JESUS – Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología

JESUS

v. Cristo, Cristo Jesús, Hijo, Jesucristo, Jesús, Mesías, Salvador, Señor, Señor Jesucristo, Señor Jesús, Ungido, Verbo.
Predicción de su nacimiento, Luk 1:26-38;
nace, Mat 1:18-25;
Luk 2:1-7;
circuncidado, Luk 2:21;
presentado en el templo, Luk 2:22-38;
visitado por los magos, Mat 2:1-12;
llevado a Egipto, Mat 2:13-18;
traído a Nazaret, Mat 2:19-23;
Luk 2:39;
visita a Jerusalén, Luk 2:41-50;
bautizado, Mat 3:13-17;
Mar 1:9-11;
Luk 3:21-22;
tentado por el diablo, Mat 4:1-11;
Mar 1:12-13;
Luk 4:1-13;
llama a sus discípulos, Mat 8:22;
Mat_ 9:9;
Mar 1:16-20;
Mar 2:13-14;
Luk 5:27-28;
Luk 6:12-16;
Joh 1:35-51;
comisiona a los doce, Mat 10:1-4;
Mar 3:13-19;
Luk 6:12-16;
el sermón del monte. Mat_5-7;
envía a los discípulos de dos en dos, Mat 9:35-11;
Mar 6:6-13;
Luk 9:1-6;
predice su muerte y resurrección, Mat 16:21-26;
Mat 17:22-23;
Mat 20:17-28;
Mar 8:31-37;
Mar 9:30-32;
Mar 10:32-45;
Luk 9:22-25, Luk_43-45;
Luk 18:31-34;
la transfiguración, Mat 17:1-8;
Mar 9:2-8;
Luk 9:28-36;
envía a los setenta, Luk 10:1-24.; su entrada triunfal a Jerusalén, Mat 21:1-11;
Mar 11:1-11;
Luk 19:29-44;
Joh 12:12-19;
instituye la Cena del Señor, Mat 26:17-29;
Mar 14:12-25;
Luk 22:7-23;
Joh 13:21-30;
1Co 11:23-26;
traicionado, arrestado y abandonado, Mat 26:47-56;
Mar 14:43-52;
Luk 22:47-53;
Joh 18:2-11;
crucificado, Mat 27:31-56;
Mar 15:20-41;
Luk 23:26-49;
Joh 19:16-30;
aparece después de la resurrección, Mat 28:9-20;
Mar 16:9-18;
Luk 24:13-50;
Joh 20:11-29;
Act 1:3-8;
1Co 15:5-8;
asciende al cielo, Mar 16:19-20;
Luk 24:50-53;
Act 1:9-11.
Act 1:11 este mismo J, que ha sido tomado de
Act 2:22 J .. aprobado por Dios entre vosotros
Act 2:32 a este J resucitó Dios, de lo cual todos
Act 2:36 este J a quien vosotros crucificasteis
Act 4:13 les reconocían que habían estado con J
Act 7:55 la gloria .. y a J .. a la diestra de Dios
Act 8:35 Felipe .. le anunció el evangelio de J
Act 9:5; Act 22:8; Act 26:15 soy J, a quien tú persigues
Act 10:38 ungió .. con poder a J de Nazaret
Act 17:3 y que J, a quien yo os anuncio .. es el
Act 17:18 les predicaba el evangelio de J, y de la
Act 18:5, Act 18:28 testificando .. que J era el Cristo
Act 19:15 a J conozco, y sé quien es Pablo; pero
Rom 3:26 y el que justifica al que es de la fe de J
1Co 12:3 nadie puede llamar a J Señor, sino por
Phi 2:10 en el nombre de J se doble toda rodilla
1Th 4:14 si creemos que J murió y resucitó, así
Heb 2:9 vemos .. a J, coronado de gloria y de honra
Heb 4:14 un gran sumo sacerdote .. J el Hijo de
Heb 6:20 J entró por nosotros como precursor
Heb 12:2 puestos los ojos en J, el autor .. de la fe
1Jo 5:1 todo aquel que cree que J es el Cristo
Rev 22:16 yo J he enviado mi ángel para daros


Jesús (gr. I’sóus, “Salvador” [del heb. Yêshûa, “¡Yahweh, salva!”, forma tardí­a de Yehôshûa, Josué]). La forma española “Jesús” proviene del latí­n. El nombre aparece en osarios descubiertos en Palestina y que datan del tiempo de Cristo, o poco tiempo después (fig 285). 1. Judí­o cristiano, también llamado “Justo”, que fue un asociado de Pablo durante su primer encarcelamiento en Roma y envió saludos a la iglesia de Colosas (Col 4:11). 2. El Salvador, Jesucristo,* nacido de la Virgen Marí­a. 285. Inscripción griega sobre un osario judí­o donde se lee: “I’sóus Aloth”.

Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico

ver CRISTO

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

tip, BIOG HOMB HOAT HONT

ver, JESUCRISTO (I), JESUCRISTO (II), JESUCRISTO (III), JOSUE

vet, (forma latina derivada del gr. “Iesous”, transcripción del hebreo “Jeshua”, forma tardí­a de “Jehoshua” o “Joshua”, es decir, Josué: “Jehová es salvación”). (a) El nombre de nuestro Señor. Véase JESUCRISTO. (b) En los libros apócrifos en la LXX, este nombre aparece numerosas veces. El traductor del Eclesiástico al gr. fue Jesús el hijo de Sirach. (c) Cristiano de origen hebreo; tení­a como sobrenombre Justo; colaboró con Pablo (Col. 4:11). Aparte de sus referencias a Josué (véase JOSUE) y a Cristo, el historiador Josefo menciona a doce personas que llevaban el nombre de Jesús.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

1. Figura histórica

(-> muerte, Hijo del Hombre, Cristo, milagros, exorcismos). La investigación sobre el Jesús histórico ha constituido uno de los acontecimientos culturales y religiosos más significativos de Occidente en los siglos XIX y XX, de manera que hoy (a principios del siglo XXI) podemos afirmar que conocemos su figura mejor que en otros tiempos, después de tres, o quizá cuatro, perí­odos de estudio intenso de su figura, (a) La investigación ilustrada del siglo XVIII y XIX intentó superar la visión dogmática de la teologí­a oficial de los siglos anteriores. Para ello utilizó los nuevos métodos de las ciencias históricas y literarias. Produjo grandes visiones, aún aprovechables. Pero, en general, proyectó sobre Jesús los presupuestos e intereses religiosos y sociales de su tiempo, sea en lí­nea moralista (de tipo más kantiano), sea en lí­nea idealista (de tipo más hegeliano). (b) La investigación crí­tica de principios del siglo XX está representada por A. Schweitzer (1906), que puso de relieve la radical novedad de Jesús, a quien debemos situar en su tiempo y circunstancia, superando así­ el presupuesto ilustrado de los investigadores precedentes. Schweitzer pensó que Jesús habí­a sido un apocalí­ptico, que fracasó en su visión y en su intento, pues el Reino que anunciaba no llegó. Desde esa perspectiva, muchos investigadores pensaron que era casi imposible conocer al Jesús de la historia, de manera que debí­amos contentamos con las diversas figuras del Cristo de la fe de la Iglesia. Durante la primera mitad del siglo XX los investigadores renunciaron a trazar una figura histórica de Jesús, (c) Nueva búsqueda histórica. A mediados del XX, varios exegetas alemanes como de E. Kásemann (1953) y G. Bornkamm (1956) iniciaron, desde distintas perspectivas teológicas y crí­ticas, una nueva búsqueda del Jesús histórico, contando para ello con los descubrimientos que se vení­an haciendo en el campo de la arqueologí­a y de las ciencias sociales, (d) Situación actual. En el último tercio del siglo XX y a principios del siglo XXI estamos asistiendo a un “gran estallido” de los estudios históricos sobre Jesús. Los descubrimientos del entorno judí­o antiguo, los textos de F. Josefo y del rabinismo antiguo, los nuevos métodos literarios y el análisis más preciso de la historia y la antropologí­a cultural permiten situar y entender mejor la vida de Jesús. Siguen existiendo numerosas divergencias, pero se está dando un consenso de fondo. Jesús vivió realmente, anunció la llegada del reino de Dios, tuvo un gmpo de seguidores, causó disturbios en Jerusalén y fue crucificado por el procurador romano Poncio Pilato. Todos los que en otro tiempo negaron la historicidad de Jesús estaban equivocados. Jesús no es un mito solar, ni un invento esenio, ni la creación imaginativa de algunos cristianos. Jesús fue un judí­o real, bien anclado en su tiempo, creador de un movimiento religioso que aún perdura. La mayorí­a de los investigadores podrí­an aceptar los elementos de la historia de Jesús que a continuación presentamos.

(1) Fue profeta escatológico, mensajero de un Dios de gracia. En contra de los sacerdotes de Jerusalén, los profetas escatológicos no sacralizaban lo que existe, pero rechazaban en principio toda ley social, sino que apelaban a la acción inminente de Dios, vinculada al despliegue y salvación del hombre. Dios vendrí­a a manifestarse pronto, resolviendo los problemas de la humanidad, tanto en plano social como religioso (problemas, por otro lado, inseparables). Hubo en aquel tiempo otros profetas escatológicos, como Juan Bautista. Entre ellos tenemos que situar a Jesús. De esa manera podemos entenderle y le entendemos mejor, como una figura importante dentro del judaismo de su tiempo, separándole, por un lado, de los celotas (que buscaban el cambio de la situación por medios más militares) y, por otro, de los maestros sapienciales (que apelaban a la sabidurí­a interna de la realidad divina del mundo). Jesús anunció un cambio radical de la situación humana, fundándose en la esperanza de la llegada de Dios. Externamente hablando fracasó, pues murió crucificado. Pero sus discí­pulos afirmaron haberle visto vivo tras su muerte en una experiencia pascual que les capacitó para recrear su vida (la de Jesús, la de ellos mismos); de esa forma comenzaron a proclamar la presencia de Jesús resucitado, creando un movimiento que dura hasta el dí­a de hoy.

(2) Fue un hombre poderoso en obras: sanador y/o carismático. Todos los exegetas actuales están convencidos de que Jesús hizo un tipo de “milagros”: era un sanador, alguien que cura a los enfermos. En el centro de la vida de Jesús siguen estando sus milagros, con su compromiso radical a favor de la vida y libertad de los hombres. Esos milagros, antaño rechazados por racionalistas de diverso tipo, los entendemos ahora, de un modo mucho más radical e histórico, como expresión de la tarea y libertad creadora de Jesús a favor de los hombres. Ellos suponen su ruptura respecto de un legalismo sacral (que sitúa la Ley antes del carisma) y van en contra de una interpretación polí­tica o nacionalista de su mensaje: los milagros de Jesús eran gestos de ayuda a los necesitados, no señales de presencia militar de Dios o de victoria sobre los enemigos. La interpretación de los milagros varí­a entre unos exegetas y otros, pero ellos se sitúan en la base de toda la investigación actual sobre Jesús.

