{"id":15729,"date":"2016-02-05T10:13:34","date_gmt":"2016-02-05T15:13:34","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/belleza-biblica\/"},"modified":"2016-02-05T10:13:34","modified_gmt":"2016-02-05T15:13:34","slug":"belleza-biblica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/belleza-biblica\/","title":{"rendered":"BELLEZA BIBLICA"},"content":{"rendered":"<p>(-> imagen, arte). El Dios de Israel se revela en la palabra que se proclama, se escucha y se cumple, m\u00e1s que en las im\u00e1genes de tipo m\u00e1s helenista, que sacralizan lo que siempre existe.<\/p>\n<p>(1) Las im\u00e1genes griegas tienden a detener al hombre y di-vertirle, en el sentido etimol\u00f3gico: le separan del flujo inmediato de la vida y le colocan ante una semejanza siempre quieta, ante un \u00ed\u00addolo que no puede escuchar ni responderle (en un nivel de eternidad imaginaria). En ese aspecto, ellas ofrecen un rasgo peligroso: idealizan o eternizan un momento de la realidad, de tal forma que arrancan al hombre del despliegue de su vida real. En ese sentido, las im\u00e1genes (estatuas, figuras literarias) separan al hombre del proceso del tiempo donde los hombres viven cambiando (muriendo) para situarle ante la verdad \u00abeterna\u00bb de las ideas, que en el fondo no son m\u00e1s que representaciones incompletas de la realidad. De esa forma, ellas nos separan del encuentro concreto con los otros, propio de toda relaci\u00f3n interhumana, para conducirnos a la contemplaci\u00f3n solitaria y eterna de lo divino.<\/p>\n<p>(2)  En contra de eso, los israelitas suponen que la belleza verdadera se encuentra en la palabra que se comparte y que est\u00e1 vinculada al proceso de la realidad real, que s\u00f3lo existe en el tiempo. Las estatuas no mueren precisamente porque est\u00e1n muertas y por eso quieren ocultar su muerte, situ\u00e1ndose en un nivel ilusorio de verdad eterna. Pues bien, la Biblia eleva frente a ellas al hombre de carne que puede morir porque vive, porque es imagen de Dios (cf. Gn 1,26-18; 5,3; 9,6). Desde esa perspectiva se entiende el arte b\u00ed\u00adblico supremo, que consiste en relacionarse con Dios desde la carne. Precisamente all\u00ed\u00ad donde el hombre deja de buscar una respuesta en las im\u00e1genes (deja de evadirse en ellas) puede encontrar su verdad en la palabra concreta del di\u00e1logo humano donde se expresa la belleza. Este es el principio del arte b\u00ed\u00adblico: que los hombres puedan escuchar la voz de Dios y responderle, siendo simplemente humanos, comunic\u00e1ndose unos con los otros, en el camino de una vida que se encuentra hecha de muerte (de finitud concreta, de di\u00e1logo en el tiempo) y que se despliega haciendo posible la Vida m\u00e1s alta (caminando hacia ella). S\u00f3lo en este contexto se puede hablar de un arte que no se evade ni nos lleva hacia el nivel de una verdad \u00abeterna\u00bb (expresada en un tipo de hombre universal, que no existe en concreto), sino de un arte o belleza que se encarna en los hombres reales, que aman y mueren, porque son de verdad im\u00e1genes de Dios. Arte es vivir en belleza y verdad, comunic\u00e1ndose la vida: arte somos nosotros, el pueblo, la humanidad que ama y engendra, sembrando su semilla de esperanza en los que van naciendo y aprendiendo a ser.<\/p>\n<p>(3) Dos tipos de arte. El arte griego tiende a expresar la belleza en im\u00e1genes o cuerpos eternos, siempre id\u00e9nticos, en su radiante juventud, rebosantes de gracia, de fuerza, de triunfo. Los varones y mujeres concretos resultan secundarios, lo que importa y vale son los arquetipos: Apolo o Atenea, Hermes o Artemisa. Por el contrario, el arte israelita descubre la belleza en el hombre o la mujer concreta, que mira y sufre, escucha y responde, ama o espera, sufre y muere: el creyente no tiene necesidad de hacer estatuas, pues descubre la belleza de Dios en aquellos que est\u00e1n en su entorno (var\u00f3n y\/o mujer, ni\u00f1o o mayor, ind\u00ed\u00adgena o extranjero). En esa l\u00ed\u00adnea israelita, el arte verdadero consiste en escuchar, responder y dialogar con otros hombres, en conversaci\u00f3n de ojos y tacto, de trabajo y descanso, en camino de vida hecha de muerte (que se hace muriendo). Por eso, el hombre de la belleza israelita no es un escultor o pintor, que traza figuras con im\u00e1genes externas, ni tampoco un escritor que representa la vida en poemas o epopeyas, tragedias o comedias que pueden recitarse sobre un escenario o teatro separado de la vida, sino el profeta que escucha la voz de Dios y de tal forma la vive que se vuelve voz para los otros, es decir, profeta.<\/p>\n<p>(4) El arte del profeta. Frente al poeta o escultor que se eleva del mundo para mostrar as\u00ed\u00ad lo eterno, el profeta es el hombre que se introduce en el mundo real de los hombres, para dialogar mejor con ellos, descubriendo y cultivando una belleza que se identifica con la misma vida y relaci\u00f3n concreta entre los hombres. En el fondo, no hay m\u00e1s arte que el vivir, ni m\u00e1s belleza que el encuentro siempre inmediato de los hombres y mujeres que se miran y  se aman y que, am\u00e1ndose, despliegan y descubren su m\u00e1s honda hermosura. La profec\u00ed\u00ada es palabra en el momento en que se dice, es decir, cuando interpela, y no cuando se conserva muerta, separada de su autor, en un escrito. Por eso, los grandes profetas realizan su obra al decirla y as\u00ed\u00ad la dicen, en la plaza p\u00fablica, sin ocuparse de escribir sus pensamientos El escultor o poeta de representaciones est\u00e1 separado de aquello que esculpe o dice y de esa forma crea una distancia entre la verdad ideal (idealizada) de sus im\u00e1genes y el mundo real de los hombres de carne, que aman, esperan y sufren. Por el contrario, el profeta supera las distancias que separan a los hombres, para que ellos mismos puedan encontrarse y dialogar cara a cara, en una vida que nunca podemos detener, convirti\u00e9ndola en idea. El profeta no representa algo externo, no dice algo que est\u00e1 fuera, sino que se dice a s\u00ed\u00ad mismo. Por eso, en un sentido radical, el profeta no escribe palabras que se puedan objetivar en un escrito, pues s\u00f3lo su vida es \u00abpalabra\u00bb, comunicaci\u00f3n de Dios para los otros. Una profec\u00ed\u00ada separada de la vida del poeta pierde su sentido. Los \u00ed\u00addolos e im\u00e1genes (= ideas) de los poetas paganos, que Israel ha condenado como falsos, tienden a suscitar entre los hombres (y entre los hombres y Dios) una distancia de representaci\u00f3n. En contra de eso, los profetas de Israel se han empe\u00f1ado generaci\u00f3n tras generaci\u00f3n en superar esa distancia, a fin de que los fieles puedan comunicarse entre s\u00ed\u00ad de manera transparente, de un modo inmediato, desde Dios, apareciendo as\u00ed\u00ad como testigos y creadores de humanidad.<\/p>\n<p>Cf. P. EUDOKIMOV, El Arte del Icono. Teolog\u00ed\u00ada de la Belleza, Claretianos, Madrid 1991.<\/p>\n<p>PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(-> imagen, arte). El Dios de Israel se revela en la palabra que se proclama, se escucha y se cumple, m\u00e1s que en las im\u00e1genes de tipo m\u00e1s helenista, que sacralizan lo que siempre existe. 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