{"id":18882,"date":"2016-02-05T12:07:28","date_gmt":"2016-02-05T17:07:28","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/constantino-era-de\/"},"modified":"2016-02-05T12:07:28","modified_gmt":"2016-02-05T17:07:28","slug":"constantino-era-de","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/constantino-era-de\/","title":{"rendered":"CONSTANTINO, ERA DE"},"content":{"rendered":"<p>La discusi\u00f3n en torno a la inteligencia de la Iglesia en la historia plantea con predilecci\u00f3n el problema de la \u00e9poca constantiniana. Tr\u00e1tase no tanto de un per\u00ed\u00adodo de la historia de la Iglesia cuanto de una calificaci\u00f3n de aquel encuentro entre Iglesia y Estado que inaugur\u00f3 el emperador C. (hacia 285337), con efecto duradero, y que imprimi\u00f3 su sello durante siglos a la imagen p\u00fablica de la Iglesia cristiana y todav\u00ed\u00ada la determina. Esta envoltura de un juicio valorativo, por lo general negativo, en categor\u00ed\u00adas hist\u00f3ricas explica el car\u00e1cter cambiante del modo de hablar de la era constantiniana.<\/p>\n<p>Si se intenta llegar a una regulaci\u00f3n uniforme del lenguaje, en este caso, por analog\u00ed\u00ada con el vocabulario sobre la \u00e9poca de Augusto o de Justiniano, es obvia una limitaci\u00f3n al reinado de C. el Grande, que dur\u00f3 sus tres buenos decenios al comienzo del s. lv. Con ello se le se\u00f1ala a la investigaci\u00f3n hist\u00f3rica un marco claro, en medio del cual debe esclarecerse la importancia de este emperador para la historia universal. En cambio, si se ampl\u00ed\u00ada el concepto, como, p. ej., cuando en la actualidad se habla del fin de la era constantiniana, en tal caso resultan problem\u00e1ticos tanto los l\u00ed\u00admites del periodo de historia eclesi\u00e1stica as\u00ed\u00ad designado, corv\u00f3 la insistencia en un determinado matiz de la pol\u00ed\u00adtica de la Iglesia. De hecho, ya en la \u00e9poca precedente se observa por parte de la Iglesia una clara preparaci\u00f3n de esta evoluci\u00f3n, y, de otro lado, no ha de olvidarse la participaci\u00f3n de un Teodosio z (379-395) o Justiniano (527-565) en todo ello. La \u00f3smosis de Iglesia y estado que fue iniciada por el emperador C., hall\u00f3 su expresi\u00f3n universal en la res publica christiana medieval y bajo m\u00faltiples formas opera todav\u00ed\u00ada en la actualidad; esta \u00f3smosis no naci\u00f3 en pocos a\u00f1os, sino en un largo proceso que s\u00f3lo se abre en su car\u00e1cter complejo mediante un especializado an\u00e1lisis hist\u00f3rico. Pero en tal an\u00e1lisis se ve claramente que la fusi\u00f3n entre cristianismo e imperio, bajo la forma como se produjo en la primera mitad del s. Iv, tuvo consecuencias de largo alcance; \u00e9stas deben ser investigadas tambi\u00e9n, a pesar de la renuncia a una manera global de pensar.<\/p>\n<p>I. Visi\u00f3n hist\u00f3rica del problema<br \/>\nLas m\u00faltiples vertientes de la era constantiniana se ponen de manifiesto por el mero hecho de que desde el principio el emperador C. ha constituido un punto de discusi\u00f3n entre los historiadores y fil\u00f3sofos de la historia. Paneg\u00ed\u00adricos y cr\u00ed\u00adticas se suceden mutuamente, no siendo raro que esta figura se convierta en exponente y s\u00ed\u00admbolo, o de la responsabilidad cristiana de un monarca, o de la corrupci\u00f3n eclesi\u00e1stica.