(3) Fue también un hombre sabio, experto en humanidad. Hay diversos exegetas que, apoyados en Q* (incluido en Mt y Le) y en el Evangelio de Tomás* , ponen en segundo plano el aspecto profético-apocalí­ptico de Jesús, lo mismo que sus rasgos más carismáticos, y le presentan, ante todo, como un tipo de sabio cí­nico, diestro en formular paradojas y experiencias contraculturales, como filósofo de la vida, más griego que judí­o, autor de sentencias luminosas sobre la banalidad del mundo. Según ellos, Jesús no proclamó la llegada de una redención mesiánica (de tipo social), sino una especie de redención interior y no violenta de los hombres, de tipo más individual que social. Esta visión puede ser exagerada; pero es evidente que Jesús fue un sabio en el sentido radical de la palabra: hombre de sentencias claras y cortantes, diestro en formular paradojas y en contar parábolas. En este plano, su experiencia y mensaje, que podrí­a compararse con el mensaje de otros grandes sabios de la historia, nos permitirí­a dialogar con las tendencias religiosas de Oriente, en especial con el hinduismo, budismo y taoí­smo.

(4) Fue hombre de mesa común. Situó en el centro de su movimiento el signo de la mesa compartida, como muestran los relatos de las multiplicaciones y los textos de comidas con pecadores y excluidos sociales. De esa forma superó los tabúes y leyes de una economí­a sacral y social que separaba a limpios (judí­os buenos) y manchados, a varones y a mujeres, a ricos y a pobres. El judaismo del tiempo de Jesús se estaba convirtiendo en religión de comidas y ellas fueron un tema clave para el cristianismo primitivo, tal como muestran Gal 1-2 y Hch 15. Pues bien, por encima de los dogmas y normas sacrales ha colocado Jesús el signo y realidad de la mesa compartida, como destacan de formas complementarias muchos exegetas actuales. Ellos suponen que la nota distintiva de Jesús fue el pan más que la pura palabra, fue la relación con los enfermos y excluidos de la sociedad, con quienes compartí­a la mesa, más que la pura teorí­a apocalí­ptica.

(5) Jesús fue un profeta de ruptura social, empeñado en crear un nuevo tipo de familia, un discipidado de hermanos. Siendo religión de comida, el judaismo era religión de hermandadsocial, de manera que la experiencia de Dios estaba vinculada a la estructura sagrada del propio grupo, fundado en ví­nculos jerárquicos de ley económica y social, de tipo patriarcalista. Gran parte de la controversia de Jesús se ha movido en este campo: Jesús ha roto gran parte de los principios de honra que separan a los buenos israelitas de los pecadores o excluidos; su mensaje de apertura social y perdón, de comensalidad abierta y de acogida familiar ha superado los esquemas de fidelidad antigua, que definen al pueblo judí­o. De esa manera ha venido a presentarse como principio de una fuerte ruptura social y como creador de un tipo de movimiento o grupo distinto en el que todos los humanos (varones y mujeres, padres e hijos, sacerdotes y laicos, letrados e iletrados, libres y esclavos…) pueden relacionarse en amor, salud y vida compartida. Sin esta fuerte ruptura o crisis familiar no se entiende la vida de Jesús ni su movimiento de reino.

(6) Fue un hombre conflictivo. Se enfrentó en la práctica con un tipo de prácticas legales de pureza del judaismo de su tiempo y puso de relieve la novedad de la gracia. Se ha dicho que los judí­os eran duros, defensores de un Dios impositivo, faltos de misericordia (y que por eso condenaron a Jesús); Jesús, en cambio, habrí­a sido blando y misericordioso, testigo y defensor de un Dios de amor. Esta visión resulta históricamente equivocada y cristianamente falsa: los judí­os de aquel tiempo no eran legalistas, sino partidarios del perdón, pero en lí­nea de nomismo pactual, exigiendo así­ el cumplimiento de una ley que distingue a limpios y manchados. En contra de eso, Jesús ofreció a todos la gracia escatológica, haciendo inútil la ley de purezas y pecados. Apareció así­ como peligroso, por romper una visión social del pecado, entendido como ofensa contra Dios y contra la buena sociedad sacral judí­a. Desde el momento en que ofrece un perdón directo a los pecadores y pide a sus seguidores que perdonen (que se perdonen de un modo directo), Jesús se ha puesto en contra de la estructura de los sacerdotes del templo, que se creen los únicos capaces de perdonar, en nombre de Dios, según ley (y en contra de gran parte de la Iglesia cristiana posterior, que ha reservado el perdón de los pecados a las estructuras de poder instituido).

(7) Jesús fue un profeta a quien crucificaron en Jerusalén. Algunos investigadores piensan que Jesús no quiso actuar como Mesí­as ni renovador polí­tico, sino sólo como sabio y carismático. Pero, desde ese punto de vista, resulta difí­cil explicar su condena a muerte. Es aquí­ donde se centra gran parte de la discusión actual sobre el tema. Pueden discutirse y se discuten los matices, especialmente en lo que se refiere a la responsabilidad del Sanedrí­n judí­o en cuanto tal, pero es claro que la oligarquí­a sacerdotal de Jerusalén participó de algún modo en su muerte; y más claro aún que el procurador romano le tomó por pretendiente mesiánico, como supone el tí­tulo (¡Rey de los judí­os/: Mc 15,26) y la forma del suplicio (crucifixión). Los cristianos añaden que Jesús es el Mesí­as resucitado, pero este rasgo ya no puede probarse en un nivel de historia. Los elementos anteriores se refieren a la vida del mismo Jesús, que fue profeta, sanador y sabio, hombre de mesa compartida, abierto a los pobres y excluidos de su tiempo, crucificado por las autoridades de Jerusalén. Pero la resurrección* ya no pertenece al Jesús de la historia, sino a la fe de sus seguidores, que afirmaron que le habí­an visto vivo tras la muerte, que habí­a resucitado y que les impulsaba a continuar su obra.

Cf. J. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judí­o. Crí­tica, Barcelona 1994; J. P. Meier, Un judí­o marginal. Nueva visión del Jesús histórico I-IV, Verbo Divino, Estella 1998-2006; X. Pikaza, La nueva figura de Jesús, Verbo Divino, Estella 2003; E. P. Sanders, Jesús y el judaismo, Trotta, Madrid 2003; G. Theissen y A. Merz, El Jesús histórico, Sí­gueme, Salamanca 1999.

JESÚS
2. Cristo de la fe

(-> resurrección, confesiones de fe, Hijo del Hombre, Señor, Hijo de Dios). El Nuevo Testamento ha comenzado presentando diversas figuras de Jesús, vinculadas a los tí­tulos* cristológicos y expresadas en las diversas confesiones de fe (que le presentan como muerto y resucitado, como Mesí­as*, Señor, Hijo de Dios). La tradición posterior ha desarrollado el tema, destacando aquellos aspectos y figuras que responde a la mentalidad religiosa y social de cada tiempo. Estos son algunos de los rasgos más significativos del Cristo de la fe, tal como los ha ido desarrollando la fe de la Iglesia cristiana en sus veinte siglos. Ellos pertenecen a la historia de la lectura e influjo (Wirkungsgeschichte) de la Biblia.

(1) Hijo del Hombre, Hijo de Dios. Deja de ser la figura escatológica de la tradición apocalí­ptica* y de los evangelios, para convertirse en signo de humanidad. Jesús es Hijo de Hombre porque ha nacido de otros hombres integrándose en una experiencia y proceso de generación. Pero, al mismo tiempo, es Hijo de Dios: proviene de la humanidad, naciendo de Dios, conforme al testimonio unánime de los evangelios. Esta solidaridad receptiva le define desde el principio de la Iglesia como Aquel que depende de otros naciendo de Dios, como aquel que ofrece a los otros la vida del amor de Dios.

(2) Cristo crucificado. Al principio, la crucifixión era un escándalo, algo contrario a la fe, tanto en lí­nea israelita como griega. Pero después, una vez que se ha visto a Jesús como hombre verdadero, Hijo de Dios, se puede afirmar también el valor salvador de la crucifixión, viendo en ella el testimonio más grande del amor de Dios: sólo puede ser Mesí­as de Dios aquel que ofrece su vida por todos, porque Dios es vida que se ofrece y se comparte.

(3) Señor pascual, hermano y maestro de los hombres. Según la tradición, Jesús no se ha perpetuado en unos hijos que transmiten su memoria. Ciertamente, el Nuevo Testamento habla de sus hermanos (Santiago, Judas, etc.) y afirma que dirigieron la iglesia de Jerusalén. Pero Jesús no ha transmitido su memoria a través de unos hijos y/o hermanos de carne, sino por medio de unos discí­pulos, varones y mujeres, que le han visto tras la muerte, reconociéndole como Señor (= Kyrios) y hermano de todos los que sufren (cf. Mt 25,SITí“). Jesús no ha dejado una familia, no ha fundado un califato, donde el poder va pasando por generaciones, de padres a hijos, como en las dinastí­as de reyes y sacerdotes normales del mundo, sino que extiende su familia como fraternidad de hermanos, diciendo “haced discí­pulos a todos los pueblos” (cf. Mt 28,16-20) y añadiendo “no llaméis a nadie Padre, pues sólo uno es vuestro Padre, el de los cielos, y todos vosotros sois hermanos” (cf. Mt 23,7-12).

(4) Contemplativo, maestro interior de la humanidad. Una fuerte tradición, que está en el fondo del monacato oriental y occidental ha presentado a Jesús como un solitario (asceta y/o contemplativo) que se separa del mundo, para dirigirlo y gobernarlo mejor, desde su aislamiento y elevación orante (como en el Tabor: Mc 9,2-9 par), distinguiéndose así­ de los poderes oficiales de imperios e iglesias (gobernadores y obispos) que organizan y gobiernan con leyes el orden externo de la vida. Sólo un contemplativo, que modera las pasiones, que supera el ansia de tener, que vence el arrebato del sexo y es dueño de sí­ mismo (cf. tentaciones: Mt 4 y Lc 4), en contemplación intensa, puede animar y alimentar en verdad el despliegue y destino de la historia humana.

(5) Esposo del creyente. Esta visión ha sido más desarrollada por mujeres, pero también por varones, al menos desde la Edad Media. Tiene raí­ces bí­blicas, pues el mismo Nuevo Testamento presenta a Jesús, al menos implí­citamente, como esposo (cf. Mc 2,19; Mt 25,1-13; 2 Cor 11,2; Ef 5,2233), siguiendo una experiencia muy honda de los profetas del amor de Dios (como Oseas y el Segundo y Tercer Isaí­as). En esta lí­nea, la fe mesiánica aparece como experiencia de enamoramiento y unión con Jesús, quien viene a presentarse como encarnación personal del amor de Dios.

