ORACULO

1. Palabras que, según se creí­a, eran pronunciadas por una deidad, generalmente a través de un médium (comparar †œOráculos sibilinos†).
2. En el contexto bí­blico, palabra de Dios (2Sa 16:23). 3. En el contexto del NT, se hace referencia al AT con el término griego logion (Act 7:38; Rom 3:2; Heb 5:12; 1Pe 4:11; la mayorí­a traducen aquí­: palabras de vida, o de Dios).

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

Se llama así­ a la respuesta que ofrece una deidad consultada. Los gentiles preguntaban a sus í­dolos por medio de pitonisas y sacerdotes. Las supuestas contestaciones que éstos daban se llaman o. Así­, se lee en el profeta Zacarí­as que los †¢terafines †œhan dado falsos o. y los adivinos han visto mentira† (Zac 10:2). En Pro 16:10 se dice que †œo. hay en los labios del rey†, esto es, que las sentencias que salen de su boca como autoridad deben ser consideradas cuasisagradas. Se ha hecho costumbre llamar o. a las predicciones emitidas por los profetas de la Biblia. †¢Profecí­a, Profeta.

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

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Anuncio o sentencia adivinatoria, conminatoria o imprecatoria, que se ofrece bajo la pretendida inspiración de una divinidad a la que se ofrece un rito o sacrificio. Se comunica a una persona, a demanda suya o como anuncio profético espontáneo o inesperado.

Los oráculos se practicaron desde los tiempos más antiguos en las religiones orientales (Babilonia, Egipto, India). Las más estudiadas o conocidas se daban en lo templos griegos a consultas de los adoradores (“manteia”, se llamaba la respuesta)

Los más conocidos son los Oráculos del dios Apolo en el templo de Delfos, los de Zeus en Epiro y Olimpia, los de Asclepio en Epidauro.

En los ámbitos proféticos de la Biblia también se habla de diversos oráculos: Num. 27.21; Jos. 9.14; Jue. 1.1 y 18.5; 1 Sam. 10.22 y 14.37. La Ley judí­a prohibí­a toda adivinación, magia o sortilegio (Deut. 18. 10 y Lev. 19.26); pero autorizaba al sacerdote a hacer consultas rituales a Yaweh (Deut. 33. 8; 1 Sam. 9. 9; Num. 12. 6). Ello indica que esta práctica se hallaba arraigada en el primitivo núcleo israelita.

Los medios que usaban para obtener oráculos, “los urim y tummim” y el “efod” que con frecuencia se aluden en la Escritura (Deut. 33.8; Ex. 28.30; 1 Sam. 14. 38-42) no son fáciles de interpretar, pero es casi seguro que se trataba de juegos de azar con piezas polí­cromas.

Es interesante contrastar que a medida que, en el pueblo fueron desarrollándose las prácticas adivinatorias y las consultas cultuales a la divinidad mediante las “suertes”, fueron desapareciendo las supersticiones. Constituyeron una actividad sacrí­lega, salvo en casos excepcionales de guerra (1 Mc. 3. 48) y con algunos maleficios y conjuros contra los adversarios (1 Mac. 7.8). A ese descrédito y prohibición contribuyeron las condenas de los profetas que los presentaron como ofensas a Yaweh: Ez. 21. 23; Os. 4.12. Sab. 13.17.

En el Nuevo Testamento la postura ya fue claramente contraria. Cualquier sortilegio o conjuro fue mirado como superstición opuesta a la fe, como se advierte en la condena de Pablo al mago de Chipre (Hech. 13. 10); y, sobre todo, la liberación del espí­ritu de la muchacha adivinadora de Filipos, a quien Pablo exorcizó por lo que sus amos le llevaron a la cárcel. (Hech. 16. 16.21)

Y es la postura que pasó a los primeros cristianos, a diferencia de los judí­os que es probable los siguieron consultando durante siglos.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

La traducción “oráculo” aparece 11 veces en °vrv1 en el AT. En todos los casos se trata de una traducción errónea del heb. debı̂r, que se utiliza exclusivamente para el santuario interior del *templo de Salomón (°vrv2 “lugar santísimo”). La derivación equivocada de dibber, ‘hablar’, mas bien que de dāḇār en el sentido de “estar detrás”, surge de las traducciones de Aquila y Símaco (que utilizaron jrēmatistērion, ‘oráculo’), y la Vg. (oraculum). Indudablemente influyó también sobre este cambio el hecho de que en los templos paganos se designaba “oráculos” a las cámaras donde los dioses hacían sus declaraciones (el santuario oracular de Apolo en Delfos fue el más famoso de todos).

En 2 S. 16.23 “oráculo” (°ci, p. ej.) traduce el heb. dāḇār, y se refiere simplemente a la palabra (así °vrv2) o expresión de Dios, sin indicación específica de la manera en que se la lograría (°vrv2 traduce la misma palabra como “oráculo” en Zac. 10.2, con referencia a terafines); aunque en este caso algunos infieren una referencia a *Urim y Tumim (1 S. 28.6). En algunas vss. (p. ej. °ci) a veces se emplea “oráculo” en lugar de “carga” en el título de ciertas profecías, como traducción del heb. maśśā˒.

En el NT “oráculos” (°ci, p. ej.; no así °vrv2) es traducción del gr. logia, que significa expresiones divinas, y generalmente se refiere a todo el AT o una parte específica de él. En Hch. 7.38 la referencia es el Decálogo o a todo el contenido de la ley mosaica. Se dice que estos oráculos “viven”, zōnta, o sea que “duran” o “permanecen”. En Ro. 3.2 la referencia es a todas las expresiones escritas de Dios a través de los autores veterotestamentarios, pero con consideración especial hacia las promesas divinas hechas a Israel. Las “palabras de Dios” en He. 5.12 (“oráculos” en algunas vss., como °ci) representan el cuerpo doctrinal cristiano en tanto se relaciona con su fundamento veterotestamentario, como a la expresión final de Dios por medio de su Hijo (He. 1.1). 1 P. 4.11 enseña que el predicador neotestamentario debe hablar como uno que trasmite los oráculos de Dios, eligiendo sus palabras tan cuidadosamente como si se tratara de la Escritura inspirada.

B. B. Warfield destaca la significación teológica del oráculo cuando llega a la conclusión de que ta logia, en la forma en que se emplea en el NT, son “comunicaciones divinamente autorizadas frente a las cuales el hombre siente un temor reverencial, y ante las cuales se inclina humildemente” (The Inspiration and Authority of the Bible, 1948, pp. 403).

Bibliografía. D. Vetter, “Oráculo”, °DTMAT, t(t). II, cols. 15–18; R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, 1985, pp. 454–458; P. Grelot, La Biblia Palabra de Dios, 1968; L. Alonso Schökel, La Palabra inspirada, 1986, pp. 88ss.

R.H.M.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico

(oraculum; orare, hablar).

Una comunicación divina dada en un lugar especial a través de personas especialmente designadas; también el lugar mismo. Esta forma de adivinación se encontró entre varios pueblos del mundo antiguo.

Contenido

  • 1 Babilonia y Asiria
  • 2 Los Hebreos
  • 3 Grecia y Roma
  • 4 Bibliografía

Babilonia y Asiria

Textos sumamente antiguos presentan al oráculo-sacerdote [bari, “el que ve”: bira baru, “tener una visión”; de ahí, dar un oráculo, adivinar el futuro. Cf. Hebreo HRA de Samuel, 1 Sam. 9,9; 1 Crón. 9,22, etc.; de Jananí, 2 Crón. 16,7.10, cf. Is. 28,7; 30,10] junto al ashipu (cuyo papel es encantamiento, conjuro) como oficial de una de las dos principales divisiones de la casta sacerdotal. Él es el siervo especial de Shamash y Adad; su oficio es hereditario (cf. los “hijos de Aarón”, “de Sadoc”); defectos la persona o linaje (cf. Lev. 21,23) lo descalifican; él forma parte de un colegio.

Una prolongada iniciación y un elaborado ritual lo preparan para la recepción, o el ejercicio, del barutu. Se levanta antes del amanecer, se baña, se unge con aceite perfumado, se pone las vestiduras sagradas [cf. Ex. 30,17.23; Lev. 16,4. Lagrange, “Etudes sur les religions semitiques” (París, 1905), 236, n. 1, y “Rev. Bibl.”, VIII (1899), 473; también Ancessi, “L’Egypte et Moïse”, pt. I (1875); Les vetements du Grand-Pretre, c. III, lámina 3. Es el escapulario babilonio color rojo sangre enjoyado el análogo del efod y pectoral hebreos?] Después de un sacrificio preliminar (por lo general de un cordero; pero de éste, como de los de expiación y de acción de gracias, no podemos, en nuestras limitaciones, dar detalles), escolta al peticionario a la presencia de los dioses, y se sienta en la silla del juicio; Shamash y Adad, los grandes dioses del oráculo, señores de la decisión, vienen a él y le dan una respuesta infalible [tertu, presagio: enseñanza divina.

Probablemente los hebreos no tomaron prestado o adaptaron los oráculo-palabras babilonios (Lagrange, op. cit., 234, n. 8)]. Todos los modos usuales de adivinación (interpretación de los sueños, de las estrellas, de las monstruosidades, de signos en el aceite, del hígado, etc.) culminaban en oráculos; pero una gran cantidad de literatura de los precedentes y principios dejó poca iniciativa a un baru cuya memoria era buena. Podemos añadir un ejemplo característico de un estilo de oráculo (alrededor de 680 a. C.).

”¡Oh, Shamash, gran señor, dígnate a responder a mi demanda a favor de tus fieles! Entre el día de hoy, el día 3 de este mes, el mes de Aru, hasta el día 11 del mes de Abu de este año, dentro de estos cien días y estas cien noches… dentro de este espacio de tiempo fijo, ¿tendrán éxito en sus designios Kashtariti con sus tropas, o las tropas de los cimerios… o todos los otros enemigos? ¿Tomarán el pueblo de Kishassu por asalto, por la fuerza, por el hambre, por los nombres del dios y diosa, por plática y conferencias amistosas, o por cualquier otro método y estratagema de sitio? ¿Entrarán por las murallas de esta ciudad de Kishassu?.. ¿Caerá en sus manos? Tú, gran divinidad lo sabes. ¿Es la toma de esta ciudad de Kishassu, por algún enemigo que sea, desde hoy hasta el [último] día nombrado, ordenada y decretada por orden y mandato de tu gran divinidad, ¡Oh, Shamash, gran señor? ¿Lo veremos? ¿Lo oiremos?, etc.”

Observe la preocupación de no dejar al dios ninguna vía de elusión —se nombran todas las contingencias posibles.

Entre los árabes nómadas el sacerdote es ante todo un dador de oráculos (por medio del astil de la flecha, cf. Ez. 21,21), aunque llamado Kahin el hebreo KHV. Pero como en hebreo, fenicio, arameo y etíope Kohen significa sacerdote, y no se puede relacionar etimológicamente con “adivinación”, debemos concluir (Lagrange, op. cit., 218) que el traficante de oráculos árabe es un sacerdote degenerad, (Wellhausen) que todos los sacerdotes semitas fueron primitivamente traficantes de oráculos.

Los Hebreos

A los hebreos se les concedían los oráculos por medio del Urim y Tummim, que se han de conectar con el efod. El hebreo APVD (vea efod) era:

  • (a) un vestido de lino usado en circunstancias rituales (por los sacerdotes, 1 Sam. 22,18, el joven Samuel, 1 Sam. 2,18; David, 2 Sam. 6,14);
  • (b) ‘el’ efod, descrito en Éxodo 28, peculiar del sumo sacerdote; sobre él se llevaba el pectoral con el Urim y Tummim;
  • (c) una imagen idolátrica relativa al oráculo, relacionada con el terafim (también relativo al oráculo); la que Gedeón erigió pesaba 1700 siclos de oro ( Jc. 8,27; 17,5; 18,14.20; Oseas 4, etc.) Pero ¿por qué a esta imagen se le llamaba efod (un vestido)? En Isaías 30,22, `PVY, el revestimiento de plata de los ídolos, es paralela a APDH, su vaina de oro. Si, pues, los israelitas ya estaban familiarizados con un oráculo que operaba en relación íntima con un efod adornado con piedras preciosas, habrá sido fácil transferir ese nombre a una imagen ricamente plateada relacionada con el oráculo. Vea van Hoonacker, “Sacerdote levitique” (Lovaina, 1899), 372.