<\/p>\n<p>La base para un enjuiciamiento positivo de este monarca la puso indudablemente Eusebio de Cesarea (j&#8217; 339) en su Vita Constantini; \u00e9l cristaliz\u00f3 la antigua idea del emperador y marc\u00f3 as\u00ed\u00ad la imagen de C. para la posteridad. En su Ciudad de Dios (v 24s), Agust\u00ed\u00adn descubri\u00f3 igualmente en C. el ideal de un buen emperador y ejerci\u00f3 as\u00ed\u00ad un influjo innegable en la edad media. O. Treitinger ha puesto de relieve de manera convincente la repercusi\u00f3n de este ideal de soberano en la \u00e9poca bizantina. Pero tambi\u00e9n en occidente se quiso continuar el ideal constantiniano; la coronaci\u00f3n imperial de Carlomagno implicaba la recepci\u00f3n de esta tradici\u00f3n. C. representaba el modelo de un monarca cristiano y como tal dio forma al ideal occidental del emperador. Es significativo que los reformadores protestantes apenas rechazaran la imagen del \u00abbuen emperador Constantino\u00bb (Lutero).<\/p>\n<p>Durante siglos, este monarca y su imperio cristiano estuvieron como modelos en la conciencia de amplios sectores de oriente y occidente; cierto que no fue aprobado su culto en occidente, pero su concepci\u00f3n ha influido hasta la actualidad, aunque no dejaron de notarse sus lados de sombra.<\/p>\n<p>Sin embargo, con la imponente fuerza de irradiaci\u00f3n de C. contrasta una cr\u00ed\u00adtica siempre vigorosa. La cuesti\u00f3n de principio fue planteada ya por el sectario africano Donato, que replic\u00f3 a los enviados del vencedor de Roma: \u00ab\u00bfQu\u00e9 tiene que ver el emperador con la Iglesia?\u00bb (OPTATO DE MILEVE, Contra Parm. Don., in, 3). Por lo dem\u00e1s, ni siquiera el panegirista Eusebio cerr\u00f3 los ojos a las malas consecuencias de la pol\u00ed\u00adtica de favor; sin lisonja alguna constata tambi\u00e9n \u00e9l que gentiles y herejes secretos \u00abse infiltraban en la Iglesia por temor a las amenazas del emperador\u00bb (Vita Const., 777, 66). La ausencia de una aut\u00e9ntica decisi\u00f3n por la fe era evidentemente sentida por los contempor\u00e1neos mismos como problema, y no nos equivocamos al suponer que con la alegr\u00ed\u00ada se mezclaba la desaz\u00f3n por la pol\u00ed\u00adtica religiosa favorable al cristianismo.<\/p>\n<p>Es comprensible que la reacci\u00f3n pagana, sobre todo por parte del emperador Juliano (+ 363) y del historiador bizantino Z\u00f3simo (s. v), denostara la memoria de C. (p. ej., por su crueldad). Sin embargo, ya jer\u00f3nimo traz\u00f3 el plan de una obra hist\u00f3rica, que desgraciadamente no se llev\u00f3 a cabo, fij\u00e1ndose en el aspecto de la decadencia. \u00abPorque me he propuesto escribir la historia, si el Se\u00f1or me da vida y si mis vituperadores me dejan por lo menos en paz despu\u00e9s de huir y encerrarme, desde la venida del Salvador a nuestra edad, es decir, desde los ap\u00f3stoles hasta la hez de nuestro tiempo, mostrando c\u00f3mo y por qui\u00e9nes naci\u00f3 y creci\u00f3 la Iglesia de Cristo, c\u00f3mo creci\u00f3 por las persecuciones y fue coronada por los martirios, y c\u00f3mo despu\u00e9s de recibir en su seno a los pr\u00ed\u00adncipes cristianos, se hizo ciertamente mayor en riquezas, pero menor en virtudes\u00bb (Vita Malchi, 1). Aqu\u00ed\u00ad ya tropezamos, pues, con aquella imagen de la historia que ve en C. (sin mencionar su nombre) el viraje en la evoluci\u00f3n hist\u00f3rica de la Iglesia y atribuye, por ende, a su era una importancia especial. Si a esto a\u00f1adimos que en S\u00f3crates (+ despu\u00e9s del 439) se alza la queja de un Ell\u00e9nidson jristianism\u00f3s (Hist. Eccl., I, 22), tenemos ya indicados los elementos caracter\u00ed\u00adsticos de la pol\u00e9mica posterior.<\/p>\n<p>A pesar de toda la alta estima de C. durante la edad media, tambi\u00e9n en esta \u00e9poca hallamos una reserva cr\u00ed\u00adtica con relaci\u00f3n a C. y a su concepci\u00f3n de la pol\u00ed\u00adtica religiosa. Precisamente en los movimientos de entusiasmo religioso de esta \u00e9poca, la repulsa a la Iglesia cat\u00f3lica iba unida con la condenaci\u00f3n de aquella unidad por cuyo autor se ten\u00ed\u00ada al primer emperador cristiano. Albigenses y valdenses, espirituales franciscanos y husitas pon\u00ed\u00adan en la picota este modelo de Iglesia y argumentaban remiti\u00e9ndose a la \u00abecclesia primitiva\u00bb contra la Iglesia de la actualidad. Hasta qu\u00e9 punto estaba arraigada esta mentalidad, lo revela el triple \u00abay\u00bb del \u00e1ngel sobre la K\u00fcnc Constantin en Walther von der Vogelweide o la queja de Dante:<br \/>\n\u00abAhi, Constantin, di quanto mal fu matre,<br \/>\nnon la tua conversion, ma quella dote<br \/>\nche da te prese il primo ricco patre! \u00bb<br \/>\n(Inferno xix, 115ss).<\/p>\n<p>En la discusi\u00f3n posterior a la reforma el motivo constantiniano adquiri\u00f3 nuevamente peso, pues con ayuda de la teor\u00ed\u00ada de la decadencia se aspiraba a una justificaci\u00f3n hist\u00f3rica. As\u00ed\u00ad los centuriadores magdeburgenses compusieron su obra hist\u00f3rica desde este punto de vista. G. Arnold (t 1714) recogi\u00f3 estas tesis en su Unpartheyische Kirchenund Ketxer-Historie (\u00abHistoria imparcial de las Iglesias y de los herejes\u00bb, F 1699-1700) y dise\u00f1\u00f3 a C. con la silueta de un anticristo. La falta fundamental de C. habr\u00ed\u00ada consistido en dejar abiertas las compuertas del mundo para que \u00e9ste entrara en la Iglesia; y en este sentido, \u00abse hab\u00ed\u00ada acabado de todo punto la pureza primera del cristianismo. Y entonces C. quer\u00ed\u00ada unir, las dos cosas contradictorias, el gobierno de Dios y el del demonio; Cristo y Belial ten\u00ed\u00adan que hacerse buenos amigos\u00bb (Ibid. i, 145). Si en Arnold ocupan tan ancho espacio las disquisiciones sobre este tema, es evidente el papel agravante que atribuye a la e. de C. Salta a la vista el influjo de Arnold en las m\u00e1s diversas corrientes religiosas, sobre todo en los c\u00ed\u00adrculos del &#8211;> pietismo. La pol\u00e9mica contra la Iglesia y sus estructuras se concentra en cierto modo sobre el emperador C. como autor de la depravaci\u00f3n.<\/p>\n<p>As\u00ed\u00ad, pues, antes de que J. Burckhardt compusiera su influyente obra Die Zeit Constantins des Grossen (\u00abEl tiempo de C. el Grande\u00bb, primera edici\u00f3n, Bas 1853) desde el mismo punto de vista, hab\u00ed\u00ada ya una larga tradici\u00f3n en torno al juicio negativo sobre este soberano. Ciertamente en la actualidad se ha impuesto de nuevo un juicio m\u00e1s positivo, a base de una cuidadosa interpretaci\u00f3n de las fuentes (J. Vogt, H. Di;rries, H. Kraft, K. Aland). Pero la visi\u00f3n hist\u00f3rica del problema confirma en todo caso que el primer emperador cristiano es una figura clave para la interpretaci\u00f3n de la Iglesia en la historia. Trat\u00e1ndose de una figura simb\u00f3lica, sin duda la valoraci\u00f3n de C. estuvo con frecuencia m\u00e1s sometida a una decisi\u00f3n precient\u00ed\u00adfica que a un objetivo an\u00e1lisis hist\u00f3rico. No fueron menores en el curso de los siglos las objeciones contra el modelo constantiniano de un imperio cristiano; y en nuestros d\u00ed\u00adas, al reflexionarse con ah\u00ed\u00adnco sobre la verdadera naturaleza de la Iglesia, esas objeciones alcanzan nueva actualidad.<\/p>\n<p>II. El encuentro entre la Iglesia y el Estado bajo Constantino<br \/>\nLa primera mitad del s. iv sin duda trajo un gran cambio para el cristianismo, cambio que esencialmente se remonta a la iniciativa del emperador C. y que consisti\u00f3 en el encuentro entre la Iglesia y el estado romano, con lo cual se inici\u00f3 un proceso sumamente importante incluso para la historia universal.<\/p>\n<p>A la verdad hay que considerar primeramente que el encuentro del cristianismo con el imperio tiene antecedentes. No obstante todas las durezas de la \u00e9poca de persecuci\u00f3n, las acciones anticristianas del Estado se realizaban por lo general espor\u00e1dicamente o en intervalos que permit\u00ed\u00adan a la Iglesia consolidarse m\u00e1s y m\u00e1s (-> persecuciones cristianas). No sin raz\u00f3n las tranquilas d\u00e9cadas anteriores a la persecuci\u00f3n de Diocleciano son designadas como \u00abpaz menor\u00bb de la Iglesia, gracias a la cual \u00e9sta pudo formarse como una especie de \u00abEstado en el Estado\u00bb (j. Vogt). Sin embargo, se da el hecho sumamente sorprendente de que los cristianos adoptaron una postura en gran parte positiva frente al imperio. Cierto que no falta la cr\u00ed\u00adtica negativa de tipo apocal\u00ed\u00adptico; pero desde Pablo (Rom 13, 1-7), pasando por Melit\u00f3n de Sardes (EusEBio, Hist. eccl., zv, 26) y Or\u00ed\u00adgenes (Contra Celsum, ii, 30; viri, 69), hasta Eusebio de Cesarea hay una l\u00ed\u00adnea sorprendente de apertura al Estado que hace aparecer el giro constantiniano en pol\u00ed\u00adtica religiosa casi como una maduraci\u00f3n de lo anterior. Influida por el pensamiento unitario de la antig\u00fcedad, la Iglesia se declara pronta a una cooperaci\u00f3n arm\u00f3nica con el Estado, y la deposici\u00f3n del obispo de Samosata, Pablo, con ayuda de la autoridad imperial (EusEBio, Hist. eccl., vii, 30), demuestra hasta qu\u00e9 punto hab\u00ed\u00ada prosperado esa cooperaci\u00f3n ya antes de C. Las persecuciones no interrump\u00ed\u00adan simplemente todos los contactos entre Iglesia y Estado; precisamente las apolog\u00ed\u00adas de este per\u00ed\u00adodo confirman c\u00f3mo se buscaba el di\u00e1logo y se preparaba as\u00ed\u00ad el clima para el cambio a comienzos del s. iv. C., que rompi\u00f3 el sistema de la tetrarqu\u00ed\u00ada introducido por Diocleciano (285-305) para el gobierno del imperio, tras la muerte de su padre Constancio Cloro (306) lleg\u00f3 al poder en la parte noroeste del imperio. Respecto de los cristianos continu\u00f3 la pol\u00ed\u00adtica tolerante de su padre, que fue favorecida evidentemente en el orden religioso y espiritual por una creciente inclinaci\u00f3n a un monote\u00ed\u00adsmo oscilante (Sol invictus). El camino de C. hacia el cristianismo atraviesa diversos estadios; este cambio y el grado de su pureza se hacen visibles en una serie de medidas y edictos.<\/p>\n<p>Respecto de la renuncia a la hostilidad del Estado frente a los cristianos, el a\u00f1o 311 constituye una piedra miliaria. El emperador del oriente, Galerio, hab\u00ed\u00ada llegado a la intuici\u00f3n de que la persecuci\u00f3n contra los cristianos pr\u00e1cticamente hab\u00ed\u00ada fracasado y dio un edicto de tolerancia con relaci\u00f3n a los cristianos (LACTANCIO, Mort. pers., 34; EusEslo, Hist. eccl., vIII, 17, 3-10). Con este edicto que lleva tambi\u00e9n la firma de C., el Estado romano encauz\u00f3 su pol\u00ed\u00adtica religiosa por nuevos carriles; no sin raz\u00f3n lo ha calificado J. Vogt de \u00abley fundamental para el cristianismo en el imperio\u00bb.<\/p>\n<p>La manera distinta de proceder en el oriente y en el occidente con relaci\u00f3n al cristianismo qued\u00f3 por de pronto eliminada; sin embargo, Maximino pronto volvi\u00f3 otra vez a las medidas de violencia. En occidente se abr\u00ed\u00ada igualmente paso una nueva evoluci\u00f3n, por cuanto C., sin duda guiado por m\u00f3viles pol\u00ed\u00adticos y no cristianos, iniciaba la guerra contra Majencio. Sin embargo, en esta campa\u00f1a del a\u00f1o 312 se dio el paso decisivo hacia el cristianismo, paso que la tradici\u00f3n pone en relaci\u00f3n con la supuesta visi\u00f3n de la cruz (LACTANCIO, Mort. pers., 44; EUSEBIO, Vita Const., I, 27-32). Aun cuando la interpretaci\u00f3n de este acontecimiento ofrece dificultades sobre todo por raz\u00f3n de la diferencia de los relatos, la conducta del agresor despu\u00e9s de su victoria junto al puente Milvio (28.10.312) demuestra, sin embargo, que se sent\u00ed\u00ada obligado al Dios de los cristianos. Ahora comienza el favor oficial a los creyentes y el fomento del culto cristiano; as\u00ed\u00ad, p. ej., la domus Faustae, \u00e1rea de la bas\u00ed\u00adlica laterana, es entregada al obispo de Roma, y ya antes de fin de a\u00f1o se dirige el vencedor a Maximino invit\u00e1ndole a que suspenda las persecuciones cristianas encendidas de nuevo. En \u00ed\u0081frica no s\u00f3lo llega la instrucci\u00f3n de que se devuelvan los bienes de la Iglesia, sino que se destina tambi\u00e9n dinero para los cl\u00e9rigos \u00abdel culto cat\u00f3lico leg\u00ed\u00adtimo y sant\u00ed\u00adsimo\u00bb (EUSEBIO, Hist. eccl., x, 6, 1-5). Estas medidas nac\u00ed\u00adan de la convicci\u00f3n de que las prohibiciones del culto cristiano s\u00f3lo da\u00f1os hab\u00ed\u00adan acarreado al imperio, su fomento, empero, bendiciones; la inteligencia jur\u00ed\u00addicamente orientada de la religi\u00f3n romana (do ut des) apoya evidentemente esta concepci\u00f3n.<\/p>\n<p>En febrero de 313, C. y Licinio toman acuerdos en Mil\u00e1n que favorecen al cristianismo m\u00e1s que el mismo edicto de Galerio. Si es cierto que en ellos se pone de relieve la libertad religiosa (LACTANCIO, Mort. pers., 48, 2 5 6), tambi\u00e9n lo es que aqu\u00ed\u00ad impera indudablemente la iniciativa del vencedor, que hab\u00ed\u00ada puesto su confianza en el signo cristiano de salvaci\u00f3n. Pero en el fondo C. hab\u00ed\u00ada ido en su pol\u00ed\u00adtica de favor m\u00e1s lejos de lo expresado en el programa de libertad religiosa, llevado por la persuasi\u00f3n muy romana de que el recto culto, aplicado aqu\u00ed\u00ad al Dios de los cristianos, garantiza la existencia del Estado. No es s\u00f3lo la estructura organizada de la Iglesia y su autoridad moral la que hace de ella un factor determinante en la pol\u00ed\u00adtica religiosa del emperador, sino tambi\u00e9n su funci\u00f3n religiosa y cultual. Esta tendencia asegur\u00f3 al cristianismo en la e. de C. la preeminencia como religi\u00f3n, si bien la decisi\u00f3n por la fe qued\u00f3 muchas veces en estado fluctuante.<\/p>\n<p>Por parte de la Iglesia se salud\u00f3 con j\u00fabilo el cambio de pol\u00ed\u00adtica religiosa. Eusebio expresa ciertamente el sentir de los cristianos, cuando dice triunfalmente: \u00abPero sobre todo nosotros, que hab\u00ed\u00adamos puesto nuestra esperanza en el ungido de Dios quedamos llenos de inefable alegr\u00ed\u00ada, y una especie de bienaventuranza divina brillaba en el rostro de todos\u00bb (Hist. eccl., x, 2). Precisamente el recuerdo de la dura persecuci\u00f3n bajo Diocleciano hace comprender este j\u00fabilo.<\/p>\n<p>El pol\u00ed\u00adtico C. supo consolidar en lo sucesivo su dominio, para lo que le dio lugar el acuerdo con Licinio que, como vencedor sobre Maximino, dominaba ahora todo el oriente. Sin embargo, su programa de pol\u00ed\u00adtica religiosa le acarre\u00f3 dificultades con el donatismo; fracasaron los esfuerzos por la unidad religiosa, ora apelando a un arbitraje eclesi\u00e1stico, ora empleando medios de violencia, de forma que el emperador con su conciencia de enviado hubo de conocer los l\u00ed\u00admites de su actividad.<\/p>\n<p>Pero el evidente favor al cristianismo no restringi\u00f3 por de pronto en modo alguno al paganismo. Tanto en el concepto que de s\u00ed\u00ad mismo tenia en cuanto soberano, como en el cuidado del culto civil &#8211; como es sabido s\u00f3lo el emperador Graciano depuso, el a\u00f1o 379, el t\u00ed\u00adtulo de Pontifex Maximus -, C. se mostraba ligado a las tradiciones paganas. Hasta qu\u00e9 punto el mundo de representaciones del imperio estaba a\u00fan determinado por los dioses antiguos, il\u00fastranlo sobre todo las acu\u00f1aciones de moneda, y las cautas formulaciones de C. mismo atestiguan con creces que no se quer\u00ed\u00ada descartar simplemente el mundo tradicional de ideas. El periodo de transici\u00f3n est\u00e1 caracterizado por una convivencia con igualdad de derechos. Si es cierto que el emperador, por convicci\u00f3n personal, se inclinaba m\u00e1s y m\u00e1s al cristianismo y dio expresi\u00f3n a esta tendencia en privilegios o en una legislaci\u00f3n cristianizada, tambi\u00e9n lo es que la libertad de los paganos estuvo todav\u00ed\u00ada plenamente garantizada.<\/p>\n<p>Licinio volvi\u00f3 en oriente a su pol\u00ed\u00adtica anticristiana y ello dio a C. la posibilidad de motivar tambi\u00e9n religiosamente su lucha por el dominio \u00fanico (324 ). Su victoria lo llev\u00f3 al imperio universal y, con ello, a una pol\u00ed\u00adtica religiosa uniforme en todo el imperio. La experiencia de su ascensi\u00f3n pol\u00ed\u00adtica bajo el signo de la cruz salvadora fortaleci\u00f3 en \u00e9l la conciencia de enviado para completar el camino emprendido. As\u00ed\u00ad se continu\u00f3 el engranaje de Iglesia e imperio por la encomienda de altos cargos a cristianos y por la compenetraci\u00f3n de la idea imperial con ideas cristianas. Este engranaje no se mostr\u00f3 menos en la sol\u00ed\u00adcita influencia del emperador en asuntos eclesi\u00e1sticos. Al asumir el poder en oriente, C. se vio s\u00fabitamente enfrentado con la disputa arriana, cuya composici\u00f3n acometi\u00f3 por propia iniciativa a pesar de las experiencias desalentadoras con los donatistas (-> arrianismo); la convocaci\u00f3n del concilio de Nicea (325) pone de manifiesto su corresponsabilidad, que nac\u00ed\u00ada de la conciencia de que la prosperidad del imperio estaba indisolublemente vinculada a la unidad de la Iglesia. La funci\u00f3n del emperador en este concilio imperial correspondi\u00f3 ya a la idea que \u00e9l ten\u00ed\u00ada de s\u00ed\u00ad mismo como vicarius Christi. Como tal buscaba tambi\u00e9n C. aclarar las confusiones arrianas, a la verdad m\u00e1s con el fin de garantizar el recto culto a Dios que por entender de distinciones teol\u00f3gicas. De hecho, en la era de la paz constantiniana se inician las grandes discusiones teol\u00f3gicas y se despierta a la vez la resistencia eclesi\u00e1stica contra la tutela estatal. Hacia fuera, sin embargo, una poderosa actividad constructora demostraba el cambio y, por cierto, no s\u00f3lo en la reci\u00e9n fundada Constantinopla; gracias a la munificencia imperial, la Iglesia ostentaba esplendor victorioso.<\/p>\n<p>En medio de los preparativos para la guerra contra los persas muri\u00f3 C. el a\u00f1o 337, despu\u00e9s de recibir poco antes el bautismo. Su sepelio en el mausoleo de la iglesia de los ap\u00f3stoles de Bizancio lo mostraba a\u00fan en la muerte como igual a los ap\u00f3stoles y proclamaba as\u00ed\u00ad el programa de su vida.<\/p>\n<p>III. Estructuras y consecuencias<br \/>\nEl imperio de C. el Grande trajo indudablemente un viraje en la historia universal, en particular para el desenvolvimiento del cristianismo. Sin embargo, la imagen de la Iglesia preconstantiniana nos previene contra una exageraci\u00f3n de este \u00abviraje\u00bb y, por tanto, contra una precipitada repulsa a la era constantiniana. Partiendo de los presupuestos de la antig\u00fcedad, el encuentro entre Iglesia y Estado demostr\u00f3 su fecundidad hist\u00f3rica y, en este sentido, su legitimaci\u00f3n; sin embargo, las estructuras de este cosmos cristiano e imperial da ocasi\u00f3n a interrogantes.<\/p>\n<p>1) Sostenida por la idea antigua de la unidad, la pol\u00ed\u00adtica religiosa de C. condujo a una identificaci\u00f3n de Iglesia y Estado que despertaba la apariencia de una anticipaci\u00f3n del reino escatol\u00f3gico de Cristo. En el cosmos universal de la cristiandad medieval experiment\u00f3 esta concepci\u00f3n una realizaci\u00f3n impresionante. Esta amalgama de Ecclesia et Imperium, personificada en los monarcas cristianos por la gracia de Dios, hac\u00ed\u00ada desde luego echar de menos en muchos casos la diferencia entre las dos magnitudes, de suerte que la Iglesia vino a caer en la resaca del Estado (Iglesia estatal) o del mundo.<\/p>\n<p>2) La asimilaci\u00f3n entre Iglesia y Estado favoreci\u00f3 fuertemente la aceptaci\u00f3n de estructuras profanas por parte del cristianismo. Las formas de organizaci\u00f3n y el feudalismo o el ceremonial cortesano marcaban de tal modo la imagen de la Iglesia, que muchas veces quedaba oscurecida su misi\u00f3n espiritual en la historia.<\/p>\n<p>3) Estrechamente unido con ello est\u00e1 la inserci\u00f3n de los intereses de orden espiritual y religioso en el orden pol\u00ed\u00adtico o geogr\u00e1fico. Indudablemente, bajo C. se abrieron a la Iglesia insospechadas posibilidades para su actuaci\u00f3n eficaz; mas, por otra parte, esta armon\u00ed\u00ada precisamente le atrajo muchas veces el descr\u00e9dito e impidi\u00f3 el veto prof\u00e9tico. A la verdad, mientras el ciudadano pudo identificarse con el cristiano, el problema qued\u00f3 m\u00e1s o menos latente; pero ya la equiparaci\u00f3n del infiel con el enemigo del Estado acarre\u00f3 fatales consecuencias.<\/p>\n<p>4) El favor otorgado a la religi\u00f3n cristiana por parte de la autoridad estatal condujo a conversiones en las que, frecuentemente, la oportunidad era factor m\u00e1s fuerte que la fe. As\u00ed\u00ad se produjo el fen\u00f3meno de la Iglesia popular y surgi\u00f3 el peligro de un cristianismo pagano, que no pod\u00ed\u00ada conjurarse completamente ni siquiera por la instituci\u00f3n del catecumenado. Posteriormente la ley de los < muchos\" determin\u00f3 en gran parte el trabajo misional de la Iglesia, mientras el monacato se retra\u00ed\u00ada.\n\n5) A consecuencia de esta evoluci\u00f3n, se impuso dentro del pueblo de Dios una diferencia sociol\u00f3gica, entre cl\u00e9rigos y laicos. Por la adaptaci\u00f3n de la jerarqu\u00ed\u00ada eclesi\u00e1stica al rango de los honores civiles, por los privilegios y t\u00ed\u00adtulos de nobleza, el alto clero se separ\u00f3 abiertamente del pueblo, situaci\u00f3n que fue subrayada arquitect\u00f3nicamente en la construcci\u00f3n de las iglesias por la contraposici\u00f3n de coro y nave. La originaria tensi\u00f3n entre Iglesia y mundo qued\u00f3 substituida por la diferencia entre \"-> clero y laicos\u00bb. En adelante se tiene por < espiritual\" precisamente al cl\u00e9rigo - a quien est\u00e1 reservada la instrucci\u00f3n- y ya no simplemente al bautizado.\n\n6) El v\u00ed\u00adnculo unificante de la concepci\u00f3n constantiniana del imperio era la fe cristiana. En su programa de pol\u00ed\u00adtica religiosa, Eusebio redujo este hecho a la siguiente f\u00f3rmula: Un Dios - un emperador; un imperio - una fe (credo). Henchidos de una conciencia de misi\u00f3n universal, los monarcas cristianos intervienen naturalmente en el di\u00e1logo teol\u00f3gico, con lo cual en muchos casos coartan la libertad de la Iglesia. Con ello se preparaba una transformaci\u00f3n de la fe en -> ideolog\u00ed\u00ada, fen\u00f3meno que se repite una y otra vez al formarse estados \u00abcristianos\u00bb y que pone en peligro la verdadera decisi\u00f3n por la acci\u00f3n salvadora de Dios.<\/p>\n<p>Peter Stoekmeier<\/p>\n<p>K. Rahner (ed.),  Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teol\u00cf\u0192gica, Herder, Barcelona 1972<\/p>\n<p><b>Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teol\u00f3gica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La discusi\u00f3n en torno a la inteligencia de la Iglesia en la historia plantea con predilecci\u00f3n el problema de la \u00e9poca constantiniana. Tr\u00e1tase no tanto de un per\u00ed\u00adodo de la historia de la Iglesia cuanto de una calificaci\u00f3n de aquel encuentro entre Iglesia y Estado que inaugur\u00f3 el emperador C. 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