{"id":23942,"date":"2016-02-05T16:18:16","date_gmt":"2016-02-05T21:18:16","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/cister-historia-xiv\/"},"modified":"2016-02-05T16:18:16","modified_gmt":"2016-02-05T21:18:16","slug":"cister-historia-xiv","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/cister-historia-xiv\/","title":{"rendered":"CISTER: HISTORIA XIV"},"content":{"rendered":"<p><h2>Contenido<\/h2>\n<ul>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-1\">1 Restauraci\u00f3n del siglo XIX<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-2\">2 Ocupaci\u00f3n de los Estados papa\u00f1es (1809)<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-3\">3 La d\u00e9cada del 70<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-4\">4 Le\u00f3n XIII<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-5\">5 La Abad\u00eda de Cister<\/li>\n<\/ul>\n<h1>Restauraci\u00f3n del siglo XIX<\/h1>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pocos fen\u00f3menos hist\u00f3ricos son m\u00e1s asombrosos que el poder regenerativo de las \u00f3rdenes mon\u00e1sticas. Independientemente de la naturaleza o frecuencia de los desastres, los monjes siempre han estado ansiosos de reunir todas las piezas dispersas y recomenzar sus vidas en una nueva casa de Dios.<br \/>\nTodav\u00eda no se hab\u00edan extinguido las llamas de la Revoluci\u00f3n, cuando algunos cistercienses heroicos ya estaban dispuestos a trabajar duro. Sin embargo, las comunidades que aparec\u00edan a comienzos del siglo XIX no podr\u00edan ser consideradas como simples sobrevivientes o continuadoras de las tradiciones mon\u00e1sticas del siglo XVIII. Rescataron mucho del pasado, pero deseaban aprender. Despu\u00e9s de la Revoluci\u00f3n Francesa, el mundo hab\u00eda cambiado en forma tan radical, que ninguna instituci\u00f3n del orden social derrumbado podr\u00eda ser reincorporada simplemente dentro de la nueva estructura. Los monjes no alimentaban ilusiones vagas a este particular. El humilde lugar que los cistercienses consiguieron asegurarse en las condiciones cambiantes, contrastaba mucho con la posici\u00f3n privilegiada que la Orden hab\u00eda gozado antes; pero la p\u00e9rdida de la pompa externa no dejaba de ofrecer atractivas compensaciones.<br \/>\nLa reforma cisterciense del siglo XII comenz\u00f3 como un movimiento de renovaci\u00f3n espiritual, pero creci\u00f3 inevitablemente hasta convertirse en un factor importante en la vida econ\u00f3mica y aun pol\u00edtica de la Europa del Medioevo y comienzos de la Edad Moderna. Luego, la violenta tormenta que azot\u00f3 al continente por m\u00e1s de veinte a\u00f1os acab\u00f3 con la cubierta protectora de las abad\u00edas medievales. El monje que surgi\u00f3 de las ruinas ya no era un ser privilegiado, reverenciado y seguro de s\u00ed mismo por pertenecer a una gran Orden; era sencillamente un pobre hombre a la b\u00fasqueda de Dios, rodeado por una sociedad que persegu\u00eda metas muy diferentes.<br \/>\nLa Orden Cisterciense del siglo XIX no pod\u00eda gozar ya de un papel prominente en la nueva sociedad o en su vida econ\u00f3mica o pol\u00edtica. Mientras que, aun la m\u00e1s insignificante investigaci\u00f3n sobre la civilizaci\u00f3n medieval debe dedicar algunas p\u00e1ginas al monacato, el lector de un libro voluminoso de historia contempor\u00e1nea buscar\u00eda en vano una referencia a los monjes, que repudiados por los arquitectos del nuevo orden, fueron obligados a retornar a su misi\u00f3n original, ofreciendo asistencia a unos pocos elegidos y tratando de alcanzar la perfecci\u00f3n cristiana en medio de un mundo no cristiano.<br \/>\nPero, no fue s\u00f3lo la Orden como organizaci\u00f3n la que tuvo que enfrentarse al desaf\u00edo del medio ambiente poco propicio. La vocaci\u00f3n religiosa como materia de elecci\u00f3n individual qued\u00f3 tambi\u00e9n expuesta al ataque. Los votos de pobreza, castidad y obediencia constitu\u00edan un abierto desaf\u00edo a los nuevos ideales de libertad absoluta y de b\u00fasqueda incansable de riqueza y placer. La vida mon\u00e1stica era altamente deseable en el Antiguo R\u00e9gimen y, por consiguiente, las vocaciones se estimulaban y ocasionalmente se forzaban por parte de los padres u otros factores externos. El deseo de ser monje no era com\u00fan en la atm\u00f3sfera materialista del siglo XIX y por tanto, la realizaci\u00f3n de tal deseo exig\u00eda una cuidadosa reflexi\u00f3n y una voluntad firme para vencer obst\u00e1culos formidables. Por tales razones, la superpoblaci\u00f3n de las viejas abad\u00edas inclu\u00eda muchas veces un buen n\u00famero de elementos inadaptados, y que causaban problemas disciplinares cr\u00f3nicos. En cambio, el nuevo monje era en verdad un voluntario, probado a causa de su idealismo. Su presencia en la comunidad elevaba la observancia mon\u00e1stica a un nivel ejemplar. De esta forma, mientras los cistercienses hab\u00edan perdido su riqueza, posici\u00f3n prestigiosa y florecimiento num\u00e9rico, lograron asegurarse el \u00e9xito de una regeneraci\u00f3n puramente interior.