(6) Gran Capitán, Buen Caballero. Siguiendo modelos medievales de entrega, al servicio de la gran tarea de la conquista cristiana del mundo, partiendo de san Bernardo, se ha puesto de relieve la visión de un Cristo que dirige a los buenos soldados en la empresa de organizar y sacralizar el mundo bajo su reinado. Ciertamente, este Jesús no suele llevar espada (la espada la llevan san Miguel y san Jorge, Santiago y algunos reyes canonizados), pero capitanea, como portador de la Bandera de Dios, la gran lucha en la que se alistan sus soldados, que han de estar dispuestos a entregar la vida por el Reino. Esta visión tiene menos apoyo en los evangelios, pero puede apelar al pasaje de Ap 19,11-16 donde Jesús aparece como capitán y jinete vencedor, armado con la espada de la palabra.

(7) Mesí­as compasivo, hombre para los demás. El evangelio afirma que Jesús rechazó la pretensión de su familia, de tipo exclusivista, que intentaba encerrarle en una casa (cf. Mc 3,31 35), pues su verdadera familia eran todos los que cumplen la voluntad de Dios, con el hambriento y sediento, el exiliado, enfermo o encarcelado (cf. Mt 25,31-45). En esta lí­nea se sitúan gran parte de los ministerios cristianos, propios de aquellos que quieren seguir a Jesús, ofreciendo su vida al servicio de los demás.

(8) Gran Sacerdote. Invirtiendo el modelo que ofrece la carta a los Hebreos, la tradición cristiana ha interpretado a Jesús como Sumo Sacerdote, no sólo según el orden de Melquisedec*, sino también según el orden de Aarón y de Leví­. De esa forma se han retomado en la Iglesia elementos sacerdotales más propios del Antiguo Testamento que del Evangelio.

Cf. O. GONZíLEZ DE CARDEDAL, Jesús de Nazaret. Aproximación a la cristologí­a, BAC, Madrid 1975; J. GONZíLEZ FAUS, La Humanidad Nueva. Ensayo de Cristologí­a, Sal Terree, Santander 1994; J. PELIKAN, Jesús a través de los siglos, Herder, Barcelona 1989.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

Jesús es el don definitivo de Dios, es la plena revelación del misterio. Don y revelación que emanan de que él no es sólo un signo de Dios, un bien que brota de la infinita ternura de su amor, sino la comunicación del mismo Dios, tal y como es. Su ser profundo es propiamente divino y plenamente humano. Su historia pertenece personalmente a Dios y a la vez tiene ritmos, tiempos, momentos realmente humanos. El climax de esta singular historia de Jesús —la “hora”, como la llama el cuarto evangelio— es la pascua: en ella el amor del Padre no sólo se comunica plenamente al hombre mediante la donación total del Hijo y la efusión del Espí­ritu, sino que también vence y destruye, mediante el sufrimiento amoroso de Cristo y su poderosa glorificación, el pecaminoso rechazo que el hombre opone al amor de Dios. Por tanto, celebrar el misterio de Dios, hallando en él plenitud de vida y de salvación, para el hombre significa unirse a Cristo, acoger su vida, celebrar su pascua.

Carlo Marí­a Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997

Fuente: Diccionario Espiritual

(forma latina del nombre griego I·e·sóus, que corresponde al hebreo Ye·schú·a` o Yehoh·schú·a`, y significa: †œJehová Es Salvación†).
El historiador judí­o Josefo, del siglo I E.C., menciona a unas doce personas, aparte de las que figuran en el registro bí­blico, a las que se conocí­a por este nombre. También aparece en los escritos apócrifos de los últimos siglos antes de la era común, por lo que parece que no era un nombre infrecuente en aquel tiempo.

1. El nombre I·e·sóus aparece en el texto griego de Hechos 7:45 y Hebreos 4:8 con referencia a Josué, el caudillo de Israel tras la muerte de Moisés. (Véase JOSUE núm. 1.)

2. Antepasado de Jesucristo, probablemente por lí­nea materna. (Lu 3:29.) Algunos manuscritos antiguos leen †œJosé(s)† en este lugar. (Véase GENEALOGíA DE JESUCRISTO.)

