CRISIS

[701]

En Sociologí­a y Psicologí­a, crisis es la situación de tránsito, o cambio exterior e interior acompañado de desasosiego. En crisis la persona no se comporta de modo habitual y reacciona en función de tensiones, bloqueos, frustraciones que bordean lo anormal. Todo tránsito es crisis, pero se reserva el término por lo general para aquellos cambios convulsivos que producen desequilibrio en el sentimiento, en el pensamiento o en el comportamiento.

Las crisis religiosas, en particular, implican alteración en las actitudes morales o en las creencias, por causas internas (perturbaciones afectivas, morales o ideológicas) o por causas externas (escándalos, bloqueos, desconciertos, choques agresivos, influencias nefastas).

Especial importancia tienen para el educador de la fe y para el catequista las crisis religiosas que se producen en las etapas de formación de la persona (dudas religiosas, complejos de culpabilidad, escrúpulos, etc.). Algunas son clásicas y, dentro de lo que cabe, son normales: abandono de la práctica religiosa al llegar a determinada edad, shok religioso ante un escándalo, sorpresa ante la destrucción de un mito, creencia o ideal ingenuo. Y otras son más profundas o personales: por ejemplo, manipulación ideológica o afectiva por miembro influyente de alguna secta.

Lo importante de las crisis no es que se produzcan, pues en la religiosidad como en los demás rasgos humanos siempre existe la posibilidad de perturbación o alteraciones de los ritmos normales. Lo importante es, para cuando el caso llegue, estar preparados con fortaleza moral, con claridad ideológica y con serenidad emotiva.

Es precisamente la misión del educado, la de orientar a la persona, , amortigua los desajustes, abrir camino en los momentos difí­ciles. Y las mismas crisis resultan elementos positivos de formación moral y espiritual. Los no preparados tendrán menos posibilidades de rehacerse por los propios medios.

Ante una crisis, las actitudes del educador deben ser inteligentes: comprensión, análisis de causas, flexibilidad, paciencia, dar tiempo para la reacción, usar procedimientos indirectos cuando la persona se cierra, evitar los consejos estériles, claridad de planteamientos y no excluir la plegaria confiada a Dios para que ayude en la solución del problema.

El mejor trato en estas situaciones no es ajeno a las técnicas psicológicas más convenientes: counseling, terapias de grupo, etc. Pero, si se trata de crisis religiosas y no sólo psicológicas, las terapias espirituales son imprescindibles. (Ver Psicoterapias)

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

SUMARIO: I. Indicaciones de lenguaje – II. Iluminaciones de la Biblia: 1. Antologí­a del AT; 2. Antologí­a del NT – III. Situaciones de crisis: 1. El hoy está en crisis; 2. Crisis positiva del hombre histórico; 3. Crisis en la vida espiritual: a) Crisis teologal, b) Crisis ética, c) Crisis institucional: familia, Iglesia, sacramentos, sacerdocio, vida religiosa, vocaciones – IV. Orientaciones para superar la crisis: 1. Realismo: 2. Optimismo; 3. Globalidad; 4. Cultura; 5. Ejemplaridad; 6. Comunión; 7. Ascetismo; 8. Mí­stica; 9. Oración; 10. Espera.

I. Indicaciones de lenguaje
En el lenguaje corriente, la voz crisis resuena con acentos de angustia y de estremecimiento; evoca una contingencia desfavorable y peligrosa; incita a intervenir, con todos los medios posibles, en la curación del sector afectado. Es una palabra cargada de pesimismo. El origen etimológico y el significado lexicológico correcto no motivan semejante unilateralidad. En el vocabulario griego, el término krisis aparece con variedad de acepciones: crisis es fuerza distintiva, querella, separación, elección, opción; es juicio, rechazo, disputa, sentencia, condena; es éxito, solución, logro, explicación, interpretación. El sustantivo se deriva del verbo krino, igualmente rico en acepciones: distingo, elijo, prefiero, decido o juzgo, interpreto o explico, establezco o resuelvo, hago entrar en fase decisiva, estimo o supongo o valoro… La atención a la forma verbal es prioritaria, porque la acción precede a la catalogación semántica de la misma, es decir, el verbo precede al sustantivo. En el vocabulario latino, el significado fundamental de crisis se restringe al concepto de “decisión” (sesgo decisivo de una enfermedad, por ejemplo). En nuestro entorno lingüí­stico, las acepciones más en uso de este término se aplican, siguiendo su vena etimológica, a fenómenos concretos: crisis es cambio repentino, para mejor o para peor, de una situación patológica (en la terminologí­a clí­nica es habitual la acepción positiva: crisis como desaparición brusca de manifestaciones morbosas y, por tanto, aparición de bienestar); crisis es turbación, el momento más agudo de una situación (por ejemplo, polí­tica, social, financiera, psicológica, etc.). La crisis, según estos significados, es el punto decisivo, el umbral determinante, la lí­nea de cambio de una situación. La etimologí­a y la aplicación cientí­fica de los conceptos rescatan la palabra “crisis” del empleo tenebroso que la tiene gastada. Pero la exégesis, aun la más cientí­fica y luminosa, no resuelve la situación de crisis. De hecho, la crisis es una situación, un modo de colocarse frente a una realidad. Crisis es una situación de la persona; pues es la persona, no la realidad externa, la que se sitúa o se encuentra en relación de crisis con dicha realidad. La crisis es una condición humana. Las ciencias antropológicas -psicologí­a y psiquiatrí­a, sociologí­a, algunos ramos de la filosofí­a, medicina, etc.- poseen una metodologí­a propia para analizar la crisis, para individuar su etiologí­a, para poder llegar a un diagnóstico de la misma, para aplicarle una eventual terapia, con objeto de salir de ella de forma positiva.

Como situación de la persona, la crisis es posible y real también a nivel del espí­ritu. La teologí­a espiritual posee una metodologí­a propia para que la salida de la crisis tenga un efecto positivo. Pero la persona que está “en crisis” es una unidad; de ahí­ que las diferentes metodologí­as, para prestar un servicio óptimo, deban intercomunicarse e integrarse. Por eso, si separamos el tratamiento centrándolo en una dimensión -la de la espiritualidad en estas páginas-, lo hacemos no para establecer compartimientos estancos, que no tendrí­an sentido, sino por razones sobre todo culturales y de método. La teologí­a espiritual tiene en cuenta ante todo la persona. Otras metodologí­as pueden referirse a “situaciones crí­ticas”, interesándose principalmente por las circunstancias, aunque siempre en función de la persona. En la vida del espí­ritu no se dan verdaderas “situaciones de crisis”; cuando como tales consideramos (incorrectamente) a determinados eventos, se verifica un traslado de la crisis desde la interioridad personal a la exterioridad de los fenómenos. Con rigor no sólo verbal, sino también conceptual y de contenido, no habrá que decir crisis de fe, de esperanza, de caridad, sino crisis en la fe, en la esperanza, en la caridad; y, análogamente, no se dirá crisis del sacerdocio, de la vida religiosa, de la familia, etc., sino el sacerdote, el religioso, la familia, están en crisis; asimismo, no se dirá crisis de la Iglesia, de las instituciones, etc., sino crisis eclesial (o eclesiástica, según las fenomenologí­as), institucional; finalmente, no se dirá crisis de lo sagrado, sino crisis frente a lo sagrado. Este lenguaje (o similar) lleva de inmediato a la raí­z del problema, es decir, a la persona. En sustancia, se trata siempre de una crisis de identidad. La crisis nunca es colectiva, ni epidémica; las condiciones de una misma situación pueden implicar a varias personas, a la comunidad, a un grupo, a toda la colectividad; pero la experiencia enseña que la reacción es singular y de acuerdo con las peculiaridades caracteriales del individuo. En la crisis de fe, el neurótico responderá con angustia, mientras que el apático reaccionará con indiferencia; frente a la crisis eclesial o institucional, el introvertido se hará, de manera reservada, su autocrí­tica, mientras que el extrovertido se comportará con versatilidad e inquietud. Y así­ sucesivamente. Según este punto de vista, la crisis es siempre superable con la colaboración de la persona desde su propia interioridad.

II. Iluminaciones de la Biblia
Los textos griegos de la Biblia no presentan nunca el verbo krino ni el sustantivo krisis con el significado actual de “crisis” como situación personal atí­pica. Y en las concordancias bí­blicas latinas no aparece voz alguna acuñada a partir de tal etimologí­a. En la traducción latina, krinein equivale a iudicare, iudicio contendere, aestimare, indicio subiici, decernere, proponere, statuere. Esta adopción de significados numéricamente reducidos, así­ como la exclusión de otros -sin lugar a dudas inadvertida por parte de los autores bí­blicos-, puede equivaler para el lector de hoy a una elección y a una sugerencia.

Sin embargo, el “hombre en crisis” llena también el mundo de la Biblia. Las crisis humanas no se manifiestan con una palabra categórica; se describen más bien con imágenes y mediante el análisis de los estados de ánimo. Los autores bí­blicos narran las crisis desde dentro de la persona, logrando resultados literarios, introspectivos, anagógicos y parenéticos de alto nivel. Para leer las crisis de los personajes de la Escritura, hay que trasladarse a su situación existencial, liberarse de los condicionamientos culturales y léxicos, sentir la corriente de hermandad y de igualdad, o al menos de analogí­a, que une a los habitantes del pasado con los vivos del presente.

Según la visión bí­blica del mundo, el hombre no está condenado a la crisis, ni ésta constituye para él un estado permanente. Sin embargo, la crisis sorprende al hombre desde el alba de su existencia.

1. ANTOLOGíA DEL AT – Las páginas iniciales del libro del Génesis describen la primera y más importante de las crisis humanas. La implicación cósmica a que dio lugar, según la interpretación escriturí­stica, podrí­a inducir a calificarla como la única verdadera crisis. La cuestión de Adán y Eva -la unidad-hombre (Gén 5,2)- puede leerse haciendo uso de los conceptos agrupados en torno al vocablo crisis. La crisis del cabeza de la estirpe es ontológica: da una valoración de la propia esencia, así­ como de la de las demás realidades circundantes e incluso de Dios, y ello bajo la presión de sugerencias discordantes con el modelo aceptado anteriormente. La causa de tal crisis, cuenta la página bí­blica, es escuchar la voz del maligno, el cual empuja al hombre a repensar el sentido de la presencia y de la acción de Dios y el sentido de las propias relaciones con él; es también una crisis teológica. Es crisis frente a lo sagrado; Dios habí­a calificado la creación de muy buena (Gén 1,31), y esta valoración divina atribuí­a una sacralidad a las esencias y a los fenómenos, pero el hombre expresa una valoración y manifiesta una sensibilidad diferentes, que introducen en aquella sacralidad elementos de perturbación. La creación de suyo no ha perdido la bondad primera; es el hombre el que la percibe como no sagrada, es decir, fuera de un proyecto salví­fico de Dios. Las categorí­as psicológicas modernas clasifican un tipo de hombre como el originario reconstruido por la Biblia, un ser inseguro, que no habí­a interiorizado las seguridades, insatisfecho, vulnerable frente a la crisis de identidad. Adán y Eva son sí­mbolos del hombre que, interpelado por acontecimientos importantes, verifica su situación global (cultural, existencial, religiosa, psicológica…) ante la realidad de Dios, del cosmos y de sí­ mismo, y que se encuentra en una posición distinta de la que precedió a la crisis; un hombre muy cambiado. Sin embargo, la clave interpretativa del hagiógrafo es teologal: Dios lleva el desarrollo de la crisis hasta una solución positiva. La tradición bí­blica y la teologí­a de la Iglesia utilizan exclusivamente la misma clave, destacando que Dios ha mostrado su amor al hombre hasta el punto de adoptarlo por hijo (1 Jn 3,1); reconociendo como “necesaria” y “feliz” la crisis primordial por haberse cerrado con la salvación mesiánica (Exultet de la vigilia pascual); realzando como único motivo de la encarnación el proyecto de la redención (S. Th. II. q. 9, aa. 1, 2, 3), es decir, la salvación de aquella crisis. La primera crisis humana es valorable como la más positiva.

Siguiendo el hilo de la cronologí­a bí­blica, otros personajes representativos aparecen en el horizonte de la historia. El primero es Abrahán. El acontecimiento que imprime un giro a su existencia -el punto crí­tico- se llama vocación. Dios le invita a abandonar el paí­s, la patria, la familia paterna para emigrar a una tierra extraña a su experiencia (Gén 12,1-2). Un episodio de transhumancia se interpreta como acontecimiento crucial de una existencia individual y de todo un grupo étnico. El otro acontecimiento crucial de la simbologla abrahámica es la provocación cultual que exige el holocausto del hijo Isaac a la divinidad en el paí­s que lo acoge (Gén 22,1-19). Aparentemente, Abrahán es un introvertido, taciturno receptor de órdenes: sin hacer objeciones, parte y, sin señales de remordimiento alguno, se encamina a sacrificar a su unigénito, holocausto que no se consuma. La crisis de Abrahán es institucional: el valor tradicional de instituciones como la patria, los ví­nculos tribales, la inviolabilidad de los cultos pasan por la criba de la interpretación autónoma del hombre que se libera del condicionamiento impuesto por una sumisión acritica a aquellos valores. En efecto, Abrahán abandona su etnia, no sacrifica en ningún altar al hijo, como se acostumbraba hacer en la tierra de Canaán. La solución de esta crisis centrada en el personaje de Abrahán -que no es ciertamente el único implicado en ella- es, en el terreno de la historia, la aparición de un nuevo pueblo, con una entidad autónoma, y, en el horizonte teologal, la clarificación de algunos elementos del proyecto de salvación.

En el mismo marco histórico y teologal se sitúan los acontecimientos de la vida de Moisés. Pero el acontecimiento es el encuentro con Dios. Tras una dorada infancia y una juventud vividas en la corte del faraón de Egipto, mientras, como mayoral de su suegro, pasaba dí­as de fugitivo resignado en la tierra de Madián, hételo encontrándose con Dios. Es la epifaní­a del Horeb (Ex 3,1-4,17). Pero la atención se centra en el hombre que vive la epifaní­a. El cual madura un conocimiento inédito de Dios, conoce su “nombre”, o sea, capta su sustancia personal. El nombre divino es Yahvé, traducido por “yo soy el que soy” (Ex 3,14), simplificado en “el que es”. La intuición mosaica advierte la trascendencia de Dios, su poseer el ser de forma absoluta; pero se percata también de su participación en el hacerse de la historia; la revelación del nombre divino se completa así­: “Yo soy el Dios de tu padre; el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob…; éste es mi nombre para siempre: así­ me llamaréis de generación en generación” (Ex 3, 6.15). Este Dios de vivos y no de muertos (Mt 22,32; Mc 12,26-27) se compromete a sí­ mismo en la historia y compromete a otros: el descubrimiento crucial de Moisés es haberse dado cuenta de que en aquella circunstancia el comprometido era él. La página de la teofaní­a transmite hasta cinco objeciones de Moisés (Ex 3,11.13; 4,1.10.13), cinco intentos del hombre de eludir el compromiso. La crisis de Moisés alterna fases positivas y fases atormentadas. Exultante es el descubrimiento del nombre divino, un progreso en el conocimiento; molesta es la falta de confianza en si mismo (era el punto fuerte de las objeciones): dos situaciones de crisis -crecimiento en el conocimiento teológico, interpretación autolesionista del propio limite- que traumatizan al hombre (el sí­mbolo de cubrirse el rostro en la epifaní­a del Horeb: Ex 3,6), pero no lo destruyen. De hecho, Moisés supera robustecido la cuesta de la crisis e imprime un giro de valor determinante a la teologí­a bí­blica y a la historia de Israel.

El éxodo de Israel de la esclavitud egipcia y el camino por el desierto hacia la libertad, identificada con la tierra de Canaán, que es preciso conquistar, son un sí­mbolo expresivo del trazado dialéctico de una crisis. Desde la euforia por el éxito sorprendente de la dura tarea de la emancipación, que culmina en la fiesta (Ex 15,1-18), hasta los encuentros con vicisitudes insólitas, el pueblo y sus personajes eminentes parecen acosados por la necesidad de verificar dí­a tras dí­a la consistencia de la fe, el mantenimiento de la fidelidad a la alianza, la sensibilidad religiosa y social; también el salmista interpreta esa vuelta al nomadismo ancestral, esa estrategia inusitada, como una tentación, como una prueba (Sal 95,8-11), una crisis en cadena, al final de la cual llega la estabilización como consecuencia del logro de los objetivos.

