{"id":17099,"date":"2016-02-05T11:08:11","date_gmt":"2016-02-05T16:08:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/muerteresurreccion\/"},"modified":"2016-02-05T11:08:11","modified_gmt":"2016-02-05T16:08:11","slug":"muerteresurreccion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/muerteresurreccion\/","title":{"rendered":"MUERTE\/RESURRECCION"},"content":{"rendered":"<p>SUMARIO: I. El tab\u00fa de la muerte: 1. Repulsa instintiva; 2. La reacci\u00f3n actual ante la muerte &#8211; II. La muerte y la resurrecci\u00f3n en la visi\u00f3n b\u00ed\u00adblico-cristiana: 1. Revelaci\u00f3n gradual en el AT; 2. La realidad de Cristo resucitado &#8211; III. Orientaciones espirituales: 1. Cambio de perspectiva; 2. Aceptar la muerte como tr\u00e1nsito pascual: 3. Abrirse a la muerte redimida: supremo don de si mismo &#8211; IV. La asistencia a los moribundos: 1. Cercan\u00ed\u00ada; 2. La asistencia religiosa &#8211; V. La celebraci\u00f3n cristiana de la muerte: 1. Originalidad del culto cristiano a los muertos: 2. El luto cristiano; 3. La viudez.<\/p>\n<p>I. El tab\u00fa de la muerte<br \/>\n1. REPULSA INSTINTIVA &#8211; La muerte constituye una parada traum\u00e1tica y definitiva de nuestro modo de existir en contraste con el instinto de conservaci\u00f3n y con el deseo de vivir. Nunca acabamos de tomar conciencia de nuestra innata mortalidad y sentimos instintivamente la muerte como un accidente que hay que atribuir a alguien. De aqu\u00ed\u00ad ese sentido de remordimiento por no haber sido lo bastante vigilantes, y de rebeli\u00f3n contra los que de alguna manera consideramos corresponsables de la muerte, incluyendo a Dios si no nos ayuda a aplazar esta dura realidad. Incluso la persona m\u00e1s desgraciada y m\u00e1s anciana oscila entre el deseo de acabar una existencia penosa y el miedo a la muerte y ante el misterio que encierra en su realizaci\u00f3n y en los interrogantes que plantea.<\/p>\n<p>2. LA REACCI\u00ed\u201cN ACTUAL ANTE LA MUERTE &#8211; La repulsa instintiva de la muerte ha desembocado en un tab\u00fa de la muerte, es decir, en algo de lo que ni siquiera hay que hablar. Hoy estamos menos preparados psicol\u00f3gicamente a morir, y esta indisposici\u00f3n se da incluso entre personas religiosamente practicantes. Se\u00f1alemos algunas causas sociales que han concurrido a esta situaci\u00f3n psicol\u00f3gica. En primer lugar, ha disminuido la experiencia de la muerte;la higiene y la vacunaci\u00f3n han acabado con las tremendas epidemias de los siglos pasados y el progreso sanitario ha reducido la mortalidad infantil; han aumentado las muertes por accidente, pero el moribundo es trasladado enseguida al hospital. Son pocos los que mueren en casa. Se ha perdido as\u00ed\u00ad la experiencia, dura pero fecunda, que realizaban las pasadas generaciones asistiendo de cerca y con relativa frecuencia a las personas queridas, que mor\u00ed\u00adan ante sus ojos. Hoy la gente suele morir en el hospital, lejos de la mirada de los parientes, cuyas visitas quedan reducidas de modo que el moribundo ea asistido por \u00abprofesionales\u00bb, menos sensibles a esta experiencia por estar protegidos por su mentalidad profesional. A los ni\u00f1os se les aleja de ordinario el d\u00ed\u00ada del funeral y se les cuenta que pap\u00e1 o mam\u00e1 se han marchado de viaje, como si el retraso de la noticia de su muerte resultara menos traumatizante.<\/p>\n<p>El complejo fen\u00f3meno de la secularizaci\u00f3n difunde una confianza ut\u00f3pica sobre las virtualidades sanitarias y la absolutizaci\u00f3n de una vida \u00abterrena\u00bb, que provocan la repulsa de toda conversaci\u00f3n sobre la muerte. Pero este tab\u00fa, como cualquier otro rechazo de una realidad, pesa en el subconsciente y perturba nuestro equilibrio con el progreso de la edad.<\/p>\n<p>Desde hace cerca de un decenio, el hombre intenta reaccionar contra el tab\u00fa de la muerte, lo mismo que ha intentado reaccionar contra el tab\u00fa del sexo [>Sexualidad]. Se se\u00f1ala que es una equivocaci\u00f3n cerrar los ojos ante la realidad de los l\u00ed\u00admites humanos y se intenta afrontar con realismo el tema de la propia muerte, incluso para discutir el derecho del enfermo a morir con dignidad. Esta reacci\u00f3n contra el tab\u00fa de la muerte es ya un acto de realismo, pero inadecuado porque se limita a una visi\u00f3n terrena de la vida. La discusi\u00f3n se limita a las circunstancias que pueden preceder a la muerte, es decir, se permanece todav\u00ed\u00ada dentro de las fronteras terrenas. Hemos de tener el coraje de ir m\u00e1s all\u00e1 y de preguntarnos por el sentido de la muerte o, m\u00e1s exactamente, por el sentido de esta vida mortal.<\/p>\n<p>II. La muerte y la resurrecci\u00f3n en la visi\u00f3n b\u00ed\u00adblico-cristiana<br \/>\nEn primer lugar, es necesario recordar algunos conceptos b\u00e1sicos sobre la visi\u00f3n b\u00ed\u00adblica de la muerte y de la resurrecci\u00f3n.<\/p>\n<p>1, REVELACI\u00ed\u201cN GRADUAL EN El. AT &#8211; Hay que partir de la concepci\u00f3n semita del ser vivo. En la Biblia se utilizan tres t\u00e9rminos principales para indicar al viviente: basar, nefesh y ruah, t\u00e9rminos que solemos traducir por carne (cuerpo), alma y esp\u00ed\u00adritu. Pero no se trata de tres coprincipios; cada una de estas expresiones indica la totalidad del ser vivo, aunque con un matiz distinto: basar indica la limitaci\u00f3n natural; nefesh, la vitalidad; ruah, la vida que procede del soplo (ruah) de Dios. Este cuerpo animado constituye una individualidad \u00fanica, llamada a la vida por el aliento de Dios y cae cuando Dios \u00abretira su aliento\u00bb, volviendo \u00abal polvo\u00bb (Job 34,14-15; Is 42,5).