{"id":17096,"date":"2016-02-05T11:08:05","date_gmt":"2016-02-05T16:08:05","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/ministerio-pastoral\/"},"modified":"2016-02-05T11:08:05","modified_gmt":"2016-02-05T16:08:05","slug":"ministerio-pastoral","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/ministerio-pastoral\/","title":{"rendered":"MINISTERIO PASTORAL"},"content":{"rendered":"<p>SUMARIO: I. Premisa &#8211; II. Orientaciones teol\u00f3gicas: 1. Exigencias culturales; 2. Relectura del NT; 3. L\u00ed\u00adneas de interpretaci\u00f3n teol\u00f3gica: a) Linea ontol\u00f3gica, b) Deducci\u00f3n cristol\u00f3gica, c) Deducci\u00f3n eclesiol\u00f3gica &#8211; III. Carisma ministerial y opci\u00f3n fundamental: 1. La opci\u00f3n fundamental de Cristo y el sacerdocio de la Iglesia: 2. Carismas de la totalidad &#8211; IV. Los signos de la totalidad: 1. En la espiritualidad pastoral; 2. En la espiritualidad prof\u00e9tica; 3. En la espiritualidad lit\u00fargica &#8211; V. Espiritualidad cat\u00f3lica &#8211; VI. Conclusi\u00f3n.<\/p>\n<p>I. Premisa<br \/>\nEl l\u00e9xico que se suele utilizar en nuestro tema resulta bastante confuso, y no es posible encontrar una palabra que sea totalmente adecuada a la complejidad y a los matices problem\u00e1ticos de los conceptos que en \u00e9l andan en juego. Al hablar de \u00abministerios pastorales\u00bb o simplemente de \u00abministerio\u00bb a lo largo de este art\u00ed\u00adculo, intento referirme concretamente al ministerio que existe en la Iglesia en virtud del sacramento del orden, es decir, de los di\u00e1conos, sacerdotes y obispos. Lo que expongo est\u00e1 pensado sobre todo a prop\u00f3sito de la figura del sacerdote; pero casi siempre se podr\u00e1 referir tambi\u00e9n al obispo, y menos al di\u00e1cono, ya que para la espiritualidad del di\u00e1cono habr\u00ed\u00ada que trazar previamente los contornos teol\u00f3gicos, jur\u00ed\u00addicos y pastorales que hoy est\u00e1n destacando lentamente de la espesa niebla que ha oscurecido durante siglos este ministerio. Esta observaci\u00f3n vale m\u00e1s todav\u00ed\u00ada a prop\u00f3sito de los \u00abministerios instituidos\u00bb, cuyo porvenir es oscuro y cuyas estructuras son a\u00fan del todo inciertas. Por eso no hablar\u00e9 de ellos. Por otra parte, \u00bfno deber\u00ed\u00ada situarse su consideraci\u00f3n m\u00e1s bien dentro del tema de la espiritualidad de los laicos? [>Laico].<\/p>\n<p>II. Orientaciones teol\u00f3gicas<br \/>\nLa ya famosa crisis de identidad del sacerdote, que estall\u00f3 violentamente en el pasado decenio postconciliar, reaviv\u00f3 en\u00e9rgicamente el debate teol\u00f3gico sobre el sacerdocio. La literatura reciente es abundant\u00ed\u00adsima y, como quiz\u00e1 pocas veces en la historia, la discusi\u00f3n teol\u00f3gica est\u00e1 arraigada en los problemas concretos de la vida.<\/p>\n<p>1. EXIGENCIAS CULTURALES  Anterior a la teolog\u00ed\u00ada de la secularizaci\u00f3n es el fen\u00f3meno de una cultura secularizada. Se podr\u00e1 discutir sobre su amplitud, aceptar o rechazar lo radical y definitivo de su realidad e interpretar de muy diversas maneras su significado teol\u00f3gico. Lo cierto es que en una sociedad fuertemente articulada, pluralista y democr\u00e1tica. no queda lugar para una instituci\u00f3n sacerdotal que encarne dentro de ella un poder sagrado y que represente, como en las antiguas sociedades sacrales, uno de los polos esenciales e indiscutibles de la articulaci\u00f3n del poder. El p\u00e1rroco junto al alcalde, el obispo junto al pr\u00ed\u00adncipe, el papa junto al emperador o a quien haga sus veces, como parejas expresivas de un modo de ser de la sociedad, parecen una realidad definitivamente desaparecida. El personaje del sacerdote deja de ser entonces en la sociedad protagonista del juego de las autoridades y se ve obligado a reconstruir su figura ante ella como misionero de un mensaje religioso y como l\u00ed\u00adder de una de tantas comunidades libres que existen dentro de ella. Tiene que reservar sus vestiduras sagradas para la vida interior de la Iglesia, revisti\u00e9ndose de laicidad en la sociedad laica y mostr\u00e1ndose como un ciudadano entre los dem\u00e1s. Esta operaci\u00f3n no resulta tan natural y no est\u00e1 libre de repercusiones de gran inter\u00e9s en el interior mismo de la estructura eclesial. Se inserta, como causa y efecto al mismo tiempo, en el marco de un replanteamiento global del papel del ministerio y, sin duda alguna, del menor relieve de su aspecto sacerdotal y de una creciente acentuaci\u00f3n de su aspecto misional y pastoral.<\/p>\n<p>2. RELECTURA DEI. NT &#8211; Hay algunos datos de la ex\u00e9gesis que, sin ser nuevos ni mucho menos para el biblista, hasta hoy no hab\u00ed\u00adan marcado decididamente la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica. Entre ellos est\u00e1n los siguientes: el Nuevo Testamento no atribuye nunca el t\u00e9rmino \u00absacerdote\u00bb ni a los ap\u00f3stoles ni a los dem\u00e1s ministros de la Iglesia; \u00abpresb\u00ed\u00adtero\u00bb y \u00abobispo\u00bb son t\u00e9rminos sin\u00f3nimos; de ministros de la Iglesia instituidos con la imposici\u00f3n de las manos se habla solamente en los textos menos antiguos del NT; la Carta a los Hebreos no establece en la Iglesia la necesidad de un ministerio sacerdotal distinto del ministerio, nuevo y fuera de los esquemas sacerdotales cl\u00e1sicos, del mismo Jesucristo; por el NT no se puede demostrar rigurosamente que la Iglesia apost\u00f3lica no celebraba la eucarist\u00ed\u00ada sin la presidencia del ap\u00f3stol.<\/p>\n<p>Sobre todo es interesante observar que el fen\u00f3meno de una cierta secularizaci\u00f3n del sacerdocio comienza precisamente en el NT. La Carta a los Hebreos declara expl\u00ed\u00adcitamente la impotencia del sacerdocio del templo, de los ritos y de los sacrificios para resolver el problema fundamental del perd\u00f3n de los pecados y del acercamiento del hombre a Dios. Por eso Jes\u00fas no desciende de una tribu sacerdotal; es sacerdote en el sentido de una consagraci\u00f3n a la mediaci\u00f3n entre Dios y los hombres, pero no ejerce esa mediaci\u00f3n con el aparato ritual del sacerdocio y del templo (ya que la sangre de las v\u00ed\u00adctimas no quita los pecados), sino viviendo y muriendo por amor al Padre y a los hermanos, resucitando y entrando en el santuario del cielo para la salvaci\u00f3n de todos. De este modo Jes\u00fas declara abolido cierto tipo de culto y establece otro nuevo, el de su persona y su vida: su cuerpo es el nuevo templo (cf Heb 5,1; 7,14; 10,1-4; 10,9s; Jn 2,19-22). As\u00ed\u00ad, sencillamente, la vida misma de la comunidad de los creyentes que viven en Cristo es el templo nuevo en donde act\u00faa el nuevo sacerdoc\u00ed\u00ado y se ofrecen sacrificios, que son la vida misma animada por el Esp\u00ed\u00adritu (1 Pe 2,1-10). Entonces es natural que la generaci\u00f3n que conoci\u00f3 a Jes\u00fas o que escuch\u00f3 el testimonio de sus disc\u00ed\u00adpulos en persona no se planteara el problema de un ministerio sacerdotal en la comunidad. En efecto, el verdadero problema no es ya el de tener mediadores para acercarse a Dios, sino s\u00f3lo el de conocer a Jesucristo. En cambio, el problema del ministerio se plantea, aunque ahora en los t\u00e9rminos nuevos del nuevo sacerdocio, cuando empiezan a desaparecer los ap\u00f3stoles de la escena y se hace esencial para la Iglesia saber d\u00f3nde y c\u00f3mo puede ella en cada una de las generaciones fundamentar su existencia sacerdotal en Cristo y s\u00f3lo en el Cristo que los ap\u00f3stoles vieron y tocaron. Para responder a esta exigencia vital nace en la Iglesia apost\u00f3lica, en el limite con las generaciones post-apost\u00f3licas,la instituci\u00f3n de los presb\u00ed\u00adteros-obispos (cf He 20,17-32 y passim, las cartas pastorales)&#8217;. En conclusi\u00f3n, el Nuevo Testamento contiene la instituci\u00f3n de un ministerio en la Iglesia, ordenado con la imposici\u00f3n de las manos, destinado a garantizar a las iglesias mediante un carisma especial la transmisi\u00f3n del testimonio apost\u00f3lico, a fin de que puedan realizar su sacerdocio, basando su vida en el anuncio de aquel Cristo a quien conocieron y predicaron los ap\u00f3stoles. En este contexto fundamental se colocar\u00e1 la reflexi\u00f3n sobre los ritos de la Iglesia y sobre la situaci\u00f3n especial que en su celebraci\u00f3n habr\u00e1n de ocupar aquellos que han sido ordenados al servicio de la fundaci\u00f3n de la Iglesia sobre la ra\u00ed\u00adz apost\u00f3lica. Es una reflexi\u00f3n que se desarrolla, sin duda, en la Iglesia apost\u00f3lica, ya que Ignacio de Antioqu\u00ed\u00ada, a comienzos del s. u, puede enunciar como plenamente obvia la forma de que no es posible celebrar la eucarist\u00ed\u00ada sin el obispo.