La historia de Israel prosigue convergiendo siempre en su tí­pico camino teándrico. A lo largo del camino del hombre, en los doce siglos transcurridos desde la instalación en Palestina hasta los umbrales del acontecimiento mesiánico, los libros de la Sagrada Escritura trazan diversos retratos que se pueden analizar e interpretar como de personas en situación de crisis. Samuel se presenta como el hombre de la crisis institucional; es el último de los jueces, cierra los cerca de ciento cincuenta años de régimen de las autonomí­as locales, sustituido por el advenimiento de la monarquí­a, reclamada por los representantes de Israel, atormentados por el complejo de inferioridad frente a los pueblos circundantes, gobernados por un rey, que a ellos les faltaba (1 Sam 8,4-22). Saúl, primer rey de Israel, es el hombre de la crisis dinástica; por una valoración estratégica errónea, la corona real le será quitada a su familia (1 Sam 15,10-31: interpretación teológica). David es el elegido para sustituir a Saúl. Se trata de un acontecimiento imprevisto para el joven, acontecimiento que sacude su existencia y le lleva de la despreocupación bucólica a las tribulaciones de la convivencia en la corte del adversario y a la responsabilidad polí­tica de la sucesión. Dos son los hechos decisivos tras la subida de David al trono. Uno el oráculo del profeta Natán, que refiere el proyecto de Dios de vincular a la genealogí­a del rey la descendencia mesiánica: acontecimiento al que David corresponde aumentando su fe y confianza en Dios, cosa que demuestra y exterioriza en la oración (2 Sam 7,1-29). El otro es el pecado de homicidio y de adulterio (2 Sam 11,2-27): crisis frente a los valores morales, a los que él, al detentar el poder supremo, creí­a no estar sujeto; crisis que asume las tintas de lo “desagradable a los ojos del Señor” (2 Sam 11,27) y se convierte en una verificación autocrí­tica que, bajando al fondo del espí­ritu y del inconsciente, sondea todos los pliegues de la propia personalidad (con la mediación critica del profeta Natán), para concluir con un juicio de autoacusación (Sal 51,1-21) que se resuelve en una conversión continuada de la existencia.

Su sucesor, Salomón, exaltado con énfasis por sus contemporáneos (1 Re 5,9-14; 10,23-25) y por los sucesivos hagiógrafos (Eclo 47,12-20), considerado por la tradición hebrea como el rey más ostentoso (Mt 6,29), traza en el tiempo un gráfico decreciente, pasa a través de una crisis en la fe (igual a los í­dolos con Yahvé) y en la moralidad (contrae matrimonios ilegales y perniciosos). Salomón lleva el reino a su máxima degradación; tras él, estalla una crisis constitucional incurable, que acaba haciendo añicos la unidad de los dos reinos, Israel y Judá.

Graves crisis arrollan a ambas colectividades (invasiones, deportaciones y destierros por parte de ejércitos mesopotámicos, destrucciones) y a sus guí­as, ya se trate de polí­ticos o de reyes, ya de autoridades religiosas o de profetas (los conflictos interiores de Jeremí­as, la desconfianza de Elí­as…). Las desgracias del pueblo, según la interpretación profética, son castigo de Dios, una prueba para que el resto purificado reanude el camino de la fidelidad a la alianza. En esta historia dramática, el único rigurosamente fiel es Dios, el cual sigue tejiendo su parte de acontecimientos salvifiicos,incluso sirviéndose de personas que intervienen para resolver situaciones de peligro para la colectividad, como Judit y Ester, sí­mbolos de la salvación imprevisible; como el persa Ciro, enviado por Dios para decretar el retorno del exilio (2 Crón 36,22-23; Esd 1, 1-5). Este retorno inicia otros siglos de contradicciones entre bienestar y precariedad, entre fidelidad y decadencia individuales y colectivas. También los libros sapienciales son ricos en sí­mbolos legibles según los parámetros de una situación de crisis, que ellos teorizan (por ejemplo, Job, la posición cultural del Eclesiastés, etc.).

La constelación de crisis individuales que se narran en el AT, expande una luz unitaria: el desenlace positivo y benéfico. Desenlace favorable que afecta a la persona protagonista de la crisis y a sus contemporáneos; desenlace que, en una perspectiva más amplia, se refleja en el futuro y en la colectividad entera. Es la clave teologal del optimismo motivado por la existencia y el descubrimiento de un proyecto de salvación.

2. ANTOLOGíA DEL NT – En los libros del NT, el mensaje de las crisis individuales -sin excluir las más difí­ciles-asume una coloración más tranquilizadora aún. Son simbólicos sobre todo algunos personajes. Marí­a de Nazaret responde a la interpelación de Dios después de haber verificado, mediante un prolongado análisis introspectivo, la intuición relativa a su futura y singular maternidad, como se desprende del género literario de la narración de la anunciación (Lc 1,26-38). La declaración de disponibilidad: “He aquí­ la esclava del Señor, hágase en mí­ según tu palabra” (Lc 1,38), resuelve un proceso de clarificación con la exactitud más absoluta. La palabra de Dios, desde aquel momento, es el sendero ascensional que orienta su existencia y resuelve también las situaciones más crí­ticas. Algunos sí­mbolos del AT reviven en ella, la nueva hija de Sión morada del Señor (Zac 2,14; 9,9), la sierva de Yahvé en la que habita el Espí­ritu del Señor (ls 42,1). La palabra de Dios determina su existencia. Marí­a conserva y considera en su corazón las palabras asombrosas pronunciadas por los pastores de Belén sobre su hijo recién nacido (Lc 2,19).

En el templo de Jerusalén, Marí­a (con José) se asombra por las palabras de Simeón pronunciadas a propósito de Jesús (Lc 2,28-33; el autor no apunta emoción alguna tras las palabras del anciano a la madre: Lc 2,34-35). Marí­a (con José) se asombra nuevamente por la actitud de Jesús a sus doce años con los doctores del templo y no comprende la respuesta de su hijo a la angustia con que lo han buscado (Lc 2,48-50 y contexto). Marí­a conserva en su corazón todos los acontecimientos en cuyo centro está Cristo (Lc 2,51): para comprender, para progresar en la fe, mira siempre a Cristo. La palabra de Dios guí­a las opciones que a ella le conciernen, así­ como las consecuencias de las decisiones inspiradas por su esposo José, las cuales llevan a lo que no estaba previsto (Mt 1,24 y contexto; 2,13-23). La palabra de Dios se interioriza profundamente en ella: así­ lo certifica Simeón en el templo con el sí­mbolo de la espada (Lc 2,35), con la que se compara la palabra (Heb 4,12; cf Ef 6,17; Ap 1,16): así­ lo asegura Jesús maestro, al declarar bienaventurados, es decir, discí­pulos suyos auténticos, a quienes como Marí­a escuchan y ponen en práctica la palabra (Lc 8,20-21; 11,27-28). La coherencia rectilí­nea de esta conducta de Marí­a la lleva, con unos pocos discí­pulos fieles, al Calvario, a los pies de la cruz de Jesús (Jn 19,25-27). La sombra que cubre a Marí­a es alegorí­a eficaz de su afán por descubrir la luz; el contexto global del evangelio nos hace ver que su camino no fue un camino sin luz y sin entusiasmo; Marí­a avanzó en la peregrinación de la fe (LG 58), progresó constantemente en la fe, en la esperanza y en la caridad (Marialis eultus 56). La reflexión teológica y el culto celebran el resultado positivo de su existencia.

Mientras el reino de Dios se acerca con apresuramiento (Mt 3,2; énghyken), un hombre justo y en el lugar justo prepara su camino: Juan el Bautista es alguien que pone en crisis. Marcado él mismo por una emoción prenatal (Lc 1,41.44), habiendo optado radicalmente por un ascetismo monástico, cosa no insólita pero que a él lo llevó desde muy joven al desierto (Lc 1,80), donde llevaba una existencia austera y penitente (Mt 3,1.4; Mc 1,4,6; Lc 3,1-2), y tras haber sido anunciado por los profetas como el mensajero de la voz que grita (Mt 3,3; Mc 1,1-3; Lc 3,4) y como profeta del Altí­simo (Lc 1,76), proclama a todos el “acontecimiento”: la cercaní­a delreino de Dios. Lcs pide a todos que se pongan en crisis. Insiste en la necesidad de autocriticarse, de verificar las propias convicciones en cuestión de fe y de ética, de convertirse (Mt 3,7-12; Mc 1,4; Lc 3,3.7-18). Parece un hombre de ideas claras y de convicciones firmes y coherentes (Jn 1,19-28; Mt 14,3-11; Mc 6,17-28); su fe mesiánica se presenta segura; su testimonio, luminoso (Jn 1,7-8; 15,29-34). Es un hombre madurado en la meditación y en la austeridad de los desiertos. Sin embargo, frente a Cristo se esfuerza en resaltar la propia indignidad, que Jesús no admite (Mt 3, 13-15) e incluso rechaza, declarándole el más grande entre los nacidos de mujer, el Elí­as que habí­a de venir (Mt 11,11-14): es un momento de falta de confianza en sí­ mismo. Y frente al comportamiento de Jesús, distinto de como él lo habí­a supuesto (Mt 3,11-12), se interroga sobre su propia capacidad para valorar los signos mesiánicos: una sombra más de desconfianza en sí­, pero no en Jesús, al cual hace llegar su pregunta, demostrando fiarse completamente de cualquier respuesta que él le enví­e (Mt 11,2-6; Lc 7,18-23).

La crisis que el Bautista provoca en la existencia de su público es saludable; es preparación para acoger al que ha de venir, el cordero de Dios que toma sobre sí­ el pecado del mundo (Jn 1,29), el Nazareno que prosigue la predicación, reanudándola con las palabras que Juan habí­a interrumpido: “Se ha cumplido el tiempo, y el Reino de Dios es inminente. Arrepentí­os y creed en el Evangelio” (Mc 1,15; cf Mt 4,17). El estilo de Jesús es diverso, pero tiende al mismo objetivo, el de poner en crisis: interpelar al hombre, verificarlo, probarlo.

La prueba implica a Jesús mismo. Las tentaciones constituyen un signo precioso; son como recorrer de nuevo la historia espiritual del antiguo Israel en el desierto; son como anticipar pedagógicamente las crisis de todo futuro discí­pulo. Las tentaciones satánicas se sitúan en el cruce de acontecimientos decisivos en la existencia de Cristo, entre el abandono de la vida privada de Nazaret y la fase del profetismo itinerante (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-12). La tentación en la que media su amigo y apóstol Pedro, ocurre en otro giro crucial, cuando Jesús “tomó consigo a los doce discí­pulos aparte y les dijo: Mirad, subimos a Jerusalén” a la cita con el fin trágico e inesperado (Mt 20,18; Mc 8,31-33). La analogí­a de las dos tentaciones estriba en la idéntica propuesta de apartarse de la ejecución fiel del proyecto de la redención. Satanás en el desierto le propone otras ví­as, diversas de las de Dios, para conseguir los mismos objetivos de éxito y de dominio; Pedro intenta librarle de la “locura de la cruz” (1 Cor 1,18). A Satanás le replica Jesús con calma, dialogando sin compromisos, motivando su elección con la claridad de la palabra de Dios tomada sin equí­vocos ni tergiversaciones. Frente a Pedro, que protesta (Mt 16,22) y le reconviene (Mc 8,32), el Señor reacciona airado y sentencioso: “Volviéndose, le dijo: ¡Lejos de mi, Satanás!, pues eres mi obstáculo, porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mt 16,23; cf Mc 8,33). Pedro poní­a en crisis lo que de más precioso habí­a para Jesús: hacer la voluntad del Padre, motivo central e irrenunciable de su presencia en la historia (Jn 6,38); el contenido de su vocación, que lo realiza a través del anonadamiento de la cruz, temido hasta el último momento, pero no esquivado (Mt 26,39. 42.44; Mc 14,35-36.39; Lc 22,42 y contextos), pero también a través de la glorificación de la resurrección. “Aunque era Hijo, aprendió, por lo que padeció, la obediencia; y, hecho perfecto, se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salud eterna” (Heb 5,8-9).

Pedro mismo cae en el centro de algunas situaciones crí­ticas. Especialmente fue dolorosa su negación de Jesús en el delicado momento del proceso. Jura que no conoce a aquel hombre y niega pertenecer al grupo de sus discí­pulos (Mt 26,69-75; Mc 14,66-72; Lc 22,54-62; Jn 18,15-18.25-27). A pesar del aviso anticipado de Jesús (Mt 26,31-35; Mc 14,27-31; Lc 22,31-34; Jn 13,36-38), Pedro se siente seguro y parece que no quiso prestar oí­dos a la advertencia del maestro; los evangelistas no consignan ninguna reacción a tal advertencia por parte del extrovertido cabeza de grupo. La crisis de fidelidad explota de repente, fulminada por episodios imprevistos. Sin embargo, acechaba oculta entre los pliegues de la presunción: Pedro -invitado con Santiago y Juan a permanecer junto a Cristo en el momento difí­cil de la “hora”- no vigila ni reza para no caer en tentación, como Jesús pedí­a que hicieran y él mismo hizo (Mt 26,34.40-41; Mc 14,34.37-38; Lc 22,40). También el lí­der de los discí­pulos huye cuando Jesús es apresado (Mt 26,56; Mc14,50), aunque no sin antes haber intentado una veleidosa resistencia (Jn 18,10; cf Mt 26,51-54; Mc 14,47; Lc 22,49-51). La crisis evoluciona rápidamente -él es el hombre de los altibajos rápidos, de las crisis violentas y breves-, pues cuando consigue valorar su propia situación concreta, iluminada por la mirada de Jesús (Lc 22,61) y verificada conforme a su palabra (Mt 26,75; Mc 14,72; Lc 22,60-66), llora amargamente. Haber cedido a la tentación no echó a perder el corazón del discí­pulo, nuevamente generoso en su amor hacia el Señor (Jn 21,15-17).

Tenebrosa es la crisis de Judas. La interpretación de los cronistas evangélicos es pesimista. Las anomalí­as del carácter de este hombre de Keriot se muestran retrospectivamente: después de los hechos, es identificado como ladrón (Jn 12,6) y como traidor (He 1,16; Mt 10,4 y 26,14-16.20-25.47-50; Mc 3,19 y 14,10-11.18-21.43-46; Lc 6,11 y 22,3-6.21-23.47-48; Jn 13,21-30 y 18,2). Según la lectura tradicional, el juicio de Jesús sobre él (“¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valiera a ese hombre no haber nacido!’, Mt 26,24) no deja escapatoria; el desenlace de la crisis es la perdición (Jn 17,12); es una interpretación difundida ya en la primitiva comunidad de Jerusalén (He 1,16-20). La literatura exhibe algún intento de rehabilitación. Judas es protagonista de una crisis total, que descompuso todo valor ideológico y existencial. Por eso su arrepentimiento por haber pecado entregando la sangre inocente no es una autocrí­tica regeneradora, sino una elección de muerte, un acto decisivo hacia un desenlace destructor: se quitó la vida (Mt 27,3-10; He 1,15-20). Aplicando la metodologí­a analí­tica de la psicologí­a profunda, la actitud de Judas cabrí­a en algún esquema explicativo. En el horizonte del evangelio se presenta como la única crisis negativa e inexplicable.

En el ámbito de la historia pospentecostal, a los discí­pulos de Jesús, veteranos y neófitos, no se les escatiman situaciones de crisis, a pesar de que Jesús les asegurara que estarí­a con ellos todos los dí­as hasta siempre (Mt 28,20), cooperando con ellos y confirmando su palabra con señales (Mc 16,20); a pesar de su fe en la presencia del Espí­ritu de Cristo (Jn 14,16-17; 16,13); a pesar de vivir en presencia de un Padre amoroso (Jn 14,23). Se trata de las persecuciones (He 4,1-21; 5,17-40; 6,8 – 8,3; 12,1-19, etc.),
de las incertidumbres a la hora de tomar determinaciones (He 10,1-11.18), de las controversias doctrinales (He 15,1-35)-Entre los personajes destaca Pablo de Tarso. Su crisis en la fe es rectilí­nea; sigue un camino casi de manual. Decidido en su fe en el hebraí­smo, seguro después en su fe en el cristianismo. Su certeza rabí­nica se ve sacudida por el encuentro imprevisto con Cristo, en el momento crucial de su existencia. Jesús lo atrapa e interpela en el curso de una misión persecutoria contra los secuaces de la nueva doctrina (He 9,1-19): es éste un encuentro indeleble en su psicologí­a (He 22,5-16; 26,9-18; Gál 1,12-24). Un fulgor lo abate (He 9,3); no se sustrae a la verificación, porque reza (He 9,11); en seguida anunciando a Jesús como hijo de Dios, experimenta su propia capacidad de ser o no creí­ble (He 9,20.22); acepta el riesgo de la conversión (He 9,23-25.29; 26,21, etc.); soporta la desconfianza de los primitivos cristianos (He 9,26); confronta su evangelio con la posición de los apóstoles (Gál 1,18); procede con fidelidad en su opción por el apostolado hasta el final (2 Tim 4,7): no desobedece a la visión (He 26,19). La conversión cambia los contenidos de su fe; no destruye su personalidad, porque Pablo pone a disposición del anuncio salví­fico y liberador toda su potencialidad. También su crisis fue un tránsito pascual.

Esta clave de lectura, obviamente, no excluye otras a la hora de interpretar vicisitudes y personajes bí­blicos, que, por lo demás, siempre son simbólicos.

III. Situaciones de crisis
La historia contemporánea presenta situaciones de crisis actualizadas, mas sustancialmente son iguales a las del pasado; la vida del espí­ritu revela analogí­as mayores y extrae enseñanzas luminosas de las vicisitudes de la historia de la salvación y de la experiencia de los hombres y mujeres de la Biblia, “cuyo nombre vive por todos los siglos” (Eclo 44,14). La ejemplaridad del mensaje bí­blico, cuando éste llega a través de la interpretación sapiencial o de una existencia común, es debida a la calidad única de las Sagradas Escrituras, consistente en ser profecí­a, la cual “no fue proferida por humana voluntad en los tiempos pasados, sino que, impulsados por el Espí­ritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios” (2 Pe 1,21).EL HOY ESTí EN CRISIS – El hombre es el protagonista del movimiento de la historia; se mueve sobre lí­neas de evolución y de involución, pero no se transforma sustancialmente. Esta humanidad se hermana con la del pasado y vive hoy sus propias crisis individualizadas en cada persona y en las colectividades.

Es común la convicción de que el tiempo actual representa un giro decisivo por lo que concierne a los contenidos de la civilización. Por tanto, nuestro tiempo es tiempo de crisis. Muchos definen el estilo de la convivencia humana contemporánea como una sociedad en transformación. Las ciencias antropológicas y afines están analizando la evolución de la crisis generalizada, que abarca a nivel planetario las ideologí­as, la polí­tica, la economí­a, la técnica, la ecologí­a, la religión, el humanismo en su globalidad. Sin embargo, la crisis no se da fuera, sino dentro del hombre; son sus causas las que a veces son externas, así­ como en ocasiones son extrí­nsecos sus efectos; también hoy importa la crisis del hombre, que es siempre crisis de identidad. Siguiendo retrospectivamente las constantes de la crisis del hombre, las valoraciones cristalizan en torno a dos orientaciones: la pesimista, que considera los desenlaces preferentemente deletéreos o al menos obstaculizadores; la optimista, que lee toda transición, así­ como la fatiga correspondiente, como una etapa más en la búsqueda de realizaciones más válidas. La visión teológica de las vicisitudes de los hombres no puede detenerse en el pesimismo; su metodologí­a es el optimismo guiado por el realismo.

2. CRISIS POSITIVA DEL HOMBRE HISTí“RIco – La vida espiritual no es una realidad separada de la existencia, sino un aspecto del hombre integral. El camino del hombre sigue una lí­nea ascensional y evolutiva. En todo desarrollo surge la crisis. Ella estimula, casi como una necesidad existencial, incluso el desarrollo espiritual. El campo de lo espiritual es amplio, y en cualquiera de sus sectores puede producirse una crisis que lo vitaliza. Tampoco aquí­ la fatiga significa desgracia o ruina, sino que es más bien itinerario pascual de muerte hacia la vida.

La hagiografí­a cristiana es, entre otras cosas, toda una documentación convincente del desenlace positivo de las crisis del hombre. El método que se emplea para investigar la historia de lasantidad en la Iglesia es el mismo que usamos para la Biblia. Cada figura es una ejemplaridad y un capitulo.

El egipcio san Antonio (ca. 250-365), fundador del monaquismo, imprime un giro ascensional a su existencia cristiana cuando se siente impresionado por la exhortación evangélica a abandonarlo todo para seguir a Cristo (Mt 19,21); en su situación interior, quizá inexplicable, del momento, valora una palabra, probablemente no nueva, de un modo diferente, como una interpelación nominal que lo pone en crisis, a saber, frente a la comprensión de nuevos valores sobre los que edifica la existencia sucesiva. La escucha totalizante de la palabra del Señor es el sentido simbólico de esta crisis.

San Agustí­n (354-430) arriba a la paz del espí­ritu a través de prolongadas crisis, sobre todo culturales y morales. Su existencia fue una interpelación sin tregua de la fe, una búsqueda tenaz de Dios, como lo atestiguan en particular las confesiones, que se abren casi modulando el diapasón con el célebre aforisma: “Señor, inquieto está nuestro corazón mientras no descanse en ti”.

San Jerónimo (340/45-420) constituye otro ejemplo de inquietud sobre todo existencial y cultural. Vive los contenidos del cristianismo en exasperadas contradicciones, que arraigan en su carácter dificil, nunca definitivamente pacificado. Sin embargo, su existencia fue laboriosa y fecunda, en ocasiones de un ascetismo ejemplar.

San Francisco de Así­s (1181/82-1226) imprime un giro decisivo a su cultura y a la vida con la conversión evangélica: cotejando su vida con el mensaje de Jesús, decide seguirlo literalmente “sine glossa, sine glossa, sine glossa”, según prescribe también a sus seguidores, a los que habí­a dado la misma regla de vida.

En los mismos decenios de reflorecimiento monástico, el grupo florentino de los siete santos fundadores emprende el camino de la conversión evangélica, concretado también de manera visible en la elección alternativa entre familia individual y fraternidad monástica, entre bienestar comercial y pobreza radical, entre inserción en la vida ciudadana y retiro eremí­tico a los bosques de los alrededores, de los que vuelven renovados para estabilizar su opción en la institución a que dan vida, la orden de los hermanos Siervos de Marí­a.

El desenlace de la crisis de san Ignacio de Loyola es una conversión evangélica (1491-1556): después de descubrir a Cristo a través del evangelio, revisa su propia interpretación de los valores, abandonando la mundanidad y las frivolidades por los compromisos eclesiales. Sus experiencias mí­sticas forman la trama de la propuesta que ha tomado el nombre de su libro, los OEjercicios espirituales, empleados hasta la absolutización durante cuatro siglos.

Hermanos en una mí­stica aventura, santa Teresa de Avila (1515-1582) y san Juan de la Cruz (1542-1591), incluso sólo con sus obras de teologí­a espiritual documentan la validez de un itinerario duro ya por dificultades del ambiente ya por crisis interiores, resueltas con su tender perseverante hacia Cristo. Son expresivos algunos tí­tulos: Camino de perfección, Castillo interior, de la reformadora carmelitana; Subida del Monte Carmelo, Noche oscura del alma, Cántico espiritual, Llama de amor viva, del hermano carmelita.

En el campo de la mí­stica surgen otras floraciones, como las santas mujeres Brí­gida de Suecia (1302/3-1373), Catalina de Siena (1347-1380), Margarita Marí­a Alaco que (1647-1690), Verónica Giuliani (1660-1727), Gema Galgani (1878-1903)… También es copiosa la literatura biográfica de contemporáneos que han cortado de forma tajante con su pasado, como “convertidos”, o que se han distinguido por haber dado giros radicales de sello cristiano, logrando todos alcanzar la orilla de una existencia reconciliada y fecunda. Aunque no contamos con documentos que den fe de ellas, ahí­ están también las innumerables crisis de hombres sencillos que les convierten en nuestros hermanos y compañeros de camino. Pues, incluso a través de la crisis, la persona se realiza en la santidad.

3. CRISIS EN LA VIDA ESPIRITUAL – La crisis espiritual puede concentrarse en algunos sectores de analogí­as.

a) Crisis teologal. El vocablo teologal lleva a Dios como punto de proveniencia de una realidad (“teológico”, en cambio, indica a Dios como punto de llegada, sobre todo por lo que se refiere al conocimiento). En el ámbito de la teologí­a se inscriben la fe, la esperanza y la caridad, denominadas tradicionalmente virtudes teologales justamente porque son un don de Dios. La fe es un carisma (1 Cor 12,9). La caridad viene de Dios (1 Jn 4,7). La esperanza acompaña a la fe y a la caridad como don de Dios (1 Cor 13,13). Dios es fiel y no se arrepiente de sus dones (Rom 11,29; Sant 1,17). Por eso no responden a la verdad las afirmaciones corrientes: “perder la fe”, “no tener esperanza”, o la menos frecuente “estar sin caridad”. El bautismo es signo eficaz, injerto de una vida indeleble. La crisis teologal no es crisis de fe, de esperanza, de caridad, sino crisis en la fe, en la esperanza, en la caridad. Toma cuerpo no como muerte de los dones, ni como atrofia de su indestructible dinamismo, sino como calidad y cantidad individual de fidelidad.

La crisis como duda, como búsqueda, como pecado no produce la cancelación de los contenidos de las virtudes teologales. Pues son los mismos contenidos los que nos guí­an e indican el camino a recorrer para recuperar plenamente el contacto con ellos. A veces es conveniente pasar a través de las quebradas de la crisis teologal para sacudir agnosticismos, perezas y apegos. Entonces se descubre que las virtudes son valores que acreditan desde dentro nuestra visión del mundo y las motivaciones de nuestro obrar. Sus contenidos se deshacen de nieblas y vaguedades, percibiéndose cada vez más su densidad. La fatiga de la crisis no es esa ligera molestia ocasionada por algún interrogante que afecte periféricamente a los contenidos; es el tormento que producen la sensación de vací­o y de oscuridad, y la turbación ante las vertiginosas lejaní­as hacia las que se precipitan los pensamientos, así­ como la desilusión ante el silencio de Dios. Pero Dios no está ausente; no habla con el lenguaje deseado y sugerido por el hombre, pero sí­ con signos autónomos que éste ha de descifrar.

Una crisis auténtica en la fe no consiste en alejarse de Dios, sino en abismarse en su mundo: adentrarse en una comprensión profunda de su misterio, la cual nunca será total, pero sí­ la suficiente para una persona determinada en un momento determinado. Una crisis auténtica en la esperanza es revalorización del misterio, de lo invisible y de lo no sensible: sobrepasar las propias adquisiciones y experiencias a la vez que se esperan otras más próximas siempre a la escatologí­a. Una crisis auténtica en la caridad no es un episodio de desamor hacia el prójimo, ni de indiferencia hacia Dios, sino una purificación mí­stica: la búsqueda de una ascensión al nivel de la vida de Dios, que es caritas. La “crisis mí­stica” (cuya expresión verbal se repite a veces) no toca la esfera de lo sentimental, no consiste en fenómenos depresivos: es un desarrollo serio de la propia relación con los contenidos teologales, sobre todo de las virtudes.

En el cauce de lo teologal se coloca también lo sagrado. Muchos afirman hoy en dí­a la “crisis de lo sagrado”. En realidad, es la crisis del hombre frente a lo sagrado. Los contenidos de lo sagrado permanecen objetivos; lo que cambia es la valoración que se hace de los mismos. Es preciso distinguir: el abandono o la negación de lo sagrado es diferente de una crisis frente a lo sagrado; sin embargo, aquéllos pueden ser un desenlace de la crisis, mas no ineludible. Posiciones culturales recientes, como la “teologí­a de la muerte de Dios” o la “desacralización”, han provocado una toma de conciencia e inducido a opciones: he aquí­ una causa de las crisis frente a lo sagrado. La absolutización de lo sagrado, su relegación a los recintos de los tabúes, las exageraciones de sus privilegios le han restado credibilidad y vuelto poco útil en la ciudad terrestre. La crisis estimula a verificar las posiciones individuales y colectivas frente a lo sagrado; induce a desentrañar los valores; fuerza a eliminar las sobreestructuras, no raras veces fatigosamente. Algunas posiciones culturales desmitizantes, a las que a veces se trata con escandalizada superficialidad, poseen, no obstante, una dosis de eficacia debido a sus interrogantes y sus propuestas de desplazar el ángulo visual de lo sagrado porque “Dios no es así­”. La crisis no le quita los fundamentos a lo sagrado; lleva a elegir, de entre lo transitorio, lo que prevalece y, de entre lo contingente, lo que es absoluto. La crisis frente a lo sagrado afecta más bien a las formas de mediación y a las manifestaciones expresivas, sobreestructuras ciertamente necesarias, mas susceptibles de relativización.

La crisis teologal no es pecaminosa, no es la pérdida de los valores, no es el naufragio de la vida espiritual: más bien constituye una ocasión de desarrollo mí­stico y de crecimiento espiritual.

b) Crisis ética. Las motivaciones del comportamiento y los valores morales cambian. Crisis es la búsqueda fatigosa de sustituciones más válidas y puestas al dí­a, no la pérdida dolorosa y perniciosa de las esencias. Insistentemente se hacen preguntas sobre el sentido del pecado, que se teme perdido. El pecado tiene dos ramificaciones. El pecado-episodio, el cual consiste en un hecho concreto, en un acaecimiento temporal, como los pensamientos, las palabras, las acciones, las omisiones (Ex 20,1-17; Mc 7,20-23; Gál 5,19-21). El pecado-situación es un modo de ser, una actitud, el estado general cotidiano: oposición al plan de Dios (Jn 15,22-24; Rom 2,12-16; Heb 3,12-14), mentira y contradicción (Gén 3,1; Jn 8,44; 18,37-38; Ef 4,14), tiniebla (Jn 1,5-9; 3,18-21; 9,4-5; 12,35-36; Lc 11,35; 1 Jn 1,5; 2,10-11; Ef 5,8-10). La crisis se identifica con la autocrí­tica y su desenlace lleva a la conversión. El camino de la conversión pasa a través de la purificación (descubrir con realismo los propios desequilibrios y rectificarlos), a través del cambio (modificar incesantemente visión del mundo, mentalidad y comportamientos con relación a las intenciones y motivaciones de Dios), a través del retorno (volver a entrar en la órbita del plan originario de la salvación), a través de la confrontación con la palabra de Dios, buscada dondequiera que se manifieste. La crisis no es, pues, alienación, ni despersonalización, ni abdicación, sino proceso de maduración y de crecimiento hacia la edad adulta según la medida de Cristo (Ef 4,13), redescubrimiento y revalorización de lo humano como imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26-31). En esta dimensión positiva de la crisis ética, el hombre no está solo, porque junto a él obra Dios, fiel y justo, que perdona los pecados y purifica de toda culpa (1 Jn 1,9). El perdón de los pecados no es simplemente una absolución, sino posibilidad -eficaz, si se acepta totalmente- de no pecar, porque en quien es hijo de Dios habita un germen divino (1 Jn 3,9). La crisis determina una renovación a nivel cultural y una mejora en el ámbito existencial.

[>Conversión; >Creyente IV, 1; >Pecador/pecado; >Penitente; >Pecado en la inculturación actual].

c) Crisis institucional. Instituciones, en el horizonte de la espiritualidad, son las realidades estables fundadas por Dios como espacio para la expansión personal y colectiva de la humanidad. Son, en particular, la familia, la Iglesia, los sacramentos, entre los cuales está el sacerdocio. Instituciones son también las realidades establecidas en la Iglesia como deducciones del mensaje evangélico; por ejemplo, la.”vida consagrada, o vida religiosa. La crisis respecto a ellas se refiere no a la idea expresada por Dios, sino al modo de concebirla y de concretizarla, que es quehacer del hombre. En situaciones culturales modificadas, la persona humana se interroga sobre la autenticidad de la propia interpretación y sobre la validez de las estructuras que hacen visible la sustancia de las instituciones. La crisis que se detiene en la superficie y en lo transitorio no es suficiente, porque de ordinario se limita a reclamar una apresurada demolición de las estructuras. Esta actitud no es crisis auténtica, sino iconoclastia, con la cual la teologí­a espiritual -distinta de la apologética y ajena a metodologí­as de contestación- no entra en diálogo; sólo puede tomar constancia de ella. Desmantelar la familia, abandonar la Iglesia, repudiar los sacramentos, despreciar o dejar el sacerdocio ministerial o la vida religiosa, etc…, serí­an desenlaces anormales para una crisis auténtica; para valorarlos o corregirlos pueden intervenir otras metodologí­as. La teologí­a espiritual siente que dialogar es de su competencia cuando la crisis es sincera búsqueda por comprender cuanto tenga una real importancia, y esfuerzo de maduración a través del encuentro con los valores.