<\/p>\n<p>\u00bfPero puede el hombre, dotado del soplo vital de Yahv\u00e9, morir como el animal? \u00abDios cre\u00f3 al hombre para la incorrupci\u00f3n, y lo hizo a imagen de su propio ser. Mas por envidia del diablo entr\u00f3 la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen\u00bb (Sab 2.23-24). Este pasaje, que se relaciona con el del G\u00e9nesis y con la posterior alusi\u00f3n del ap\u00f3stol Pablo (Rom 5,12), no es de f\u00e1cil interpretaci\u00f3n. \u00bfSe refiere al hecho de morir, que depender\u00ed\u00ada de la rebeli\u00f3n contra Dios? Entonces, \u00bfpor qu\u00e9 no hab\u00ed\u00adan de experimentarlo solamente los imp\u00ed\u00ados? \u00bfSe refiere a la amenaza de muerte inmediata del G\u00e9nesis, conmutada por una vida de sufrimiento y de trabajos, y a la amenaza de muerte prematura que pudo caer sobre el imp\u00ed\u00ado? \u00bfSe trata, en el caso de Pablo, de una alusi\u00f3n a la muerte sin esperanza del pecador? En otros pasajes b\u00ed\u00adblicos se considera a la muerte como t\u00e9rmino natural de la existencia humana; se desciende en paz al Sheol cuando la muerte se presenta al final de la misi\u00f3n terrena, mientras que la muerte prematura es considerada como un castigo (cf 1 Re 2,6.9; Job 21,23; Prov 1,12).<\/p>\n<p>Pero \u00bfd\u00f3nde va a parar el hombre despu\u00e9s de la muerte? Ateni\u00e9ndonos a su concepci\u00f3n de la vida, el hombre al morir vuelve al polvo; ya no queda nada de \u00e9l. Pero la esperanza de una supervivencia, por muy oscura e incierta que sea, escapa a esta l\u00f3gica, y se habla de un lugar para los difuntos, aunque se afirma luego que en el Sheol no hay vida (Is 38,18; Sal 6,6). En esta contradicci\u00f3n se advierte un aura de misterio. La constataci\u00f3n de que la muerte prematura puede herir incluso a los justos obliga a nuevas reflexiones, siempre con la certidumbre de que no somos v\u00ed\u00adctimas de un destino ciego, sino que estamos guiados por la bondad de Yahv\u00e9.<\/p>\n<p>La primera afirmaci\u00f3n expl\u00ed\u00adcita de otra vida la encontramos en Daniel. Ya no se habla de un lugar com\u00fan para los difuntos, sino de una vida nueva y distinta seg\u00fan los m\u00e9ritos o dem\u00e9ritos de cada uno (Dan 12,2-3). Este pasaje se refiere solamente al pueblo de Dios y parece confirmar una creencia que estaba ya explicitada. La certeza de un m\u00e1s all\u00e1 para los justos se afirma tambi\u00e9n en el Libro de la Sabidur\u00ed\u00ada 3,1 y en los Macabeos, donde se habla de resurrecci\u00f3n para los justos a una \u00abvida nueva y eterna\u00bb (2 Mac 7,9; 12,43-44). La gehenna, lugar de tormento para los r\u00e9probos, sustituye al oscuro y amorfo Sheol.<\/p>\n<p>2. LA REALIDAD DE CRISTO RESUCITADO &#8211; La fe en la resurrecci\u00f3n es la gran novedad del mensaje evang\u00e9lico; el Resucitado, convertido en \u00abprimicia de los que han muerto\u00bb (1 Cor 15,20), explica nuestra vida, nuestra muerte y la posibilidad de la resurrecci\u00f3n.<\/p>\n<p>Los t\u00e9rminos vida-muerte-resurrecci\u00f3n no coinciden con los datos biol\u00f3gicos. Cristo nos revela que para vivir hay que \u00abrenacer de lo alto\u00bb (Jn 3,7), hay que pasar a trav\u00e9s de una continuada muerte y resurrecci\u00f3n \u00abpara caminar en una vida nueva\u00bb (Rom 6,4). Caen los confines entre la vida, la muerte y la resurrecci\u00f3n, ya que Cristo es \u00abla resurrecci\u00f3n y la vida; el que cree en m\u00ed\u00ad, aunque muera, vivir\u00e1\u00bb (Jn 11,25). En esta nueva perspectiva de vida no s\u00f3lo nos sentimos vitalizados por el aliento (ruah) de Dios, sino que nuestra vitalidad se mide por la comuni\u00f3n realizada en Cristo: \u00abYa no vivo yo, pues es Cristo el que vive en m\u00ed\u00ad\u00bb (G\u00e1l 2,20).<\/p>\n<p>Esta realidad de fe no elimina la sensibilidad humana frente al hecho traum\u00e1tico de la muerte, pero le da un sentido. Jes\u00fas \u00abllor\u00f3\u00bb y \u00abse estremeci\u00f3\u00bb ante el sepulcro de L\u00e1zaro (Jn 11,35.38). aunque estaba a punto de devolverle la vida terrena, y en Getseman\u00ed\u00ad \u00abcomenz\u00f3 a sentir terror y abatimiento\u00bb y se sinti\u00f3 \u00abtriste hasta la muerte\u00bb (Mc 14,33-34), a pesar de que hab\u00ed\u00ada llegado \u00abla hora\u00bb esperada para la glorificaci\u00f3n del Padre y su misma glorificaci\u00f3n (Jn 17,1). Sin pretender analizar las diversas motivaciones presentes en el \u00e1nimo de Jes\u00fas, advertimos en ese llanto y en ese abatimiento su sensibilidad humana. En Getseman\u00ed\u00ad, adem\u00e1s de la previsi\u00f3n de su muerte cercana, estaba la percepci\u00f3n de sentirse v\u00ed\u00adctima de la obstinaci\u00f3n y del odio, de la tortura y del abandono hasta el \u00faltimo acto de su \u00abk\u00e9nosis\u00bb o despojamiento divino. Pero en la cruz vuelve a aparecer su victoria incluso sobre la muerte, su resurrecci\u00f3n: \u00abJes\u00fas, con fuerte voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi esp\u00ed\u00adritu. Y al decir esto expir\u00f3\u00bb (Lc 23,46).<\/p>\n<p>Nuestra resurrecci\u00f3n seguir\u00e1 el modelo de Cristo de una vida nueva, en donde volveremos a encontrarnos a nosotros mismos, pero de un modo diverso. Las resurrecciones que nos refiere el Evangelio (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Na\u00ed\u00adm, L\u00e1zaro) se llaman impropiamente \u00abresurrecciones\u00bb, ya que se trata m\u00e1s bien de curaciones y regreso a esta vida terrena. Solamente Cristo resucitado representa la novedad de la resurrecci\u00f3n.