{"id":12842,"date":"2016-02-05T08:41:34","date_gmt":"2016-02-05T13:41:34","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/pecado-original\/"},"modified":"2016-02-05T08:41:34","modified_gmt":"2016-02-05T13:41:34","slug":"pecado-original","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/pecado-original\/","title":{"rendered":"PECADO ORIGINAL"},"content":{"rendered":"<p>[222]<\/p>\n<p>     Es el pecado que todos los hombres traemos al nacer, heredado de nuestros primeros padres, que se alejaron de Dios por la desobediencia a su ley. La herencia es de todos los hombres, que nacen ya en estado de pecadores. Ese pecado inicial fue la causa de que la misericordia divina determinara la venida del Salvador quien, con su muerte de cruz, nos redimi\u00f3 de \u00e9l y nos devolvi\u00f3 la posibilidad de la salvaci\u00f3n eterna.<\/p>\n<p>    1. Qu\u00e9 es y c\u00f3mo es.<\/p>\n<p>    El pecado original es misterioso, pues ni en su naturaleza ni en sus circunstancias puede ser conocido ni entendido. Sin embargo sabemos que existi\u00f3 en un principio y existe en cada hombre por la misma revelaci\u00f3n divina. Como tambi\u00e9n sabemos que Cristo vino para destruir ese y todos los pecados del hombre; y lo sabemos tambi\u00e9n por la revelaci\u00f3n divina.<\/p>\n<p>    Lo que la Iglesia ense\u00f1a es que se trata de un pecado cometido por Ad\u00e1n; que por \u00e9l todo el g\u00e9nero humano, todos los hombres, perdieron la gracia divina, salvo la Virgen Mar\u00ed\u00ada, quien \u00abpor \u00fanico y singular privilegio, seg\u00fan la definici\u00f3n dogm\u00e1tica de la Inmaculada, no lo contrajo; que con la gracia, perdimos tambi\u00e9n otros dones que hab\u00ed\u00adamos recibido, como la vida sin sufrimiento y la inmortalidad; que Dios no abandon\u00f3 al hombre pecador, sino que le prometi\u00f3 la redenci\u00f3n; y que esa redenci\u00f3n se realiz\u00f3 con la venida y muerte de Jes\u00fas.<\/p>\n<p>    La ense\u00f1anza de los Padres y de los Papas ha sido clara siempre. S. Agust\u00ed\u00adn dec\u00ed\u00ada: \u00abEl  pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original\u00bb (De nupt. et concup. 2.26. 43). El comentario de la Iglesia siempre se apoy\u00f3 en la Escritura Sagrada, por ejemplo en la Carta a los Romanos (5. 12) de S. Pablo, donde se muestra a Ad\u00e1n transmitiendo la muerte con su pecado.<\/p>\n<p>    En esas ense\u00f1anzas qued\u00f3 siempre claro un triple aspecto.<\/p>\n<p>   &#8211; El pecado de Ad\u00e1n hiri\u00f3 toda la raza humana, no fue s\u00f3lo un pecado personal de los primeros padres. Lo escribi\u00f3 S. Pablo \u00abAs\u00ed\u00ad como por un hombre entr\u00f3 el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, as\u00ed\u00ad la muerte lleg\u00f3 a todo hombre\u00bb. Los hombres tienen que morir por haber sido pecadores, como reclama la Escritura: Sab. 2.24: \u00abPor la envidia del diablo entr\u00f3 la muerte al mundo\u00bb. (Gn. 2.17; 3. 19). Hay que recordar la influencia del esp\u00ed\u00adritu del mal en este pecado.<\/p>\n<p>    San Pablo es quien mejor lo expresa: \u00abPor un hombre lleg\u00f3 la muerte y por un hombre lleg\u00f3 la resurrecci\u00f3n de los muertos\u00bb (1 Cor. 15. 21).<\/p>\n<p>   &#8211; Los hombres estamos espiritualmente manchados por ese pecado de Ad\u00e1n. Tenemos perdida la amistad divina al nacer, no s\u00f3lo las ventajas, sino la misma esencia de la gracia. Nacemos en pecado de muerte (mortal), aunque misteriosamente no podemos explicarlo ni entenderlo: \u00abporque por la desobediencia de uno, muchos hombres fueron hechos pecadores\u00bb (Rom. 5. 19). Se trata de un pecado de participaci\u00f3n, no de comisi\u00f3n. Pero las consecuencias b\u00e1sicas, la perdida de la gracia, son reales, aunque espirituales y misteriosas.<\/p>\n<p>   &#8211; Dios no dej\u00f3 al hombre hundido en el pecado sino que, desde el primer momento, le prometi\u00f3 la redenci\u00f3n. De manera germinal en el mismo G\u00e9nesis se relata la promesa (Gn. 3.15). Luego, de forma progresiva, se renueva esa promesa en lo que llamamos Historia de la Salvaci\u00f3n, hasta la llegada de Jes\u00fas.<\/p>\n<p>     2. C\u00f3mo se perdona.<\/p>\n<p>     Despu\u00e9s nos acogemos individualmente a esta salvaci\u00f3n por el Bautismo, como forma de recuperar el estado de gracia, y por los sacramentos del perd\u00f3n en los pecados posteriores que podemos incurrir. Pero es indudable que los hombres de todos los tiempos han sentido la necesidad de pedir perd\u00f3n a la divinidad por algo malo que les acecha o envuelve y que muchas religiones han hablado del temor a no ser perdonados.<\/p>\n<p>    La Iglesia, desde el comienzo de su acci\u00f3n en la tierra y  apoy\u00e1ndose en los Profetas y en las ense\u00f1anzas de los Ap\u00f3stoles, habl\u00f3 del pecado original, de la redenci\u00f3n lograda por Cristo y de la necesidad de que \u00abcada uno nos apliquemos aquellos que falta a la pasi\u00f3n de Cristo.\u00bb (Col.1.24).<\/p>\n<p> La naturaleza del pecado original, aunque resulte misteriosa, qued\u00f3 clara y definitivamente explicada en el Concilio de Trento como la p\u00e9rdida de la vida sobrenatural, la muerte del alma (Ses. V. can. II), y como \u00abausencia de la justicia o gracia divina, mancha contra\u00ed\u00adda por cada ser humano en el momento de su concepci\u00f3n\u00bb (Ses. VI. cap. III).<\/p>\n<p>    El Concilio llam\u00f3 \u00abjusticia\u00bb a la gracia divina, recogiendo el principio explicado por San Agust\u00ed\u00adn: \u00abEl pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original\u00bb. Este principio es desarrollado posteriormente por San Anselmo: \u00abel pecado de Ad\u00e1n fue una cosa, pero el pecado de los ni\u00f1os al nacer es algo distinto; el primero fue la causa, el segundo es el efecto\u00bb (De conc. virg. 24).<\/p>\n<p>    Santo Tom\u00e1s  lo aclara as\u00ed\u00ad: \u00abUn individuo puede ser considerado o como individuo o como parte de un todo, como un miembro de una sociedad. Considerada de esta segunda manera, una acci\u00f3n puede ser propia, aunque no la haya realizado uno mismo ni por su propia voluntad, sino en el resto de la sociedad o en su cabeza, al igual que una naci\u00f3n hace algo cuando su pr\u00ed\u00adncipe lo hace&#8230; (San Pablo, 1 Cor. 12).<\/p>\n<p>    La multitud de hombres que reciben su naturaleza de Ad\u00e1n se puede considerar como una sola comunidad o un cuerpo&#8230;<\/p>\n<p>    Si el hombre, que debe a Ad\u00e1n su privaci\u00f3n de la justicia original, es considerado una persona privada, tal privaci\u00f3n no es su \u00abpecado\u00bb, puesto que el pecado es esencialmente algo voluntario. Si lo consideramos miembro de la familia de Ad\u00e1n, como si todos los hombres fueran uno solo, entonces su privaci\u00f3n participa de la naturaleza del pecado a causa de ser voluntario, pues tal fue el pecado de Ad\u00e1n.\u00bb (De Malo, 4.1)<\/p>\n<p>     3. Educar ante ese pecado<br \/>\n    Es necesario educar al cristiano para sea consciente de este misterio y de esta realidad humana. Debe dar gracias a Dios por haber sido bautizado o debe convertir ese don del Bautismo en vida permanente que le aleje de los dem\u00e1s pecados. Pero debe saber que su libertad es un regalo divino merecido por Cristo nuestro redentor<\/p>\n<p>     No debe centrar la catequesis del pecado en los hechos b\u00ed\u00adblicos, sino en el misterio.<\/p>\n<p>     El hecho del pecado original est\u00e1 recogido en la Biblia en forma de un mito o lenguaje simb\u00f3lico, adaptado a la mentalidad de los primeros lectores de la Escritura (Gen. 3.1-24). Es evidente que ni una serpiente habl\u00f3, ni Dios bajaba a pasear por el parque, ni un \u00e1rbol estuvo prohibido, ni fue castigo el dolor del parto o una sanci\u00f3n el sudor del trabajo por el pan de cada d\u00ed\u00ada.<\/p>\n<p>    Adem\u00e1s hay que saber presentar las consecuencias de ese pecado:<br \/>\n   &#8211; La muerte y sufrimiento son la principal. Son efecto de haber perdido un don de inmortalidad y de impasibilidad que Dios hab\u00ed\u00ada regalado al hombre a quien hab\u00ed\u00ada puesto en un \u00abpara\u00ed\u00adso de delicias\u00bb.<\/p>\n<p>   &#8211; La concupiscencia es otra importante. Es el sentir el hombre que sus instintos se rebelan contra su inteligencia y voluntad, como \u00e9l se rebel\u00f3 contra Dios. Ese desajuste, o rebeli\u00f3n del apetito inferior, transmitido de Ad\u00e1n a nosotros, es una ocasi\u00f3n de pecado. La tendencia desordenada no es pecaminosa, pero inclina al pecado. La justificaci\u00f3n devuelve la gracia, pero no quita la concupiscencia.<\/p>\n<p>   &#8211; La necesidad del Bautismo. Dios ha querido que el hombre deba recibir un signo sensible que la da la gracia, el Bautismo. No basta que quiera rechazar el pecado para quedar justificado. Necesita el signo que Dios ha establecido.<\/p>\n<p>Pedro Chico Gonz\u00e1lez, Diccionario de Catequesis y Pedagog\u00ed\u00ada Religiosa, Editorial Bru\u00f1o, Lima, Per\u00fa 2006<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagog\u00eda Religiosa<\/b><\/p>\n<p>El origen del mal en la historia humana est\u00e1 ligado a un pecado de \u00aborigen\u00bb, el de los primeros padres, Ad\u00e1n y Eva (cfr. Gen 3). Las narraciones b\u00ed\u00adblicas, dentro de su g\u00e9nero literario (sapiencial), transmiten verdades de fe y se\u00f1alan tanto la realidad universal de pecado como las promesas de redenci\u00f3n universal en Cristo. \u00abLa revelaci\u00f3n nos da la certeza de fe que toda la historia humana est\u00e1 marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres\u00bb (CEC 390).<\/p>\n<p>\tSi el primer Ad\u00e1n ha sido fuente de pecado para toda la humanidad, el seg\u00fan Ad\u00e1n, Cristo Redentor, es fuente de una gracia m\u00e1s abundante de salvaci\u00f3n. Es el paralelismo apuntado por San Pablo \u00abAs\u00ed\u00ad como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, as\u00ed\u00ad tambi\u00e9n por la obediencia de uno solo todos ser\u00e1n constituidos justos&#8230; donde abund\u00f3 el pecado, sobreabund\u00f3 la gracia\u00bb (Rom 5,19). En la noche pascual, al celebrar la redenci\u00f3n, se canta \u00ab\u00c2\u00a1Oh feliz culpa que mereci\u00f3 tal y tan grande Redentor!\u00bb.<\/p>\n<p>\tLa universalidad del pecado original heredado (\u00aboriginado\u00bb), transmitido por generaci\u00f3n o propagaci\u00f3n (a toda humanidad y a cada uno), encuentra su soluci\u00f3n eficaz en la redenci\u00f3n universal de Cristo. Los consecuencias de aquel pecado fueron principalmente la p\u00e9rdida de la vida divina (la gracia), el desorden de la naturaleza humana inclinada al mal (aunque manteniendo la libertad) y la muerte. Ad\u00e1n hab\u00ed\u00ada recibido la \u00abjusticia\u00bb o vida divina (junto con otros dones especiales de integridad e inmortalidad) no s\u00f3lo para s\u00ed\u00ad, sino tambi\u00e9n para sus descendientes. La naturaleza humana no qued\u00f3 totalmente corrompida, sino que perdi\u00f3 los dones especiales que hab\u00ed\u00ada recibido y qued\u00f3 debilitada.<\/p>\n<p>\tEl pecado cometido por los primeros padres \u00abes (en ellos) un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitir\u00e1n en estado ca\u00ed\u00addo\u00bb (CEC 404; cfr. Trento, ses. 5\u00c2\u00aa, DS 1511-1512). Nuestro pecado original heredado (en el primer momento de nuestra concepci\u00f3n humana) \u00abes un pecado \u2020\u0153contra\u00ed\u00addo\u2020\u009d, \u00abno cometido\u2020\u009d, un estado y no un acto\u00bb (CEC 404). En el primer momento de nuestro existir, no tuvimos la gracia santificante que Dios quer\u00ed\u00ada para todo ser humano. Mar\u00ed\u00ada, la Inmaculada, es una excepci\u00f3n, \u00aben previsi\u00f3n de los m\u00e9ritos de su Hijo\u00bb (LG 53).<\/p>\n<p>\tPor el bautismo se borra en nosotros el pecado original y se recibe la gracia de Cristo. Al primer Ad\u00e1n se le concedi\u00f3 posteriormente tambi\u00e9n esta gracia, pero ya como fruto de la redenci\u00f3n. Dios tiene caminos desconocidos por nosotros, para comunicar esta misma gracia a todos los hombres redimidos. La misi\u00f3n es el anuncio de esta salvaci\u00f3n en Cristo y de los medios que \u00e9l ha establecido en su Iglesia, especialmente el bautismo, que es don y llamada para todos los pueblos. El mundo ha sido salvado del pecado por la redenci\u00f3n de Cristo, \u00fanico Salvador.<\/p>\n<p>Referencias Bautismo, gracia, Inmaculada, limbo, pecado, redenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Lectura de documentos GS 13; CEC 385-421.<\/p>\n<p>Bibliograf\u00ed\u00ada H. HAAG, El pecado original en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia (Madrid, FAX, 1969); M. FLICK, Z. ALSZEGHY, El hombre bajo el signo del pecado. Teolog\u00ed\u00ada del pecado original (Salamanca,S\u00ed\u00adgueme, 1972); P. GRELOT, El problema del pecado original (Barcelona, Herder, 1970); L.F. LADARIA, Teolog\u00ed\u00ada del pecado original y de la gracia ( BAC, Madrid, 1993)<\/p>\n<p>(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelizaci\u00f3n,  BAC, Madrid, 1998)<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Evangelizaci\u00f3n<\/b><\/p>\n<p>1. Los datos de la fe.- Los textos expl\u00ed\u00adcitos de la sagrada Escritura que se refieren a la realidad del pecado original son Gn 3 y Rom 5,12-21. El relato de Gn 3 pertenece al g\u00e9nero sapiencial y etiol\u00f3gico, cuya finalidad es la de explicar la condici\u00f3n humana actual, indicando sus causas. Su ense\u00f1anza es que la miseria actual de la humanidad  tuvo su origen en el pecado, presente en la humanidad desde sus comienzos: pero este pecado fue igualmente superado desde los comienzos por la misericordia divina que perdona. En Rom 15,12-21, el ap\u00f3stol Pablo, para demostrar la universalidad y la eficacia de la redenci\u00f3n de Cristo, fuente \u00fanica de vida, instituye un paralelismo entre la obra de Ad\u00e1n pecador y la de Cristo. La primera establece el r\u00e9ino del pecado y de la muerte: la segunda, el de la gracia y la vida. El paralelismo entre los dos. Adanes tiene que considerarse en funci\u00f3n de la eficacia y de la sobreabundancia salv\u00ed\u00adfica de Cristo, respecto a la que puede considerarse como la eficacia del reino del pecado. As\u00ed\u00ad pues, la sagrada Escritura constituye el fundamento del dogma del pecado original, en cuanto que presenta una imagen de la condici\u00f3n humana que no corresponde a la intenci\u00f3n creadora de Dios, De esta condici\u00f3n de pecado el hombre puede liberarse s\u00f3lo por medio de la ayuda de Dios.<\/p>\n<p>En la doctrina patristica preagustiniana sobre la condici\u00f3n de la que Cristo nos libera, considerada en su conjunto y no en sus autores concretos, se encuentran algunos elementos te\u00f3ricos y una tradici\u00f3n pr\u00e1ctica. Los elementos te\u00f3ricos son las consideraciones sobre la \u00abcorrupci\u00f3n hereditaria\u00bb, sobre el \u00abdominio de la concupiscencia\u00bb, sobre el hecho de que \u00abtodos hemos pecado en Ad\u00e1n \u00ab. En la pr\u00e1ctica tradicional se recurre al bautismo de los ni\u00f1os, admninistrado para sumergirlos en el misterio de la muerte y resurrecci\u00f3n de Cristo, y por consiguiente para santificarlos- y consagrarlos, pero tambi\u00e9n para librarlos de un pecado no personal. San Agust\u00ed\u00adn acu\u00f1\u00f3 el t\u00e9rmino t\u00e9cnico de \u00abpecado original\u00bb y expuso su doctrina de manera sistem\u00e1tica con ocasi\u00f3n de la controversia antipelagiana, apelando a Rom 5, a la praxis del bautismo de los ni\u00f1os y a otros testimonios de la Tradici\u00f3n. E1 desarrollo de la reflexi\u00f3n sobre el  pecado original llev\u00f3 a Agust\u00ed\u00adn a subrayar m\u00e1s bien el aspecto negativo (universalidad del pecado) que el positivo (la universalidad del ofrecimiento de la salvaci\u00f3n). El Magisterio eclesi\u00e1stico se pronunci\u00f3 sobre el pecado original en el concilio de Cartago (418), que conden\u00f3 los errores de Pelagio; en el concilio de Orange (529), que acab\u00f3 con la controversia semipelagiana; en el concilio de Trento que, en la quinta sesi\u00f3n (1546), recogi\u00f3 los contenidos anteriores de los concilios y los complet\u00f3 teniendo en cuenta las exigencias de la \u00e9poca. Los datos dogm\u00e1ticos que se deducen de los textos de los concilios se pueden resumir de esta manera: a) la condici\u00f3n de existencia del hombre se hizo peor, no s\u00f3lo respecto a su realidad f\u00ed\u00adsica (el cuerpo y, por consiguiente, la muerte), sino tambi\u00e9n respecto a su vida moral (muerte del alma, herida de la libertad, etc.); b) el responsable de esta condici\u00f3n es el hombre, no Dios. Efectivamente, el concilio de Orange afirma que, si no se admitiese que el pecado mismo de Ad\u00e1n fue contra\u00ed\u00addo de alguna manera por todo el g\u00e9nero humano, sino que s\u00f3lo se incurri\u00f3 en la pena (la muerte f\u00ed\u00adsica), se atribuir\u00ed\u00ada a Dios una injusticia; c) esta condici\u00f3n se transmite por generaci\u00f3n o propagaci\u00f3n, y no por simple imitaci\u00f3n. En contra de la teor\u00ed\u00ada luterana de la atribuci\u00f3n extr\u00ed\u00adnseca, se precisa que el pecado original est\u00e1 en cada uno de los seres humanos como \u00abalgo propio suyo\u00bb y se insiste en la necesidad absoluta de Cristo para la salvaci\u00f3n; d) la condici\u00f3n pecadora, causada por el pecado de Ad\u00e1n, \u00abuno en su origen\u00bb, queda borrada por el bautismo, que borra y no solamente hace que no sea imputable la culpa contra\u00ed\u00adda.<\/p>\n<p>2. La teolog\u00ed\u00ada.- A la luz de los datos de la Sagrada Escritura y de la Tradici\u00f3n, se pueden hacer las siguientes reflexiones de car\u00e1cter teol\u00f3gico. El fundamento del dogma es una afirmaci\u00f3n cristol\u00f3gica y eclesiol\u00f3gica, seg\u00fan la cual el hombre, que tiene absolutamente necesidad de la gracia, concedida en el sacramento por la Iglesia, queda verdaderamente liberado del pecado por esta gracia. Esta afirmaci\u00f3n es totalmente v\u00e1lida por s\u00ed\u00ad misma, mientras que lo dem\u00e1s se pronuncia en funci\u00f3n de ella. Por consiguiente, esta afirmaci\u00f3n puede considerarse como el n\u00facleo central de la doctrina sobre el pecado original.<\/p>\n<p>En segundo lugar deben colocarse las afirmaciones antropol\u00f3gicas sobre el pecado: la muerte del alma de la que nos libera la gracia, el pecado uno por su origen, transmitido por generaci\u00f3n y que afecta a cada uno como algo propio suyo. Estas afirmaciones antropol\u00f3gicas encierran un mensaje, expresado en un lenguaje teol\u00f3gico, elaborado hist\u00f3ricamente dentro de la pol\u00e9mica con las desviaciones de los herejes. Por eso mismo se resiente inevitablemente de las contingencias hist\u00f3ricas.<\/p>\n<p>En tercer lugar deben colocarse las afirmaciones etiol\u00f3gicas que caracterizan a este pecado, en relaci\u00f3n con el relato de su origen. Utilizan el lenguaje del libro del G\u00e9nesis, dentro del supuesto t\u00e1cito de que tiene que ser interpretado en clave hist\u00f3rica. Pero este problema no se plante\u00f3 expresamente, ya que en tiempos del concilio de Trento no se formul\u00f3 el problema de la hominizaci\u00f3n ni el de la interpretaci\u00f3n del G\u00e9nesis. En este tercer nivel hay que colocar todas las cuestiones que s. e refieren a la especie del pecado inicial y a la singularidad hist\u00f3rica de Ad\u00e1n, Desde el punto de vista teol\u00f3gico, la fe en el pecado original no ha encontrado todav\u00ed\u00ada un reflexi\u00f3n conceptual suficiente. La formulaci\u00f3n agustiniana es muy problem\u00e1tica, dado el ocaso del horizonte cultural en que madur\u00f3. Las nuevas formulaciones de los te\u00f3logos contempor\u00e1neos todav\u00ed\u00ada son inciertas y carecen de un reconocimiento magisterial expl\u00ed\u00adcito. Pero, seg\u00fan una inteligencia creyente de la condici\u00f3n humana, hay que observar que el dato primario de la experiencia cristiana no es el pecado, sino la \u00abgracia\u00bb, es decir la bondad gratuita de Dios que se nos dio por medio de Cristo y que se nos sigue dando por medio de la sacramentalidad de la Iglesia. Es posible comprender la gravedad del pecado por la grandeza del amor divino que se vio rechazado. Una vez afirmado este dato primordial, el pecado se presenta inevitablemente como lo que se contrapone al \u00bb misterio de elecci\u00f3n n, como la otra cara de la medalla, que copia las l\u00ed\u00adneas, al rev\u00e9s, del misterio de la gracia. Se presenta como \u00abruptura con Dios\u00bb, como estado de alejamiento del amor divino, y como \u00abruptura humanan, ya que el hombre anda dividido dentro de s\u00ed\u00ad en sus instintos de posesi\u00f3n y de dominio, en sus ego\u00ed\u00adsmos. La perspectiva cristoc\u00e9ntrica de la historia humana tiene como consecuencia directa un optimismo salv\u00ed\u00adfico. En efecto, si es verdad que los hombres nacen en un mundo marcado por el pecado y por sus consecuencias, es igualmente verdad que nacen en un mundo en el que est\u00e1 presente la gracia de Cristo que, como dice san Pablo, es m\u00e1s fuerte que el pecado.<\/p>\n<p>En la predicaci\u00f3n y en la catequesis no est\u00e1 contraindicado designar el pecado original originado como una alienaci\u00f3n de Dios, como una incapacidad de orientar la existencia hacia Dios, etc.; y el pecado original originante como pecado de la humanidad y pecado del hombre. Estas expresiones dejan en la sombra las cuestiones que no han sido resueltas por la revelaci\u00f3n y que designan acertadamente la cat\u00e1strofe que pesa sobre todos los hombres, incluso antes de su toma de posici\u00f3n original.<br \/>\nI Sanna<\/p>\n<p>Bibl.: p, Schoonenberg, El hombre en pecado, en MS. 11, 946-1042; P Grelot, El problema del pecado original, Herder, Barcelona 1970; H. Haag, El pecado original en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia, FAX, Madrid 1969; M. Flick &#8211; Z. Alszeghy, El hombre bajo el signo del pecado. Teolog\u00ed\u00ada del pecado original, S\u00ed\u00adgueme, Salamanca 1972; L. Ladaria, Teolog\u00ed\u00ada del pecado original y de la gracia, BAC, Madrid 1993, 55-131.<\/p>\n<p>PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teol\u00f3gico Enciclop\u00e9dico, Verbo Divino, Navarra, 1995<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario Teol\u00f3gico Enciclop\u00e9dico<\/b><\/p>\n<p>I. Introducci\u00f3n<br \/>\n1. La doctrina fundamental cristiana sobre el p. o. tropieza hoy d\u00ed\u00ada con una triple mala inteligencia. a) El p. o. es sentido como contradicci\u00f3n al modo que el hombre actual tiene de entenderse a s\u00ed\u00ad mismo como \u00aboriginariamente\u00bb bueno y sano por su esencia y naturaleza. Las actuales deficiencias individuales y sociales del hombre ser\u00ed\u00adan productos secundarios de la cultura y de la sociedad o \u00abfen\u00f3menos de fricci\u00f3n\u00bb en la evoluci\u00f3n humana, inevitables desde luego, pero progresivamente superables. De ah\u00ed\u00ad que el hombre de nuestros d\u00ed\u00adas aspire a un estado de dicha y de liberaci\u00f3n de todas estas deficiencias, estado que se considera inmanente y al alcance de las propias fuerzas. A todo esto contradecir\u00ed\u00ada el p. o. como existencial permanente del hombre. b) El p. o. (por lo general, naturalmente, bajo otros conceptos: el absurdo de la existencia, etc.) es identificado simplemente con la esencia (tr\u00e1gica) del hombre (su finitud, etc.) y considerado como una realidad insuperable que va inherente a aqu\u00e9lla y, por tanto, no puede explicarse por un acontecimiento primigenio de los comienzos de la humanidad.<\/p>\n<p>Significa m\u00e1s bien que el hombre es una \u00abconstrucci\u00f3n fallida\u00bb e insuperable como contradicci\u00f3n tr\u00e1gica (todas las formas del existencialismo pesimista). c) Aun entre cristianos, por falsa interpretaci\u00f3n de la doctrina de la Iglesia, el p. o. es equipara-do un\u00ed\u00advocamente con el pecado personal; ciertamente, no en cuanto a su causa, pero s\u00ed\u00ad en cuanto a la esencia del pecado \u00abhabitual\u00bb. La problem\u00e1tica que de ah\u00ed\u00ad se deriva (de una \u00abculpa colectiva\u00bb que opera desde fuera), hace luego que el p. o. se admita como \u00abmisterio\u00bb o se rechace como contradictorio en s\u00ed\u00ad mismo. Otras tergiversaciones secundarias o interpretaciones unilaterales ser\u00e1n mencionadas posteriormente.<\/p>\n<p>2. Por esa situaci\u00f3n en que se halla la doctrina del p. o. se comprende, aunque no se justifique, que esta doctrina s\u00f3lo desempe\u00f1a un papel muy modesto en la actual predicaci\u00f3n cristiana. Naturalmente, no es negada en la Iglesia (como en ciertos sectores de la teolog\u00ed\u00ada protestante), pero queda atrofiada y reducida en gran parte a mera verdad de catecismo, que se menciona en su lugar correspondiente, pero es luego olvidada en la vida y en la predicaci\u00f3n ordinaria. Por desgracia, apenas conserva ya hoy d\u00ed\u00ada fuerza real para imprimir su cu\u00f1o en la interpretaci\u00f3n de la existencia del hombre actual.<\/p>\n<p>Esto procede tambi\u00e9n de que, por una parte, se sienten como cosa \u00abnatural\u00bb y, en consecuencia, evidentes de por s\u00ed\u00ad la -\u00bb concupiscencia y la -> muerte, de modo que es dif\u00ed\u00adcil ligar a ellas la experiencia del p. o. del hombre; y, por otra, el p. o. se considera borrado de tal forma por el -> bautismo, que ya s\u00f3lo resulta problema existencial respecto de los ni\u00f1os no bautizados (limbo). Si esta situaci\u00f3n de la predicaci\u00f3n ordinaria ha de verse como una problem\u00e1tica abreviaci\u00f3n de la doctrina sobre el p. o., ello no quiere decir que la anterior relaci\u00f3n existencial de la cristiandad con el p. o., la cual se extiende hasta muy entrada la \u00e9poca de la reforma y hasta la religiosidad de tipo jansenista, haya de ser hoy d\u00ed\u00ada, en todos los aspectos, norma y modelo para nosotros.<\/p>\n<p>Efectivamente, a partir de Agust\u00ed\u00adn, esa doctrina estuvo de hecho ligada con una tendencia pesimista (concepci\u00f3n tr\u00e1gica del hombre) y con un particularismo de la salvaci\u00f3n, queno se identifican con el dogma mismo del p. o. Este no designaba un factor en la interpretaci\u00f3n de la existencia del hombre, que est\u00e1 envuelta siempre y de antemano por la universal voluntad salv\u00ed\u00adfica de Dios (-> salvaci\u00f3n) y la poderosa gracia de Cristo, sino la situaci\u00f3n de todos, de la que una gracia posterior salva s\u00f3lo a unos pocos. La universalidad del p. o. quedaba m\u00e1s clara que la de la redenci\u00f3n, sobre todo porque no se supo transformar abiertamente la universalidad de la voluntad salv\u00ed\u00adfica de Dios y de la muerte de Cristo \u00abpor todos\u00bb los hombres en un -> existencial de cada hombre, interno a \u00e9l anteriormente a su -a justificaci\u00f3n; y as\u00ed\u00ad se cre\u00ed\u00ada que la redenci\u00f3n universal de Cristo s\u00f3lo entra en acci\u00f3n para cada hombre cuando se realiza el proceso mismo de la justificaci\u00f3n o se recibe el bautismo.<\/p>\n<p>II. Historia del dogma del pecado original<br \/>\nLa doctrina sobre el p. o., que s\u00f3lo muy breve y aisladamente aparece en la Escritura (cf. luego), no adquiere un desenvolvimiento efectivo hasta Agust\u00ed\u00adn (aqu\u00ed\u00ad hallamos el concepto de peccatum originale). La patr\u00ed\u00adstica griega, con su teor\u00ed\u00ada de la -> redenci\u00f3n por la encarnaci\u00f3n y absorta en la lucha contra el pesimismo y determinismo gn\u00f3stico y maniqueo, no mostr\u00f3 mucho inter\u00e9s por la doctrina sobre el p. o. (aunque no la silenci\u00f3 de lleno). En su lucha contra la negaci\u00f3n pelagiana del p. o., Agust\u00ed\u00adn apela a la Escritura y a la pr\u00e1ctica del bautismo de ni\u00f1os. Acent\u00faa la obligaci\u00f3n de creer en el dogma del p. o. y la universalidad del mismo; ve su esencia en la concupiscencia, que aparta de Dios mientras no se borre por el bautismo el reato de culpa inherente a ella. El p. o. se transmite, seg\u00fan \u00e9l, por la libido, o sea, por el placer de los padres en el acto de la generaci\u00f3n. Esta doctrina va unida con la afirmaci\u00f3n de un particularismo de la salvaci\u00f3n eterna: Por justo juicio de Dios, la mayor\u00ed\u00ada de los hombre son dejados en la massa damnata constituida por el p. o. En cuanto la concupiscencia inficiona todos los actos del pecador, todos esos actos son \u00abpecado\u00bb (lo que no significa necesariamente que sean nuevos pecados). La distinci\u00f3n interna entre p. o. y pecado personal no est\u00e1 a\u00fan elaborada en Agust\u00ed\u00adn (las consecuencias ultraterrenas de ambos son las mismas).<\/p>\n<p>Al esclarecerse el concepto de gracia sobrenatural y habitual como gratia beatificans y elaborarse con mayor precisi\u00f3n la doctrina sobre la iustitia originalis (como fundada esencialmente en la gracia santificante), durante la edad media (desde Anselmo de Canterbury) la esencia del p. o. se cifr\u00f3 m\u00e1s y m\u00e1s en la carencia de la gracia santificante por culpa del pecado de Ad\u00e1n, de suerte que en adelante la concupiscencia ya s\u00f3lo aparece como consecuencia o como elemento material del p. o. (Tom\u00e1s de Aquino); y as\u00ed\u00ad se comprende f\u00e1cilmente por qu\u00e9 \u00e9ste se borra realmente en el bautismo aunque permanezca aqu\u00e9lla. El concilio de Trento define (con los reformadores) un p. o. interno y real en todos (excepto -> Mar\u00ed\u00ada), que ha sido causado por el pecado personal de Ad\u00e1n, se borra verdaderamente por la justificaci\u00f3n y (contra los reformadores) no consiste en la concupiscencia, ya que \u00e9sta persiste en los justificados, sino en la carencia de la -> justicia y -> santidad originales, que seg\u00fan el concilio se confieren como una realidad interna y habitual por la gracia de la justificaci\u00f3n. La teolog\u00ed\u00ada postridentina elabora diversas teor\u00ed\u00adas para explicar por qu\u00e9 la ausencia efectiva de esta gracia en nosotros, en cuanto descendemos de Ad\u00e1n, no s\u00f3lo es secuela del pecado, ni s\u00f3lo es una ca\u00ed\u00adda negativa, sino tambi\u00e9n algo que no debe existir en nosotros, es decir, c\u00f3mo y por qu\u00e9 se nos imputa el pecado de Ad\u00e1n. En la teolog\u00ed\u00ada se ense\u00f1a y recalca de muy atr\u00e1s la mera coincidencia anal\u00f3gica del p. o. con el pecado personal, pero en la teolog\u00ed\u00ada sistem\u00e1tica no siempre se mantiene suficientemente esta idea.<\/p>\n<p>III. Teolog\u00ed\u00ada sistem\u00e1tica<br \/>\n1. Reflexiones previas<br \/>\na) El p. o. es ciertamente un -> misterio que no puede analizarse de manera racionalista; pero s\u00ed\u00ad que puede preguntarse cu\u00e1l es objetiva y te\u00f3ricamente la verdadera raz\u00f3n de este misterio. Su esencia no tiene por qu\u00e9 consistir en una incomprensible imputaci\u00f3n del pecado personal del primer hombre, o en una culpa colectiva, pues ambas cosas llevan a la contradicci\u00f3n y no son requeridas por el dogma. La verdadera raz\u00f3n de dicho misterio radica en el car\u00e1cter misterioso de la -> gracia santificante como comunicaci\u00f3n del Dios esencialmente santo. En cuanto esta comunicaci\u00f3n del Dios santo, el \u00fanico que lo es esencial u ontol\u00f3gicamente, antecede como gracia a la libre decisi\u00f3n de la criatura ambivalente (y en consecuencia no santa por esencia), se da ya con ella una santidad del hombre, que precede a la bondad moral (\u00absantidad\u00bb) de la decisi\u00f3n de la -> libertad y (donde es aceptada libremente) concede a \u00e9sta y al estado que de ella se sigue una cualidad santa que no tiene por s\u00ed\u00ad misma.<\/p>\n<p>De ah\u00ed\u00ad que la ausencia indebida de esta \u00absantidad\u00bb precedente a la decisi\u00f3n moral (el no estar dotado del Pneuma santo de Dios) funde un estado o situaci\u00f3n de no-santidad, que antecede a la -> decisi\u00f3n moral del individuo. Pero aqu\u00ed\u00ad tiene que hacerse inteligible c\u00f3mo puede pensarse este \u00abdeber ser\u00bb de la santidad de Dios en el hombre individual sin transformarse en una exigencia moral inmediata, la cual no tendr\u00ed\u00ada sentido respecto de un hombre que sin culpa propia es incapaz de cumplirla. Por estar as\u00ed\u00ad fundado el misterio del p. o. en el misterio de la gracia santificante, se comprende tambi\u00e9n por qu\u00e9 raz\u00f3n la doctrina propiamente dicha sobre el p. o. s\u00f3lo aparece en la Escritura (en la historia de la -> revelaci\u00f3n) cuando se trata expl\u00ed\u00adcitamente de la divinizaci\u00f3n del hombre por el Pneuma de Dios.<\/p>\n<p>b) La mera analog\u00ed\u00ada que media entre el concepto de p. o. y el de pecado personal (grave) hoy d\u00ed\u00ada no es impugnada seriamente por ning\u00fan te\u00f3logo y no est\u00e1 excluida por la doctrina de la Iglesia. Pero debe tambi\u00e9n mantenerse resuelta y claramente, como veremos a\u00fan en lo que sigue. Dicha analog\u00ed\u00ada se refiere de antemano a todos los elementos que constituyen la esencia del pecado habitual: su causa (decisi\u00f3n extra\u00f1a y propia); su esencia interna (hecho previo como situaci\u00f3n de la libertad y permanencia de la decisi\u00f3n de la libertad); sus consecuencias (pena del pecado s\u00f3lo en sentido an\u00e1logo como fen\u00f3meno de carencia y pena del pecado como reacci\u00f3n contra la decisi\u00f3n personal definitiva); su relaci\u00f3n con la voluntad de Dios (voluntad del creador y voluntad del legislador que obliga personalmente); su relaci\u00f3n con la situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica (relaci\u00f3n dial\u00e9ctica de dos existenciales y relaci\u00f3n adial\u00e9ctica de la decisi\u00f3n de la libertad).<\/p>\n<p>c) El p. o. no puede ni debe entenderse como m\u00e1s universal y eficaz que la redenci\u00f3n por Cristo (cf. Rom 5, 15ss). A la postre no es temporalmente anterior a la redenci\u00f3n; pues, si bien el pecado personal de Ad\u00e1n fue temporalmente anterior a la acci\u00f3n redentora de Cristo, sin embargo el p. o. y el estado de redimido se comportan como dos existenciales de la situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica del hombre, los cuales determinan siempre la existencia humana, sobre todo si se puede admitir que el pecado s\u00f3lo fue permitido por Dios dentro del \u00e1mbito de su absoluta y m\u00e1s fuerte voluntad salv\u00ed\u00adfica, que desde el primer momento iba orientada hacia la comunicaci\u00f3n de s\u00ed\u00ad mismo en Cristo.<\/p>\n<p>2. El testimonio de la Escritura<br \/>\nAun cuando, seg\u00fan el relato etiol\u00f3gico del Antiguo Testamento (G\u00e9n 2, 8-3, 24), la p\u00e9rdida del trato familiar de los primeros padres con Dios, lo mismo que el trabajo, el dolor y la muerte se fundan en el pecado original de aqu\u00e9llos (pecado de origen), sin embargo el AT no conoce a\u00fan un p. o. en sentido estricto como consecuencia del pecado de origen. En los Evangelios tampoco hallamos m\u00e1s que alusiones a la ca\u00ed\u00adda; un estado originado por la ca\u00ed\u00adda de los primeros padres que pase a todos los hombres no aparece por ninguna parte. La afirmaci\u00f3n b\u00ed\u00adblica decisiva se halla en Pablo: 1 Cor 15, 21ss y sobre todo Rom 5, 12-21. En este \u00faltimo pasaje el ap\u00f3stol habla del p. o. (cf. el decreto del concilio de Trento [Dz 787-792]), en cuanto establece ante todo el paralelismo entre Ad\u00e1n y Cristo (o entre la acci\u00f3n de Ad\u00e1n y la de Cristo sobre todos los hombres [v. 18]) y de ambos deduce una situaci\u00f3n de perdici\u00f3n y de salvaci\u00f3n respectivamente, que es desde luego ratificada por cada uno, pero que antecede a esta toma de posici\u00f3n y determina realmente al hombre, haci\u00e9ndolo, por Ad\u00e1n, pecador ajeno al Pneuma (v. 19) y, por Cristo, objeto de la efectiva voluntad salv\u00ed\u00adfica de Dios (objetivamente redimido).<\/p>\n<p>Ser\u00ed\u00ada necesario que la teolog\u00ed\u00ada cat\u00f3lica, siguiendo el ejemplo de Pablo, entendiera m\u00e1s acentuadamente la redenci\u00f3n objetiva como algo que precede a la fe y a los sacramentos, como un -> existencial que determina interiormente al hombre; pues s\u00f3lo as\u00ed\u00ad se esclarece el paralelismo exacto entre la situaci\u00f3n de perdici\u00f3n que viene de Ad\u00e1n y la situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica que procede de Cristo, como se esclarecen igualmente la existencia de tal situaci\u00f3n en ambos casos previamente a la decisi\u00f3n individual y la ratificaci\u00f3n de una u otra situaci\u00f3n por el pecado personal (que Pablo ve juntamente en el v. 12) o por la fe.<\/p>\n<p>3. Doctrina de la Iglesia<br \/>\nEl p. o. (ense\u00f1ado ya por el concilio de Cartago del a\u00f1o 418: Dz 101ss; cf. tambi\u00e9n 174ss) fue tratado a fondo y en sentido dogm\u00e1tico por el concilio de Trento (Dz 787-792) que afirma la existencia de un pecado personal del primer hombre, en virtud del cual \u00e9ste perdi\u00f3 la santidad y justicia originarias y cay\u00f3 bajo el dominio del demonio y de la muerte y en un estado, en lo corporal y en lo espiritual, peor del que ten\u00ed\u00ada antes. Esa misma santidad y justicia la perdi\u00f3 tambi\u00e9n para nosotros, de suerte que pas\u00f3 a todos los hombres no s\u00f3lo la muerte, sino tambi\u00e9n el pecado (como habitual). Este pecado heredado (que se transmite por propagaci\u00f3n y no por imitaci\u00f3n) es en su origen uno solo, pero tambi\u00e9n es realmente propio de cada uno y s\u00f3lo se quita por la -> redenci\u00f3n de Cristo, de suerte que, por esa raz\u00f3n, el bautismo de los ni\u00f1os tiene importancia salv\u00ed\u00adfica. El reato de culpa del p. o. no se identifica con la concupiscencia, en tanto \u00e9sta permanece en el justificado. P\u00ed\u00ado xir acent\u00faa la importancia del &#8211; monogenismo para la doctrina sobre el pecado original (Dz 2328).<\/p>\n<p>4. S\u00ed\u00adntesis de la doctrina<br \/>\na) La creencia fundamental del cristianismo sobre la redenci\u00f3n y la gracia es que a todos se da la gracia divinizante, la cual perdona los pecados, pero de forma que: 1\u00c2\u00ba, se les da por raz\u00f3n de Cristo, y no simplemente porque son hombres o miembros de la humanidad (pensada sin Cristo); 2\u00c2\u00b0, y se les da tambi\u00e9n como gracia que perdona los pecados. Eso va implicado ya en la interpretaci\u00f3n misma que Jes\u00fas hace de su muerte expiatoria \u00abpor todos\u00bb, pensamiento que, propiamente, en el Nuevo Testamento es desarrollado, pero no ampliado substancialmente.<\/p>\n<p>b) Lo dicho incluye que el hombre no posee el Pneuma santificante de Dios (como ofrecido y aceptado) en cuanto es hombre y miembro de la humanidad. Pero subsiste respecto del hombre (como factor de la voluntad de Dios de divinizar la creaci\u00f3n por la comunicaci\u00f3n de s\u00ed\u00ad mismo) la voluntad divina de que \u00e9l posea el Esp\u00ed\u00adritu divinizante. Y esa voluntad (como concreta voluntad creadora) antecede a la exigencia moral que Dios plantea a la libertad del individuo.<\/p>\n<p>En este sentido, la ausencia del Esp\u00ed\u00adritu divinizante, de una parte, s\u00f3lo se concibe por culpa libre (pues en otro caso no podr\u00ed\u00ada entenderse tal ausencia, supuesta la mencionada voluntad santificadora de Dios); y, de otra parte, es contraria a dicha voluntad divina, aun en el caso en que \u00e9sta no pueda dirigirse a la responsabilidad del individuo libre como tal, porque en su libertad personal no es culpable de la privaci\u00f3n del Pneuma. Por ello, la ausencia (indebida en este sentido) previamente a la decisi\u00f3n personal de una gracia santificante de Dios tiene el car\u00e1cter de pecado bajo una acepci\u00f3n anal\u00f3gica: es un estado que no debiera ser (lo cual, como oposici\u00f3n a la voluntad creadora, podr\u00ed\u00ada referirse tambi\u00e9n a una mera consecuencia de la culpa), y un estado de falta de santidad ontol\u00f3gica con anterioridad a la decisi\u00f3n personal, el cual, a diferencia de las otras consecuencias del pecado que no privan de la santidad a su sujeto, debe ser caracterizado como pecado. Esta falta tambi\u00e9n en los descendientes del primer hombre, como estado que no debiera darse, naturalmente presupone que ha sido causada por una culpa; pues s\u00f3lo as\u00ed\u00ad puede existir como consecuencia del pecado contra la voluntad creadora de Dios. Ese presupuesto supone a la vez como su propia condici\u00f3n que Dios estaba dispuesto a dar a los hombres la gracia (en subordinaci\u00f3n y dependencia de Cristo) en la unidad del g\u00e9nero humano y de su primigenia \u00ab-> alianza\u00bb con aqu\u00e9l; y estaba dispuesto a d\u00e1rsela en cuanto descendientes del primer hombre en gracia. Pero como Dios a nadie debe la gracia, puede ligar este segundo presupuesto a cualquier condici\u00f3n razonable y, consiguientemente, tambi\u00e9n a la fidelidad del primer hombre. Si la prueba falla, los hombres reciben la oferta del Esp\u00ed\u00adritu divino no como \u00abhijos de Ad\u00e1n\u00bb, sino solamente por causa de Cristo, para el que, como cabeza de la humanidad, permanece firme la voluntad de Dios a pesar del pecado. El Pneuma divino no llega a los hombres como hijos de Ad\u00e1n, que est\u00e1n en una conexi\u00f3n corporal e hist\u00f3rica con el comienzo de la humanidad. Los descendientes del primerhombre reciben generatione el pecado hereditario, sin que la manera de esta conexi\u00f3n (generaci\u00f3n normal, libidinosa; fecundaci\u00f3n artificial) desempe\u00f1e papel alguno.<\/p>\n<p>c) En tanto esta falta del Pneuma, que no debiera darse, es un estado interno propio de cada hombre &#8211; por cuanto todos pertenecen al mismo linaje humano -, se habla con raz\u00f3n de un p. o. interior, propio de cada uno.<\/p>\n<p>d) En cuanto el Esp\u00ed\u00adritu como salvaci\u00f3n del hombre entero tiene una din\u00e1mica capaz de superar la muerte por la transfiguraci\u00f3n del cuerpo (Rom 8, 11; 1 Cor 15, 45), y de superar la muerte en sentido universal (\u00abla segunda muerte\u00bb), con inclusi\u00f3n de la la manera concreta de acabar la vida humana; la falta del Pneuma significa la ausencia de una din\u00e1mica superadora de la muerte, lo cual repercute tambi\u00e9n en la forma concreta de la misma. Ahora bien, no por eso podemos decir con exactitud qu\u00e9 es, en lo experimentado por nosotros como muerte (la cual, evidentemente, por la esencia del hombre como corporeidad biol\u00f3gica y naturaleza libre es con necesidad terminaci\u00f3n de esta vida), aquella forma concreta de la muerte no se habr\u00ed\u00ada dado si la vitalidad pneum\u00e1tica se hubiera desarrollado desde el principio sin el impedimiento de la culpa (la de Ad\u00e1n y la nuestra).<\/p>\n<p>A partir de ah\u00ed\u00ad hay que entender la afirmaci\u00f3n de que la muerte es consecuencia (y manifestaci\u00f3n) del p. o. Con ello no se niega que la muerte sea tambi\u00e9n \u00absueldo\u00bb de nuestro propio pecado, ni se dice que, sin el pecado, el hombre no hubiera conocido t\u00e9rmino de su vida biol\u00f3gica (cf. 1 Cor 15, 50-53); como tampoco se niega que, medida en nuestra propia -> naturaleza, la muerte (aun en su forma concreta) sea \u00abnatural\u00bb (Dz 1024 1026 1055), o que la muerte en su forma concreta se transforme, por la gracia dada al justo, de manifestaci\u00f3n del pecado en un padecer con Cristo para superar el pecado y sus consecuencias.<\/p>\n<p>e) Lo que acabamos de decir sobre la relaci\u00f3n entre el p. o. y la muerte, puede afirmarse tambi\u00e9n de la relaci\u00f3n entre el p. o. y la concupiscencia. En ambos casos hemos de considerar que, medidas en la \u00abnaturaleza\u00bb del hombre, muerte y concupiscencia son desde luego naturales; pero ello no excluye que una y otra sean una contradicci\u00f3n a la esencia concreta del hombre y signos de que no se ha consumado la victoria de la gracia, en cuanto que las dos se hallan en oposici\u00f3n al existencial sobrenatural de la gracia (ofrecida), que debiera estar presente. Esta tiende a la superaci\u00f3n de la concupiscencia y de la muerte y, dentro del orden infralapsario, en el proceso hist\u00f3rico de su evoluci\u00f3n y de la integraci\u00f3n del ser humano, comienza en un punto en que muerte y concupiscencia no est\u00e1n a\u00fan superadas. As\u00ed\u00ad, pues, aunque es cierto que, incluso bajo el p. o., el hombre permanece lo que es por \u00abnaturaleza\u00bb (Dz 1055), sin embargo, \u00e9l puede sentirse \u00abherido\u00bb y \u00abdisminuido\u00bb en sus facultades naturales (Dz 788), si se experimenta y mide por las exigencias que le confiere el existencial sobrenatural de su ordenaci\u00f3n a la vida dei Dios mismo por la gracia y la experiencia (no refleja) de \u00e9sta.<\/p>\n<p>f) Como quiera que la posesi\u00f3n de la gracia en esta vida constituye una condici\u00f3n de la salvaci\u00f3n definitiva, se requiere que sea borrado el p. o. para alcanzar la salvaci\u00f3n eterna (Dz 791). No vamos a investigar aqu\u00ed\u00ad por qu\u00e9 clase de medios puede conseguirse esto: -> bautismo sacramental y de deseo, -> limbo.<\/p>\n<p>g) A pesar de su car\u00e1cter de verdadero pecado interno (aunque en un sentido anal\u00f3gico), el p. o. (con la concupiscencia y la muerte) puede entenderse como \u00absituaci\u00f3n\u00bb del hombre, si queremos caracterizarlos breve e inteligiblemente en su diferencia respecto del pecado personal. Una situaci\u00f3n existencial no significa necesariamente algo externo al hombre, sino que abarca todo lo que, como condici\u00f3n y material, antecede a la decisi\u00f3n de la libertad. Ahora bien, esa situaci\u00f3n en que se encuentra la decisi\u00f3n de la libertad por la perdici\u00f3n o la salvaci\u00f3n incluye que, a partir de Ad\u00e1n, no se le ofrezca al hombre la gracia como contenido y medio de la decisi\u00f3n salv\u00ed\u00adfica exigida de \u00e9l (la esencia del p. o.), y que esta decisi\u00f3n, posible para el hombre ca\u00ed\u00addo en virtud de la gracia procedente de Cristo, haya de realizarse bajo la concupiscencia (por causa de la cual la \u00ab-> ley\u00bb no puede ser desde dentro pura expresi\u00f3n del querer pneum\u00e1tico, y as\u00ed\u00ades experimentada como \u00abdeber\u00bb de esclavo) y con mira a la muerte concreta.<\/p>\n<p>De ah\u00ed\u00ad que el hombre (aun como justificado) est\u00e9 en constante tentaci\u00f3n, por obra de estas dos \u00abvirtudes y potestades\u00bb, de ratificar por culpa personal su carencia adam\u00ed\u00adtica de la gracia y hacer de esa carencia el verdadero sentido de su existencia. Por el hecho de que tambi\u00e9n el justificado todav\u00ed\u00ada permanece de por vida en la situaci\u00f3n de la muerte y la concupiscencia &#8211; aunque por la gracia y su aceptaci\u00f3n no tenga ya el p. o. como estado de culpa &#8211; existencialmente \u00e9l tiene que \u00abhab\u00e9rselas\u00bb siempre con el pecado original.<\/p>\n<p>h) Cuando se habla del p. o. hay que pensar siempre que la situaci\u00f3n de perdici\u00f3n inherente al mismo, gracias a la universal e intralapsaria voluntad salv\u00ed\u00adfica de Dios, en todo momento y lugar es distinta (no s\u00f3lo por el bautismo) de lo que ser\u00ed\u00ada si el hombre no fuera m\u00e1s que descendiente del Ad\u00e1n pecador. El ofrecimiento de la comunicaci\u00f3n de Dios mismo al hombre subsiste desde Cristo y hacia Cristo a pesar de nuestra descendencia adam\u00ed\u00adtica. Esta voluntad salvadora no s\u00f3lo persiste para todos los hombres en los designios de Dios, sino que significa (\u00abterminativamente\u00bb) un existencial permanente, un factor en la situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica de cada hombre, y se manifiesta en que, en una situaci\u00f3n de decisi\u00f3n moral, a cada hombre le es dada la posibilidad de un acto saludable por esa gracia ofrecida.<\/p>\n<p>As\u00ed\u00ad, pues, con anterioridad a la decisi\u00f3n (por la fe y el amor, o por la culpa personal), la situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica del hombre est\u00e1 determinada dial\u00e9cticamente: \u00e9l es un pecador originario desde Ad\u00e1n y un redimido de cara a Cristo. Por la libre decisi\u00f3n personal se supera en una u otra direcci\u00f3n la situaci\u00f3n dial\u00e9ctica de la libertad: el hombre se ratifica libremente, o como pecador originario por la culpa personal, o como redimido por la -> fe y el -> amor. Ninguna de las dos decisiones suprime simple y absolutamente el existencial contra el que uno se ha decidido (el hombre permanece siempre en la situaci\u00f3n de la concupiscencia y de la muerte y en la situaci\u00f3n de redenci\u00f3n); pero seg\u00fan la decisi\u00f3n, al aceptar una u otra realidad situacional previamente dada, el hombre se hace en verdad (adial\u00e9cticamente) bueno o malo ante Dios, y esta realidad previamente dada queda as\u00ed\u00ad determinada ella misma por la libertad.<\/p>\n<p>i) El p. o. no es simplemente, ni siquiera para el bautizado, asunto de mero pasado, superado por el -> bautismo y la -> justificaci\u00f3n. El p. o. significa permanentemente que la salvaci\u00f3n eterna y la gracia, no s\u00f3lo por su origen \u00abtrascendente\u00bb en Dios, sino tambi\u00e9n por su condicionamiento categorial e hist\u00f3rico a partir de Cristo, son favor indebido que acontece hist\u00f3ricamente (historia de la -> salvaci\u00f3n) y no un existencial absolutamente necesario del hombre; significa que esta gracia de Cristo como fin de la historia, no existe desde el comienzo de la misma, desde Ad\u00e1n, y as\u00ed\u00ad el t\u00e9rmino de la historia supera realmente su comienzo. El p. o. es tambi\u00e9n la f\u00f3rmula cristiana abreviada para la visi\u00f3n fundamental que la teolog\u00ed\u00ada de la historia tiene de c\u00f3mo no es posible suprimir la situaci\u00f3n (determinada juntamente por la culpa) de la muerte, de la concupiscencia, de la ley, de la inutilidad, de una imposibilidad emp\u00ed\u00adrica (que acarrea para nosotros la concupiscencia) de separar el bien y el mal en la historia, imposibilidad que no cabe eliminar; pues, por pertenecer al principio, tambi\u00e9n pertenece permanentemente a la constituci\u00f3n de toda historia, incluso de la venidera. El \u00abpara\u00ed\u00adso\u00bb no es ya un fin asequible en este mundo; la utop\u00ed\u00ada de producirlo, como hybris culpable en s\u00ed\u00ad misma, llevar\u00ed\u00ada a lo contrario de lo pretendido.<\/p>\n<p>Mas con ello no se condena al cristiano a una resignaci\u00f3n pasiva (ni individual ni colectivamente). Porque, de una parte, la fuerza de la gracia, que escatol\u00f3gicamente supera tambi\u00e9n el dolor y la muerte, est\u00e1 operando ya dondequiera; y, de otra parte, por su activa planificaci\u00f3n y configuraci\u00f3n del futuro en la justicia y el amor, el cristiano debe producir en la historia una manifestaci\u00f3n concreta que d\u00e9 testimonio de esta presencia de la gracia. La doctrina sobre el p. o. es una exhortaci\u00f3n a cumplir este deber y a la vez una advertencia de que esa tarea no puede consumarse dentro del mundo.<\/p>\n<p>j) Ulteriores preguntas relacionadas con el p. o. son tratadas en otros lugares: -> monogenismo, estados del -> hombre, -> concupiscencia. Adem\u00e1s, si se piensa claramente la interdependencia ya aqu\u00ed\u00ad insinuada entre p. o. y pecado personal, si por tanto se entiende que el p. o. tiene su propia historia en la historia del \u00abpecado del mundo\u00bb (sin que por ello el p. o. se convierta simplemente en la suma de los pecados de todos); entonces nada se opone a que este \u00abpecado del mundo\u00bb &#8211; el cual de manera inmediata quiz\u00e1 hoy d\u00ed\u00ada puede experimentarse existencialmente como el p. o. en cuanto tal &#8211; pase a ser el punto de partida para la doctrina de la condici\u00f3n pecadora del hombre, abordando desde ah\u00ed\u00ad la cuesti\u00f3n del p. o., que es el \u00abprincipio\u00bb en un sentido muy singular (es decir, no s\u00f3lo como primer momento temporal: -> principio y fin) de dicho \u00abpecado del mundo\u00bb.<\/p>\n<p>BIBLIOGRAF\u00ed\u008dA:<br \/>\n-1. PARA UNA TEOLOGIA DE LA ESCRITURA: L. Freundorfer, Erbs\u00fcnde und Erbtod beim Apostel Paulus (Mr 1927) (con la m\u00e1s completa bibl. antigua); N. P. Williams, The Ideas of the Fall an Original Sin (Lo 1927); H. J. Oemmelen, Zur dogmatischen Auswertung von R\u00f6m 5, 12-14 (Mr 1930); M. Jugie: DTnC XII 275-317; Th. Barrosse, Death and Sin in St. Paul&#8217;s Epistle to the Romans: CBQ 15 (1953) 438-458; St. Lyonnet, Le sens de icp&#8217; c&#8217;pi en Rom 5, 12 et 1&#8217;ex\u00e9gbse des P\u00e9res grecs: Bibi 36 (1955) 436-456; \u00ed\u00addem, Quaestiones in epistolam ad Romanos I (R 1955) 182-243; idem, Le p\u00e9ch\u00e9 originel et l&#8217;ex\u00e9g\u00e9se de Rom 5, 12-14: RSR 44 (1956) 63-84; O. Ku\u00df, Der R\u00f6merbrief 1. entrega (Rb 1957, 21963) 224-275; F. Lafont, Sur 1&#8217;interpr\u00e9tation de Romains V 15-21 RSR 45 (1957) 481-513; J. Mehlmann, Natura filii irae. Historia interpretationis Eph 2, 3 eiusque cum doctrina de Peccato Originali nexus (R 1957); St. Lyonnet, Le sens de peirazein en Sap 2, 24 et la doctrine du p\u00e9ch\u00e9 originel: Bibi 39 (1958) 27-33; A.-M. Dubarle, Le p\u00e9ch\u00e9 originel dans 1&#8242; Ecriture (P 1958); J. Murray, The Imputation of Adam&#8217;s Sin (Rom 5, 12-21) (Grand Rapids 1960); St. Lyonnet, Le p\u00e9ch\u00e9 originel en Rom 5, 12: Bibi 41 (1960) 325-355; F. Spadafora, Rom 5, 12: esegesi e riflessi dogmatici: Divinitas 4 (R 1960) 289-298; E. Brandenburger, Adam und Christus. Exegetischreligionsgeschichtliche Untersuchung zu R\u00f6m 5, 12-21 (1 Kor 15) (Dis. Hei 1960, Neukirchen 1962); N. A. Dahl, In welchem Sinn ist nach dem NT der Getaufte gerecht und S\u00fcnder zugleich?: LR 12 (1962) 280-295; U. Vanni, L&#8217;analisi letteraria del con-testo di Rom 5, 12-14: Rivista biblica 11 (Brescia 1963) 115-144; \u00ed\u00addem, Rom 5, 12-14 alla luce del contesto: ibid. 337-366.<\/p>\n<p>&#8211; 2. SISTEM\u00ed\u0081TICA: A. Gaudel: DThC XII 275-606; M. Jugie (El pecado original en la Iglesia oriental) ibid. 606-624; L. Bachelet: DAFC 1II 1735-1755; P. Parente: ECatt IX 1031-1039; Lottin PM IV 11-280; RAC I 343. &#8211; E. Ldmmerzahl, Der S\u00fcndenfall in der Philosophie des deutschen Idealismus (B 1934); E. Brunner, Der Mensch im Widerspruch (B 1937); T. Barth, Erbs\u00fcnde und Gotteserkenntnis: PhJ 57 (1947) 70-103; M. Flick, Il poligenismo e il dogma del peccato originale: Gr 28 (1947)555-563; L. Malevez, La pens\u00e9e d&#8217;Emil Brunner sur 1&#8217;homme et le p\u00e9ch\u00e9: RSR 34 (1947) 407-453; E. J. Fitzpatrick, The Sin of Adam in the Writings of St. Thomas Aquinas (Dis. Mundelein 1950); H. Volk, Emil Brunners Lehre vom S\u00fcnder (Mr 1950); K. J. Kloppenburg, De relatione inter peccatum et mortem (R 1951); M.-M. Labourdette, Le p\u00e9ch\u00e9 originel et les origines de l&#8217;homme (P 1953); PSJ 112 922-1010; J. Finkenzeller (Erbs\u00fcnde bei Duns Skotus): Schmaus ThGG 519-550; H. Staffner, Die Lehre des hl. Augustinus \u00fcber das Wesen der Erbs\u00fcnde: ZKTh 79 (1957) 385-416; Pohle-Gummersbach I 586 s (bibl. sobre la patr\u00ed\u00adstica y el medioevo); M. Flick, El pecado original (Herder Ba 1961); M. Flick &#8211; Z. Alszeghy, Il Creatore (Fi 31964) 477-492; Jedin I1 111-138; W. Breuning, Erhebung und Fall des Menschen nach Ulrich von Stra\u00dfburg (Tr\u00e9veris 1959); E. Kinder, Die Erbs\u00fcnde (St 1959); J. Gross, Entstehung des Erbs\u00fcndedogmas. Von der Bibel bis Augustinus (Mn &#8211; Bas 1960); L. Ligier, P\u00e9ch\u00e9 d&#8217;Adam et p\u00e9ch\u00e9 du monde. L&#8217;Ancien Testament (P 1960); M. Guerra y L\u00f3pez, Averiguaciones en torno a la naturaleza y transmisi\u00f3n del pecado original, en Burgense 1965, 9-71; F. Asensio, El primer pecado en el relato del G\u00e9nesis, en Est Bibi 1950, 159-191; F. Solano, Pecado original y conocimiento de Dios, en Est Franc 1951, 97-102; Ph. Delahaye &#8211; J. C. Didier &#8211; P. Anclaux (dirs.), Th\u00e9ologie du p\u00e9ch\u00e9 VII (Tou 1960); Problemas de actualidad sobre el peca-do original, XVII Semana Espa\u00f1ola de Teolog\u00ed\u00ada (Ma 1960); B. Piault, La Cr\u00e9ation et le p\u00e9ch\u00e9 originel (P 1960); T. Campanella, Il peccato originale (R 1960); P. Schoonenberg, De erfzonde als situatie: Bijdragen 22 (1961) 1-30; J. Gross, Die Natur- und Erbs\u00fcndelehre Anselms von Canterbury: ZRGG 13 (1961) 25-44; C. Dumont, La pr\u00e9dication du p\u00e9ch\u00e9 originel: NRTh 83 (1961) 113-134; L. Scheffczyk, Erbschuld: HThG I 293-303; J. Gross, Ur- und Erbs\u00fcnde bei Hugo von St. Viktor: ZKG 73 (1962) 42-61; P. Schoonenberg, Natuur en Zondeval: Tijdschrift voor Theologie 2 (Brujas 1962) 173-201; Schmaus D6 11\/1 \u00c2\u00a7\u00c2\u00a7 133-137 (con un ap\u00e9ndice bibliogr\u00e1fico); J. Gross, Ab\u00e4lards Umdeutung des Erbs\u00fcndedogmas: ZRGG 15 (1963) 14-33; P. Schoonenberg, Zonde der wereld en erfzonde: Bijdragen 24 (1963) 349-389; A. Vanneste, La pr\u00e9histoire du d\u00e9cret du Concile de Trente sur le p\u00e9ch\u00e9 originel: NRTh 86 (1964) 355-368 490-510; L. Scheffczyk, Die Erbschuld zwischen Naturalismus und Existenzialismus: MThZ 15 (1964) 17-57; R. J. Prendergast, The Supematural Existential, Human Generation and Original Sin: The Downside Revue 266 (0 1964) 1-24; Z. Alszeghy &#8211; M. Flick, I1 peccato originale in prospettiva personalistica: Gregorianum 46 (1965) 705-732; H. Haag, El pecado original en la Biblia y en la doctrina de la Iglesia (Fax Ma 1070); K. Rahner, Monogenismus und Erbs\u00fcnde (en prepar.); P. Schoonenberg, Pecado y redenci\u00f3n (Herder Ba 1972); C. Baumgartner, El pecado original (Herder Ba 1972); E. Bertoni, El pecado original Les una f\u00e1bula? (Paulinas Ma 1965); P. Grelot, El problema del pecado original (Herder Ba 1970); Pecado original; XXIX Semana Espa\u00f1ola de Teolog\u00ed\u00ada (CSIC Ma 1970); H. Renckens, Creaci\u00f3n, para\u00ed\u00adso y pecado original (Guad Ma 21969).<\/p>\n<p>Karl Rahner<\/p>\n<p>K. Rahner (ed.),  Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teol\u00cf\u0192gica, Herder, Barcelona 1972<\/p>\n<p><b>Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teol\u00f3gica<\/b><\/p>\n<p><div><span lang=\"es\"> V\u00e9ase <\/span><i><span lang=\"es\">Pecado<\/span><\/i><span lang=\"es\">.<\/span><\/div>\n<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Teolog\u00eda<\/b><\/p>\n<p><h2>Contenido<\/h2>\n<ul>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-1\">1 SIGNIFICADO<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-2\">2 PRINCIPALES ADVERSARIOS<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-3\">3 EL PECADO ORIGINAL EN LAS ESCRITURAS<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-4\">4 EL PECADO ORIGINAL EN LA TRADICI\u00d3N<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-5\">5 EL PECADO ORIGINAL FRENTE A LAS OBJECIONES DE LA RAZ\u00d3N<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-6\">6 NATURALEZA DEL PECADO ORIGINAL<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-7\">7 \u00bfQU\u00c9 TAN VOLUNTARIO?<\/li>\n<\/ul>\n<h2>SIGNIFICADO<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pecado original puede significar: (1) el pecado cometido por Ad\u00e1n; (2) la consecuencia de ese primer pecado, la mancha hereditaria con la que todos nacemos a causa de nuestro origen o descendencia de Ad\u00e1n. Desde los primeros tiempos ha sido m\u00e1s com\u00fan el segundo significado, como se puede ver en la frase de San Agust\u00edn: \u00abel pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original\u00bb (De nupt. et concup., II, xxvi, 43). Aqu\u00ed hablamos de la mancha hereditaria. En referencia al pecado de Ad\u00e1n, no nos toca examinar las circunstancias en las que se cometi\u00f3, como tampoco nos toca hacer una ex\u00e9gesis del tercer cap\u00edtulo del G\u00e9nesis.\n<\/p>\n<h2>PRINCIPALES ADVERSARIOS<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Teodoro de Mopsuestia inici\u00f3 esta controversia al negar que el pecado de Ad\u00e1n fuera el origen de la muerte. (Vea \u00abExcerpta Theodori\u00bb de Marius Mercator; cf. Smith, \u00abA Dictionary of Christian Biography\u00bb, IV, 942). Un amigo de Pelagio, Celestius, siguiendo a Teodoro, fue el primero en sostener esas proposiciones en Occidente: \u00abPasara lo que pasara, Ad\u00e1n deb\u00eda morir, sin importar si pecara o no. Su pecado lo afect\u00f3 a \u00e9l solo y no a la raza humana\u00bb (Mercator, \u00abLiber Subnotationem\u00bb, prefacio). Esta, que fue la primera posici\u00f3n sostenida por los pelagianos, fue tambi\u00e9n la primera condenada en Cartago (Denzinger, \u00abEnchiridion\u00bb, No. 101- No. 65 en el antiguo). Para rebatir ese error fundamental los cat\u00f3licos citaron en forma especial a Romanos 5, 12, donde se muestra a Ad\u00e1n transmitiendo la muerte con su pecado. Luego de un tiempo los pelagianos admitieron la parte referente a la transmisi\u00f3n de la muerte- que se entiende f\u00e1cilmente al ver que los padres transmiten a sus hijos enfermedades hereditarias- pero continuaron atacando violentamente la transmisi\u00f3n del pecado (San Agust\u00edn, \u00abContra duas epist. Pelag.\u00bb, IV, iv, 6). Ellos entend\u00edan las palabras de San Pablo sobre la transmisi\u00f3n del pecado como si se tratara de la transmisi\u00f3n de a muerte. Ello constituy\u00f3 su segunda posici\u00f3n, condenada por el Concilio de Orange [Denz., n. 175 (145)], y despu\u00e9s otra vez en el primer Concilio de Trento [Sess. V, can. II; Denz., n. 789 (671)]. Interpretar la palabra pecado como si significara muerte era evidentemente una falsificaci\u00f3n del texto, de modo que los pelagianos pronto la abandonaron y admitieron que Ad\u00e1n hab\u00eda causado el pecado en nosotros. Sin embargo, ellos no entendieron como pecado la mancha heredada por nacimiento, sino el pecado que los adultos cometen a imitaci\u00f3n de Ad\u00e1n. Ello fue su tercera posici\u00f3n, a la que se opone la definici\u00f3n de Trento que el pecado original se transmite a todos por generaci\u00f3n (propagatione), no por imitaci\u00f3n [Denz., n. 790 (672)]. M\u00e1s a\u00fan, en los siguientes c\u00e1nones se citan las palabras del Concilio de Cartago, en el que se trata de un pecado contra\u00eddo por generaci\u00f3n y borrado por generaci\u00f3n [Denz., n. 102 (66)]. Los l\u00edderes de la Reforma admit\u00edan el dogma del pecado original, pero el d\u00eda de hoy hay muchos protestantes influidos por la doctrina Sociniana (correspondiente a un grupo religioso racionalista del siglo XVI que segu\u00eda el pensamiento del te\u00f3logo italiano Fausto Socinus, y que ense\u00f1aba que s\u00f3lo se pueden aceptar aquellas doctrinas y partes de la Escritura que no contradigan la raz\u00f3n humana. N.T.) cuyas teor\u00edas constituyen un renacimiento del pelagianismo.\n<\/p>\n<h2>EL PECADO ORIGINAL EN LAS ESCRITURAS<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">El texto cl\u00e1sico es Rom. 5, 12 y siguientes. En la parte precedente el Ap\u00f3stol habla de la justificaci\u00f3n a trav\u00e9s de Jesucristo, y para dar realce al hecho de que \u00c9l es el \u00fanico salvador, establece un contraste entre la cabeza divina de la humanidad con la cabeza humana que caus\u00f3 su ruina. La cuesti\u00f3n del pecado original, por tanto, aparece como algo incidental. San Pablo supone que los fieles ya se han formado una idea de \u00e9l a trav\u00e9s de sus explicaciones orales y s\u00f3lo lo menciona para hacerles entender el trabajo de la redenci\u00f3n. Esto explica la brevedad de su desarrollo y la obscuridad de algunos vers\u00edculos. Las tres posiciones de los pelagianos quedan refutadas en el texto, como vamos a mostrar:\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">1. El pecado de Ad\u00e1n ha lesionado la raza humana por lo menos en el sentido de que ha introducido la muerte- \u00abAs\u00ed que como por un hombre entr\u00f3 el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, as\u00ed la muerte lleg\u00f3 a todo hombre\u00bb. Se habla ah\u00ed de la muerte f\u00edsica. Ante todo, se debe presumir el sentido literal de la palabra mientras no haya una raz\u00f3n en contrario. Segundo, se alude en el texto a un pasaje del libro de la Sabidur\u00eda en el que, como se deduce del contexto, se trata de la muerte f\u00edsica. Sab. 2,24: \u00abPor la envidia del diablo entr\u00f3 la muerte al mundo\u00bb. Cf. Gn. 2,17; 3, 19, y otro pasaje paralelo del mismo San Pablo, I Cor. 15, 21: \u00abPor un hombre lleg\u00f3 la muerte y por un hombre lleg\u00f3 la resurrecci\u00f3n de los muertos\u00bb. Aqu\u00ed s\u00f3lo se puede tratar de la muerte f\u00edsica, opuesta a la resurrecci\u00f3n corporal, sujeto de todo el cap\u00edtulo.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">2. Por su falta, Ad\u00e1n nos transmiti\u00f3 no s\u00f3lo la muerte sino el pecado- \u00abporque as\u00ed como por la desobediencia de uno muchos [i.e. todos los] hombres fueron hechos pecadores\u00bb (Rom. 5,19). \u00bfC\u00f3mo pueden entonces los pelagianos, y m\u00e1s tarde Zwinglio, decir que San Pablo se refiere \u00fanicamente a la transmisi\u00f3n de la muerte f\u00edsica? Si, como dicen ellos, debemos leer muerte donde el Ap\u00f3stol escribi\u00f3 pecado, deber\u00edamos tambi\u00e9n leer que la desobediencia de Ad\u00e1n nos ha hecho mortales donde el Ap\u00f3stol escribe que nos ha hecho pecadores. Pero la palabra pecador nunca ha significado mortal. Tambi\u00e9n en el vers\u00edculo 21, correspondiente al 19, vemos que a trav\u00e9s de un solo hombre dos cosas les han acontecido a todos los hombres: el pecado y la muerte. Una es consecuencia de la otra y, por tanto, no son id\u00e9nticas entre si.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">3. Como Ad\u00e1n transmite la muerte a sus descendientes, al engendrarlos mortales, tambi\u00e9n por generaci\u00f3n les transmite el pecado. El Ap\u00f3stol presenta ambos efectos como producidos simult\u00e1neamente y por la misma causa. La explicaci\u00f3n de los pelagianos difiere de la de San Pablo. Seg\u00fan ellos, el ni\u00f1o, que recibe la mortalidad al nacer, no recibe el pecado de Ad\u00e1n sino posteriormente, cuando conoce el pecado del primer hombre y se inclina a imitarlo. La causalidad de Ad\u00e1n ante la mortalidad ser\u00eda completamente distinta de la que tiene ante el pecado. M\u00e1s a\u00fan, esta supuesta influencia del mal ejemplo de Ad\u00e1n es casi quim\u00e9rica. Los mismos fieles, cuando pecan, no pecan a consecuencia del mal ejemplo de Ad\u00e1n; a fortiori los no creyentes, totalmente ignorantes de la historia del primer hombre. Y sin embargo todos los hombres, bajo la influencia de Ad\u00e1n, somos pecadores y condenados (Rom. 5, 18-19). La influencia de Ad\u00e1n no puede ser, por tanto, la del ejemplo que imitamos en \u00e9l (San Agust\u00edn, \u00abContra Julian\u00bb, VI, xxiv, 75)<br \/>\nEn este sentido, varios protestantes recientes han modificado la explicaci\u00f3n pelagiana del siguiente modo: \u00abSin ser conscientes de ello los hombres imitan a Ad\u00e1n en cuanto merecen la muerte como castigo por sus propios pecados tal como Ad\u00e1n la mereci\u00f3 como castigo del suyo\u00bb. Esto se separa m\u00e1s y m\u00e1s del texto de San Pablo. Ad\u00e1n ser\u00eda simplemente el t\u00e9rmino de una comparaci\u00f3n. No tendr\u00eda ni influencia ni causalidad en referencia al pecado o la muerte. El Ap\u00f3stol, es m\u00e1s, no afirma que todos los hombres, imitando a Ad\u00e1n, son mortales a causa de los pecados que hayan cometido. Los ni\u00f1os que mueren antes de llegar al uso de raz\u00f3n no han cometido ning\u00fan pecado. Pero San Pablo afirma lo contrario en el vers\u00edculo catorce: \u00abPero rein\u00f3 la muerte\u00bb. No s\u00f3lo sobre quien imita a Ad\u00e1n, sino \u00aba\u00fan sobre aquellos que no han pecado siguiendo la transgresi\u00f3n de Ad\u00e1n\u00bb. El pecado de Ad\u00e1n, por tanto, es la \u00fanica causa de la muerte de toda la raza humana. No s\u00f3lo eso, sino que no podemos distinguir ninguna conexi\u00f3n natural entre el pecado y la muerte. Para que un determinado pecado merezca la muerte hace falta una ley positiva. Pero, excepto la ley dada a Ad\u00e1n (Gen 2,17), antes de la ley de Mois\u00e9s no hab\u00eda ley positiva de Dios que determinara la muerte como castigo. Fue \u00fanicamente la desobediencia del hombre lo que pudo haber merecido y tra\u00eddo la muerte al mundo (Rom. 5, 13-14). Estos escritores protestantes ponen el acento en las \u00faltimas palabras del vers\u00edculo doce. Sabemos que algunos de los Padres Latinos entend\u00edan las palabras \u00aben el que todos hemos pecado\u00bb como significando que todos hemos pecado en Ad\u00e1n. Esta interpretaci\u00f3n ser\u00eda prueba ulterior de la tesis del pecado original, pero no es necesaria. La ex\u00e9gesis modera, al igual que los Padres Griegos, prefieren traducir \u00aby as\u00ed la muerte pas\u00f3 a todos los hombres porque todos hemos pecado\u00bb. Nosotros aceptamos esta segunda traducci\u00f3n que nos muestra la muerte como efecto del pecado. Pero \u00bfde qu\u00e9 pecado?. Nuestros adversarios responden: \u00abLos pecados personales de cada uno. Ese es el sentido natural de las palabras &#8216;todos han pecado'\u00bb. Ser\u00eda el significado natural si el contexto no fuera totalmente opuesto a \u00e9l. Las palabras \u00abtodos han pecado\u00bb del vers\u00edculo doce, obscuras a causa de su brevedad, se desarrollan m\u00e1s en el verso diecinueve: \u00abporque por la desobediencia de un hombre muchos han sido hecho pecadores\u00bb. No se trata aqu\u00ed de pecados personales, diferentes entre si en n\u00famero y especie, cometidos por las personas durante su vida, sino del primer pecado que fue suficiente para transmitir a todos los seres humanos tanto el pecado como el t\u00edtulo de pecadores. De modo semejante, las palabras del verso doce, \u00abtodos han pecado\u00bb, debe significar: \u00abtodos han participado en el pecado de Ad\u00e1n\u00bb, \u00abtodos han contra\u00eddo su mancha\u00bb. Esta interpretaci\u00f3n tambi\u00e9n elimina la aparente contradicci\u00f3n entre el verso doce, \u00abtodos han pecado\u00bb, y el catorce, \u00abquienes no han pecado\u00bb, ya que en el primero se trata del pecado original, y del pecado personal en el \u00faltimo. Quienes dicen que en ambos casos se trata del pecado personal no pueden reconciliar estos dos vers\u00edculos.\n<\/p>\n<h2>EL PECADO ORIGINAL EN LA TRADICI\u00d3N<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">A causa de una semejanza superficial entre la doctrina del pecado original y la teor\u00eda maniquea de la maldad innata de nuestra naturaleza, los pelagianos acusaron a los cat\u00f3licos y a San Agust\u00edn de ser maniqueos. Respecto a la acusaci\u00f3n y a su respuesta v\u00e9ase \u00abContra duas epist. Pelag.\u00bb, I, II, 4; V, 10; III, IX, 25; IV, III. Esta acusaci\u00f3n ha sido reiterada en nuestros d\u00edas por varios cr\u00edticos e historiadores del dogma, influenciados por el hecho de que, antes de su conversi\u00f3n, San Agust\u00edn era maniqueo. No identifican el manique\u00edsmo con la doctrina del pecado original, pero s\u00ed dicen que San Agust\u00edn, a causa de los restos de sus anteriores prejuicios manique\u00edstas, cre\u00f3 la doctrina del pecado original, desconocida antes de su \u00e9poca. Es falso que la doctrina del pecado original no aparezca en las obras de los Padres preagustinianos. Al contrario, ellos dieron testimonio de ello en trabajos especiales al respecto. Tampoco se puede decir, como afirma Harnack, que el mismo San Agust\u00edn reconoce la ausencia de esta doctrina en los escritos de los Padres. San Agust\u00edn invoca el testimonio de once Padres, tanto griegos como latinos (Contra Jul., II, x, 33). Igualmente infundada es la aseveraci\u00f3n que afirma que hasta San Agust\u00edn esa doctrina era desconocida para jud\u00edos y cristianos. Como ya se demostr\u00f3, fue ense\u00f1ada por San Pablo. Se encuentra en el cuarto libro de Esdras, escrito por un jud\u00edo un siglo despu\u00e9s de Cristo y ampliamente le\u00eddo por los cristianos. Esta obra presenta a Ad\u00e1n como el autor de la ca\u00edda de la raza humana (VII, 48), como quien transmiti\u00f3 a toda su posteridad la enfermedad permanente, la malignidad, la mala semilla del pecado (III, 21-22; IV, 30). Los mismos protestantes admiten la doctrina del pecado original en este libro y otros del mismo per\u00edodo (v\u00e9ase Sanday, \u00abThe International Critical Commentary: Romas\u00bb, 134, 137; Hastings, \u00abA Dictionary of the Bible\u00bb, I, 841). Es imposible, por tanto, hacer de San Agust\u00edn, quien pertenece a una fecha muy posterior, el inventor del pecado original.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La pr\u00e1ctica de la Iglesia de bautizar a los ni\u00f1os es muestra de que esta doctrina exist\u00eda desde antes de la \u00e9poca de San Agust\u00edn. Los pelagianos sosten\u00edan que el bautismo se les daba a los ni\u00f1os no para perdonarles sus pecados sino para hacerlos mejores, darles vida sobrenatural, hacerlos hijos adoptivos de Dios y herederos del reino de los cielos (v\u00e9ase San Agust\u00edn \u00abDe peccat. meritis\u00bb, I, xvii). Los cat\u00f3licos respond\u00edan citando el credo de Nicea, \u00abConfiteor unum baptisma in remissionem peccatorum\u00bb. Y reprochaban a los pelagianos el que inventaran dos bautismos, uno para perdonar el pecado, otro, sin prop\u00f3sito alguno, para los ni\u00f1os. Tambi\u00e9n argumentaron los cat\u00f3licos a partir del ceremonial del bautismo, que supone que el ni\u00f1o est\u00e1 bajo el poder del mal. De ah\u00ed los exorcismos, el rechazo a Satan\u00e1s que hace el padrino del ni\u00f1o en nombre de este \u00faltimo [Aug., loc. Cit., XXXIV, 63; Denz., n. 140 (96)].\n<\/p>\n<h2>EL PECADO ORIGINAL FRENTE A LAS OBJECIONES DE LA RAZ\u00d3N<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">No pretendemos probar la existencia del pecado original solamente con argumentos de raz\u00f3n. Santo Tom\u00e1s utiliza un argumento filos\u00f3fico que prueba la existencia de cierto tipo de decadencia m\u00e1s que la del pecado, y la considera solamente como probable, satis posibiliter probari potest (Contra gent., IV, lii). Muchos protestantes y jansenistas, y hasta algunos cat\u00f3licos, sostienen que la doctrina del pecado original es necesaria en la filosof\u00eda si es que se quiere probar la existencia del mal. Esto es una exageraci\u00f3n imposible de probar. Basta mostrar que la raz\u00f3n humana no tiene ninguna objeci\u00f3n seria en contra de esta doctrina fundada en la revelaci\u00f3n. Las objeciones de los racionalistas generalmente tienen su origen en un concepto falso de nuestro dogma. Lo que atacan es o la transmisi\u00f3n del pecado o la idea de una falta cometida por el primer hombre en contra de su misma raza, la decadencia de la raza humana. Aqu\u00ed responderemos exclusivamente la segunda clase de objeciones. Las otras ser\u00e1n consideradas m\u00e1s abajo bajo otro cap\u00edtulo (VII).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">(1) La ley del progreso se opone a la hip\u00f3tesis de la decadencia. Esto ser\u00eda v\u00e1lido si el progreso fuera algo necesariamente continuo, pero la historia nos muestra lo contrario. La l\u00ednea que representa el progreso tiene sus altas y bajas, per\u00edodos de decadencia y retroceso, como lo fue el per\u00edodo- nos dice la revelaci\u00f3n- que sigui\u00f3 al primer pecado. La humanidad, sin embargo, comenz\u00f3 a levantarse de nuevo poco a poco, ya que el pecado original no destruy\u00f3 ni la inteligencia ni la voluntad libre; la posibilidad de progreso material permaneci\u00f3 intacta. Y Dios, por otra parte, nunca abandon\u00f3 al hombre, a quien hab\u00eda prometido la redenci\u00f3n. La teor\u00eda de la decadencia no tiene conexi\u00f3n alguna con nuestra revelaci\u00f3n. Todo lo contrario. La Biblia nos muestra incluso cierto progreso espiritual en el pueblo del que nos habla: la vocaci\u00f3n de Abraham, la ley de Mois\u00e9s, la misi\u00f3n de los profetas, la llegada del Mes\u00edas, una revelaci\u00f3n que es cada vez m\u00e1s clara y que termina con el Evangelio, su difusi\u00f3n entre todos los pueblos, sus frutos de santidad y el progreso de la Iglesia.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">(2) Otra objeci\u00f3n dice que es injusto que a causa del pecado de un hombre se haya originado la decadencia de toda la humanidad. Esto tendr\u00eda peso si tomamos la decadencia en el mismo sentido en que Lutero la tom\u00f3, i.e., una raz\u00f3n humana incapaz de entender incluso las verdades morales, el libre albedr\u00edo destruido, la substancia misma del hombre transformada en algo malo. Pero de acuerdo a la teolog\u00eda cat\u00f3lica, el hombre no ha perdido sus facultades naturales. Por su pecado, Ad\u00e1n \u00fanicamente fue privado de los dones divinos a los que su naturaleza no ten\u00eda derecho en sentido estricto: el dominio total de sus pasiones, la exenci\u00f3n de la muerte, la gracia santificante y la visi\u00f3n de Dios en la vida futura. El Creador, cuyos dones no son debidos a la humanidad, ten\u00eda perfecto derecho de otorgarlos en las condiciones en que quisiera y hacer depender su conservaci\u00f3n de la fidelidad del jefe de la familia. Un pr\u00edncipe puede conferir honores hereditarios bajo la condici\u00f3n de que quien los recibe se mantenga fiel y de que, en caso de rebelarse, se le despojar\u00e1 de tal dignidad, y en consecuencia, tambi\u00e9n a sus descendientes. No es, sin embargo, comprensible, que se ordene la mutilaci\u00f3n de las manos y pies de los descendientes inmediatamente despu\u00e9s de su nacimiento a causa de una falta cometida por el padre. Esta comparaci\u00f3n representa la doctrina de Lutero y que no podemos defender. En el caso de los ni\u00f1os que mueren teniendo en sus almas exclusivamente el pecado original, fuera de la privaci\u00f3n de la vista de Dios, la doctrina de la Iglesia no reconoce para ellos castigos sensibles en la vida futura [Denz. N. 1526 (1389)] (Se ha suscitado en a\u00f1os recientes un intenso debate teol\u00f3gico sobre la verdadera situaci\u00f3n de los ni\u00f1os que mueren sin bautismo antes de la edad de ser responsables de sus actos- y por tanto, \u00fanicamente bajo el pecado original- pero hasta el momento presente el Magisterio de la Iglesia no ha hecho una declaraci\u00f3n definitoria al respecto.N.T.)\n<\/p>\n<h2>NATURALEZA DEL PECADO ORIGINAL<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Este es un punto dif\u00edcil y se han inventado muchos sistemas para explicarlo. Bastar\u00e1 dar la explicaci\u00f3n teol\u00f3gica m\u00e1s com\u00fan ahora. El pecado original es la privaci\u00f3n de la gracia santificante como consecuencia del pecado de Ad\u00e1n. Esta soluci\u00f3n, que es la de Santo Tom\u00e1s, se remonta a San Anselmo e incluso a las tradiciones de la Iglesia primitiva, como se desprende de las declaraciones del Segundo Concilio de Orange (529 D.C.): un hombre ha transmitido a toda la humanidad no s\u00f3lo la muerte corporal, castigo del pecado, sino el pecado mismo, que es la muerte del alma [Denz. N. 175 (145)]. As\u00ed como la muerte es la privaci\u00f3n del principio de la vida, la muerte del alma es la privaci\u00f3n de la gracia santificante que, seg\u00fan todos los te\u00f3logos, es el principio de la vida sobrenatural. De ese modo si el pecado original es \u00abla muerte del alma\u00bb, tambi\u00e9n es la privaci\u00f3n de la gracia santificante.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El Concilio de Trento, aunque no impuso esta soluci\u00f3n obligatoriamente con una definici\u00f3n, s\u00ed la vio favorablemente y autoriz\u00f3 su uso (cf. Pallavicini, \u00abHistoria del Concilio di Trento\u00bb, VII-IX). Se describe el pecado original no solamente como la muerte del alma (Ses. V., can. II), sino tambi\u00e9n como \u00abprivaci\u00f3n de la justicia, contraida por cada ni\u00f1o al momento de su concepci\u00f3n\u00bb (Ses. VI., cap. III). Claro que el Concilio llama \u00abjusticia\u00bb a lo que nosotros llamamos gracia santificante (Ses. VI), y as\u00ed como cada ni\u00f1o deber\u00eda tener su propia justicia personal, as\u00ed ahora, luego de la ca\u00edda, sufre su propia privaci\u00f3n de justicia. Podemos a\u00f1adir otro argumento, basado en el principio ya citado de San Agust\u00edn, \u00abel pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original\u00bb. Este principio es desarrollado posteriormente por San Anselmo: \u00abel pecado de Ad\u00e1n fue una cosa pero el pecado de los ni\u00f1os al nacer es algo distinto; el primero fue la causa, el segundo es el efecto\u00bb (De conceptu virginali, XXVI). El pecado original en un ni\u00f1o es distinto de la falta de Ad\u00e1n; es uno de sus efectos. Pero \u00bfcu\u00e1l de todos los efectos es? Debemos examinar varios efectos del pecado de Ad\u00e1n y rechazar aquellos que no pueden ser el pecado original.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">1. Muerte y sufrimiento- Estos son puramente males f\u00edsicos y no pueden ser llamados pecado. San Pablo, y luego de \u00e9l los concilios, ven la muerte y el pecado original como dos cosas distintas transmitidas por Ad\u00e1n.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">2. Concupiscencia- Esta rebeli\u00f3n del apetito inferior, transmitida de Ad\u00e1n a nosotros, es una ocasi\u00f3n de pecado y en ese sentido se acerca al mal moral. Sin embargo, la ocasi\u00f3n de pecado no es necesariamente un pecado y aunque el pecado original queda borrado por el bautismo, la concupiscencia permanece en la persona bautizada. Por ello el pecado original y la concupiscencia no pueden ser la misma cosa, como sostuvieron los primeros protestantes. (v\u00e9ase Concilio de Trento, Ses. V., can. V).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">3. La ausencia de la gracia santificante en los ni\u00f1os reci\u00e9n nacidos es tambi\u00e9n efecto del primer pecado, ya que Ad\u00e1n, habiendo recibido de Dios la santidad y la justicia, no s\u00f3lo la perdi\u00f3 para \u00e9l, sino para nosotros (loc. Cit., can. II). Y si lo perdi\u00f3 para nosotros, quiere decir que deber\u00edamos haberlo recibido de \u00e9l al nacer, junto con las otra prerrogativas de nuestra raza. La ausencia de la gracia santificante en los ni\u00f1os es una privaci\u00f3n real; es la carencia de algo que, seg\u00fan el plan divino, deber\u00eda estar en el ni\u00f1o. Si ese don no es algo simplemente f\u00edsico, sino algo del orden moral, la santidad, su privaci\u00f3n podr\u00eda ser llamada pecado. Y la gracia santificante es santidad y as\u00ed es llamada por el Concilio de Trento, pues la santidad consiste en la unidad con Dios y la gracia nos une \u00edntimamente con Dios. La bondad moral consiste en que nuestra acci\u00f3n es congruente con la ley moral, pero la gracia es deificaci\u00f3n, como dicen los Padres, una conformidad perfecta con Dios quien es la regla primaria de toda moralidad. (V\u00e9ase GRACIA). La gracia santificante, por tanto, pertenece al orden moral no como un acto pasajero sino como una tendencia permanente que existe aun cuando el sujeto que la posee no realice acto alguno. Es una vuelta hacia Dios, conversio ad Deum. Consecuentemente, la privaci\u00f3n de esa gracia, a\u00fan sin que se d\u00e9 ning\u00fan otro acto, constituye una mancha, una deformidad moral, un volverse lejos de Dios, aversio a Deo, y tal car\u00e1cter no se encuentra en ning\u00fan otro de los efectos del pecado de Ad\u00e1n. Esta privaci\u00f3n, entonces, es la mancha hereditaria.\n<\/p>\n<h2>\u00bfQU\u00c9 TAN VOLUNTARIO?<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00abNo puede haber pecado que no sea voluntario. Tanto el educado como el ignorante reconocen esta verdad evidente\u00bb, escribe San Agust\u00edn (De vera relig., XIV, 27). La Iglesia ha condenado la soluci\u00f3n opuesta dada por Baius [prop. XLVI, XLVII, en Denz., n. 1046 (926)]. El pecado original no es un acto sino, como ya se explic\u00f3, un estado, una privaci\u00f3n permanente, y esto puede ser voluntario indirectamente- tal como un ebrio est\u00e1 privado de raz\u00f3n e incapaz de usar su libertad, sin embargo est\u00e1 en ese estado por su libre voluntad y por ello su ebriedad, su falta de raz\u00f3n, son voluntarias y le son imputables. Pero \u00bfc\u00f3mo se puede considerar el pecado original como algo voluntario, a\u00fan indirectamente, en un ni\u00f1o que nunca ha utilizado su libre albedr\u00edo personal? Algunos protestantes sostienen que un ni\u00f1o al llegar al uso de raz\u00f3n consentir\u00e1 en su pecado original. Pero nunca nadie ha pensado siquiera en dar tal consentimiento. Adem\u00e1s, el pecado ya existe en el alma a\u00fan antes del uso de raz\u00f3n, seg\u00fan los contenidos de la Tradici\u00f3n sobre el bautismo de ni\u00f1os y el pecado contra\u00eddo por generaci\u00f3n. Algunos teosofistas y espiritistas admiten la preexistencia de las almas que han pecado en una vida anterior de la que ya no se acuerdan. Pero aparte de lo absurdo de esta metempsicosis, contradice la doctrina del pecado original; substituye muchos pecados particulares con un pecado de un padre com\u00fan que transmite pecado y muerte a todos (cf. Rom, 5, 12 ss). Toda la religi\u00f3n cristiana, dice San Agust\u00edn, puede resumirse en la intervenci\u00f3n de dos hombres, uno que nos arruin\u00f3 y otro que nos salv\u00f3 (De pecc. orig. XXIV). Se debe buscar la soluci\u00f3n correcta en la voluntad libre de Ad\u00e1n y su pecado, y tal voluntad libre era nuestra: \u00abtodos estabamos en Ad\u00e1n\u00bb, dice San Ambrosio, citado por San Agust\u00edn (Opus imperf. IV, civ). San Basilio nos atribuye la acci\u00f3n del primer hombre: \u00abPuesto que nosotros no ayunamos (cuando Ad\u00e1n comi\u00f3 de la fruta prohibida) hemos sido expulsados del para\u00edso\u00bb (Hom. I de jejun., IV). M\u00e1s antiguo a\u00fan es el testimonio de San Ireneo: \u00abNosotros ofendemos a Dios en la persona del primer Ad\u00e1n al desobedecer su precepto\u00bb. (Haeres., V, xvi,3).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">De ese modo explica Santo Tom\u00e1s la unidad moral de nuestra voluntad con la voluntad de Ad\u00e1n. \u00abUn individuo puede ser considerado o como individuo o como parte de un todo, como un miembro de una sociedad. Considerada de esta segunda manera, una acci\u00f3n puede ser propia aunque no la haya realizado uno mismo, ni por su propia voluntad, sino en el resto de la sociedad o en su cabeza, si se piensa que una naci\u00f3n hace algo cuando su pr\u00edncipe lo hace. Esto se debe a que una sociedad se considera como una sola persona de la que los individuos son miembros diferentes (San Pablo, I Cor., XII). La multitud de hombres que reciben su naturaleza de Ad\u00e1n se puede considerar como una sola comunidad o un solo cuerpo&#8230; Si el hombre, que debe a Ad\u00e1n su privaci\u00f3n de la justicia original, es considerado una persona privada, tal privaci\u00f3n no es su \u00abpecado\u00bb puesto que el pecado es esencialmente algo voluntario. Sin embargo, si lo consideramos miembro de la familia de Ad\u00e1n, como si todos los hombres fueran uno solo, entonces su privaci\u00f3n participa de la naturaleza de pecado a causa de su origen voluntario, pues tal fue el pecado de Ad\u00e1n\u00bb (De Malo, IV, l). Es esta ley de solidaridad, admitida por el sentimiento com\u00fan, la que atribuye a los infantes parte de la verg\u00fcenza resultante del crimen de los padres. No es un crimen personal, objetan los pelagianos. \u00abNo\u00bb, respondi\u00f3 San Agust\u00edn, \u00abpero s\u00ed es un crimen paternal\u00bb (Op. Imperf., I, cxlvii). Siendo yo una persona distinta, estrictamente no soy responsable de los cr\u00edmenes de otra persona; su acto no es m\u00edo. Sin embargo, siendo yo miembro de la familia humana, se considera que act\u00fao a una con el cabeza de esa familia, quien la representa en lo tocante a la conservaci\u00f3n o p\u00e9rdida de la gracia. Soy, en ese sentido, responsable de mi privaci\u00f3n de la gracia, aceptando mi responsabilidad en el sentido m\u00e1s amplio de la palabra. Esto, empero, es suficiente para hacer de mi estado de privaci\u00f3n de la gracia algo hasta cierto punto voluntario y, por ende, \u00absin caer en el absurdo, se puede decir que es voluntario\u00bb (San Agust\u00edn, \u00abRetract.\u00bb, I,xiii). De ese modo se responden entonces las principales dificultades de los no creyentes respecto a la transmisi\u00f3n del pecado. \u00abEl libre albedr\u00edo es esencialmente incomunicable.\u00bb F\u00edsicamente, s\u00ed; moralmente, no. La voluntad del padre es como si fuera la de sus hijos. \u00abEs injusto hacernos responsables de un pecado cometido antes de nuestro nacimiento.\u00bb Eso es cierto si se trata de una responsabilidad en sentido estricto; si se trata del sentido amplio de la palabra, no. El crimen cometido por el padre marca con la verg\u00fcenza a los hijos a\u00fan no nacidos, y les hace cargar una parte de la responsabilidad del padre. \u00abSu dogma nos hace estrictamente responsables de la falta de Ad\u00e1n.\u00bb Ello constituye una concepci\u00f3n err\u00f3nea de nuestra doctrina. Nuestro dogma no atribuye a los hijos de Ad\u00e1n ninguna responsabilidad propiamente dicha por el acto de su padre, ni dice que el pecado original es voluntario en el sentido estricto de la palabra. Es verdad que, considerado como una \u00abdeformidad moral\u00bb, una \u00abseparaci\u00f3n de Dios\u00bb, \u00abla muerte del alma\u00bb, el pecado original es un pecado real que priva al alma de la gracia santificante. Es tan pecado como lo es el pecado habitual, que es el estado en el que queda colocado un adulto a causa de una falta grave y personal, la \u00abmancha\u00bb que Santo Tom\u00e1s define como \u00abprivaci\u00f3n de la gracia\u00bb (I-II:109:7; III:87:2, ad 3), y es precisamente desde ese punto de vista que el bautismo, al poner fin a la privaci\u00f3n de la gracia, \u00abborra todo aquello que constituye un pecado real y propiamente dicho\u00bb, ya que la concupiscencia que permanece \u00abno es un pecado real y propiamente dicho\u00bb, aunque su transmisi\u00f3n es igualmente voluntaria (Concilio de Trento, Ses. V, can. V). Considerado precisamente como voluntario, el pecado original es \u00fanicamente la sombra de un pecado propiamente dicho. Seg\u00fan Santo Tom\u00e1s, (In Sent., dist. XXV, q. I, a. 2, ad 2um), no se le llama pecado en el mismo sentido, sino s\u00f3lo en sentido an\u00e1logo. Varios te\u00f3logos de los siglos diecisiete y dieciocho exageraron esta participaci\u00f3n al menospreciar la importancia de la privaci\u00f3n de la gracia en la explicaci\u00f3n del pecado original, e intentar explicarlo exclusivamente por nuestra participaci\u00f3n en el acto de Ad\u00e1n. Exageran la idea de lo voluntario en el pecado original por considerar que es la \u00fanica forma de explicar de qu\u00e9 modo se le puede considerar propiamente un pecado. Tal opini\u00f3n, diferente de la de Santo Tom\u00e1s, dio pie a problemas innecesarios e insolubles, y ha sido totalmente abandonada hoy d\u00eda.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nS. HARENT<br \/>\nTranscrito por Sean Hyland<br \/>\nTraducido por Javier Algara Coss\u00edo.\n<\/p>\n<\/p>\n<p><b>Fuente: Enciclopedia Cat\u00f3lica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[222] Es el pecado que todos los hombres traemos al nacer, heredado de nuestros primeros padres, que se alejaron de Dios por la desobediencia a su ley. La herencia es de todos los hombres, que nacen ya en estado de pecadores. Ese pecado inicial fue la causa de que la misericordia divina determinara la venida &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/pecado-original\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abPECADO ORIGINAL\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-12842","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12842","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12842"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12842\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12842"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12842"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12842"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}