<\/p>\n<p>3. L\u00ed\u008dNEAS DE INTERPRETACI\u00ed\u201cN TEOL\u00ed\u201cGICA &#8211; Todo este material b\u00ed\u00adblico, fundamental, pero escaso, tuvo un amplio desarrollo en la tradici\u00f3n. Primero fue la evoluci\u00f3n r\u00e1pida y decidida del aspecto sacerdotal del ministerio; luego, su distinci\u00f3n en los grados del obispo, sacerdote y di\u00e1cono; la distribuci\u00f3n de sus competencias en los dos terrenos del orden y de la jurisdicci\u00f3n; la articulaci\u00f3n del ministerio en las diversas tareas de la predicaci\u00f3n, de la cura pastoral y de la celebraci\u00f3n de los sacramentos; la doctrina del car\u00e1cter y, finalmente, la determinaci\u00f3n de la autoridad del ministerio, con la doctrina del mismo, de su infalibilidad y de su poder de jurisdicci\u00f3n. Trento y los concilios Vat. I y II ofrecen los documentos autorizados de la fe cat\u00f3lica en torno a nuestro tema. Sobre este amplio material trabaja la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica para una inteligencia de los datos de la fe, que ponga de manifiesto sus valores y coherencias para la vida de la Iglesia. Actualmente, la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica presenta m\u00faltiples propuestas; ser\u00e1 conveniente se\u00f1alar algunas de las pistas por las que se mueve.<\/p>\n<p>a) L\u00ed\u00adnea ontol\u00f3gica. Todav\u00ed\u00ada persiste cierta forma de pensar, derivada de la \u00faltima escol\u00e1stica y te\u00f1ida de cartesianismo, que va buscando en los datos de la fe la essentia metaphys\u00ed\u00adca rei, es decir, aquel elemento dado el cual se dan todos los dem\u00e1s elementos de la res y que, de fallir, no existir\u00ed\u00ada la res, aunque se diera.] todos los dem\u00e1s elementos. Ideas claras y netas. Este m\u00e9todo, aplicado a la teolog\u00ed\u00ada del ministerio, orienta su estudio esencialmente hacia la confrontaci\u00f3n y la contraposici\u00f3n. \u00bfCu\u00e1l es -se dice- la caracter\u00ed\u00adstica del ministro ordenado respecto al laico? \u00bfQu\u00e9 es lo que puede hacer el primero y qu\u00e9 no puede absolutamente hacer el segundo? \u00bfEn virtud de qu\u00e9 elemento un obispo o un sacerdote siguen siendo tales aun cuando no ejerzan las funciones ministeriales normales? Planteada la cuesti\u00f3n en estos t\u00e9rminos, es l\u00f3gico que el discurso se centre esencialmente en el tema del car\u00e1cter sacerdotal, entendido como modificaci\u00f3n ontol\u00f3gica de la persona del ministro, en virtud del cual s\u00f3lo \u00e9l es capaz de consagrar la eucarist\u00ed\u00ada, de perdonar los pecados y de celebrar algunos otros sacramentos. Este modo de hacer teolog\u00ed\u00ada conduce a trazar una figura del ministerio en la que el primer elemento determinante es su aspecto sacerdotal, entendido como realidad definible a nivel de una mediaci\u00f3n ontol\u00f3gica que encuentra expresi\u00f3n esencialmente en el ejercicio del poder sagrado sobre los sacramentos. De aqu\u00ed\u00ad se deriva, como es l\u00f3gico, la tendencia a una espiritualidad de contraposici\u00f3n y de separaci\u00f3n. Lo que la distingue caracterizar\u00e1 siempre la vida del sacerdote mucho m\u00e1s que lo que le une al pueblo de Dios. Ser\u00e1 siempre la exigencia de una separaci\u00f3n, y no la de la inmersi\u00f3n en la comunidad, la que decida las opciones y las actitudes. La espiritualidad sacerdotal se orientar\u00e1 inevitablemente hacia la imitaci\u00f3n de una cierta espiritualidad mon\u00e1stica.<\/p>\n<p>b) Deducci\u00f3n cristol\u00f3gica. La teolog\u00ed\u00ada m\u00e1s reciente prefiere plantear rigurosamente el discurso, deduciendo la inteligencia del ministerio de la figura de Cristo como sacerdote eterno, profeta, pastor y cabeza de su Iglesia. El camino resulta bastante laborioso; el que lo emprende sabe que la realidad de Cristo y la realidad de la Iglesia se colocan actualmente en dos planos diversos: la primera es una realidad escatol\u00f3gica, invisible y celestial: la segunda es una realidad hist\u00f3rica, visible, verificable. Se intenta comprender entonces la realidad de la Iglesia en sus diversas articulaciones como una visibilizaci\u00f3n sacramental de la realidad celestial, recogiendo de este modo toda la gran tradici\u00f3n ic\u00f3nica de la teolog\u00ed\u00ada oriental [>Imagen; >Oriente cristiano]. En concreto, cada autor hace su propia opci\u00f3n. Unos, inspir\u00e1ndose en la imagen de Cristo sacerdote, modelan la figura del ministro de forma sacerdotal y ponen en el centro de su atenci\u00f3n esencialmente su actividad cultual y su poder sagrado sobre los sacramentos. Otros se basan m\u00e1s bien en la imagen de Cristo cabeza de la Iglesia, y ven en el ministro ordenado ante todo el pastor de la Iglesia, que se sit\u00faa frente a ella como signo visible de Cristo, su cabeza. Estas dos propuestas tienen en com\u00fan cierto formalismo sacramental; el ser signo, en un sentido radical, en virtud del car\u00e1cter indeleble, es lo que hace el ministerio; no ya el carisma, entendido como actuaci\u00f3n concreta dentro de una situaci\u00f3n existencial determinada por el propio carisma. La espiritualidad que de aqu\u00ed\u00ad se deriva ser\u00ed\u00ada m\u00e1s bien la de la l\u00ed\u00adnea ontol\u00f3gica; una espiritualidad de contraposici\u00f3n m\u00e1s que de inmersi\u00f3n en la comunidad, si no se est\u00e1 atento en este punto, n\u00f3 sin una especie de salto l\u00f3gico, a apelar a la imitaci\u00f3n de Cristo, para deducir de ella la importancia que ha de tener en el ministerio cristiano el sentido del servicio en la humanidad y en la caridad.<\/p>\n<p>d) Deducci\u00f3n eclesiol\u00f3gica. Es bastante diferente la l\u00ed\u00adnea de quienes consideran que hay que colocar al ministerio ante todo dentro del contexto eclesiol\u00f3gico, ya que se trata de una funci\u00f3n eclesial. Unos preferir\u00e1n resaltar el concepto de Iglesia-sacramento, para ver c\u00f3mo en esta sacramentalidad general existe y act\u00faa una sacramentalidad particular, de una eficacia muy singular, la del ministerio ordenado. Otros, en cambio, preferir\u00e1n insistir simplemente en el car\u00e1cter carism\u00e1tico de la comunidad para se\u00f1alar en el ministerio una especie de carisma de servicio de los carismas, a los que es necesario reducir a unidad para edificaci\u00f3n de la Iglesia. De este planteamiento teol\u00f3gico se deriva una espiritualidad bastante nueva, y relacionada con la intuici\u00f3n fundamental del Vat. II, de la \u00abcaridad pastoral\u00bb como elemento formal de la espiritualidad sacerdotal (PO 14), por lo cual es la relaci\u00f3n y la uni\u00f3n, y no la distinci\u00f3n y la contraposici\u00f3n, el criterio fundamental para interpretar la presencia del ministro en la comunidad. En esta l\u00ed\u00adnea, como es l\u00f3gico, se registran tambi\u00e9n propuestas muy secularizantes, como si se tratase simplemente de un \u00abliderazgo\u00bb sociol\u00f3gico, al estilo de los que existen en cualquier grupo social. No cabe duda de que ser\u00e1 importante apurar la reflexi\u00f3n hasta el fondo y ver en qu\u00e9 consiste propiamente ese \u00abcarisma de los carismas\u00bb. Se podr\u00e1 evitar entonces dar el salto desde una espiritualidad de contraposici\u00f3n hasta una espiritualidad de inmersi\u00f3n tan acentuada. que carecer\u00ed\u00ada ya de sentido hablar de una espiritualidad de los ministerios en cierto modo propia y distinta de la de los laicos.<\/p>\n<p>III. Carisma ministerial y opci\u00f3n fundamental<br \/>\nLa calificaci\u00f3n de una personalidad no se deriva de una especie de suma algebraica de sus opciones, sino solamente de su opci\u00f3n fundamental. En la vida se dan opciones que no tienen significado solamente en relaci\u00f3n con su contenido concreto, sino m\u00e1s bien en relaci\u00f3n con la orientaci\u00f3n fundamental que implican de la personalidad. En estos casos el contenido concreto es veh\u00ed\u00adculo de una opci\u00f3n m\u00e1s profunda, ya que, por ciertas virtualidades propias o por cierta intencionalidad que se le atribuye, lleva a la persona a buscar un sentido final a toda su vida. Pues bien, para conocer las l\u00ed\u00adneas maestras de una espiritualidad es necesario estudiar la relaci\u00f3n que se da entre la acogida de un carisma y la opci\u00f3n fundamental del cristiano.911<br \/>\n1 LA OPCI\u00ed\u201cN FUNDAMENTAL DE CRISTO Y EL SACERDOCIO DE LA IGLESIA &#8211; Jes\u00fas realiz\u00f3 una opci\u00f3n fundamental que marc\u00f3 toda su vida: hacer la voluntad del Padre. Para Jes\u00fas esto era como el comer y el beber (Jn 4,34). y esta opci\u00f3n fundamental coron\u00f3 finalmente su vida en la muerte; en \u00absu hora\u00bb, su \u00abbautismo\u00bb, cuando se enfrenta con la alternativa radical de perder o de salvar su vida (Le 22,42-44; Jn 12.24s). As\u00ed\u00ad