<\/p>\n<p>No busquemos en la Biblia explicaciones sobre la modalidad y sobre el tiempo de nuestra resurrecci\u00f3n. Sabemos que se trata de una continuidad, ya que somos nosotros los que resucitamos, y de una diversidad de vida: \u00abSe siembra en corrupci\u00f3n y resucita en incorrupci\u00f3n; se siembra en vileza y resucita en gloria; se siembra en flaqueza y resucita en fuerza; se siembra cuerpo animal (sima psychikon) y resucita cuerpo espiritual (s\u00f3ma pneumatikon)\u00bb (1 Cor 15,42-44). El ap\u00f3stol Pedro afirma que \u00abesperamos nuevos cielos y nueva tierra\u00bb (2 Pe 3,13; cf Ap 21,1), y la tradici\u00f3n cristiana habla de una glorificaci\u00f3n final. La interpretaci\u00f3n de todo esto no resulta f\u00e1cil. No es necesario pensar que la resurrecci\u00f3n de los individuos deba dejarse para el final de los tiempos. Pero entonces, ciertamente, se manifestar\u00e1 toda la historia de la salvaci\u00f3n para gloria de Cristo y de sus elegidos.<\/p>\n<p>III. Orientaciones espirituales<br \/>\n1. CAMBIO DE PERSPECTIVA &#8211; La calavera como recuerdo de la muerte que la iconograf\u00ed\u00ada sol\u00ed\u00ada poner al lado de las im\u00e1genes de los santos, favorec\u00ed\u00ada una reflexi\u00f3n m\u00e1s bien biol\u00f3gica que b\u00ed\u00adblica sobre la muerte, como momento propio, separado de la vida anterior y de la siguiente. Las personas piadosas se preocupaban de que los moribundos renovasen las protestas de fe y asperjaban el lecho con agua bendita para alejar a los demonios, los cuales se cre\u00ed\u00ada que intentaban un \u00faltimo ataque para arrancar el alma a Dios -es interesante observar esta mentalidad en los documentos sobre la vida de san Camilo (l. 1614), especialmente dedicado a la asistencia de los enfermos y moribundos-. Los menos practicantes dejaban para el \u00faltimo momento sus deseos de penitencia, lo mismo que sucede todav\u00ed\u00ada hoy con muchos.<\/p>\n<p>A esta presentaci\u00f3n t\u00e9trica de la muerte iba unido un angustioso temor al juicio de Dios, que perturbaba incluso a algunos santos y sigue a\u00fan provocando en personas escrupulosas ciertas ansiedades poco conformes con la fe en un Dios Padre. Las descripciones detalladas sobre las penas del infierno y del purgatorio, seg\u00fan la fantas\u00ed\u00ada popular y una presentaci\u00f3n del para\u00ed\u00adso que acentuaba el aspecto del premio como si fuera una compensaci\u00f3n por las frustraciones terrenas, han favorecido un rechazo de la predicaci\u00f3n de los llamados \u00abnov\u00ed\u00adsimos\u00bb, predicaci\u00f3n que constitu\u00ed\u00ada hasta hace pocos decenios el plato fuerte de toda reflexi\u00f3n espiritual.<\/p>\n<p>El rechazo de este tipo de catequesis no debe hacer que desaparezca la necesaria meditaci\u00f3n sobre la muerte y la resurrecci\u00f3n, que constituye el fundamento y la originalidad de la fe cristiana. La tentaci\u00f3n de instrumentalizar la religi\u00f3n en beneficio de un mesianismo terreno, individual y colectivo asoma constantemente. Lo demuestra el esc\u00e1ndalo que sigue suponiendo para la fe de muchos cristianos, incluso practicantes, la posibilidad de una muerte cercana suya o de sus personas queridas o la perturbaci\u00f3n obsesiva de la muerte, que contradice a la espiritualidad cristiana.<\/p>\n<p>2. ACEPTAR LA MUERTE COMO TR\u00ed\u0081NSITO PASCUAL &#8211; Tenemos que traducir a un lenguaje adecuado, incluso en la catequesis de los ni\u00f1os, el mensaje cristiano de vida, muerte y resurrecci\u00f3n. Cuanto m\u00e1s frecuente sea ese recuerdo, m\u00e1s f\u00e1cil ser\u00e1 la asimilaci\u00f3n de una fe que da sentido distinto a la vida y a la muerte, seg\u00fan la revelaci\u00f3n b\u00ed\u00adblica repensada en el Esp\u00ed\u00adritu de Dios.<\/p>\n<p>El cristiano teme sobre todo la muerte del pecado [>Pecador\/pecado], de la que es signo la muerte biol\u00f3gica, que podr\u00ed\u00ada constituir tambi\u00e9n el momento de la separaci\u00f3n definitiva de la comuni\u00f3n con Cristo. Vivir significa para el cristiano renacer en Cristo, y entonces para \u00e9l la palabra \u00abmuerte\u00bb debe transformarse en la palabra \u00abresurrecci\u00f3n\u00bb, que alude a un paso de la muerte a la vida nueva. Se trata del tr\u00e1nsito pascual. que comienza con el bautismo y supone un diario morir al pecado y a todo lo que en nosotros retrasa o disminuye la comunicaci\u00f3n vital con Cristo y con los hermanos (cf 1 Cor 15,31).<\/p>\n<p>Prepararnos a morir significa percibir un sentido de la vida que no se identifica con la vitalidad terrena, sino con la comuni\u00f3n con Cristo. De ello no se sigue una falta de inter\u00e9s por la existencia terrena y por los problemas sociales, corno si s\u00f3lo estuvi\u00e9ramos en espera de la futura resurrecci\u00f3n, ya que la resurrecci\u00f3n comienza con el bautismo. El cristiano lleva a cabo la din\u00e1mica pascual de la muerte y resurrecci\u00f3n en proporci\u00f3n con su capacidad de respuesta al don de vida, esa vida que se injerta en el tejido biol\u00f3gico, pero que no se identifica con la situaci\u00f3n biol\u00f3gica y sociol\u00f3gica, ya que est\u00e1 vitalizada por el aliento inmortal de Yahv\u00e9 y ha renacido en Cristo resucitado. Vivir y morir significa para el cristiano aceptar el tr\u00e1nsito pascual, en el que la entrega a Cristo y a los hermanos no se realiza sin dificultades ni desilusiones, sin esp\u00ed\u00adritu de desprendimiento, sin pasar a trav\u00e9s de esas peque\u00f1as muertes cotidianas hasta la muerte biol\u00f3gica, etapa obligada para la definitiva resurrecci\u00f3n en Cristo.