{"id":15674,"date":"2016-02-05T10:11:49","date_gmt":"2016-02-05T15:11:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/sembrador-parabola-del\/"},"modified":"2016-02-05T10:11:49","modified_gmt":"2016-02-05T15:11:49","slug":"sembrador-parabola-del","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/sembrador-parabola-del\/","title":{"rendered":"SEMBRADOR, PARABOLA DEL"},"content":{"rendered":"<p>DJN<br \/>\n\u00c2\u00a0<br \/>\nLos dos elementos fundamentales de la par\u00e1bola (Mt 13, 3-9.18-23; Mc 4, 1-9. 13-20; Lc 8,4-15) son la semilla y la tierra en que se siembre. La semilla es \u00fanica, la tierra es cu\u00e1druple. Las caracter\u00ed\u00adsticas de estas cuatro clases de tierra nos dan una fotograf\u00ed\u00ada de la tierra de Palestina en tiempos de Jes\u00fas.<\/p>\n<p>1) Hay zonas en que la tierra, dividida en peque\u00f1as parcelas, est\u00e1 cruzada por veredas y senderos transitados por agricultores y ganaderos.<\/p>\n<p>2) Hay tambi\u00e9n tierra rocosa, es decir, tierra asentada en roquedales, carente, por tanto, de profundidad para que la semilla pueda echar ra\u00ed\u00adces.<\/p>\n<p>3) Por la incuria de los agricultores, y por la misma aspereza de la tierra, hay superficies llenas de maleza, de cardos y de espinos.<\/p>\n<p>4) Y hay, por fin, \u00e1reas f\u00e9rtiles.<\/p>\n<p>Estas cuatro clases de tierra pueden darse juntas en una misma parcela.<\/p>\n<p>El sembrador esparce a boleo la semilla, la misma siempre. Parte cae en el camino, en las veredas. No importa. Despu\u00e9s ser\u00e1 cubierta por el arado. Las bandadas de gorriones y otros p\u00e1jaros se la comen. Parte en tierra asentada sobre rocas; brota enseguida, pero enseguida se seca, pues no puede echar ra\u00ed\u00adces. Parte cae entre la maleza que la ahoga y no la deja crecer. Las tres clases de tierra han sido sembradas en vano. La semilla, que ha ca\u00ed\u00addo en ellas, se ha perdido.<\/p>\n<p>Y he aqu\u00ed\u00ad el contraste. La semilla, que cae en tierra buena, da un fruto insospechado, inaudito: el ciento, el sesenta, el treinta por uno. Es bien claro que estas cifras est\u00e1n exageradas, son irreales. Se trata de acentuar, al m\u00e1ximo, la enorme diferencia entre unas tierras y otra.<\/p>\n<p>En unos sitios (Bel\u00e9n, Hebr\u00f3n) lo normal es de tres o cuatro por uno. En otros, los m\u00e1s f\u00e9rtiles (Esdrel\u00f3n) puede llegar, alg\u00fan a\u00f1o muy bueno, casi al veinte por uno. La media es de siete por uno. En Gen 26,12 se dice que Isaac sembr\u00f3 en Guerar y cosech\u00f3 el ciento por uno, pero es, a todas luces, una desmesurada hip\u00e9rbole.<\/p>\n<p>La par\u00e1bola est\u00e1 explicada por Jes\u00fas, por tanto, su interpretaci\u00f3n no ofrece dificultad alguna.<\/p>\n<p>La semilla es la Palabra de Dios. El sembrador es Dios, Jesucristo, sus disc\u00ed\u00adpulos y sus seguidores que predican el evangelio. Las cuatro clases de tierra son las cuatro clases de oyentes que escuchan la Palabra.<\/p>\n<p>1) La primera clase de oyentes son los que \u00fanicamente oyen la Palabra, pero no la escuchan, no ponen esfuerzo alguno para comprenderla. Oyen la Palabra, pero sin que provoque en ellos la m\u00e1s m\u00ed\u00adnima reacci\u00f3n espiritual de acogida, no reflexionan, ni lo m\u00e1s m\u00ed\u00adnimo, sobre ella, no la siembran en la tierra de su coraz\u00f3n, la dejan al descubierto y as\u00ed\u00ad no puede germinar; se la comen los p\u00e1jaros (Mt 13, 4) o se la lleva el Diablo (Lc 8,12). A esta clase de personas se refiere San Pablo cuando dice esto: \u00abNo basta con o\u00ed\u00adr la ley&#8230;, hay que cumplirla\u00bb (Rom 2,13).<\/p>\n<p>2) La segunda clase es la de los oyentes superficiales. Reciben la Palabra con alegr\u00ed\u00ada, pero al mismo tiempo con frivolidad. En un principio se muestran entusiasmados, pero eso es cosa de un momento, enseguida lo dejan, son inconstantes. No siembran la palabra en el interior de su coraz\u00f3n. Tienen poca tierra, es decir, no tienen una voluntad firme, son superficiales. Su entusiasmo se desvanece con la misma celeridad con que la manifiestan, son d\u00e9biles en la fe.<\/p>\n<p>3) La tercera clase es la de los oyentes que acogen la Palabra con el coraz\u00f3n abierto, deseoso de ella. La Palabra germina y crece, pero no la cuidan como es debido, no escardan la tierra, y as\u00ed\u00ad, junto a ella crece tambi\u00e9n la maleza, los vicios, concretados en \u00abla solicitud de este mundo\u00bb, en todo lo que cae fuera del Reino de Dios y que la primera carta de Juan (2,16) concreta en estas tres cosas: Las pasiones carnales (la orientaci\u00f3n equivocada y perversa de los impulsos humanos en sus diversas manifestaciones; Los deseos de los ojos (El ansia de las cosas, el apetito insaciable de bienes, el af\u00e1n incontenido de poder, las miradas lascivas); el alarde de las riquezas (la arrogancia del rico, el amor al dinero).<\/p>\n<p>4) La cuarta clase es la de los que reciben la Palabra, la siembran en las profundidades de su alma y la cuidan con toda solicitud. La semilla germina, crece y fructifica ub\u00e9rrimamente. Igual que hay tres clases de tierra mala, hay tres clases de tierra buena. Una da el ciento por uno, otros el sesenta por uno y otra el treinta por uno. Esta diferencia se debe al cuidado que se ha tenido con la Palabra, la cual no act\u00faa de manera m\u00e1gica, al margen de la voluntad del hombre. La palabra es siempre la misma y la clase de tierra es tambi\u00e9n igualmente buena, pero produce m\u00e1s o menos en funci\u00f3n de c\u00f3mo haya sido cultivada. Para que produzca m\u00e1s, hay que mullir bien la tierra, abrir los poros del alma para que la palabra entre hasta el m\u00e1s profundo centro de la misma y luego seguir cuid\u00e1ndola de una manera constante y esmerada -con fe, con esperanza y con amor-. La diferencia en el fruto producido -las buenas obras de fe y de caridad- est\u00e1 en relaci\u00f3n directa con los cuidados que se hayan tenido con ella. Sin la cooperaci\u00f3n del hombre la Palabra no fructifica por s\u00ed\u00ad sola.<\/p>\n<p>La explicaci\u00f3n de la par\u00e1bola, puesta en boca de Jesucristo, viene a ser una homil\u00ed\u00ada de la primitiva comunidad cristiana sobre algunos aspectos del Reino de Dios. Esa es, por otra parte, la finalidad de todas las par\u00e1bolas<br \/>\nLos principios del Reino son muy modestos y muy pobres, muy d\u00e9biles y muy peque\u00f1os, casi invisibles; pero esa peque\u00f1ez inicial culminar\u00e1 en una grandeza inimaginable: cien veces m\u00e1s de lo que fue al principio, es decir, la plenitud total, a la que el Reino de Dios llegar\u00e1, a pesar de las dificultades que encuentra en su desarrollo.<\/p>\n<p>La Palabra de Dios produce efectos diferentes en proporci\u00f3n directa con la diversidad de las disposiciones con las que se recibe y se cuida. No basta con que la tierra sea buena y f\u00e9rtil, hay que cultivarla, en entrega absoluta, con todos los esfuerzos, sin regatear sacrificio alguno. ->palabra de Dios; reino de Dios; perseverancia.<\/p>\n<p>Evaristo Mart\u00ed\u00adn Nieto<\/p>\n<p>FERNANDEZ RAMOS, Felipe (Dir.), Diccionario de Jes\u00fas de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Jes\u00fas de Nazaret<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>DJN \u00c2\u00a0 Los dos elementos fundamentales de la par\u00e1bola (Mt 13, 3-9.18-23; Mc 4, 1-9. 13-20; Lc 8,4-15) son la semilla y la tierra en que se siembre. La semilla es \u00fanica, la tierra es cu\u00e1druple. 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