3. Jesucristo. (Véase JESUCRISTO.)

4. Cristiano, al parecer judí­o, y colaborador de Pablo; también se le llamaba Justo. (Col 4:11.)

Fuente: Diccionario de la Biblia

iesous ( jIhsou`”, 2424) es una transliteración del nombre heb. “Josué”, significando “Jehová es salvación”; esto es, “es el Salvador”; era “un nombre común entre los judí­os (p.ej., Exo 17:9; Luk 3:29; Col 4:11). Fue dado al Hijo de Dios en la encarnación como su nombre personal, en obediencia a la orden dada por un ángel a José, el marido de su madre, Marí­a, poco antes de que El naciera (Mat 1:21). Es con este nombre que se le designa generalmente en las narraciones evangélicas, pero no sin excepciones, como en Mc 16.19; Luk 7:13, y una docena más de pasajes en este Evangelio, y en unos pocos lugares en el de Juan. “”Jesucristo” aparece solo en Mat 1:1,18; 16.21, margen; Mc 1.1; Joh 1:17; 17.3. En Hechos se halla frecuentemente el nombre “Jesús”. “Señor Jesús” se usa normalmente, como en Act 8:16; 19.5,17; véase también los relatos de las palabras pronunciadas por Esteban (7.59), por Ananí­as (9.17), y por Pablo (16.31); aunque tanto Pedro (10.36), como Pablo (16.18), usaron también “Jesucristo”. “En las epí­stolas de Santiago, Pedro, Juan y Judas, el nombre personal no se encuentra solo ni una sola vez, pero sí­ en Apocalipsis, donde se encuentra ocho veces (VM, 1.9; 12.17; 14.12; 17.6; 19.10, dos veces; 20.4; 22.16). En la RVR se exceptúan los dos primeros pasajes, donde aparece el nombre compuesto “Jesucristo” (TR). “En las Epí­stolas de Pablo, “Jesús” aparece solo únicamente trece veces, y en Hebreos ocho veces; en esta última, el titulo “Señor” se añade solo una vez (13.20). En las Epí­stolas de Santiago, Pedro, Juan y Judas, hombres que acompañaron al Señor en los dí­as de su carne, “Jesucristo” es el orden invariable (en VM) del nombre y tí­tulo, porque este fue el orden de su experiencia; lo conocieron primero como “Jesús”, llegando a aprender, finalmente, en su resurrección, que El era el Mesí­as. Pero Pablo llegó a conocerlo por primera vez en la gloria celestial (Act 9:1-6), y siendo así­ su experiencia la inversa de la de los otros, se halla frecuentemente el orden inverso, “Cristo Jesús”, en sus epí­stolas, pero, exceptuando Act 24:24, no aparece en ningún otro lugar de la VM. “En las cartas de Pablo, el orden siempre está en armoní­a con el contexto. Así­, “Cristo Jesús” describe al Excelso que se humilló a sí­ mismo (Phi 2:5), y da testimonio de su pre-existencia; “Jesucristo” describe al Menospreciado y Rechazado que fue después glorificado (Phi 2:11), y da testimonio de su resurrección. “Cristo Jesús” sugiere su gracia; “Jesucristo” sugiere su gloria” (de Notes on Thessalonians, por Hogg y Vine, pp. 26, 29).

Fuente: Diccionario Vine Nuevo testamento

(iésous)

El nombre de Jesús (del hebreo Yeshua, que significa “YHWH salva” se utiliza 213 veces en Pablo; sólo en 13 ocasiones se utiliza el nombre de Jesús solo, sin Cristo ni Señor.

1. Jesús (en mención simple). Ante los corintios que se creen haber llegado ya al Reino, Pablo insiste en la realización de la salvación en el curso de la historia humana; por eso utiliza el nombre de Jesús en mención simple (8 veces en 2Cor 4,5-14) para insistir en la realidad histórica de su persona. Se observará el texto muy fuerte de 2 Cor 4,10: Lleva mos en el cuerpo la agonfa (nekrósis) de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Los acontecimientos de Efeso donde el apóstol vio su vida en peligro (2 Cor 1,8-11; 4,8-9) permiten a Pablo proclamar una especie de kénosis (rebaja miento) apostólico para hacer sensible con su vida el rebajamiento de Jesucristo.

Para Pablo, los diversos aspectos de la vida de Jesús son indisociables: la vida terrena, la vida actual del Resucitado en la comunidad, la vida futura. No hay más que un solo Jesús; por eso el apóstol asume una actitud cristológica ante todos los que quieren predicar otro Jesús (2 Cor 11,4). En el escrito más antiguo del Nuevo Testamento (1 Tes 4,14; por el año 50 d.C), Pablo cita esta confesión de fe: creemos que Jesús murió y resucitó.

2. Se utiliza más frecuentemente a “Jesús” en las fórmulas compuestas:

– con Cristo: “Jesucristo”, “Cristo Jesús”, “en Jesucristo”, “en Cristo Jesús”;
– con Señor: “el Señor Jesús”, “nuestro Señor Jesucristo”.

Las cartas pastorales usan otras apelaciones: “Cristo Jesús, nuestro Salvador” (Tit 1,4), “nuestro salvador Jesucristo” (Tit 2,13; 3,6) y “salvador Cristo Jesús” (2 Tim 1,10. El uso de “salvador” al lado de Jesús supone que los lectores de origen griego ignoraban la significación del nombre de Jesús “YHWH salva”, y lo consideraban como si se tratara de un simple nombre propio.

M. C.

AA. VV., Vocabulario de las epí­stolas paulinas, Verbo Divino, Navarra, 1996

Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas

En este artí­culo, deliberadamente breve, no se pretende decir ni “todo lo que hizo Jesús”, cuya relación no cabrí­a en el mundo entero (Jn 21, 25), como ni siquiera todo lo que representan su persona y su obra para la *fe y el pensamiento del NT. Sólo se procurará destacar, en la relación de esta obra y en la expresión de esta fe, todo lo que sugiere y significa, entre nombres divinos, el empleo del nombre de Jesús.

I. “ESTE JESÚS”. Este nombre significa por lo pronto lo que designa normalmente el *nombre en el lenguaje humano y en particular en el pensamiento bí­blico : el ser mismo en su singularidad, en su individualidad concreta y personal: él y no otro, él y todo lo que es, este Jesús, como lo nombran varios textos (Act 1,11; 2,36; 5,30; 9,17). Este demostrativo, expresado o no, traduce casi siempre la afirmación cristiana fundamental, la continuidad entre el personaje aparecido en la *carne y el ser divino confesado por la fe: “A este Jesús al que vosotros habéis crucificado, Dios lo ha hecho Señor y Cristo” (2,36); “Este que os ha sido sustraí­do, este mismo Jesús vendrá… de la misma manera” (1,11); “A este Jesús que un momento fue rebajado por debajo de los ángeles, lo vemos coronado de gloria eterna” (Heb 2,9). La revelación que convirtió a Saulo en el camino de Damasco, es del mismo tipo: “Yo soy Jesús, al que tú persigues* (9,5; 22, 8; 26,15); no sólo descubre al perseguidor, que la presencia del Señor es inseparable de los suyos, sino que le hace reconocer la identidad entre el ser celestial que se le impone con su omnipotencia y el blasfemo galileo, al que él perseguí­a con todo su odio. No importa que no haya “conocido a Cristo según la carne” (2 Cor 5,16), pues para siempre ha sido “aprehendido por Cristo Jesús” (Flp 3,12) y sacrifica todas sus ventajas para entrar en “el conocimiento de Cristo Jesús [su] Señor” (3,8). El Cristo grandioso que llena el universo con la *plenitud divina (Col 1, 15-20) es “el Cristo tal como lo habéis recibido, el Señor Jesús” (2,6).

