Biblia

VIAJE CELESTE

VIAJE CELESTE

(-> Apocalipsis, Henoc). El tema de los viajes celestes forma parte del aspecto chamánico de las religiones. La Biblia apenas conoce viajes de este tipo, aunque hay algunos que pueden ser significativos. El más importante, en la literatura parabí­blica, es el de 1 Hen 14,8-9: «He aquí­ que las nubes y la niebla me llamaban, el curso estelar y los relámpagos me apresuraban y apremiaban, y los vientos en mi visión me arrebataban raudos, levantándome a toda prisa y llevándome al cielo». Este ascenso del Henoc apócrifo puede apoyarse en la misma tradición bí­blica que dice que «caminó con Dios y desapareció, pues Dios le llevó» (cf. Gn 5,24), como llevó también a Elias (cf. 2 Re 2,1-18). En esa lí­nea se puede inter pretar la visión* de 1 Hen 14 (y en algún sentido las de Is 6 y Ez 1). En el Nuevo Testamento hay por lo menos dos viajes celestes o ascensos divinos. Uno es el de Pablo: «Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraí­so, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (1 Cor 12,2-3). Algunos exegetas suponen que en el entorno del templo de Jerusalén habí­a un tipo de escuela de prácticas de elevación celeste, como las que se desarrollarán siglos más tarde en la Cábala* judí­a. Sea como fuere, ese tipo de viaje celeste no constituye para Pablo una experiencia «extravagante», sino que se inscribe con nitidez entre las posibilidades humanas. Algo semejante aparece en el segundo viaje del Nuevo Testamento, el del Apocalipsis, donde se dice: «Después de esto miré, y he aquí­ una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí­, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Y al instante yo estaba en el Espí­ritu; y he aquí­, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado» (Ap 4,1-2). Se trata, con toda claridad, de un ascenso celeste «en Espí­ritu». El vidente apocalí­ptico es un hombre que ha subido al cielo y ha visto desde allí­ todas las cosas. Se trata, sin duda, de una experiencia lí­mite, formulada de manera literaria. Pero en el fondo de ella tiene que haber un tipo de experiencia histórica, como la que se describe en la historia de Esteban «que vio los cielos abiertos y al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios» (Hch 7,56) y en la del mismo Jesús que «vio los cielos abiertos y el Espí­ritu de Dios que descendí­a como paloma y vení­a sobre él» (cf. Mt 3,16). Pero en su conjunto, tanto la antropologí­a del Antiguo como la del Nuevo Testamento no son visionarias, de manera que ni Moisés ni Jesús son en sí­ mismos «videntes», sino profetas*, hombres o mujeres que descubren la presencia de Dios en su misma vida y la traducen en un compromiso ético de justicia* y/o en una tensión superior de gratuidad. Cf. M. BARKER, On Earth as It Is in Heaven: Temple Symbolism in the New Testament, Clark, Edimburgo í995; P. SCHAFER, Hekhalot-Stadien, Mohr, Tubinga f 988; The Hidden and the Manifest God: Some Major Themes in Early Jewish Mysticism, State University of New York, Albany NY f 992.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra