VENDIMIA SANGRIENTA
(-> siega, juicio, viña). La Biblia emplea más la imagen de la siega* para hablar de la culminación escatológica (cf. Mt 13,30.39; Jn 4,35-37; Ap 14,15). Pero también conoce la imagen de la vendimia.
(1) Los ángeles de la vendimia de Dios. «Y salió otro ángel del templo celeste llevando también una hoz afilada. Y salió del altar otro ángel con autoridad sobre el fuego y gritó con voz potente al que tenía la hoz afilada: Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues están ya las uvas en sazón. Acercó el ángel su hoz a la tierra, vendimió la viña de la tierra y arrojó los racimos al lagar grande de la ira de Dios. El lagar fue pisado en las afueras de la ciudad, y salió de él tanta sangre que alcanzó la altura de los frenos de los caballos en un radio de mil seiscientos estadios» (Ap 14,17-20). El tema aparece en diversos lugares de la tradición evangélica, con cierto tono judicial o escatológico (cf. Mc 12,1-12 par; Mt 20,116; Jn 15,1-10), pero sólo aquí ha venido a presentarse como signo fuerte y unívoco de juicio. Así lo indica el motivo del lagar donde la uva pisada se hace sangre, invirtiendo de forma poderosa algunos de los rasgos más significativos de una liturgia donde el vino suele aparecer como signo de alegría y gloria. Estos son sus dos rasgos principales: (a) Salió otro ángel del templo, con la hoz afilada (14,17) para realizar la obra de Dios. Es ángel del juicio, que cumple la misma función del Hijo del Hombre en la siega (Ap 14,15-16). Pero la hoz de su mano no siega el trigo, sino que corta los racimos, (b) Salió del altar otro ángel, con autoridad sobre el fuego… (14,18). En Ap 8,3-5 estaba encargado de elevar ante Dios las oraciones de los santos, unidas al humo del perfume: tomó el fuego del altar de incienso, arrojándolo en el suelo e iniciando la serie de trompetas del gran juicio. Ahora le vemos de nuevo, anunciando el septenario paralelo de las plagas (15,1-16,21), con el fuego del altar (incienso de Dios) que significa destrucción de los perversos (cf. 16,8; 17,16; 18,8; etc.). Tiene poder sobre el fuego (cf. 20,10.14.15) y de esa forma pone en marcha el juicio de la muerte, diciendo al primer ángel (de la hoz afilada) que vendimie los racimos de la viña de la tierra.
(2) El lagar de la ira de Dios. El texto dice que el ángel «arrojó (los racimos) en el lagar grande de la ira de Dios» (leños ton thymou: 14,19) en tema que reasume e invierte el motivo del vino de la ira (oinos ton thymou) de la ramera Babilonia que emborrachaba a todos los pueblos (14,8). Dios había amenazado ya con su talión (el vino de su ira) a los adoradores de la Bestia (14,10). Ahora (14.19) cumple su amenaza: los racimos de la viña del mundo que el ángel arroja en el lagar de la ira de Dios son los seguidores de la Bestia que impusieron sobre el mundo una tortura que ahora se vuelve contra ellos. Por eso se sigue diciendo que «pisaron el lagar fuera de la ciudad y salió sangre del lagar…» (14.20). Allí donde debía haberse producido vino bueno para el Reino (cf. Mc 14,25) brota sangre, conforme a una relación conocida desde antiguo: el vino se ha llamado sangre de la vid; la liturgia de la Iglesia emplea el vino como signo supremo de la sangre mesiánica (cf. Mc 14,23-24 par). La viña y lagar del Cristo produce vino bueno del Reino, sangre que salva (cf. Jn 15,1-17). La viña de los adoradores de la bestia se hace sangre de muerte, asesinato perdurable. Esta imagen del lagar del vino que se vuelve sangre, que mana y se extiende como fuente imparable de muerte, desde el exterior de la ciudad perversa (14.20) donde han crucificado al Señor de la vida (cf. 11,8), nos sitúa en el centro del Apocalipsis. Bajo el altar clamaba justicia (venganza) la sangre de los degollados por la Bestia y desde el cielo les habían pedido que esperaran descansando (6,10-11). Ahora termina ese descanso, pues la sangre del mundo se ha desbordado. Este es el mar de sangre asesina que avanza e inunda la tierra, hasta la altura del bozal de los caballos, en un entorno de 1.600 estadios (unos 300 km; el número es simbólico: 1.600 son 40 x 40, la totalidad del mundo perverso). Lo que parecía uva de buen vino (imperio de Babel, prostituta) se ha vuelto vino de ira: prensado en el lagar de Dios. La humanidad se vuelve sangre, violencia y destrucción que se destruye a sí misma. Pero la sangre salvadora del Cristo es más poderosa.
PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007
Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra