{"id":15105,"date":"2016-02-05T09:53:14","date_gmt":"2016-02-05T14:53:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/creyente\/"},"modified":"2016-02-05T09:53:14","modified_gmt":"2016-02-05T14:53:14","slug":"creyente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/creyente\/","title":{"rendered":"CREYENTE"},"content":{"rendered":"<p>v. Fiel<br \/>\nRom 4:11 padre de todos los c no circuncidados<br \/>\n1Co 7:12 hermano tiene mujer que no sea c<br \/>\n2Co 6:15 \u00bfo qu\u00e9 parte el c con el incr\u00e9dulo?<br \/>\nGal 3:9 la fe son bendecidos con el c Abraham<br \/>\nGal 3:22 la promesa .. por al fe .. dada a los c<br \/>\n1Ti 5:16 si alg\u00fan c o alguna c tiene viudas, que<br \/>\n6:2<\/p>\n<hr>\n<p>(v. Dios, fe)<\/p>\n<p>(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelizaci\u00f3n,  BAC, Madrid, 1998)<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Evangelizaci\u00f3n<\/b><\/p>\n<p>SUMARIO: I. Significado y contenido de la palabra creyente: 1. Creer como acto t\u00ed\u00adpicamente humano; 2. Elementos del creer cristiano &#8211; II. La historia de la salvaci\u00f3n, lugar originario y sustentador del creyente cristiano: 1. Historicidad de la fe; 2. La crisis actual de la fe cristiana; 3. El Dios de los patriarcas; 4. La fe del pueblo elegido; 5. El factor que fundamenta el creer y la transmisi\u00f3n del mismo &#8211; III. El creyente en Jesucristo Se\u00f1or: 1. Cristo, el punto m\u00e1ximo de inserci\u00f3n de Dios en la historia; 2. Cristo y la fe de los patriarcas; 3. El creyente cristiano y la Iglesia &#8211; IV. Exigencias del ser creyente cristiano: 1. Conversi\u00f3n y perseverancia; 2. Crecimiento y apostolado; 3. Autorrealizaci\u00f3n y compromiso en el mundo &#8211; V. El creyente frente al futuro.<\/p>\n<p>1. Significado y contenido de la palabra creyente<br \/>\nEl t\u00e9rmino creyente indica la persona -colectividad o individuo-que cree, que tiene fe. El verbo creer se usa con frecuencia en el lenguaje corriente, y equivale a presuponer, opinar, estar convencido. Utilizada en sentido religioso, la palabra creyente asume toda la plenitud de su significado y de su riqueza de contenido. Ello explica por qu\u00e9 el t\u00e9rmino sugiere de preferencia la convicci\u00f3n particular de fe en materia religiosa. M\u00faltiples son las creencias; se distinguen seg\u00fan los principales elementos de su contenido. Es \u00abcreyente\u00bb el que los acepta. Se llama creyente al hind\u00fa, al mahometano, al jud\u00ed\u00ado y, en general, a todo el que profesa una determinada religi\u00f3n o creencia. Nosotros limitamos nuestra consideraci\u00f3n al creyente cristiano. Su problem\u00e1tica es en parte com\u00fan a la de los otros creyentes; con todo, posee tambi\u00e9n rasgos caracter\u00ed\u00adsticos.<\/p>\n<p>1. CREER COMO ACTO T\u00ed\u008dPICAMENTE HUMANO &#8211; En primer lugar, debemos considerar el aspecto humano del creer, ya que \u00abcreer\u00bb es una actividad propia del hombre. En virtud de su racionalidad, libertad y afectividad, el hombre cree y puede creer. Esta actividad de creer es tan humana como la de poder usar el lenguaje conceptual. En el creer podemos descubrir tres cualidades humanas: apertura a los dem\u00e1s en cuanto personas, capacidad de percibir y valorar el sentido de cuanto se nos dice, posibilidad de aceptarlo con adhesi\u00f3n y estima o de rechazarlo como no ver\u00ed\u00addico. La necesidad arraigada en el hombre de comunicarse con sus semejantes estimula y act\u00faa estas tres cualidades del creer.<\/p>\n<p>El hombre se realiza plenamente s\u00f3lo en el intercambio con los dem\u00e1s. Sin mutua aceptaci\u00f3n de lo que decimos y de lo que se nos dice, o sea, sin creer y sin ser cre\u00ed\u00addos, la convivencia humana ser\u00ed\u00ada imposible.<\/p>\n<p>La capacidad humana de creer admite grados, depende de otras cualidades humanas (las cuales, a su vez, las condiciona) y, como todo lo que es humano, puede presentar manifestaciones defectuosas e incluso anormales. Asimismo, la posibilidad de creer est\u00e1 sujeta a leyes psicol\u00f3gicas y sociales complejas. No podemos creer cualquier cosa, ni a cualquier persona, ni en cualquier circunstancia; y a lo que creemos podemos darle una adhesi\u00f3n mayor o menor. Nuestra raz\u00f3n se comporta como un juez; juzga sobre la veracidad de la persona y la racionalidad del contenido que nos comunica. Tambi\u00e9n nuestra voluntad y nuestra afectividad, lo mismo que nuestro sentimiento, intervienen y act\u00faan como complementos indispensables del creer, si bien en grado diverso. Bas\u00e1ndonos en ellos, tenemos confianza en la persona que nos habla, damos importancia a cuanto nos dice y adoptamos una determinada actitud. La credulidad o el escepticismo son posiciones viciosas; hay que evitarlas.<\/p>\n<p>Frente a esta complejidad, hay que notar, en primer lugar, que la subordinaci\u00f3n necesaria del creer a la raz\u00f3n no constituye al creer como una mera suplencia del poder conocer o investigar. En virtud de los otros elementos que contiene el creer, no s\u00f3lo nos enriquece con nuevos conocimientos, sino que, adem\u00e1s, confiere a nuestra intercomunicaci\u00f3n con los dem\u00e1s la dimensi\u00f3n t\u00ed\u00adpicamente humana de libertad y valoraci\u00f3n. Creer a otro es aceptarlo en mi libertad y en mi estima; no creerle es rechazarlo con un juicio de desprecio.<\/p>\n<p>Por otra parte, la importancia del creer se manifiesta en el hecho de que, en cierto modo y hasta un cierto punto, condiciona nuestra raz\u00f3n y nuestro razonar, nuestro querer y tambi\u00e9n nuestro sentir. Todas estas actividades humanas tienen sus l\u00ed\u00admites intr\u00ed\u00adnsecos m\u00e1s o menos amplios, seg\u00fan la capacidad personal. Pero, al mismo tiempo, quedan englobadas en lo que suele definirse como \u00abmentalidad\u00bb. La mentalidad es una manera especial de pensar, decidir y valorar; por tanto, condiciona el obrar. Caracteriza a individuos, comunidades, \u00e9pocas y culturas. Est\u00e1 formada por el tejido imperceptible de las disposiciones psicol\u00f3gicas, del modo propio de vivir, de lo que se asimila a trav\u00e9s de la educaci\u00f3n y del ambiente. En todo esto interviene la creencia. Tener una determinada mentalidad puede favorecer u obstaculizar la aceptaci\u00f3n de determinadas creencias religiosas; pero la mentalidad est\u00e1 constituida, a su vez, por creencias y es un signo inequ\u00ed\u00advoco de la realidad profundamente humana del creer.<\/p>\n<p>La dimensi\u00f3n inalienablemente humana del creer le brinda al creyente cristiano un punto de partida para apreciar el valor del acto que le caracteriza. La creencia, realizada en las debidas condiciones, actualiza, potencia y lleva a la madurez a un sector important\u00ed\u00adsimo de las cualidades humanas del creyente: la intercomunicaci\u00f3n con los dem\u00e1s. Pero creer manifiesta un valor peculiar, porque ayuda a adoptar una actitud que confiere unidad y fuerza al mundo psicol\u00f3gico del creyente. Esta \u00abactitud\u00bb puede alcanzar su plenitud y ser radical y definitiva. La actitud definitiva puede implicar riesgos, pero es enriquecedora de un modo espec\u00ed\u00adfico. Le da al hombre los medios adecuados para superar la&#8217; triple angustia: dolor-muerte, pecado-condenaci\u00f3n, fracaso-sin sentido de la vida, que Paul Tillich presenta h\u00e1bilmente como peligros constantes que amenazan a la vida psicol\u00f3gica del ser humano&#8217;.<\/p>\n<p>2. ELEMENTOS DEL CREER CRISTIANO &#8211; Como consecuencia de cuanto queda dicho, se puede afirmar que el aut\u00e9ntico creer actualiza un aspecto riqu\u00ed\u00adsimo y profundo del ser humano. El creer cristiano abraza todos los elementos susodichos y les da concretez y trascendencia. Creer como cristiano potencia la comunicabilidad del hombre abri\u00e9ndola a Dios en Cristo; acepta la verdad de su persona confiando en ella y adhiri\u00e9ndose a su contenido, y adopta una actitud definitiva exigida por la importancia absoluta del mismo para la propia vida espiritual. Los tres aspectos: comunicabilidad, aceptaci\u00f3n y compromiso definitivo, son inseparables y constituyen el creer cristiano. Eliminar uno o reducir a uno solo de ellos lo espec\u00ed\u00adfico del creer cristiano -como han pretendido R. Bultmann, P. Tillich, H. Braun y otros-, significa debilitar y, por tanto, falsear la riqueza y las exigencias inherentes al creyente cristiano. Adem\u00e1s, \u00e9ste se constituye tal por el mutuo entrelazamiento y el resultado arm\u00f3nico de estos tres elementos bajo la acci\u00f3n de la gracia divina y del Esp\u00ed\u00adritu Santo. Por eso se puede afirmar que el creyente cristiano goza, en virtud de su fe, de una vida \u00abnueva\u00bb. Ahora bien, toda vida, y m\u00e1s a\u00fan la del nivel humano enriquecida por una inserci\u00f3n divina -que es el elemento principal-, posee una multiplicidad de aspectos, leyes complejas y resultados maravillosos que determinan en el cristiano su espiritualidad. Para captar esta espiritualidad hay que indicar, primero, el terreno originario, es decir, d\u00f3nde nace la fe del cristiano (II-111); luego, las exigencias que plantea (IV); y, por \u00faltimo, las posibilidades y las obligaciones que impone al creyente en previsi\u00f3n del futuro (V).<\/p>\n<p>II. La historia de la salvaci\u00f3n,<br \/>\nlugar originario y sustentador del creyente cristiano<br \/>\nEl lugar originario y sustentador del creyente y, a la vez, el banco de prueba de su fe, no es otro que la misma historia humana, com\u00fan a todos los hombres. El desarrollo de los acontecimientos se transforma en historia humana cuando en ellos se inserta la libertad&#8217;. Debido a ella, todo cambio en el tiempo lleva el sello del hombre y \u00e9ste, a su vez, imprime en \u00e9l una fisonom\u00ed\u00ada particular.<\/p>\n<p>1. HISTORICIDAD DF. LA FE &#8211; La historia humana, vista desde la perspectiva del creyente, se caracteriza por el nacimiento y el ocaso de determinadas creencias y de per\u00ed\u00adodos en que predomina la fe o la incredulidad. El estudio hist\u00f3rico de la fe permite, adem\u00e1s, distinguir en ella los elementos recibidos de otras creencias, los influjos ejercidos por ella misma, sus diversos modos de expresi\u00f3n y las caracter\u00ed\u00adsticas de cuantos la aceptan o transmiten. Aceptar como terreno germinal y sustentador de la fe la historia humana y que la fe est\u00e9 sometida a las leyes de la historia, no implica necesariamente caer en el relativismo hist\u00f3rico, el cual evidentemente vac\u00ed\u00ada de contenido propio el creer cristiano. Aceptar la historicidad de la fe es reconocer honestamente los complejos problemas que arrastra consigo. La historia descubre en la fe cristiana vastos estratos que, a la manera de los geol\u00f3gicos, no s\u00f3lo se sedimentan, sino que est\u00e1n sujetos a gigantescas presiones que los hacinan unos sobre otros. El creyente cristiano debe ser consciente de estas modificaciones, ya que ellas ofrecen la orograf\u00ed\u00ada, complicada pero realista, de su creencia. Esta orograf\u00ed\u00ada es indispensable para conocer a fondo la propia fe y contribuye a que la espiritualidad del creyente crezca y pueda superar felizmente los diversos \u00abterremotos\u00bb que se producen en la historia.<\/p>\n<p>2. LA CRISIS ACTUAL DE LA FE CRISTIANA &#8211; Nuestra \u00e9poca, si se compara con otros per\u00ed\u00adodos hist\u00f3ricos, se presenta a nuestra mirada de occidentales, en su aspecto m\u00e1s llamativo, con caracteres de crisis. Se comprueba un abandono creciente no s\u00f3lo de las pr\u00e1cticas religiosas, sino tambi\u00e9n de la fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia y en cuanto concierne al ser y al destino del hombre. El creer atraviesa un momento critico y de repliegue. La abundante bibliograf\u00ed\u00ada sobre la llamada \u00abteolog\u00ed\u00ada de la muerte de Dios\u00bb lo ha puesto al descubierto. Lo que caracteriza este per\u00ed\u00adodo cr\u00ed\u00adtico no es tanto la respuesta \u00abatea\u00bb o \u00abagn\u00f3stica\u00bb a los interrogantes m\u00e1s trascendentales del hombre (su ser espec\u00ed\u00adfico, su destino, Dios), cuanto esta respuesta misma dada como cristiana. La negaci\u00f3n de lo que propiamente trasciende el contenido meramente humano ha existido siempre, si bien esta negaci\u00f3n asume al presente una mayor amplitud y profundidad. Lo caracter\u00ed\u00adstico y t\u00ed\u00adpico de nuestro tiempo son los esfuerzos que, desde la posici\u00f3n inicial creyente y apoy\u00e1ndose, al menos en parte, en la misma revelaci\u00f3n, se han llevado a cabo para manifestar la vacuidad, seg\u00fan ciertos autores, del concepto de Dios, de Cristo, de la Iglesia y del amor cristiano. Autores del ala radical de la teolog\u00ed\u00ada de la muerte de Dios, aun profes\u00e1ndose cristianos, como W. Hamilton, G. Vahanian y, m\u00e1s radicalmente, Th. J. J. Altizer, reducen a una medida antropol\u00f3gica cuanto el creyente acepta de Dios y de lo divino. Pero tambi\u00e9n los representantes del ala moderada, como el primer H. Cox y, en el mismo plano, J. A. T. Robinson, inspir\u00e1ndose en P. TilIich, D. Bonhoeffer, R. Bultmann, corren el riesgo, y a veces caen en \u00e9l, de cancelar de la fe en Dios (y de cuanto ella supone para el cristiano) lo que, en su opini\u00f3n, no se adapta ya a la madurez de la raz\u00f3n lograda por el hombre moderno. Del cristianismo quieren retener a Cristo; pero suprimen de su persona, o al menos dejan en una espesa penumbra, la divinidad y la resurrecci\u00f3n. En la Iglesia y en su estructura ven, a lo m\u00e1s o \u00fanicamente, el resultado de una ideolog\u00ed\u00ada y la concretizaci\u00f3n de acontecimientos hist\u00f3ricos, y no el lugar establecido por Cristo para la vida del creyente; y, por \u00faltimo, del amor cristiano retienen s\u00f3lo la dimensi\u00f3n horizontal.<\/p>\n<p>Este movimiento ha provocado en no pocos creyentes una fuerte sacudida; su misma fe ha quedado mellada. No hay duda de que el creyente puede contemplar sin excesiva sorpresa este movimiento y la historia fugaz de esta corriente. Los escritos de estos autores consiguieron una amplia audiencia, es cierto; pero bastaron unos a\u00f1os para poder comprobar que la cresta de la ola de este movimiento, en lo que ten\u00ed\u00ada de m\u00e1s caracter\u00ed\u00adstico, se abat\u00ed\u00ada vertiginosamente. De su espuma, que se deshizo con rapidez, surgieron otras \u00abteolog\u00ed\u00adas\u00bb: de la secularizaci\u00f3n, de la liberaci\u00f3n, de la revoluci\u00f3n, las cuales, por lo que tienen de comprometido y de respuesta a determinadas circunstancias, localizadas en parte geogr\u00e1ficamente, no dejan de seducir.<\/p>\n<p>Todo esto, m\u00e1s que turbar o desanimar, puede influir en el creyente para que, por un lado, tome conciencia de la dimensi\u00f3n hist\u00f3rica de su creer, que puede estar sujeto a tales influjos, y por otro, se haga cargo de los elementos esenciales de su fe cristiana, sometiendo a un discernimiento lo m\u00e1s perspicaz posible todo lo que puede ser expresi\u00f3n defectuosa de los mismos.<\/p>\n<p>3. EL DIOS DE LOS PATRIARCAS &#8211; Un punto de partida v\u00e1lido para discernir la fe genuina lo brinda la reflexi\u00f3n acerca de d\u00f3nde y c\u00f3mo nace la fe transmitida por los patriarcas del AT y mantenida por el pueblo elegido. Su actitud de creyentes es instructiva. La presencia de esta actitud suya en la historia humana constituye la base del punto de vista cristiano. Tal actitud es para el cristiano el origen de su fe. A partir de ella se puede comprender que la historia humana se convierte en historia de salvaci\u00f3n y tambi\u00e9n que es el lugar escogido por Dios como fuente, contenido y soporte del creer cristiano.<\/p>\n<p>De toda la problem\u00e1tica de la religi\u00f3n de los patriarcas, su creencia en Dios ilumina un punto esencial de la fe cristiana. Es interesante observar c\u00f3mo se designa al Dios que ellos adoran, porque ello nos permite captar la caracter\u00ed\u00adstica de su creer. El modo m\u00e1s antiguo de designar a Dios es la f\u00f3rmula \u00abel Dios de mi padre\u00bb y correlativamente, seg\u00fan las exigencias de la narraci\u00f3n, \u00abde tu padre\u00bb, \u00abde su padre\u00bb (G\u00e9n 31,5-29; 43, 23, etc.). Luego se pasa a sustituir y a a\u00f1adir al posesivo el nombre propio del padre; y as\u00ed\u00ad, tenemos las expresiones \u00abel Dios de Abrah\u00e1n\u00bb (G\u00e9n 31,42), \u00abel Dios de mi padre Isaac\u00bb (G\u00e9n 32,10). La f\u00f3rmula se emplea tambi\u00e9n en plural. La f\u00f3rmula plena se logra despu\u00e9s de varias generaciones, en el \u00e9xodo, cuando Dios le dice a Mois\u00e9s: \u00abYo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrah\u00e1n, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob\u00bb (Ex 3,6), o, referido al pueblo, \u00abel Dios de vuestros padres\u00bb (Ex 3,15.16).<\/p>\n<p>Estas expresiones contienen una concepci\u00f3n t\u00ed\u00adpicamente n\u00f3mada de Dios, la cual presenta tres caracter\u00ed\u00adsticas: a) no est\u00e1 ligada a un santuario o territorio, sino a un grupo de personas; b) indica que \u00e9l se ha revelado o manifestado de modo especial a un antepasado o padre, que lo ha reconocido y adorado como Dios; c) este reconocimiento se concibe como un parentesco entre el hombre y Dios. Como divinidad n\u00f3mada, el Dios del padre gu\u00ed\u00ada, acompa\u00f1a y custodia en su peregrinlar al grupo que le permanece fiel. La expresi\u00f3n \u00abel Dios de mi padre\u00bb es densa de contenido, pues por ella el creyente da raz\u00f3n de su fe; individualiza a su Dios e, impl\u00ed\u00adcitamente, hace creer que Dios se ha revelado a su padre y que acepta, como \u00e9l, el compromiso y la obediencia.<\/p>\n<p>Las diversas revelaciones de Dios a los patriarcas, a Abrah\u00e1n (central, si se considera la de G\u00e9n 15), a Isaac (G\u00e9n 26,24ss) y a Jacob (G\u00e9n 28,13ss), contienen rasgos comunes. Los principales son: Dios hace una promesa y exige el cumplimiento de sus preceptos. Por medio de su revelaci\u00f3n, Dios se introduce en la vida de los patriarcas y, a trav\u00e9s de ellos, en la vida de su descendencia. Mediante su intervenci\u00f3n especial y libre, Dios transforma la historia humana, es decir, la de quienes dar\u00e1n origen a su pueblo, en historia de salvaci\u00f3n. El cambio de nombre que Dios impone a Abrah\u00e1n, sobre todo la prueba a que le somete -tan dram\u00e1ticamente descrita por Kierkegaard- y su superaci\u00f3n con el consiguiente juramento por parte de Dios, que refuerza su promesa (G\u00e9n 22,16), presentan a este patriarca como el \u00abpadre de los creyentes\u00bb, prototipo y transmisor de la fe que se acredita como justicia (Rom 4,3.22.23).<\/p>\n<p>4. LA FE DEL PUEBLO ELEGIDO &#8211; Cuando Dios interviene de nuevo en la historia del pueblo que se ha elegido y se presenta a Mois\u00e9s en la zarza ardiendo, declara ser \u00abel Dios de tu padre\u00bb, el Dios de Abrah\u00e1n, Isaac y Jacob (Ex 3,3ss), estableciendo as\u00ed\u00ad la identidad entre el Dios de los patriarcas y el Dios que librar\u00e1 a su pueblo de la esclavitud de Egipto. De este modo, el nombre sagrado de Yahv\u00e9, que abre una nueva \u00e9poca de liberaci\u00f3n, incluye en su acci\u00f3n protectora las revelaciones y las promesas hechas a los patriarcas.<\/p>\n<p>Con la revelaci\u00f3n hecha a Mois\u00e9s, Dios establece un punto irreversible en la historia del pueblo elegido y, por su medio, de toda la humanidad. El \u00abDios del padre\u00bb, que en la tradici\u00f3n elohista y sacerdotal recib\u00ed\u00ada, entre otros, el nombre de Elohim -tomado del pante\u00f3n cananeo-, toma ahora el nombre de Yahv\u00e9; \u00e9l es quien da cohesi\u00f3n de pueblo a las doce tribus y quien manifiesta su asistencia constante a sus elegidos en ciertas eventualidades que marcan importantes piedras miliarias en la historia de Israel, con potencia extraordinaria, con \u00abbrazo tenso\u00bb (Dt 5,15; Sal 136,12; Jer 32,21). Es el Dios que enriquece y educa la fe de Israel con su palabra; que lo pone a prueba en el desierto (Ex 16,4), a fin de confirmarlo y ejercitarlo como hace el padre con el hijo (Dt 8,2-6); que le concede la conquista de la tierra prometida (Sal 44,4); que se le da a conocer como \u00abel santo\u00bb (Is 6,3; Lev 20,26), como el creador del cielo y de la tierra (Dt 32,8; ls 42,5; cf Sab 13,5), como el justo y fiel a su promesa (Dt 32,4; Sal 145,13); que castiga la maldad (ls 2,11ss; 13,11) y usa misericordia (Sal 25,10; 89,15; 103,17; 108,21). Es el Dios \u00aboculto\u00bb y \u00absalvador\u00bb (Is 45,15), que env\u00ed\u00ada a sus elegidos dot\u00e1ndoles de su Esp\u00ed\u00adritu para librar, salvar y corregir, por medio de sus profetas, las desviaciones de su pueblo. El es quien le concede momentos de esplendor y su especial presencia en el templo de Jerusal\u00e9n (1 Re 8,10-11). Y \u00e9l tambi\u00e9n quien hace predecir la destrucci\u00f3n de ese mismo templo (Jer 7,3ss) y la deportaci\u00f3n a Babilonia (Ez 12,1ss). A pesar de ello, su \u00faltima palabra es siempre de misericordia, de perd\u00f3n y de consuelo. Hace profetizar la resurrecci\u00f3n de su pueblo (Ez 37,1ss) y anunciar que establecer\u00e1 un pacto nuevo y que infundir\u00e1 su Esp\u00ed\u00adritu (Ez 36,25ss) para inaugurar por medio de su ungido una nueva era de paz, de bendici\u00f3n y, sobre todo, de conocimiento-amor de Dios (Is 11,1-9).<\/p>\n<p>A esta acci\u00f3n de Dios en la historia, el pueblo de Israel responde en conjunto con una aceptaci\u00f3n fundamental de fe y de obediencia, que lo caracteriza. Es verdad que esta fe no excluye numerosas infidelidades, desviaciones y apostas\u00ed\u00adas, hasta el punto de que s\u00f3lo el \u00abresto\u00bb ser\u00e1 salvado.<\/p>\n<p>Toda la compleja trama de la acci\u00f3n de Dios y de la respuesta humana que el AT nos descubre o, m\u00e1s bien, nos hace adivinar, constituye el lugar originario y sustentador del creyente jud\u00ed\u00ado. La existencia innegable de su mismo pueblo con su historia particular alimenta la fe del creyente, aunque haya en \u00e9l \u00abinsensatos\u00bb que niegan en su propio coraz\u00f3n la existencia de Dios (Sal 14;53). Tema constante de los autores inspirados ser\u00e1 la historia misma del pueblo, el modo en que obra Dios con los que le temen, su poder, la fuerza, la sabidur\u00ed\u00ada, la eficacia de su palabra y de su Esp\u00ed\u00adritu, su omnipresencia y su misericordia con el individuo o con la colectividad. Los salmos, en su rico contenido, expresan la fe en la acci\u00f3n de Dios en la historia humana en forma de oraci\u00f3n: alabanza, agradecimiento, s\u00faplica que sostiene la fe de todo el pueblo [>Salmos]. Los otros libros inspirados del AT, en su inmensa variedad, tienen en com\u00fan esta caracter\u00ed\u00adstica: testimonian la acci\u00f3n de Dios en la historia [>Experiencia espiritual en la Biblia 1]. Este es tambi\u00e9n un punto fundamental del creer cristiano: Dios creador obra en la historia.<\/p>\n<p>5. EL FACTOR QUE FUNDAMENTA EL CREER Y LA TRANSMISI\u00ed\u201cN DEL MISMO &#8211; En este dato de los libros sagrados se debe distinguir con esmero el factor que fundamenta el creer de su transmisi\u00f3n a trav\u00e9s del testimonio. Ambas cosas se relacionan con la fe, pero de modo diverso. El factor cimentador es una intervenci\u00f3n especial de Dios en la historia humana. El que lo recibe de forma inmediata comprueba un hecho: que Dios impone y realiza seg\u00fan sus planes, por encima del querer y de las expectativas del receptor, a veces en contra o m\u00e1s all\u00e1 de las fuerzas humanas que le resisten. Esta revelaci\u00f3n, epifan\u00ed\u00ada, palabra de Dios, prodigio o signo, queda como una marca de innegable car\u00e1cter divino impresa en quien la recibe inmediatamente. La garant\u00ed\u00ada para el que debe ser su testigo est\u00e1 en el hecho mismo y en el modo en que se impone tal hecho a su conciencia. Estos hechos son los que, en sentido propio, convierten la historia humana en historia salv\u00ed\u00adfica. El testigo del hecho lo transmite al creyente. La transmisi\u00f3n por medio del testigo est\u00e1 enteramente sujeta a las complejas leyes expresivas de la palabra y del lenguaje humanos; en la aceptaci\u00f3n de este testimonio podemos dejarnos guiar por las exigencias esenciales del creer humano; tal testimonio queda garantizado como divino de forma concomitante o externa; s\u00f3lo en la fe alcanza su plena justificaci\u00f3n. Precisamente por medio de la fe y de cuanto requiere la fe cristiana en materia de gracia y de acci\u00f3n divina, el creyente se asocia a la persona que da el testimonio y, a trav\u00e9s de ella, al hecho mismo salv\u00ed\u00adfico, el cual vierte as\u00ed\u00ad en el creyente su virtualidad de salvaci\u00f3n. Si el factor cimentador se impone, el testimonio del mismo, por el contrario, interpela m\u00e1s bien a la libertad del creyente; si en cierto sentido puede decirse que tambi\u00e9n el testimonio se impone al creyente, ello se debe tan s\u00f3lo a la realidad y a la verdad que contiene, pues en raz\u00f3n de su verdad coloca al eventual creyente en la alternativa de salvaci\u00f3n o de condenaci\u00f3n. Para el eventual creyente, el testimonio es tambi\u00e9n juicio de Dios. Su aceptaci\u00f3n es salvaci\u00f3n; la fe es \u00abprincipio, fundamento y ra\u00ed\u00adz de toda justificaci\u00f3n\u00bb (DS 1532).<\/p>\n<p>III. El creyente en Jesucristo Se\u00f1or<br \/>\nLa acci\u00f3n de Dios en la historia de Israel transforma esta historia en contenido, ejemplo y paradigma del creyente cristiano. El privilegio del pueblo elegido de ser el destinatario de la palabra de Dios (Rom 3,2), de participar de la filiaci\u00f3n, de la gloria de Dios, de poseer la alianza, la ley y la promesa (Rom 9,4) y de constituir por generaci\u00f3n humana la l\u00ed\u00adnea de transmisi\u00f3n en la cual nacer\u00e1 Jesucristo (Rom 9,5), hace de este pueblo un lugar privilegiado para la fe del creyente cristiano.<\/p>\n<p>1. CRISTO. EL PUNTO M\u00ed\u0081XIMO DE LA INSERCI\u00ed\u201cN DE DIOS EN LA HISTORIA &#8211; Con Cristo se escribe una nueva p\u00e1gina en la historia de la salvaci\u00f3n. En ella existe continuidad y cambio. Por una parte, es el mismo Dios el que interviene nuevamente en la historia humana; por otra, su intervenci\u00f3n alcanza el m\u00e1ximo de profundidad; es definitiva y perfecta. O. Cullmann expone acertadamente el conjunto del plan salv\u00ed\u00adfico de la benevolencia divina mediante el s\u00ed\u00admbolo de los c\u00ed\u00adrculos conc\u00e9ntricos. El primer c\u00ed\u00adrculo, vast\u00ed\u00adsimo, comprende a toda la humanidad en su creaci\u00f3n. El c\u00ed\u00adrculo disminuye y se concentra en otros c\u00ed\u00adrculos que van reduci\u00e9ndose cada vez m\u00e1s: el pueblo elegido, el resto de Israel, Jesucristo. En este \u00faltimo se alcanza el m\u00e1ximo de concentraci\u00f3n. A partir de \u00e9l, tendremos nuevos ensanchamientos: los disc\u00ed\u00adpulos, la Iglesia, la humanidad entera. Con la encarnaci\u00f3n del Hijo de Dios, la inserci\u00f3n de Dios en la historia humana alcanza su punto culminante. Jesucristo es el centro y el fin de toda la creaci\u00f3n, la imagen del Dios invisible, el primog\u00e9nito de toda criatura (Col 1,15-17). Su persona, su misi\u00f3n y su destino cambian la suerte de cuantos creen en \u00e9l (Rom 3,21-26). Se ha inaugurado el tiempo de paz con Dios (Rom 5,1), de reconciliaci\u00f3n (Rom 5,11), de gracia y de amor (Rom 5,5.8), de libertad (Rom 8,2), del Esp\u00ed\u00adritu (Rom 8,9-11), de misericordia (Rom 9,15-18), de restauraci\u00f3n de todo lo creado (Rom 8,19-21) [>Jesucristo].<\/p>\n<p>2. CRISTO Y LA FE DE LOS PATRIARCAS &#8211; Con Cristo nos encontramos nuevamente ante el Dios de las tres caracter\u00ed\u00adsticas que se remonta al tiempo de los patriarcas [>supra, II, 3], t\u00ed\u00adpicas de un pueblo n\u00f3mada, y que pervivieron en Israel despu\u00e9s de transformarse en pueblo sedentario. Cristo, sin embargo, las sit\u00faa en un nivel m\u00e1s profundo, m\u00e1s espiritual y universal. Para Jes\u00fas, \u00absu\u00bb Dios es su Padre, y su Padre es el Dios de los jud\u00ed\u00ados (Jn 8,54). El Dios de Jes\u00fas no est\u00e1 ligado a un territorio o santuario, y mucho menos a una familia o raza. Es esp\u00ed\u00adritu y ha de ser adorado en esp\u00ed\u00adritu y verdad (Jn 4,24). Como en la religi\u00f3n n\u00f3mada, se establece una relaci\u00f3n personal. En Cristo y por Cristo, ser\u00e1 una relaci\u00f3n de mutua habitaci\u00f3n: \u00abpermaneced en m\u00ed\u00ad como yo en vosotros\u00bb (Jn 15,4); \u00abvendremos a \u00e9l (a quien observa sus mandamientos) y haremos morada en \u00e9l\u00bb (Jn 14,23). Creer en Cristo y tener como \u00e9l a Dios por Padre, no es s\u00f3lo aceptar que Dios se ha revelado a Jes\u00fas, sino algo m\u00e1s intr\u00ed\u00adnseco y profundo: \u00e9l y el Padre son una sola cosa (Jn 17,11); quien ve a Jesucristo ve tambi\u00e9n al Padre, porque \u00e9l est\u00e1 en el Padre y el Padre en \u00e9l (Jn 14,9-10). Por eso el creyente que acepta al Dios de Jes\u00fas, cree en el Dios creador del cielo y de la tierra, que se revel\u00f3 en la historia de Israel; pero cree tambi\u00e9n en Jes\u00fas como Se\u00f1or y como Dios, por el sencillo motivo de que la revelaci\u00f3n y la inserci\u00f3n de Dios en la historia mediante Jes\u00fas es de \u00ed\u00adndole sustancial. Si la relaci\u00f3n de Dios con el hombre se presenta en los patriarcas como un parentesco, en Jesucristo se precisa y concreta en una filiaci\u00f3n. Los creyentes en Cristo son hijos porque han recibido el Esp\u00ed\u00adritu no de temor sino de filiaci\u00f3n (G\u00e1l 4,6; Rom 8,14), y este Esp\u00ed\u00adritu de Jes\u00fas es el que testimonia que son hijos y les permite invocar a Dios como lo hacia Jes\u00fas con el nombre de Abba, Padre. La oraci\u00f3n espec\u00ed\u00adfica de los creyentes en Jesucristo comienza justamente con esta invocaci\u00f3n: Padre nuestro, que est\u00e1s en los cielos. As\u00ed\u00ad como la inserci\u00f3n de Dios en la historia de los patriarcas y del pueblo es el factor cimentador de la fe para Israel, as\u00ed\u00ad, de manera similar y m\u00e1s radical a\u00fan, lo es para el creyente cristiano la inserci\u00f3n de Dios en Jesucristo, en su persona, en su misi\u00f3n y en su destino.<\/p>\n<p>3. EI. CREYENTE CRISTIANO Y LA IGLESIA &#8211; Cristo es, adem\u00e1s, el testimonio por excelencia de la acci\u00f3n de Dios en la historia humana. La fe aut\u00e9ntica es siempre respuesta a la palabra de Dios, y por eso se transmite dentro de un contexto social. Jesucristo respeta esta ley. Elegir\u00e1 ap\u00f3stoles, formar\u00e1 disc\u00ed\u00adpulos, establecer\u00e1 su Iglesia, su reba\u00f1o, su reino, y les encargar\u00e1 ser sus testigos, predicar en todo el mundo (Mc 16,15), bautizar, ganar a otros para la misma fe (Mt 28,19; Lc 24,48). Cristo establece el lugar en el cual el creyente realiza por medio de la fe el encuentro personal con \u00e9l: encuentro, confianza en su persona, que es adhesi\u00f3n e inserci\u00f3n en su misterio de salvaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El bautismo-fe es un sumergirse, un con-sepultarse, un injertarse en la muerte redentora de Cristo, un crucificar al hombre viejo, un morir con Cristo para vivir con \u00e9l y participar de su resurrecci\u00f3n (Rom 6,3-9). Por la fe-bautismo, el creyente forma un cuerpo, el cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12.27); por medio del Esp\u00ed\u00adritu Santo se le infunde la caridad de Dios (Rom 5,5) y los dones que el Esp\u00ed\u00adritu Santo distribuye como quiere (1 Cor 12,7) dentro de este cuerpo que \u00e9l forma en Cristo, siendo, unos respecto a otros, miembros del mismo cuerpo (Rom 12,5), que es la Iglesia (Col 1,24). En resumen, el creyente en Cristo realiza en s\u00ed\u00ad el plan salvifico de Dios, el cual hace que todo redunde en bien de sus elegidos, de cuantos ha llamado y predestinado \u00aba ser conformes con la imagen de su Hijo, para que El sea el primog\u00e9nito entre muchos hermanos\u00bb (Rom 8,28-29).<\/p>\n<p>Esta conformaci\u00f3n abarca todo cuanto es y debe ser el creyente cristiano: su vocaci\u00f3n, su elecci\u00f3n y su glorificaci\u00f3n (Rom 8,30). Y esto ya desde ahora, si bien no se ha manifestado a\u00fan en su plenitud, la cual se alcanzar\u00e1 cuando veamos a Dios \u00abtal y como es\u00bb (1 Jn 3,2). El creyente cristiano debe ser consciente de que, por medio de su fe y de cuanto con ella Dios le otorga, se convierte en una nueva criatura, en un hombre nuevo (Ef 4,24), piedra viva de la casa santa de Dios (1 Pe 2,5), sacerdocio real, pueblo de su conquista (1 Pe 2,9) y, por ello, es parte viva y responsable, cada uno en su grado, de la Iglesia de Cristo.<\/p>\n<p>Esta Iglesia, con su estructura y con sus sacramentos, con la diversidad de sus miembros y con la unidad de su cuerpo, constituye el pueblo de Dios (LG 9ss). En ella se encuentra la especial conexi\u00f3n del factor que funda la fe, Cristo Jes\u00fas, y de su transmisi\u00f3n (o kerygma), guiada por la intervenci\u00f3n especial del Esp\u00ed\u00adritu Santo. Es importante, para la espiritualidad del creyente, observar que la acogida del kerygma mediante la fe supone una intervenci\u00f3n particular de Dios en su vida por medio del Esp\u00ed\u00adritu Santo, y que la acci\u00f3n de \u00e9ste tiende a configurarle con Cristo.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, en la Iglesia la historia humana se transforma en historia de salvaci\u00f3n, sin que \u00e9sta se diferencie emp\u00ed\u00adricamente de la primera o se sustraiga a todos los procesos y a la complejidad de los hechos hist\u00f3ricos. A pesar del aspecto humano de la Iglesia, el Vat. 1 pudo afirmar que ella es \u00abel signo levantado entre las naciones\u00bb (cf ls 11,12), la que atestigua a sus hijos que la fe por ellos profesada tiene un fundamento solid\u00ed\u00adsimo (DS 3014). Esto no quita para que la Iglesia haya de purificarse constantemente y proseguir sin interrupci\u00f3n su tarea de conversi\u00f3n y de renovaci\u00f3n (LG 8), tarea que se compendia en crecer en justicia y amor, esforz\u00e1ndose por ser la esposa de Cristo \u00absin m\u00e1cula ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada\u00bb, como \u00e9l la quiere y la desea (Ef 5,27).<\/p>\n<p>Este esfuerzo han de realizarlo todos y cada uno de los creyentes, seg\u00fan sus propios dones, grado y posibilidad. Cuanto m\u00e1s y mejor se cumpla con este deber, tanto m\u00e1s y mejor la Iglesia misma desempe\u00f1ar\u00e1 su misi\u00f3n: ser para todo creyente cristiano el lugar originario y sustentador de su fe y una invitaci\u00f3n constante a que el c\u00ed\u00adrculo de misericordia divina que ella representa en el mundo, se agrande cada vez m\u00e1s hasta acoger a todas las naciones de la tierra.<\/p>\n<p>IV. Exigencias del ser creyente cristiano<br \/>\nCuanto hemos dicho hasta ahora nos permite comprender lo que significa ser creyente cristiano y d\u00f3nde nace, se mantiene y se desarrolla su fe. Vamos a resumirlo todo en una f\u00f3rmula cristiana, ya que debe formar parte de su espiritualidad. La f\u00f3rmula sint\u00e9tica nos la brinda la primera petici\u00f3n del Padrenuestro: \u00abSantificado sea tu nombre\u00bb [>Padrenuestro IV]. La frase, en cuanto s\u00faplica, expresa el deseo de una manifestaci\u00f3n progresiva y creciente de la santificaci\u00f3n del nombre del Padre; parte del presente y mira al futuro; por ello tiende a una plenitud, a una perfecci\u00f3n. Ya Or\u00ed\u00adgenes observaba que las palabras de la oraci\u00f3n misma: \u00abas\u00ed\u00ad en el cielo como en la tierra\u00bb, no se refieren s\u00f3lo a la tercera petici\u00f3n, sino a las tres primeras del Padrenuestro&#8217;. Siendo as\u00ed\u00ad, en esta s\u00faplica se pide la perfecci\u00f3n m\u00e1xima del reconocimiento y de la glorificaci\u00f3n del nombre del Padre. En la actualizaci\u00f3n de esta \u00absantificaci\u00f3n\u00bb intervienen dos personajes: Dios y el hombre. La iniciativa y la parte principal corresponden a Dios; de ah\u00ed\u00ad el tono humilde, a la vez que audaz, de la petici\u00f3n. El \u00abnombre\u00bb, en el sentido hebreo del t\u00e9rmino, designa el ser mismo del Padre. A \u00e9l se le pide que lo santifique, que se manifieste como \u00absanto\u00bb a los hombres y que intervenga como tal en la historia humana. La santidad de Dios, con la riqueza que contiene el concepto, incluye su justicia, misericordia, bondad y el poder que s\u00f3lo \u00e9l posee. Se le s\u00faplica que se revele a los hombres como Dios y Padre. Pero, al mismo tiempo, la expresi\u00f3n \u00absantificado sea\u00bb hace referencia al ser humano y a su acci\u00f3n. El hombre santifica el nombre de Dios no s\u00f3lo con las palabras, sino principalmente reconociendo y atribuy\u00e9ndole a \u00e9l, y no a otros -los \u00ed\u00addolos-, la obra realizada por \u00e9l al revelarse. Este reconocimiento es fe, es aceptaci\u00f3n-obediencia de la santidad de Dios y de lo que ella incluye, desea o manda. Podemos decir, en efecto, que si Dios ha sido santificado en la historia como Padre de Jesucristo y, por medio de \u00e9l -\u00fanico mediador (1 Tim 2,5)-, como Padre de todos los que profesan que Cristo es el Se\u00f1or, la respuesta de la fe es la que santifica el nombre del Padre por parte de los hombres. Cualquier otra respuesta que no sea la fe en su plenitud lo profana (Ez 36,20-21).<\/p>\n<p>La santificaci\u00f3n del nombre del Padre por parte del creyente cristiano supone la conversi\u00f3n [1], el crecimiento en la fe [2] y la autorrealizaci\u00f3n [3], con las correspondientes disposiciones de perseverancia, apostolado y compromiso enel mundo; exigencias que, de satisfacerse, har\u00e1n florecer la espiritualidad del creyente.<\/p>\n<p>1. CONVERSI\u00ed\u201cN Y PERSEVERANCIA &#8211; Si la fe transforma al creyente cristiano en la imagen del Hijo, con todo lo que esto supone de cambio en el orden ontol\u00f3gico [ supra, III, 3], incluye tambi\u00e9n una conversi\u00f3n de orden moral. La conversi\u00f3n del creyente, su metanoia, es una exigencia inherente y dimanante de su misma fe. La conversi\u00f3n interpela a la libertad humana, supone un cambio, aceptado y libre, de un estado precedente de desacuerdo, de desorden o de pecado respecto a Dios, a uno mismo y al pr\u00f3jimo, a otro estado: el de la reconciliaci\u00f3n. Mas para que esta conversi\u00f3n se realice como acci\u00f3n humana, la fe debe incluir: a) un conocimiento especial de la realidad y b) una conexi\u00f3n con la esperanza y con el amor que la hagan operativa, c) dentro incluso de la diferencia y d) en la compenetraci\u00f3n de estas tres virtudes.<\/p>\n<p>a) El conocimiento particular de la fe. El conocimiento adquirido con la fe cristiana se transmite a trav\u00e9s del testimonio. Por medio de \u00e9l tiene el creyente la posibilidad de realizar el encuentro personal con Cristo. Dado que es la palabra la que nos dirige y hace posible este encuentro, ella ha de llevarnos a individuar e identificar a Cristo. Y lo hace no mediante la simple descripci\u00f3n de sus obras externas, sino individu\u00e1ndolo profundamente en su inserci\u00f3n en la historia, en sus hechos -vida, pasi\u00f3n, resurrecci\u00f3n- y en sus palabras. Todo esto implica que el creyente debe aceptar la realidad de estos aspectos. Por medio de ellos sabe con qui\u00e9n se encuentra y a qui\u00e9n da su adhesi\u00f3n. La aceptaci\u00f3n de la realidad de estos hechos espec\u00ed\u00adficos y concretos de Jesucristo puede presentar y le presenta al creyente dificultades m\u00e1s o menos grandes seg\u00fan las \u00e9pocas y las mentalidades. La fe cristiana es un obsequio racional. Para que el creyente pueda ofrecerlo, la misma fe cristiana le ense\u00f1a que es necesaria la intervenci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu de Dios; el Esp\u00ed\u00adritu mismo es el que otorga la posibilidad de tener este conocimiento y da la sabidur\u00ed\u00ada cristiana, tan ensalzada por san Pablo en la primera Carta a los Corintios (1 Cor 2,6-16), y que san Juan establece como compendio de la misi\u00f3n salv\u00ed\u00adfica de Cristo: \u00abQue te conozcan a Ti, el \u00fanico Dios verdadero, y al que T\u00fa enviaste, Jesucristo\u00bb (Jn 17,3). Obs\u00e9rvese que la fe cristiana no se reduce al mero elemento de aceptar la realidad de la persona de Cristo como factor cimentador y de los elementos que la precisan; sin embargo, lo implica como caracter\u00ed\u00adstica suya esencial. En virtud de la realidad de la persona de Cristo, el creyente no puede reducir su fe a una pura \u00abactitud\u00bb, por m\u00e1s profunda que sea, ni a una \u00abortopraxis\u00bb, por importante que se la estime. La fe cristiana posee un contenido real, preciso y determinado en sus lineas esenciales. La espiritualidad del creyente se basa en esta realidad.<\/p>\n<p>b) Conexi\u00f3n de la fe con la esperanza y con el amor. La conexi\u00f3n de la fe cristiana con la esperanza y con el amor puede ponerse de manifiesto partiendo de dos puntos de vista. Dios, cuando revela a Cristo y se revela en \u00e9l, une en un mismo acto el amor, la promesa y la realizaci\u00f3n. A la palabra que manifiesta sus designios salv\u00ed\u00adficos une el deseo de que sea aceptada, la promesa y el amor. La correspondiente respuesta de fe debe ser al mismo tiempo adhesi\u00f3n a su verdad, esperanza de cuanto promete y amor a la persona que se comunica a nosotros. Esto, por lo que ata\u00f1e al primer punto de vista. Segundo: para dar una respuesta de fe es indispensable adoptar una actitud de confianza en la persona que nos da testimonio de la verdad revelada. La confianza implica las disposiciones de la esperanza y el amor; por tanto, se espera en esa persona y se la ama. As\u00ed\u00ad pues, en la fe cristiana se armonizan necesariamente estas fuerzas del creyente que son esperar y amar. Por medio de ellas la fe abarca al hombre entero y le compromete a una respuesta total; ellas determinan una espiritualidad especial, puesto que entran en juego tambi\u00e9n la afectividad, la sensibilidad y el sentimiento del creyente.<\/p>\n<p>c) Diferencia entre fe, esperanza y amor. Sin embargo, hay que notar -y ello ayuda a comprender mejor el dinamismo de crecimiento de la espiritualidad del creyente- que entre la fe, la esperanza y el amor cristiano existen diferencias. El elemento com\u00fan a la fe y a la esperanza implica que la segunda tenga su punto de apoyo en la primera (Heb 11,1) y satisfaga a dos de sus exigencias esenciales: la realidad del \u00abobjeto\u00bb esperado y la posibilidad de tener los medios para conseguirlo. Fe y esperanza tienden siempre a un m\u00e1s all\u00e1 con ritmo de deseo; la esperanza anhela poseer y la fe aspira a ver. Mas el que tiene la fe de confianza o, si se quiere, de esperanza, permanece firme en un punto concreto de esta fuerza del alma, a saber, en el hecho de que el testigo que le habla le diga la \u00abverdad\u00bb. La esperanza en cuanto tal abarca mucho m\u00e1s; se extiende a la exigencia de que no le vaya a faltar el conjunto de medios que le dan la posibilidad de alcanzar su \u00abobjeto\u00bb y de encontrar en ellos la energ\u00ed\u00ada para superar las dificultades que encuentra en su camino. Existe tambi\u00e9n otra diferencia: la fe ya inicialmente implica, de manera peculiar, cierto grado de goce, pues es adhesi\u00f3n no tanto a las palabras cuanto a la persona que da testimonio y al contenido del testimonio. Por el contrario, la esperanza cesa en su acci\u00f3n cuando ha conseguido lo que esperaba (Rom 8,24). Una reflexi\u00f3n an\u00e1loga hay que hacer respecto de la caridad. La fe sin ella no seria salv\u00ed\u00adfica; no obstante, la fe sin la caridad puede seguir existiendo como virtud sobrenatural (DS 1544, 1577, 1578). La fe es una tendencia o amor, mas se centra en la verdad o en la persona en cuanto me comunica la verdad; si s\u00e9 que me enga\u00f1a, la tendencia amorosa de la fe no puede actuar, no puede adherirse a su testimonio. En cambio, el amor en cuanto tal, porque abarca m\u00e1s aspectos y no se reduce a la sola verdad, puede seguir amando a la persona aunque sepa que cuanto dice es falso. Bajo el aspecto concreto de la verdad y de la realidad, la fe implica una cierta prioridad en el encuentro del creyente con Cristo. La fe es el primer paso de la espiritualidad.<\/p>\n<p>d) Compenetraci\u00f3n. La compenetraci\u00f3n de la fe con estas otras dos energ\u00ed\u00adas sobrenaturales es rec\u00ed\u00adproca. La fe ser\u00e1 el sost\u00e9n de la esperanza y recibir\u00e1 de ella el impulso para obrar seg\u00fan sus exigencias. La fe, adhesi\u00f3n a la excelsa realidad de Cristo, es fuente inagotable de amor. El amor, a su vez, perfecciona e intensifica esta adhesi\u00f3n y convierte la obediencia contenida en la fe en una obediencia filial, caracter\u00ed\u00adstica de los que creen en Cristo. La perfecci\u00f3n de la fe se mide por la ayuda que aporta al desarrollo de las otras dos virtudes, las cuales, a su vez, la sostienen y la desarrollan hasta lograr la espiritualidad del creyente en la medida de Cristo (Ef 4,13). Esta ser\u00e1 su meta.<\/p>\n<p>e) Conversi\u00f3n. Podemos decir, pues, que la fe supone y representa una conversi\u00f3n, la cual consiste en orientar la vida espiritual del creyente hacia el misterio real contenido en Cristo y, por medio de \u00e9l, en Dios, excluyendo la ignorancia pasada (1 Pe 1,14). Conversi\u00f3n que requiere no vivir en pecado (Rom 6,2), liberarse de su esclavitud y de su tiran\u00ed\u00ada (Rom 6,16) para producir frutos de esa santidad que florece en vida eterna.<\/p>\n<p>[>Conversi\u00f3n; >Crisis III, 3 b; >Pecador\/pecado; >Penitente; >Pecado y penitencia en la inculturaci\u00f3n actual].<\/p>\n<p>f) Perseverancia. Por su parte, la conversi\u00f3n exige la perseverancia. Con raz\u00f3n exhorta san Pablo a caminar en el Esp\u00ed\u00adritu, si vivimos del Esp\u00ed\u00adritu (G\u00e1l 5,25). Con todo, puede darse una aut\u00e9ntica conversi\u00f3n y faltar perseverancia en el camino emprendido. La perseverancia, en efecto, requiere superar muchas dificultades que pueden obstaculizar el camino del creyente. Estos obst\u00e1culos pueden ser de orden muy diverso y provenir de m\u00faltiples causas, cuya oposici\u00f3n a la perseverancia se puede compendiar en una palabra: suscitan la duda en el creyente.<\/p>\n<p>Se\u00f1alar el modo pr\u00e1ctico y concreto de superar la duda es cometido de diversos tratados de espiritualidad: pedagog\u00ed\u00ada y pastoral de la fe, discernimiento de esp\u00ed\u00adritus y >oraci\u00f3n. De todas formas, el creyente ha de saber que la duda, contraria a su adhesi\u00f3n a la persona de Cristo bajo el aspecto espec\u00ed\u00adfico de la verdad y realidad, no es un componente de la fe ni le confiere una mayor flexibilidad o comprensi\u00f3n, sino que es un peligro que le podr\u00ed\u00ada arrebatar el tesoro del don recibido, que lleva, como dice Pablo a prop\u00f3sito de su apostolado, en un vaso fr\u00e1gil, de arcilla (2 Cor 4,7), expuesto continuamente a mil asechanzas (1 Pe 5,8-9). Superar la duda es consolidar la propia perseverancia, el progreso de la propia vida espiritual.<\/p>\n<p>El creyente cristiano que pertenece a la Iglesia Cat\u00f3lica se encuentra en una posici\u00f3n privilegiada; jam\u00e1s tendr\u00e1 causa justificada para abandonar su fe cristiana (DS 3014. 3036). Este privilegio, sin embargo, implica que el creyente adecue su cultura religiosa a los niveles alcanzados en su madurez humana, a las exigencias de los tiempos y de su cultura, y se sirva de los medios que la Iglesia pone a su disposici\u00f3n. Es un trabajo arduo, comprometedor y delicado, pero posible, que interpela no s\u00f3lo alcreyente particular, sino a la misma Iglesia en cuanto instituci\u00f3n.<\/p>\n<p>2. CRECIMIENTO Y APOSTOLADO &#8211; La conversi\u00f3n sintetiza cuanto ocurre en el creyente una vez que, por medio de la fe, ha entrado en contacto personal con Cristo. Por eso debe mantener su dinamismo a lo largo de toda su vida. Los t\u00e9rminos \u00abcrecimiento\u00bb y \u00abprogreso espiritual\u00bb expresan mejor que la palabra conversi\u00f3n la constante transformaci\u00f3n que exige la fe en quien es ya creyente, lo mismo que los t\u00e9rminos \u00abjustificado\u00bb y \u00abreconciliado\u00bb indican mejor que el vocablo pecador qui\u00e9n es el creyente. La conversi\u00f3n a la fe deja atr\u00e1s un pasado de pecado y le abre al creyente un porvenir cual lo describe san Pablo: \u00abNada hay ahora digno de condenaci\u00f3n en aquellos que no caminan ya seg\u00fan la carne\u00bb (Rom 8,1). La conversi\u00f3n es algo inicial (AG 13) y por eso admite grados, como la fe (Lc 17,15). La fe tiene una medida propia (Rom 12,3; 1 Cor 12,11); pero, cualesquiera sean el grado y la medida recibidos, la fe invita constantemente al creyente y a la Iglesia a empe\u00f1ar sus energ\u00ed\u00adas en purificarla, completarla y llevarla a su actuaci\u00f3n.<\/p>\n<p>a) Purificaci\u00f3n de la fe. Purificar la fe significa eliminar aquellos elementos que se le han sobrepuesto a causa de su encarnaci\u00f3n en la historia; elementos que, en determinadas circunstancias personales o colectivas, pueden parecer \u00ed\u00adntimamente pertenecientes a ella, cuando no son m\u00e1s que subproductos humanos de su expresi\u00f3n externa o de una comprensi\u00f3n limitada de la misma. Mas purificaci\u00f3n de la fe significa tambi\u00e9n el resultado del esfuerzo por colocar en su debido puesto los elementos de la fe misma que se hayan descuidado en alg\u00fan caso. San Pablo, cuando en su predicaci\u00f3n reivindica con suma energ\u00ed\u00ada el puesto central de Cristo crucificado (1 Cor 2,2), purifica la fe de la comunidad de Corinto. Lo mismo hace Jesucristo cuando intenta inculcar en el coraz\u00f3n de los disc\u00ed\u00adpulos que se dirig\u00ed\u00adan a Ema\u00fas el d\u00ed\u00ada de pascua, que Cristo hab\u00ed\u00ada de morir para entrar en su gloria (Lc 24,26).<\/p>\n<p>b) Compleci\u00f3n de la fe. La debida jerarqu\u00ed\u00ada de las verdades de la fe (UR 11) es ya una purificaci\u00f3n que exige un crecimiento de la misma fe, puesto que es un lazo rec\u00ed\u00adproco entre tales verdades. Esta conexi\u00f3n invita al creyente a adquirir un conocimiento m\u00e1s completo de las mismas. La \u00abanalog\u00ed\u00ada de la fe\u00bb puede guiar al creyente, ya sea a una purificaci\u00f3n de la misma ya a una ampliaci\u00f3n de sus horizontes. Si es importante la purificaci\u00f3n por lo que respecta a la autenticidad y a la profundidad de la fe, lo es tambi\u00e9n en orden a la adquisici\u00f3n de un conocimiento completo, de forma que el creyente pueda enriquecer principalmente todos los aspectos de su vida, dar raz\u00f3n m\u00e1s cabal de su esperanza (1 Pe 3,15) y comprender la dimensi\u00f3n omnicomprensiva de la caridad de Cristo (Ef 3,18). Todo esto es esencial a su espiritualidad.<\/p>\n<p>c) Actuaci\u00f3n de la fe. La fe obra por medio de la caridad (G\u00e1l 5,6). El creyente fiel al evangelio debe edificar sobre la roca (Mt 7,24), es decir, debe obrar ateni\u00e9ndose a las exigencias de su fe, la cual le revela que la caridad es el gran carisma y el camino mejor que se pueda seguir (1 Cor 12,31 -13,1ss). Su fe es ya amistad con Dios y le vincula al pr\u00f3jimo; mas sin la caridad -que es amistad y por s\u00ed\u00ad misma intercambio de bienes y deseo de comunicar el bien supremo- permanecer\u00ed\u00ada inoperante. En s\u00ed\u00adntesis, la espiritualidad del creyente hace que resplandezca su rostro como el de un amigo que da testimonio frente al mundo de que han comenzado ya los tiempos de la misericordia de Dios, y de que su reino est\u00e1 ya presente.<\/p>\n<p>d) Apostolado. El apostolado del creyente es la demostraci\u00f3n m\u00e1s elocuente de que act\u00faa como cristiano, pues procede de su mismo bautismo. Bien comprendido, el apostolado debe estar presente en todas sus actividades. Todo cristiano, si es verdaderamente tal, participa de la misi\u00f3n de Cristo y ha de dar testimonio de Jes\u00fas con esp\u00ed\u00adritu de profec\u00ed\u00ada (PO 2). Jes\u00fas manifest\u00f3 a sus disc\u00ed\u00adpulos y, por medio de ellos a todos los creyentes, este deseo: \u00abBrille de tal modo vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que est\u00e1 en los cielos\u00bb (Mt 5,16). Este quehacer del creyente consiste en encarnar su fe en la propia historia. Semejante proceder, como el de Jes\u00fas, manifiesta que somos enviados por el Padre (Jn 5,36). San Pablo nos sirve de modelo para esta conducta, la cual ha de constar de palabra y de acci\u00f3n, de respeto y decisi\u00f3n, de desinter\u00e9s y de celo, bajo el impulso de la caridad y de la esperanza en que el Esp\u00ed\u00adritu abra la puerta de los corazones, con el empe\u00f1o del buen cultivador del campo y con la conciencia de que es Dios el que hace crecer la semilla, teniendo en cuenta el misterio de la libertad humana y de la gracia divina, y ateni\u00e9ndose a sus planes. La espiritualidad del creyente se enriquece dando y comunicando: \u00abAl que tiene se le dar\u00e1; y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitar\u00e1\u00bb (Lc 19,26).<\/p>\n<p>3. AUTORREALIZACI\u00ed\u201cN Y COMPROMISO EN EL MUNDO &#8211; La dimensi\u00f3n apost\u00f3lica rectamente entendida abarca todo cuanto puede decirse del crecimiento en la fe, puesto que en ella se insertan las m\u00faltiples formas del vivir cotidiano. Todas las actividades del creyente deben tener radicalmente esta dimensi\u00f3n apost\u00f3lica: la oraci\u00f3n y el trabajo, la vida de familia y la vida profesional; a ella se dirigen la catequesis y tambi\u00e9n la liturgia, las asociaciones de creyentes y las parroquias, la vida religiosa en sus diversas formas [>Vida consagrada III] y todas las estructuras que la Iglesia pueda crear para llevar a cabo mejor su misi\u00f3n. Todo esto demuestra la vitalidad de la Iglesia y su crecimiento en la fe; posee una dimensi\u00f3n apost\u00f3lica esencial y repercute en beneficio de los mismos creyentes. Todo se halla incluido en el crecimiento de la fe, si bien con diversos grados de intensidad.<\/p>\n<p>No obstante, conviene resaltar un aspecto concreto de este crecimiento de la fe: la autorrealizaci\u00f3n del creyente y su compromiso en el mundo. Frente a las acusaciones lanzadas contra la fe cristiana de provocar la alienaci\u00f3n o la fuga del mundo, de rebajar la dignidad humana del creyente o de esclavizar su inteligencia, de limitar su libertad o de someterla a ego\u00ed\u00adsmos inconfesables, hay que afirmar que la fe cristiana ayuda al creyente a autorrealizarse aut\u00e9nticamente, como hombre. No se puede negar que el motivo o pretexto de tales acusaciones ha tenido origen (y lo tiene todav\u00ed\u00ada) en la encarnaci\u00f3n concreta de la fe en determinados per\u00ed\u00adodos hist\u00f3ricos o en el presente. La percepci\u00f3n cr\u00ed\u00adtica de la verdad que tales acusaciones pueden contener, ha de abrir los ojos del creyente, ya sea el individuo ya la Iglesia, a fin de convertirse y purificarse, y no incurrir ya en tales errores. Sin embargo, en esta percepci\u00f3n cr\u00ed\u00adtica de la historia o del momento presente, el creyente no debe olvidar que vivir la fe cristiana, incluso con toda la pureza posible, puede suscitar, y de hecho suscita, la malevolencia y el odio de cuantos, por no comprenderla, la atacan y persiguen como un mal (Jn 15,20-21; 16,2-3; Mt 10,24-39). Pero el creyente cristiano debe ver en su fe una eficaz colaboradora -como en realidad lo es- de su autorrealizaci\u00f3n humana.<\/p>\n<p>En esta contribuci\u00f3n de la fe hay dos dimensiones complementarias. Ante todo, la fe le permite al creyente comprender esa dimensi\u00f3n de la realidad por la que \u00e9sta se abre a la acci\u00f3n de Dios en Cristo. Y esto le hace ver al creyente que su autorrealizaci\u00f3n plena debe contar con el elemento de la gracia divina, la cual le libera de la limitaci\u00f3n que llevan consigo el pecado y la muerte. El creyente, en su proyecto de autorrealizaci\u00f3n y en la ejecuci\u00f3n del mismo, debe introducir dos elementos: la caridad y la esperanza que no defrauda (Rom 5,5). No existe autorrealizaci\u00f3n plena si uno, en el momento decisivo, queda defraudado (cf Sab 5,6), puesto que el fin debe ser el v\u00e9rtice de la autorrealizaci\u00f3n. Olvidar un elemento esencial es condenar al fracaso el proyecto mismo y todos los esfuerzos llevados a cabo para realizarlo. Mas, por encima de este aspecto b\u00e1sico e insustituible, la fe cristiana posee una fuerza autoestructuradora para el creyente en otras dimensiones esenciales de su persona: las exigencias de verdad, moralidad y bondad en la convivencia humana. Lo que la fe aporta a todos estos aspectos es \u00fan nuevo robustecimiento de cuanto hay de mejor en ellos. La fe corrobora en el plano individual y social las exigencias y los deberes inherentes a la dignidad del hombre, que \u00e9ste poco a poco va descubriendo. La fe desarrolla su dimensi\u00f3n social uniendo a los creyentes entre s\u00ed\u00ad, d\u00e1ndoles una apertura hacia los otros, sobre todo a los m\u00e1s menesterosos, e infundi\u00e9ndoles energ\u00ed\u00adas para cumplir sin vacilaciones, con el sello distintivo del amor, los compromisos m\u00e1s vastos, arduos y gravosos en favor del pr\u00f3jimo y para la construcci\u00f3n de una convivencia humana m\u00e1s justa y m\u00e1s en conformidad con el amor que Dios, en Cristo, ha manifestado al mundo (1 Jn 4,7-11). Es cierto que la fe no ofrece soluciones concretas a los mil problemas pr\u00e1cticos que asedian a todo hombre empe\u00f1ado en esta misi\u00f3n; sin embargo, el creyente encuentra en ella la fuente inagotable de una espiritualidad que le permite conservar \u00absu moral\u00bb a unos niveles tales, que no desmaye en la obra valerosa de dar al mundo un rostro m\u00e1s humano, que refleje mejor la gloria de Dios.<\/p>\n<p>V. El creyente frente al futuro<br \/>\nNo faltan las predicciones de quienes han pronosticado la total desaparici\u00f3n de la religi\u00f3n, de la Iglesia y de la fe en Dios. Desde campos diversos -filos\u00f3fico, religioso, psicol\u00f3gico, social-, autores como A. Comte, L. Feuerbach, F. Nietzsche, S. Freud, K. Marx, entre otros, predijeron su extinci\u00f3n a plazo m\u00e1s o menos largo. Tales pron\u00f3sticos no se han cumplido, por m\u00e1s que ellos pudieron dar la impresi\u00f3n de estar en lo cierto al describir una sociedad futura carente de creyentes. Seg\u00fan ellos, la fe religiosa, y tambi\u00e9n la fe cristiana, pertenece a formas de pensamiento menos evolucionadas y maduras del ser humano. A lo sumo, conceden que en el lenguaje humano quedar\u00e1n, como residuo de su paso por la historia, palabras como Dios, fe, iglesia, pero vac\u00ed\u00adas de su significado. Ateni\u00e9ndonos a sus sistemas o ideolog\u00ed\u00adas, el progreso de la humanidad desterrar\u00e1 la ignorancia, la pusilanimidad, la explotaci\u00f3n o las estructuras que dieron origen a la fe cristiana.<\/p>\n<p>Este hecho nos indica que la problem\u00e1tica del creyente de cara al futuro es compleja y hunde sus ra\u00ed\u00adces en diversos aspectos de su ser. Hoy el \u00abfuturo\u00bb, en cuanto contrapuesto a los or\u00ed\u00adgenes o al pasado del hombre, ejerce una atracci\u00f3n particular. Aun prescindiendo de los asertos de la futurolog\u00ed\u00ada, de la cibern\u00e9tica, de la politolog\u00ed\u00ada, el futuro del hombre compromete tambi\u00e9n la reflexi\u00f3n de los creyentes y de los te\u00f3logos. Los m\u00e1s prestigiosos entre \u00e9stos han consagrado parte de su trabajo a penetrar y esclarecer las relaciones entre la fe y el futuro. Mediante \u00e9l, descubren la verdadera esencia de la naturaleza humana, su historia, la verdadera esencia de la sociedad, de la fe y, por tanto, de Dios. Como fruto de sus estudios, ha adquirido particular relieve la esperanza cristiana, el elemento \u00abescatol\u00f3gico\u00bb, en la Iglesia, de la acci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica de Cristo, su historicidad, las exigencias de la acci\u00f3n, el significado y la trascendencia de las \u00abpromesas\u00bb [>,Esperanza l]. Todo esto es el resultado positivo de la preocupaci\u00f3n constante del pensamiento filos\u00f3fico-teol\u00f3gico moderno concerniente al futuro.<\/p>\n<p>Sin embargo, al creyente, m\u00e1s que los pron\u00f3sticos favorables sobre la supervivencia de su fe, le interesa saber, al menos en sus grandes l\u00ed\u00adneas, c\u00f3mo es posible enfrentarse con los cambios previsibles a los que se abre su historia. El Vat. II aborda directamente el futuro en varios de sus documentos (CD, PO, PC, UR, AA); de modo particular, en la constituci\u00f3n pastoral GS, en cuya conclusi\u00f3n, dejando abierto el camino a la continuaci\u00f3n y a la ampliaci\u00f3n (GS 91), presenta la obra ingente y fascinante que el creyente y la Iglesia deben emprender con todos los hombres, incluso los enemigos (GS 92), en di\u00e1logo y esp\u00ed\u00adritu de uni\u00f3n y fraternidad. Esta apertura a la humanidad es el futuro del creyente.<\/p>\n<p>El creyente debe mirar el futuro de su historia sin inquietarse y con \u00e1nimo lleno de esperanza. El evangelio le ofrece indicaciones suficientes para ello; le dice con claridad que \u00ablas puertas del infierno no prevalecer\u00e1n contra la Iglesia\u00bb (Mt 16,18), y con diversas par\u00e1bolas, como la del grano de mostaza (Mt 13,31), nos ense\u00f1a que el reino de Dios seguir\u00e1 un ritmo de crecimiento lento, s\u00ed\u00ad, pero prometedor de desarrollo. San Pablo, hablando con visi\u00f3n prof\u00e9tica del destino del pueblo jud\u00ed\u00ado, afirma que su prevaricaci\u00f3n permiti\u00f3 que las naciones fueran injertadas en el verdadero olivo, y que su conversi\u00f3n, cumplido el tiempo de las naciones, no puede ser sino \u00abuna resurrecci\u00f3n de entre los muertos\u00bb (Rom 11,15). La Iglesia primitiva cristiana caminaba al encuentro del futuro con confiada espera en el Se\u00f1or, expresada en la invocaci\u00f3n \u00abMaran\u00e1 tha\u00bb (1 Cor 16,22). Esta invocaci\u00f3n la usa tambi\u00e9n el Apocalipsis, que nos asegura que \u00abel Esp\u00ed\u00adritu y la Esposa dicen: Ven\u00bb (Ap 22,17). Cristo prometi\u00f3 su asistencia hasta el fin de los tiempos (Mt 28,20).<\/p>\n<p>Todas estas expresiones confortan al creyente, el cual, sin embargo, encuentra en el NT tambi\u00e9n las enigm\u00e1ticas palabras que san Lucas formula como pregunta: \u00abPero el Hijo del hombre, cuando venga, \u00bfencontrar\u00e1 fe en la tierra?\u00bb (Lc 18,8).<\/p>\n<p>Estos datos inducen a distinguir entre la indefectibilidad en la Iglesia en cuanto grupo, aunque sea reducido, de creyentes, y el n\u00famero mayor o menor de creyentes a lo largo de la historia. El n\u00famero puede variar en las diversas \u00e9pocas, en zonas o regiones determinadas, y hasta en todo el mundo. El creyente, al contemplar el futuro de la historia, ha de tener siempre presente la acci\u00f3n de Dios y de su Esp\u00ed\u00adritu como protagonista esencial; y el Esp\u00ed\u00adritu de Dios sopla cuando y donde quiere seg\u00fan sus designios. Hoy, junto a tantas crisis de fe, se puede constatar un reflorecimiento del sentimiento cristiano; diversos movimientos -por ejemplo, el pentecostal [>Carism\u00e1ticos]- tienen gran eco entre la juventud. La actitud de no pocos j\u00f3venes e intelectuales, en el coraz\u00f3n mismo de aquellos pa\u00ed\u00adses en que se ha mantenido encendido el fuego de la persecuci\u00f3n \u00abcient\u00ed\u00adfica\u00bb, convence a los creyentes de que del viejo tronco de la fe cristiana germinan nuevos reto\u00f1os incluso en terreno que parec\u00ed\u00ada quemado.<\/p>\n<p>La acci\u00f3n de Dios requiere la colaboraci\u00f3n del hombre y, en particular, del creyente, sea individuo o Iglesia. Su camino debe ser el de la espiritualidad de la esperanza de la gloria de Dios, incluso en las tribulaciones (Rom 5,2-3). Iluminados por la fe, los creyentes deben preparar su futuro, y esta preparaci\u00f3n ha de ser coherente con el dep\u00f3sito que les ha sido confiado. San Pablo deduce sus exhortaciones morales del contenido del misterio de Cristo; de igual manera, la Iglesia ha de saber sacar de \u00e9l el programa de su preparaci\u00f3n para el futuro. Dirigiendo su atenci\u00f3n a las j\u00f3venes generaciones, debe allanar el camino para que se establezca de manera m\u00e1s completa el reino de Dios. La Iglesia, como Cristo y por medio de Cristo, tiene el cometido de dar a conocer a Dios como Padre y al que \u00e9l ha enviado, Jesucristo. En el Padrenuestro reza constantemente as\u00ed\u00ad: Venga a nosotros tu reino. Con esta petici\u00f3n quiere decir que est\u00e1 dispuesta a colaborar para que se establezca entre los hombres el reinado de amor, de concordia y de paz tra\u00ed\u00addo por el rey, Cristo. El disc\u00ed\u00adpulo no es m\u00e1s grande que su maestro; como Cristo, la Iglesia debe cargar la cruz sobre sus hombros; mas para seguir las huellas del crucificado, ha de hacerlo de modo que el yugo de Cristo sea, como \u00e9l mismo dijo, \u00absuave, y su carga ligera\u00bb (Mt 11,30).<\/p>\n<p>Mientras prepara su futuro, la Iglesia ha de tener presente que el mundo, y con \u00e9l el hombre, cambia; sus exigencias son diversas, como lo es tambi\u00e9n su capacidad de soportar el yugo de Cristo. La diversidad distingue a las generaciones y a las \u00e9pocas unas de otras. Es algo enteramente normal. Los cambios y el progreso t\u00e9cnico y social que introduce el hombre en su historia, repercuten a su vez en el hombre en el orden intelectual, moral, psicol\u00f3gico y hasta biol\u00f3gico. La Iglesia ha de saber utilizar todo tipo de medios que el progreso de la ciencia, de la psicolog\u00ed\u00ada y el mejor conocimiento de la historia y de su misma fe ponen a su disposici\u00f3n. Y por este carril debe seguir la l\u00ed\u00adnea del supremo misterio de la venida y de la acci\u00f3n de Dios: la encarnaci\u00f3n. El Verbo de Dios, al asumir la naturaleza humana -y asumi\u00e9ndola la salva-, hace que puedan afirmarse de su persona las caracter\u00ed\u00adsticas de su naturaleza humana: Dios nace, sufre, muere y resucita. Dios, en Jes\u00fas, es aut\u00e9nticamente el Emmanuel, el Dios con nosotros; se ha hecho del todo semejante al hombre, excepto en el pecado (Heb 4,15; 2,17). Esto significa que en la din\u00e1mica de la encarnaci\u00f3n se dan adaptaci\u00f3n y transformaci\u00f3n, y que la misi\u00f3n de la Iglesia es actualizar estos dos elementos, sobre todo promoviendo el amor mutuo. Tal es el gran proyecto que debe realizar. \u00abEn esto conocer\u00e1n todos -dijo Jes\u00fas-que sois mis disc\u00ed\u00adpulos\u00bb (In 13,35; cf GS 93). El Esp\u00ed\u00adritu de Cristo hace germinar desde dentro mismo de la Iglesia esta adaptaci\u00f3n y transformaci\u00f3n. De este modo, la Iglesia no s\u00f3lo proceder\u00e1 como cualquier sociedad o cultura que quiere sobrevivir, permaneciendo fiel a cuanto de m\u00e1s profundo y constructivo hay en ella y adapt\u00e1ndose en lo restante a los cambios, sino que inyectar\u00e1 el conocimiento y el amor de Cristo en el coraz\u00f3n de las generaciones futuras.<\/p>\n<p>En la historia, la \u00faltima palabra no la tiene el hombre sino Dios, el cual ha llevado a cabo en Cristo la obra salv\u00ed\u00adfica definitiva. El creyente y la Iglesia lo saben; basta que est\u00e9n dispuestos a secundarla con su \u00abam\u00e9n\u00bb de fe. Entonces el futuro ser\u00e1 suyo; sin perseguir utop\u00ed\u00adas, sino intentando acercarse a la realizaci\u00f3n del reino de Dios, marcada por la cruz, pero llena del esplendor glorioso del resucitado. As\u00ed\u00ad la Iglesia hoy, como en el primitivo cristianismo, del cual es continuaci\u00f3n, repite con su fe y con su acci\u00f3n la s\u00faplica: \u00abVen, Se\u00f1or Jes\u00fas\u00bb. Y a esta plegaria, a este requerimiento, el mismo Jes\u00fas, el testigo fiel, responde: \u00abVengo\u00bb (Ap 22,20).<\/p>\n<p>A. Queralt<br \/>\nBIBL.-AA. VV., Convicci\u00f3n de fe y cr\u00ed\u00adtica racional, S\u00ed\u00adgueme, Salamanca 1973.-AA. VV., De la fe a la teolog\u00ed\u00ada, Facultad de Teolog\u00ed\u00ada, Barcelona 1973.-AA. VV., \u00bfTiene sentido todav\u00ed\u00ada la fe?, Paulinas, Madrid 1973.-AA. VV., Ciencia yfe, en \u00abIglesia Viva\u00bb, n. 76 (1978).-Artacho L\u00f3pez, R, Convivir, experiencia de fe, Inst. Pont. 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Goffi &#8211; Augusto Guerra, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1987<\/p>\n<p><b>Fuente: Nuevo Diccionario de Espiritualidad<\/b><\/p>\n<p>pistos (pistov\u00bb, 4102) significa: (a) en el sentido activo, creyente, confiado; (b) en el sentido pasivo, fiable, fiel, de confianza. Se traduce \u00abcreyente\u00bb en Joh 20:27; Act 16:1; 2Co 6:15; Gl 3.9; 1Ti 4:3; v. 10: \u00ablos que creen\u00bb; v. 12: \u00abcreyentes\u00bb; 5.16: \u00abcreyente\u00bb; 6.2; \u00abcreyente\u00bb, dos veces; Tit 1:6  \u00abcreyentes\u00bb; v\u00e9ase FIEL. Notas: (1) el nombre negativo apistia se halla bajo INCREDULIDAD; (2) el adjetivo negativo apistos se traduce como \u00abno ser creyente\u00bb en 1Co 7:12,13. V\u00e9anse INCREDULO, INFIEL; (3) el verbo pisteuo se traduce como \u00abcreyentes\u00bb en Rom 4:11, lit., \u00ablos que creen\u00bb. V\u00e9ase A, N\u00c2\u00ba 1.<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario Vine Nuevo testamento<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>v. Fiel Rom 4:11 padre de todos los c no circuncidados 1Co 7:12 hermano tiene mujer que no sea c 2Co 6:15 \u00bfo qu\u00e9 parte el c con el incr\u00e9dulo? Gal 3:9 la fe son bendecidos con el c Abraham Gal 3:22 la promesa .. por al fe .. dada a los c 1Ti 5:16 &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/creyente\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abCREYENTE\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-15105","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15105","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=15105"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15105\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=15105"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=15105"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=15105"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}