estaba bajo una gran tensión emocional como para cuidarse de lo que pensaba la gente. El fariseo se sintió muy molesto por la forma en que Jesús aceptó el respeto que le daba una persona tan indeseable y de modo tan embarazoso. La percepción de que Jesús era un profeta se contradijo porque aparentemente él no tenía conciencia de que la persona que le estaba tocando era una pecadora y por ende “impura”. Pero Jesús sabía lo que estaba pasando y lo hizo notar a Simón por medio de una parábola con un mensaje muy claro: el amor es la prueba de que una persona ha recibido perdón, y que cuanto más se le perdone más amará.
No es necesario difamar el carácter de Simón sugiriendo que su respuesta era altiva o indiferente (43). Tampoco fue descortés su trato hacia su huésped. Había cumplido con las obligaciones necesarias de hospitalidad, pero no había dado a Jesús una bienvenida especial. En contraste, la mujer pecadora había demostrado generosamente su devoción por Jesús. Esto probaba que había sido perdonada por muchos pecados. Entonces Jesús afirmó que su fe le había traído la salvación.
Algunos comentaristas han argumentado que el amor de la mujer por Jesús fue la causa de su perdón más bien que el resultado. Interpretan el v. 47 como diciendo: “La razón por la cual sus pecados son perdonados es que ella amó mucho”, y entonces ven el v. 48 como la primera declaración del perdón que había recibido. Este criterio haría perder sentido a la parábola (41, 42) que claramente enseña que el amor sigue al perdón e ignora el énfasis sobre la fe del v. 50. El error se debe al hecho de no reconocer que “amar” es la expresión heb. de “mostrar gratitud”. Debemos presumir que la mujer previamente había oído y aceptado el mensaje del evangelio.
Notas. 41 Un denario era aproximadamente el jornal de un obrero del campo. 46 El aceite de oliva era mucho más barato que el perfume.
Una historia similar se cuenta en los otros Evangelios, pero probablemente describe un episodio diferente.
Fuente: Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno
REFERENCIAS CRUZADAS
o 472 Mat 26:6; Luc 11:37
Fuente: Traducción del Nuevo Mundo
se sentó. Véase coment. en Mt 26:20. Reclinarse a la mesa era costumbre en ocasiones formales.
Fuente: La Biblia de las Américas
Este no es el mismo incidente que otro similar ocurrido en Betania de Judea durante la última semana de la vida mortal de Cristo (Mat 26:6-31; Mar 14:3-9; Jua 12:1-8).
Fuente: Biblia de Estudio Anotada por Ryrie
La interesante narración contenida en estos versículos se encuentra solamente en el Evangelio de S. Lucas. Para poder ver toda la belleza del episodio, debemos leer, por estar conexionado con él, el capítulo once de S. Mateo. Descubriremos entonces el admirable hecho de que la mujer de que se hace mención en este lugar debió probablemente su conversión á las bien conocidas palabras: » Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.» Esta admirable invitación fue lo que la hizo sentir esa paz por la que se mostró tan agradecida. Un amplio y generoso ofrecimiento de perdón es generalmente el medio que Dios elige para atraer á los más grandes pecadores al arrepentimiento.
En este pasaje se ve que él hombre puede manifestar algún respeto externo hacia Cristo, y sin embargo permanecer sin convertirse. El Fariseo á quien se refiere este pasaje es un ejemplo de esta verdad El manifestó hacia nuestro Señor Jesucristo mucho más respeto del que otros le habían manifestado. Aun le rogó que fuera a comer con él. Sin embargo, permaneció entre tanto enteramente ignorante de la naturaleza del Evangelio de Cristo. Su corazón altivo se rebeló secretamente á vista de una pobre y contrita pecadora, á quien se le permitía ungir los pies de nuestro Señor. Hasta la hospitalidad que manifestó parece haber sido fría y ruin, nuestro Señor mismo dice: » No me diste agua para mis pies; no me diste beso; no ungiste mi cabeza con aceite.» En resumen, en todo cuanto el Fariseo hizo habla de una gran falta: había cortesía exterior, pero no amor del corazón.
Bueno será que no olvidemos la conducta de este Fariseo. Es posible tener una forma adecuada de religión y sin embargo no saber nada del Evangelio de Cristo; venerar el Cristianismo, y estar no obstante totalmente ciegos acerca de sus doctrinas cardinales; conducirse con comedimiento y civilidad en la iglesia, y sin embargo detestar con aversión terrible la justificación por la fe, y la salvación por la gracia. ¿Sentimos afecto verdadero hacia Jesús? ¿Podemos decir, «Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo?» ¿Hemos abrazado cordialmente su Evangelio? ¿Deseamos entrar en el cielo junto con los mayores pecadores, y queremos cifrar todas nuestras esperanzas en la gracia gratuita? Estas son preguntas que debemos considerar. Si no podemos contestarlas satisfactoriamente, no somos mejores en nada que Simón el fariseo; y nuestro Señor podría decirnos: «Una cosa tengo que deciros..
Así mismo nos enseña este pasaje que el amor y la gratitud son los de los que sirven fielmente á Cristo. La mujer á que alude este episodio tributó mucho más honor á nuestro Señor que el que le había tributado el Fariseo. «Y estando detrás á sus pies comenzó llorando á regar con lágrimas sus pies y los limpiaba con los cabellos de su cabeza; y besaba sus pies y los ungía con el ungüento.» Ningunas pruebas más fuertes de reverencia y respeto podía haber dado, y el móvil de tales demostraciones era el amor. Amaba á nuestro Señor, y creía que nada que hiciera por él seria bastante. Se sentía en sumo grado agradecida á nuestro Señor, y creía que ninguna demostración de gratitud que le hiciese seria demasiada costosa.