La Ley ordena ( Núm. 17,18) que el líder del pueblo estará delante del sacerdote, y ofrecerá su petición: el sacerdote “consultará por él, según el juicio del Urim y Tummim, delante de Yahveh”. Sólo el sacerdote [pues el Ahi-jah de 1 Sam. 14,3.18, es el Ahi-melek de 21,1; 22,9, con el nombre divino corregido] lleva el efod delante de Israel, y pregunta en nombre del jefe de forma aislada (por Ajimelek, 1 Sam. 22,13-15, “niega” haber preguntado por David mientras Saúl era todavía el rey: véase van Hoonacker, op. cit., 376). Así, la historia estaría de acuerdo con la Ley en cuanto a la unidad del oráculo, y su uso exclusivo por el sacerdote y el príncipe.

Josefo pensó que el Urim y Tummim eran piedras de brillo cambiante. Se desconoce el significado de los nombres. Aunque parece que fueron usados para echar las suertes sagradas, y aunque en 1 Sam. 14,37ss. (especialmente en los Setenta) deja bastante claro que daban respuestas de sí y no (en 1 Sam. 23,2.4.11.12; 30,8, el fraseo prolongado es un comentario sacerdotal), y aunque en 1 Sam. 14,42 (si de hecho esto todavía se refiere al oráculo y no a una prueba privada que ofrece Saúl al pueblo, y rechazada por éste) mediante el uso de la palabra hebrea HPYLV (griego, ballete), “Sortead (entre mi hijo Jonatán y yo)”, sugiere el echar las suertes, sin embargo, Urim y Tummim no fueron simples guijarros (por ejemplo, blanco y negro), pues además de responder sí y no, podían negarse del todo a responder. completo. Esto ocurría cuando el indagador estaba ritualmente impuro (Saúl, en la persona de su hijo, 1 Sam. 14,37; cf. la exclusión de la comida del novilunio, 1 Sam. 20,26; las relaciones sexuales impiden comer pan sagrado, 1 Sam. 21,4).

Observar la falta del elemento mágico en el oráculo de Yahveh, y la extrema complicación que desfigura a los citados en el punto I. Nótese también cómo el sacerdote hebreo y el príncipe se someten sin discusión a la comunicación divina. El príncipe no se atreve a tratar de engatusar o aterrorizar al sacerdote; ni el sacerdote se atreve a falsear o inventar la respuesta. Por último, una vez comienza la era de los grandes profetas, es a través de ellos que Dios manifiesta su voluntad; cesa el uso del efod; el Urim y Tummim son silentes y por último se pierden.

Grecia y Roma

[“Oraculum: quod inest in his deorum oratio”, Cie., “Top.”, XX, “Voluntas divina hominis ore enuntiata”, Senec., “Controv.”, I. prf. Manteion: MA como en mainomai, mens. El mantis era el portavoz, el prophetes, el intérprete del oráculo (así ya Platón, “Tim.”, LXXII, B). chreoterion : chrao, “provee lo necesario”; de ahí (activo), dar (medio), consultar un oráculo].