<br \/>\nTampoco fue el clima de comienzos de ese siglo totalmente hostil a la renovaci\u00f3n mon\u00e1stica. La desilusi\u00f3n por el fracaso de la Ilustraci\u00f3n dio origen al romanticismo, desplazando a la raz\u00f3n y otorgando un papel m\u00e1s importante al coraz\u00f3n humano. El romanticismo fue primitivamente un movimiento literario y art\u00edstico, inspirado en un retorno al pasado, en especial al per\u00edodo formativo de las grandes naciones europeas, el Medioevo. El estudio de esa \u00e9poca condujo inevitablemente a una mejor inteligencia del cristianismo, comprendiendo el verdadero m\u00e9rito de los monjes, los primeros maestros de los j\u00f3venes b\u00e1rbaros. La difusi\u00f3n del inter\u00e9s por todo lo antiguo, la resurrecci\u00f3n de la arquitectura g\u00f3tica, la moda de las novelas hist\u00f3ricas y la reincorporaci\u00f3n del canto gregoriano a la liturgia, fueron todos resultados favorables de la nueva tendencia. Tambi\u00e9n fue la \u00e9poca en que las \u00abrom\u00e1nticas\u00bb ruinas de los claustros olvidados provocaban la curiosidad de un n\u00famero de errabundos caminantes por los bosques europeos, e inspiraba a poetas y pintores, todos intrigados por el temperamento misterioso que una vez anim\u00f3 los enjambres de encapuchados habitantes. Es dif\u00edcil evaluar hasta qu\u00e9 punto este inter\u00e9s renovado por el monaquismo pueda estar relacionado con el \u00e9xito del renacimiento de La Trapa. Sin embargo, es innegable que la comprensiva actitud de la nueva generaci\u00f3n de intelectuales, facilit\u00f3 considerablemente las primeras etapas de la reconstrucci\u00f3n cisterciense.<br \/>\nCuando se hizo evidente que todo estaba perdido en Francia, el \u00fanico esfuerzo organizado por salvar un n\u00facleo cisterciense viable para el futuro sali\u00f3 de La Trapa. Fue un grupo de monjes generosos y r\u00edgidamente controlados que, despu\u00e9s de un cuarto de siglo de tentativas, volvieron a su patria y comenzaron a propagar la Orden con un \u00e9xito poco com\u00fan. El hecho de que todos fueran seguidores entusiastas del abad Ranc\u00e9, el gran reformador de La Trapa, tuvo una importancia capital y decisiva en la historia futura de la Orden. Antes de la Revoluci\u00f3n, la observancia particular de La Trapa estaba restringida a unas pocas comunidades. Despu\u00e9s de 1815, la influencia de Ranc\u00e9 se convirti\u00f3 en fuerza dominante del renacimiento cisterciense en todas partes de Francia y doquiera que el vigor de la expansi\u00f3n empujara a los Trapenses, nombre popular que en esos pa\u00edses se convirti\u00f3 en sin\u00f3nimo de \u00abcistercienses\u00bb.<br \/>\nLas circunstancias extraordinarias exigen personalidades a la altura de las mismas. El \u00faltimo maestro de novicios de La Trapa, Agust\u00edn de Lestrange (1754-1827), constituy\u00f3 uno de esos caracteres extraordinarios. Actuando con la autorizaci\u00f3n de \u00faltimo momento, del Abad General Trouv\u00e9 y de Luis Mar\u00eda Rocourt, abad de Claraval, padre inmediato de La Trapa, Lestrange reuni\u00f3 alrededor de veinti\u00fan monjes de su comunidad y huy\u00f3 a Suiza. Las autoridades del cant\u00f3n de Friburgo les brindaron hospitalidad y les concedieron La Valsainte, una cartuja abandonada, donde el 1 de junio de 1791 comenz\u00f3 a desarrollarse uno de los cap\u00edtulos m\u00e1s notables de la vida cisterciense.<br \/>\nEn su deseo ardiente de ofrecer sacrificios en reparaci\u00f3n por los cr\u00edmenes del terror revolucionario, los monjes, guiados por el autoritario Lestrange, rivalizaban unos con otros en introducir mortificaciones cada vez mayores, hasta que llegaron a los l\u00edmites de la resistencia humana. En La Valsainte se desconoc\u00eda cualquier medio de calefacci\u00f3n. Los monjes dorm\u00edan sobre el suelo desnudo, usando \u00fanicamente una almohada rellena con paja y una sola manta. Su dieta se limitaba a pan, agua y legumbres hervidas. Estos nuevos atletas de la mortificaci\u00f3n dorm\u00edan \u00fanicamente unas seis o siete horas, ocupaban 5 o 6 en arduo trabajo manual y dedicaban el resto del tiempo a la oraci\u00f3n, que en las grandes festividades pod\u00eda llegar a durar hasta doce horas. En 1794, se hizo un intento de introducir la laus perennis, es decir, el servicio divino ininterrumpido en la iglesia.<br \/>\nLestrange estaba deseoso de regular la vida diaria de los monjes hasta el menor detalle. S\u00f3lo pod\u00eda hacerse aquello que figurara en la regla, o fuera autorizado por el superior. Los reglamentos fueron aumentando hasta constituir un libro de gran tama\u00f1o debidamente publicado en Friburgo en 1794. Animadas por el deseo ardiente de crear para los monjes una vida de penuria, esas prescripciones tan elaboradas iban mucho m\u00e1s all\u00e1 de la Regla de San Benito, de los primeros estatutos de Cister y aun sobrepasaban en severidad al c\u00f3digo de Ranc\u00e9 para los monjes de La Trapa. Aunque parezca extra\u00f1o, el ascetismo sin precedentes de La Valsainte no fue ning\u00fan obst\u00e1culo para acobardar vocaciones. El n\u00famero de monjes comenz\u00f3 a crecer, y P\u00edo VI autoriz\u00f3 a la comunidad a elegir un abad, hecho que tuvo lugar en 1794. La elecci\u00f3n recay\u00f3, naturalmente, en Agust\u00edn de Lestrange, que continu\u00f3 con vigor renovado un programa de expansi\u00f3n, que se vio obligado a frenar porque el Senado de Friburgo hab\u00eda limitado la poblaci\u00f3n de La Valsainte a veinticuatro miembros.<br \/>\nEl lema del Abad Lestrange fue \u00abla santa voluntad de Dios\u00bb, y estuvo fuertemente inclinado a suponer que todo lo que se le ocurr\u00eda era, en verdad, voluntad divina, y deb\u00eda llevarse por consiguiente a la pr\u00e1ctica con todo celo. Sus incesantes esfuerzos en pro de nuevas fundaciones fueron m\u00e1s impulsivos que realistas, ejecutados en la forma m\u00e1s heterodoxa. Enviaba a tres o cuatro monjes por vez, sin mayor preparaci\u00f3n preliminar, confiando en que la Providencia cuidar\u00eda de los detalles. Algunas de esas fundaciones fueron puramente fortuitas: en 1793, despu\u00e9s de recibir noticias sobre las oportunidades que brindaba Canad\u00e1, Lestrange despach\u00f3 sin p\u00e9rdida de tiempo a dos monjes y un hermano lego, entre ellos el Padre Eugenio de Laprade. Pero Inglaterra estaba en guerra con Francia y los tres hombres se encontraron varados en Amsterdam. Mientras esperaban una oportunidad, el obispo de Amberes los anim\u00f3 para que se establecieran en su di\u00f3cesis, en una granja cerca de Westmalle. Lestrange accedi\u00f3, pero sin abandonar su proyecto canadiense. En 1794, otro grupo de tres dej\u00f3 La Valsainte para cruzar el Atl\u00e1ntico. Fueron m\u00e1s afortunados que sus antecesores, pero no pudieron ir m\u00e1s lejos de Inglaterra, donde recibieron un ofrecimiento de tierra para un establecimiento permanente en Lulworth en Dorsetshire. Esto tambi\u00e9n fue aceptado, aunque por ese entonces Westmalle ya no exist\u00eda. El avance del ej\u00e9rcito franc\u00e9s hab\u00eda obligado a la colonia de Laprade a trasladarse a Westfalia, donde en 1795 encontraron un hogar en Darfeld. Mientras tanto, se hicieron otras fundaciones libradas a su suerte en Italia y Espa\u00f1a y estaban listos los planes para Hungr\u00eda y Rusia.<br \/>\nEl infatigable Lestrange, como aut\u00e9ntico producto de su \u00e9poca que era, deseaba probar al mundo que su concepci\u00f3n del momento ten\u00eda gran utilidad social. Reuni\u00f3 a cierto n\u00famero de muchachos en La Valsainte y abri\u00f3 una escuela para ellos. Algunos de los maestros proven\u00edan de aquellos que, ante las privaciones de la abad\u00eda, eran incapaces de perseverar para profesar. Otros eran laicos piadosos unidos informalmente a La Valsainte. En 1796, Lestrange congreg\u00f3 a monjas refugiadas de distintas \u00f3rdenes en el cant\u00f3n suizo de Valais, y las estimul\u00f3 para abrir una instituci\u00f3n educativa semejante para ni\u00f1as. Bautiz\u00f3 a las dos escuelas, con sus maestros y cuerpo supervisor, como la \u00abTercera Orden de La Trapa\u00bb, otra innovaci\u00f3n revolucionaria en la historia cisterciense.<br \/>\nPero los tiempos eran muy poco propicios para iniciar una empresa que pudiera persistir y continuar. Las tropas victoriosas de Napole\u00f3n invadieron Suiza en 1798, y Lestrange tuvo que comprender que La Valsainte estaba en peligro mortal. Lo m\u00e1s grave era que las autoridades lo culpaban, con cierta justificaci\u00f3n, porque la desbordante poblaci\u00f3n de la abad\u00eda inclu\u00eda a un cierto n\u00famero de evadidos del alistamiento y desertores del ej\u00e9rcito franc\u00e9s. Pero los porfiados monjes no ten\u00edan intenci\u00f3n de dispersarse, y Lestrange acept\u00f3 la invitaci\u00f3n del Zar Pablo 1, para buscar asilo en Rusia.<br \/>\nCon santo abandono, el abad Lestrange dio \u00f3rdenes de marchar a su fiel reba\u00f1o, que inclu\u00eda a sus monjes, a las monjas, y a su \u00abTercera Orden\u00bb, que contaba con unos 60 ni\u00f1os y 40 ni\u00f1as, en conjunto 254 personas. Todas ellas dejaron La Valsainte el 1798, y comenzaron la famosa \u00abodisea mon\u00e1stica\u00bb. Durante casi dos a\u00f1os hicieron funcionar una verdadera abad\u00eda sobre ruedas, una proeza log\u00edstica que se dice dej\u00f3 estupefacto aun al gran Napole\u00f3n. Para reducir los problemas de encontrar v\u00edveres y albergue, la extra\u00f1a peregrinaci\u00f3n se dirig\u00eda al este en tres columnas. Despu\u00e9s de una traves\u00eda azarosa de seis meses a trav\u00e9s de Austria y Polonia, llegaron finalmente a la Rusia Blanca, pero por entonces Lestrange estaba muy desilusionado de la hospitalidad rusa, y hab\u00eda fijado sus ojos en Am\u00e9rica. Con esa meta en su mente, el intr\u00e9pido Abad se retir\u00f3 de Rusia y el 26 de julio de 1800 pudo embarcarse con todo su pintoresco grupo en el puerto de Danzig.<br \/>\nLa intervenci\u00f3n de fuerzas superiores frustraron de nuevo su esfuerzo. Una tormenta oblig\u00f3 a los barcos a buscar refugio en L\u00fcbeck, donde monjes, monjas y ni\u00f1os se desparramaron buscando albergue. Por fortuna, a la victoria de Napole\u00f3n en Marengo, sucedieron algunos a\u00f1os de paz relativa. Una de las primeras fundaciones, la de Darfeld, pudo ser revitalizada sin grandes problemas; las autoridades suizas permitieron la restauraci\u00f3n de La Valsainte y, por \u00faltimo, una peque\u00f1a colonia guiada por Urbano Guillet alcanzaba en 1803 las costas de Am\u00e9rica en Baltimore. M\u00e1s a\u00fan, la firma de un concordato con P\u00edo VII cambi\u00f3 la actitud de Napole\u00f3n hacia los trapenses. Como emperador reci\u00e9n coronado, apoy\u00f3 personalmente varias fundaciones, entre ellas una casa en los altos Alpes, en Mont-Gen\u00e8vre, para servir de lugar de descanso a los soldados heridos o enfermos de paso entre Francia e Italia. Pero la paz tan fr\u00e1gil que el concordato parec\u00eda asegurar no dur\u00f3 por mucho tiempo.\n<\/p>\n<h1>Ocupaci\u00f3n de los Estados papa\u00f1es (1809)<\/h1>\n<p style=\"text-align: justify;\">La ocupaci\u00f3n francesa de los Estados Papales (1809) y la excomuni\u00f3n de Napole\u00f3n que causaron el arresto y exilio de P\u00edo VII, expusieron a las j\u00f3venes fundaciones trapenses a una nueva violencia. El mismo Abad Lestrange se convirti\u00f3 en un fugitivo. Fue arrestado, pero pudo escapar y, despu\u00e9s de un viaje lleno de aventuras a trav\u00e9s del Atl\u00e1ntico, concluy\u00f3 en Nueva York. All\u00ed adquiri\u00f3, con miras a una fundaci\u00f3n, el terreno donde fue emplazada posteriormente la Catedral de San Patricio. La ca\u00edda de Napole\u00f3n (1814) cambi\u00f3 la idea de Dom Agust\u00edn y qued\u00f3 en suspenso el plan de un establecimiento en Am\u00e9rica. Lestrange y sus monjes volvieron a Europa con la firme determinaci\u00f3n de retornar a Francia y restaurar La Trapa.<br \/>\nNinguna de las muchas fundaciones realizadas durante los a\u00f1os de exilio persisti\u00f3 (aunque Westmalle fue restaurada en 1814), pero el retorno de los trapenses a Francia en 1815 signific\u00f3 el comienzo de una expansi\u00f3n realmente notable, gracias a la afluencia de un gran n\u00famero de vocaciones. Al restablecimiento de La Trapa por Lestrange siguieron en r\u00e1pida sucesi\u00f3n Port-du-Salut, Aiguebelle, Bellefontaine, Bellevaux y Melleray. Esta \u00faltima fue restaurada por Antonio Saulnier de Beauregard, abad de Lulworth, cuya comunidad se vio obligada a emigrar de Inglaterra en 1817 por una serie de razones, una de las cuales fue la inflexible de Lestrange de permitir que sus monjes rezaran por el rey \u00abhereje\u00bb Jorge III. Los monjes franceses de Darfeld volvieron a ocupar la antigua abad\u00eda cisterciense en Notre-Dame-du-Gard en 1816, mientras que los miembros alemanes que quedaban abandonaron Darfeld y se mudaron en 1835 a Clenberg, en Alsacia. La visita regular a las casas francesas hecha por el Abad Saulnier en 1825 revel\u00f3 que, en el plazo de una d\u00e9cada, los prol\u00edficos trapenses se hab\u00edan arreglado para fundar o dar nueva vida a once casas para monjes y cinco para monjas, al mismo tiempo que manten\u00edan dos establecimientos para la \u00abTercera Orden\u00bb, uno para la educaci\u00f3n de varones y otro para mujeres. La m\u00e1s poblada era Melleray, con ciento setenta y cinco miembros profesos, seguida por Port-du-Salut, Aiguebelle y Notre-Dame-du-Gard, cada una con cerca de ochenta monjes. Sin embargo, en cada casa, la mayor\u00eda estaba constituida por hermanos legos, ocupados en trabajos de agricultura a gran escala.<br \/>\nLa expansi\u00f3n trapense continu\u00f3 durante todo el resto del siglo XIX, no s\u00f3lo en Francia, sino en el resto de Europa, lo mismo que allende el Oc\u00e9ano. En 1855, los monjes poblaban veintitr\u00e9s abad\u00edas, incluyendo cuatro casas en B\u00e9lgica, dos en los Estados Unidos, una en Irlanda, una en Inglaterra y una en Argelia. Por ese mismo tiempo, las casas afiliadas de monjas hab\u00edan aumentado a ocho. Hacia fines de siglo (1894) ese n\u00famero, ya de por s\u00ed importante, se hab\u00eda duplicado y a\u00fan m\u00e1s, agreg\u00e1ndose a los pa\u00edses habitados por los trapenses Alemania, Italia, Austria, Hungr\u00eda, Holanda, Espa\u00f1a, Canad\u00e1, Australia, Siria, Jordania, Sud \u00c1frica y China; cincuenta y seis monasterios en conjunto, que albergaban un total de tres mil monjes, seiscientos de ellos sacerdotes.<br \/>\nEl \u00e9xito de la fundaci\u00f3n americana permaneci\u00f3 dudoso por mucho tiempo. En 1814, se abandonaron los intentos por lograr una instalaci\u00f3n permanente, cuando todos los monjes menos uno volvieron a Europa. El \u00fanico monje franc\u00e9s que qued\u00f3, el Padre Vicente\u2019 de Paul Merle, lo hizo por un accidente fortuito. Mientras estaba comprando v\u00edveres en el puerto canadiense de Halifax su barco parti\u00f3, dej\u00e1ndole en tierra. Vivi\u00f3 como misionero entre los indios por una d\u00e9cada, hasta que, en 1825, con la ayuda de un grupo reducido proveniente de Bellefontaine, estableci\u00f3 el Peque\u00f1o Claraval en Nueva Escocia. Durante muchos a\u00f1os, los monjes lucharon por sobrevivir, y finalmente, despu\u00e9s de dos desastrosos incendios, encontraron un nuevo hogar cerca del pueblo de Lonsdale, en el estado de Rhode Island, Estados Unidos, donde en 1900 construyeron el monasterio de Our Lady of the Valley. Es esta misma comunidad, la que despu\u00e9s de otro incendio en 1950 se traslad\u00f3 a Spencer, Massachusetts, donde establecieron Saint Joseph\u2019s Abbey.<br \/>\nEntre todas las tentativas trapenses en los Estados Unidos, tuvieron \u00e9xito Gethseman\u00ed, en Kentucky, y Nueva Melleray, en Iowa. La primera fue fundada en 1848 por monjes de la abad\u00eda francesa de Melleray; la segunda, unos meses m\u00e1s tarde, fue poblada por Mount Melleray de Irlanda. Ambas casas americanas experimentaron dificultades cr\u00f3nicas por razones financieras, al mismo tiempo que por falta de vocaciones locales. La Guerra Civil cre\u00f3 problemas adicionales, en particular a Gethseman\u00ed, pero ambas casas alcanzaron pronto el rango de abad\u00eda, y continuaron defendi\u00e9ndose hasta fin de siglo.<br \/>\nMientras los l\u00edderes trapenses podr\u00edan sentirse confortados y estimulados por el alto nivel moral alcanzado, el aprecio popular y vigoroso crecimiento de la Orden, varios problemas quedaban sin resolver, creando dificultades constantes, que por momentos llegaron a ser muy serias. Una de ellas fue la cuesti\u00f3n de las observancias.<br \/>\nPronto se hizo evidente para muchos refugiados trapenses, que las normas de Lestrange tal como se practicaban en La Valsainte, iban m\u00e1s all\u00e1 de la capacidad normal de resistencia humana y eran incompatibles con las genuinas tradiciones cistercienses. La oposici\u00f3n se aline\u00f3 alrededor de Eugenio de Laprade (1764-1816), quien silenciosamente abandon\u00f3 en Darfeld las reglas de Lestrange y, contando con la aprobaci\u00f3n papal, volvi\u00f3 a los reglamentos de Ranc\u00e9, escritos para La Trapa. La divisi\u00f3n se acentu\u00f3 posteriormente, cuando despu\u00e9s de 1815 ambos abades se mostraron muy activos en la restauraci\u00f3n de los monasterios franceses y representaban puntos de vista antag\u00f3nicos en materia de disciplina. Esto dio por resultado que, en 1825, seis de las once abad\u00edas francesas todav\u00eda se manten\u00edan fieles a Lestrange y La Valsainte, mientras que las otras cinco hab\u00edan vuelto a las reglamentaciones de Ranc\u00e9. El abad Lestrange, que por entonces controlada La Trapa, estaba amargamente resentido por lo que significa un desaf\u00edo a su autoridad, pero era incapaz de obtener la tan deseada aprobaci\u00f3n papal para su extremadamente severo c\u00f3digo mon\u00e1stico.<br \/>\nCuando muri\u00f3 Lestrange en 1827, la Congregaci\u00f3n Romana de Obispos y Regulares nombr\u00f3 al abad Saulnier de Melleray como \u00absuperior y visitador general\u00bb de todas las abad\u00edas trapenses de Francia, con la esperanza de que, bajo el nuevo liderazgo, pudiera efectuarse la uni\u00f3n de las dos observancias trapenses. No obstante, esto no fue posible antes de 1834, cuando un decreto promulgado por la misma autoridad un\u00eda a todas las abad\u00edas francesas en una Congregaci\u00f3n (Congregatio Monachorum Cisterciensium Beatae Mariae de Trappa) y les impuso la \u00abRegla de San Benito y las constituciones del Abad Ranc\u00e9\u00bb.<br \/>\nSin embargo, el documento no pudo eliminar la tensi\u00f3n entre ambos grupos. Por lo tanto, P\u00edo IX anul\u00f3 en 1847 el decreto de 1834, y acept\u00f3 la formaci\u00f3n de dos congregaciones trapenses aut\u00f3nomas, cada una regida por c\u00f3digos disciplinares diferentes. Dado que no se consideraba un retorno a las observancias de La Valsainte, las abad\u00edas primeramente bajo la autoridad de Lestrange constituyeron la \u00abNueva Reforma\u00bb, y, dirigidas por el Abad de la Gran Trapa, juraron lealtad a la Carta de Caridad y a los usos primitivos de Cister. El otro grupo de abades, que una vez siguieron a Laprade, continuaron fieles a las reglamentaciones de Ranc\u00e9, aceptaron el liderazgo de Sept-Fons y se auto denominaron la \u00abAntigua Reforma\u00bb. En 1864, estos \u00faltimos contaban ocho abad\u00edas con cuatrocientos ochenta y tres monjes; la \u00abNueva Reforma\u00bb contaba por ese mismo a\u00f1o con quince abad\u00edas con un conjunto de mil doscientos veintinueve profesos.<br \/>\nLa cuesti\u00f3n de las observancias se complic\u00f3 a\u00fan m\u00e1s a causa de problemas estrechamente vinculados entre s\u00ed e igualmente espinosos: el gobierno central efectivo y las relaciones legales con las comunidades de la antigua Com\u00fan Observancia, que hab\u00edan sobrevivido y se multiplicaban de forma sostenida.<br \/>\nPara mayor seguridad, el abad Lestrange gobern\u00f3 a sus monjes con mano de hierro y rechaz\u00f3 someterse tanto al Vicario general de la Congregaci\u00f3n de Alemania Superior, que todav\u00eda funcionaba, como al Procurador general en Roma, que hab\u00eda asumido las funciones del Abad general despu\u00e9s de la disoluci\u00f3n de Cister. Pero una nueva situaci\u00f3n se cre\u00f3 en 1814, cuando P\u00edo VII retorn\u00f3 a la Ciudad Eterna y, con su ayuda, volvieron a la vida algunas abad\u00edas cistercienses diseminadas en toda Italia. No parec\u00eda oportuno la creaci\u00f3n de un \u00abAbad general\u00bb, pero la Santa Sede otorg\u00f3 el t\u00edtulo de \u00abPresidente general\u00bb al Abad de Santa Croce, que fue considerado cabeza titular de la Orden, incluyendo a los trapenses y a la Com\u00fan Observancia.<br \/>\nLa intenci\u00f3n de la Santa Sede qued\u00f3 expresada con toda claridad, porque al Presidente general se le otorgaba el derecho de confirmar las elecciones abaciales dentro de toda la Orden, \u00abde tal forma que su unidad e integridad quedaran intactas para siempre\u00bb. Por desgracia, no se especificaron sus dem\u00e1s funciones en la Orden, una omisi\u00f3n que dio lugar a muchos malentendidos en materia de jurisdicci\u00f3n. En 1827, el Abad Saulnier fue nombrado directamente visitador trapense en Francia por la Congregaci\u00f3n de Obispos y Regulares, e interpret\u00f3 puntualmente ese nombramiento como el reconocimiento de su independencia; m\u00e1s a\u00fan, esperaba que \u00abla Reforma de La Trapa estar\u00eda separada por completo de la Orden de Cister\u00bb. La ambig\u00fcedad de esta relaci\u00f3n persisti\u00f3, y el decreto de uni\u00f3n de los trapenses en 1834 repet\u00eda simplemente que \u00abla confirmaci\u00f3n de cada abad constitu\u00eda el derecho y el deber del Moderador General de la Orden cisterciense\u00bb. El mismo principio fue reiterado en 1836, cuando las abad\u00edas trapenses de B\u00e9lgica formaron su propia congregaci\u00f3n. Por otro lado, el decreto de 1834 otorgaba autoridad absoluta al Vicario general trapense para gobernar su congregaci\u00f3n, y autorizaba a los abades a convocar cap\u00edtulos anuales. Adem\u00e1s, despu\u00e9s de 1838, los trapenses mantuvieron a su propio Procurador general en Roma y gozaban tambi\u00e9n de la distinci\u00f3n de tener un Cardenal protector propio.<br \/>\nLa separaci\u00f3n de 1847, aument\u00f3 simplemente las complejidades legales. De nuevo hab\u00eda no s\u00f3lo dos observancias, con netas diferencias entre s\u00ed, m\u00e1s cuatro grupos aut\u00f3nomos de abad\u00edas alineables en las \u00abNueva\u00bb y \u00abVieja\u00bb reformas, la Congregaci\u00f3n belga bajo Westmalle, y Casamari, una fundaci\u00f3n trapense del siglo XVIII en Italia, que no ten\u00eda filiaci\u00f3n clara con ninguna de las tres organizaciones.<br \/>\nMientras la Com\u00fan Observancia, desorganizada y condescendiente, no estuvo en condiciones de oponerse a la virtual independencia de los trapenses, la mara\u00f1a legal, confusa como era, no creaba problemas urgentes. Pero la necesidad de una soluci\u00f3n definitiva se hizo patente de forma bien notoria en 1869. En ese a\u00f1o, Teobaldo Cesari, abad de San Bernardo en Roma y Presidente General, consigui\u00f3 convocar el primer Cap\u00edtulo General desde 1786, para el cual fueron invitados \u00fanicamente los abades de la Com\u00fan Observancia. Aun m\u00e1s perturbador fue el hecho de que el mismo Cap\u00edtulo General decidi\u00f3 elegir un Abad General, pero de nuevo, s\u00f3lo monjes de la Com\u00fan Observancia eran elegibles para este puesto, que implicaba tambi\u00e9n jurisdicci\u00f3n sobre los trapenses.<br \/>\nOtro acontecimiento que cre\u00f3 malestar dentro de la Orden fue la apertura del Concilio Vaticano I en 1869. De acuerdo con los reglamentos referentes a la participaci\u00f3n de institutos religiosos, se establec\u00eda que los jefes de congregaciones independientes deb\u00edan ser invitados a ocupar un lugar en el Concilio. Esta disposici\u00f3n autorizaba al reci\u00e9n elegido Cesari como Abad general cisterciense, pero desautorizaba a los vicarios de las congregaciones trapenses, los dirigentes de la rama m\u00e1s numerosa de la Orden. La intervenci\u00f3n personal de P\u00edo IX, en el \u00faltimo momento, dispuso dos lugares para los Vicarios de la \u00abNueva\u00bb y \u00abAntigua\u00bb congregaciones trapenses.<br \/>\nEstas desagradables experiencias convencieron a los abades trapenses de mayor influencia, de que, a menos que se resignaran a un papel subordinado en la Orden, deber\u00edan zanjar su divisi\u00f3n interna y esforzarse por formar una organizaci\u00f3n completamente independiente.\n<\/p>\n<h1>La d\u00e9cada del 70<\/h1>\n<p style=\"text-align: justify;\">Durante la d\u00e9cada del 70, varios cap\u00edtulos trapenses se ocuparon de esos temas. En 1876, el cap\u00edtulo reunido en Sept-Fons decidi\u00f3 pedir al Papa el nombramiento de un abad general trapense. La sesi\u00f3n de 1877 trabaj\u00f3 acerca de la proyectada uni\u00f3n de las congregaciones trapenses. En 1878, el plan estaba m\u00e1s adelantado y se hac\u00edan preparativos para convocar una asamblea general para todas las congregaciones trapenses en 1879, con miras a la elecci\u00f3n de un superior general independiente.<br \/>\nAunque el abad Timoteo Gruyer de La Trapa expres\u00f3 serios reparos acerca de la oportunidad de una uni\u00f3n que implicar\u00eda uniformidad en las observancias, a fines de 1878, fue sometido el proyecto a la Congregaci\u00f3n de Obispos y Regulares para su aprobaci\u00f3n final. El examen de la petici\u00f3n fue tarea del consultor de la Congregaci\u00f3n, el dominico Raimundo Bianchi. Su detallado an\u00e1lisis se\u00f1alaba los muchos inconvenientes que acarrear\u00eda un cisma definitivo e irreversible dentro de la Orden cisterciense, por lo cual la Congregaci\u00f3n rechaz\u00f3 el plan. No obstante, Bianchi admiti\u00f3 que un punto de la propuesta trapense merec\u00eda considerarse con toda atenci\u00f3n: la unificaci\u00f3n de las cuatro diferentes congregaciones bajo un mismo vicario general y con un representante en Roma, quienes reconocer\u00edan al Abad General como cabeza de toda la Orden. Esta organizaci\u00f3n unificada, conclu\u00eda Bianchi, no exclu\u00eda la posibilidad de conservar ambas observancias b\u00e1sicas, para que se las practicara del mismo modo que antes de la uni\u00f3n. En resumen, el informe sosten\u00eda que, mientras era deseable la uni\u00f3n trapense, no deb\u00eda forzarse una uniformidad en las observancias, y deb\u00eda evitarse un cisma dentro de la Orden cisterciense.<br \/>\nAnalizando en forma retrospectiva es dif\u00edcil negar el buen criterio del informe Bianchi, pero los dirigentes trapenses de la \u00e9poca, especialmente los de la Congregaci\u00f3n de Sept-Fons estaban contrariados. La presi\u00f3n en pro de los mismos objetivos continu\u00f3 bajo el liderazgo de Sebasti\u00e1n Wyart (1839-1904), un ex-oficial del ej\u00e9rcito papal y h\u00e9roe condecorado de la guerra franco-prusiana. Entr\u00f3 en los trapenses como vocaci\u00f3n tard\u00eda, fue ordenado sacerdote en 1877, pero se le permiti\u00f3 que continuara sus estudios hasta que obtuvo el t\u00edtulo de doctor en teolog\u00eda. A su erudici\u00f3n excepcional y firmeza de car\u00e1cter se a\u00f1ad\u00edan sus valiosas conexiones en Roma: tanto P\u00edo IX como Le\u00f3n XIII le profesaban una alta estima personal. Cuando, en 1887, Wyart fue elegido abad de Sept-Fons, convirti\u00e9ndose de este modo en vicario de la \u00abAntigua Reforma\u00bb, se reabr\u00eda la puerta para la independencia trapense.\n<\/p>\n<h1>Le\u00f3n XIII<\/h1>\n<p style=\"text-align: justify;\">Despu\u00e9s de informarse de cerca de los problemas, Le\u00f3n XIII convoc\u00f3 un cap\u00edtulo extraordinario, que deb\u00eda reunirse en Roma en octubre de 1892, con la participaci\u00f3n de representantes de las cuatro congregaciones trapenses, incluyendo hasta a Casamari. Esta asamblea ten\u00eda un triple prop\u00f3sito: la fusi\u00f3n de las congregaciones; la elecci\u00f3n de un superior general, y el acuerdo acerca de las observancias comunes. Aunque los tres representantes de Casamari hab\u00edan decidido mantener su independencia y guardar las distancias, hubo casi unanimidad al tratar el primer tema; y los trapenses unidos asumieron pronto una nueva denominaci\u00f3n: \u00abOrden de los Cistercienses Reformados de Nuestra Se\u00f1ora de La Trapa\u00bb. Tampoco hubo disensiones significativas en cuanto a la necesidad de tener un superior general, aunque hizo reflexionar la posible relaci\u00f3n de un tal superior con el Abad General de la Com\u00fan Observancia. Sin embargo, pronto se decidi\u00f3 que una simple congregaci\u00f3n aut\u00f3noma no era suficiente, y la independencia total exig\u00eda un Abad general independiente. En la elecci\u00f3n, que se realiz\u00f3 pocos d\u00edas despu\u00e9s, Wyart recibi\u00f3 veintiocho votos, sobre un total de cincuenta y uno escrutados.<br \/>\nPero, sobre la cuesti\u00f3n de las observancias, las opiniones estaban, como siempre, divididas. En principio, la adhesi\u00f3n a la Regla de San Benito recibi\u00f3 amplio apoyo, pero quedaba abierta la puerta para introducir modificaciones a ciertos detalles de la jornada. Durante los infructuosos debates sobre los m\u00e9ritos relativos a los horaria de San Benito y de Ranc\u00e9, la atm\u00f3sfera se volvi\u00f3 tan densa que Wyart, para evitar una votaci\u00f3n fatalmente divisoria, propuso que ese tema fuera remitido al arbitraje de la Santa Sede. La moci\u00f3n fue aceptada de mala gana, pero la Congregaci\u00f3n declin\u00f3 el desaf\u00edo, aconsejando simplemente al Cap\u00edtulo general que difiriera la decisi\u00f3n para una fecha posterior, cuando se pudiera considerar una soluci\u00f3n de compromiso cuidadosamente estudiada. A despecho de tales contrariedades, el cap\u00edtulo todav\u00eda podr\u00eda estar satisfecho de haber establecido una rama totalmente independiente de la familia cisterciense, lo cual recibi\u00f3 la aprobaci\u00f3n solemne de Le\u00f3n XIII por medio de un Breve el 17 de marzo de 1893.<br \/>\nSobre la base de un trabajo preparatorio realizado por un comit\u00e9, el Cap\u00edtulo general de 1893, reunido en Sept-Fons, resumi\u00f3 el debate sobre el horarium en disputa. El punto neur\u00e1lgico de la disensi\u00f3n se relacionaba con el horario, n\u00famero y calidad de las comidas mon\u00e1sticas. Aunque la soluci\u00f3n dada por la Regla ten\u00eda una ligera mayor\u00eda, la forma habilidosa con que Wyart manej\u00f3 a la exhausta asamblea termin\u00f3 por asegurar la prevalencia de las regulaciones de Ranc\u00e9. La nueva constituci\u00f3n, dando preeminencia a los principios b\u00e1sicos de la Carta de Caridad y las primitivas costumbres cistercienses, seg\u00fan la interpretaci\u00f3n de Ranc\u00e9, pudo ser publicada en 1894.\n<\/p>\n<h1>La Abad\u00eda de Cister<\/h1>\n<p style=\"text-align: justify;\">Antes de finalizar el siglo, una importante donaci\u00f3n hizo posible que los trapenses adquirieran las ruinas de Cister (1898) e infundieran nueva vida a la antigua abad\u00eda. El mismo Wyart asumi\u00f3 el t\u00edtulo abacial. El cambio simbolizaba la sinceridad de la nueva organizaci\u00f3n en su esfuerzo por retornar a las genuinas tradiciones cistercienses. Este logro tan notable fue solemnemente reconocido en 1902, cuando, en una nueva constituci\u00f3n apost\u00f3lica, omiti\u00f3 el Papa el nombre de La Trapa y llam\u00f3 a la rama del viejo \u00e1rbol \u00abOrden de los cistercienses reformados, o de la Estricta Observancia\u00bb, aut\u00e9nticos herederos de todos los derechos y privilegios cistercienses.<br \/>\nSi bien es cierto que el crecimiento num\u00e9rico sostenido, la expansi\u00f3n territorial y la uni\u00f3n real de las casas trapenses eran signos inequ\u00edvocos de un vigor interior, la vida diaria de algunas comunidades presentaba problemas econ\u00f3micos gravosos durante toda la centuria.<br \/>\nAunque los monjes y muchos de los conversos de las fundaciones nuevas o resurgidas volvieran al tipo de vida agr\u00edcola, tradicionalmente cisterciense, el modesto campo de acci\u00f3n de sus operaciones era insuficiente para proveer los fondos requeridos para la expansi\u00f3n f\u00edsica y a\u00fan para que sus familias mon\u00e1sticas vivieran sin sobresaltos. A comienzo de siglo, era frecuente que los monjes se vieran obligados a mendigar de puerta en puerta. Ya en 1835, el cap\u00edtulo reunido en La Trapa, aunque todav\u00eda toleraba tales pr\u00e1cticas, admit\u00eda que \u00abpedir por caridad era completamente ajeno a la mentalidad de nuestros padres\u00bb. En 1839, se decidi\u00f3 que no pod\u00edan hacerse colectas abiertamente, a la vista del p\u00fablico, sino por intermedio de amigos laicos de confianza. El mismo enfoque fue aprobado por el cap\u00edtulo de 1847. Entretanto, los cap\u00edtulos recomendaban encarecidamente a los abades que s\u00f3lo admitieran el n\u00famero de monjes que pod\u00edan sustentar. Se permit\u00edan nuevas fundaciones s\u00f3lo si se probaba que contaban con fondos suficientes para respaldarlas.<br \/>\nPara aliviar la constante presi\u00f3n econ\u00f3mica, se autoriz\u00f3 a las comunidades a recibir donaciones de los futuros novicios, incluyendo pensiones o anualidades prometidas por parientes pudientes. La falta de mano de obra en las granjas y talleres mon\u00e1sticos justific\u00f3 que se aceptara la ayuda libre de laicos piadosos, aunque se dej\u00f3 de lado la idea de establecer para ellos una \u00abtercera orden\u00bb. Con todo, continuaron siendo empleados ayudantes laicos, como \u00aboblatos\u00bb, en alguna abad\u00eda. Hasta 1850 se alquilaban frecuentemente habitaciones o departamentos en las abad\u00edas a individuos con los cuales los monjes sosten\u00edan relaciones amistosas; sin embargo despu\u00e9s de esa fecha se prohibieron estancias de \u00abhu\u00e9spedes\u00bb por m\u00e1s de dos meses. Los estipendios de las mismas constitu\u00edan una fuente de ingresos firme y substancial, aunque el n\u00famero relativamente reducido de sacerdotes limitaba tales servicios. En ciertas ocasiones, misas a largo plazo produc\u00edan grandes sumas; por ejemplo, en 1871 Chambarand acept\u00f3 25.000 francos por misas a que deb\u00edan rezarse diariamente durante 100 a\u00f1os a intenci\u00f3n del donante.<br \/>\nDado que la agricultura era frecuentemente poco lucrativa, algunas abad\u00edas comenzaron a vender productos alimenticios u otros art\u00edculos de la industria dom\u00e9stica. Se fabricaron cerveza, vino y bebidas alcoh\u00f3licas, aunque no se vendieron en locales mon\u00e1sticos. La propaganda a nivel nacional de un licor vendido por Grace-Dieu bajo el nombre de \u00abTrappistine\u00bb origin\u00f3 tales complicaciones que el cap\u00edtulo reunido en Sept-Fons en 1863 prohibi\u00f3 ese y todas las formas similares de promoci\u00f3n. La horticultura y fruticultura estaban igualmente difundidas. La fabricaci\u00f3n de queso ayud\u00f3 a casi una docena de abad\u00edas francesas; la calidad del queso de Port-du-Salut les vali\u00f3 a los monjes fama universal. Westmalle, como otras abad\u00edas, ten\u00edan imprentas bien equipadas donde se publicaban todos los libros lit\u00fargicos cistercienses.<br \/>\nGeneralmente, se consider\u00f3 incompatible con la vocaci\u00f3n contemplativa el sostener instituciones educacionales o de asilo, lo mismo que ejercer el ministerio pastoral, pero circunstancias locales hicieron que se asumieran con frecuencia tales responsabilidades. De esta suerte, las instituciones de la \u00abTercera Orden\u00bb iniciada por el Abad Lestrange, continuaron funcionando hasta mitad de siglo. La abad\u00eda de Notre-Dame des Neiges tuvo, por poco tiempo, un hospital para epil\u00e9pticos (1870-71). En 1872, el Abad du D\u00e9sert recibi\u00f3 autorizaci\u00f3n para abrir un orfanato. En 1876, se permiti\u00f3 a la floreciente Mariastern, en Bosnia, que aceptara una suma considerable para una fundaci\u00f3n en Austria, con la obligaci\u00f3n a perpetuidad de educar doce hu\u00e9rfanos. Aunque esta fundaci\u00f3n nunca se materializ\u00f3, durante unos veinte a\u00f1os la propia Mariastern cuid\u00f3 de ciento treinta y dos ni\u00f1os. Mount Melleray y Gethseman\u00ed tuvieron escuelas primarias. La Trapa educ\u00f3 oblatillos, y hasta cont\u00f3 con dos parroquias atendidas por monjes. En Sud\u00e1frica, Mariannhill diversific\u00f3 su actividad asumiendo tareas misionales entre los nativos.<br \/>\nEl trabajo intelectual, desaprobado por Ranc\u00e9, no fue alentado durante todo el siglo XIX. Muchos monjes trapenses reconocidos por su erudici\u00f3n se unieron a la Orden despu\u00e9s de haber completado su carrera universitaria. Los ideales asc\u00e9ticos de las comunidades trapenses no daban ning\u00fan \u00e9nfasis especial al sacerdocio y, en realidad, los sacerdotes constitu\u00edan s\u00f3lo una minor\u00eda en el total de miembros. Los sacerdotes que eran ordenados como trapenses recib\u00edan \u00fanicamente instrucci\u00f3n privada en sus propias abad\u00edas con \u00e9xito diverso. El Cap\u00edtulo de 1861, reunido en La Trapa, discuti\u00f3 el problema de la instrucci\u00f3n inadecuada para el sacerdocio que evidentemente hab\u00eda desencadenado cr\u00edticas adversas. Los padres se quejaban de que ten\u00edan muy pocos sacerdotes con instrucci\u00f3n suficiente, que pudieran ser confesores, directores espirituales o superiores. En consecuencia propon\u00edan que se establecieran seminarios en La Gran Trapa y Aiguebelle, aunque a las casas que tuvieran por lo menos \u00abun profesor capaz\u00bb se les permit\u00eda educar a sus propios sacerdotes.<br \/>\nOtra fuente de problemas fue un legado de la espiritualidad de Ranc\u00e9: considerar a los monjes en primer lugar como \u00abpenitentes\u00bb. La idea imperante de que las abad\u00edas trapenses eran \u00abrefugio de pecadores\u00bb dificultaba la selecci\u00f3n de los novicios. El cap\u00edtulo de 1843 se vio obligado a tomar una posici\u00f3n contraria a esas creencias populares, e insist\u00eda en el examen cuidadoso de las vocaciones antes de su admisi\u00f3n. Por la misma raz\u00f3n, se convirti\u00f3 en pr\u00e1ctica general la prolongaci\u00f3n del a\u00f1o de prueba. El cap\u00edtulo de Sept-Fons fue m\u00e1s lejos a\u00fan, en 1847, sugiriendo que la duraci\u00f3n del noviciado \u00abse extendiera dos a\u00f1os o m\u00e1s\u00bb en casos de necesidad. La actitud cauta del cap\u00edtulo de 1835 sobre la comuni\u00f3n frecuente de los novicios, y tambi\u00e9n frente al hecho de que a los sacerdotes novicios no se les permitiera decir misa, fue considerada posteriormente como reliquia anacr\u00f3nica del rigor del siglo XVII.<br \/>\nLa fama de la piedad y ascetismo de las abad\u00edas trapenses se mantuvo bien alta durante todo el siglo XIX. Una vida contemplativa estrictamente apartada y protegida de compromisos pol\u00edticos de dudoso valor; aunque de ninguna forma quedaron inmunes de los ataques anticlericales. Cuando, en 1832, Melleray fue injustamente acusada de simpatizar con el levantamiento legitimista acaudillado por el Duque de Berry, los monjes fueron dispersados durante varios a\u00f1os. Sin embargo, la calamidad se transform\u00f3 en bendici\u00f3n. En 1832, miembros de la comunidad original de Lulworth establecieron en Irlanda Mount Melleray, y el mismo grupo volvi\u00f3 a Inglaterra, fundando en 1835 Mount Saint Bernard. La Kulturkampf de Bismark en la d\u00e9cada de 1870 hizo peligrar las dos fundaciones trapenses en Alemania y, por lo menos temporalmente (1875-1887), los monjes de Mariawald tuvieron que buscar refugio en Holanda. En 1880, una campa\u00f1a anticlerical amenaz\u00f3 en Francia la existencia de varias abad\u00edas y produjo una interrupci\u00f3n de la vida religiosa en Sept-Fons por ocho a\u00f1os. Estas penosas experiencias sirvieron como poderoso incentivo para acelerar el programa de fundaciones en pa\u00edses donde el futuro del monacato parec\u00eda ser m\u00e1s seguro.<br \/>\nDebido quiz\u00e1s a razones de inestabilidad pol\u00edtica y a la vinculaci\u00f3n superficial que un\u00eda a los trapenses con el Presidente General en Roma, un decreto de 1834 pon\u00eda a todas las casas francesas bajo jurisdicci\u00f3n episcopal y, en 1837, Gregorio XVI calificaba los votos hechos en las mismas comunidades como \u00absimples\u00bb en lugar de \u00absolemnes\u00bb. Los monjes, ofendidos, consiguieron no obstante restaurar sus privilegios: en 1868, se volvieron a introducir los votos solemnes, mientras que, en 1892, se reconoci\u00f3 la exenci\u00f3n completa.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Selecci\u00f3n de Jos\u00e9 G\u00e1lvez Kr\u00fcger\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fuente: [1]\n<\/p>\n<\/p>\n<p><b>Fuente: Enciclopedia Cat\u00f3lica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Contenido 1 Restauraci\u00f3n del siglo XIX 2 Ocupaci\u00f3n de los Estados papa\u00f1es (1809) 3 La d\u00e9cada del 70 4 Le\u00f3n XIII 5 La Abad\u00eda de Cister Restauraci\u00f3n del siglo XIX Pocos fen\u00f3menos hist\u00f3ricos son m\u00e1s asombrosos que el poder regenerativo de las \u00f3rdenes mon\u00e1sticas. Independientemente de la naturaleza o frecuencia de los desastres, los monjes &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/cister-historia-xiv\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abCISTER: HISTORIA XIV\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-23942","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/23942","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=23942"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/23942\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=23942"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=23942"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=23942"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}