es como \u00e9l realiz\u00f3 su misi\u00f3n, o sea el cumplimiento de una comuni\u00f3n profunda y transformante con Dios. Ese fue su sacerdocio; donde el culto antiguo pon\u00ed\u00ada s\u00ed\u00admbolos, en el templo y en los ritos sacrificiales, de una aspiraci\u00f3n finalmente irrealizable, puso \u00e9l una realidad cumplida, la del hombre Jes\u00fas, que hizo de su vida entera un don al Padre y a los hermanos y realiz\u00f3 as\u00ed\u00ad la plenitud de la comuni\u00f3n con Dios y entre los hombres. El sacerdocio de la Iglesia es exactamente la participaci\u00f3n, a trav\u00e9s de la opci\u00f3n fundamental de la vida, en esa orientaci\u00f3n global de la vida de Cristo. El templo de piedras vivas levantado sobre el fundamento que es Jes\u00fas, en donde se ofrecen sacrificios espirituales, es la vida cristiana determinada de este modo por la opci\u00f3n en favor de Cristo, que es su fundamento; es decir, el criterio \u00faltimo que decide de sus opciones es el de la imitaci\u00f3n de Cristo, de manera que todo se hace en ella no para servir al sujeto, sino para ser don de amor a Dios y a los hermanos. En el Nuevo Testamento el sacerdocio deja de ser una prerrogativa de casta o una profesi\u00f3n de personas competentes. El sacerdocio es fundamentalmente un modo de vivir; el sacrificio es una orientaci\u00f3n del obrar; la opci\u00f3n fundamental del cristiano, la de la fe, la esperanza y la caridad, por la que \u00e9l se determina en su nivel m\u00e1s profundo en la apertura cristiforme del amor. As\u00ed\u00ad se comprende perfectamente que el Vat. II se niegue a concebir la distinci\u00f3n entre el sacerdocio de los ministros y el sacerdocio general de los fieles como una distinci\u00f3n de grado, formulable en t\u00e9rminos de m\u00e1s y menos, como si fuera posible decidirse por Dios en Jesucristo con diversidad de medidas. La decisi\u00f3n misma es una decisi\u00f3n de totalidad o deja de ser una decisi\u00f3n. Por eso el concilio habla de una distinci\u00f3n \u00abessentia et non gradu\u00bb; son diferentes las cosas que hay que hacer, el servicio que hay que prestar, pero siempre dentro de la \u00fanica orientaci\u00f3n hacia Dios (LG 10).<\/p>\n<p>2. C.ARISMAS DE LA TOTALIDAD &#8211; Las diferentes \u00abesencias\u00bb implicadas en la \u00fanica opci\u00f3n fundamental del sacerdocio de la Iglesia son las cosas diferentes que hay que hacer para su edificaci\u00f3n, derivadas de los m\u00faltiples dones del Esp\u00ed\u00adritu. Pues bien, esas \u00abcosas\u00bb tienen una relaci\u00f3n de car\u00e1cter circular con la opci\u00f3n fundamental: causae ad invicem sunt causae. Por un lado, la opci\u00f3n fundamental produce opciones especiales, acciones concretas, en la l\u00ed\u00adnea de la orientaci\u00f3n fundamental que realiza y significa. Por otro, esa opci\u00f3n fundamental no se sit\u00faa nunca en el vac\u00ed\u00ado; no es una especie de forma pura o de esquema operativo te\u00f3rico nacido in vitro, en una especie de programaci\u00f3n as\u00e9ptica de principio que haga una persona de su propia vida. La opci\u00f3n fundamental nace, se desarrolla, se determina y tambi\u00e9n se cambia siempre dentro del contexto concreto de unas cosas que hay que hacer. Esas cosas son entonces una especie de sacramento, ya que son un signo revelador de la opci\u00f3n fundamental de un hombre; pero, al mismo tiempo, son el estimulo, la ocasi\u00f3n, el contenido pensado y querido de la misma. Entonces, si el don y la llamada a asumir en la Iglesia tal o cual compromiso significan unas cosas que hacer, y el don y la llamada de la fe significan la opci\u00f3n fundamental del cristiano, comprender su vida y se\u00f1alar su espiritualidad consistir\u00e1 esencialmente en reflexionar sobre la relaci\u00f3n que existe entre tal o cual carisma del creyente y su opci\u00f3n fundamental por Cristo. No cabe duda de que hay \u00abcosas que hacer\u00bb o carismas que no tienen una gran repercusi\u00f3n en la opci\u00f3n fundamental. Representan elementos parciales, provisionales, determinaciones de detalle; s\u00f3lo una especial situaci\u00f3n subjetiva puede convertirlas en datos decisivos de una opci\u00f3n fundamental de vida. En cambio existen algunas llamadas del Esp\u00ed\u00adritu de las que depende en concreto toda la existencia cristiana, bien en el sentido de que el problema se convierte en problema de vida o muerte para la misma opci\u00f3n fundamental por Cristo, bien en el sentido de que esa opci\u00f3n fundamental queda tan comprometida en el carisma que asume determinaciones nuevas y profundas. Para estos casos podr\u00ed\u00adamos hablar de \u00abcarismas de la totalidad\u00bb. \u00bfSer\u00e1 \u00e9sta la llamada al ministerio pastoral?<br \/>\nLa opci\u00f3n fundamental es la elecci\u00f3n del criterio fundamental del obrar. \u00abHacer la voluntad del Padre\u00bb es para Jes\u00fas una decisi\u00f3n que lo lleva hasta la muerte, esto es, hasta la determinaci\u00f3n \u00faltima y exhaustiva de todo su vivir. Para el cristiano, la fe en Jes\u00fas Se\u00f1or significa el rechazo de cualquier otro se\u00f1or, es decir, la fijaci\u00f3n del criterio que decide absolutamente su vivir en Jes\u00fas y no en cualquier otra cosa o persona. Pues bien, todas las opciones sucesivas no versan solamente sobre el dilema bien-mal, en Cristo-contra Cristo, sino tambi\u00e9n sobre las m\u00faltiples alternativas que se dan dentro del vivir en Cristo. Se impone entonces la necesidad de un criterio de car\u00e1cter \u00abtotal\u00bb, aunque no \u00abfundamental\u00bb, en virtud del cual unos har\u00e1n de la familia su inter\u00e9s dominante, otros lo pondr\u00e1n en la actividad pol\u00ed\u00adtica, otros en el servicio eclesial, etc. Si se considera el ministerio pastoral tal como hoy est\u00e1 can\u00f3nica y tradicionalmente regulado, es evidente que se trata de un \u00abcarisma de totalidad\u00bb: el tiempo completo, lo definitivo del compromiso, el celibato, el modelo de vida, todo concurre a convertirlo en un ejemplo caracter\u00ed\u00adstico -junto con el de la vida religiosa- de c\u00f3mo puede ser un carisma de totalidad. Es necesario, entonces, preguntarnos si esto se debe a la fuerza de los c\u00e1nones y de la tradici\u00f3n o a la naturaleza del propio carisma.<\/p>\n<p>Creo que el ministerio es un carisma de totalidad porque constituye al cristiano ordenado en una relaci\u00f3n tan singular con la comunidad, que se hace constitutiva de la articulaci\u00f3n de la comunidad misma. Un texto caracter\u00ed\u00adstico de esta reflexi\u00f3n puede ser el pasaje de 1 Cor: \u00abAunque tuvierais diez mil pedagogos en Cristo, no tendr\u00ed\u00adais muchos padres, pues por medio del Evangelio yo os engendr\u00e9 en Cristo Jes\u00fas\u00bb (1 Cor 4,15).<\/p>\n<p>La raz\u00f3n de que en el NT nazca el ministerio en un momento determinado, como ya hemos visto, es la necesidad de garantizar n las iglesias de la edad postapost\u00f3lica su ra\u00ed\u00adz apost\u00f3lica. La comunidad vive de una infinita trabaz\u00f3n de comunicaciones entre uno y otro de la propia experiencia de Cristo; cada cristiano se la comunica a los hermanos y anuncia su mensaje a todo el mundo. Nadie tiene la exclusiva de la palabra y del testimonio. Pero lo que funda a la comunidad como Iglesia de Jesucristo no es ni la riqueza m\u00ed\u00adstica del conocimiento de Cristo, ni el vigor o la eficacia de las experiencias de la vida, sino solamente el car\u00e1cter apost\u00f3lico del anuncio. Las visiones de santa Margarita Mar\u00ed\u00ada de Alacoque y la experiencia cristiana de san Francisco han tenido una enorme influencia en la vida de la Iglesia, mucho m\u00e1s profunda, sin duda, que la que han ejercido la gran mayor\u00ed\u00ada de los obispos y sacerdotes. Pero no es el Cristo de las visiones m\u00ed\u00adsticas ni el de los programas de vida m\u00e1s atrevidos lo que funda la Iglesia, sino s\u00f3lo aquel Cristo que los ap\u00f3stoles vieron con sus ojos, tocaron con sus manos y escucharon con sus o\u00ed\u00addos (1 Jn 1,1-4): \u00ab&#8230; diez mil pedagogos, pero no muchos padres\u00bb. Por eso el que recibe por la imposici\u00f3n de las manos el carisma de llevar a la Iglesia el anuncio del que ella nace y sobre el que se funda perpetuamente, representa no uno de sus muchos modos posibles de atestiguar a Jesucristo, sino uno de sus elementos esenciales. Pues bien, lo que afecta a la estructura de la Iglesia en su fundamento, si no quiere caer en un nefasto formalismo jur\u00ed\u00addico y sacramental, es menester que afecte tambi\u00e9n a la estructura fundamental interior del portador mismo del carisma. Lo que \u00e9l anuncia, despu\u00e9s de todo, no es un conjunto de proposiciones te\u00f3ricas, ni una normativa \u00e9tica, ni un programa ideol\u00f3gico, sino la experiencia m\u00e1s desconcertante para un hombre, la de su encuentro con Cristo, y la alternativa m\u00e1s dram\u00e1tica de la historia, la de la salvaci\u00f3n. Este cruce de la fe del anunciante con lo esencial del anuncio para la comunidad afecta a la persona del ministro en una profundidad ins\u00f3lita y all\u00ed\u00ad lo determina con una nueva y caracter\u00ed\u00adstica espiritualidad.<\/p>\n<p>IV. Los signos de la totalidad<br \/>\nCuando estaba ya pr\u00f3ximo el S\u00ed\u00adnodo episcopal de 1971, se discuti\u00f3 mucha sobre algunos problemas de la disciplina can\u00f3nica de los ministros de la Iglesia. Celibato, tiempo completo, car\u00e1cter definitivo del compromiso constitu\u00ed\u00adan el centro del debate. Estos temas no son de suyo de naturaleza teol\u00f3gica, y seria un error pretender resolver sus problemas con deducciones rigurosas. La historia de la Iglesia ha visto en estas formas la expresi\u00f3n de la totalidad del car\u00e1cter ministerial. Por tanto, el problema que hay que discutir es solamente si estas formas siguen siendo en la actualidad expresiones v\u00e1lidas de esa misma totalidad. Y seria importante discutir tambi\u00e9n si tienen que ser las \u00fanicas.<\/p>\n<p>1. EN LA ESPIRITUALIDAD PASTORAL &#8211; Puesto que la totalidad del carisma ministerial se deriva esencialmente de la relaci\u00f3n con la Iglesia, desde ella empiezan a dibujarse las caracter\u00ed\u00adsticas particulares de la espiritualidad del ministerio pastoral. El Vat. II nos pone en este camino al se\u00f1alar como soluci\u00f3n de la alternativa cl\u00e1sica entre una espiritualidad de separaci\u00f3n y otra de inmersi\u00f3n la caritas pastoralis (PO 14). La imagen cl\u00e1sica, preferida por los padres, trasfondo de una imponente legislaci\u00f3n can\u00f3nica sobre la estabilidad del sacerdote y del obispo, que vive todav\u00ed\u00ada en el lenguaje popular, es la del matrimonio del sacerdote y del obispo con su comunidad. La imagen recuerda la tipologia b\u00ed\u00adblica de la relaci\u00f3n de Yahv\u00e9 y de Jes\u00fas con la Iglesia, y est\u00e1 tambi\u00e9n muy cerca de la otra imagen paulina de la paternidad. Indica un amor primario y total. Hacer que nazca una nueva comunidad cristiana con el carisma de la palabra o darle continuamente a cada nueva generaci\u00f3n, d\u00ed\u00ada tras d\u00ed\u00ada, el mensaje de su continuo renacer no puede entenderse como algo secundario, sometido a intereses superiores, para aquel que tiene ese carisma y se ha dejado poseer por \u00e9l. Pablo se declaraba incluso dispuesto a ser \u00e9l mismo separado de Cristo con tal de salvar a sus hermanos (Rom 9,3). Por eso el cristiano que acepta la vocaci\u00f3n al ministerio realiza con ello una opci\u00f3n de amor, en virtud de la cual su inter\u00e9s principal se centra en la Iglesia, que hay que alumbrar o regenerar continuamente con la fuerza de la palabra. Esto significa en concreto que, por grande que sea en \u00e9l la pasi\u00f3n por Dios, no ha de ser la contemplaci\u00f3n lo que decida el planteamiento de su vida; por muy empe\u00f1ado que est\u00e9 en su propia conversi\u00f3n, no ha de ser la disciplina asc\u00e9tica su criterio supremo; por muy entregado a los hombres y abierto al mundo que est\u00e9, no ha de ser el compromiso social o pol\u00ed\u00adtico su inter\u00e9s primordial; por muy cualificado que est\u00e9 profesionalmente, ni la investigaci\u00f3n teol\u00f3gica, ni la ense\u00f1anza, ni cualquier otro trabajo ser\u00e1 para \u00e9l m\u00e1s importante que el servicio a la comunidad. Se desposa con la Iglesia e intenta consagrarse por ella al servicio del evangelio; podr\u00e1 tener otros mil intereses y perseguirlos, pero someti\u00e9ndolos al criterio que se deriva de su amor fundamental. Una espiritualidad de este tipo est\u00e1, naturalmente, muy encarnada y no puede apoyarse en ficciones formales; se trata de amar a una iglesia con un rostro concreto, hecha de hombres de carne y hueso. La tradici\u00f3n antigua y los c\u00e1nones de la disciplina eclesial no conceb\u00ed\u00adan absolutamente que pudiera darse una ordenaci\u00f3n sin relaci\u00f3n con el servicio concreto de esta o acuella comunidad&#8217;. De ello ha quedado ta instituci\u00f3n de la incardinaci\u00f3n, que no deber\u00ed\u00ada resolverse nunca en una formalidad jur\u00ed\u00addica. Un sacerdote o un obispo, comprometido quiz\u00e1 en responsabilidades muy altas, que careciese de una cierta inserci\u00f3n en una comunidad eclesial concreta podr\u00ed\u00ada justificarse como caso l\u00ed\u00admite, pero no podr\u00ed\u00ada presentarse como modelo v\u00e1lido de vida ministerial. Esta se halla esencialmente inserta en el contexto concreto de las relaciones interpersonales de la comunidad eclesial y no puede asumir formas desencarnadas ni aspirar a ciertas purezas asc\u00e9ticas de amores sobrenaturales que prescinden de las personas y de la relaci\u00f3n afectiva con ellas.<\/p>\n<p>En este contexto es donde encuentra sentido el celibato. Esta opci\u00f3n de vida, independientemente de la normativa can\u00f3nica que la regula y la hace obligatoria, representa un signo p\u00fablico y sumamente valioso del amor primario y total que el sacerdote y el obispo ofrecen a su iglesia. El celibato de los pastores de la Iglesia no tiene simplemente un sentido escatol\u00f3gico, como testimonio del reino venidero, ni representa solamente una oportunidad funcional. Esta \u00faltima hip\u00f3tesis lo empobrecer\u00ed\u00ada en todo su valor profundo y dif\u00ed\u00adcilmente podr\u00ed\u00ada sostenerse incluso en relaci\u00f3n con tantas otras condiciones de vida que no pueden f\u00e1cilmente armonizarse con el estado matrimonial. La primera hip\u00f3tesis, la de un celibato como signo escatol\u00f3gico, encuentra su espacio l\u00f3gico en el marco de la vida mon\u00e1stica y postula m\u00e1s bien una espiritualidad y un estilo de vida de separaci\u00f3n del mundo. El celibato del sacerdote, por el contrario, no se deriva de una separaci\u00f3n de los hombres, sino de la profundidad del vinculo con ellos, en cuanto que son la comunidad nacida de su carisma y destinada a totalizar toda la capacidad de amar que un hombre lleva dentro de s\u00ed\u00ad. Por consiguiente, la espiritualidad del sacerdote no puede buscar la inspiraci\u00f3n de su celibato en el ideal mon\u00e1stico. La res es la misma, pero la intencionalidad es muy distinta. En el caso del ministerio estamos muy lejos de todo tipo de ideal de soledad erem\u00ed\u00adtica; ni el sacerdote ni el obispo deben vivir en una comunidad distinta de la comunidad eclesial normal, abierta a todos e inmersa en el mundo. Esta es su casa, su familia, el lugar de su oraci\u00f3n y de su actividad. Ciertas llamadas a la unidad del presbiterio como a un sost\u00e9n de la espiritualidad ministerial dan a veces la impresi\u00f3n de contener cierta nostalgia del monasterio. El camino para un celibato vivido con alegr\u00ed\u00ada es m\u00e1s bien el de una inmersi\u00f3n profunda en la comunidad, en la b\u00fasqueda de relaciones interpersonales amplias y sentidas, en un desarrollo de la afectividad que d\u00e9 al pastor de la Iglesia la sensaci\u00f3n de una absoluta plenitud; el verdadero peligro de la vida pastoral no pue&#8217; de ser la soledad, sino quiz\u00e1 m\u00e1s bien su contrario. El lamento sobre la soledad, que hoy se escucha con tanta frecuencia, se deriva probablemente de un modo de concebir y de vivir el celibato que es m\u00e1s propio del monje que del pastor de la Iglesia, aunque con la ausencia de ese apoyo esencial del celibato mon\u00e1stico que es la comunidad religiosa.<\/p>\n<p>Estas observaciones nos llevan a reflexionar sobre una condici\u00f3n interior muy importante para una relaci\u00f3n v\u00e1lida de los ministros con sus iglesias, a saber la conquista de un gran esp\u00ed\u00adritu de libertad. Ante todo pienso en una libertad que yo llamar\u00ed\u00ada \u00abreligiosa\u00bb. En efecto, existe el peligro de que el pastor de la Iglesia quiera revestirse, como con una coraza, de la envoltura sacral de su funci\u00f3n. En ella desaparece el hombre; ante ella chocan las exigencias de unas relaciones humanas; alrededor de ella cristalizan las estructuras. S\u00f3lo a trav\u00e9s de un gran esp\u00ed\u00adritu de libertad la palabra del Evangelio podr\u00e1 ser lo que siempre fue en su autenticidad apost\u00f3lica, pero al mismo tiempo la expresi\u00f3n de una experiencia de Cristo personal\u00ed\u00adsima y actual. Solamente as\u00ed\u00ad se crear\u00e1 en torno a la palabra una comunidad de hermanos y no una sociedad religiosa, una comuni\u00f3n en el Esp\u00ed\u00adritu y no una sinagoga de la ley. En segundo lugar, yo hablar\u00ed\u00ada de una libertad \u00abfamiliar\u00bb; poco ayuda el celibato si no da mayor libertad. Por amor a la comunidad, aquel que se ha dedicado a su servicio se hace libre de las exigencias y de las convenciones sociales de tipo \u00abburgu\u00e9s\u00bb que dominan hoy entre nosotros en la vida familiar. El mito rom\u00e1ntico de la madre del sacerdote, guardiana celosa de su celibato y encarnaci\u00f3n sublimadora de lo femenino a su lado, me parece m\u00e1s bien alienante del ideal de una espiritualidad celibataria de inmersi\u00f3n en la comunidad. En muchos casos resulta que se vive tan ligado concretamente a la familia de los padres y de otros parientes, que se dan a la vez todas las desventajas del matrimonio y las del celibato. Si un sacerdote ha escogido el celibato para amar con un coraz\u00f3n indiviso a su iglesia, es menester que sea libre, interior y exteriormente, de organizarse la vida de tal manera que su tiempo, su casa, sus costumbres, su hospitalidad y sus econom\u00ed\u00adas est\u00e9n condicionadas solamente por lo que es la finalidad de su vida: la creaci\u00f3n en torno a s\u00ed\u00ad de la comunidad eclesial. Finalmente se impone una tercera libertad, la de la pobreza. Es la disponibilidad a aceptar cualquier tenor de vida y la inseguridad del futuro dentro de una fuerte movilidad y una gran adaptabilidad. Que los desposorios con su iglesia no puedan parecer nunca un matrimonio de conveniencia. El mismo celibato es desde este punto de vista una fuente importante de libertad. Pero, al mismo tiempo, el celibato perder\u00ed\u00ada su valor si de hecho no ayudase al sacerdote y al obispo a salir de los esquemas de vida burgueses. Esto significa libertad de muchos convencionalismos sociales econ\u00f3micamente comprometedores, desde el vestido hasta el mobiliario, desde las formas convencionales de hospitalidad hasta ciertos compromisos gravosos de la vida de sociedad. La pobreza significa, sobre todo, libertad de esa concepci\u00f3n tan absurda que vincula el sentido de la dignidad a ciertos signos externos de opulencia, como si Jes\u00fas no hubiera celebrado su entrada triunfal en Jerusal\u00e9n montado en un asno para indicarnos que a sus ojos las cosas son totalmente al rev\u00e9s. En el contexto de estas ideas, discutir si el sacerdote debe dedicarse plenamente a las actividades pastorales o si puede realizar tambi\u00e9n otras tareas puede ser del todo falaz. Ni el tiempo completo dedicado a la cura pastoral ni el trabajo del sacerdote significan algo en s\u00ed\u00ad mismos. En cambio, lo uno y lo otro pueden ser, seg\u00fan las circunstancias, una exigencia de su pobreza y de su amor a la comunidad. Puede serlo la dedicaci\u00f3n plena a su iglesia, cuando esto significa renuncia a una paga mejor y renuncia igualmente a esa dignidad del trabajador que hoy se exalta con tanta fuerza. Al contrario, ponerse a trabajar puede ser una exigencia de su pobreza y de su amor a la comunidad, cuando esto significa aceptar serenamente que su servicio a la comunidad, colmado quiz\u00e1 de sacrificios, no es capaz de procurarle el sustento, o bien aceptar la petici\u00f3n que sale de los pobres de verlo a su lado participando por completo de su suerte.<\/p>\n<p>Desde el punto de vista de la formaci\u00f3n de los j\u00f3venes que se preparan al ministerio, parecen imponerse, por consiguiente, tres l\u00ed\u00adneas formativas importantes. En primer lugar, hablar\u00ed\u00ada de una formaci\u00f3n en la libertad. La libertad es capacidad de servicio en la movilidad, en la repulsa de otros condicionamientos que no sean los derivados del inter\u00e9s supremo del carisma. Se trata de una capacidad de reaccionar ante los convencionalismos \u00abreligiosos\u00bb y sociales para crearse un espacio nuevo, en el que poder inventar esas relaciones humanas nuevas que se derivan de aquella paternidad in\u00e9dita que se realiza a trav\u00e9s del servicio al Evangelio para la vida de la comunidad. En segundo lugar, ser\u00e1 necesaria una formaci\u00f3n en la pobreza, entendida sobre todo como capacidad de arrostrar las dificultades de la ida. Es una cuesti\u00f3n de mentalidad, de actitudes interiores, pero tambi\u00e9n de habilidad manual, ya que la incapacidad de actuar por s\u00ed\u00ad mismo obliga a ser ricos para poder vivir. Finalmente, ser\u00e1 importante la formaci\u00f3n en la socialidad: la capacidad de comunicar es un signo indispensable de vocaci\u00f3n para el que asume el ministerio de la palabra y de la creaci\u00f3n de la comunidad. Quiz\u00e1 no haya ninguna otra cualidad humana m\u00e1s necesaria que \u00e9sta en un candidato al ministerio pastoral. Por eso mismo el equilibrio afectivo con gran capacidad de amar es un ideal indispensable para el que ha de hacer de una comunidad grande, variada, que re\u00fane a muchas personas distintas, la esposa de su amor m\u00e1s acendrado.<\/p>\n<p>2. EN LA ESPIRITUALIDAD PROFETICA &#8211; El sacerdocio de Cristo, como oblaci\u00f3n de la vida, culmina en la cruz. As\u00ed\u00ad tambi\u00e9n el sacerdocio de la Iglesia, como seguimiento de Cristo, culmina en el martirio. El car\u00e1cter definitivo de la palabra de la fe y la valencia pol\u00ed\u00adtica de \u00abJes\u00fas Se\u00f1or\u00bb llevaron realmente a la Iglesia primitiva a un choque inevitable con el mundo y sus poderes. Efectivamente, la propuesta de la fe, aunque apela rigurosamente a la aceptaci\u00f3n libre del que quiera acogerla, sorprende al hombre en la encrucijada de su alternativa fundamental: fracaso o salvaci\u00f3n. Por tanto, dif\u00ed\u00adcilmente puede resultar inofensiva; o se la acoge o se la mira como una provocaci\u00f3n. Pero, sobre todo, la proclamaci\u00f3n de Jes\u00fas como \u00fanico Se\u00f1or suscita inevitablemente la reacci\u00f3n de todos los \u00abse\u00f1ores\u00bb del mundo, de todas sus idolatr\u00ed\u00adas, de todas sus absolutizaciones. La Iglesia de los primeros siglos encontr\u00f3 por ello en el martirio la caracterizaci\u00f3n de su espiritualidad&#8217;. Pero cuando cambi\u00f3 la sociedad civil y aquella encarnaci\u00f3n del anticristo que hab\u00ed\u00ada sido el imperio romano, en vez de combatir a ese nuevo pretendido Se\u00f1or, intent\u00f3 asumir su representaci\u00f3n dividi\u00e9ndola en las dos competencias fundamentales del emperador y del papa, la actitud cristiana frente al mundo no encontr\u00f3 ya su camino en el martirio. Pero si la sociedad se hizo cristiana en sus estructuras formales, el mundo no dej\u00f3 de dar albergue a sus numerosos se\u00f1ores, opuestos al se\u00f1or\u00ed\u00ado de Cristo, o sea, a todos esos criterios de vida que van en direcci\u00f3n opuesta a la de las bienaventuranzas. En este contexto naci\u00f3 la espiritualidad mon\u00e1stica como propuesta de vida antimundana, testimonio del mundo nuevo mediante el rechazo de las idolatr\u00ed\u00adas del antiguo. Es decir, el antagonismo evangelio-mundo se desplaza del plano pol\u00ed\u00adtico al estilo personal de vida. La batalla se transfiere de los tribunales y de los anfiteatros a los desiertos de la Tebaida y a las disciplinas asc\u00e9ticas de los monasterios. Esta espiritualidad de la huida del mundo recorre toda la larga \u00e9poca de la societas christiaaa, con sus grandes valores y tambi\u00e9n con una grave deformaci\u00f3n: el \u00abmundo\u00bb en esta ocasi\u00f3n no es el mundo de los no creyentes, sino el mundo de los laicos.<\/p>\n<p>El famoso texto de Graciano Duo sunt genera christianorum divide realmente al pueblo de Dios en dos categor\u00ed\u00adas: la de los cl\u00e9rigos, que est\u00e1n separados del mundo para dedicarse al culto de Dios, y la de los monjes, que huyen del mundo para dedicarse a su conversi\u00f3n; luego, como si no fueran cristianos en sentido propio y verdadero, menciona a los laicos, a quienes se les permite poseer bienes temporales, casarse, cultivar la tierra, acudir a los tribunales para defenderse, llevar las ofrendas al altar y pagar los diezmos. Tambi\u00e9n ellos podr\u00e1n salvarse con tal que eviten los vicios y obren bien \u00c2\u00b0. El ministerio queda entonces envuelto en una espiritualidad de huida del mundo, vinculada al fen\u00f3meno de una fuerte \u00absacerdotizaci\u00f3n\u00bb y de una secularizadora asimilaci\u00f3n del pueblo de Dios al mundo, que resultar\u00e1 hist\u00f3ricamente nefasta al dar origen a una separaci\u00f3n entre los pastores y la base eclesial. La \u00e9poca moderna registra, por el contrario, un retorno del mundo al primer plano, en su sentido claro y preciso de una sociedad aconfesional y pluralista, as\u00ed\u00ad como una situaci\u00f3n destacada del laicado, en el sentido de pueblo de Dios inmerso en la historia y caracterizado por su \u00ed\u00adndole secular, como elemento t\u00ed\u00adpico de un carisma propio verdaderamente eclesial. Este cambio de los datos de la cuesti\u00f3n es uno de los elementos determinantes de la actual crisis de identidad de sacerdotes y de obispos.