Los oráculos en el sentido familiar florecieron mejor en las zonas griegas o helenizadas, aunque incluso aquí el elemento extático probablemente vino, como norma, desde el Oriente. El elemento local, sin embargo (para oráculos helénicos esencialmente vea adivinación), y la práctica de la interpretación de voces divinas como se oyen en el viento, o en un árbol, o en el agua (Pheme Teón; ossa, omphe Dios-Zeus era panompsaios cf. El Fauni italiano, karmentes) estaban arraigados en la religión griega o pre-griega. Detrás de los oráculos de los tiempos “clásicos” yace una enorme historia. Así, en Delfos, la estratificación de los cultos nos muestra, ínfimo, el culto ctónico y prehistórico, de los pre-aqueos: Gaia (¿seguida por, o idéntica, a “Themis”?) y las ninfas impersonales son los primeros moradores del famoso abismo y el manantial Kassotis. Dionisos, desde la Tracia orgiástica, o, como se afirmaba entonces, del místico Oriente, invadió el santuario, e importó, o al menos acentuó, elementos de entusiasmo y el delirio religioso; pues el inmenso desarrollo y la reforma órfica de su culto, en el siglo VII, sólo puede haber modificado, no introducido, su culto. Apolo, desembarcando con los aqueos en la orilla criseana, se esfuerza por sacarlo del poder, y, aunque comparten el culto anual y el templo con sus predecesores, eclipsa lo que no puede destruir. Los ecos de esta lucha salvaje, esta tenaz resistencia de la oscuridad, el culto antiguo al brillante recién llegado, nos llega en himno y drama, son glosados por el devoto Esquilo (Eumen. prol.), y acentuada por el racionalista Eurípides (Ion etc); vasijas pintadas retratan la reconciliación definitiva. Pues, al final, se efectúa un compromiso: la sacerdotisa todavía se sienta por la hendidura, las bebidas del manantial, todavía pronuncia los gritos de éxtasis inarticulados y frenéticos, pero los profetas del rítmico Apolo disciplinaban sus delirios en hexámetros, y por lo tanto la voluntad de Zeus, a través de la inspiración de Apolo, se pronuncia a través de la pitonisa a toda Grecia.

Apolo fue la causa a la vez de la gloria y la caída de Delfos. En parte como reacción contra él, en parte, a imitación de él, se restauraron o crearon otros oráculos. En nuestros breves límites no podemos describirlos ni siquiera enumerarlos. Podemos mencionar el antiquísimo oráculo de Dódona, donde el espíritu de Zeus (o tou Lios semainei —los oráculos comenzaron) hablaba a las sacerdotisas en el roble, el bronce resonante, la cascada; el oráculo subterráneo de Trofonio en Lebadea, con su violento y extraordinario ritual (Paus., IX, 39, 11: Plut. “Gen. Socr.”, 22), y los oráculos de incubación de Asclepios, cuando el enfermo durmiente esperaba la epifanía del héroe, y una cura milagrosa. Miles de modelos votivos de las heridas cicatrizadas y extremidades enderezadas son desenterrados en estos santuarios; y en Dódona, las tabletas de plomo preguntan por una manta desaparecida, ya sea pérdida o robada; o por oración a qué dios o héroe la facción-cisma Corcira pueda encontrar la paz.

Otros oráculos especialmente famosos fueron los de Apolo en Abae, Delos, Pátara, Claros; el de Poseidón en Onquestos; el de Zeus en Olimpia; el de Amfiraos en Tebas y Oropo; se conocen alrededor de un centenar de Asclepio. La mayoría fueron establecidos cerca de una fuente, muchos cerca de un abismo mefítico o gruta. Por lo general, los clientes se colocaban en un gran vestíbulo, o chresmographion, desde donde podían ver las naos o santuario, con la estatua del dios. En el centro, por lo general a un nivel inferior, estaba el adytum, donde se veían el manantial, la grieta, trípode y los laureles. Aquí la profetisa recibía la inspiración divina. Casi todos los oráculos eran administrados por un grupo de funcionarios, inicialmente, sin duda, los miembros de alguna familia privilegiada. En Delfos, los santos (osioi); en Mileto, los branchidai y euangelidai, etc. Estos generalmente elegían el personal de sacerdotes residentes, las escuelas de profetas (en el oráculo de Zeus Amón, por ejemplo, debajo de un arco-profeta), e incluso, en ocasiones, la pitonisa. En Delfos, los sacerdotes la elegían de su vecindad; debía tener más de cincuenta años (así, a causa de un incidente escandaloso), y ser muy ignorante. ¡Su orientación no sería demasiado positiva!

