{"id":16398,"date":"2016-02-05T10:35:17","date_gmt":"2016-02-05T15:35:17","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/enciclicas\/"},"modified":"2016-02-05T10:35:17","modified_gmt":"2016-02-05T15:35:17","slug":"enciclicas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/enciclicas\/","title":{"rendered":"ENCICLICAS"},"content":{"rendered":"<p>SUMARIO: I. Introducci\u00f3n.-II. Le\u00f3n XIII: Divinum illud munus.-III. P\u00ed\u00ado XII: Mystici Corporis.-IV. Pablo VI: Ecclesiam suam.-V. Juan Pablo II: Trilog\u00ed\u00ada trinitaria: 1. Dios Padre; 2. Dios Hijo; 3. Dios Esp\u00ed\u00adritu Santo; 4. Conclusi\u00f3n.<\/p>\n<p>I. Introducci\u00f3n<br \/>\nEl magisterio pontificio ordinario se expresa en su valor m\u00e1s alto y vinculante en las enc\u00ed\u00adclicas. En este art\u00ed\u00adculo sistematizaremos la doctrina trinitaria de seis, que abarcan el arco de los \u00faltimos cien a\u00f1os. Ciertamente se podr\u00ed\u00adan haber escogido otras m\u00e1s, pero el espacio disponible no permite referirse a todo el magisterio de un siglo, si se quiere decir algo m\u00e1s que vagas alusiones; as\u00ed\u00ad y todo tendremos que contentarnos con ce\u00f1irnos en el estudio de estas enc\u00ed\u00adclicas a lo m\u00e1s espec\u00ed\u00adficamente trinitario. Por eso hemos concedido una atenci\u00f3n mayor a la &#8216;trilog\u00ed\u00ada trinitaria&#8217; de Juan Pablo II, porque es el \u00fanico pont\u00ed\u00adfice que ha abordado en sucesivas enc\u00ed\u00adclicas expresa y sistem\u00e1ticamente el misterio del Dios uno y trino.<\/p>\n<p>II. Le\u00f3n XIII: &#8216;Divinum illud munus&#8217;<br \/>\nA finales del siglo XIX, Le\u00f3n XIII volvi\u00f3 a sorprender a los cristianos (ya antes hab\u00ed\u00ada sacudido la conciencia cat\u00f3lica mediante la Rerum Novarum) con una enc\u00ed\u00adclica sobre el Esp\u00ed\u00adritu Santo cuyo t\u00ed\u00adtulo es &#8216;Divinum illud munus (9-V-1897)&#8217;. En este escrito, m\u00e1s que desarrollar una teolog\u00ed\u00ada sobre el Esp\u00ed\u00adritu Santo, lo que Le\u00f3n XIII intenta es \u00abque en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la Trinidad, y especialmente crezca la devoci\u00f3n al divino Esp\u00ed\u00adritu, a quien de mucho son deudores todos cuantos siguen el camino de la verdad y de la justicia\u00bb (n.2). El &#8216;\u00e9xito&#8217; de la enc\u00ed\u00adclica hay que valorarlo al trasluz de la teolog\u00ed\u00ada de la \u00e9poca toda ella centrada, por deseo del mismo papa&#8217;, en el resurgimiento del tomismo bajo la forma de la neoescol\u00e1stica en vigor hasta las v\u00ed\u00adsperas del Concilio Vaticano II. Frente al discurso casi plano de la escol\u00e1stica triunfante, la enc\u00ed\u00adclica supone un respiro que acerca el misterio trinitario a trav\u00e9s del Esp\u00ed\u00adritu Santo a la vida y a la piedad de los creyentes, al tiempo que estimula saludablemente la acci\u00f3n pastoral de la iglesia abri\u00e9ndola al impulso del Esp\u00ed\u00adritu de Jes\u00fas.<\/p>\n<p>La enc\u00ed\u00adclica, sin salirse del marco de la doctrina com\u00fan sobre el Esp\u00ed\u00adritu Santo, acent\u00faa, sin embargo, un aspecto que ser\u00e1 muy importante para la renovaci\u00f3n de la eclesiolog\u00ed\u00ada: desde la obra del Esp\u00ed\u00adritu Santo en la encarnaci\u00f3n a su presencia activa y configurante del cuerpo de Cristo en la Iglesia. Ciertamente, ya a mediados del mismo siglo XIX el gran te\u00f3logo de Tubinga, J.A. M\u00f3hler (1796-1838) hab\u00ed\u00ada puesto de relieve la acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo en el nacimiento, configuraci\u00f3n y desarrollo de la Iglesia, pero la brecha abierta por \u00e9l en direcci\u00f3n a los Padres y en di\u00e1logo ecum\u00e9nico con el protestantismo, no fue seguida durante mucho tiempo. Por entonces se impusieron otros vientos.<\/p>\n<p>Le\u00f3n XIII enfoca la presencia y acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo en torno a cuatro puntos principales: a) El Esp\u00ed\u00adritu es el que completa y lleva a perfecci\u00f3n la obra de la redenci\u00f3n, pues \u00abcomo \u00e9l mismo [Cristo] la hab\u00ed\u00ada recibido del Padre [la misi\u00f3n de realizar la obra de la salvaci\u00f3n], as\u00ed\u00ad la entreg\u00f3 al Esp\u00ed\u00adritu Santo para que la llevara a perfecto t\u00e9rmino\u00bb(n.l) a trav\u00e9s de la iglesia; b) es el que act\u00faa en la encarnaci\u00f3n, para que \u00abla naturaleza humana fuese levantada a la uni\u00f3n personal con el Verbo\u00bb(n.6) y hace que \u00abtoda acci\u00f3n suya [de Jes\u00fas] se realizara bajo el influjo del mismo Esp\u00ed\u00adritu, que tambi\u00e9n cooper\u00f3 de modo especial a su sacrificio (Heb 9,14)\u00bb (ib.); c) el Esp\u00ed\u00adritu Santo contin\u00faa la obra de Cristo en la Iglesia: a ella comunica toda la verdad recibida del Padre y del Hijo, \u00abasisti\u00e9ndola para que no yerre jam\u00e1s, y fecundando los g\u00e9rmenes de la revelaci\u00f3n hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos\u00bb(n.7). En la Iglesia est\u00e1 presente el Esp\u00ed\u00adritu Santo a trav\u00e9s del ministerio de los obispos y sacerdotes y por los dones y carismas que por todas partes difunde; por eso ella es \u00abmedio de salvaci\u00f3n\u00bb y \u00abobra enteramente divina\u00bb. Remiti\u00e9ndose a un texto de san Agust\u00ed\u00adn, la enc\u00ed\u00adclica pone en relaci\u00f3n a Cristo como cabeza de la Iglesia con el Esp\u00ed\u00adritu Santo como su alma: \u00abse compara al coraz\u00f3n el Esp\u00ed\u00adritu Santo que invisiblemente vivifica y une la Iglesia\u00bb(n. 19); d) finalmente, el Esp\u00ed\u00adritu no obra s\u00f3lo en la Iglesia, en su \u00e1mbito visible o institucional, sino tambi\u00e9n en el alma de cada creyente: como Cristo \u00abfue concebido eir santidad para ser hijo natural de Dios, [as\u00ed\u00ad] los hombres son santificados [por la acci\u00f3n invisible del Esp\u00ed\u00adritu] para ser hijos adoptivos de Dios\u00bb(n.9). Esta acci\u00f3n santificadora del Esp\u00ed\u00adritu en el alma del justo acontece principalmente en el sacramento del bautismo, por el que el bautizado se hace semejante al Esp\u00ed\u00adritu, pues &#8216;lo que nace del Esp\u00ed\u00adritu es esp\u00ed\u00adritu&#8217;Qn 3,7), y de la confirmaci\u00f3n, en el que \u00abse da a s\u00ed\u00ad mismo como don m\u00e1s abundante\u00bb (n.10), pues \u00abno s\u00f3lo nos llena con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun \u00e9l mismo es el don supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con raz\u00f3n es &#8216;don de Dios alt\u00ed\u00adsimo\u00bb&#8216;(ib.). Por esta presencia del Esp\u00ed\u00adritu en el alma del justo se realiza la inhabitaci\u00f3n de la Trinidad santa que es una anticipaci\u00f3n de la uni\u00f3n con Dios que gozan los bienaventurados en el cielo. Se atribuye al Esp\u00ed\u00adritu Santo porque esta uni\u00f3n se establece por el v\u00ed\u00adnculo de la caridad que es \u00abla nota propia del Esp\u00ed\u00adritu Santo\u00bb(n.11), pues \u00e9l \u00abes el amor substancial eterno y primero\u00bb(n.13), el \u00abamor vivificante\u00bb(n.2).