<\/p>\n<p>Vivir y resucitar para el cristiano es cuidar de la propia vida y de la de los dem\u00e1s en una promoci\u00f3n global que tenga especialmente en cuenta esos valores o tesoros que \u00abni la polilla ni el or\u00ed\u00adn corroen\u00bb (Mt 6,20); es participar cada d\u00ed\u00ada en la comuni\u00f3n con Cristo resucitado, que est\u00e1 cerca, para ser comprendido, perdonado, ayudado a resurgir d\u00ed\u00ada tras d\u00ed\u00ada, seguro de que nada lo separar\u00e1 de Cristo (cf Rom 8,38); es entregarse con decidido empe\u00f1o, hasta el riesgo de la propia vida f\u00ed\u00adsica, creyendo en esa comuni\u00f3n de los santos que va m\u00e1s all\u00e1 de nuestras fronteras.<\/p>\n<p>La resurrecci\u00f3n de Cristo sintetiza nuestro tr\u00e1nsito pascual de vida, muerte y resurrecci\u00f3n y da una espiritualidad de trascendencia a nuestro vivir cotidiano; espiritualidad que a veces se vislumbra en el rostro de ciertas personas, especialmente sintonizadas con su propia fe. \u00abNo sufrir ni morir, sino solamente transformarse totalmente seg\u00fan la voluntad de Dios\u00bb, se dice en las cartas de san Pablo de la Cruz, uno de los maestros, despu\u00e9s del ap\u00f3stol Pablo, de Jes\u00fas crucificado (cf Liturgia de las horas, II, lectura del 19 de octubre).<\/p>\n<p>La resurrecci\u00f3n constituye un don particular de Dios plenamente gratuito. En efecto, ser mortales es algo que entra en los l\u00ed\u00admites de la realidad de las criaturas y de nuestro entramado biol\u00f3gico. Cristo nos ofrece el don de una vida nueva y glorificante en comunicaci\u00f3n con Dios Padre y con los hermanos redimidos. Las im\u00e1genes evang\u00e9licas del banquete no recuerdan un para\u00ed\u00adso de bienes terrenos, sino el gozo de una comuni\u00f3n afectiva. Nos encontraremos a nosotros mismos, pero purificados y glorificados en Cristo; transformaci\u00f3n que va m\u00e1s all\u00e1 de todas nuestras posibilidades de descripci\u00f3n (cf 2 Cor 12,4); realidad nueva y gratuita, aunque Cristo pone para los adultos la condici\u00f3n de una aceptaci\u00f3n libre y comprometida de fe.<\/p>\n<p>En esta perspectiva, el cristiano respeta y cuida el don de la existencia terrena, pero sin caer en la idolatr\u00ed\u00ada de prolongar a toda costa una vida biol\u00f3gica. El cristiano siente el trauma de la muerte biol\u00f3gica, incluso por las incertidumbres y sufrimientos que la acompa\u00f1an, y reflexiona con seriedad sobre el juicio de Dios; pero acepta la muerte como la \u00faltima forma de purificaci\u00f3n y sabe que esa muerte es ponerse en las manos del Padre; es resucitar definitivamente en Jesucristo.<\/p>\n<p>3. ABRIRSE A LA MUERTE REDIMIDA: SUPREMO DON DE Si MISMO &#8211; No hay nadie incr\u00e9dulo frente a la muerte; todos los hombres tienen la experiencia de ella como un fen\u00f3meno universal. Aparte de la desesperaci\u00f3n de quien la llama a grandes voces como una perspectiva deseable y liberadora (cf Job 6,9; 7,15), la muerte suscita en el hombre una protesta y un rechazo. Es ciertamente una fuerza enemiga de la vida (1 Cor 15,26), \u00abun abismo de soledad\u00bb (L. Boros), una situaci\u00f3n de desprendimiento radical de todos los v\u00ed\u00adnculos establecidos durante la existencia y un \u00abacabar desde dentro\u00bb (K. Rahner), la s\u00ed\u00adntesis de la debilidad y del dolor humanos, la \u00abconsecuencia necesaria de un proceso biol\u00f3gico que destruye la vida del esp\u00ed\u00adritu en el tiempo y en el mundo\u00bb (V. Boublik). Quienes sean sensibles al contenido de la muerte no podr\u00e1n menos de advertir el contraste irreductible entre el dinamismo de la vida y la nada enigm\u00e1tica de la muerte; estas dos realidades resultan humanamente absurdas.<\/p>\n<p>Sin embargo, el cristiano tiene en Cristo el modelo supremo para superar el sinsentido y el car\u00e1cter tr\u00e1gico de la muerte. En efecto, Cristo vivi\u00f3 la muerte como un \u00abc\u00e1liz\u00bb de sufrimiento (Mt 26,39; Mc 10,38), pero tambi\u00e9n como su \u00abhora\u00bb (Jn 12,27; 17,1), como el momento m\u00e1s importante de su vida y de su misi\u00f3n, el supremo acto de amor, la hora de la glorificaci\u00f3n y del retorno al Padre (Jn 13,31; 17,5). El grito angustioso de Jes\u00fas inocente, que tom\u00f3 sobre s\u00ed\u00ad el peso de la derrota y sabore\u00f3 todos los matices de la miseria humana, va seguido por su amorosa y libre \u00abentrega\u00bb al Padre (Le 23,46). De este modo \u00e9l transform\u00f3 la realidad tr\u00e1gica \u00abimpuesta\u00bb en un acto definitivo de disponibilidad filial, el aniquilamiento en sacrificio redentor. La muerte-resurrecci\u00f3n de Cristo trae una nueva situaci\u00f3n en el mundo; la fuerza de la muerte queda rota para toda la creaci\u00f3n, aunque sigue formando parte de ella, y en adelante el futuro del hombre es la vida (1 Cor 15,54-57; Jn 5,24).<\/p>\n<p>El cristiano que desea participar de la bienaventuranza de los fieles que mueren \u00aben el Se\u00f1or\u00bb (Ap 14,13) encuentra en la experiencia de Jes\u00fas una luz que ilumina los horizontes inesperados de la muerte redimida. Sean cuales fueren las circunstancias de la muerte, es obvio que ella no es solamente el fin de la vida biol\u00f3gica, una especie de estocada que trunca la existencia en el tiempo; en la muerte ocurre algo decisivo para el destino del hombre. El cristiano siente la gravedad de ese acontecimiento en las dos dimensiones encontradas de la experiencia de Jes\u00fas: la dimensi\u00f3n dolorosa, que alimenta la angustia, y la dimensi\u00f3n trascendente, que sostiene la actitud teologal.<\/p>\n<p>Al saborear el sacrificio de la renuncia a la vida en la historia y en el mundo, el cristiano se asociar\u00e1 a la autoexpropiaci\u00f3n de Cristo, pagando con el precio del dolor las intervenciones arbitrarias de la libertad en el orden de la verdad y del amor. Pero se preocupar\u00e1 sobre todo de responder a la gracia de Dios, que lo invita a transformar, a ejemplo de Cristo, la muerte en el lugar privilegiado del encuentro con el Padre y de la decisi\u00f3n definitiva sobre el propio destino.<\/p>\n<p>Cuando el cristiano comprende que est\u00e1n para desaparecer todos los recursos y los apoyos humanos, y que se encuentra solo \u00abde manera esquel\u00e9ticamente tangible frente al Dios vivo escondido\u00bb (K. Rahner), le ha llegado el momento de fiarse de Cristo y de dar cr\u00e9dito a su palabra de vida eterna mediante una acto de fe personal.<\/p>\n<p>Ante la inminencia de su propio fin corporal, el cristiano puede quedarse desconcertado por la posibilidad de que lo aferre la nada o de que se condene a la pena eterna. Entonces tendr\u00e1 que responder a la llamada divina de levantarse del abismo de la angustia y del absurdo reavivando su esperanza en Dios, el Viviente que resucit\u00f3 a Cristo como primicia de la nueva humanidad.<\/p>\n<p>Sobre todo, el cristiano tiene que ser consciente de que puede transformar la muerte, como lo hizo Cristo, en la opci\u00f3n final, cuando se acoge definitivamente a Dios y se pone uno en sus manos en un acto de amor total. En efecto, \u00e9l sabe que su libertad, aunque tienda a poner actos definitivos y unificados, no consigue decidir de una vez para siempre, ya que no puede hipotecar con certeza absoluta el futuro. En cambio, la muerte es el momento totalizador en que convergen el pasado, el presente y el futuro. El cristiano est\u00e1 llamado a recoger todos los instantes de su vida y a hacer de ellos una ofrenda de amor, una \u00abentrega\u00bb y consagraci\u00f3n a su Se\u00f1or.<\/p>\n<p>Vivida en esta dimensi\u00f3n global, la muerte es como una ola que se precipita hacia la profundidad del mar para lanzarse luego hacia arriba hasta la plenitud eterna. Mejor dicho, la muerte es humanizada y presenta su rostro redimido de \u00abhermana muerte\u00bb, que acompa\u00f1a al cristiano en su retorno al Padre. Muriendo de amor como Cristo y como los santos podr\u00e1 repetir con confianza: \u00abAhora pronuncio la \u00fanica palabra que todav\u00ed\u00ada es posible a mi coraz\u00f3n y que sintetiza toda mi vida, todos los sue\u00f1os de la humanidad y las ansias del universo: T\u00fa. De esta palabra surge un abrazo eterno. Transformo el destino violento de la muerte en una decisi\u00f3n de amor personal. Transformo el abandono en Cristo en una entrega que me proyecta en el mismo Cristo. Este es el momento de Dios\u00bb (L. Boros).<\/p>\n<p>IV. La asistencia a los moribundos<br \/>\n1. CERCAN\u00ed\u008dA &#8211; Es duro morir abandonado; sin embargo, hay varias causas que se conjuntan para provocar el aislamiento del moribundo: el miedo a acercarse a \u00e9l por no saber c\u00f3mo comportarnos, la prolongaci\u00f3n de la enfermedad, el aislamiento sanitario.<\/p>\n<p>La primera condici\u00f3n para acercarse a un enfermo grave consiste en nuestra capacidad para pensar con equilibrio en la propia muerte. Este equilibrio deber\u00ed\u00ada ser menos dif\u00ed\u00adcil para quien tenga una espiritualidad m\u00e1s madura. No pocos moribundos se sienten aislados, a pesar de que los rodean sus familiares, porque advierten la imposibilidad de poder desahogarse, y se sienten obligados a expresar ilusorias esperanzas de curaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Es igualmente equivocado el comportamiento del que anuncia brutalmente la muerte cercana y llega a pronosticar un n\u00famero concreto de a\u00f1os, de meses o de d\u00ed\u00adas. La incertidumbre de nuestro fin entra como elemento de esperanza y de confianza para superar las dificultades de la existencia terrena.<\/p>\n<p>Saber acercarse a un enfermo grave es deber de solidaridad humana y cristiana. Evitemos prepararnos para un discurso, pero sepamos ofrecer en la discreci\u00f3n del saludo, en la disponibilidad de la actitud, una cordialidad amistosa, dej\u00e1ndole el papel de protagonista en el di\u00e1logo, aun a costa de permanecer un tanto en silencio, si as\u00ed\u00ad lo prefiere. Con el enfermo m\u00e1s grave vendr\u00e1 bien cogerle la mano, enjugarle el sudor, humedecer sus labios y, sobre todo, saber estar en silencio, sin cansarle con demasiadas preguntas o discursos sobre nuestros asuntos, a no ser que \u00e9l nos pregunte. Si el enfermo alude espont\u00e1neamente al problema de la gravedad de su enfermedad, invit\u00e9mosle a exponer sus temores, sin esa prisa equivocada por sofocar su desahogo, creyendo que as\u00ed\u00ad vamos a consolarlo. Cuanto m\u00e1s pronto se presente la posibilidad de aludir a la gravedad de la enfermedad, mejor ir\u00e1n las cosas, ya que as\u00ed\u00ad se podr\u00e1 incluso introducir unas reflexiones realistas de esperanza. Las frases que hay que evitar son: \u00abEso no es nada\u00bb, \u00abpronto saldr\u00e1s de \u00e9sta\u00bb; o, peor a\u00fan: \u00abYa no hay nada que hacer\u00bb. El enfermo agradece que se le tome en serio, que se crea en sus dolores, aunque invit\u00e1ndole a que reaccione como pueda y asegur\u00e1ndole que intentaremos todo lo posible y estaremos a su lado, convencidos de que la cercan\u00ed\u00ada fraterna har\u00e1 m\u00e1s viva la presencia de Cristo.<\/p>\n<p>Invoquemos al Esp\u00ed\u00adritu Santo antes de acercarnos al que sufre, especialmente si est\u00e1 grave, para que le inspire la actitud m\u00e1s adecuada, convencidos de que lo que parece \u00abimposible a los hombres\u00bb para la salvaci\u00f3n del enfermo no lo es \u00abpara Dios\u00bb (Mc 10,27).