En sus mejores días, el oráculo de Delfos ejerció una enorme influencia; su personal era internacional y sumamente experto; el oro fluía en incesante arroyos a su tesorería; se le garantizaba el libre acceso a él a los peregrinos, incluso en tiempo de guerra. En la historia constitucional y colonial, en las crisis sociales y religiosas, en las cosas artísticas así como en materia de finanzas, su intervención era constante y final. Si se hubiese dado cuenta de su propia posición, su labor de unificación, ya sea en cuanto a religión o a política en la Hélade, podía haber sido ilimitada. Como todas las cosas humanas, sólo vio la mitad de su ideal (humano como ese ideal pudo a lo mejor haber sido), y sólo realizó la mitad de lo que vio. Fácilmente corrompido por el oro y las oraciones de los reyes, el centro de las intrigas asiáticas y africanas, no menos que las europeas, se convirtió en un fin en sí mismo. En el momento de la guerra persa, sacrificó a Atenas y puso en peligro a toda la civilización occidental; fue responsable de más de una guerra; drenó a las colonias de sus ingresos. Poco a poco puso contra sí mismo las indignadas rivalidades de los cultos locales de Grecia. No se le puede acreditar ninguna instrucción moral o religiosa. Así, mientras enemigos formidables se alineaban contra él en casa, las conquistas de Alejandro atenuaban las glorias nacionales, y abría las puertas a cultos mucho más fascinantes. Las profecías basadas en los rígidos datos de la astrología suplantaron los delirios pitios; Plutarco relata la decadencia y el silenciamiento de los oráculos (De defect. orac.). En Roma los adivinos y los astrólogos, siempre sospechosos, habían encontrado legislación en vigor en su contra.

Los libros sibilinos, enormes registros de oráculos interpolados incesantemente por cada nueva filosofía, por la profecía apocalíptica judía e incluso cristiana, había sido famoso por el lado de los oráculos indígenas, por ejemplo, el carmina Marciana. Sin embargo, tan temprano como en 213 a. C. el Senado comenzó sus confiscaciones; Augusto hizo un auto-da-fe de más de 2.000 volúmenes; Tiberio, más escrupuloso, expurgó el resto. Promulgaciones constantes resultaron infructuosas contra los disturbios de la superstición en la que el imperio se derrumbaba; los más sanos emperadores eran adeptos ellos mismos; Marco Aurelio consultó al miserable charlatán Alejandro, con su serpiente-oráculo en Abonoteicos. Sólo el cristianismo podía conquistar las antiguas casas de la revelación. Constantino despojó a Delfos y a Dódona, y cerró a Egas y Afaca; Julián intentó reavivar las voces defectuosas y balbuceantes, pero bajo Teodosio la represión fue completa, y por lo tanto los oráculos enmudecieron. (Vea adivinación, oráculos sibilinos.)

Bibliografía

BABILONIA Y ASIRIA: JASTROW, Die Relgion Babyloniens u. Assyriens. (Giessen, 1906), XIX, y en HASTINGS, Dict. of the Bible extra vol. (Londres, 1904), 556-63; KNUDTZON, Assyrischc Gebete a. d. Sonnengott (Leipzig, 1893); DHORME, Choix de textes (París, 1907), XXXVI, 382; Relig, assyro.-babylonienne (París, 1910), 203, 291 etc.

LOS HEBREOS: DHORME, Les livres de Samuel (ParÍs, 1910); LAGRANGE. Le livre des Juges (ParÍs, 1903) ad loce. HASTINGS, Dict. of the Bible, extra vol. (Londres, 1904), 641a, 662b etc.

GRECIA Y ROMA: cf. especialmente BOUCHE-LECLERCQ, Hist. de la divination dans l’antiquite (París, 1879-82), y DAREMBERG AND SAGLIO, s.v. Divination; MONCEAU, ibid., s.v. Oraculum; COUGNY, Anthol. Graec., append. (París, 1890), 464 533 para reliquias de oráculos en verso; BOISSIER, Fin du paganisme, 11. On Sibylline literature: WOLFF. De novissima oraculorum aetate (Berlín, 1854); Porphyrii de Philosophia e ex oraculis haurienda librorum reiquiae (Berlín, 1856); HENCLESS, Oracula graeca (Halle, 1877); ROUSE, Greek Votive Offerings (Cambridge, 1902); FARNELL, Cults of the Greek States IV, 181 ss., 1907; MYERS in Hellemica (Londres, 1880, 426-92.

Fuente: Martindale, Cyril Charles. “Oracle.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911.
http://www.newadvent.org/cathen/11264c.htm

Traducido por L H M.

Fuente: Enciclopedia Católica