Frente a la crisis institucional, la espiritualidad desplaza los términos del problema sobre la persona, e invita, sobre todo a quien esté situado dentro de cualquier institución, a interrogarse con disponibilidad autocrí­tica, en primer lugar, y con sentido crí­tico, luego.

aa) “Crisis de la familia”, “familia en crisis”: son expresiones inexactas. Algunas estructuras familiares no están ya en condiciones de resistir, pero se trata de contingencias desfavorables derivadas de las ideologí­as sobre las cuales se funda la sociedad (por ejemplo, consumismo, carrera del éxito, predominio del valor económico, permisividad…), o bien de la pasividad connivente de las personas de la familia. El valor sustancial de la familia, lo mismo en el ámbito social que en el de lo espiritual, sigue resistiendo, y no en el inmovilismo, sino en el dinamismo de los contenidos. El cristianismo ha confirmado la validez de la relación familiar a través del sacramento. El magisterio ha aclarado el sentido teologal de la familia, definiéndola “iglesia doméstica” (LG 11), “santuario doméstico de la Iglesia” (AA 11), no como aposición nominalista, sino como propuesta de valores redescubiertos y como principio de importantes consecuencias incluso existenciales y de comportamiento. La liturgia del matrimonio ha renovado el ritual, dando relieve a ambos esposos en cuanto protagonistas del sacramento, y ofrece pistas ascéticas muy valiosas para proseguir el camino conyugal. La pastoral familiar actualizada compromete, a partir del noviazgo, en una toma de conciencia progresiva a las personas que constituyen la familia; ésta no es sólo meta de la evangelización, sino contemporáneamente un punto de partida (AA 11; Evangelización y sacramento del matrimonio, documento de los obispos italianos, 1975). Estas y otras etapas son el desenlace de una crisis institucional.

Las personas pueden encontrarse en situaciones de crisis sobre todo frente a la propia familia. Se dan las pequeñas crisis ocasionadas por las tensiones ordinarias de la convivencia. Se dan las grandes crisis que atacan, en el terreno existencial, los valores fundamentales, como el amor, la fidelidad, la creatividad, la sexualidad. Si no se rechazan en bloque, los valores recobran densidad y atractivo. A veces, el estado de crisis se prolonga, por lo que el sufrimiento y la fatiga que implica la búsqueda de un nuevo equilibrio, se intensifican. Aunque serí­a de desear, no siempre se produce una conclusión rápida.

bb) “Crisis de la Iglesia”: es otra expresión inexacta. La Iglesia basa su propia consistencia en Cristo como piedra angular (Ef 2,20); él le ha garantizado la invulnerabilidad (Mt 16,18). Esta constitución escapa a los efectos de las variables humanas, las cuales pueden deducir de ahí­ estí­mulos a la fidelidad, o pueden convertirla en instrumento para fabricar seguridades ficticias y para empresas injustificadas. La “crisis de la Iglesia” es la infidelidad de sus miembros, y por este motivo la Iglesia “necesita siempre purificación” (LG 8). Esta renovación, reconocida como necesaria, se extiende a lo largo de todo el ámbito de la Iglesia. Renovación es el desenlace de una crisis de crecimiento. El Vat. II, si bien define a la Iglesia como “misterio” (LG c. 1), ha explicado con claridad a los fieles y al mundo su naturaleza y su misión universal (LG 1). Esta claridad es un proceso de crecimiento cultural y eclesial. Ordinariamente la crisis frente a la Iglesia no implica su misterio, si bien el conocimiento profundo del mismo y la confianza en esta alma genuina de la Iglesia podrí­an ser enérgicos inmunizadores; se corresponde más bien con el estupor y el escándalo ocasionados por episodios históricos o contemporáneos sentidos como injustificables u opinables, y que han sido realizados por hombres de iglesia (clero o laicos). Los condicionamientos históricos o culturales proyectan una luz significativa sobre esta realidad. Más frecuentes son, dentro de la Iglesia, las crisis frente al magisterio y sus declaraciones. Crisis que se articulan en diversas manifestaciones: indiferencia, contestación, perplejidad, reproche por la pérdida de credibilidad… Es una fase que no coincide con la negación del magisterio como valor, ni con el abandono de la comunión eclesial, según lo atestigua la historia misma de la Iglesia. La espera paciente y desarmada, pero vigilante, aunque no resuelve la crisis interior, la mantiene dentro de unos cauces que posibilitan su evolución.

cc) “Crisis de los sacramentos”, “la penitencia está en crisis”: tampoco estas expresiones son justas. La crisis está en el hombre. La disminución de las celebraciones y de la frecuencia (sobre todo de la penitencia y de la eucaristí­a) no equivale a “crisis de los sacramentos”. Puede significar distinta valoración, toma de conciencia respetuosa, redescubrimiento comprometido de valores. La práctica pastoral actual aúna el sacramento con la evangelización, dando prioridad a esta última (Evangelización y sacramentos, documento del episcopado italiano, 1973). Los sacramentos constituyen un acontecimiento serio de la propia existencia: el acontecimiento de la estipulación de la alianza entre Dios y la persona humana (bautismo), de su restablecimiento (penitencia) o de la renovación. Una asistencia amorfa al sacramento lo degrada. Una participación consciente vitaliza su dinamismo, lo cual redunda en beneficio individual y eclesial. El cristiano es hoy interpelado no tanto en orden a la cantidad sacramental, cuanto a la calidad de su encuentro con el don de Dios. En la Iglesia tenemos a nuestra disposición los instrumentos adecuados para una respuesta conveniente, ante todo la evangelización y la reforma litúrgica. Estas pueden agilizar el desenlace de cualquier tipo de crisis frente a los sacramentos. La evangelización ofrece la posibilidad de concienciar al individuo, es decir, de clarificarle los contenidos de los valores sacramentales. La reforma litúrgica ha eliminado algunos anacronismos rituales y algún formalismo; sobre todo responsabiliza no sólo a la comunidad eclesial, sino concretamente a cada orante.

dd) “El sacerdocio está en crisis”, “crisis de la vida religiosa”, “crisis de las vocaciones”: expresiones tan inexactas como las anteriores. La primera frase no es usual; la situación crí­tica se puntualiza con la expresión corriente “crisis del sacerdote”, crisis que comprende a la persona. Esta crisis se agranda en los años que rodearon al Vat. II, el cual, se afirma, no pronunció la palabra clara y definitiva sobre la identidad del sacerdote, como lo hizo para el obispo, si bien dijo muchas cosas sobre la actividad sacerdotal. El sacerdote estarí­a interrogándose todaví­a, con reducidos instrumentos culturales, sobre su propia identidad. De crisis de identidad pasa también a crisis de acción y, de una manera más amplia, de existencia. El sacerdocio como sacramento y como necesidad eclesial no son negados. Las crisis de que principalmente se resiente el sacerdote actual son el celibato y el compromiso socio-polí­tico. El celibato está impuesto por ley, con argumentos de conveniencia y de tradición histórica, en la Iglesia latina, y es condición indispensable para recibir el sacramento (PO 16; Sacerdotales coelibatus). El conflicto entre la ley celibataria y el carisma ministerial angustia a muchos sacerdotes. De esta crisis algunos salen abandonando ambas situaciones; otros prosiguen en paz, o en el sufrimiento, o en el compromiso. El compromiso social y polí­tico actualmente puede considerarse desenlace de una crisis sentida hace algún decenio (es tí­pica la solución de los sacerdotes obreros en Francia), o bien conclusión de verificaciones individuales en expansión también en nuestro paí­s. De ordinario, esta crisis desemboca en preferencias de militancia polí­tica en el área de la izquierda y en la elección de la clase obrera y proletaria. Muchos testimonian la coexistencia de la fe con su compromiso sin contradicciones internas.

ee) En parte, existen analogí­as frente a la “crisis de la vida religiosa”. La afirmación se rectifica reduciendo nuevamente la crisis al interior de la persona o de la comunidad religiosa. Se verifican detalladamente muchos valores y muchas formas: separación del mundo, pobreza, dimensión clerical, tipo de servicio eclesial, condiciones de la persona en la estructura, privilegios… El magisterio ha sintetizado los valores principales y ha dado luz verde a la renovación (LG 43-47; PC 1, etc.; Evangelica testificado). Cada uno de los miles de grupos ramificados dentro de las varias tipologí­as ha intentado dar respuesta a los interrogantes, poniendo al dí­a sus constituciones e intentando modificar formas y ritmos de acuerdo con exigencias contemporáneas. En la vida religiosa son más evidentes que en otras partes algunos fenómenos contrastantes: crisis en la adaptación frente a lo nuevo, crisis por la lentitud y el fracaso de la renovación; valoración autocrí­tica en relación con la propia capacidad de impacto con los valores monásticos, redescubiertos en la libertad y en la promoción humana y cultural. Son numerosas las soluciones drásticas, el abandono de la vida religiosa.

ff) También la “crisis de las vocaciones” entra en una óptica que hay que precisar. De ordinario se entiende una disminución numérica de las peticiones de ingreso en el sacerdocio y en la vida religiosa; esto es sólo un sí­ntoma. A nivel institucional, la realidad preocupa. A nivel teologal, el problema no existe. La preocupación aludida ha encontrado respuesta, por lo demás, en documentos eclesiásticos que obligan a repensar y reorganizar la “pastoral vocacional” (Ratio fundamentales, Congregación para la educación católica, 1970; La preparación al sacerdocio ministerial. Orientaciones y normas, Conferencia episcopal italiana, 1972). Mas el fenómeno forma parte de una crisis de mosaico, y por tanto no aislada.

