{"id":24128,"date":"2016-02-05T16:25:13","date_gmt":"2016-02-05T21:25:13","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/corazon-de-maria-agonizante-y-resucitado\/"},"modified":"2016-02-05T16:25:13","modified_gmt":"2016-02-05T21:25:13","slug":"corazon-de-maria-agonizante-y-resucitado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/corazon-de-maria-agonizante-y-resucitado\/","title":{"rendered":"CORAZON DE MARIA: AGONIZANTE Y RESUCITADO"},"content":{"rendered":"<p>\n            El coraz\u00f3n de Mar\u00eda consoladora, Par\u00e1clito85 y nutricio de la Iglesia vivi\u00f3 siempre en un crecimiento constante en la caridad, que fue m\u00e1s r\u00e1pido despu\u00e9s de la Pascua de su Hijo. Teniendo siempre delante de los ojos \u201cla figura de Jesucristo crucificado\u201d (cf. G\u00e1l 3, 1) y viendo sin cesar, en la Iglesia, los poderosos efectos de su Resurrecci\u00f3n (cf. Ef 3,20), llev\u00f3 una vida de \u201cdolor y de muerte (&#8230;) El amor hace nacer su dolor, y este dolor deb\u00eda darle la muerte; y el amor ven\u00eda en su auxilio para hacerla vivir con el fin de hacer vivir tambi\u00e9n al dolor (&#8230;) Siempre ve\u00eda a Jesucristo en las agon\u00edas de la Cruz; siempre ten\u00eda no tanto los o\u00eddos sino el fondo del alma atravesado por ese \u00faltimo grito de su Bien amado espirante; grito verdaderamente terrible y capaz de desgarrar el coraz\u00f3n\u201d, dice magn\u00edficamente Bossuet87. Su Coraz\u00f3n inmaculado, que no hab\u00eda merecido la muerte, mor\u00eda, a diario (1 Cor 15, 31), de amor por Cristo Crucificado; mucho m\u00e1s que San Pablo, Mar\u00eda pod\u00eda decir: \u201cestoy crucificada con Cristo\u201d(G\u00e1l 2, 19). El mismo amor que hac\u00eda palpitar su Coraz\u00f3n virginal en uni\u00f3n con la Pasi\u00f3n de Cristo, detuvo sus latidos en una muerte f\u00edsica en el preciso instante en que llegaba, en su \u00faltimo acto de libertad, a su punto culminante: en el momento de la muerte Mar\u00eda era \u201cm\u00e1s llena de gracia, m\u00e1s santa, m\u00e1s bella, m\u00e1s divinizada, incomparablemente m\u00e1s que los m\u00e1s grandes santos o los \u00e1ngeles m\u00e1s sublimes, separados o reunidos\u201d88, y tambi\u00e9n m\u00e1s llena de amor. Que el coraz\u00f3n de Mar\u00eda muri\u00f3, es una verdad cierta ense\u00f1ada por el Magisterio ordinario de la Iglesia89. Una verdad llena de ense\u00f1anzas salv\u00edficas para la vida del pueblo de Dios, y que la Iglesia podr\u00eda inclusive definir solemnemente si lo juzga oportuno. Para el fin que nos proponemos aqu\u00ed, ilustr\u00e9mosla, ayudados de la liturgia bizantina y de San Juan Damasceno. El Coraz\u00f3n de Mar\u00eda no muri\u00f3 como los otros, porque su muerte fue privilegiada en su causa, en su naturaleza y en sus efectos. Su causa: \u201cno es de asombrarse que la Virgen salvadora del mundo haya muerto, si el mismo Creador del mundo muri\u00f3 en la carne\u201d90; no conven\u00eda que Mar\u00eda, criatura de Cristo y redimida por \u00c9l, fuese preservada de la muerte. Mar\u00eda no es Dios, sino la Madre de Dios \u201cque no saca de ella el nacimiento intemporal de su divinidad\u201d, \u201cno la llamamos diosa \u2013 muy lejos de nosotros esas f\u00e1bulas de la impostura griega &#8211; puesto que anunciamos su muerte\u201d, y es precisamente por ello que \u201cla reconocemos como Madre del Dios encarnado\u201d91; la muerte de Mar\u00eda viene a confirmar el car\u00e1cter hist\u00f3rico del dogma mariano, muy lejano de cualquier docetismo. \u00a1\u201cMuri\u00f3, pues, la fuente de la vida, la Madre de mi Se\u00f1or! S\u00ed, hac\u00eda falta que el ser formado de la tierra retornase a la tierra y por esta v\u00eda subiese al cielo (&#8230;)\u201d92. Su naturaleza: \u201c\u00a1Oh incomparable tr\u00e1nsito que te vali\u00f3 la gracia de emigrar hacia Dios! Porque si esta gracia es concedida por Dios a todos los servidores que tienen su esp\u00edritu, sin embargo la diferencia es infinita entre los esclavos de Dios y su Madre. Entonces, \u00bfc\u00f3mo llamaremos a este misterio que se verifica en ella? \u00bfUna muerte? Pero si tu alma toda santa y bienaventurada es separada de un cuerpo bendito e inmaculado, y ese cuerpo es depositado en la tumba; no permanece en la muerte y no es destruido por la corrupci\u00f3n. Por aquella, cuya virginidad permaneci\u00f3 intacta despu\u00e9s del parto, al partir de esta vida, el cuerpo fue conservado sin descomposici\u00f3n y colocado en una morada mejor y m\u00e1s divina, lejos de los alcances de la muerte, capaz de durar por toda la infinidad de los siglos. Tu cuerpo desaparece en la muerte, sin embargo t\u00fa haces brotar para nosotros los raudales inagotables de la vida inmortal\u201d93. En una palabra, el Coraz\u00f3n de Mar\u00eda, Coraz\u00f3n virginal, muri\u00f3, pero no conoci\u00f3 la corrupci\u00f3n del cad\u00e1ver. \u00bfC\u00f3mo imaginarnos los \u00faltimos momentos de Mar\u00eda? El doctor de Damasco lo hizo con no menos esplendor po\u00e9tico que profundidad teol\u00f3gica; he aqu\u00ed la oraci\u00f3n que pone en labios de Mar\u00eda agonizante: \u201cEn tus manos, Hijo m\u00edo, entrego mi alma. Recibe mi alma que te es querida y que preservaste de toda falta. A ti, y no a la tierra, entrego mi cuerpo (&#8230;) Ll\u00e9vame cerca de ti, para compartir tu morada. Me apresuro en regresar a ti, que descendiste hac\u00eda m\u00ed suprimiendo toda distancia. En cuanto a mis hijos 94 bien amados que t\u00fa quisiste llamar tus hermanos, consu\u00e9lalos t\u00fa mismo por mi partida. Agrega a la que ya tienen, una nueva bendici\u00f3n, por la imposici\u00f3n de mis manos\u201d. Pero la Iglesia peregrinante, piensa el Damasceno, desea conservar a Mar\u00eda&#160;: \u201cQu\u00e9date con nosotros, t\u00fa que eres nuestro consuelo, nuestra \u00fanica confortaci\u00f3n sobre la tierra. No nos dejes hu\u00e9rfanos, oh Madre; a nosotros que enfrentamos el peligro por tu Hijo compasivo. \u00a1Que podamos guardarte como descanso en nuestros trabajos, como refresco en nuestros sudores! Si te vas t\u00fa, morada de Dios, d\u00e9janos partir contigo a nosotros los llamados tu pueblo a causa de tu Hijo. En ti tenemos la \u00fanica consolaci\u00f3n que nos ha sido dejada sobre la tierra. \u00a1Dichosos de vivir contigo si vives; de seguirte en la muerte si mueres! \u00bfPero qu\u00e9 decimos si mueres? Para ti hasta la muerte es una vida, y una vida mejor, preferible, sin punto de comparaci\u00f3n con la vida presente. Pero para nosotros \u00bfla vida seguir\u00e1 siendo vida si estamos privados de tu compa\u00f1\u00eda? Tales eran las palabras, concluye S. Juan Damasceno, que los Ap\u00f3stoles, \u201ccon todo el conjunto de la Iglesia\u201d, dirig\u00edan a la Bienaventurada Virgen95\u201d. Se capta el pensamiento subyacente a este magn\u00edfico lirismo; la Iglesia de todos los tiempos, hija y pueblo de Mar\u00eda, porque es el pueblo de Dios en Jesucristo, debe reunirse m\u00edsticamente alrededor del lecho mortuorio de su Madre, para luego hacerlo en su tumba96 , para morir con ella en el mundo y pasar a Dios. El di\u00e1logo con el coraz\u00f3n agonizante de Mar\u00eda forma parte de la estructura de la vida eclesial. \u00bfC\u00f3mo no van a estar presentes los hijos de Mar\u00eda en la muerte de su Madre? Por esto, como lo exponemos m\u00e1s adelante97 desear\u00edamos la transformaci\u00f3n, en el rito latino, de la vigilia de la Asunci\u00f3n en fiesta de la Dormici\u00f3n de Mar\u00eda (fiesta que existe en el rito copto). Hay tambi\u00e9n en el s\u00edmbolo de la bendici\u00f3n de Mar\u00eda, la conciencia vivida de que muriendo, Mar\u00eda no abandona el mundo, como lo dice claramente la liturgia bizantina: \u201cEn tu maternidad conservaste la virginidad; despu\u00e9s de tu Dormici\u00f3n, no abandonaste el mundo, Madre de Dios; fuiste trasladada a la Vida, t\u00fa que eres la Madre de la Vida, para que por tu intercesi\u00f3n liberes nuestras almas de la muerte\u201d98. No obstante, lo que est\u00e1 ausente del grandioso pensamiento del Oriente cristiano, sobre la muerte de Mar\u00eda, es la idea de una ofrenda hecha por Mar\u00eda, a trav\u00e9s de su Coraz\u00f3n, en uni\u00f3n con la Pasi\u00f3n de su Hijo para la salvaci\u00f3n del mundo: la idea de una muerte co-sacrificial. Sin embargo, el Damasceno habla, r\u00e1pidamente por cierto, de los efectos de la muerte de Mar\u00eda: \u201cNo fue solamente la muerte quien te volvi\u00f3 dichosa, sino fuiste t\u00fa misma que hiciste resplandecer la muerte; disipaste su tristeza y mostraste que es alegr\u00eda\u201d99. La muerte de Mar\u00eda, como un sol, hace resplandecer la nuestra, a la que comunica su alegr\u00eda. Para aquella que rompi\u00f3 \u201clos lazos de la muerte\u201d, la muerte ser\u00e1 un puente que conduzca a la vida, un paso a la inmortalidad\u201d100. San Juan Damasceno, como la liturgia bizantina, afirma la resurrecci\u00f3n de Mar\u00eda, lo que subraya nuevamente su muerte previa. \u201cHac\u00eda falta que, una vez arrojado el peso terrestre y opaco de la mortalidad, la carne convertida en crisol de la muerte incorruptible, resucitara de la tumba revestida del brillo de la incorruptibilidad\u201d101, \u201cTu muerte te transporta a una vida verdaderamente divina y permanente, oh Inmaculada, para contemplar en la dicha a tu Hijo y Se\u00f1or\u201d, comenta la liturgia bizantina\u201d102. El coraz\u00f3n de Mar\u00eda, cuyos latidos se detuvieron por amor a los hombres mortales, palpita de nuevo, gloriosamente resucitado, con indefectible amor por la humanidad entera. Se le puede aplicar lo que dice San Juan Damasceno del cuerpo de Mar\u00eda: es este Coraz\u00f3n maternal y virginal \u201cla fuente de toda resurrecci\u00f3n\u201d (to t\u00eas pant\u00f4n anastase\u00f4s aition) 103. En el pensamiento del Damasceno, la Asunci\u00f3n se presenta como una glorificaci\u00f3n espiritual y corporal de los m\u00e9ritos del Coraz\u00f3n inmaculado de Mar\u00eda. Espiritual ante todo, coloca sobre los labios de la Iglesia esta oraci\u00f3n elevada a Jes\u00fas en favor de su Madre, antes de su muerte: \u201c\u00a1Desciende, desciende, Oh Soberano, ven a dar a tu Madre la recompensa que merece por haberte nutrido! Abre tus manos divinas; recibe el alma maternal, t\u00fa que sobre la cruz encomiendas tu esp\u00edritu en las manos del Padre. Dir\u00edgele un dulce llamado: me hiciste tomar parte de tus bienes, ven a disfrutar de lo que me pertenece\u201d104. Glorificaci\u00f3n inclusive corporal de los m\u00e9ritos de la Virgen compasiva: \u201c(Mar\u00eda) deb\u00eda ser arrancada de la tumba y asociada a su Hijo (&#8230;) Hac\u00eda falta que aquella que hab\u00eda contemplado a su Hijo en la cruz y recibido entonces en el Coraz\u00f3n (egkardion) la espada de dolor que le hab\u00eda ahorrado en su nacimiento, lo contemplara sentado al lado de su Padre.105 Vemos entonces que el Coraz\u00f3n de Mar\u00eda mereci\u00f3 -m\u00e9rito de conveniencia- su propia glorificaci\u00f3n privilegiada en el misterio de la Asunci\u00f3n. El Doctor de Damasco, que es tal vez m\u00e1s el poeta y el cantor de la muerte amante de Mar\u00eda que de su gloriosa resurrecci\u00f3n, y que parece experimentar, frente a la partida de la Madre de Dios, algo de la compasi\u00f3n de los medievales frente a los dolores de Mar\u00eda al pie de la Cruz, no concibe que la Iglesia no se re\u00fana en un duelo a la vez triste y alegre para celebrar el \u00faltimo latido del Coraz\u00f3n mortal de la Inmaculada y el primer latido de su Coraz\u00f3n inmortal y resucitado. Para \u00e9l -las citas que hemos hecho lo muestran suficientemente-, es indudablemente como Coraz\u00f3n de la Iglesia que el Coraz\u00f3n de Mar\u00eda muere y resucita: muerto por y para los pecados de los hombres; resucitado por el despliegue pleno de su justificaci\u00f3n, con el fin de que Mar\u00eda pudiese interceder f\u00edsicamente por ellos. (Cf. Rm 14, 7-9). Y \u201cella muri\u00f3 por todos, con el fin de que los vivos no vivan m\u00e1s para ellos mismos, sino por aquella que muri\u00f3 y resucit\u00f3 por ellos\u201d (cf. 2 Co 5, 15). Mar\u00eda puede decir a todos \u201cH\u00e1gannos un lugar en sus corazones (&#8230;) est\u00e1n en mi coraz\u00f3n para vida y para muerte (cf 2 Co 7, 2-3). La resurrecci\u00f3n gloriosa del Coraz\u00f3n de Mar\u00eda, como lo ha dicho muy bien el padre Schillebeeckx a prop\u00f3sito de la Asunci\u00f3n, es \u201cla cumbre de la eminente redenci\u00f3n de Mar\u00eda; marca nuevamente el car\u00e1cter \u00fanico de su sublime redenci\u00f3n\u201d, al mismo tiempo que es la condici\u00f3n de su parte privilegiada en la distribuci\u00f3n de los frutos de la Redenci\u00f3n. \u201cMar\u00eda, dice adem\u00e1s el te\u00f3logo dominico, participa por su Asunci\u00f3n en el poder de Jes\u00fas como Se\u00f1or. Su resurrecci\u00f3n es en ella la \u201cpuesta en potencia\u201d de su maternidad hacia los hombres (cf. Rm 1,4). La realeza de la Virgen es el fruto por excelencia de su redenci\u00f3n y de su colaboraci\u00f3n en la redenci\u00f3n; es participaci\u00f3n en la glorificaci\u00f3n de su Hijo sentado a la derecha del Padre, como Redentor de Mar\u00eda y del Mundo\u201d106. Para nosotros, seres corporales, que no vemos nuestras almas inmortales, el aspecto m\u00e1s sensible del misterio de la Asunci\u00f3n concierne al cuerpo de Mar\u00eda; pero para Mar\u00eda el punto decisivo es relativo a su alma. La glorificaci\u00f3n de Mar\u00eda es ante todo, la entrada inmediata, en el momento de la muerte, de su alma inmortal en el acto \u00fanico, permanente y definitivo de la visi\u00f3n cara a cara de su Hijo y Creador. Aqu\u00ed, abajo, el alma de Mar\u00eda no ve\u00eda &#8211; al menos no habitualmente &#8211; la divinidad de su Hijo, en la que cre\u00eda como nosotros, pero m\u00e1s que nosotros. Para ella, el instante de la muerte f\u00edsica es tambi\u00e9n el de la inefable sorpresa espiritual concerniente a la misteriosa Persona divina de su Hijo, oculta hasta ese momento. El Coraz\u00f3n de Mar\u00eda descubre la persona de su Hijo que es Luz y Amor. Pero el instante de la muerte es tambi\u00e9n, para la Virgen Santa, aquello que marca, con el t\u00e9rmino de su \u00fanico trayecto terrestre (He 9, 27; LG 48, 59) la imposibilidad de hacer en el futuro nuevos actos meritorios de libertad. Bendita imposibilidad, m\u00e1s importante que la ausencia de toda corrupci\u00f3n en su cuerpo muerto, separado de su alma. Tal como cada uno de nosotros debe aceptar los l\u00edmites inherentes a su condici\u00f3n de criatura, Mar\u00eda comulga, en alegr\u00eda y en acci\u00f3n de gracias, con la voluntad de las tres Personas divinas, eliminando de manera irrevocable su posibilidad de crecer en la caridad y de merecer nuevos incrementos de gloria celeste. L\u00edmite interno de su libertad, coincidente con el alcance bienaventurado del punto culminante del poder de esta libertad; a saber, su grado definitivo e insuperable de caridad por su Creador y Redentor. Para Mar\u00eda, la hora de la muerte implica el descubrimiento de la Trinidad bienaventurada, presente en las m\u00e1s \u00edntimas profundidades de su alma desde su Concepci\u00f3n inmaculada; visi\u00f3n de la eterna generaci\u00f3n de su Hijo por el Padre y de la eterna espiraci\u00f3n del Esp\u00edritu de amor por el Padre y el Hijo, que une el \u00f3sculo de este Esp\u00edritu. Descubrimiento pleno: ha ca\u00eddo el velo del cuerpo. La vida entera de Mar\u00eda fue un peregrinaje de fe, de esperanza y de caridad en medios de las angustias y de los sufrimientos; una carrera velozmente e intensamente amante (cf. 1 Co 9, 24-27). Su alma, ontol\u00f3gicamente inmortal, no conoci\u00f3 nunca la muerte del pecado: sobrenaturalmente inmortal, mereci\u00f3 para su cuerpo una resurrecci\u00f3n anticipada. Este m\u00e9rito conoci\u00f3 dos momentos claves: &#8211; por un lado, Mar\u00eda mortal, consintiendo en la Encarnaci\u00f3n confiere al Verbo eterno una carne mortal para la salvaci\u00f3n de todos aquellos que han muerto en Ad\u00e1n, como consecuencia de su pecado; Agust\u00edn lo comprendi\u00f3: para \u00e9l, Cristo debe a Mar\u00eda la posibilidad misma de morir por nuestra salvaci\u00f3n, puesto que recibi\u00f3 y asumi\u00f3 de ella una naturaleza mortal; &#8211; por otro lado, para San Francisco de Sales (serm\u00f3n 61), Mar\u00eda muri\u00f3 de la herida mortal del amor recibido al pie de la Cruz; su muerte, intencionalmente presente, aceptada y ofrecida al pie de la Cruz, forma parte de su cooperaci\u00f3n \u00fanica con el \u00fanico Redentor. En dependencia de \u00c9l y gracias a \u00c9l, mereci\u00f3 nuestra salvaci\u00f3n y de esta forma, muriendo con \u00c9l, nos engendr\u00f3 &#8211; nueva Raquel &#8211; (cf Gn 35, 16-19) en la vida eterna. Concebido de esta manera, el misterio de la muerte de Mar\u00eda est\u00e1 en cierta manera integrado en el misterio de su Asunci\u00f3n gloriosa y abarca casi todo el tiempo de la Iglesia terrestre por sus implicaciones y consecuencias. El coraz\u00f3n, la inteligencia y la voluntad de la Inmaculada Madre de Dios ven y aman al Cristo total, que incluye su cuerpo social y m\u00edstico, la Iglesia, pero no totalmente, en el sentido que la infinitud divina del Salvador permanece incomprensible para Mar\u00eda glorificada; es decir no puede ser comprendida y amada por su Madre tanto como es cognoscible y amable. Jes\u00fas trasciende a Mar\u00eda eternamente. Nuestra hermana no puede penetrar, dice Su\u00e1rez, ni todos los pensamientos ni todos los actos interiores de su humanidad, que tambi\u00e9n la sobrepasa. Sin embargo, durante su exilio terrestre, aceptando desconocer todo lo irrelevante para el ejercicio de su misi\u00f3n, Mar\u00eda mereci\u00f3 conocer ahora &#8211; en el Verbo, su Hijo, visto cara a cara &#8211; nuestras miserias y considerarlas en su misericordiosa y poderosa intercesi\u00f3n, m\u00e1s poderosa que aqu\u00ed abajo. Conoce en nosotros nuestras oraciones y ora con nosotros y por nosotros, supliendo su indignidad y su enfermedad de tal manera que todo recae en su gloria, en la de su Hijo y en la nuestra. En otros t\u00e9rminos, en el Coraz\u00f3n resucitado de Mar\u00eda, como en los otros elegidos, pero m\u00e1s, el acto de la visi\u00f3n beat\u00edfica apunta tambi\u00e9n sobre objetos secundarios, vistos en el objeto primario, el Dios uno y trino. Por consecuencia, Mar\u00eda no conoce s\u00f3lo de manera global los peligros a los que estamos expuestos sino, adem\u00e1s, de manera particular las necesidades espirituales de cada uno de nosotros. Orando por la salvaci\u00f3n de sus hijos terrestres, Mar\u00eda ora en ese mismo acto por el cumplimiento pleno de su propia beatitud accidental (aquella que deviene de las otras criaturas racionales); conoce adem\u00e1s, en el seno de su gloria, su carencia actual y su plenitud futura. El Coraz\u00f3n de Mar\u00eda permanece en una especie de carencia en tanto el n\u00famero de los elegidos no sea completado (cf. Ap 6,11). Mar\u00eda, necesitada de nosotros para la plenitud de su propia alegr\u00eda, nos atrae sin cesar hacia ella, por su piedad por nosotros. Los que recitan los misterios del Rosario han tenido esta dichosa experiencia. Es lo que el Misal mariano expresa en el prefacio de la fiesta de Mar\u00eda Reina del Universo: <\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u201cLa Virgen Mar\u00eda, tu humilde servidora soport\u00f3 el dolor y la afrenta de la cruz de su Hijo, t\u00fa la elevaste por encima de los \u00c1ngeles, ella reina en la gloria con Cristo, intercediendo por todos los hombres, Abogada de gracia y Reina del universo\u201d\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Muriendo por amor a nosotros y resucitando por nuestra justificaci\u00f3n, el Coraz\u00f3n de Mar\u00eda no deja de querer encaminarnos hacia la visi\u00f3n de su Hijo, hacia una camarader\u00eda corporal con \u00c9l.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<b>NOTAS<\/b>:\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">85.  Cf. S. Ireneo, D\u00e9monstration de la pr\u00e9dication apostolique, \u00a7 33; ver los comentarios de P. D. Unger, O. F. M. Cap.&#160;: Ir\u00e6ni doctrina de Maria socia Jesu in recapitulationes (Maria et Ecclesia, Roma, 1959, t IV, pp. 85-91) sobre la frase de  S. Ireneo: \u201cVirgo virginis advocata\u201d.S.J.(D.II,8) llama a Mar\u00eda: Nuestra consolaci\u00f3n\u201d, \u201cemetera paraklesis\u201d.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">87.  Bossuet, Sermon II sur l`Assomption, 1er punto, Lebarcq, T, IV.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">88.  Discurso de P\u00edo XII del 13 de mayo de 1946 (mensaje radiof\u00f3nico en F\u00e1tima).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">89.  Cf. J. Galot, S.J. Maria, Beauchesne, 1964, que consagra 20 p\u00e1ginas al an\u00e1lisis teol\u00f3gico provocado por la muerte de Mar\u00eda, y nos da a continuaci\u00f3n una abundante bilbiograf\u00eda (191-211, 234-7). A la luz de los tr\u00e1nsitos, hay que considerar como un hecho hist\u00f3rico la muerte de Mar\u00eda (Maria, t. VI, pp.135-145-6, 153).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">90.  Maitines de la Asunci\u00f3n de la liturgia del rito bizantino: ver el texto en Mercenier, Pri\u00e8res des \u00c9glises du rite byzantin, Amay, 1939, t. II, p.303.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">91.  S. J. Damasceno, D. II,11 (V, 161-3). No hemos podido consultar el trabajo de G. Chevalier, La Marialogie de S.J. Damasc\u00e8ne, Orient. Christ. Analecta, CIX, Rome, 1936.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">92.  S. Juan Damasceno, D. III, 3(V, 187).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">93.  S. J. Juan Damasceno, D. I, 10 (V, 109). Se notar\u00e1 que el Damasceno no dice expl\u00edcitamente, sino que parece insinuar, casi, que es por esa misma muerte que Mar\u00eda hace brotar para nosotros la fuente de la inmortalidad.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">94.  Tenemos aqu\u00ed dos afirmaciones de la maternidad de Mar\u00eda que consideramos claras. Parecen haberse escapado, a pesar de su perspicacia, al investigador Mons. Jouassard: no remarc\u00f3 m\u00e1s que aquella que se\u00f1alamos en segundo lugar (la primera en el texto del S. Doctor: D. II,8). Pero traduce el texto de tal manera que concluye en lo que parece ser un verdadero contrasentido: \u201cNo nos dejes hu\u00e9rfanos, expuestos al peligro, t\u00fa, la Madre de tu Hijo lleno de compasi\u00f3n\u201d y puede concluir as\u00ed que la idea de maternidad espiritual est\u00e1 ausente, en el plano expl\u00edcito, en el Damasceno (\u00c9tudes Mariales, Maternit\u00e9 spirituelle de Marrie, I,Lethielleux, 1959, p. 78). La traducci\u00f3n del P. Voulet, que hemos utilizado, nos parece que toma en cuenta de mejor manera el concepto original griego: de una parte, si los Ap\u00f3stoles  dirigi\u00e9ndose a Mar\u00eda muriente para pedirle permanecer con ellos, le piden no dejarlos hu\u00e9rfanos, e inmediatamente despu\u00e9s la dicen Madre, y es de cree que la consideraban como su Madre (a los ojos del Damasceno); de otro lado, el verbo \u201cpokinduneuo\u201d se construye con el genitivo y permanece sin complemento en la traducci\u00f3n de Mons. Jouassard. La traducci\u00f3n, posterior, del P. Voulet (aparecida en 1962) nos parece m\u00e1s fiel. De una manera m\u00e1s general, parece que un estudio serio del contenido teol\u00f3gico de los transitus (cf. Maria, VI, 73-156, el brillante estudio de Cothenet) conducir\u00e1 a percibir que la afirmaci\u00f3n de la maternidad espiritual estuvo ya consignada en sus escritos m\u00e1s tempranos, precisamente con ocasi\u00f3n de la descripci\u00f3n de la muerte de Mar\u00eda. Voulet (op. Cit., p. 30) muestra cu\u00e1l  fue el discernimiento para usarlos a prop\u00f3sito de la muerte de Mar\u00eda. \u00bfPor qu\u00e9 no deberle a ellos tambi\u00e9n, su ense\u00f1anza sobre la maternidad espiritual? Remarquemos, finalmente, que la s\u00faplica recogida por el Damasceno en D.II, 8 (cf, el texto citado en nuestro 89) es dirigida a la madre de Dios no s\u00f3lo por los Ap\u00f3stoles, sino tambi\u00e9n por \u201cla multitud de santos vivos que la rodeaban\u201d. Esto, tal vez, y a pesar de Jouassard (op. Cit. P.77, nota 96) no es una creaci\u00f3n de los Ap\u00f3crifos, sino la afirmaci\u00f3n a trav\u00e9s de ellos de una tradici\u00f3n eclesial, parecida a ese \u201cant\u00edqu\u00edsimo relato (de la muerte de Mar\u00eda) que hemos recibido de padres a hijos\u201d (S. Juan Damasceno, D, II,4). Cf A. Rivera, En Ephemerides Marialigic\u00e6, 1957. 359 ss.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">95.  S. Juan Damasceno, D, II, 8-9 (V, 145-7)\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">96.  El Doctor de Damas termina su \u00faltima homil\u00eda sobre la muerte y la Asunci\u00f3n de Maria, pronunciada en Getseman\u00ed, delante de la tumba de la Virgen, con este asombroso  desenlace: \u201cTodos en esp\u00edritu dejamos este mundo con Aquella que se va. \u00a1S\u00ed, por el impulso del coraz\u00f3n, descendamos todos tambi\u00e9n con Aquella que desciende a la tumba! (&#8230;) Coloqu\u00e9monos alrededor de la tumba inmaculada, y consigamos la gracia divina. \u00a1Vengan para abrazarnos en esp\u00edritu y llevemos el cuerpo siempre virginal! Entremos al sepulcro, muramos con ella, rechazando las pasiones del cuerpo, pero vivamos con ella una vida sin codicia y sin mancha\u201d (D. III, 52; V, 193-5). (Hay que recordar que cuando pronunci\u00f3 esta homil\u00eda el Doctor de Damas era ya un anciano por lo que su propia tumba deb\u00eda parecerle como abierta a sus pies. ). Y el Damasceno compara la tumba de Mar\u00eda \u201cllena de gloria\u201d con un \u201crecinto de bodas\u201ddesde donde ella se eleva hasta las bodas, \u201cdespu\u00e9s de legar su misma  tumba como lecho nupcial a aquellos que permanecen la tierra, para procurar \u201cno la uni\u00f3n de los cuerpos, sino la vida de las almas santas; es decir estar en presencia de Dios, condici\u00f3n mejor y m\u00e1s dulce que toda otra\u201d (D, III,2). Dicho de otra manera: la Iglesia de la tierra se re\u00fane delante de la tumba de Mar\u00eda como delante del lecho nupcial de su uni\u00f3n con Dios.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">97.  Ver el anexo.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">98.  Mercenier, op. Cit., t. II, p.295.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">99.  S. J. Damasceno, D, I,12 (V, 115).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">100.   S. J. Damasceno, D, II, 8 (V, 145).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">101.   S. J. Damasceno, D, III, 3 (V, 187).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">102.  Mercenier, op. Cit, t.II, p. 301.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">103.  S. J. Damasceno, D, III, 4 (V, 189).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">104.  S. J. Damasceno, D, III, 4 (V, 191).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">105.  S. J. Damasceno, D, II, 14 (159).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">106.  Schillebeeckx, op. Cit., pp. 82-83 y 96-7. Las \u00faltimas reflexiones de Schillebeeckx evocan un texto tal vez poco estudiado de S. Ireneo: \u201cEra necesario y digno de perfeccionar nuevamente a Adan en el Cristo, para que lo que es mortal sea absorbido por la inmortalidad, y Eva en Mar\u00eda\u201d (adv. Haer. III, 22, 3-4). Uno se puede preguntar si este texto no insin\u00faa la Resurrecci\u00f3n y la Asunci\u00f3n de Mar\u00eda como la glorificaci\u00f3n de Jes\u00fas. En este caso, constituir\u00eda uno de los m\u00e1s antiguos testimoni\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nBertrand de Margerie S.J.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Traducido del franc\u00e9s por Jos\u00e9 G\u00e1lvez Kr\u00fcger para la Enciclopedia Cat\u00f3lica\n<\/p>\n<\/p>\n<p><b>Fuente: Enciclopedia Cat\u00f3lica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El coraz\u00f3n de Mar\u00eda consoladora, Par\u00e1clito85 y nutricio de la Iglesia vivi\u00f3 siempre en un crecimiento constante en la caridad, que fue m\u00e1s r\u00e1pido despu\u00e9s de la Pascua de su Hijo. Teniendo siempre delante de los ojos \u201cla figura de Jesucristo crucificado\u201d (cf. G\u00e1l 3, 1) y viendo sin cesar, en la Iglesia, los poderosos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/corazon-de-maria-agonizante-y-resucitado\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abCORAZON DE MARIA: AGONIZANTE Y RESUCITADO\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-24128","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/24128","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=24128"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/24128\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=24128"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=24128"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=24128"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}