<\/p>\n<p>Incluso cuando el moribundo no parece comprender nada, hag\u00e1monos presentes con la debida discreci\u00f3n, dado que no raramente los enfermos, aun en coma, pueden tener momentos de lucidez, aunque no puedan manifestarlos.<\/p>\n<p>No olvidemos a los familiares de los moribundos, que, quiz\u00e1 m\u00e1s que ellos, podr\u00ed\u00adan necesitar una palabra de sensibilidad humana y cristiana.<\/p>\n<p>2. LA ASISTENCIA RELIGIOSA &#8211; La psiqu\u00ed\u00adatra Elisabeth K\u00fcbler-Ross en su libro La muerte y el morir (Cittadella, As\u00ed\u00ads 1976) describe estas fases del enfermo que adquiere conciencia de su peligro de muerte; rechazo y aislamiento (no es posible que est\u00e9 a punto de morir); c\u00f3lera contra todos, incluso contra Dios y contra s\u00ed\u00ad mismo; soborno: toda clase de tentativas, comprendidas las promesas de ser mejor, etc.; depresi\u00f3n consiguiente al fracaso de esas tentativas; aceptaci\u00f3n o rendici\u00f3n final.<\/p>\n<p>El que se acerque al enfermo grave tendr\u00e1 que graduar su comportamiento seg\u00fan estas fases, que han de tenerse presentes incluso en la relaci\u00f3n pastoral de sacerdotes, religiosos o laicos cristianos responsables.<\/p>\n<p>Respeto y comprensi\u00f3n en las dos primeras fases. Que el enfermo vea que aceptamos sus desahogos sin juzgarlo. Si niega la gravedad del mal, evitemos confirmar sus ilusiones, pero sin apresurarnos a se\u00f1alar lo contrario. Si sus acusaciones son injustas o blasfemas, no caigamos en la pol\u00e9mica, como si nos preocup\u00e1ramos de tener que dar respuestas cuando \u00e9l pide sobre todo alguien que lo escuche.<\/p>\n<p>En la tercera fase, la del \u00absoborno\u00bb, el enfermo puede pedir una bendici\u00f3n o los sacramentos como un intento de salvaci\u00f3n terrena. Hemos de respetar y valorar todas estas expresiones de fe, aunque nos parezcan m\u00e1s supersticiosas que aut\u00e9nticas. La dura prueba del sufrimiento y del peligro de muerte provocan replanteamientos sobre los valores de la vida, y aqu\u00ed\u00ad es donde se introduce la gracia de Dios. Por nuestra parte, podemos ayudar al enfermo en sus interrogantes de fe, sin tener prisa por hacer que realice gestos religiosos y sin negarnos a sus demandas. Se trata de ofrecer una ayuda discreta que favorezca la maduraci\u00f3n de la fe. No olvidemos que la esperanza cristiana no es esperanza solamente terrena ni tampoco esperanza solamente del cielo, sino que abarca todas las esperanzas, incluida la de una recuperaci\u00f3n o la de una disminuci\u00f3n del sufrimiento. Recordemos al enfermo con el debido tacto que nosotros confiamos en Dios, seguros de que est\u00e1 cerca para fortalecer nuestra capacidad de reacci\u00f3n, sin pretender milagros, convencidos de que en todo caso nuestra vida contin\u00faa en Dios.<\/p>\n<p>Vendr\u00e1 bien animar al enfermo a que hable de sus temores y a que analice su propio miedo a morir. Puede que manifieste las aprensiones m\u00e1s diversas; esta manifestaci\u00f3n podr\u00e1 resultar para \u00e9l parcialmente liberadora y nos ofrecer\u00e1 la posibilidad de ayudarle a resolver o aclarar algunos problemas. Di\u00e1logo \u00fatil, con tal que \u00e9l lo acepte y que se interrumpa apenas indique \u00e9l mismo que quiere evitar esa conversaci\u00f3n.<\/p>\n<p>No conviene que nos dejemos llevar por la psicosis de los sacramentos cuando el moribundo se agrava y no hemos logrado todav\u00ed\u00ada que madure su exigencia religiosa. Hemos de imitar la paciencia de Dios y su respeto de libertad humana. Creemos tambi\u00e9n en la infinita posibilidad de salvaci\u00f3n, que rebasa nuestros esquemas, y de esos sacramentos que constituyen veh\u00ed\u00adculos privilegiados, pero no exclusivos, de la redenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Una vez en coma el enfermo, podemos sugerir alguna expresi\u00f3n de participaci\u00f3n humana y de confianza en Dios, dada la posibilidad de que haya alg\u00fan momento de lucidez. Seamos discretos en los gestos y en las invocaciones religiosas, incluso por respeto a los familiares, convencidos de que se puede recordar a Dios con una oraci\u00f3n silenciosa, sin sentirnos obligados a renovar continuamente gestos externos de fe.<\/p>\n<p>Ante la duda de si el enfermo desea la unci\u00f3n de los enfermos, sobre todo cuando no puede expresarse, podemos limitarnos a una invocaci\u00f3n y a una se\u00f1al de la cruz, dado que esos gestos son m\u00e1s f\u00e1cilmente comprensibles y aceptables. Conviene no administrar la unci\u00f3n sagrada cuando el moribundo, mientras pod\u00ed\u00ada expresarse, demostr\u00f3 que no quer\u00ed\u00ada los sacramentos; se debe observar el debido respeto a su libertad y a ese don de salvaci\u00f3n que Dios ofrece, pero que no lo da al adulto sin una respuesta.<\/p>\n<p>Cuando ha expirado el moribundo, a pesar de que el proceso de muerte es gradual, hay que evitar normalmente la unci\u00f3n sagrada, limit\u00e1ndonos a una oraci\u00f3n, dada su imposibilidad de recibir el sacramento como \u00absigno\u00bb. Esta discreci\u00f3n sacramental con los adultos favorecer\u00e1 una mayor comprensi\u00f3n de los sacramentos como encuentro de fe y no como gestos autom\u00e1ticos de salvaci\u00f3n [cf en la voz Enfermo\/sufrimiento, m\u00e1s indicaciones sobre el sacramento de los enfermos].<\/p>\n<p>V. La celebraci\u00f3n cristiana de la muerte<br \/>\n1. ORIGINALIDAD DEL CULTO CRISTIANO A LOS MUERTOS &#8211; A diferencia de los pueblos de otras religiones, que centran su atenci\u00f3n en el recuerdo de los difuntos, los cristianos queremos, en el culto a los muertos, renovar nuestra esperanza en Cristo resucitado. El culto a los difuntos se convierte para nosotros en culto al misterio pascual de Cristo, que deseamos se renueve en el difunto.