<\/p>\n<p>La enc\u00ed\u00adclica de Le\u00f3n XIII sobre el Esp\u00ed\u00adritu Santo sirvi\u00f3 de contrapunto, m\u00e1s que en el \u00e1mbito teol\u00f3gico, en el de la pastoral y en la piedad de los fieles, sobre todo al instituir oficialmente en toda la iglesia la &#8216;novena&#8217; de preparaci\u00f3n a la fiesta de pentecost\u00e9s (cf. n.16). El Esp\u00ed\u00adritu Santo comenz\u00f3 as\u00ed\u00ad a salir del marco estrecho y abstracto de las &#8216;procesiones&#8217; intratrinitarias a la vida y oraci\u00f3n de la Iglesia.<\/p>\n<p>III. P\u00ed\u00ado XII: &#8216;Mystici Corporis&#8217;<br \/>\nEl movimiento lit\u00fargico que inici\u00f3 en el siglo pasado Dom P. Gu\u00e9ranger(1805-1875) en la abad\u00ed\u00ada de Solesmes (recuperaci\u00f3n del canto gregoriano y de la liturgia romana frente a las tendencias galicanistas imperantes) floreci\u00f3 en Centroeuropa principalmente por obra del benedictino belga de Mont-C\u00e9sar Dom L. Beauduin (1873-1953) que destac\u00f3 la dimensi\u00f3n pastoral de la liturgia, alcanzando la mayor\u00ed\u00ada de edad teol\u00f3gica con la contribuci\u00f3n de los monjes de Maria-Laach, en especial de O. Case\/ (1886-1948), y del profesor R. Guardini (1885-1968). Este movimiento adquiri\u00f3 carta de naturaleza en la Iglesia con la enc\u00ed\u00adclica de P\u00ed\u00ado XII &#8216;Mediator Dei&#8217; (20-11-1947). Pero el redescubrimiento de la liturgia como fuente de piedad y de oraci\u00f3n para los fieles llev\u00f3 consigo una nueva visi\u00f3n del misterio de la iglesia. Paralelamente al movimiento lit\u00fargico y en contacto con las fuentes b\u00ed\u00adblicas y patr\u00ed\u00adsticas de las que tambi\u00e9n \u00e9ste se nutr\u00ed\u00ada, se fue abriendo paso una comprensi\u00f3n m\u00e1s profunda del misterio de la iglesia como &#8216;cuerpo de Cristo&#8217;. Es lo que el mismo P\u00ed\u00ado XII puso de relieve con su enc\u00ed\u00adclica &#8216;Mystici Corporis&#8217; (29-6-1943) . Aunque toda-v\u00ed\u00ada estamos lejos de la &#8216;Lumen gentium&#8217;, no cabe duda que la enc\u00ed\u00adclica de P\u00ed\u00ado XII es el paso anterior. El eco extraordinariamente positivo que tuvo entre fieles y te\u00f3logos este documento, hac\u00ed\u00ada presentir la necesidad de cambiar la imagen de una Iglesia excesivamente volcada en lo jur\u00ed\u00addico y piramidal. Para vivir el misterio de la Iglesia o la Iglesia como misterio hab\u00ed\u00ada que ofrecer otra imagen m\u00e1s b\u00ed\u00adblica y teol\u00f3gica. Y P\u00ed\u00ado XII ech\u00f3 mano de la noci\u00f3n paulina de &#8216;cuerpo&#8217;: \u00abPara definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo [&#8230;] nada hay m\u00e1s noble, nada m\u00e1s excelente, nada m\u00e1s divino que aquella frase con que se la llama el cuerpo m\u00ed\u00adstico de Cristo\u00bb(n.6) .<\/p>\n<p>Ahora bien, la penetraci\u00f3n en el misterio de la Iglesia no es posible sin un acercamiento al misterio trinitario de Dios. Porque es en la Iglesia donde el Dios uno y trino se ha manifestado y donde comunica a los hombres su gracia y amor. La comprensi\u00f3n del misterio de la Iglesia ha de partir del amor del Padre que entrega a su Hijo \u00fanico para que los hombres tengan vida eterna (cf. Jn 3,16). La encarnaci\u00f3n es, pues, el punto de arranque de la Iglesia: \u00abEl Verbo del Padre eterno con aquel mismo \u00fanico divino amor asumi\u00f3 de la descendencia de Ad\u00e1n la naturaleza humana, pero inocente y exenta de toda mancha, para que del nuevo y celestial Ad\u00e1n se derivase la gracia del Esp\u00ed\u00adritu Santo a todos los hijos del primer padre\u00bb(n.6). La encarnaci\u00f3n es el presupuesto de la redenci\u00f3n cuyo fruto m\u00e1s precioso es la Iglesia. Puestos los cimientos en su propia carne, \u00abel divino Redentor comenz\u00f3 la edificaci\u00f3n del m\u00ed\u00adstico templo de la Iglesia cuando con su predicaci\u00f3n expuso sus ense\u00f1anzas; la consum\u00f3 cuando pendi\u00f3 de la cruz glorificado; y, finalmente, la manifest\u00f3 y promulg\u00f3 cuando de manera visible envi\u00f3 el Esp\u00ed\u00adritu Par\u00e1clito sobre sus disc\u00ed\u00adpulos\u00bb(n.11). La acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo en la Iglesia brota de la sangre redentora de Cristo. \u00abY as\u00ed\u00ad como en el primer momento de la encarnaci\u00f3n, el Hijo del Padre eterno adorn\u00f3 con la plenitud del Esp\u00ed\u00adritu Santo la naturaleza humana que hab\u00ed\u00ada unido a s\u00ed\u00ad substancialmente, para que fuese apto instrumento de la divinidad en la obracruenta de la redenci\u00f3n, as\u00ed\u00ad en la hora de su preciosa muerte quiso enriquecer a su iglesia con los abundantes dones del Par\u00e1clito, para que fuese un medio apto e indefectible del Verbo encarnado en la distribuci\u00f3n de los frutos de la redenci\u00f3n\u00bb(n.13). La Iglesia, ella misma, es el fruto de la redenci\u00f3n y el instrumento elegido por Dios para comunicar a los hombres la gracia de la reconciliaci\u00f3n. El misterio de la Iglesia est\u00e1 todo \u00e9l vinculado al misterio redentor de Cristo que culmina con la donaci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu. Pues \u00aba esta Iglesia, fundada con su sangre, la fortaleci\u00f3 el d\u00ed\u00ada de pentecost\u00e9s con una fuerza especial bajada del cielo [&#8230;]. Porque as\u00ed\u00ad como \u00e9l mismo, al comenzar el ministerio de su predicaci\u00f3n, fue manifestado por su eterno Padre por medio del Esp\u00ed\u00adritu Santo [&#8230;], de la misma manera, cuando los ap\u00f3stoles hab\u00ed\u00adan de comenzar el sagrado ministerio de la predicaci\u00f3n, Cristo nuestro Se\u00f1or envi\u00f3 del cielo a su Esp\u00ed\u00adritu, el cual [&#8230;] indicase a la Iglesia su misi\u00f3n sublime\u00bb(n.14), que no es otra que la de reunir en ella a todos los hombres, \u00abpara que todos cooperasen, con \u00e9l y por medio de aqu\u00e9lla, a comunicarse mutuamente los divinos frutos de la redenci\u00f3n\u00bb(n.6)\u00bb. La imagen de &#8216;cuerpo m\u00ed\u00adstico&#8217; aplicada a la Iglesia quiere poner de relieve la relaci\u00f3n de la Iglesia con Cristo y la excelencia de Cristo, en cuanto cabeza, sobre todo el cuerpo, en el cual todos los miembros son necesarios pero no todos desempe\u00f1an el mismo papel. El &#8216;cuerpo&#8217; de la Iglesia vive de su cabeza, pues Cristo \u00abde tal modo sustenta a su Iglesia, y en cierta manera vive en ella, que \u00e9sta subsiste casi como un segundo Cristo\u00bb (n.24).