<\/p>\n<p>Una visi\u00f3n teol\u00f3gica como la que hemos sugerido, que ponga en el centro el ministerio de la palabra, que hay que anunciar al mundo para hacer que surja en \u00e9l la comunidad cristiana, deber\u00ed\u00ada contribuir a redescubrir los caminos de una espiritualidad del ministerio pastoral que no resulte desfasada respecto a la situaci\u00f3n eclesiol\u00f3gica e hist\u00f3rica global. Si el carisma ministerial consiste en establecer la Iglesia mediante el mensaje apost\u00f3lico, los ministros ordenados se encuentran, en virtud de su carisma, situados sobre todo frente al mundo. El anuncio hay que llevarlo a quienes no lo conocen. La palabra anunciada no queda inoperante; es siempre una se\u00f1al de contradicci\u00f3n. Desde el momento mismo en que se pronuncia esa palabra nace la discriminaci\u00f3n entre el mundo que no la acoge y los que, al acogerla, forman la comunidad de los creyentes. Por tanto, al ocupar los ministros un puesto especial frente a la Iglesia poseen tambi\u00e9n una responsabilidad ante el mundo. No hay posibilidad de huir del mundo. La comunidad, que nace de la proclamaci\u00f3n de la palabra apost\u00f3lica, se alza frente al mundo como anuncio perenne de ese Jes\u00fas Se\u00f1or, que es rechazado por el mundo en nombre de otros se\u00f1ores. As\u00ed\u00ad destaca la valencia pol\u00ed\u00adtica del anuncio y reaparece la espiritualidad del martirio. La ascesis m\u00e1s comprometida vuelve a ser la de una rigurosa fidelidad a la palabra y del esfuerzo para anunciarla al mundo opportune et importune. Igual que la Iglesia, aunque se distingue del mundo por la fe, sigue viviendo en \u00e9l, participa de su suerte, de sus batallas y de sus esperanzas. El que posee el carisma de la ra\u00ed\u00adz apost\u00f3lica tendr\u00e1 que disponerse a recordarle a Cristo crucificado y a estimular su capacidad contestataria en nombre del \u00fanico Se\u00f1or de ese mundo, cuya suerte comparte. Se trata de una funci\u00f3n prof\u00e9tica, la de someter continuamente al mundo al juicio de la palabra, anunciando un mundo nuevo. El precio de esta actitud del ministerio deber\u00e1 pagarse con la nueva ascesis de la renuncia a ocupar un puesto en el cuadro de los poderes mundanos y del riesgo -que a veces puede rayar en el martirio- de chocar con esos poderes.<\/p>\n<p>Desde el punto de vista de la formaci\u00f3n, se impone ante todo en este caso una seria educaci\u00f3n en la escucha de la palabra de Dios con competencia y con esp\u00ed\u00adritu de obediencia. El pastor de la Iglesia no tiene necesidad normalmente de ser un te\u00f3logo, pero debe ser una persona competente, a un nivel discreto, en ex\u00e9gesis y en hermen\u00e9utica b\u00ed\u00adblica. El trato con las Sagradas Escrituras es un elemento fundamental de la espiritualidad ministerial para poder sacar de la palabra toda la fuerza que Dios ha depositado en ella y para desarrollar aquella actitud de fidelidad a la palabra, que es el sost\u00e9n principal de un carisma que ha de garantizar a la Iglesia su autenticidad apost\u00f3lica. Pero, al mismo tiempo, se exige conocimiento del mundo y, por tanto, una formaci\u00f3n pol\u00ed\u00adtica en el sentido m\u00e1s amplio de la palabra. Un pastor de la Iglesia no debe ser un pol\u00ed\u00adtico en el sentido de las estrategias operativas o de la militancia en los partidos, sino en el de una capacidad de comprensi\u00f3n del camino de la sociedad y de sus perspectivas hist\u00f3ricas; de una capacidad de juicio sobre las situaciones, de forma que pueda depositar la palabra, con todo su vigor, en lo m\u00e1s vivo de la historia. La funci\u00f3n prof\u00e9tica aut\u00e9ntica no quedar\u00e1 desvirtuada, sino que se ver\u00e1 favorecida por esa otra pobreza que se impone al ministerio, es decir, la discreci\u00f3n pol\u00ed\u00adtica que se debe al respeto a las autonom\u00ed\u00adas de los laicos. En efecto, cuanto menos directamente interesado o envuelto en estrategias pol\u00ed\u00adticas y juegos de poder est\u00e9, tanto mejor el sacerdote y el obispo, dotados de una verdadera sensibilidad pol\u00ed\u00adtica, podr\u00e1n servir a la palabra y presentarla ante el mundo.917<br \/>\n3. EN LA ESPIRITUALIDAD LIT\u00daRGICA &#8211; Aunque la Iglesia entera vive su sacerdocio en los hechos concretos de la existencia, no est\u00e1 por ello privada de ritos. En la conciencia de fe de la Iglesia est\u00e1 claro que su capacidad de realizar el ideal evang\u00e9lico en el mundo, de ser en \u00e9l de forma realmente eficiente el signo del reino de Dios, depende de Cristo, sobre el que est\u00e1 asentado todo el edificio. Por eso no existe m\u00e1s que como memoria suya continua y vivificadora. En este movimiento incesante hacia sus or\u00ed\u00adgenes, la Iglesia celebra sus sacramentos rituales como un solemne memorial de Cristo. Y porque \u00e9l es su Se\u00f1or viviente y no simplemente su fundador difunto, y porque es su mismo Esp\u00ed\u00adritu el que anima a la Iglesia, que celebra esos ritos que \u00e9l mismo quiso, la celebraci\u00f3n lit\u00fargica no s\u00f3lo significa, sino que contiene su presencia operante, fuerza \u00faltima de la fundaci\u00f3n y refundaci\u00f3n continua de la Iglesia. En los sacramentos est\u00e1 la eficiencia m\u00e1s misteriosa, pero tambi\u00e9n la m\u00e1s real, de la actividad de la Iglesia. Pero si, antes que la consistencia del misterio, consideramos la naturaleza del gesto ritual, el g\u00e9nero de lenguaje y de comunicaci\u00f3n que en \u00e9l se realiza y la cualidad de la acci\u00f3n que lo constituye, no se puede soslayar la naturaleza decididamente contemplativa del momento ritual. All\u00ed\u00ad no se anuncia la palabra como una noticia, puesto que la conocen los participantes de la asamblea lit\u00fargica; el acontecimiento no es \u00abhecho\u00bb por los presentes, porque est\u00e1 ya realizado de una vez para siempre por Cristo; en realidad, lo que se hace entonces es contemplar y celebrar la palabra en el rito, representar y reproducir el acontecimiento. En una palabra, se trata de un momento t\u00ed\u00adpicamente contemplativo en el conjunto de la vida de la Iglesia. Siendo el Evangelio, en el momento lit\u00fargico, algo m\u00e1s que la comunicaci\u00f3n de una noticia, no se dice solamente en el lenguaje de la comunicaci\u00f3n o del relato normal; se canta, se inciensa y se contempla, como en un caleidoscopio, en m\u00faltiples im\u00e1genes y sentidos con una gran libertad hermen\u00e9utica. El gesto es una verdadera y aut\u00e9ntica representaci\u00f3n; en la eucarist\u00ed\u00ada, por ejemplo, se reproduce esc\u00e9nicamente la cena del Se\u00f1or; en el bautismo se representa simb\u00f3licamente la sepultura y la resurrecci\u00f3n de Cristo. Y las figuras representativas no necesitan ser de tipo documental, sino que viven dentro de una actividad creadora y de una percepci\u00f3n de tipo simb\u00f3lico. El gesto lit\u00fargico no est\u00e1 presidido, evidentemente, por criterios de eficiencia operativa, sino que, como momento contemplativo de la Iglesia, se inspira en sus capacidades est\u00e9ticas, en el mundo de sus recuerdos y emociones, del mito y de la tradici\u00f3n, de la fantas\u00ed\u00ada y del juego. La liturgia es un misterio, pero contenido esta vez no dentro de un compromiso de vida, sino dentro de la celebraci\u00f3n de una fiesta; se pasa del homo faber al homo ludens. Y esta gratuidad de la liturgia respecto a las exigencias de eficiencia de la praxis le garantiza a la Iglesia el equilibrio esencial entre su obrar y su contemplar, entre el empe\u00f1o de su iniciativa y el don de la iniciativa de Dios.