IV. Orientaciones para superar la crisis
La teologí­a espiritual -como otras ocasiones culturales y promocionales-posee numerosas sugerencias propias, aunque no exclusivas, para ayudar a superar la crisis. Es muy cierto que se trata de propuestas, sin duda válidas de suyo, pero que son utilizadas por personas reales, individuadas por una situación y una vivencia únicas. Por tanto, son instrumentos que es preciso personalizar. Entre ellos, puede proponerse una especie de decálogo como viático para la peregrinación durante la crisis.

1. REALISMO – Situar la crisis en su verdadera dimensión. Los errores de valoración sobre las causas, el contenido, la evolución y los auxilios de la crisis extraví­an. Hay que conocerse a si mismo y la calidad de la crisis, y luego aceptar ambas realidades, no con miedo, ni con sorpresa, ni con indiferencia, sino con paz y vigilancia activa. “Muchas son las especulaciones de los hijos de los hombres, y las malas imaginaciones los llevaron a extraviarse” (Eclo 3,26).

2. OPTIMISMO – Percibir como indefectible el desenlace positivo de la crisis. Solución de una crisis auténtica es el traslado -fatigoso e incómodo- a una situación diferente de la de partida, que no será peor, sino tendencialmente mejor. “Pero fiel es Dios, quien no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que con la tentación os dará la salida, para que podáis resistirla” (1 Cor 10,13).

3. GLOBALIDAD – Considerar la crisis en la situación existencial total. Como todo objeto, también la crisis, si se observa muy de cerca, pierde densidad y ofrece sólo detalles, impidiendo la visión del relieve y del ambiente circundante. Esta parcialidad engendra angustia y equí­vocos, supervaloración y depreciación. El encuadramiento en la globalidad permite una comparación multilateral y la desdramatización de la crisis entendida como uno de los episodios de la existencia. “La sabidurí­a del varón prudente está en conocer bien su camino” (Prov 14,8).

4. CULTURA – Conocer el mecanismo de la crisis y los instrumentos auxiliares. La cultura tiende a la promoción humana. Atravesar una crisis con un bagaje cultural es garantí­a de evolución rectilí­nea y controlada. Cultura, además, no es sólo la suma de los conocimientos, sino también el resultado de una formación y la estructura de una mentalidad. La teologí­a espiritual ofrece para cultivarse abundante literatura especializada y genérica y sugiere los documentos de otras fuentes. “Sólo así­ fueron rectos los caminos de los terrestres. Los hombres aprendieron lo que te agrada y la sabidurí­a los salvó” (Sab 9,18-19).

5. EJEMPLARIDAD – Observar la experiencia de las crisis ajenas. Toda existencia es irrepetible y cada experiencia singular. Contemplar un modelo puede entrañar el riesgo de idolatrí­a. Mas es preciosa la experiencia de cuantos han pasado por una crisis; la libre inteligencia sabe descubrir los fragmentos de analogí­a entre sí­ y el modelo, y transferirlos provechosamente a la propia situación. La galerí­a de los ejemplos de espiritualidad está poblada de figuras de la Biblia, de la tradición y de la actualidad eclesial y puede indicarme muchos de otras religiones. “(Haceos) imitadores de aquellos que por su fe y paciencia son herederos de las promesas” (Heb 6,12).

6. COMUNIí“N – Comunicar a otros la situación propia de crisis. El aislamiento empobrece; la exhibición molesta a todos. La comunión es sabia búsqueda de la persona a la que abrir el corazón y pedir ayuda. Prioritariamente, tal persona es Dios. Hermanos y hermanas participan en la angustia de la crisis mediante la solidaridad laboriosa, la amistad, la “dirección espiritual” [Padre espiritual]. La dirección espiritual no consiente ni plagios ni regresiones al infantilismo subalterno; será preciosa en el marco de la colaboración y en cuanto mediación respetuosa. “Mejor es vivir dos juntos que uno solo… Ay del hombre que está solo, pues si cae no tiene quien le levante” (Ecl 4,9a.10b).

7. ASCETISMO – Sentir la crisis como momento de austera purificación. El cristiano ni siquiera en la crisis se vuelve tétrico. Una existencia austera no limita con lo lúgubre. La ascesis ejercita las potencias individuales para encontrar la unidad personal y reordenar la dispersión. Libera de las exigencias, de las intolerancias, de lo insufrible. Sobre todo le brinda a la crisis la fuerza de soportar. Ascetismo es ecologí­a espiritual. “Conforme a la santidad del que os llamó, sed también vosotros santos en todo vuestro proceder” (1 Pe 1,15).

8. MíSTICA – Transformar la crisis en lugar de encuentro con Dios. Comunión con Dios significa sensación permanente de su presencia. El encuentro mí­stico con Dios es como una cita con su misterio contemplado en el silencio y en la intimidad del Padre dador de todo bien, de Cristo hermano, del Espí­ritu Santo luz y fortaleza. La mí­stica invita a la interioridad, a escrutar a fondo la propia realidad personal, a descubrir también en el propio interior la morada de Dios, que no abandona, a meditar sobre el significado salví­fico del momento actual y, por tanto, de la crisis en curso. “Entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6).

9. ORACIí“N – Llevar al diálogo de la oración con Dios la condición de la crisis. Orar significa expresar a Dios, en soledad o en común, sentimientos de fe, de alabanza, de gratitud, de intercesión. La crisis no debe interrumpir ese diálogo; por el contrario, es oportuno intensificar alguna forma, principalmente los sacramentos y la contemplación de la “Palabra de Dios. Apatí­a, repugnancia, escepticismo, fatiga aí­slan de Dios y de la comunidad orante. En tiempo de crisis, ayuda intensificar la oración de intercesión; pero debe prevalecer el espí­ritu de oración. “Hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y canciones espirituales, cantando y loando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo a Dios Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,19).

10. ESPERA – Contemplar con esperanza cada momento de la crisis. La esperanza purifica la espera de infiltraciones de impaciencia y de inercia. Espera significa aceptación confiada del mañana. Espera es diferir para el dí­a siguiente cuanto hoy no encuentra condiciones de oportunidad. Y sobre todo, espera es la actitud del pobre que abre el corazón a la esperanza en la ayuda de los otros. “Permaneced en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna” (Jud 21).

L. De Cándido
BIBL.-AA. VV., La crisis contemporánea, Encuentro, Madrid 1978.-AA. VV., Crisis y crí­tica en el cristianismo, Desclée, Bilbao 1975.-AA. VV., Crisis vocacional en la Iglesia de hoy, Paulinas, Madrid 1969.-Alvarez Navarrete, P, Crisis de identidad: reflexiones sobre el momento de la Iglesia española, Cristiandad, Madrid 1977.-Baricazzi, A, La crisis de la polis: historia, literatura, filosofta, Icaria, Barcelona 1981.-Bellet, M, Crisis del sacerdote. Análisis de la situación, Desclée, Bilbao 1969.-Cox, H, La ciudad secular, Pení­nsula, Barcelona 1988.-Daniélou, J, La crisis de la inteligencia hoy, Paulinas, Madrid 1969. Guitton, J, Cristo desgarrado. Crisis y concilios en la Iglesia, Cristiandad, Madrid 1965.-Maldonado, L, La secularización de la liturgia, Marova, Madrid 1970.-Manyá, J. B, La crisis teológica, Madrid 1972.-Mendel. G, La crisis de generaciones, Pení­nsula, Barcelona 1972.

S. de Fiores – T. Goffi – Augusto Guerra, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1987

Fuente: Nuevo Diccionario de Espiritualidad

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.