II. JESÚS NAZARENO. Jesús, ser de carne, “nacido de mujer, nacido sujeto a la ley” (Gál 4,4), apareció en el mundo en una fecha dada, “mientras Quirino era gobernador de Siria” (Lc 2,2), en una familia humana, la de “José, de la casa de David” (1,27), establecida “en una ciudad de Galilea, llamada Nazaret” (1,26). El nombre que, como todo niño judí­o, recibe en la circuncisión (Lc 1,31 ; 2,21; Mt 1,21.25) no es excepcional en Israel (cf. Eclo 51,30). Pero Dios, que en este niño se ha hecho Emmanuel, “Dios con nosotros” (Mt 1,23), cumple en él la promesa hecha al primer Jesús, Josué, de estar con él y de revelarse “Yahveh salvador” (Dt 31, 7s). Sin embargo, su origen parece tan común que para designarlo no se añade normalmente a su nombre, como en el caso de una familia conocida, el nombre de su *padre y de sus antepasados (cf. Eclo 51,30), sino sencillamente el de Nazaret, su patria. Las genealogí­as de Mt y de Lc subrayarán más tarde la ascendencia regia de Jesús; las primeras proclamaciones de la fe insisten más bien en la forma corriente de designarlo y en el recuerdo dejado por el paso de “Jesús nazareno” (Jn 19,19; Act 2,22; 4,10; 7,14; 22,8).

III. JESÚS EN LOS EVANGELIOS. Jesús es el nombre empleado ordinariamente por los evangelios para designar a Cristo y relatar su actividad. Parece, sin embargo, que generalmente se le llamaba “rabbi”, maestro (Mc 4,38; 5,35; 10,17), y después de su muerte y de su entrada en la gloria se evoca al “*señor”. Pero los evangelios, fuera de ciertas excepciones determinadas (cf. Mt 21,3 y sobre todo los trozos puramente “lucanos”: Lc 7,13; 10,1; etc.), hablan siempre sencillamente de Jesús. No es en modo alguno un esfuerzo artificial para restablecer un lenguaje anterior a la fe, del tiempo en que Jesús no habí­a todaví­a acabado de revelarse y en que la mayorí­a no veí­an en él más que a un hombre. Sin el menor artificio siguen los evangelistas el movimiento mismo de la *fe, que consiste siempre en aplicar a “este Jesús”, al personaje concreto, los tí­tulos salvadores y divinos, los de *Señor (Act 1,21; 2,36; 9,17; etc.), de Cristo (2,36; 9,22; 18,28; etc.), de salvador (5,31 ; 13,23), de *Hijo de Dios (9,20; 13,33), de *siervo de Dios (4, 27.30). Los evangelios, hablando siempre de Jesús, están exactamente en la lí­nea de lo que quieren ser: el *evangelio, el anuncio de la buena nueva de Jesús (8,35), de Cristo Jesús (5,42; 8,12), del Señor Jesús (11,20; cf. 15,35). El evangelio de Juan, el más solí­cito en subrayar constantemente la cualidad divina de Cristo, en mostrar en cada uno de sus gestos la *gloria del Hijo único (Jn 1,14), la soberaní­a confiada al Hijo del hombre (1,51 ; 3,14), no pierde ninguna ocasión de pronunciar el nombre de Jesús, repitiéndolo incluso cuando parece superfluo, en los diálogos más sencillos (Jn 4,6.21; 11,32-41). A través de la voluntad de “*confesar a Jesucristo venido en la *carne” (Jn 4,2), esta atención revela la certeza, cada vez que recurre este nombre, de tocar y de revelar la *riqueza del “Verbo de vida” (1,1).

IV. EL NOMBRE POR ENCIMA DE TODO NOMBRE. Si la fe cristiana no puede desasirse de Jesús y de todo lo que este nombre implica en cuanto a rebajamiento y a humanidad concreta, es porque este *nombre ha venido a ser “el nombre por encima de todo nombre”, el nombre ante el cual “toda *rodilla se dobla, en el cielo, en la tierra y en los infiernos” (Flp 2,9ss). El nombre de Jesús ha venido a ser el nombre propio del Señor; cuando Israel invocaba el nombre del Señor para hallar en él la *salvación (Jl 3,5), pronunciaba el nombre que *Dios mismo se habí­a dado, Yahveh, el que está siempre con su pueblo para *liberarlo (Ex 3,14s). Este nombre evocaba una personalidad extraordinariamente acentuada y vigorosa, a la que era inútil tratar de forzar o de halagar. El nombre de Jesús evoca la misma omnipotencia divina, la misma vitalidad invulnerable, pero bajo rasgos que nos son familiares y en los que fácilmente nos orientamos, pues se trata de alguien que para siempre se nos ha dado y nos pertenece.