<\/p>\n<p>Pues bien. en este mundo tan especial de la liturgia se cambian las habituales relaciones intraeclesiales que forman la comunidad en la vida. El pastor de la Iglesia se convierte all\u00ed\u00ad en un s\u00ed\u00admbolo: s\u00ed\u00admbolo de Cristo sacerdote, signo de Cristo cabeza. figura de Jes\u00fas que parte el pan presidiendo la mesa, reproducci\u00f3n de los gestos de Cristo que perdona e impone las manos, imagen del Cristo glorioso en el esplendor del honor lit\u00fargico, etc. Aqu\u00ed\u00ad realmente, en el s\u00ed\u00admbolo lit\u00fargico, puede decirse sacerdos alter Christus. Y como siempre, en la liturgia, la representaci\u00f3n simb\u00f3lica contiene en misterio la verdad: la verdad de la correspondencia con la vida; por lo cual no es una persona cualquiera de modo arbitrario, sino quien ha dedicado su vida al servicio de la comunidad, el que debe representar a Cristo; y, luego, la verdad del acontecimiento original; por lo cual el gesto sacerdotal en el sacramento es verdaderamente el gesto de Cristo. Todo esto lleva consigo para el pastor de la Iglesia la necesidad de una verdadera aptitud para la contemplaci\u00f3n y de una concentraci\u00f3n habitual del esp\u00ed\u00adritu en la figura de Cristo. La vocaci\u00f3n al ministerio, como hemos visto, no es una vocaci\u00f3n contemplativa, pero llega a serlo en su destino lit\u00fargico. Ciertamente, s\u00f3lo un profundo h\u00e1bito de meditar en los misterios de Cristo, el esfuerzo por imitarle y la oraci\u00f3n incesante le permitir\u00e1n al sacerdote y al obispo ser simbolos vivientes de Jes\u00fas en su contacto con la comunidad. Esta capacidad de s\u00ed\u00admbolo depende, adem\u00e1s, de todos los protagonistas de la celebraci\u00f3n en sus mutuas relaciones; no se trata de h\u00e1biles ficciones, sino de la exaltaci\u00f3n en el s\u00ed\u00admbolo de una realidad que se vive normalmente en la sencillez de la vida cotidiana. Por tanto, lo que el sacerdote es cada d\u00ed\u00ada, como buscador infatigable de Jes\u00fas en la oraci\u00f3n y en el seguimiento. llega a serlo de forma eminente, por el lenguaje celebrativo, en el momento lit\u00fargico. Una celebraci\u00f3n sostenida s\u00f3lo por la legitimaci\u00f3n de su funci\u00f3n en virtud de la validez de la ordenaci\u00f3n y por la perfecci\u00f3n jur\u00ed\u00addica de las ejecuciones rituales podr\u00e1 garantizar la presencia del misterio, gracias a la misericordia de Dios que no retira sus promesas, pero ser\u00ed\u00ada un misterio en gran parte ilegible. por no estar escrito en el lenguaje vivo de la experiencia y de la sensibilidad comunitaria de la Iglesia.<\/p>\n<p>Desde el punto de vista formativo, adem\u00e1s de la insistencia cl\u00e1sica en la pr\u00e1ctica de la oraci\u00f3n, habr\u00ed\u00ada que recordar aqu\u00ed\u00ad la necesidad de la educaci\u00f3n art\u00ed\u00adstica. En efecto, la liturgia es esencialmente una obra de arte: la memoria que la constituye en su n\u00facleo esencial exige que se la realice no en el relato prosaico de un documento de archivo, sino a trav\u00e9s de la vitalidad de la intuici\u00f3n po\u00e9tica. Tanto si es estrecho como amplio el espacio de la creatividad, se trata siempre de realizar gestos, de decir palabras, de situarse en medio de la asamblea, con un fuerte poder de significaci\u00f3n, despertando con la memoria de Cristo toda la pasi\u00f3n emotiva de la comunidad. Se trata de simbolizar con la gama m\u00e1s amplia las experiencias, las aspiraciones, los deseos, las pruebas de la identificaci\u00f3n de la comunidad con Cristo, para vivir el misterio en el signo. Resultar\u00e1 preciosa cualquier aptitud art\u00ed\u00adstica concreta; pero sobre todo la formaci\u00f3n de los futuros pastores de la Iglesia deber\u00e1 atender al desarrollo de la sensibilidad, de las cualidades expresivas, de la comunicaci\u00f3n instintiva del gesto y del sentido comunitario de la fiesta. La formaci\u00f3n de tipo intelectual que ponga de relieve solamente la fr\u00ed\u00ada racionalidad de la apolog\u00e9tica o el c\u00e1lculo de la eficiencia operativa, no es adecuada para la preparaci\u00f3n del futuro sacerdote en la liturgia cristiana.<\/p>\n<p>V. Espiritualidad cat\u00f3lica<br \/>\nEl proyecto que propongo de una espiritualidad del ministerio pastoral encierra realmente un peligro: el de caer, debido a la apelaci\u00f3n constante a la relaci\u00f3n directamente vivida del sacerdote o del obispo con su comunidad, en una forma de subjetivismo personalista, capaz de desagradables manipulaciones del carisma, y en cierto provincialismo, poco adecuado a la dimensi\u00f3n universal y c\u00f3smica del misterio de Cristo y de la Iglesia. Por tanto, es necesario que la dimensi\u00f3n b\u00e1sica de la relaci\u00f3n con la comunidad concreta no sea un elemento aislado, sino que se sit\u00fae dentro de una apertura m\u00e1s amplia del esp\u00ed\u00adritu: la apertura cat\u00f3lica. Concretamente, esto significa que el di\u00e1cono vive para su grupo eclesial, pero dentro de la comunidad eucar\u00ed\u00adstica mayor: que el sacerdote sirve a su comunidad particular, pero en el \u00e1mbito de su iglesia local m\u00e1s amplia: que el obispo se dedica a su iglesia local, pero dentro del espacio total de la \u00abcat\u00f3lica\u00bb. Para una espiritualidad ministerial verdaderamente cat\u00f3lica, son entonces de gran importancia las relaciones de los ministros entre s\u00ed\u00ad, bien en el \u00e1mbito mismo del ministerio, bien entre los diversos grados ministeriales. La constante referencia del sacerdote al obispo en el planteamiento de sus relaciones con la comunidad le da a \u00e9sta la conciencia de ser parte de una iglesia mayor y de que m\u00e1s importante que la persona de su pastor es la tradici\u00f3n apost\u00f3lica, de la que el obispo lo ha hecho portador mediante el sacramento de la imposici\u00f3n de las manos. Para el sacerdote todo esto significa superar la tentaci\u00f3n de un f\u00e1cil egocentrismo, consciente de que, antes que padre y pastor de la comunidad, ha de ser hijo de la Iglesia cat\u00f3lica. Y lo mismo vale para la referencia del obispo al colegio episcopal, disperso por la tierra, y a su cabeza, el papa. As\u00ed\u00ad pues, el v\u00ed\u00adnculo jer\u00e1rquico es el instrumento indispensable para realizar una espiritualidad cat\u00f3lica, en cuyo \u00e1mbito la comunidad se construye como iglesia y no como secta.<\/p>\n<p>Hoy es muy frecuente aludir a la importancia de que el sacerdote viva su espiritualidad dentro del presbiterio y en estrecha relaci\u00f3n con el obispo. La observaci\u00f3n es absolutamente necesaria, ya que significa la exigencia fundamental de catolicidad de la espiritualidad ministerial. Sin embargo, no siempre se libra de ciertas ambig\u00fcedades. En primer lugar, cuando peca de cierto arqueologismo; en efecto, a menudo se recurre a la imagen de Iglesia de Ignacio de Antioqu\u00ed\u00ada. con un presbiterio estrechamente unido en torno al obispoen un \u00fanico ministerio y en la \u00fanica celebraci\u00f3n eucar\u00ed\u00adstica.<\/p>\n<p>Pues bien, los que hacen esta referencia a la historia no deber\u00ed\u00adan olvidar que esa imagen de Iglesia no dur\u00f3 en realidad m\u00e1s que alg\u00fan tiempo. S\u00f3lo una comunidad urbana num\u00e9ricamente reducida pod\u00ed\u00ada realizar esa imagen. Los sacerdotes del presbiterio ignaciano tienen muy poco que ver con el sacerdote de hoy; basta pensar que ellos ni siquiera celebraban la eucarist\u00ed\u00ada ni tampoco ten\u00ed\u00adan la responsabilidad pastoral de una comunidad, sino que simplemente participaban de la eucarist\u00ed\u00ada del obispo y asum\u00ed\u00adan colegialmente en torno a \u00e9l la responsabilidad pastoral de la comunidad \u00fanica. Apenas se multiplic\u00f3 el n\u00famero de las iglesias urbanas y el cristianismo se difundi\u00f3 por las aldeas, el presbiterio ignaciano se disolvi\u00f3 y no volvi\u00f3 a aparecer de ese modo en la historia de la Iglesia. El sacerdote adquiri\u00f3 una responsabilidad y una autonom\u00ed\u00ada mucho mayores; hoy su vida cotidiana est\u00e1 mucho m\u00e1s ligada a su comunidad particular que al presbiterio o al obispo. La apelaci\u00f3n al modelo ignaciano puede resultar ambigua si significa. m\u00e1s o menos expl\u00ed\u00adcitamente, un instinto totalmente clerical de reabsorber, para defenderla, la espiritualidad ministerial en un \u00e1mbito particular y separado del \u00e1mbito secular de la comunidad del pueblo de Dios.<\/p>\n<p>A veces se tiene la impresi\u00f3n de que el presbiterio es algo as\u00ed\u00ad como el refugio so\u00f1ado por el sacerdote que se encuentra a disgusto en medio del mundo, y el obispo es una especie de padre y protector de un hijo inmaduro e indefenso. Pues bien, es fundamentalmente preciso que, por el contrario, la espiritualidad ministerial ponga en juego m\u00e1s las relaciones del sacerdote con su comunidad que con el presbiterio o con el obispo; est\u00e1 al servicio de la comunidad; su ministerio se dirige a ella, y no al obispo; ella es su casa y el templo su sacerdocio. El formar parte de un presbiterio y estar mandado por un obispo es un elemento esencial de su conciencia ministerial para hacer de s\u00ed\u00ad y de su comunidad una realidad cat\u00f3lica y apost\u00f3lica para vivir la dimensi\u00f3n universal de la Iglesia y no enterrar el misterio de la salvaci\u00f3n del mundo en el reducto de una peque\u00f1a comunidad. Por tanto, no es que las relaciones con el presbiterio y con el obispo sean de escasa importancia en la espiritualidad del sacerdote, ni mucho menos. Senci(lamente hay que evitar que sean ellas el soporte de una espiritualidad de tipo clerical. que d\u00e9 al sacerdote la sensaci\u00f3n de un ser extra\u00f1o en su comunidad y de que solamente se encuentra en casa en el presbiterio, el cual, por lo dem\u00e1s. en la situaci\u00f3n actual es m\u00e1s una realidad evanescente que un hecho concreto realmente comunitario.<\/p>\n<p>La cuesti\u00f3n es distinta s\u00f3lo cuando de hecho el obispo tiene a su alrededor un propio y aut\u00e9ntico presbiterio, compuesto de sacerdotes que no tienen su comunidad particular, sino que todos juntos y con el obispo est\u00e1n al servicio de la gran iglesia diocesana. El trabajo com\u00fan en un compromiso colegial, la corresponsabilidad con el obispo, la amplitud de la cura pastoral, crean, l\u00f3gicamente, una situaci\u00f3n muy distinta de la del sacerdote comprometido dentro de su comunidad individual. Aqu\u00ed\u00ad resulta posible. en concreto, una verdadera vida comunitaria y una unidad del presbiterio que se expresa tambi\u00e9n en una \u00fanica eucarist\u00ed\u00ada celebrada con el obispo. Vivir\u00e1n juntos una espiritualidad ministerial construida sobre las exigencias del trabajo com\u00fan al servicio de la unidad cat\u00f3lica de diversas comunidades cristianas. Siempre existir\u00e1 el riesgo de una burocratizaci\u00f3n del trabajo pastoral y de la disoluci\u00f3n del servicio apost\u00f3lico en un \u00abgobierno\u00bb de las cosas eclesiales de tipo jur\u00ed\u00addico o meramente organizativo. Por eso la caritas pastoralis volver\u00e1 a proponer las mismas exigencias de libertad, de pobreza, de inmersi\u00f3n en el mundo que se imponen al sacerdote que vive en su peque\u00f1a comunidad perif\u00e9rica. Si ante esa situaci\u00f3n distinta las relaciones internas con el presbiterio son m\u00e1s importantes, siempre tendr\u00e1n que construirse con toda decisi\u00f3n sobre el sentido del servicio com\u00fan, de suerte que aumenten y no disminuyan las relaciones con la Iglesia real, integrada por hombres de carne y hueso, que viven en el mundo con la esperanza del reino.<\/p>\n<p>VI. Conclusi\u00f3n<br \/>\nIndependientemente de los proyectos teol\u00f3gicos que hoy suelen proponerse, no cabe duda de que est\u00e1 ya en marcha un cambio importante en la espiritualidad ministerial. La separaci\u00f3n sacral entre el sacerdote o el obispo y el pueblo, la ascesis de la huida del mundo, la formaci\u00f3n seg\u00fan los m\u00f3dulos mon\u00e1sticos son elementos que caracterizaron sobre todo a la \u00e9poca postridentina y que hoy, en una situaci\u00f3n eclesial y social distinta, van cediendo el puesto a la b\u00fasqueda apasionada de una funci\u00f3n en la Iglesia y en el mundo que est\u00e9 decididamente marcada por el esp\u00ed\u00adritu misionero y por la caritas pastoralis. Permanece abierta, sin embargo, una alternativa, que proviene de la diferencia de las l\u00ed\u00adneas teol\u00f3gicas expuestas al principio.<\/p>\n<p>En la l\u00ed\u00adnea ontol\u00f3gica y cristol\u00f3gica parece ser que los elementos formales ocupan el lugar central, mientras que en la l\u00ed\u00adnea eclesiol\u00f3gica los existenciales se acent\u00faan m\u00e1s. Hablo de elementos formales, porque en el primer tipo de propuesta teol\u00f3gica el ministro de la Iglesia se caracteriza esencialmente por su condici\u00f3n de signo; el car\u00e1cter como determinaci\u00f3n ontol\u00f3gica y el ser sacramento, es decir, signo e instrumento de gracia, determinan realmente a la persona de una manera totalmente aut\u00f3noma respecto a su situaci\u00f3n existencial, a sus relaciones interpersonales y a la concreci\u00f3n de su presencia en una comunidad. De aqu\u00ed\u00ad no puede menos de deducirse una espiritualidad tendencialmente m\u00e1s desencarnada. Se intenta evitar este peligro recurriendo al tema de la imitaci\u00f3n de Cristo, gracias a lo cual entroncamos con indiscutible eficacia con una de las l\u00ed\u00adneas m\u00e1s cl\u00e1sicas de la espiritualidad cristiana. Pero esta referencia directa a Cristo lleva f\u00e1cilmente consigo una exasperaci\u00f3n m\u00e1s o menos consciente del papel de vicario, con la consiguiente reaparici\u00f3n de una mentalidad clerical, de unas actitudes autoritarias o paternalistas y con la dificultad permanente de situar al sacerdote y al obispo en la comunidad eclesial, que va teniendo cada vez m\u00e1s conciencia de ser ella sobre todo el alter Christus, la continuadora de su sacerdocio.<\/p>\n<p>Al contrario, seguir la deducci\u00f3n eclesiol\u00f3gica lleva hacia la referencia al ap\u00f3stol m\u00e1s que a Cristo, dado que a Cristo es m\u00e1s bien el cristiano como tal y la Iglesia entera quienes deben referirse. La mayor modestia del modelo facilita el sentido de la participaci\u00f3n y de la aceptaci\u00f3n de la suerte cristiana de la comunidad entera. La originalidad del carisma, su totalidad y el car\u00e1cter especifico de la espiritualidad que de \u00e9l se deriva pueden aqu\u00ed\u00ad adecuarse mucho mejor a la concreci\u00f3n de los hechos y de las relaciones interpersonales,con lo que se cierra el paso a las justificaciones formales, de car\u00e1cter jur\u00ed\u00addico y sacramental, en defensa de una funci\u00f3n que eventualmente puede fallar en la existencia concreta. La imposici\u00f3n de las manos es signo e instrumento de una gracia, y la gracia consiste en la capacidad de realizar la misi\u00f3n pastoral. Puesto que toda gracia es don y tarea, desempe\u00f1ando \u00e9sta a trav\u00e9s de unos problemas y de unos compromisos concretos podr\u00e1 el cristiano llamado al ministerio construir su personalidad en el surco que el don recibido abre indeleblemente en \u00e9l.<\/p>\n<p>S. Dianich<br \/>\nBIBL.-AA. VV., El ministerio en el di\u00e1logo interconfesional, S\u00ed\u00adgueme. Salamanca 1976.-AA. VV.. Le minist\u00e9re et les minist\u00e9res selon le NT, Seuil, Par\u00ed\u00ads 1974.-AA. VV., Iglesia local y elecci\u00f3n de obispos, en \u00abConcilium\u00bb. 157 (1980).-AA. VV., \u00bfMujeres en una Iglesia de hombres?, en \u00abConcilium\u00bb, 154 (1980).-AA. VV., La formaci\u00f3n para el ministerio hoy: planteamientos, contexto, experiencias, estilo, en \u00abSeminarios\u00bb, 61 (1976).-AA. VV., Sacerdotes, \u00bfpara qu\u00e9?, en Sal Terrae. 752 (1976).-AA. VV., La contemplaci\u00f3n y el sacerdote, \u00abSurge\u00bb. 796-399 (1980).-Aumont, M, La sacralizaci\u00f3n del sacerdote, Descl\u00e9e, Bilbao 1972.-Bellet. M, Crisis del sacerdote: an\u00e1lisis de la situaci\u00f3n, Descl\u00e9e, Bilbao 1969.-Borobio, D. Ministerio sacerdotal, ministerios laicales, Descl\u00e9e, Bilbao 1982.-Byrne, A. El ministerio de la palabra en Trento, Eunsa, Pamplona 1975.-Castillo. J. M. \u00bfHacia d\u00f3nde va el clero? Cinco cuestiones candentes, PPC, Madrid 1971.-Castillo, J. M, Al servicio del pueblo de Dios (la singularidad del sacerdocio), Paulinas-Marova. Madrid 1974.-Conferencia Episcopal Alemana, El ministerio sacerdotal, S\u00ed\u00adgueme. Salamanca 1970.-Conferencia Episcopal Francesa, \u00bfTodos responsables en la Iglesia?, Sal Terrae, Santander 1975.-Delicado Baeza. J, Sacerdotes esperando a Godot, Verbo Divino, Estella 1969.-Esquerda Bifel, J. Teolog\u00ed\u00ada de la espiritualidad sacerdotal, Ed. Cat\u00f3lica, Madrid 1976.-Francou, F. La fe de un sacerdote, Mensajero, Bilbao 1975.-Garrone, G. M. El sacerdote, Central Catequ\u00e9tica Salesiana. Madrid 1977.-Gonz\u00e1lez de Cardedal, O. \u00bfCrisis de seminarios o crisis de sacerdotes?, Marova. Madrid 1967.-Grelot, P. El ministerio en la Nueva Alianza, Herder, Barcelona 1969.-Roy\u00f3n, E, Sacerdocio, \u00bfculto o ministerio? Una reinterpretaci\u00f3n del Concilio de Trento, Univ. Pont. de Comillas, Madrid 1976.-Sahag\u00fan Lucas, J. Crisis de identidad: la problem\u00e1tica sacerdotal de nuestro tiempo, Marova-Fontanella, Madrid-Barcelona 1975.-V\u00e9ase la bibl. de las voces Di\u00e1cono, Iglesia y Laico.<\/p>\n<p>S. de Fiores &#8211; T. Goffi &#8211; Augusto Guerra, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1987<\/p>\n<p><b>Fuente: Nuevo Diccionario de Espiritualidad<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SUMARIO: I. Premisa &#8211; II. Orientaciones teol\u00f3gicas: 1. Exigencias culturales; 2. Relectura del NT; 3. L\u00ed\u00adneas de interpretaci\u00f3n teol\u00f3gica: a) Linea ontol\u00f3gica, b) Deducci\u00f3n cristol\u00f3gica, c) Deducci\u00f3n eclesiol\u00f3gica &#8211; III. Carisma ministerial y opci\u00f3n fundamental: 1. La opci\u00f3n fundamental de Cristo y el sacerdocio de la Iglesia: 2. Carismas de la totalidad &#8211; IV. Los &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/ministerio-pastoral\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abMINISTERIO PASTORAL\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-17096","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17096","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=17096"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17096\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=17096"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=17096"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=17096"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}