<\/p>\n<p>El ritual se\u00f1ala: \u00abLa liturgia cristiana de los funerales es una celebraci\u00f3n del misterio pascual de Cristo Se\u00f1or\u00bb, ofrecida por el difunto y como \u00abconsuelo y esperanza para cuantos lloran su desaparici\u00f3n\u00bb (Premisas, n. 1). El funeral religioso no es una valoraci\u00f3n de la vida del difunto; por tanto, se les puede conceder tambi\u00e9n a aquellos cuya vida presentaba ciertas irregularidades morales o imperfecciones de fe, con tal que la actitud \u00faltima del difunto no haya sido expresamente contraria a todo rito religioso. En este caso habr\u00ed\u00ada que respetar su voluntad y no llevar su cad\u00e1ver a la iglesia, aunque siguen siendo l\u00ed\u00adcitas las otras formas de sufragio.<\/p>\n<p>Cuando las exequias religiosas pudieran suscitar extra\u00f1eza por las actitudes p\u00fablicamente err\u00f3neas del difunto (como en el caso del suicidio), ser\u00e1 conveniente consultar con la curia episcopal y procurar en todo caso insertar en los breves comentarios o invocaciones lit\u00fargicas una discreta pero oportuna clarificaci\u00f3n: se le deja a Dios todo juicio y se expresa en nuestra oraci\u00f3n la petici\u00f3n del perd\u00f3n divino.<\/p>\n<p>Existe el peligro de que el funeral se organice de una forma an\u00f3nima a trav\u00e9s de las empresas f\u00fanebres. Una celebraci\u00f3n lit\u00fargica no deber\u00ed\u00ada degenerar en formalidades burocr\u00e1ticas.<\/p>\n<p>Corresponde a la comunidad cristiana acercarse a alguno de los familiares del difunto para invitarles, en el caso de que se haga el funeral religioso, a un encuentro para aclarar las presuntas intenciones del difunto y los deseos de sus familiares. No hay que solicitar el funeral religioso por formalidad social, sino por esp\u00ed\u00adritu de fe, y hay que ponerse de acuerdo sobre cu\u00e1l de las tres formas de exequias se considera m\u00e1s oportuna. Por ejemplo, se podr\u00ed\u00ada sugerir una liturgia sin celebraci\u00f3n eucar\u00ed\u00adstica cuando se prev\u00e9 que ni siquiera los familiares y los amigos m\u00e1s \u00ed\u00adntimos van a comulgar, o bien cuando, por la posici\u00f3n social del difunto, se presume una asistencia numerosa de personas vinculadas solamente por lazos profesionales. En este \u00faltimo caso, se podr\u00ed\u00ada pensar en una misa exequial, que se celebrar\u00ed\u00ada en otro momento.<\/p>\n<p>Si los familiares o amigos son particularmente creyentes, se podr\u00e1 concertar con ellos la elecci\u00f3n de las lecturas y formular la oraci\u00f3n de los fieles. Corresponde luego a la empresa f\u00fanebre determinar con la autoridad civil y con la parroquia interesada el horario del funeral; pero los detalles de la celebraci\u00f3n han de concertarse mediante contactos personales.<\/p>\n<p>La vigilia f\u00fanebre, de que habla el ritual, puede convertirse en un momento concreto para una participaci\u00f3n comunitaria y cristiana en el luto de los familiares.<\/p>\n<p>En el funeral intervienen a veces personas muy alejadas de toda pr\u00e1ctica religiosa. Se convierte entonces en un momento de evangelizaci\u00f3n, con tal que todo se prepare en conformidad con las circunstancias particulares, desde el primer encuentro ante el cad\u00e1ver hasta la elecci\u00f3n de las lecturas, desde los breves comentarios lit\u00fargicos hasta las invocaciones. Esta preparaci\u00f3n, dirigida a que las exequias no se conviertan en un rito formalista, ser\u00e1 m\u00e1s f\u00e1cil si la conciertan las personas de la comunidad local que conoc\u00ed\u00adan al difunto.<\/p>\n<p>Si se tiene homil\u00ed\u00ada, ha de ser un breve comentario a la palabra de Dios, aunque aludiendo a la circunstancia dolorosa que provoca esa reflexi\u00f3n de fe. Seg\u00fan las costumbres locales, al final del rito de despedida pueden dirigirse unas palabras de saludo cristiano (Ritual, Premisas n. 74)..Los discursos c\u00ed\u00advicos deben situarse fuera de la celebraci\u00f3n religiosa. No es oportuno el uso de mandar celebrar misas de sufragio sin la participaci\u00f3n personal de quienes las piden, salvo casos de evidente imposibilidad, compensada por otra forma de participaci\u00f3n espiritual. La eucarist\u00ed\u00ada no es objeto de venta, sino un encuentro de coparticipaci\u00f3n eclesial.<\/p>\n<p>2. EL LUTO CRISTIANO &#8211; El cristiano se distingue en el luto de aquellos que \u00abno tienen esperanza\u00bb (1 Tes 4,13). El color morado, adoptado por la nueva liturgia de los difuntos en lugar del negro, manifiesta un respeto por el dolor humano e invita a vislumbrar m\u00e1s all\u00e1 de la separaci\u00f3n terrena la esperanza de volver a encontrarse en Dios. Aunque con el debido respeto al cad\u00e1ver, que la cultura cristiana prefiere sepultar -no se prohibe la cremaci\u00f3n, si se solicita y se realiza no como gesto de negaci\u00f3n de otra vida (Santo Oficio, AAS, 25 de octubre 1964)-; han de evitarse ciertas formas de exhibicionismo, entre otras cosas porque sabemos que la persona difunta no est\u00e1 bajo tierra, sino ante Dios. Los cristianos recuerdan a sus difuntos no como \u00abpobres muertos\u00bb, sino como los vivientes que nos han precedido y nos esperan. Santa M\u00f3nica se\u00f1alaba a sus hijos sus \u00faltimos deseos pocos d\u00ed\u00adas antes de morir: \u00abSepultad este cuerpo donde prefir\u00e1is, pero no quiero que teng\u00e1is pena. Solamente os pido esto, que donde os encontr\u00e9is os acord\u00e9is de m\u00ed\u00ad ante el altar del Se\u00f1or\u00bb (cf Liturgia de las horas, 11, lectura del 28 de agosto).