<\/p>\n<p>Por eso \u00abes necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella ense\u00f1a, gobierna y confiere la santidad\u00bb(n.43). Ahora bien, no puede darse una identificaci\u00f3n plena entre Cristo y la Iglesia, por eso a la imagen de &#8216;cuerpo&#8217; hay que a\u00f1adir la de &#8216;esposa\u00bb: Cristo est\u00e1 en la&#8217; Iglesia formando una cosa con ella como cuerpo suyo que es, pero a la vez est\u00e1 frente a la iglesia como su Se\u00f1or. Pero el influjo de Cristo sobre su cuerpo, influjo real pues \u00e9l es el que gobierna invisiblemente a la Iglesia y el que act\u00faa en los sacramentos como &#8216;signos&#8217; de su salvaci\u00f3n\u00bb, lo quiere realizar por medio del Esp\u00ed\u00adritu Santo. Cristo \u00abhace que la Iglesia viva de su misma vida divina, da vida a todo el cuerpo con su virtud infinita [&#8230;]. Y si consideramos atentamente este principio de vida y de virtud dado por Cristo, en cuanto constituye la fuente misma de todo don y de toda gracia creada, entenderemos f\u00e1cilmente que no es otro sino el Esp\u00ed\u00adritu Santo\u00bb(n.25). El es la fuente de la unidad en la Iglesia\u00bb, de los miembros entre s\u00ed\u00ad y con su cabeza. El Esp\u00ed\u00adritu Santo, \u00abcon su celestial h\u00e1lito de vida, ha de ser considerado como el principio de toda acci\u00f3n vital y saludable en todas las partes del Cuerpo m\u00ed\u00adstico\u00bb (n.26). La enc\u00ed\u00adclica entrelaza fuertemente la dimensi\u00f3n cristol\u00f3gica y pneumatol\u00f3gica de la Iglesia: \u00abCristo est\u00e1 en nosotros por su Esp\u00ed\u00adritu, el cual nos comunica, y por el que de tal suerte obra en nosotros, que todas las cosas divinas, llevadas a cabo por el Esp\u00ed\u00adritu Santo en las almas, se han de decir tambi\u00e9n realizadas por Cristo. [Por esta comunicaci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu] la Iglesiaviene a ser como la plenitud y el complemento del Redentor; y Cristo viene en cierto modo a completarse del todo en la iglesia\u00bb(n.34).<\/p>\n<p>As\u00ed\u00ad, pues, el misterio de la Iglesia, seg\u00fan este documento de P\u00ed\u00ado XII, est\u00e1 enraizado en la Trinidad: en la voluntad salv\u00ed\u00adfica universal del Padre que se concreta en la misi\u00f3n del Hijo sobre cuyo cuerpo se edifica la Iglesia, que es presencia y vida suya por la acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo en ella. Este trasfondo trinitario, que se desborda en el misterio de la redenci\u00f3n a cuyo servicio est\u00e1 la Iglesia como &#8216;signo e instrumento&#8217;, alcanzar\u00e1 su plena madurez en la carta magna de la eclesiolog\u00ed\u00ada conciliar, en la &#8216;Lumen gentium&#8217;.<\/p>\n<p>IV. Pablo VI: &#8216;Ecclesiam suam&#8217;<br \/>\nAl tiempo que se discut\u00ed\u00ada la constituci\u00f3n LG, pieza vertebral del Vaticano II, Pablo VI public\u00f3 su primera enc\u00ed\u00adclica &#8216;Ecclesiam suam'(6-8-1964). Se trata de un documento program\u00e1tico en el que el papa Montini delinea las actitudes que debe seguir la iglesia en un momento nuevo y crucial de su historia en relaci\u00f3n con el mundo. La Iglesia debe abrirse a todos en un di\u00e1logo franco y leal desde la interiorizaci\u00f3n de su propio misterio. Para Pablo VI, \u00abes \u00e9sta la hora en que la Iglesia debe profundizar la conciencia de s\u00ed\u00ad misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio [&#8230;], sobre el propio origen, la propia naturaleza, la propia misi\u00f3n, el propio destino final\u00bb(n.7). Esta idea constituye uno de los hilos conductores de la enc\u00ed\u00adclica&#8217;. No es posible acercarse al &#8216;mundo&#8217; para ofrecerle humildemente la palabra de salvaci\u00f3n que Cristo le confi\u00f3, sin un afianzamiento s\u00f3lido de la propia identidad. Y \u00abel primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre s\u00ed\u00ad misma es el renovado descubrimiento de su vital relaci\u00f3n con Cristo\u00bb(n.30). Esta intensa y personal relaci\u00f3n de los cristianos con Cristo ser\u00ed\u00ada, para Pablo VI, la adquisici\u00f3n m\u00e1s importante de la enc\u00ed\u00adclica &#8216;Mystici Corporis&#8217;, porque la Iglesia \u00abtiene necesidad de experimentar a Cristo en s\u00ed\u00ad misma\u00bb (n.20). Y esta experiencia se activa no tanto por el camino del conocimiento te\u00f3rico y descomprometido, sino por el camino de la fe y de la obediencia a Cristo en el esfuerzo constante por conocer y abrirse a su voluntad, por la revitalizaci\u00f3n de la conciencia de la pertenencia a Cristo desde el bautismo. Por eso, \u00abes necesario devolver al hecho de haber recibido el santo bautismo, es decir, de haber sido injertados mediante tal sacramento en el cuerpo m\u00ed\u00adstico de Cristo que es la Iglesia, toda su importancia\u00bb(n.34). La conciencia del misterio de la Iglesia pasa, pues, por la profundizaci\u00f3n en la espiritualidad bautismal. En la gracia del bautismo se concentra la gracia que Cristo confi\u00f3 a la Iglesia para que la dispensara a todas las gentes: la gracia de la adopci\u00f3n, hijos adoptivos del Padre, de la fraternidad, hermanos de Cristo y en Cristo, y de la inhabitaci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo como prenda y garant\u00ed\u00ada de la vida nueva, de la ciudadan\u00ed\u00ada nueva en la Iglesia del Se\u00f1or.<\/p>\n<p>Una vez que la Iglesia toma conciencia del misterio que la constituye, el misterio de la Palabra encarnada como principio y fundamento de su ser, ella misma quiere hacerse palabraamable y cordial. El misterio de la Iglesia se realiza cuando contin\u00faa y posibilita el di\u00e1logo de amor de Dios con el hombre en Jesucristo. \u00abLa revelaci\u00f3n [&#8230;] puede ser representada como un di\u00e1logo en el cual el Verbo de Dios se expresa en la encarnaci\u00f3n y, por tanto, en el Evangelio [&#8230;]. Es en esta conversaci\u00f3n de Cristo entre los hombres (cf. Bar 3,38) donde Dios deja entender algo de s\u00ed\u00ad mismo, el misterio de su vida, unic\u00ed\u00adsima en la esencia, trinitaria en las personas\u00bbn.64)22. El punto de referencia y la finalidad \u00faltima del di\u00e1logo de la Iglesia con el mundo es el que Dios Padre tiene con nosotros a trav\u00e9s de Cristo en el Esp\u00ed\u00adritu Santo. Este \u00abdi\u00e1logo de la salvaci\u00f3n fue abierto espont\u00e1neamente por la iniciativa divina [&#8230;]. Nos corresponder\u00e1 a nosotros tomar la iniciativa para extender a los hombres este mismo di\u00e1logo, sin esperar a ser llamados. [Pues] no se salva el mundo desde fuera. Es necesario, como el Verbo de Dios que se ha hecho carne, hacerse una misma cosa, en cierta medida, con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo\u00bb(n.66).<\/p>\n<p>Pablo VI fundamenta el di\u00e1logo (con sus caracter\u00ed\u00adsticas propias) que la iglesia debe ofrecer a los hombres, porque ella misma es depositaria de la palabra de salvaci\u00f3n, desde el misterio trinitario de Dios tal como se nos ha manifestado en la historia de la salvaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Este camino se\u00f1alado por Pablo VI en su primera enc\u00ed\u00adclica marcar\u00e1 decisivamente la pauta que sigui\u00f3 la &#8216;Lumen gentium&#8217;: desde.la profundizaci\u00f3n en la propia conciencia (el misterio de la Iglesia a la luz de la Trinidad), la Iglesia entablar\u00e1 un di\u00e1logo fecundo y sincero con todos los hombres de buena voluntad, con los creyentes de otras religiones y con los hermanos separados.<\/p>\n<p>V. Juan Pablo II: Trilog\u00ed\u00ada trinitaria<br \/>\nQuince a\u00f1os despu\u00e9s de la &#8216;Ecclesiam suam&#8217;, con un pont\u00ed\u00adfice diferente &#8216;venido de lejos&#8217; y con unas circunstancias eclesiales y extraeclesiales distintas, otra enc\u00ed\u00adclica program\u00e1tica, a la que seguir\u00e1n dos m\u00e1s, acentuar\u00e1 el magisterio trinitario de la iglesia. El hilo conductor de las enc\u00ed\u00adclicas trinitarias de Juan Pablo II lo podr\u00ed\u00adamos identificar en estos dos conceptos principales: la \u00abverdad sobre Dios\u00bb y la \u00abverdad sobre el hombre\u00bb, entendidas desde la revelaci\u00f3n de Cristo que conoce al Padre (cf. Mt 11,27; Jn 7,29) y penetra en el interior del hombre (cf.Jn 2,24s). Para Juan Pablo II, teolog\u00ed\u00ada y antropolog\u00ed\u00ada (cristolog\u00ed\u00ada) van \u00ed\u00adntimamente unidas y se esclarecen mutuamente. Esta es quiz\u00e1s la aportaci\u00f3n m\u00e1s importante del Vaticano II (cf.DM 1), y, como en el \u00e1nimo del papa, la realizaci\u00f3n de este concilio, a trav\u00e9s del cual el Esp\u00ed\u00adritu ha hablado a la Iglesia en nuestro tiempo (cf.RH 1.6; DV 26), en todas las dimensiones y actividades de la vida eclesial constituye el programa de su pontificado (cf.RH 7; DM 15), por eso se explica su insistencia en iluminar el misterio del hombre y de su vocaci\u00f3n escatol\u00f3gica desde el misterio de Dios en Cristo (cf. GS 22;RH 18; DM 1), y penetrar en \u00e9ste desde la verdad del hombre tal corno aparece en la creaci\u00f3n y sobre todo, a la luz de la redenci\u00f3n. Teol\u00f3gicamente, estos dos extremos &#8216;creaci\u00f3n&#8217;y &#8216;redenci\u00f3n&#8217; sostienen el discurso tea antropoc\u00e9ntrico de las enc\u00ed\u00adclicas, as\u00ed\u00ad como su tensi\u00f3n escatol\u00f3gica.<\/p>\n<p>Aparentemente, cada una de las tres enc\u00ed\u00adclicas est\u00e1 centrada en una persona divina, por este orden: la primera, &#8216;Redemptor hominis&#8217; [=RH] (4-3-1979), dedicada al Hijo; la segunda, &#8216;Dives in misericordia&#8217; [=DM] (30-11-1980), tiene por objeto el misterio del Padre; y la tercera &#8216;Dominum et vivificantem [=DV] (18-5-1986), aborda la teolog\u00ed\u00ada del Esp\u00ed\u00adritu Santo. Pero esta divisi\u00f3n ha de entenderse como programa metodol\u00f3gico, puesto que es absolutamente imposible tratar del Padre sin atender a la revelaci\u00f3n del Hijo, o del Esp\u00ed\u00adritu Santo sin prestar atenci\u00f3n a su misi\u00f3n de parte del Padre tras la &#8216;partida&#8217; de Cristo, como tampoco se puede hablar del Hijo sin referencia al Padre y al Esp\u00ed\u00adritu con que fue ungido. La Trinidad de personas en el seno de Dios y en su manifestaci\u00f3n en la econom\u00ed\u00ada de la salvaci\u00f3n no puede hacernos olvidar la absoluta unicidad de Dios.<\/p>\n<p>1. DIOS PADRE. El acceso sistem\u00e1tico a la primera persona de la Trinidad lo hace Juan Pablo II en su segunda enc\u00ed\u00adclica desde la historia de la salvaci\u00f3n: el Padre es el &#8216;Dios rico en misericordia&#8217; (Ef 2,4). Al subrayar esta dimensi\u00f3n del misterio de Dios, el papa pone delante lo que Dios ha hecho y hace por el hombre y la respuesta (o falta de respuesta) de \u00e9ste al amor de Dios, tal como se perfila hoy en el creciente alejamiento del hombre del fundamento que lo hace ser, lo sostiene y lo salva. Cuanto m\u00e1s el hombre, endurecido en su pecado, rehuye la misericordia y rechaza ser objeto y sujeto de la misma, m\u00e1s la iglesia tiene que predicar y practicar el misterio del amor misericordioso (cf. DM 13.14). La misericordia es la forma que reviste el amor divino, es decir, Dios, cuando se acerca al hombre pecador para abrazar y reparar todas las miserias humanas. El Padre se revela y se nos comunica en su misericordia. Toda la historia de la salvaci\u00f3n del AT gira en torno a esta experiencia: Dios es amor misericordioso; el hombre puede y debe acogerse siempre y en toda circunstancia al \u00abDios clemente y compasivo, lento a la ira y rico en piedad\u00bb(Sal 86,15; 103,8; 145,8). Esta es la experiencia que est\u00e1 detr\u00e1s de la revelaci\u00f3n que de s\u00ed\u00ad mismo hizo Dios a Mois\u00e9s en el Sina\u00ed\u00ad (cf. Ex 34,6) y que marcar\u00e1 en adelante la vida del pueblo de Dios. La misericordia describe, pues, a Dios en su revelaci\u00f3n-actuaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica en la historia, y al hombre como recept\u00e1culo y destinatario del amor misericordioso&#8217;, como aqu\u00e9l que es movido e impulsado por la fuerza de este amor. Por eso \u00abla misericordia no pertenece s\u00f3lo al concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel&#8230;; es el contenido de su intimidad con su Se\u00f1or, el contenido de su di\u00e1logo con \u00e9l\u00bb(DM 4).<\/p>\n<p>Pero es Jesucristo quien revela y act\u00faa en la historia de un modo definitivo esta verdad de Dios y del hombre: conocemos a Dios en su relaci\u00f3n de amor-filantrop\u00ed\u00ada (cf. Tit 3,4); conocemos a Dios a partir de la &#8216;oikonom\u00ed\u00ada&#8217;; conocemos a Dios en Cristo como &#8216;misericordia&#8217;. El es la &#8216;encarnaci\u00f3n de la misericordia'(cf. DM 2) y, por tanto, el rostro del Padre que los hombres hanpodido contemplar (cf. Jn 14,9; 1 Jn 1,lss). En su palabra, en sus obras y sobre todo en su misterio pascual, Cristo revela y act\u00faa el amor misericordioso que es Dios. Todo su programa mesi\u00e1nico consiste en mostrar y hacer presente la misericordia del Padre que abraza y rehabilita al hombre postrado, marginado, doliente. Jes\u00fas no da m\u00e1s pruebas de ser el que ten\u00ed\u00ada que venir que la realizaci\u00f3n del programa anunciado en Nazaret: estas obras son para \u00e9l mismo la verificaci\u00f3n de su mesianidad (cf. Lc 4,17ss; 7,18ss). Especialmente, en su relaci\u00f3n con los pecadores, Jes\u00fas hace patente el rostro del Padre rico en misericordia. Esto lo puso magistralmente de relieve Jes\u00fas en la par\u00e1bola del &#8216;hijo pr\u00f3digo&#8217; (cf. Lc 15, 11-32). A esta luz, la enc\u00ed\u00adclica &#8216;Dives in misericordia&#8217; se complace en describir con trazos vigorosos el rostro de Dios (cf. DM 5-6). En el trasfondo de la explicaci\u00f3n de Juan Pablo II est\u00e1 el misterio de la paternidad divina y su expresi\u00f3n en el misterio de la filiaci\u00f3n adoptiva. Dios Padre no puede dejar de ser fiel a lo que \u00e9l mismo es, a su condici\u00f3n de Padre; el hijo pr\u00f3digo ha perdido y malgastado todo, toda la herencia, menos su filiaci\u00f3n: a pesar de todo, no puede dejar de ser hijo. En el hecho de que el Padre es fiel a su paternidad, es decir, a s\u00ed\u00ad mismo, el hijo, aunque absolutamente infiel a su condici\u00f3n filial, es consciente de que la filiaci\u00f3n, en su \u00faltima ra\u00ed\u00adz, permanece intacta, que no puede ser borrada; aqu\u00ed\u00ad se da el encuentro que regenera al hijo sin humillarlo devolvi\u00e9ndolo a su ser en el abrazo misericordioso del Padre. En este abrazo, el que perdona y el perdonado se encuentran en el valor del hombre que no puede ser perdido. La conversi\u00f3n del hijo pr\u00f3digo se da al contacto con la misericordia del Padre. Esta es el &#8216;lugar&#8217; donde el hombre se encuentra de cerca y con frecuencia con el Dios vivo, es por eso mismo el &#8216;lugar&#8217; de la revelaci\u00f3n del Padre. El rostro del Dios rico en misericordia adquiere aqu\u00ed\u00ad los contornos definidos del Padre, la misericordia ahonda sus manantiales en la paternidad divina. A su vez, la &#8216;imagen y semejanza&#8217; divinas del hombre se revelan en toda su hondura como filiaci\u00f3n: el hombre es y est\u00e1 llamado a ser en plenitud hijo de Dios.<\/p>\n<p>Pero donde Jes\u00fas nos revela con mayor claridad el misterio de Dios como amor misericordioso es en su misterio pascual, centro y v\u00e9rtice de la redenci\u00f3n. La redenci\u00f3n es obra y revelaci\u00f3n de la &#8216;santidad de Dios&#8217; (cf. DM 7). Este concepto engloba y explica dos aspectos fundamentales del misterio de Dios en relaci\u00f3n con su verdad y la del hombre: su amor y su justicia, o la justicia que es rebasada y transformada por la misericordia. As\u00ed\u00ad, el hombre es salvado por el amor de Dios que lo justifica en Cristo. La aut\u00e9ntica misericordia es la fuente m\u00e1s profunda de la justicia. S\u00f3lo el amor es capaz de restituir al hombre a s\u00ed\u00ad mismo. La misericordia es la m\u00e1s perfecta encarnaci\u00f3n de la justicia (cf.DM 4.8.14).<\/p>\n<p>En la cruz reaparece de nuevo la doble dimensi\u00f3n que caracteriza la actividad mesi\u00e1nica de Jes\u00fas: en ella se da la revelaci\u00f3n m\u00e1xima de la paternidad divina que nos comunica su misma vida en la muerte del Hijo; la cruz habla de Dios Padre absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre; en ella Dios Padre se inclina sobre el hombre para levantarlo de su postraci\u00f3n, para curar todas sus heridas, para arrancarlo de las ra\u00ed\u00adces del mal que lo mantienen esclavo del pecado y de la muerte (cf. DM 7). As\u00ed\u00ad la cruz se alza como signo y denuncia del mal que arraiga en el coraz\u00f3n del hombre, pero al mismo tiempo es signo e instrumento de su salvaci\u00f3n por la acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo que \u00abconvencer\u00e1 al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio\u00bb Un 16,7s; cf. DV 27-28). Por eso, a las tinieblas de la cruz sigue la luz de la resurrecci\u00f3n, donde la misericordia del Padre, que pareci\u00f3 abandonar a su Hijo clavado en la cruz, se manifiesta ahora plenamente sobre \u00e9l al resucitarlo de entre los muertos. La resurrecci\u00f3n es, pues, el gran signo de la revelaci\u00f3n del amor del Padre para con Cristo y en \u00e9l para con todos los hombres. As\u00ed\u00ad \u00abel Cristo pascual es la encarnaci\u00f3n definitiva de la misericordia, su signo viviente\u00bb(DM 8).<\/p>\n<p>2. DIOS HIJO. La visi\u00f3n de Jesucristo que domina el pensamiento de Juan Pablo II, se expresa lapidariamente en la frase que encabeza su primera enc\u00ed\u00adclica &#8216;Redemptor hominis : \u00abEl Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia\u00bb. El acento se pone en lo que Jes\u00fas es para el hombre: el Redentor. Por esta referencia al hombre, a su puesto en el mundo y a lo que en \u00e9l realiza, Jesucristo es centro sobre el que gira y descansa toda la realidad, el cosmos y la historia. Esta centralidad de Cristo se funda en la encarnaci\u00f3n que es \u00abla verdad-clave de la fe\u00bb(RH, 1). Los dos puntos de referencia en la comprensi\u00f3n del misteriode Cristo de Juan Pablo II son, pues, la encarnaci\u00f3n y la redenci\u00f3n. En la conciencia y actividad mesi\u00e1nicas de Jes\u00fas se unen y esclarecen ambos extremos que son la llave que nos abre y nos introduce en el misterio de Dios y del hombre. A trav\u00e9s del misterio de la encarnaci\u00f3n, \u00abDios ha dado a la vida humana la dimensi\u00f3n que quer\u00ed\u00ada dar al hombre desde sus comienzos\u00bb(RH 1). El papa explica el sentido de la encarnaci\u00f3n como rectificaci\u00f3n del camino errado seguido por el hombre desde los or\u00ed\u00adgenes. La encarnaci\u00f3n ser\u00ed\u00ada el verdadero nuevo comienzo de la historia del hombre sobre la tierra seg\u00fan el plan de Dios. Por eso, el ap\u00f3stol Pablo habla de el &#8216; \u00faltimo Ad\u00e1n'(1 Cor 15,45), de &#8216;nueva creaci\u00f3n (2 Cor 5,17) y &#8216;nueva criatura'(G\u00e1l 6,15), de &#8216;hombre nuevo&#8217; (Ef 2,15; 4,24; Col 3,10). La encarnaci\u00f3n, desde esta visi\u00f3n, empalma con la creaci\u00f3n del hombre; no es una irrupci\u00f3n puramente vertical y caprichosa de la divinidad en la historia. La presencia del pecado que quebr\u00f3 desde el principio el plan de Dios sobre el hombre, hac\u00ed\u00ada presentir la encarnaci\u00f3n (cf. G\u00e9n 3,15), porque Dios no puede ser infiel a s\u00ed\u00ad mismo (cf. 2 Tim 2,13) y a su proyecto creador. La encarnaci\u00f3n no es exigencia del pecado, sino que brota del mismo ser de Dios como gracia, justicia, fidelidad (cf. DM 4, especialmente la nota 52). Por medio de la encarnaci\u00f3n, es decir, porque el Verbo \u00abha entrado en la historia de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo \u00fanico\u00bb(RH 1), por eso, en \u00e9l, la humanidad ha sido devuelta a Dios restableci\u00e9ndose, en \u00e9l, de manera absolutamente insospechada el plan original del Creador sobre el hombre. As\u00ed\u00ad, \u00abla humanidad, sometida al pecado en los descendientes del primer Ad\u00e1n, en Jesucristo ha sido sometida perfectamente a Dios y unida a \u00e9l\u00bb (DV 40). Este camino de &#8216;vuelta&#8217; del hombre a Dios que p\u00e1rte de la encarnaci\u00f3n, se va iluminando en la actividad mesi\u00e1nica de Jes\u00fas hasta su plena realizaci\u00f3n en el misterio pascual. Es aqu\u00ed\u00ad, en el misterio de la redenci\u00f3n, donde \u00abla historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios\u00bb(RH 1). Lo que Dios pretendi\u00f3 al principio de la creaci\u00f3n, se lleva a cabo con la encarnaci\u00f3n y se consuma en la redenci\u00f3n (cf. DM 7; DV 52).<\/p>\n<p>Juan Pablo II acent\u00faa dos rasgos principales del misterio de Cristo, su condici\u00f3n de revelador del Padre y de redentor del hombre. En la realizaci\u00f3n de esta doble misi\u00f3n, Jes\u00fas descubre al hombre qui\u00e9n es y a qu\u00e9 meta est\u00e1 llamado. As\u00ed\u00ad, \u00abla verdad acerca del hombre y del mundo [est\u00e1] contenida en el misterio de la encarnaci\u00f3n y de la redenci\u00f3n\u00bb(RH 13).<\/p>\n<p>Hay adem\u00e1s, en la comprensi\u00f3n del misterio de Cristo, otro punto de referencia inolvidable: el Esp\u00ed\u00adritu Santo, puesto que \u00ablo que [Jes\u00fas] dice del Padre y de s\u00ed\u00ad como Hijo brota de la plenitud del Esp\u00ed\u00adritu que est\u00e1 en \u00e9l\u00bb (DV 21). La misma entrega de Jes\u00fas al Padre hasta la cruz por amor a los hombres est\u00e1 sostenida y elevada por la acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo (cf. DV 40). No extra\u00f1a, pues, que Jes\u00fas, llegado el momento de la consumaci\u00f3n, nos entregara su &#8216;esp\u00ed\u00adritu'(Jn 19,30), el mismo Esp\u00ed\u00adritu por el que fue concebido y del que fue colmado, ungido, para realizar la obra de nuestra salvaci\u00f3n. Jes\u00fas vino por el Esp\u00ed\u00adritu y ahora, al &#8216;partir&#8217; de este mundo al Padre, se hace portador y mediador del Esp\u00ed\u00adritu para todos los que creyeran en \u00e9l, puesto que hasta ahora \u00aba\u00fan no hab\u00ed\u00ada Esp\u00ed\u00adritu, pues todav\u00ed\u00ada Jes\u00fas no hab\u00ed\u00ada sido glorificado\u00bb Un 7,39).<\/p>\n<p>3. DIOS ESP\u00ed\u008dRITU SANTO. Juan Pablo II, al abordar el misterio del Esp\u00ed\u00adritu, parte de los dos &#8216;atributos&#8217; que, en el s\u00ed\u00admbolo de la fe, quieren expresar su divinidad: Se\u00f1or y dador de vida. Quien es Se\u00f1or, quien puede dar la vida es Dios. Pues bien, el Esp\u00ed\u00adritu Santo \u00aben el misterio de la creaci\u00f3n da al hombre y al cosmos la vida en sus m\u00faltiples formas visibles e invisibles, [y] la renueva mediante el misterio de la encarnaci\u00f3n\u00bb (DV 52; cf. 34). Por medio del Esp\u00ed\u00adritu, el Dios uno y trino se comunica, sale fuera de s\u00ed\u00ad, es expansi\u00f3n del amor. El Esp\u00ed\u00adritu Santo es en s\u00ed\u00ad mismo don, don increado, persona-don. De esta condici\u00f3n suya de don increado brota toda d\u00e1diva divina a las criaturas y toda forma de autocomunicaci\u00f3n de Dios a los hombres. La creaci\u00f3n es la d\u00e1diva primera, reflejo de la plenitud de Dios que se desborda fuera de s\u00ed\u00ad dando vida al caos primitivo \u00abmientras el esp\u00ed\u00adritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas\u00bb (G\u00e9n 1,2). La multiforme riqueza de Dios se difunde en el Esp\u00ed\u00adritu Santo desde la creaci\u00f3n a la encarnaci\u00f3n. Pero como \u00e9sta es la &#8216;nueva creaci\u00f3n&#8217;, la acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo permanece en la Iglesia hasta la consumaci\u00f3n de la obra de Cristo en \u00ablos cielos nuevos y en la tierra nueva\u00bb (Ap 21,1).<\/p>\n<p>En la enc\u00ed\u00adclica &#8216;Dominum et Vivificantem&#8217;, se insiste una y otra vez en la &#8216;partida&#8217; de Jes\u00fas, es decir, su pascua&#8217;, como causa de la misi\u00f3n de): Esp\u00ed\u00adritu: \u00abEl Esp\u00ed\u00adritu Santo vendr\u00e1 cuando Cristo se haya ido por medio de la cruz; vendr\u00e1 no s\u00f3lo despu\u00e9s, sino como causa de la redenci\u00f3n realizada por Cristo, por voluntad y obra del Pa dre\u00bb(DV 8). La partida de Cristo a trav\u00e9s de la cruz y la resurrecci\u00f3n \u00abes condici\u00f3n indispensable del &#8216;env\u00ed\u00ado&#8217; y de la venida del Esp\u00ed\u00adritu Santo\u00bb(DV 11; cf. 24). Como en la misi\u00f3n de Cristo,. tambi\u00e9n en la del Esp\u00ed\u00adritu Santo es el Padre el que env\u00ed\u00ada \u00abcon el poder de su paternidad\u00bb(DV 8), es decir, por ser el origen y fuente de la divinidad; pero en el caso de la misi\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu, el Padre une a su poder propio \u00abla fuerza de la redenci\u00f3n realizada por Cristo\u00bb(ib.). La misi\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu procede del Padre por el Hijo, pues \u00abyo pedir\u00e9 al Padre y os dar\u00e1 otro Par\u00e1clito para que est\u00e9 con vosotros para siempre\u00bb(Jn 14,16). Esta &#8216;petici\u00f3n&#8217; es la obra de la redenci\u00f3n. Por eso, \u00abel Esp\u00ed\u00adritu Santo viene despu\u00e9s de \u00e9l y gracias a \u00e9l, para continuar en el mundo, por medio de la iglesia, la obra de la Buena Nueva de f salvaci\u00f3n\u00bb(DV 3; cf. 27;31). La misi\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu est\u00e1, pues, en estrecha correlaci\u00f3n y continuidad con la de Jes\u00fas, como \u00e9l mismo lo indic\u00f3 en el discurso de despedida: El Esp\u00ed\u00adritu Santo \u00abos lo ense\u00f1ar\u00e1 todo y os recordar\u00e1 todo lo que yo he dicho\u00bb(Jn 14,26). Este ense\u00f1ar y recordar lo concreta el papa as\u00ed\u00ad: el Esp\u00ed\u00adritu Santo asegura la continuidad e identidad del mensaje de Jes\u00fas a lo largo de la historia. Con su asistencia, en la iglesia se mantendr\u00e1 siempre \u00abla misma verdad que los ap\u00f3stoles oyeron de su Maestro\u00bb (DV; 4). Pero la misi\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu de la verdad no es la mera conservaci\u00f3n est\u00e1tica o congelada del &#8216;depositum&#8217;, sino que ayuda a penetrar cada vez m\u00e1s en su comprensi\u00f3n y actualizaci\u00f3n para cada circunstancia concreta de la vida de los disc\u00ed\u00adpulos. Ciertamente, este &#8216;progreso&#8217; en la comprensi\u00f3n de la verdad de Cristo no implica ni a\u00f1adiduras ni nuevas revelaciones, porque el punto de referencia permanece inamovible e inalterable: todo lo que Jes\u00fas dijo e hizo, y que los disc\u00ed\u00adpulos no pudieron en vida del Maestro asimilar (cf. Jn 16,12).<\/p>\n<p>Partiendo de la definici\u00f3n ju\u00e1nica de \u00abDios-amor\u00bb(1Jn 4,8.16), Juan Pablo II pone el acento en la realidad personal del Esp\u00ed\u00adritu como &#8216;amor&#8217; y &#8216;don&#8217;: \u00abPuede decirse que en el Esp\u00ed\u00adritu Santo la vida \u00ed\u00adntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor rec\u00ed\u00adproco entre las personas divinas, y que por el Esp\u00ed\u00adritu Santo Dios &#8216;existe&#8217; como don. El Esp\u00ed\u00adritu Santo es, pues, la expresi\u00f3n personal de esta donaci\u00f3n, de este ser-amor. Es Persona-amor. Es Persona-don\u00bb(DV 10; cf. 22; 50). La entrega rec\u00ed\u00adproca, como expresi\u00f3n del amor mutuo, entre el Padre y el Hijo es el Esp\u00ed\u00adritu Santo. Por \u00e9l \u00abDios &#8216;existe&#8217; como don\u00bb en su realidad \u00ed\u00adntima personal y en su comunicaci\u00f3n a las criaturas. El Esp\u00ed\u00adritu Santo, \u00abcomo amor, es el eterno don increado. En \u00e9l se encuentra la fuente y el principio de toda d\u00e1diva a las criaturas\u00bb(DV 34; 50). As\u00ed\u00ad, la realidad creada se interpreta como don y expansi\u00f3n de Dios, como una efusi\u00f3n del misterio de Dios que es amor-don, que se entrega, se comunica, se da. La comuni\u00f3n en el amor que, en el seno de la Trinidad, realiza la Persona-don, el Esp\u00ed\u00adritu Santo, es el fundamento y la raz\u00f3n de ser de la comunicaci\u00f3n extratrinitaria en la creaci\u00f3n y en el hombre. Pero la verdadera autocomunicaci\u00f3n de Dios tiene lugar en el orden de la gracia. Por eso, \u00abel misterio de la encarnaci\u00f3n de Dios constituye el culmen de esta d\u00e1diva y de esta autocomunicacii\u00f3n divina\u00bb (DV 50). Y por eso es la obra del Esp\u00ed\u00adritu Santo, puesto que \u00e9l, como Persona-don, es \u00abel sujeto de la autocomunicaci\u00f3n de Dios\u00bb(ib.). El darse o comunicarse de Dios en su \u00ed\u00adntima realidad personal, tal como sucede en el orden de la gracia, cuyo resumen y plenitud es la encarnaci\u00f3n, acontece en el Esp\u00ed\u00adritu Santo, don increado y fuente de todo don en el orden de la creaci\u00f3n y de la salvaci\u00f3n20. En el Esp\u00ed\u00adritu Santo, el Dios uno y trino se comunica al hombre, le comunica su propia vida, y por El el hombre, renovado por la sangre de Cristo, se abre al misterio de Dios. El Esp\u00ed\u00adritu Santo envuelve, pues, a Dios y al hombre en el \u00e1mbito del amor, de la comuni\u00f3n. Finalmente, la acci\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu Santo como memoria y presencia de Cristo y de su obra salv\u00ed\u00adfica se realiza en la iglesia sobre todo en los sacramentos: El es el agente invisible de los sacramentos de Cristo, el que hace de ellos signos eficaces de la gracia en el gran sacramento de la iglesia que vive y act\u00faa animada por su fuerza y presencia. \u00abLa plenitud de la realidad salv\u00ed\u00adfica, que es Cristo en la historia, se difunde de modo sacramental por el poder del Esp\u00ed\u00adritu Paradito\u00bb (ib.).<\/p>\n<p>4. CONCLUSI\u00ed\u201cN. El itinerario para llegar al misterio del Dios uno y trino que sigue Juan Pablo II en su &#8216;trilog\u00ed\u00ada trinitaria , es el se\u00f1alado por la tradici\u00f3n patr\u00ed\u00adstica, por la eucolog\u00ed\u00ada lit\u00fargica y por el magisterio del concilio Vaticano II: al Padre por Cristo en el Esp\u00ed\u00adritu Santo (cf. DV 2). En el centro est\u00e1 Cristo, su obra redentora y su mensaje mesi\u00e1nico. El es el \u00abmediador entre Dios y los hombres\u00bb (ITim 2,5), punto de acceso del hombre a Dios, porque en \u00e9l Dios \u00abse ha hecho carne\u00bb Un 1,14), porque Cristo une en s\u00ed\u00ad de manera indisoluble su condici\u00f3n divina y humana. El acceso al Padre desde Cristo en la comuni\u00f3n del Esp\u00ed\u00adritu pasa por el misterio de la encarnaci\u00f3n en el que se realiza aquel &#8216;admirabile commercium&#8217; entre Dios y el hombre, que es fundamento y condici\u00f3n de la revelaci\u00f3n escatol\u00f3gica de Dios y de la salvaci\u00f3n plena y definitiva del hombre. Pasa tambi\u00e9n por la escucha de su palabra: \u00e9l es el revelador del Padre, de s\u00ed\u00ad mismo como el Hijo, y del Esp\u00ed\u00adritu como expresi\u00f3n personal del amor del Padre y del Hijo. Pasa finalmente por la obra de la redenci\u00f3n, que es la suprema revelaci\u00f3n del misterio trinitario del Dios-amor. El acceso al misterio del Dios uno y trino, as\u00ed\u00ad como al de la comunicaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica de Dios al hombre, se encuadra, pues, en esa triple coordenada cristol\u00f3gica, en la que Dios se nos revela salv\u00e1ndonos y al salvarnos nos revela qui\u00e9n es \u00e9l y qui\u00e9nes nosotros: la verdad de Dios y la verdad del hombre.<\/p>\n<p>[ -> Bautismo; Comuni\u00f3n; Confirmaci\u00f3n; Encarnaci\u00f3n; Esp\u00ed\u00adritu Santo; Eucarist\u00ed\u00ada; Hijo; Iglesia; Jesucristo; Padre; Pascua; Pentecost\u00e9s; Trinidad.]<br \/>\nJos\u00e9 Mar\u00ed\u00ada de Miguel<\/p>\n<p>PIKAZA, Xabier &#8211; SILANES, Nereo,  Diccionario Teol\u00f3gico. El Dios Cristiano,  Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca 1992<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario Teol\u00f3gico El Dios Cristiano<\/b><\/p>\n<p>I. Concepto e historia<br \/>\nEtimol\u00f3gicamente el t\u00e9rmino e. (\u00e9gkyklioi, epistolai) equivale a circulares. En el uso eclesi\u00e1stico las e. son cartas dirigidas a varias o a todas las Iglesias cristianas, como la primera de Pedro a las del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, o la del martirio de Policarpo \u00aba todas las parroquias de la Iglesia cat\u00f3lica\u00bb. Por su destinaci\u00f3n universal tales cartas eran llamadas cat\u00f3licas en los siglos 11 y 111; as\u00ed\u00ad designa Eusebio las de Dionisio de Corinto (Hist. ecle., lv, 23). En el siglo lv los escritos que Alejandro de Alejandr\u00ed\u00ada y Atanasio dirigieron a todos los obispos recibieron el nombre de e. (PG 25, 221, 537; 42, 309). En el siglo v es notable el C\u00f3dice enc\u00ed\u00adclico, que contiene 41 cartas en defensa del concilio de Calcedonia: una del emperador Le\u00f3n 1, otra de Le\u00f3n Magno y las dem\u00e1s de obispos; Evagrio dice que esas cartas formaban parte de las \u00abllamadas e.