Servir más a Cristo es la necesidad universal de todas las iglesias. Este es un punto en que todas están acordes. Todas desean ver entre los cristianos mayor número de buenas obras, mayor abnegación, más obediencia en la práctica á los mandamientos de Cristo. Más ¿qué cosa producirá tales resultados?
Mientras no exista más amor sincero hacia Cristo, nadie servirá más á Cristo. El temor del castigo, la esperanza de la recompensa, la conciencia del deber, todos son estímulos útiles, á su modo, para inclinar á los hombres á la santidad. Pero son débiles é ineficaces, mientras quo el hombre no ame á Cristo.
Albérguese este móvil poderoso en el corazón de algún hombre, y veréis que cambio se efectúa en su vida.
No olvidemos esto jamás. Por mucho que el mundo se burle de los «sentimientos » religiosos, y por falsos y mentidos que estos sentimientos sean algunas veces, todavía queda en pié la gran verdad de que el sentimiento es la potencia motriz de nuestras acciones. Si no hemos dedicado nuestro corazón á Cristo, nuestras manos Saquearán. El trabajador que ama será siempre el que hace más en la viña del Señor.
Vemos, por último, en este pasaje, que la convicción de que nuestros pecados han sido perdonados es la fuente principal de donde mana nuestro amor hacia Cristo. Esta, sin duda fue la lección que nuestro Señor se propuso grabar en el ánimo del Fariseo, cuando le contó la historia de los dos deudores. «Uno debía á su acreedor quinientos denarios, y el otro cincuenta.» Ninguno de los dos tenia «con que pagar,» y á ambos perdonó la deuda. Siguió después la pregunta importante: » ¿Cuál de los dos le amará más?» «He aquí la verdadera razón,» dijo el Señor á Simón, del amor profundo que esta penitenta ha manifestado.
Sus abundantes lágrimas, su tierno afecto, su veneración pública, la acción de ungir los pies del Señor, todo tuvo origen en una misma causa: se le había perdonado mucho, por lo tanto amaba mucho. Su amor fue el efecto del perdón, no la causa–la consecuencia, no la condición–el resultado, no el motivo–el fruto, no la raíz. ¿Quería saber el Fariseo por qué manifestó tanto amor esta mujer? Era porque sabia que se le había perdonado mucho. ¿Quería saber por qué él había mostrado tan poco amor á su convidado? Porque no se sentía obligado hacia El; no tenia convicción íntima de haber obtenido perdón; no se reputaba como deudor de Cristo.
Que viva siempre en nuestra memoria, y penetre profundamente en nuestro corazón el importante principio que nuestro Señor sienta en este pasaje. Es una de las grandes piedras angulares del Evangelio. Es una de las llaves maestras que abren los secretos del reino de Dios. El único medio de hacer piadosos á los hombres, es enseñar y predicar la concesión de un perdón gratuito y completo por mediación de Cristo. El secreto de nuestra piedad consiste en conocer y sentir que Cristo ha perdonado nuestros pecados. La paz con Dios es la única planta que producirá el fruto de la santidad. El perdón ha de preceder á la santificación. Nada haremos mientras no estemos reconciliados con Dios. Este es el primer paso en la religión. Trabajamos porque tenemos vida, no con el fin de obtenerla. Nuestras mejores obras antes de estar justificados no son otra cosa que pecados con ropajes espléndidos. Debemos vivir por la fe en el Hijo de Dios, y entonces, y no hasta entonces, caminaremos en sus sendas. El corazón que ha experimentado el amor clemente de Cristo, es el que ama á Cristo, y se esfuerza en darle loor y gloria.
Terminemos este pasaje con profundo reconocimiento de la admirable misericordia y compasión de nuestro Señor Jesucristo, con los mayores pecadores.
Veamos en su bondad hacia la mujer que ungió sus pies, una invitación á todos, por malos que sean para que se acerquen á El á obtener el perdón. Jesús no olvida sus palabras: «Al que viene á mí, de ningún modo rechazaré.» No debe perder la esperanza de ser salvo si tiene voluntad de acudir á Cristo.
Preguntémonos en conclusión, ¿qué estamos haciendo por la a de Cristo? ¿Qué género de vida estamos viviendo? ¿Qué prueba de amor estamos dando á Aquel que nos amó, y murió por nuestros pecados? Estos son preguntas serias. Si no podemos responderlas satisfactoriamente, tendremos razón para dudar de la realidad de nuestro perdón. La esperanza de perdón que no va empañada de amor durante la vida, no es esperanza absolutamente. El hombre cuyos pecados han sido realmente lavados demuestra siempre con sus obras que ama al Salvador que lo redimió
Fuente: Los Evangelios Explicados
reclinó… Esto es, se reclinó a la mesa. Describe una costumbre típica del Oriente en que las personas no se sentaban a la mesa, sino se reclinaban.
Fuente: Biblia Textual IV Edición
Lit., se recostó
Fuente: La Biblia de las Américas
Se describe una costumbre típica del Oriente en que las personas no se sentaban a la mesa, sino se reclinaban.