<\/p>\n<p>A veces la muerte provoca una separaci\u00f3n tan desconcertante, que la persona que queda en este mundo cree que la vida ya no tiene ning\u00fan sentido para ella. Despu\u00e9s de un primer per\u00ed\u00adodo de turbaci\u00f3n comprensible, hay que reaccionar con realismo y con sentido cristiano ante la situaci\u00f3n de luto, sin dejarse agobiar por la tristeza o por un angustioso recuerdo del difunto. El v\u00ed\u00adnculo afectivo debe continuar, pero teniendo en cuenta la diversa situaci\u00f3n de aquellos que viven ante Dios. Hay que tener el coraje de volver a hablar serenamente de nuestros difuntos, de sentirlos presentes en la comuni\u00f3n de los santos. La participaci\u00f3n en celebraciones eucar\u00ed\u00adsticas o el cumplimiento de alguna obra de caridad en recuerdo suyo es un modo concreto y cristiano de comunicar con ellos.<\/p>\n<p>La recuperaci\u00f3n, incluso en los casos de luto m\u00e1s sentido, ser\u00e1 menos dif\u00ed\u00adcil para quien haya sabido amar de modo cristiano, es decir, sin aislarse en el propio afecto, sino abri\u00e9ndose a los dem\u00e1s y advirtiendo que todo v\u00ed\u00adnculo humano tiene sus l\u00ed\u00admites y que hay que vivirlo en el amor de Cristo, que vitaliza y trasciende cualquier otro afecto. En esta perspectiva se sabr\u00e1 emprender de nuevo el camino en la tierra, animados por aquellos a los que sentimos \u00abvivos\u00bb porque nos han precedido en la plenitud de la vida. A veces la muerte de las personas queridas ofrece una mayor disponibilidad, que deber\u00ed\u00ada sentirse como compromiso para una colaboraci\u00f3n eclesial, a imitaci\u00f3n de la Virgen Mar\u00ed\u00ada, que, tras quedarse primero viuda y luego privada de la presencia f\u00ed\u00adsica de su hijo Jes\u00fas, supo entregarse a la comunidad apost\u00f3lica.<\/p>\n<p>3. LA VIUDEZ &#8211; La tradici\u00f3n cristiana ha honrado siempre a las \u00abviudas\u00bb, y la iglesia oriental [>Oriente cristiano] ha desaconsejado siempre las segundas nupcias, dado que el matrimonio \u00fanico constituye un \u00abicono\u00bb m\u00e1s evidente del \u00fanico pacto salv\u00ed\u00adfico entre Cristo y su Iglesia. El Vat. II invita a aceptar la viudez \u00abcon \u00e1nimo valiente, como continuaci\u00f3n de la vocaci\u00f3n conyugal\u00bb, recordando al ap\u00f3stol san Pablo (cf 1 Tim 5,3).<\/p>\n<p>La muerte no rompe ninguno de los v\u00ed\u00adnculos afectivos con los que siguen viviendo, con quienes volveremos a encontrarnos, aunque sea distinta la modalidad de la presencia. La decisi\u00f3n de volver a no casarse tiene que replantearse delante de Dios, teniendo en cuenta las situaciones personales y las de los hijos. Es digna de \u00abhonor\u00bb la opci\u00f3n de una fidelidad exclusiva incluso m\u00e1s all\u00e1 de la muerte (GS 48), pero no siempre es aconsejable. La diversidad de situaci\u00f3n en que deja la muerte del c\u00f3nyuge, puede aconsejar a veces un nuevo matrimonio.<\/p>\n<p>El c\u00f3nyuge que ha quedado viudo debe evitar un estilo de luto que indique que no cree en la resurrecci\u00f3n. Si tiene hijos, \u00e9stos no deben sentirse agobiados por una exigencia continuada de luto, sino por el sereno recuerdo del que vive junto a Dios. En caso de un nuevo matrimonio, tambi\u00e9n el nuevo esposo deber\u00e1 respetar el recuerdo de quien le ha precedido en la historia de la familia, recuerdo que no deber\u00e1 turbar el nuevo y leg\u00ed\u00adtimo afecto.<\/p>\n<p>Los que no vuelvan a casarse han de continuar especialmente el di\u00e1logo con el c\u00f3nyuge difunto; di\u00e1logo que se renueva en la comuni\u00f3n de los santos para orar, reflexionar y en cierto modo seguir decidiendo juntos. Los presuntos consejos del difunto no deben deducirse solamente de lo que \u00e9l hab\u00ed\u00ada expresado en vida, ya que no hay que concebirlo tal como era antes, cuando pod\u00ed\u00ada estar condicionado por los celos, los prejuicios, las taca\u00f1er\u00ed\u00adas, los ego\u00ed\u00adsmos; hay que concebirlo tal como vive hoy, en la realidad de la nueva vida y, por tanto, seg\u00fan los mejores sentimientos que albergaba, purificados y sublimados por la visi\u00f3n distinta que se alcanza en la otra vida, donde se ve al Se\u00f1or \u00abcara a cara\u00bb (1 Cor 13,12).<\/p>\n<p>D. Davanzo<br \/>\nBIBI..-AA. VV., La muerte y el hombre del siglo XX, Raz\u00f3n y Fe, Madrid 1968.-AA. VV., Muerte y supervivencia. Di\u00e1logo entre religiones, Suc. de Juan Gili. Barcelona 1969.-AA. VV., Resurrecci\u00f3n de Cristo y de los muertos, Univ. Deusto, Bilbao 1974.-AA. VV., En el fondo de la vida, la muerte, en \u00abRev. de Espiritualidad\u00bb, n. 158 (1981).-Areitio. 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La realidad de Cristo resucitado &#8211; III. Orientaciones espirituales: 1. Cambio de perspectiva; 2. Aceptar la muerte como tr\u00e1nsito pascual: &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/muerteresurreccion\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abMUERTE\/RESURRECCION\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-17099","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17099","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=17099"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/17099\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=17099"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=17099"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=17099"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}