\u00bb (PG 86, 2532). Importante es la e. del a\u00f1o 649, escrita en lat\u00ed\u00adn y griego, del papa Mart\u00ed\u00adn 1 (PL 87, 119). Otras muchas cartas de los ocho primeros siglos, aunque no se llamen e., son plenamente equiparables a ellas. En la edad moderna Benedicto xlv, con su e. inaugural del 1740, se propone \u00abrestaurar la antigua costumbre de los papas\u00bb (BulRom 25, VIII, 3-6); pero solamente siete de sus bulas se llaman e. Sus seis sucesores inmediatos, cuyo pontificado abarca un per\u00ed\u00adodo de 73 a\u00f1os, dieron el nombre de e. tan s\u00f3lo a siete cartas. Con Gregorio vi, desde 1831, se hacen m\u00e1s frecuentes y normales los escritos llamados e. Conocemos con este nombre 16 escritos de Gregorio xvl, 33 de P\u00ed\u00ado lx, 48 de Le\u00f3n xiii, 10 de P\u00ed\u00ado x, 12 de Benedicto xv, 30 de P\u00ed\u00ado xi y 41 de P\u00ed\u00ado xll. De las 63 anteriores a Le\u00f3n xiii todas se titulan Ep\u00ed\u00adstolas e., excepto dos llamadas Letras e. La distinci\u00f3n neta entre estas dos clases de documentos aparece con P\u00ed\u00ado xl y P\u00ed\u00ado x11, que reservan la segunda designaci\u00f3n para las circulares dirigidas a la Iglesia universal, y en ellas los papas apelan no pocas veces a \u00abla plenitud de su potestad apost\u00f3lica\u00bb.<\/p>\n<p>II. Valor de las enc\u00ed\u00adclicas<br \/>\nLas e. est\u00e1n relacionadas con la potestad papal \u00abde ense\u00f1ar y gobernar a todos y cada uno de los pastores y fieles de la Iglesia universal, los cuales tienen obligaci\u00f3n de obedecerle; tanto en las cosas de la fe y la moral como en las que pertenecen al r\u00e9gimen y disciplina de la Iglesia\u00bb (Vaticano 1, Dz 1827). De ah\u00ed\u00ad que unas sean doctrinales y otras disciplinares. Las de mayor autoridad son las doctrinales, sobre la fe y las costumbres, que van dirigidas a todo el orbe cat\u00f3lico. A \u00e9stas nos referimos en lo que sigue. En ellas el papa habla \u00aben su calidad de pastor y maestro de la Iglesia universal\u00bb. En casos excepcionales, como en la citada de Mart\u00ed\u00adn 1, las e. son documentos \u00absinodales\u00bb, y entonces el papa, como cabeza del cuerpo episcopal, promulga en ellas las decisiones conciliares. Pero, en general, las e. son escritos personales del papa, que van dirigidos el episcopado y est\u00e1n motivados, seg\u00fan palabras de P\u00ed\u00ado vil, \u00abpor el deber principal y exclusivamente suyo que los papas tienen de confirmar a sus hermanos\u00bb (BulROm 35, 25). De ah\u00ed\u00ad la autoridad de las enc\u00ed\u00adclicas, que se deduce sobre todo de su finalidad m\u00e1s caracter\u00ed\u00adstica, se\u00f1alada por Le\u00f3n Magno: \u00abPara que por todo el mundo sea una la fe\u00bb (PL 54, 799); palabras que concuerdan con la frase lapidaria de Agust\u00ed\u00adn: \u00abDios puso la doctrina de la verdad en la C\u00e1tedra de la unidad\u00bb (PL 33, 403 ). Las e. doctrinales son una manifestaci\u00f3n del magisterio ordinario del papa, que as\u00ed\u00ad act\u00faa como \u00abprincipio y columna visible de la unidad\u00bb de la Iglesia. Ese magisterio no siempre va dirigido exclusivamente a la Iglesia, sino, a veces, tambi\u00e9n \u00aba todos los hombres de buena voluntad\u00bb (Juan xxlil: Pacem in terris).<\/p>\n<p>III. Autoridad y obligaci\u00f3n que imponen<br \/>\nEn la Humani generis P\u00ed\u00ado xii expresa as\u00ed\u00ad la obligaci\u00f3n de los creyentes con relaci\u00f3n a la autoridad de las e.: \u00abNi se ha de pensar que de suyo no exigen asentimiento las cosas que en las letras e. se proponen, cuando en ella los pont\u00ed\u00adfices no ejercen la potestad suprema de magisterio. Pues las ense\u00f1a el magisterio ordinario, del que tambi\u00e9n vale aquello: \u00abel que a vosotros oye, me oye a m\u00ed\u00ad\u00bb (Lc 10, 16)&#8230;\u00bb Si los pont\u00ed\u00adfices de prop\u00f3sito expresan su parecer sobre alguna cosa hasta entonces controvertida, es manifiesto a todos que esa materia, seg\u00fan la mente y voluntad de los mismos, no puede ya tenerse por tema de libre discusi\u00f3n entre los te\u00f3logos (Dz 2313). Exigen, pues, las e. una sumisi\u00f3n positiva, que llevar\u00e1 a no manifestar externamente ni aprobar internamente lo contrario. El magisterio infalible exige un asentimiento absoluto e irrevocable; al simplemente aut\u00e9ntico se debe una adhesi\u00f3n moralmente cierta y relativa, y por consiguiente reformable seg\u00fan las ulteriores ense\u00f1anzas de la sede apost\u00f3lica. El magisterio de las e. es simplemente aut\u00e9ntico. En principio nada impide que el papa se valga de una e. para su magisterio infalible. Para ello se requieren cuatro condiciones: 1\u00c2\u00aa., que el papa act\u00fae como maestro universal; 2\u00c2\u00aa, con suprema autoridad apost\u00f3lica; 3\u00c2\u00aa, en materia de fe y costumbres; 4\u00c2\u00aa, definiendo perentoriamente. La cuarta condici\u00f3n es la que suele faltar en las e. Para que se d\u00e9, basta que el papa manifieste inequ\u00ed\u00advocamente su intenci\u00f3n de definir. A su prudencia y arbitrio queda, o emplear la f\u00f3rmula del \u00absolemne juicio\u00bb usada en las canonizaciones y en la definici\u00f3n de la asunci\u00f3n, o valerse de la m\u00e1s sencilla y ordinaria, propia de una e. Aunque no contengan afirmaciones infalibles, en su conjunto las enc\u00ed\u00adclicas representan el grado m\u00e1s elevado del -> magisterio simplemente aut\u00e9ntico y tienen la garant\u00ed\u00ada de cierta asistencia del Esp\u00ed\u00adritu Santo, por la que \u00e9l conserva la fe y las costumbres cristianas.<\/p>\n<p>Joaqu\u00ed\u00adn Salaverri<\/p>\n<p>K. Rahner (ed.),  Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teol\u00cf\u0192gica, Herder, Barcelona 1972<\/p>\n<p><b>Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teol\u00f3gica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SUMARIO: I. Introducci\u00f3n.-II. Le\u00f3n XIII: Divinum illud munus.-III. P\u00ed\u00ado XII: Mystici Corporis.-IV. Pablo VI: Ecclesiam suam.-V. Juan Pablo II: Trilog\u00ed\u00ada trinitaria: 1. Dios Padre; 2. Dios Hijo; 3. Dios Esp\u00ed\u00adritu Santo; 4. Conclusi\u00f3n. I. Introducci\u00f3n El magisterio pontificio ordinario se expresa en su valor m\u00e1s alto y vinculante en las enc\u00ed\u00adclicas. En este art\u00ed\u00adculo sistematizaremos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/enciclicas\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abENCICLICAS\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-16398","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16398","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=16398"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/16398\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=16398"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=16398"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=16398"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}