La única salvación de la humanidad (Act 4,12), la única *riqueza de la Iglesia (3,6), el único *poder de que dispone es Jesús: “Jesucristo te cura” (9,34). Toda la misión de la Iglesia está en “hablar en nombre de Jesús” (5,40). Así­ Pablo, en las sinagogas de Damasco a raí­z de su conversión, “predica a Jesús” (9,20); en el ágora de Atenas “anuncia a Jesús y la resurrección” (17,18), y en Corinto, “a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado” (ICor 2,2). Toda la existencia cristiana consiste en “consagrar la vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Act 15,26), y el *gozo supremo consiste en ser “juzgado digno de sufrir ultrajes” (5,41) y en “morir por el nombre del Señor Jesús” (21,13).

-> Hijo de Dios – Hijo del hombre – Mediador – Mesí­as – Nombre – Señor – Servidor de Dios.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teologí­a Bí­blica, Herder, Barcelona, 2001

Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas

Es el nombre dado al Hijo encarnado de Dios—nombre dado antes de que naciera por sugerencia divina (Mt. 1:21; Lc. 1:31), y que después los padres se lo pusieran (Lc. 2:21).

Jesús es la forma griega de yәhôšuʿa (cf. el griego en Hch. 7:45; Heb. 4:8), que significa «el Señor es mi salvación» o «la salvación del Señor». El nombre tiene afinidad con el del gran profeta evangélico Isaías, cuyas predicciones dieron prominencia al Mesías bajo varios títulos. Más importante que todo, el nombre era algo que recordaba el propósito y el carácter del Dios de Israel, el cual se deleitaba en la salvación (véase) de su pueblo, y las liberaciones históricas del pasado (el Éxodo y la Restauración de Babilonia) subrayaban su promesa de la salvación mesiánica del futuro. Reflexionar constantemente en el significado de su propio nombre debió haber sido para Jesús un recordatorio de su misión (véase) en el mundo como lo fue también probablemente para la iglesia (1 Ts. 1:10).

Dado que Jesús era un nombre común, al ser aplicado al Señor era necesario mencionar el linaje y el lugar de residencia cada vez que se necesitaba una identificación total—«Jesús, hijo de José, de Nazaret» (Jn. 1:45). Durante su ministerio público «Jesús de Nazaret» era usualmente suficiente para uso público, aunque debió de haber tenido elementos adicionales en circunstancias especiales (Mt. 21:11; Jn. 19:19). Para sus seguidores era suficiente sólo su nombre. Pero parece que al hablar de él se frenaron de usarlo, acudiendo a Maestro o Señor en su lugar. El reo penitente lo empleó así en la agudeza de su necesidad (Lc. 23:42). Las lecturas variantes de este texto indican la dificultad que creó para los escribas esta forma de dirigirse a Jesús tan carente de reverencia. Los demonios se dirigieron a él como a Jesús de Nazaret (Mr. 1:24) o como a Jesús, Hijo del Altísimo (Mr. 5:7). Gente que suplicó usó Jesús, Señor (Lc. 17:13) o Jesús, Hijo de David (Mr. 10:47).

Después de la resurrección llegó a ser una práctica común juntar su nombre humano con los títulos Cristo y Señor. Ahora podía ser proclamado confiadamente como el Cristo (prometido), el Mesías. Antes que pasara mucho tiempo Cristo vino a estar tan unido a Jesús, como Jesucristo o Cristo Jesús, que casi vino a ser parte de su nombre. De esta forma, la fe personal aprobó la identificación que hacía ya tiempo había sido dada por anuncio divino (Lc. 2:11).

El nombre Jesús no aparece en las Epístolas tanto como aparece en los Evangelios o aun en Hechos. Esta circunstancia hace que su aparición en Fil. 2:10 sea impresionante (cf. por contraste v. 11), donde sirve para hacer énfasis en la verdad de que la adoración de la que es digno nuestro Señor en su exaltación debe tener totalmente presente la obediencia y humillación que experimentó en los días de su carne. El uso más bien generoso de Jesús en Hebreos tiene el mismo propósito. Aunque casi todas las referencias son a nuestro Señor en su presente estado glorificado (13:12 es una excepción), el uso del nombre simple concuerda bien con el énfasis sobre su humanidad perfecta, la que era de vital importancia para su sacerdocio.

En armonía con este uso epistolario está la forma en que Lucas se refiere a la proclamación del mensaje cristiano como a la «predicación de Jesús» (Hch. 8:35; 9:20; 17:18). Predicar el Evangelio o predicar a Jesús son términos convertibles (cf. la frase de Pablo, «predicamos a Cristo», 1 Co. 1:23; 2 Co. 4:5).

El Apocalipsis de Juan usa el nombre Jesús varias veces, especialmente en la frase, «el testimonio de Jesús» (1:9; 12:17; 19:10; 20:4), con lo que se subraya la continuación de la obra de Jesús como el fiel y verdadero testigo así como también la comunión que sus siervos tienen en sus sufrimientos. La unión que hay entre Jesús y su iglesia es firme y perdurable (Cf. Hch. 9:5).

Para la importancia del nombre en el asunto de la historicidad de Jesús, véase la discusión de Deissmann citada abajo.

BIBLIOGRAFÍA

  1. Deissmann, «The name ‘Jesus’» en Mysterium Christi, ed. por G.K.A. Bell y Adolph Deissmann, pp. 3–27; E. Nestle en HDCG, Vincent Taylor, The Names of Jesus, pp. 5–9.

Everett F. Harrison

HDCG Hastings’ Dictionary of Christ and the Gospels

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (334). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología