{"id":3260,"date":"2016-02-04T23:46:03","date_gmt":"2016-02-05T04:46:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/martir\/"},"modified":"2016-02-04T23:46:03","modified_gmt":"2016-02-05T04:46:03","slug":"martir","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/martir\/","title":{"rendered":"MARTIR"},"content":{"rendered":"<p>Rev 17:6 ebria .. de la sangre de los m de Jes\u00fas<\/p>\n<hr>\n<p>M\u00e1rtir    (gr. m\u00e1rtus o m\u00e1rturos, generalmente \u00abtestigo\u00bb).  Palabra que aparece en la RVR una sola vez (Rev 17:6), aunque el vocablo gr. m\u00e1rtus aparece 34 veces como \u00abtestigo\u00bb (el significado b\u00e1sico de la palabra que, con el tiempo. lleg\u00f3 a significar quien es \u00abtestigo hasta la muerte\u00bb). Los traductores no est\u00e1n seguros de cu\u00e1les casos se deber\u00ed\u00adan traducir por \u00abm\u00e1rtires\u00bb en lugar de \u00abtestigos\u00bb.  Algunos sugieren que, con el sentido de m\u00e1rtir, tambi\u00e9n se deber\u00ed\u00ada incluir Rev 1:5 y 3:14; los primeros cristianos consideraban que la muerte de Jes\u00fas fue un martirio.<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario B\u00edblico Evang\u00e9lico<\/b><\/p>\n<p>griego testigo. Este t\u00e9rmino se encuentra por primera vez, yatomando el significado que tiene hoy, como el que da el testimonio supremo, el de la sangre, por defender la fe, en Hch 22, 20, usado por Pablo al narrar que \u00e9l estaba cuando Esteban fue lapidado: \u2020\u0153cuando se derram\u00f3 la sangre de tu testigo Esteban\u2020\u009d, es decir, como en el griego, \u2020\u0153de     tu m\u00e1rtir\u2020\u009d. Este concepto de m. se form\u00f3 definitivamente mucho despu\u00e9s,  sin embargo los Padres de la Iglesia consideraron a Eleazar, el escriba, un m\u00e1rtir de antes de Cristo, pues se someti\u00f3, ya anciano, al suplicio del apaleamiento, antes que violar la Ley, 2 Mc 6, 18-31. Igualmente, en 2 Mc 7, se halla el relato llamado \u2020\u0153pasi\u00f3n de los santos macabeos\u2020\u009d, que despu\u00e9s del ejemplo de Eleazar, muestra la crueldad extendida a mujeres y ni\u00f1os en esas \u00e9pocas, 1 M 1, 60-64; madre e hijos, siete hermanos,  sufrieron el suplicio por mantenerse fieles a la Ley, confiados en la resurrecci\u00f3n, y es en este episodio donde aparece por primera vez esta idea: \u2020\u0153T\u00fa, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitar\u00e1 a una vida eterna\u2020\u009d, 2 Mc 7, 9. A \u00e9stos m\u00e1rtires de antes de Cristo y a otros, como el profeta Isa\u00ed\u00adas, que seg\u00fan la tradici\u00f3n fue martirizado por el rey Manas\u00e9s,  se refiere el Ap\u00f3stol cuando habla de los modelos en la Historia Sagrada: \u2020\u0153Unos fueron torturados, rehusando la liberaci\u00f3n por conseguir una resurrecci\u00f3n mejor; otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones; apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada; anduvieron errantes cubiertos de piel de oveja y de cabras; faltos de todo; oprimidos y maltratados, \u00c2\u00a1hombres de los que no era digno el mundo!,  errantes por desiertos y monta\u00f1as, por cavernas y antros de la tierra. Y. todos ellos, aunque alabados por su fe, no consiguieron el objeto de las promesas. Dios ten\u00ed\u00ada ya dispuesto algo mejor para nosotros de modo que no llegar\u00e1n ellos sin nosotros a la perfecci\u00f3n\u2020\u009d, Hb 11, 35-40. Jes\u00fas previno a sus disc\u00ed\u00adpulos pues ser\u00ed\u00adan perseguidos y martirizados por causa de su nombre, y los exhort\u00f3 a dar testimonio de su fe, Mt 10, 17-22; 24,  9; la suerte de los disc\u00ed\u00adpulos ser\u00e1 la misma de Jes\u00fas, Jn 15, 18-25.<\/p>\n<p>Diccionario B\u00ed\u00adblico Digital, Grupo C Service &#038; Design Ltda., Colombia, 2003<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario B\u00edblico Digital<\/b><\/p>\n<p>(gr., martys, martyr, testimonio, testigo). Debido a su uso en relaci\u00f3n con Esteban (Act 22:20) y otros que murieron por Cristo, la palabra lleg\u00f3 a describir a uno que pag\u00f3 el precio m\u00e1ximo por la fidelidad a Cristo. Antipas fue un testigo fiel (Rev 2:13). La ramera, Babilonia, estaba embriagada con la sangre de los m\u00e1rtires (Rev 17:6).<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario B\u00edblico Mundo Hispano<\/b><\/p>\n<p>(testigo).<\/p>\n<p> Persona que padece muerte por defender y mantenerse fiel a la causa que profesa, y por testificar de la misma, Hec 22:20,  Rev 17:6, Rev 7:14.<\/p>\n<p> &#8211; San Esteban fue el primer m\u00e1rtir cristiano despu\u00e9s de Cristo,  Hec 7:54-60.<\/p>\n<p> &#8211; Eleazar, en 2 Mac.6: &#8211; La madre y los 7 hijos, 2 Mac.7.<\/p>\n<p> &#8211; San Pedro, crucificado boca abajo, por no considerarse digno de morir como el Maestro.<\/p>\n<p> &#8211; San Pablo, degollado, no lo pod\u00ed\u00adan crucificar, porque era \u00abciudadano romano\u00bb.<\/p>\n<p> &#8211; Santiago, degollado, Hec 12:2.<\/p>\n<p> &#8211; San Andres, crucificado en cruz en forma de X. \u00c2\u00a1. y miles de m\u00e1rtires!. \u00c2\u00a1Aleluya!.<\/p>\n<p>Diccionario B\u00ed\u00adblico Cristiano<br \/>\nDr. J. Dominguez<\/p>\n<p>http:\/\/biblia.com\/diccionario\/<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario B\u00edblico Cristiano<\/b><\/p>\n<p>DicEc<br \/>\n\u00c2\u00a0<br \/>\nLa palabra \u00abmartirio\u00bb (martyrion)  significara originariamente \u00abtestimonio\u00bb. Su significado moderno puede detectarse ya en los escritos tard\u00ed\u00ados del Nuevo Testamento (Ap 6,9; 17,6; 20,4). La realidad es anterior, como podemos ver en los casos de Esteban, cuyo testimonio le cost\u00f3 la vida (He 7,56-60), y de Santiago (He 12,2). Del martirio de Pedro y Pablo en Roma hacia el 67 d.C. no hay constancia en el Nuevo Testamento, aunque hay una alusi\u00f3n a la muerte de Pedro (Jn 21,18-19).<\/p>\n<p>Hacia el 110 d.C. >Ignacio de Antioqu\u00ed\u00ada escribe a los romanos pidi\u00e9ndoles que no obstaculicen su martirio. En este texto hay ya una visi\u00f3n m\u00ed\u00adstica de la muerte cruel y violenta del verdadero testigo: \u00abDejadme, os lo ruego, ser alimento para las bestias, porque son ellas las que pueden abrirme el camino hacia Dios. Yo soy su trigo, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad m\u00e1s bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro m\u00ed\u00ado y no dejen rastro de mi cuerpo. (&#8230;) Entonces ser\u00e9 verdadero disc\u00ed\u00adpulo de Jesucristo\u00bb. El amor es el principal motor de los m\u00e1rtires.<\/p>\n<p>El martirio en el Imperio romano fue espor\u00e1dico hasta el llamado \u00abedicto\u00bb de >Constantino; depend\u00ed\u00ada de la actitud del emperador y del capricho de los oficiales romanos del lugar. La persecuci\u00f3n pod\u00ed\u00ada por tanto desencadenarse en cualquier momento y en cualquier lugar. El punto central en los procesos de los m\u00e1rtires sol\u00ed\u00ada ser m\u00e1s su negativa a tomar parte en el culto oficial al imperio o al emperador que la proscripci\u00f3n de la religi\u00f3n cristiana en cuanto tal (> Persecuci\u00f3n).<\/p>\n<p>La \u00e9poca de los m\u00e1rtires dio origen a un nuevo g\u00e9nero de literatura cristiana: las exhortaciones al martirio. Los escritores animaban a los que eran perseguidos a mantenerse firmes en su resoluci\u00f3n. Surgi\u00f3 tambi\u00e9n una espiritualidad del martirio.<\/p>\n<p>Los relatos de los martirios m\u00e1s conocidos se encuentran en tres tipos de documentos. Est\u00e1n en primer lugar las acta,  es decir, las actas oficiales de los procesos, que incluyen las preguntas al acusado, las respuestas de este y la sentencia. En segundo lugar est\u00e1n las passiones o martyria,  es decir, relatos del martirio redactados por testigos oculares o contempor\u00e1neos. Y en tercer lugar est\u00e1n las leyendas edificantes escritas con posterioridad; tienen poco valor hist\u00f3rico, pero a veces contienen una teolog\u00ed\u00ada y una espiritualidad del martirio significativas.<\/p>\n<p>La reflexi\u00f3n sobre el martirio se desarrolla en varias direcciones. En un pasaje caracter\u00ed\u00adsticamente oscuro, parece que >Hermas afirma el derecho de los m\u00e1rtires a sentarse junto a los presb\u00ed\u00adteros, al menos en la Iglesia celeste. En Eusebio encontramos otra expresi\u00f3n casi t\u00e9cnica: se dice de los cristianos que son admitidos a la herencia de los m\u00e1rtires (kl\u00e9ron t\u00f3n martyr\u00f3n)\u00bb.  Poco despu\u00e9s del 250 encontramos m\u00e1rtires pidiendo un trato favorable para los que han ca\u00ed\u00addo (lapsi)  en cartas conocidas con el nombre de libellus.  Aunque aceptada al principio, la pr\u00e1ctica de la presentaci\u00f3n de la carta del m\u00e1rtir acabar\u00ed\u00ada por crear des\u00f3rdenes, especialmente en Cartago (>Reconciliaci\u00f3n, > Confesores).<\/p>\n<p>El culto a los m\u00e1rtires es la primera manifestaci\u00f3n de veneraci\u00f3n a los > santos. Se celebraba la misa en el lugar de su sepultura o de su muerte, en conmemoraci\u00f3n del \u00abd\u00ed\u00ada de su nacimiento\u00bb (dies natalis),  el d\u00ed\u00ada en que hab\u00ed\u00adan entrado en la gloria. San Agust\u00ed\u00adn expresa una convicci\u00f3n general de la Iglesia en el per\u00ed\u00adodo patr\u00ed\u00adstico cuando dice: \u00abLa Iglesia no reza por los m\u00e1rtires; m\u00e1s bien se encomienda a sus oraciones\u00bb.<\/p>\n<p>A lo largo de la \u00e9poca patr\u00ed\u00adstica encontramos el desarrollo de una teolog\u00ed\u00ada sobre el martirio. Eusebio recuerda que el Esp\u00ed\u00adritu est\u00e1 presente en los m\u00e1rtires\u00bb. El martirio cristiano es para Ireneo prueba de que el esp\u00ed\u00adritu de los profetas perdura en la Iglesia\u00bb. Como cat\u00f3lico y como montanista, Tertuliano afirma que Cristo mismo mora y sufre en los m\u00e1rtires, y es el Esp\u00ed\u00adritu mismo quien los entrena para el combate\u00bb. El martirio requiere el don b\u00ed\u00adblico de la entereza.<\/p>\n<p>Desde los primeros siglos se consider\u00f3 que el martirio produc\u00ed\u00ada los mismos efectos que el bautismo: los catec\u00famenos que mor\u00ed\u00adan por su fe eran venerados como m\u00e1rtires, ya que hab\u00ed\u00adan recibido el \u00abbautismo de sangre\u00bb. Los que eran martirizados por el nombre de Cristo se entregaban realmente a \u00e9l, entrega que se hac\u00ed\u00ada ritual en el bautismo. En los tiempos patr\u00ed\u00adsticos encontramos tambi\u00e9n el martirio \u00abblanco\u00bb, es decir, la vida asc\u00e9tica, y en la Iglesia celta, el martirio \u00abverde\u00bb, o sea, la supresi\u00f3n de las pasiones y la penitencia continua.<\/p>\n<p>En el per\u00ed\u00adodo escol\u00e1stico se produce cierta intensificaci\u00f3n de la teolog\u00ed\u00ada del martirio. La ense\u00f1anza de santo Tom\u00e1s es sucinta: el martirio supone permanecer firme en la fe y, por consiguiente, es un acto virtuoso; el acto del martirio es una negativa a renunciar a la fe o a la justicia; su motivo m\u00e1s alto es el amor, y es de hecho la suprema manifestaci\u00f3n del amor; la muerte forma parte de la perfecci\u00f3n del amor; el m\u00e1rtir puede dar testimonio de la fe directamente o por medio de actos que suponen impl\u00ed\u00adcitamente la fe, como en el caso de Juan Bautista, que muri\u00f3 por condenar el adulterio; a menos que est\u00e9 relacionado con Dios, el patriotismo no es causa de martirio.<\/p>\n<p>Pr\u00f3spero Lambertini, el futuro Benedicto XIV (1740-1758), aclar\u00f3 el tema del martirio, como hab\u00ed\u00ada hecho con otras muchas cuestiones relativas a los >santos: \u00abEl martirio es el sufrimiento o aceptaci\u00f3n voluntaria de la muerte por causa de la fe en Cristo o de otro acto virtuoso relacionado con Dios\u00bb (voluntariam mortis perpessionem seu tolerantiam propter fidem Christi, vel alium virtutis actum in Deum relatum).<br \/>\nEs central en la teolog\u00ed\u00ada del martirio el hecho de la libertad: el m\u00e1rtir no es alguien que tiene que morir, sino que elige morir por la fe, o act\u00faa por la fe y Dios de tal modo que la muerte se produce como una consecuencia. Hay cierta ambig\u00fcedad en las personas que buscan el martirio. Aunque son muchos los ejemplos de b\u00fasqueda de la muerte para dar un testimonio voluntario y expl\u00ed\u00adcito de la fe, la tradici\u00f3n afirma tambi\u00e9n fuertemente que en caso de persecuci\u00f3n se puede, y a veces se debe, huir (cf Mt 10,23; He 9,25). Muchos de los grandes m\u00e1rtires, como Policarpo y Cipriano, primero escaparon y luego, cuando los apresaron, confesaron su fe. A no ser que se haya recibido un gran carisma, probablemente es presuntuoso pretender ofrecer la propia vida en martirio; \u00bfqui\u00e9n puede estar seguro de que se mantendr\u00e1 firme hasta el final? El martirio es en definitiva un don del Esp\u00ed\u00adritu.<\/p>\n<p>El martirio pertenece a la vida interna de la Iglesia: el m\u00e1rtir procede de la comunidad de la Iglesia y, en nombre de la Iglesia, da testimonio de palabra o de obra, alentando as\u00ed\u00ad a todos los miembros de la Iglesia a perseverar en la fidelidad.<\/p>\n<p>El Vaticano II hizo algunas declaraciones notables acerca de los m\u00e1rtires y el martirio: los m\u00e1rtires son conmemorados en la liturgia (SC 104), en la que se unen (SC 50); son testigos excepcionales de la fe de la Iglesia (GS 21) y dan testimonio supremo de amor (LG 42); la espiritualidad misionera incluye la disposici\u00f3n a derramar la propia sangre por el evangelio (AG 24; cf DH 14); a veces es preciso resistir a las autoridades civiles hasta el punto incluso del martirio (DH 11). Antes del Vaticano II los te\u00f3logos eran reacios a reconocer la existencia de aut\u00e9ntico martirio fuera de la Iglesia cat\u00f3lica: se consideraba que al testimonio de los otros cristianos le faltaba la integridad y plenitud de la fe cat\u00f3lica. En un primer borrador de la Lumen gentium  se hablaba de martirio entre los otros cristianos, pero, dado que el significado del martirio no era un\u00e1nime entre los te\u00f3logos, se prefiri\u00f3 la frase \u00abhasta la efusi\u00f3n de la sangre\u00bb (LG 15). Despu\u00e9s del concilio ha habido menos dudas a la hora de reconocer como m\u00e1rtires a muchos cristianos no cat\u00f3licos. Significativo en este sentido fue el acto celebrado en Canterbury el 29 de mayo de 1982, en el que el papa Juan Pablo II y el arzobispo de Canterbury encendieron siete velas, en honor de Maximiliano Kolbe, Dietrich Bonhoeffer, Janani Luwum, Mar\u00ed\u00ada Skobtsova, Martin Luther King, Oscar Romero y \u00ablos m\u00e1rtires desconocidos de nuestro tiempo\u00bb. Aunque no llegan a venerar a los m\u00e1rtires en el sentido de pedir su intercesi\u00f3n, los protestantes est\u00e1n en la actualidad m\u00e1s abiertos a reservar a los m\u00e1rtires un lugar de honor, y en este sentido est\u00e1n redescubriendo algunas ra\u00ed\u00adces de la Reforma.<\/p>\n<p>En el siglo XX hemos vivido una nueva \u00e9poca de los m\u00e1rtires y se ha reflexionado mucho sobre el tema. Ha habido m\u00e1rtires especialmente en las Iglesias de la Europa del Este antes de 1989 y en muchos lugares de Am\u00e9rica Latina, as\u00ed\u00ad como en muchos pa\u00ed\u00adses de Africa y Asia, particularmente en China. Quiz\u00e1 no sean m\u00e1s de veinte las Iglesias en todo el mundo en las que no haya habido m\u00e1rtires en el siglo XX. Los m\u00e1rtires han fecundado todas las Iglesias, y constituyen un v\u00ed\u00adnculo de unidad, nuevo y radical, entre los cristianos. A menudo resulta dif\u00ed\u00adcil discernir si se trata de un verdadero martirio cuando otros motivos, por ejemplo, pol\u00ed\u00adticos, figuran entre las causas de la muerte. En Am\u00e9rica Latina especialmente vemos a muchas personas que mueren de manera violenta, no siempre expl\u00ed\u00adcitamente por un principio de la fe, sino m\u00e1s bien por su compromiso con los derechos humanos; pero los actos que los han llevado a la muerte estaban basados en el ineluctable dato de la revelaci\u00f3n acerca de la dignidad humana y los derechos inalienables de la persona. Algunas figuras del siglo XX abogan en favor de una interpretaci\u00f3n m\u00e1s amplia del martirio. La canonizaci\u00f3n en 1950 de santa Mar\u00ed\u00ada Goretti (1890-1902) fue considerada en su \u00e9poca la canonizaci\u00f3n de una m\u00e1rtir en virtud de que hab\u00ed\u00ada preferido la muerte a perder la castidad. Titus Brandsma (1881-1942) fue beatificado como m\u00e1rtir tras su muerte en el campo de concentraci\u00f3n de Dachau; hab\u00ed\u00ada sido detenido porque, como representante de la jerarqu\u00ed\u00ada holandesa y siguiendo instrucciones suyas, se opuso a la propaganda nazi en la prensa cat\u00f3lica y se neg\u00f3 a aceptar la expulsi\u00f3n de los ni\u00f1os jud\u00ed\u00ados de las escuelas cat\u00f3licas. San Maximiliano Kolbe (1894-1941) dio su vida en sustituci\u00f3n de otro prisionero de Auschwitz; fue beatificado como >confesor, pero Juan Pablo II, desatendiendo el parecer contrario de sus cardenales, lo canoniz\u00f3 como m\u00e1rtir (1982). En todos los tiempos la Iglesia ha sabido que el testimonio supremo de los m\u00e1rtires la hac\u00ed\u00ada fecunda y la edificaba.<\/p>\n<p>No se puede determinar el n\u00famero exacto de los m\u00e1rtires: los historiadores hablan de entre 10.000 y 100.000 m\u00e1rtires durante los primeros siglos (y podr\u00ed\u00adan contarse muchos m\u00e1s en los siglos posteriores). S\u00f3lo una peque\u00f1a fracci\u00f3n de los m\u00e1rtires que ha habido est\u00e1n recogidos en el registro lit\u00fargico, conocido como Martirologio,  los primeros ejemplos del cual datan de los tiempos patr\u00ed\u00adsticos.<\/p>\n<p>[La carta apost\u00f3lica de Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente  de 1994 ha relanzado con fuerza el tema del martirio en el n 37, pues subraya que \u00abal t\u00e9rmino del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de m\u00e1rtires&#8230; Es un testimonio que no hay que olvidar\u00bb. De hecho ya el mismo Juan Pablo II poco antes hizo una afirmaci\u00f3n prof\u00e9tica al referirse a los \u00abm\u00e1rtires de la justicia e indirectamente de la fe\u00bb (Sicilia, Italia, 9 de mayo de 1993), suscitando una renovada reflexi\u00f3n sobre el concepto de m\u00e1rtir y un cierto ensanchamiento del mismo. La misma Tertio millennio adveniente  adem\u00e1s trata del \u00abecumenismo de los m\u00e1rtires\u00bb (n 37), posteriormente relanzado por la carta apost\u00f3lica Orientale lumen  de 1995, n 25.]<\/p>\n<p>Christopher O\u00c2\u00b4Donell &#8211; Salvador Pi\u00e9-Ninot, Diccionario de Eclesiolog\u00ed\u00ada, San Pablo, Madrid 1987<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Eclesiolog\u00eda<\/b><\/p>\n<p>SUMARIO: I. Historia y teolog\u00ed\u00ada del martirio: 1. El t\u00e9rmino \u00abm\u00e1rtir\u00bb: 2. El concepto de martirio: 3. El n\u00famero de m\u00e1rtires; 4. Teolog\u00ed\u00ada del martirio; 5. El culto a los m\u00e1rtires; 6. El martirio fuera de la Iglesia cat\u00f3lica &#8211; II. Espiritualidad del martirio en la actualidad.<\/p>\n<p>I. Historia y teolog\u00ed\u00ada del martirio<br \/>\n1. EL TERMINO \u00abM\u00ed\u0081RTIR\u00bb &#8211; El t\u00e9rmino \u00abm\u00e1rtir\u00bb se deriva del griego \u00abmartys\u00bb, que en la lengua profana significa \u00abtestigo\u00bb. Pero en la terminolog\u00ed\u00ada teol\u00f3gica este mismo t\u00e9rmino, ya desde el s. II-III, designa a una persona que ha dado testimonio en favor de Cristo y de su doctrina con el sacrificio de su vida. Surge entonces el problema de c\u00f3mo, en un tiempo relativamente breve, el t\u00e9rmino \u00abm\u00e1rtir\u00bb adquiri\u00f3 este significado tan especial. En efecto, en el Nuevo Testamento esta palabra aparece con frecuencia en el sentido ordinario de testigo (Mc 14,63; He 6,13; etc.); pero designa, sobre todo, a un tipo particular de testigos, o sea a los ap\u00f3stoles, que pueden testimoniar por experiencia propia la vida, la muerte y, especial-mente. la resurrecci\u00f3n de Jes\u00fas (cf He 1,22; Lc 24,48; He 1,8; 2,32; 10,39. 41; 26,16; 1 Cor 14,15, etc). As\u00ed\u00ad pues, los ap\u00f3stoles son los testigos autorizados y, por as\u00ed\u00ad decir, oficiales de la misi\u00f3n y de la resurrecci\u00f3n de Cristo, sin que el t\u00e9rmino mismo suponga que dieran testimonio de Cristo incluso con el sacrificio de sus vidas.<\/p>\n<p>Sin embargo, hay textos en los que el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb y sus derivados se acercan bastante a este \u00faltimo significado. As\u00ed\u00ad se ve, por ejemplo, en el texto de Mc 13,9: \u00abOs entregar\u00e1n a los tribunales, ser\u00e9is azotados en las sinagogas y comparecer\u00e9is ante los gobernadores y los reyes por causa m\u00ed\u00ada, en testimonio (martyrion) para ellos\u00bb. Adem\u00e1s, en otros textos el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb es utilizado para designar a ciertas personas que, efectivamente, han atestiguado en favor de Cristo con el sacrificio de sus vidas. Por ejemplo, He 22,20, donde se habla de \u00abla sangre de Esteban tu testigo (martyros)\u00bb, o Ap 2,13, donde se habla de Antipas llam\u00e1ndolo \u00abmi fiel testigo (martys), que fue muerto entre vosotros\u00bb. En estos y en otros textos semejantes (Ap 11,3; 11,7; 17,6, etc.) no est\u00e1 del todo claro si el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb es usado formalmente para indicar que los testigos en cuesti\u00f3n derramaron su sangre por Cristo o si es empleado en el sentido mucho m\u00e1s gen\u00e9rico de testigo. Por tanto, hay que concluir que el Nuevo Testamento no ofrece ning\u00fan ejemplo claro en donde el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb se utilice en el sentido m\u00e1s restrictivo que tendr\u00ed\u00ada luego a partir del s. II-III.<\/p>\n<p>Especialmente en nuestro siglo, los eruditos han intentado explicar c\u00f3mo en un tiempo relativamente breve la palabra \u00abmartys\u00bb adquiri\u00f3 exclusivamente el significado t\u00e9cnico de \u00abm\u00e1rtir\u00bb. Con este objeto se han realizado varios intentos para descubrir un v\u00ed\u00adnculo interno entre el concepto de \u00abtestigo\u00bb y el de \u00abm\u00e1rtir\u00bb, recurriendo al helenismo y especialmente a la filosof\u00ed\u00ada estoica, o bien a las categor\u00ed\u00adas de pensamiento presentes en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Estos intentos no han aportado una soluci\u00f3n definitiva del problema, aunque han arrojado algunos elementos ciertamente importantes. Nos referimos al hecho de que, ya en el helenismo, la palabra \u00abmartys\u00bb y sus derivados no se utilizaron \u00fanicamente para designar un testimonio verbal, sino tambi\u00e9n el testimonio dado con la acci\u00f3n y con toda la vida (el caso de Epicteto). Tambi\u00e9n es importante el hecho de que el t\u00e9rmino \u00abtestigo de Dios\u00bb (martys tou theou) se empleara en la teolog\u00ed\u00ada hebrea para designar a los profetas, o sea a los testigos privilegiados de Dios, muchos de los cuales atestiguaron no s\u00f3lo con sus palabras, sino tambi\u00e9n con el ejemplo de su vida y hasta con sus sufrimientos y la muerte.<\/p>\n<p>Por lo que se refiere a los intentos de establecer una conexi\u00f3n interna entre el t\u00e9rmino \u00abtestigo\u00bb y el de \u00abm\u00e1rtir\u00bb a partir del Nuevo Testamento, merecen una particular consideraci\u00f3n las siguientes sugerencias:<\/p>\n<p>* Los m\u00e1rtires tuvieron una oportunidad privilegiada de atestiguar su fe en los interrogatorios que ordinariamente preced\u00ed\u00adan a la condena a muerte.<\/p>\n<p>* El m\u00e1rtir es testigo de Cristo no s\u00f3lo con su confesi\u00f3n de fe. sino tambi\u00e9n con su vida y con su muerte, imitando as\u00ed\u00ad la obra y la muerte salv\u00ed\u00adfica del Redentor. Es, por tanto, un testigo por excelencia.<\/p>\n<p>* El testimonio de los m\u00e1rtires no es s\u00f3lo una rnanifestaci\u00f3n humana, sino un testimonie del mismo Esp\u00ed\u00adritu Santo, y, por tanto, sumamente precioso (cf Mt 10,19-20).<\/p>\n<p>* Psicol\u00f3gicamente hablando, el testimonio del martirio adquiere una eficacia particular debido a que la profesi\u00f3n oral queda confirmada con la vida y sobre todo con la muerte. Aunque todas estas consideraciones tienen su valor, cabe dudar, sin embargo, de si pueden, en conjunto, explicar el hecho de que el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb adquiriera en un tiempo tan breve el significado exclusivo de \u00abm\u00e1rtir\u00bb. Como ha observado H. Delehaye refiri\u00e9ndose a estas discusiones, la lengua no se desarrolla seg\u00fan una l\u00f3gica interna y puede suceder que un t\u00e9rmino pierda su significado primitivo y adquiera otrodistinto debido a una serie de factores y circunstancias. Por tanto, se puede preguntar si no es posible que el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb = \u00abtestigo\u00bb adquiriera el significado de m\u00e1rtir precisamente cuando el martirio fue un hecho frecuente en la vida de la Iglesia y cuando el testimonio por excelencia en favor de Cristo y de su doctrina fue dado de la forma m\u00e1s evidente por quienes eran sacrificados por su fe en \u00e9l.<\/p>\n<p>Por otra parte, este desarrollo pudo acelerarse ulteriormente por el hecho de que en las luchas contra el docetismo. que negaba la realidad del cuerpo de Cristo y, por tanto, la realidad de su pasi\u00f3n y de su muerte, el testimonio que los m\u00e1rtires hab\u00ed\u00adan dado precisamente con su muerte fue considerado como una prueba particularmente preciosa y convincente contra semejantes teor\u00ed\u00adas.<\/p>\n<p>De todas formas, aunque el problema de la terminolog\u00ed\u00ada sigue siendo todav\u00ed\u00ada un tanto enigm\u00e1tico y quiz\u00e1 no pueda nunca resolverse definitivamente, el hecho es que a partir de la mitad del s. II el t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb posee ya frecuentemente el significado actual de m\u00e1rtir, que pronto pasar\u00e1 a ser el \u00fanico. La historia de este r\u00e1pido desarrollo puede seguirse ante todo a trav\u00e9s del estudio de la terminolog\u00ed\u00ada empleada en la primera carta de Clemente Romano a los corintios. en las actas del martirio de Policarpo y en los escritos de Ireneo, Clemente de Alejandr\u00ed\u00ada y Or\u00ed\u00adgenes, y, en lo que se refiere a la literatura latina. en las obras de Tertuliano y de Lactancio.<\/p>\n<p>Con el correr de los a\u00f1os se hace una \u00faltima clarificaci\u00f3n respecto al significado del t\u00e9rmino \u00abm\u00e1rtir\u00bb, que se convierte ya en la acepci\u00f3n ordinaria del s. N; consiste en la distinci\u00f3n entre los que hab\u00ed\u00adan sufrido por su fe (confessores fidei) y los que hab\u00ed\u00adan sacrificado su vida por ella; solamente estos \u00faltimos eran designados con el t\u00e9rmino de \u00abm\u00e1rtires\u00bb.<\/p>\n<p>2. El. CONCEPTO DE MARTIRIO &#8211; Si es complicada la historia del t\u00e9rmino \u00abmartys\u00bb, resulta clara, por el contrario, la realidad que designa: la muerte de un cristiano sufrida por su fe. Se puede tratar de la fe en toda la revelaci\u00f3n, o bien en una parte de ella, a saber: en un dogma particular. Se puede y se debe hablar tambi\u00e9n de martirio cuando el cristiano, por causa de su fe, se ha negado a faltar a un mandamiento (por ejemplo, contra la justicia o contra la castidad).<\/p>\n<p>Mientras que en el cristiano es decisivo que, por amor de Dios y consciente de las consecuencias a las que ha de enfrentarse, no quiera hacer nada que vaya contra su fe, en el que inflige la muerte no es necesario que act\u00fae directa v formalmente por odio contra Dios, contra la persona de Cristo, su doctrina o su Iglesia. Basta con que, por motivos ideol\u00f3gicos o por otros cualesquiera. pretenda forzar al cristiano a cometer actos que \u00e9ste no puede realizar sin pecar.<\/p>\n<p>Por tanto, si en este contexto se habla de odium fidei por parte del que mata al cristiano, se entiende con esta expresi\u00f3n la actitud de hostilidad contra el cristianismo, porque \u00e9ste impide la consecuci\u00f3n del fin que pretende el perseguidor.<\/p>\n<p>Todos los elementos se\u00f1alados se encuentran con especial claridad en las relaciones de los martirios antiguos, como, por ejemplo, en la copia de las actas proconsulares de los m\u00e1rtires escilitanos, que nos informan del procedimiento jur\u00ed\u00addico instruido contra ellos el 17 de julio del a\u00f1o 180. La acusaci\u00f3n formulada por el proc\u00f3nsul Saturnino se refiere al hecho de que los cristianos en cuesti\u00f3n se hab\u00ed\u00adan negado a vivir seg\u00fan la costumbre romana y a tributar al emperador ciertos honores que, a su juicio, estaban formalmente en contra de su fe monote\u00ed\u00adsta. Por este motivo se les conmina a que abandonen su fe, y cuando se niegan a ello son condenados a la decapitaci\u00f3n: \u00abEntonces el proc\u00f3nsul Saturnino tom\u00f3 sus tablillas y ley\u00f3 la sentencia: `Esperata, Narzalo, Cittino, Donata, Vestia, Secunda y otros han confesado que quieren vivir a la manera de los cristianos, y como, a pesar de nuestro ofrecimiento de que pueden volver a vivir seg\u00fan las costumbres de los romanos, se han obstinado en su decisi\u00f3n, por eso los condenamos a morir por la espada&#8230;, inmediatamente despu\u00e9s fueron conducidos al lugar del martirio, donde se arrodillaron y rezaron todos juntos. Luego, se les cort\u00f3 la cabeza uno tras otro\u00bb.<\/p>\n<p>Sin embargo, no resulta siempre f\u00e1cil descubrir todos los elementos de un martirio. Con frecuencia, y especialmente en nuestros d\u00ed\u00adas, los cristianos que no quieren ceder a las pretensiones de un dictador no son perseguidos oficialmente por ser cristianos, sino que se los acusa de cr\u00ed\u00admenes comunes y, sobretodo, son condenados como traidores o perturbadores del orden p\u00fablico. Adem\u00e1s, muchas veces no se instruye un proceso ordinario, sino que se los elimina ocultamente. Tambi\u00e9n puede ocurrir que no se les d\u00e9 muerte directamente, sino que -como ya suced\u00ed\u00ada en la antig\u00fcedad con quienes eran condenados a trabajos forzados en las minas (damnati ad metalla)- se les ponga en condiciones tales que lleguen a morir por causa de las privaciones y trabajos que han de soportar.<\/p>\n<p>Ni hemos de olvidar que en la actualidad existen medios y posibilidades de destruir la personalidad de un hombre sin quitarle la vida f\u00ed\u00adsica. Finalmente, a menudo resulta m\u00e1s dif\u00ed\u00adcil discernir el martirio, porque regularmente no se les ofrece a los cristianos una opci\u00f3n entre la apostas\u00ed\u00ada y la muerte, sino que simplemente se les mata por demostrar con su vida una fe tan firme y profunda que el perseguidor no puede concebir esperanzas de que renuncien a ella.<\/p>\n<p>Estas formas de martirio, que muchas veces no pueden ser reconocidas oficialmente como tales, plantean problemas especiales, como, por ejemplo, el de determinar en qu\u00e9 sentido la voluntad habitual de vivir el cristianismo incluso ante las amenazas de muerte, o el deseo del martirio, pueden ser considerados sustitutivos de la decisi\u00f3n de quienes -como los m\u00e1rtires escilitanos- son puestos expl\u00ed\u00adcitamente ante la opci\u00f3n entre la apostas\u00ed\u00ada y la muerte. En las siguientes reflexiones tendremos tambi\u00e9n presentes estos casos, aunque sin entrar en las explicaciones ulteriores que de suyo exigir\u00ed\u00adan.<\/p>\n<p>3. EL N\u00daMERO DE M\u00ed\u0081RTIRES &#8211; Por los motivos que acabamos de exponer resulta l\u00f3gicamente imposible se\u00f1alar con precisi\u00f3n el n\u00famero de m\u00e1rtires; esta dificultad se agrava a\u00fan m\u00e1s por el hecho de que no tenemos ninguna certeza de que en la antig\u00fcedad se hicieran relaciones completas de todos los m\u00e1rtires y de que todas las relaciones eventualmente redactadas hayan llegado hasta nosotros.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, en los relatos que nos han llegado se encuentran muchas veces indicaciones vagas, como, por ejemplo, la afirmaci\u00f3n de que, en una circunstancia determinada, el n\u00famero de m\u00e1rtires era \u00abenorme\u00bb.<\/p>\n<p>Por otra parte, se sabe con certeza que s\u00f3lo en las persecuciones romanas murieron por su fe varios millares de cristianos (las opiniones de los especialistas sobre el tema var\u00ed\u00adan notablemente y van de un m\u00ed\u00adnimo de 10.000 a un m\u00e1ximo de cerca de 100.000). Tambi\u00e9n sabemos que la evangelizaci\u00f3n de los paises de Europa cost\u00f3 la vida a no pocos cristianos y que lo mismo hay que decir respecto a los comienzos de la propagaci\u00f3n de la fe en casi todas las tierras de misi\u00f3n. Adem\u00e1s, tanto en el periodo de la reforma como en el de la revoluci\u00f3n francesa, y m\u00e1s a\u00fan bajo las dictaduras de nuestro siglo, fueron much\u00ed\u00adsimos los que testimoniaron con su sangre su fidelidad a Cristo y a la Iglesia, aunque resulta dif\u00ed\u00adcil se\u00f1alar su n\u00famero. Un c\u00e1lculo prudencial nos permite decir que, desde la fundaci\u00f3n de la Iglesia hasta hoy, los cristianos que han sufrido el martirio en todas las partes del mundo suman por lo menos varios cientos de miles.<\/p>\n<p>Este hecho sugiere ya por s\u00ed\u00ad solo que un fen\u00f3meno tan frecuente y constante no puede ser meramente casual, sino que debe existir una conexi\u00f3n interna entre la vida de la Iglesia y el martirio. Por consiguiente, no hemos de extra\u00f1arnos de que el Vat. II haya afirmado que algunos cristianos \u00abser\u00e1n siempre llamados a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores\u00bb (LG 42), basando esta ense\u00f1anza no ya en un c\u00e1lculo de probabilidades, sino en la verdad teol\u00f3gica de que el martirio forma parte integrande de la vida de la Iglesia.<\/p>\n<p>4. TEOLOG\u00ed\u008dA DEL MARTIRIO &#8211; La teolog\u00ed\u00ada del martirio est\u00e1 enteramente basada en la muerte de Cristo y en su significado. En efecto, Cristo es el prototipo de los m\u00e1rtires: \u00abTeniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consider\u00f3 como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonad\u00f3 a s\u00ed\u00ad mismo tomando la naturaleza de siervo, haci\u00e9ndose semejante a los hombres; y en su condici\u00f3n de hombre se humill\u00f3 a s\u00ed\u00ad mismo haci\u00e9ndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz\u00bb (Flp 2,6-8).<\/p>\n<p>Cristo es el siervo doliente de Yahv\u00e9 anunciado por Isa\u00ed\u00adas (Is 52,13-15; 53), que tiene que sufrir y morir para justificar a la muchedumbre (Is 53,11), que vino a dar su vida en rescate por muchos (cf Mt 20,28).<\/p>\n<p>La salvaci\u00f3n del mundo tiene que realizarse a trav\u00e9s del sufrimiento y la muerte del testigo del Padre (Mt 16.21 y par.; 26,54.56; Lc 17,25; 22,37: 24,7.26.44), ya que sin el derramamiento de sangre no hay perd\u00f3n (Heb 9,22). El Se\u00f1or \u00abvino a los suyos y los suyos no lo recibieron\u00bb (Jn 1,11), pero \u00e9l \u00ablos am\u00f3 hasta el fin\u00bb (Jn 13,1); fue entregado (cf Jn 18,2), condenado a muerte (cf (Jn 19,7s) y crucificado (Jn 19,18). De este modo consum\u00f3 el sacrificio del amor (Jn 19.30), a fin de que tuvi\u00e9ramos la vida (cf Jn 10,10).<\/p>\n<p>Realmente, la muerte sacrificial de Cristo es el tema central de todo el NT y es elaborado por cada uno de los autores seg\u00fan su propia personalidad y el fin espec\u00ed\u00adfico de su escrito. Se hace referencia expl\u00ed\u00adcita a esa muerte, o por lo menos se la presupone t\u00e1citamente, siempre que se trata de la persona, de la vida y de la obra de Cristo y cuando se propone una ense\u00f1anza relacionada con cuestiones tan fundamentales como la voluntad salv\u00ed\u00adfica de Dios y la historia de la salvaci\u00f3n, la encarnaci\u00f3n y la redenci\u00f3n, la fundaci\u00f3n de la Iglesia, su naturaleza y su misi\u00f3n, los sacramentos (de manera especial el bautismo y la eucarist\u00ed\u00ada) y, naturalmente, el sufrimiento, la muerte y la resurrecci\u00f3n y dem\u00e1s verdades relativas a los nov\u00ed\u00adsimos y a la dimensi\u00f3n escatol\u00f3gica de nuestra existencia.<\/p>\n<p>Precisamente porque la muerte salvifica de Cristo en la cruz es de una importancia tan fundamental se comprende f\u00e1cilmente por qu\u00e9 ha habido siempre m\u00e1rtires en la Iglesia y por qu\u00e9 -como lo confirma el Vat. II- los seguir\u00e1 habiendo.<\/p>\n<p>En efecto, Cristo exhort\u00f3 repetidas veces a los fieles a tomar su cruz y a seguirlo por el camino real de su pasi\u00f3n: \u00abEl que no toma su cruz y me sigue no es digno de m\u00ed\u00ad; el que encuentre su vida la perder\u00e1, y el que la pierda por ml la encontrar\u00e1\u00bb (Mt 10,38-39 par.). Y tambi\u00e9n: \u00abEn verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo la conservar\u00e1 en la vida eterna. Si alguno se pone a mi servicio, que me siga, y donde est\u00e9 yo all\u00ed\u00ad estar\u00e1 tambi\u00e9n mi servidor\u00bb (Jn 12,24-26).<\/p>\n<p>Estas y parecidas palabras del Se\u00f1or nos revelan claramente la necesidad del sacrificio y la mortificaci\u00f3n en la vida de todos los fieles, que fueron iniciados en la vida cristiana al ser bautizados en la muerte de Jes\u00fas (cf Rom 6,3s). Pero, al mismo tiempo, la comprensi\u00f3n de lo que supone esta inserci\u00f3n en Cristo hace evidente que todos los cristianos, en virtud de su bautismo, tienen que estar siempre dispuestos a morir por Cristo y que, por tanto, el asociarse a \u00e9l en la entrega de s\u00ed\u00ad mismos hasta la muerte es el modo m\u00e1s noble de seguirlo.<\/p>\n<p>En efecto, \u00abas\u00ed\u00ad como Jes\u00fas, el Hijo de Dios, manifest\u00f3 su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por \u00e9l y por sus hermanos (cf 1 Jn 3,16; Jn 15,13)\u00bb (LG 42). Pero -y esto es de capital importancia para una comprensi\u00f3n teol\u00f3gica de la realidad que estamos considerando- el martirio \u00aben el que el disc\u00ed\u00adpulo se asemeja al Maestro, que acept\u00f3 libremente la muerte por la salvaci\u00f3n del mundo, y se conforma a \u00e9l en la efusi\u00f3n de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor\u00bb (LG 42).<\/p>\n<p>El martirio y la vocaci\u00f3n martirial no son el fruto de un esfuerzo y deliberaci\u00f3n humana, sino la respuesta a una iniciativa y llamada de Dios, que invitando a ese testimonio de amor, plasma el ser de la persona llamada, confiri\u00e9ndole la capacidad de vivir esa disposici\u00f3n de amor.<\/p>\n<p>Pues bien, precisamente en virtud de la uni\u00f3n que Cristo establece gratuitamente con los hombres, haci\u00e9ndolos part\u00ed\u00adcipes de su vida y, por tanto, de su caridad, convirti\u00e9ndolos en miembros de su cuerpo que es la Iglesia y distribuyendo a cada uno seg\u00fan el benepl\u00e1cito de su voluntad la medida de la gracia, Cristo mismo sigue viviendo -en algunas personas escogidas por \u00e9l y que corresponden libremente a su Esp\u00ed\u00adritu-los diversos aspectos de su vida y de su actividad redentora, y especialmente esta suprema prueba de amor. Precisamente por esta uni\u00f3n vital entre Cristo y los m\u00e1rtires, miembros de su cuerpo, es el mismo Cristo el que mediante su Esp\u00ed\u00adritu habla y act\u00faa en ellos: \u00abCuando os entreguen, no os angusti\u00e9is sobre c\u00f3mo hab\u00e9is de hablar o qu\u00e9 hab\u00e9is de decir, porque se os dar\u00e1 en aquel momento lo que deb\u00e9is decir. Pues no sois vosotros los que habl\u00e1is, es el Esp\u00ed\u00adritu de vuestro Padre el que habla en vosotros\u00bb (Mt 10,19-20).<\/p>\n<p>Y en virtud precisamente de esta misma uni\u00f3n, las persecuciones no faltar\u00e1n nunca a la Iglesia (ef LG 42): \u00abBienaventurados ser\u00e9is cuando os injurien y Persigan&#8230; Alegraos y regocijaos, pues tambi\u00e9n persiguieron a los profetas antes que a vosotros\u00bb (Mt 5,11-12; cf Le6,22-23). \u00abEl disc\u00ed\u00adpulo no est\u00e1 sobre el maestro, ni el siervo sobre su se\u00f1or. Al disc\u00ed\u00adpulo le basta ser como su maestro y al siervo como su se\u00f1or\u00bb (Mt 10,24-25; cf Lc 6,40). \u00abSi a m\u00ed\u00ad me persiguieron, tambi\u00e9n os perseguir\u00e1n a vosotros\u00bb (Jn 15,20). Es la vida de Cristo que contin\u00faa en su Iglesia.<\/p>\n<p>As\u00ed\u00ad pues, el martirio resulta posible ante todo por la gracia del Se\u00f1or, cuya fuerza se manifiesta plenamente en la debilidad (cf 2 Cor 12,9), y esto explica el \u00e1nimo y la perseverancia sobrehumanos que manifestaron tantos m\u00e1rtires. Esta verdad fue ya comprendida en los primeros tiempos del cristianismo, como se deduce no s\u00f3lo de las actas de los m\u00e1rtires, sino tambi\u00e9n de la orden de no buscar el martirio o exponerse imprudentemente a \u00e9l, sino dejar a Dios toda la iniciativa, ya que s\u00f3lo \u00e9l puede dar la fuerza necesaria para enfrentarse con la prueba.<\/p>\n<p>En esta misma perspectiva, los padres de la Iglesia nos invitan a ver en las pasiones de los m\u00e1rtires otras tantas fases de la guerra entre Cristo y las potencias del mal y a contemplar llenos de admiraci\u00f3n las batallas que el Se\u00f1or sostiene en las personas de sus fieles soldados (cf san Agust\u00ed\u00adn, Sereno 113, II, 2, PL 38, 1423).<\/p>\n<p>Sin embargo, el hecho de que el martirio sea un don y una gracia de Dios no significa que queden suprimidas o disminuidas por la gracia la personalidad humana del m\u00e1rtir y su m\u00e1s preciosa prerrogativa, que es la libertad. Al contrario, seg\u00fan los principios generales que gobiernan la vida del cuerpo m\u00ed\u00adstico de Cristo, las posibilidades de la libertad humana y del amor espont\u00e1neo quedan enriquecidas y ennoblecidas eminentemente por la gracia; precisamente en el martirio la persona humana realiza bajo el impulso de la gracia su m\u00e1s aut\u00e9ntica posibilidad de libertad y de amor, puesto que en un acto \u00fanico omnicomprensivo e irrevocable le da a Dios toda su existencia terrena y, en un acto supremo de fe, esperanza y caridad, se abandona radical y totalmente en manos de su creador y redentor.<\/p>\n<p>La grandeza \u00fanica de esta entrega completa de s\u00ed\u00ad mismo se hace a\u00fan m\u00e1s patente si se considera que el m\u00e1rtir no s\u00f3lo se enfrenta libremente con la experiencia tr\u00e1gica y tremenda de la muerte que \u00e9l, con una palabra o un solo gesto, podr\u00ed\u00ada f\u00e1cilmente posponer y despojar de los elementos de violencia dolorosa inherentes al martirio, sino tambi\u00e9n, y sobre todo, que \u00e9l acepta en todo su coraz\u00f3n gozosamente esa muerte como un medio eminente de asociarse absoluta y radicalmente a la muerte sacrificial de Cristo en la cruz. San Pablo alude a esta verdad cuando nos amonesta sobre el car\u00e1cter preliminar de nuestro compromiso cristiano mientras no hayamos resistido hasta derramar sangre en nuestra lucha contra el pecado (cf Heb 12,4); y, a su vez, nuestro Se\u00f1or subraya la grandeza del amor heroico de los m\u00e1rtires cuando, refiri\u00e9ndose directamente a su muerte, afirma: \u00abNadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos\u00bb (Jn 15,13).<\/p>\n<p>Al ser el martirio el acto m\u00e1s grande de amor, constituye el camino m\u00e1s noble hacia la santidad. En efecto, al seguir a Cristo hasta el sacrificio voluntario de la vida, el m\u00e1rtir, m\u00e1s que cualquier otra persona, queda consagrado y unido al Verbo encarnado, transform\u00e1ndose en la imagen de su Maestro.<\/p>\n<p>A la luz de estas consideraciones, se comprende f\u00e1cilmente por qu\u00e9 la Iglesia, ya en un tiempo en el que todav\u00ed\u00ada no se hab\u00ed\u00ada desarrollado la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica, reconoci\u00f3 el insuperable valor meritorio del martirio y sus efectos t\u00ed\u00adpicos de justificaci\u00f3n y de santificaci\u00f3n. Ya desde los primeros tiempos de la era cristiana se crey\u00f3 com\u00fanmente que los catec\u00famenos que sufr\u00ed\u00adan el martirio antes de ser bautizados en el agua hab\u00ed\u00adan quedado eficazmente bautizados en su propia sangre, derramada por Cristo y por su reino (bautismo de sangre).<\/p>\n<p>En este mismo sentido hay que interpretar el hecho de que hasta aquellos te\u00f3logos de los primeros tiempos que no hab\u00ed\u00adan comprendido a\u00fan con claridad que todos los hombres son juzgados por Dios en el momento de su muerte y reciben ya entonces su retribuci\u00f3n, admit\u00ed\u00adan, sin embargo, que el m\u00e1rtir era liberado inmediatamente de todo efecto del pecado y admitido en seguida en la visi\u00f3n beat\u00ed\u00adfica de la Sant\u00ed\u00adsima Trinidad.<\/p>\n<p>Finalmente, siempre ha sido creencia com\u00fan que nadie est\u00e1 m\u00e1s cerca de Dios y participa m\u00e1s \u00ed\u00adntimamente de la gloria de Cristo resucitado que aquellos que murieron por \u00e9l, con \u00e9l y en \u00e9l.<\/p>\n<p>La teolog\u00ed\u00ada sistem\u00e1tica desarrollada por los grandes escol\u00e1sticos y los te\u00f3logos modernos ha profundizado en la teolog\u00ed\u00ada del martirio, recurriendo sobre todo a la teolog\u00ed\u00ada de las virtudes infusas, teologales y cardinales. En primer lugar, ha puesto de relieve que el martirio presupone una fe profunda en Dios, esto es, no s\u00f3lo aceptaci\u00f3n intelectual de su existencia y revelaci\u00f3n, sino una fe viva, una adhesi\u00f3n personal, que compromete toda la existencia del hombre. Basado en ella, el m\u00e1rtir pone toda su esperanza en Dios y deja confiadamente en sus manos cuanto le es m\u00e1s querido. Es evidente que estas actitudes no pueden subsistir si no est\u00e1n inspiradas y sostenidas por un intenso amor a Dios, amado por s\u00ed\u00ad mismo y sobre todas las cosas, y que este amor, como todo acto aut\u00e9ntico de caridad, no abraza solamente a Dios, sino que se extiende tambi\u00e9n a todo lo que es suyo y, por tanto, implica tambi\u00e9n el amor a la Iglesia y a toda la humanidad.<\/p>\n<p>Pero en el martirio se ejercen, adem\u00e1s, todas las virtudes cardinales. La opci\u00f3n dram\u00e1tica que el m\u00e1rtir tiene que hacer entre Dios y la vida terrena es realmente una opci\u00f3n prudente, ya que se inspira en una sabia ponderaci\u00f3n de los valores. Al mismo tiempo, atribuye a Dios todo lo que le es debido, por lo cual es sumamente justa. Es un triunfo del esp\u00ed\u00adritu sobre la debilidad de la carne y, por tanto, una sublime manifestaci\u00f3n de la virtud de la templanza. Y es la demostraci\u00f3n de un fortaleza heroica. ya que se oponen a ella todas las tendencias del hombre a conservar su propia vida.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, en el martirio el hombre experimenta y acepta humildemente su total impotencia y la necesidad absoluta de estar sostenido por la gracia; obedece hasta el fondo a la voluntad de Dios y se deja libremente privar de todo lo que pose\u00ed\u00ada en la tierra, participando as\u00ed\u00ad de la extrema pobreza de Cristo en la cruz.<\/p>\n<p>Finalmente, el amor del m\u00e1rtir es un amor \u00abcasto\u00bb. En su entrega total a Dios ama al Se\u00f1or de la forma m\u00e1s pura e inmensa posible, con un coraz\u00f3n entero y como lo \u00fanico necesario. Esta consideraci\u00f3n, m\u00e1s que cualquier otra, nos introduce en el misterio de amor vivido por el m\u00e1rtir, y al mismo tiempo nos hace vislumbrar la belleza rec\u00f3ndita de su hero\u00ed\u00adsmo. No es una casualidad que ya en los primeros tiempos de la Iglesia se intuyera la existencia de un vinculo muy \u00ed\u00adntimo entre el amor t\u00ed\u00adpico del m\u00e1rtir y el amor virginal, y que la excelencia de la virginidad se explicara afirmando que lleva consigo un martirio incruento.<\/p>\n<p>La teolog\u00ed\u00ada del cuerpo m\u00ed\u00adstico de Cristo y la de la caridad teologal nos hacen igualmente comprender las dimensiones sociales y eclesiales del martirio. Si todo acto bueno realizado por un miembro del cuerpo m\u00ed\u00adstico redunda en beneficio del \u00faltimo, esto vale sobre todo para el martirio, acto supremo de caridad. En efecto, el martirio es el acto privilegiado en el que Cristo revive su pasi\u00f3n salv\u00ed\u00adfica y su muerte por la Iglesia. Los sufrimientos del m\u00e1rtir son entonces, en un sentido verdadero, los sufrimientos mismos de Cristo padecidos por \u00e9l no ya en su naturaleza humana concreta, asumida hipost\u00e1ticamente por la persona del Verbo, sino en las personas humanas incorporadas a su humanidad y que viven de su vida. En este sentido, el m\u00e1rtir completa en su carne, m\u00e1s que cualquier otro fiel, \u00ablo que falta a las tribulaciones de Cristo\u00bb (Col 1,24), y de esta forma coopera eminentemente en la obra salv\u00ed\u00adfica de nuestro Redentor.<\/p>\n<p>Esto no quiere decir, como es l\u00f3gico, que el martirio a\u00f1ada algo a los m\u00e9ritos de Cristo, que son infinitos por su misma naturaleza; pero el hecho mismo de que el m\u00e1rtir quede tan \u00ed\u00adntimamente conformado con Cristo contribuye a la mayor santificaci\u00f3n de todo el pueblo de Dios y favorece, por tanto, la aplicaci\u00f3n de los m\u00e9ritos del Redentor. \u00abAunque nuestro Salvador, por medio de crueles sufrimientos y de una acerba muerte, mereci\u00f3 para su Iglesia un tesoro infinito de gracias, sin embargo. estas gracias, por disposici\u00f3n de la divina Providencia, no se nos conceden de una vez; y la mayor o menor abundancia de las mismas depende tambi\u00e9n no poco de nuestras buenas obras, con las que se atrae sobre las almas de los hombres esta verdadera lluvia divina de dones celestiales gratuitamente dados por Dios\u00bb (enc\u00ed\u00adclica Mystici Corporis: AAS 35 [1943] 245).<\/p>\n<p>La historia de la Iglesia naciente y de las misiones confirma la extraordinaria fertilidad apost\u00f3lica del martirio y demuestra la verdad de aquella exclamaci\u00f3n de Tertuliano: \u00abCada vez que nos matan nos hacemos m\u00e1s numerosos; la sangre de los cristianos es una semilla\u00bb (Apologeticus, 50: PL 1,534).<\/p>\n<p>Otra funci\u00f3n eclesial importante del martirio consiste en su valor de signo. El hecho de que una persona est\u00e9 dispuesta a sacrificar su vida por su fe depone fuertemente en favor de la seriedad de sus convicciones. Si, por otra parte, son muchos millares de personas serias y sobrias, de toda edad y condici\u00f3n, las que arrostran libre y animosamente la muerte por su religi\u00f3n, ello constituye un importante signo apolog\u00e9tico, que no s\u00f3lo atestigua la santidad de la comunidad religiosa en cuesti\u00f3n, sino tambi\u00e9n el valor intr\u00ed\u00adnseco de la religi\u00f3n misma y de su credibilidad.<\/p>\n<p>El martirio es, adem\u00e1s, un signo escatol\u00f3gico, por ser una muestra particularmente convincente de que los seguidores de Cristo crucificado y gloriosamente resucitado no tienen \u00abaqu\u00ed\u00ad abajo una ciudad estable\u00bb, sino que buscan y deben buscar la futura (cf Heb 13,14).<\/p>\n<p>Finalmente, el martirio demuestra a todos los hombres la fuerza victoriosa de Cristo, que super\u00f3 la muerte, y el poder eminente del Esp\u00ed\u00adritu, que anima y sostiene a su cuerpo m\u00ed\u00adstico, la Iglesia, en la lucha contra las potencias de las tinieblas v del mal.<\/p>\n<p>5. Ei. CULTO A LOS M\u00ed\u0081RTIRES &#8211; La eminente santidad de los m\u00e1rtires fue reconocida ya por los primeros cristianos. Precisamente la convicci\u00f3n, por parte de los fieles, de la uni\u00f3n \u00ed\u00adntima de Cristo y de los m\u00e1rtires fue lo que indujo a los cristianos perseguidos a invocarlos para que orasen por ellos e intercediesen ante Dios a fin de obtener la gracia de imitarlos en la profesi\u00f3n \u00ed\u00adntegra e inconcusa de la fe.<\/p>\n<p>La certeza de la vida eterna en Cristo que los m\u00e1rtires hab\u00ed\u00adan adquirido con los sufrimientos admirablemente soportados. el saber que eran santos y perfectos por haber dado la mayor prueba de amor al dar su vida por Cristo, el reconocerlos como amigos del Se\u00f1or y al mismo tiempo cercanos a los que todav\u00ed\u00ada estaban en la tierra, el creer por lo mismo en su poder de intercesi\u00f3n, constituy\u00f3 el fundamento y el alma del culto a los santos, tal como surgi\u00f3 y se desarroll\u00f3 en el seno de la Iglesia primitiva. Estos principios son los que nos ofrecen la explicaci\u00f3n de las celebraciones en los sepulcros de los m\u00e1rtires (conmemoradas anualmente y no. como entre los paganos, el d\u00ed\u00ada del nacimiento temporal del difunto, sino en el aniversario del martirio, o sea el d\u00ed\u00ada del nacimiento celestial del cristiano; celebraciones que por este mismo motivo ten\u00ed\u00adan un car\u00e1cter de fiesta y no de luto), de la introducci\u00f3n cada vez m\u00e1s extendida de su recuerdo en el sacrificio eucar\u00ed\u00adstico, de las plegarias e invocaciones dirigidas a ellos; en una palabra, de las diversas manifestaciones de culto aut\u00e9ntico, no s\u00f3lo privado, sino tambi\u00e9n p\u00fablico, por estar reconocido, aceptado e incorporado por la misma Iglesia a su glorificaci\u00f3n de Cristo y de Dios. S\u00f3lo a trav\u00e9s de un proceso muy lento se extendi\u00f3 luego este culto a los llamados \u00abconfesores de la fe\u00bb, o sea, a los que hab\u00ed\u00adan sufrido f\u00ed\u00adsicamente por Cristo, pero sin padecer la muerte; m\u00e1s tarde, a los que hab\u00ed\u00adan vivido en la virginidad, y, finalmente, a otras personas que se hab\u00ed\u00adan distinguido por el hero\u00ed\u00adsmo de sus virtudes. Pero es significativo que en la historia de la Iglesia el culto reservado originalmente a los m\u00e1rtires se extendiera a los no m\u00e1rtires, y en primer lugar a las v\u00ed\u00adrgenes, s\u00f3lo en virtud de una argumentaci\u00f3n teol\u00f3gica expl\u00ed\u00adcita, seg\u00fan la cual esta forma de vida se acerca, aunque sin alcanzarla, a la perfecci\u00f3n del martirio. La verdad es que \u00e9ste fue y ser\u00e1 siempre considerado (cf LG 42) como la forma m\u00e1s alta y el modelo m\u00e1s sublime de la santidad cristiana.<\/p>\n<p>6. EL MARTIRIO FUERA DE LA IGLESIA CAT\u00ed\u201cLICA &#8211; En el curso de la historia de la humanidad hasta nuestros d\u00ed\u00adas un n\u00famero considerable de personas que no pertenec\u00ed\u00adan a la Iglesia cat\u00f3lica han muerto por sus convicciones religiosas en condiciones parecidas a aquellas en que murieron nuestros m\u00e1rtires. Como es obvio, su sacrificio merece toda nuestra estima y reverencia; pero, \u00bfpuede decirse de ellos que son tambi\u00e9n verdaderos m\u00e1rtires?<br \/>\nLa respuesta a esta pregunta depende esencialmente de cuanto hemos dicho, a saber: que seg\u00fan la doctrina cat\u00f3lica, el martirio es, ante todo, un don de Dios y que solamente la gracia lo hace posible. Por consiguiente, hemos de distinguir varios casos. Consideremos, ante todo, el de una persona que ha muerto por defender una creencia que est\u00e1 formalmente en contra de lo que ense\u00f1a la revelaci\u00f3n divina; en este caso no se puede presumir que esa persona haya actuado bajo el impulso del Esp\u00ed\u00adritu Santo. Por tanto, estar\u00ed\u00ada fuera de lugar hablar entonces de martirio en el verdadero sentido de la palabra. Este mismo razonamiento hay que hacer respecto a aquellos cristianos no cat\u00f3licos que sufrieron la muerte por defender una doctrina o una pr\u00e1ctica condenada por la Iglesia, ya que, por voluntad de Dios, \u00abla Iglesia cat\u00f3lica se halla enriquecida con toda la verdad revelada por Dios\u00bb (UR 4), y Dios no se contradice.<\/p>\n<p>Si pasamos a considerar el caso de los cristianos separados que sellaron con su muerte su fe en Cristo, se impone una soluci\u00f3n muy distinta. Mientras que en la antig\u00fcedad, sobre todo bajo la influencia de las luchas contra los montanistas y partiendo de las concepciones eclesiol\u00f3gicas de san Cipriano y de san Agust\u00ed\u00adn, se les negaba generalmente el t\u00ed\u00adtulo de m\u00e1rtires, una interpretaci\u00f3n m\u00e1s ben\u00e9vola del principio \u00abextra ecclesiam nulla salus\u00bb ha abierto el camino a una soluci\u00f3n m\u00e1s equilibrada y justa. Es interesante en este contexto el hecho de que Pr\u00f3spero Lambertini (Benedicto XIV, 1675-1758), al ocuparse de esta cuesti\u00f3n en su famoso tratado De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione (lib. 111, c. 20,3), enunciara el problema en los siguientes t\u00e9rminos: \u00abSi es verdaderamente m\u00e1rtir el que es invenciblemente hereje y muere por un art\u00ed\u00adculo verdadero de fe\u00bb, y luego, asoci\u00e1ndose a la sentencia ya com\u00fan en sus tiempos, respondiera que ese cristiano pod\u00ed\u00ada ser un m\u00e1rtir coram Deo, sed non coram ecclesia.<\/p>\n<p>En nuestros d\u00ed\u00adas, la doctrina de que tambi\u00e9n entre los hermanos separados puede haber verdaderos m\u00e1rtires es oficialmente ense\u00f1ada por el magisterio de la Iglesia. Mientras que P\u00ed\u00ado XII formul\u00f3 esta convicci\u00f3n respecto a los m\u00e1rtires de las iglesias orientales (enc\u00ed\u00adclica Sempiternus Rex, del 8 octubre 1951: AAS 43 [1951] 642-643, y enc\u00ed\u00adclica Orientales Ecciesias, del 15 diciembre 1952: AAS 45 [1953] 5), el Vat. II, hablando de los hermanos separados en general, afirm\u00f3 que \u00abes necesario que los cat\u00f3licos reconozcan con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio com\u00fan, que se encuentran entre nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de su sangre: Dios es siempre maravilloso y digno de admiraci\u00f3n en sus obras\u00bb (UR 4).<\/p>\n<p>Hoy a algunos cat\u00f3licos les gustar\u00ed\u00ada que la Iglesia procediera a la beatificaci\u00f3n y canonizaci\u00f3n de estos m\u00e1rtires. Por motivos m\u00e1s que evidentes, ello no es todav\u00ed\u00ada posible; adem\u00e1s, es obvio que a la inmensa mayor\u00ed\u00ada de los hermanos separados tampoco les gustar\u00ed\u00ada esta iniciativa.<\/p>\n<p>P. Molinari<br \/>\nII. Espiritualidad del martirio en la actualidad<br \/>\nEl martirio no se introdujo en el mundo espiritual cristiano con la muerte de Esteban por obra del sanedr\u00ed\u00adn ni concluy\u00f3 con la paz constantiniana. Aunque hist\u00f3ricamente el \u00abmartirio\u00bb ha sido una prerrogativa de los creyentes a quienes su fidelidad a Cristo les ha costado la vida, el valor sem\u00e1ntico del t\u00e9rmino es m\u00e1s amplio. Como ya se ha indicado la noci\u00f3n de \u00abtestimonio\u00bb m\u00e1s fundamental y primitiva, incluye la de martirio. El testimonio connatural a la fe cristiana, en cuanto que \u00e9sta implica atestiguar aquella verdad no abstracta sino concreta que para el cristiano se identifica con la persona y la historia de Jes\u00fas. \u00bfEs connatural tambi\u00e9n el martirio? El martirio da m\u00e1s bien la impresi\u00f3n de ser una modalidad contingente del testimonio, destinada a desaparecer en donde prevalezcan la tolerancia civil, el principio de la libertad de conciencia y los valores del pluralismo.<\/p>\n<p>Si tomamos por base el uso ling\u00fc\u00ed\u00adstico, tenemos una indicaci\u00f3n favorable a la actualidad del testimonio. En efecto, mientras que el \u00abtestimonio\u00bb goza de todas las simpat\u00ed\u00adas de los cristianos de nuestro tiempo (incluso hasta llegar a una inflaci\u00f3n del t\u00e9rmino en el \u00e1mbito de las espiritualidades activistas), el \u00abmartirio\u00bb es mirado m\u00e1s bien con desinter\u00e9s; m\u00e1s como un fen\u00f3meno del pasado que como un hecho sintom\u00e1tico del presente. Es sabido que en la \u00e9poca patr\u00ed\u00adstica, y sobre todo en los dos primeros siglos, el m\u00e1rtir constituy\u00f3 el modelo del cristiano perfecto. Hoy, a pesar de todo el inter\u00e9s por un cristianismo testimonial, no sabr\u00ed\u00adamos construir una espiritualidad cristiana sobre el martirio.<\/p>\n<p>A algunos esta marginaci\u00f3n del martirio del horizonte espiritual del cristiano les parece sospechosa. Apenas clausurado el Vat. 11, la voz de un conocido te\u00f3logo recordaba a la comunidad cat\u00f3lica, entusiasmada por el di\u00e1logo con el mundo, la realidad del martirio como \u00abcaso serio\u00bb de la fe cristiana. Hans Urs von Balthasar se\u00f1alaba pol\u00e9micamente en Cordula -la joven de que nos habla la leyenda de las once mil v\u00ed\u00adrgenes; habiendo huido al principio de la muerte, sali\u00f3 luego espont\u00e1neamente de su escondite y se ofreci\u00f3 voluntariamente al martirio- la ant\u00ed\u00adtesis de muchos cristianos contempor\u00e1neos. Su principal cargo contra ellos es que han dejado de considerar el cristianismo como un \u00abcaso serio\u00bb (esta expresi\u00f3n, traducci\u00f3n literal del alem\u00e1n Ernstfall, es incapaz de recoger todas las resonancias del original; indica el elemento esencial de una Weltanschauung que afecta existencialmente al individuo y, por tanto, al compromiso absoluto con que \u00e9ste responde a una percepci\u00f3n nueva de la realidad, o tambi\u00e9n el caso de emergencia en que es preciso jugarse el todo por el todo). El olvido de la \u00abseriedad\u00bb del caso planteado por la cruz y la resurrecci\u00f3n de Cristo provocar\u00ed\u00ada la atenuaci\u00f3n del misterio, la p\u00e9rdida de la identidad cristiana. la huida hacia un ma\u00f1ana ut\u00f3pico ante el futuro del mundo; junto con la disponibilidad para el martirio, los cristianos modernos habr\u00ed\u00adan perdido tambi\u00e9n el leg\u00ed\u00adtimo orgullo del nombre cristiano, prefiriendo el anonimato.<\/p>\n<p>La liquidaci\u00f3n del martirio no entraba en las intenciones del concilio. Adem\u00e1s del texto de la LG 42 -citado por H. U. von Balthasar al comienzo de su libro-, que presenta el martirio como una perspectiva siempre abierta para la Iglesia de Cristo, se podr\u00ed\u00ada recordar la declaraci\u00f3n sobre la libertad religiosa, en donde se exhorta a los cristianos a \u00abdifundir la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apost\u00f3lica, incluso hasta el derramamiento de sangre\u00bb (DH 14). Contra aquellos cristianos que identifican la tarea de la hora presente con la adaptaci\u00f3n del mundo, el te\u00f3logo de Basilea reconoce como voluntad del concilio la \u00abexposici\u00f3n inerme de la Iglesia al mundo. Demolici\u00f3n de las fortalezas; los baluartes allanados y convertidos en caminos. Y esto sin ninguna idea escondida de un nuevo triunfalismo, una vez que el antiguo se ha hecho impracticable. No se piense que, cuando los caballos de batalla de la santa Inquisici\u00f3n o del Santo Oficio hayan sido eliminados, se podr\u00e1 entrar en la celestial Jerusal\u00e9n cabalgando sobre el manso borriquillo de la evoluci\u00f3n, agitando palmas\u00bb. La puesta al d\u00ed\u00ada de la Iglesia no deber\u00ed\u00ada mirar, por consiguiente, a la eliminaci\u00f3n definitiva del martirio en la vida espiritual del cristiano, sino m\u00e1s bien a un martirio que resulta casi obvio.<\/p>\n<p>Puede ser oportuna esta apelaci\u00f3n a la \u00abseriedad\u00bb de la fe cristiana y al martirio, que es su sello. Pero no ha de entenderse como propuesta del cristiano como m\u00e1rtir en el sentido de un modelo heroico. La \u00e9poca en que vivimos no es ya un mundo de h\u00e9roes, aunque sigan siendo actuales algunas caracter\u00ed\u00adsticas de lo que en el pasado era patrimonio de los h\u00e9roes. Si consideramos heroico lo que depende de una habilidad excepcional, desarrollada mediante un esfuerzo extraordinario, encontramos tambi\u00e9n en nuestra cultura figuras eminentes que suscitan la admiraci\u00f3n com\u00fan. Sin embargo, desde este \u00e1ngulo visual nos cerramos todas las posibilidades de comprender lo que es t\u00ed\u00adpico del santo cristiano. La vida del santo no es una haza\u00f1a de grandeza humana, sino una haza\u00f1a del Dios de la alianza. No se trata de celebrar la grandeza del hombre. sino de anunciar la fidelidad de Dios. El uso apolog\u00e9tico de mala calidad, como autocelebraci\u00f3n de la comunidad confesional, que puede hacerse del hero\u00ed\u00adsmo de los santos -especialmente el de los m\u00e1rtires-, muere apenas nace cuando pensamos que la Iglesia es tan poco due\u00f1a de los santos como lo es de la palabra de Dios. No puede servirse de ellos para su propia glorificaci\u00f3n ni por motivo alguno de triunfalismo y autocomplacencia. Por tanto, no est\u00e1 en manos de la Iglesia programar los martirios. Incluso la autocandidatura al \u00abmartirio\u00bb -en sus formas m\u00e1s blandas del vituperio o de la discriminaci\u00f3n- de los grupos integristas resulta sospechosa; en todo caso, no puede pretender ser la \u00fanica forma de vivir consecuentemente el compromiso cristiano. En cambio es plenamente leg\u00ed\u00adtimo acentuar la fortaleza como virtud que acompa\u00f1a y hace posible la fe. Hoy lo mismo que ayer. No se trata de volver a proponer con Nietzsche un superhombre que viva \u00abpeligrosamente\u00bb; lo que importa es llevar una vida \u00abbuena\u00bb. Pues bien, desde hace veinte siglos, en la tradici\u00f3n cultural de Occidente la vida del hombre \u00e9ticamente realizado se ve a trav\u00e9s de un espectro de cuatro colores, constituido por las virtudes de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Todas las fuerzas originales del Occidente -griegos y romanos, jud\u00ed\u00ados y cristianos- han contribuido a la puesta a punto de este esquema de la estructura \u00e9tica que le permite al hombre realizarse. Al aceptarlo, la teolog\u00ed\u00ada cristiana admit\u00ed\u00ada que el bien no se realiza por s\u00ed\u00ad solo, sino que requiere el esfuerzo del individuo dispuesto a luchar y, si es preciso, a sacrificarse por ello. En los casos l\u00ed\u00admite puede inclusoexigirse la renuncia a la vida. En el fil\u00f3n tradicional de Occidente esta perspectiva ha producido el principio de la libertad de conciencia y una consideraci\u00f3n reverencia) de quienes sufren violencia por su fidelidad a unos principios \u00e9ticos y religiosos. Para la religi\u00f3n de la libertad de conciencia son m\u00e1rtires tanto S\u00f3crates como Cristo. Ambos realizaron un ideal de bondad-verdad-belleza y se adhirieron a \u00e9l con fortaleza; fue m\u00e1s f\u00e1cil arrancarlos de la vida que de aquel mundo de valores.<\/p>\n<p>Desde el principio, los cristianos tomaron conciencia de que con el mismo acto con que se adher\u00ed\u00adan a Cristo ten\u00ed\u00adan que enfrentarse con el \u00absiglo\u00bb, dado que en \u00e9l actuaban \u00abpotencias\u00bb contrarias a la salvaci\u00f3n que Dios les ofrec\u00ed\u00ada en Cristo. La muerte misma de Jes\u00fas, el \u00abm\u00e1rtir\u00bb por excelencia, fue vista como el resultado tr\u00e1gico de una lucha entre fuerzas antag\u00f3nicas. La fortaleza necesaria a los testigos de la fe no imita el cu\u00f1o del hero\u00ed\u00adsmo; lo vemos en el estilo con que se da el testimonio. La fuerza de los testigos no es la de un arco que se tensa, sino m\u00e1s bien la de un salto de agua que brota irrefrenable. Puestos en situaci\u00f3n de choque frontal con las potencias antievang\u00e9licas, demuestran confianza, seguridad gozosa, orgullo. Dos t\u00e9rminos griegos se utilizaron especialmente para expresar esta novedad cristiana: parres\u00ed\u00ada y k\u00e1uehesis. La parres\u00ed\u00ada se manifiesta exteriormente en el comportamiento del que puesto en pie, con la frente alta, habla abiertamente, con plena libertad de lenguaje, de su encuentro con la \u00abpotencia\u00bb; interiormente le da al testigom\u00e1rtir una seguridad indefectible para anunciar con toda libertad la palabra de Dios. De ese encuentro nace la consagraci\u00f3n leal a la palabra misma. Reflejo de esa confianza es la k\u00e1uehesis, esto es, el hecho de gloriarse de algo despu\u00e9s de haber hecho de ello el fundamento de las propias opciones existenciales.<\/p>\n<p>Los cristianos han visto siempre en este comportamiento no tanto una grandeza \u00e9tica que proponer como modelo a unos pocos hombres fuertes, capaces de asumirlo como propio, cuanto una vivencia m\u00ed\u00adstica, esto es, una experiencia interior y personal de la salvaci\u00f3n. Freud afirm\u00f3 que la mayor parte del hero\u00ed\u00adsmo se deriva de la convicci\u00f3n instintiva de que \u00abnada puede pasarme a m\u00ed\u00ad\u00bb. El intentaba desenmascarar en este tipo de comportamiento un narcisismo ingenuo, propio del \u00abyo\u00bb que no se ha enfrentado todav\u00ed\u00ada con el \u00abprincipio de la realidad\u00bb. Pero quiz\u00e1 su observaci\u00f3n sea tambi\u00e9n verdadera en un sentido m\u00e1s profundo, que no ten\u00ed\u00ada en cuenta el padre del psicoan\u00e1lisis. La experiencia personal de la salvaci\u00f3n ampl\u00ed\u00ada los limites del propio \u00abyo\u00bb; en este \u00abyo\u00bb m\u00e1s grande experimenta el creyente un sentimiento de preservaci\u00f3n, de tutela, de garant\u00ed\u00ada segura. A diferencia de lo que sucede en el ideal heroico, el testigo de la fe no se refiere a su propia virtud individual, sino a la \u00abfuerza\u00bb con la que se siente en \u00ed\u00adntima comuni\u00f3n. En esa realidad m\u00e1s grande con la que se confunde su \u00abyo\u00bb, la muerte no es ya el mal mayor; ni siquiera es realmente un mal. Pablo nos dej\u00f3 la celebraci\u00f3n l\u00ed\u00adrica m\u00e1s impresionante de esta confianza interior del creyente; casi una fotograf\u00ed\u00ada interior de una fe abierta al martirio (cf Rom 8,35-39).<\/p>\n<p>El car\u00e1cter particular, m\u00ed\u00adstico m\u00e1s que \u00e9tico, de la fortaleza cristiana justifica el vinculo esencial que hay entre el cristianismo y el martirio. Al mismo tiempo, nos permite especificar en qu\u00e9 sentido es actual para los cristianos del s. xx el recuerdo del martirio. No se trata de desempolvar los modelos heroicos del pasado ni de instigar a un grupo confesional contra los principios civiles de la tolerancia y del pluralismo. Lo que s\u00ed\u00ad resulta leg\u00ed\u00adtimo y urgente es defender una profesi\u00f3n del cristianismo basada en la experiencia personal de la salvaci\u00f3n m\u00e1s que en referencias culturales. Como dir\u00ed\u00ada Von Balthasar, el cristianismo que da m\u00e1rtires no es el de los \u00abprofesores\u00bb, sino el de los confesores. Donde se encuentra y se experimenta la salvaci\u00f3n, el cristianismo es el \u00abcaso serio\u00bb; si no, puede ser todo lo m\u00e1s un \u00abcaso interesante\u00bb.<\/p>\n<p>El martirio, en cuanto habitus permanente de una aut\u00e9ntica espiritualidad cristiana, lleva, por tanto, al creyente a preguntarse en qu\u00e9 est\u00e1 basada su propia fe. Un motivo ulterior de la actualidad de la reflexi\u00f3n sobre el martirio es el valor kerigm\u00e1tico que todav\u00ed\u00ada posee en la actualidad. Valor kerigm\u00e1tico, no apolog\u00e9tico. El martirio anuncia un mundo nuevo futuro, pero ya sustancialmente presente. La predicaci\u00f3n cristiana no recorre el camino de la conversi\u00f3n moral, como hizo Juan Bautista, ni el de la previsi\u00f3n de la cat\u00e1strofe c\u00f3smica, como hac\u00ed\u00ada la apocal\u00ed\u00adptica jud\u00ed\u00ada. La predicaci\u00f3n del reino de Dios que hizo Jes\u00fas parti\u00f3 del anuncio de las bienaventuranzas. Y tambi\u00e9n el martirio es una bienaventuranza: \u00abBienaventurados ser\u00e9is cuando os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa m\u00ed\u00ada. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa ser\u00e1 grande en los cielos. Pues tambi\u00e9n persiguieron a los profetas antes que a vosotros\u00bb (Mt 5,11-12).<\/p>\n<p>El martirio se convierte en signo del reino de Dios s\u00f3lo en la l\u00f3gica de las bienaventuranzas. Su contenido es una felicidad que tiene a la esperanza como dimensi\u00f3n esencial, ya que participa de la tensi\u00f3n entre el \u00abya\u00bb y el \u00abtodav\u00ed\u00ada no\u00bb, que es propia del reino de Dios. La felicidad del cristiano est\u00e1 basada en una promesa. Los que son declarados \u00abdichosos\u00bb en las bienaventuranzas no lo son en virtud de su situaci\u00f3n, sino como consecuencia de la voluntad de Dios de reservarles el reino. Ni la pobreza, ni el hambre, ni la aflicci\u00f3n, ni el martirio dan la bienaventuranza. S\u00f3lo la condici\u00f3n nueva que seguir\u00e1 al derrumbamiento del desorden actual har\u00e1 de los desheredados de hoy los destinatarios de la riqueza del reino, en el que Dios saciar\u00e1 el hambre y enjugar\u00e1 las l\u00e1grimas. El anuncio de una bienaventuranza ligada a los estados de pobreza, de tristeza, de opresi\u00f3n violenta s\u00f3lo es posible en un horizonte de esperanza escatol\u00f3gica. Sin \u00e9sta, sentirse felices en esas situaciones ser\u00ed\u00ada un verdadero masoquismo y favorecer\u00ed\u00ada la alienaci\u00f3n social. La bienaventuranza en una situaci\u00f3n de tribulaci\u00f3n tiene un efecto kerigm\u00e1tico: anuncia y se\u00f1ala que las ideolog\u00ed\u00adas que mantienen la opresi\u00f3n no son m\u00e1s que tigres de papel.<\/p>\n<p>Los seres humanos tocados por este tipo de bienaventuranza son de un temple especial. Aunque no son protagonistas de una rebeli\u00f3n directa contra&#8217; los poderes opresivos, los amenazan mucho m\u00e1s peligrosamente que los revolucionarios. Los m\u00e1rtires protestan contra una situaci\u00f3n en la que domina el mal. Pero ven perfectamente que no s\u00f3lo los oprimidos, sino tambi\u00e9n los opresores, son v\u00ed\u00adctimas de ese mal. Anticipan de este modo una inversi\u00f3n radical de la condici\u00f3n humana. El vencedor de hoy acabar\u00e1 siendo vencido; no por una revancha del m\u00e1rtir, sino por esa \u00abfuerza\u00bb que lo sostiene y que constituye el \u00abyo m\u00e1s grande\u00bb al que se ha entregado el m\u00e1rtir; una victoria que no humilla al vencido, sino que lo libera tambi\u00e9n a \u00e9l. El martirio es anuncio de la fidelidad de Dios, hecho frente a un mundo en donde la injusticia triunfante se ha convertido en enfermedad end\u00e9mica e institucionalizada. Tener el martirio ante los ojos significa para la Iglesia de hoy asumir la debida actitud frente al mundo; no la actitud de rendici\u00f3n acomodaticia ni la de la provocaci\u00f3n autocomplaciente. Se trata precisamente de la actitud de los m\u00e1rtires de todos los tiempos. que supieron encontrar en la promesa la luz suficiente para caminar al encuentro del Se\u00f1or que viene, soportando la tribulaci\u00f3n y sin interrumpir nunca su canto. El canto de los m\u00e1rtires, ya tengan que soportar la prueba cruenta o la incruenta, es el que enton\u00f3 anta\u00f1o Job:<\/p>\n<p>S\u00e9 que mi defensor est\u00e1 vivo<br \/>\ny que \u00e9l, el \u00faltimo, sobre el polvo se alzar\u00e1;<br \/>\ny luego, de mi piel de nuevo revestido,<br \/>\ndesde mi carne a Dios tengo que ver.<\/p>\n<p>Aquel a quien ver\u00e9 ha de ser m\u00ed\u00ado,<br \/>\nno a un extra\u00f1o contemplar\u00e1n mis ojos;<br \/>\n\u00c2\u00a1y en mi interior se consumen mis entra\u00f1as&#8230;! (Job 19.25-27).<\/p>\n<p>S. Spinsanti<br \/>\nBIBL.&#8211;Actas de los m\u00e1rtires, Ed. Cat\u00f3lica, Madrid 1974.-Arn\u00e1iz, E. Pl\u00e9yade, Perpetuo Socorro, Madrid 1981.-Balthasar, H. U. von. Seriedad con las cosas, S\u00ed\u00adgueme, Salamanca 1968.-Bataillon, M. Saint-Lu, A, El padre Las Casas y la defensa de los indios, Ariel, Barcelona 1976.-Bethge, E, Dietrich Bonhoeffer. Te\u00f3logo, cristiano, hombre actual, Mensajero, Bilbao 1970.-Blas, C. de, Taranc\u00f3n, obispo y m\u00e1rtir, Naranco, Oviedo 1976.-Boff, L. Testigos de Dios en el coraz\u00f3n del mundo, Inst. Teol. de Vida Religiosa, Madrid 1978.-Casald\u00e1liga, P, La muerte que da sentido a mi credo: Diario 1975-1977, Descl\u00e9e, Bilbao 1977.-Dabais, J, Les martyrologues du moyen \u00e1ge latin, Brepols. Touruhout 1978.-Gerbeau, H, Martin Luther King, Atenas, Madrid 1979.-Lassier, S, Gandhi y la no-violencia, Paulinas, Madrid 1976.-L\u00f3pez Vigil, M, Don Lito del Salvador. Proceso de una fe martirial, Sal Terrae, Santander 1982.-Mart\u00ed\u00adnez N\u00fa\u00f1ez, E, Historia de la revoluci\u00f3n mexicana. Los m\u00e1rtires de San Juan de Ulua, M\u00e9xico 1962.-Montero, A, Historia de la persecuci\u00f3n religiosa en Espa\u00f1a, Ed. Cat\u00f3lica, Madrid 1961.-Raguer. H. La espada y la cruz: la Iglesia 1936-1939, Bruguera, Barcelona 1977.-Six, F. X, Charles de Foucauld, Herder, Barcelona 1962.-Sobrino, J, Mons. Romero, verdadero profeta, Descl\u00e9e, Bilbao 1981.-V\u00e9ase bibl. de Modelos espirituales.<\/p>\n<p>S. de Fiores &#8211; T. Goffi &#8211; Augusto Guerra, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1987<\/p>\n<p><b>Fuente: Nuevo Diccionario de Espiritualidad<\/b><\/p>\n<p>M\u00e1rtir (gr. martys) significa etimol\u00f3gicamente *testigo, ya se trate de un testimonio en el plano hist\u00f3rico, en el jur\u00ed\u00addico o en el religioso. Pero en el uso establecido por la tradici\u00f3n cristiana el nombre de m\u00e1rtir se aplica exclusivamente al que da el testimonio de la sangre. Este uso est\u00e1 ya atestiguado en el NT (Act 22,20; Ap 2,13; 6,9; 17,6); el m\u00e1rtir es el que da su vida por *fidelidad al testimonio ,tributado a Jes\u00fas (cf. Act 6,56).<\/p>\n<p>1. Cristo m\u00e1rtir. Jes\u00fas mismo es con t\u00ed\u00adtulo eminente m\u00e1rtir de Dios, y por consiguiente el tipo de m\u00e1rtir. En su *sacrificio voluntariamente consentido da, en efecto, testimonio supremo de su fidelidad a la *misi\u00f3n que le ha confiado el Padre. Seg\u00fan san Juan, Jes\u00fas no s\u00f3lo conoci\u00f3 de antemano, sino que acept\u00f3 libremente su muerte como el perfecto homenaje tributado al Padre (Jn 10,18); y en el momento de su condenaci\u00f3n proclama: \u00abHe nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad\u00bb (18,37; cf. Ap 1,5; 3,14).<\/p>\n<p>Lucas pone de relieve en la pasi\u00f3n de Jes\u00fas los rasgos que en adelante definir\u00e1n al m\u00e1rtir: confortamiento de la gracia divina en la hora de la angustia (Lc 22,43); *silencio y *paciencia ante las acusaciones y los ultrajes (23,9); inocencia reconocida por Pilato y Herodes (23, 4.14s.22); olvido de sus propios sufrimientos (23,28); acogida dispensada al ladr\u00f3n arrepentido (23,43); perd\u00f3n otorgado a Pedro (22,61) y a los perseguidores mismos (22,51; 23,34).<\/p>\n<p>Todav\u00ed\u00ada m\u00e1s profundamente, el conjunto del NT reconoce en Jes\u00fas al *siervo doliente anunciado por Isa\u00ed\u00adas. En esta perspectiva la pasi\u00f3n de Jes\u00fas aparece como esencial a su misi\u00f3n. En efecto, as\u00ed\u00ad como el siervo debe sufrir y morir \u00abpara justificar a multitudes\u00bb (Is 53,11), as\u00ed\u00ad Jes\u00fas debe pasar por la muerte \u00abpara aportar a multitudes la redenci\u00f3n de los pecados\u00bb (Mt 20,28 p). Tal es el sentidodel \u00abes necesario\u00bb que Jes\u00fas afirma repetidas veces: el designio de salvaci\u00f3n de Dios pasa por el *sufrimiento y la muerte de su testigo (Mt 16,21 p; 26,54.56; Lc 17,25; 22,37; 24,7.26.44). Por lo dem\u00e1s, todos los *profetas fueron perseguidos y entregados a la muerte (Mt 5,12 p; 23,30ss p; Act 7,52; ITes 2,15; Heb I1,36ss). Esto no puede ser una coincidencia casual; Jes\u00fas reconoce en ello un plan divino que halla en \u00e9\u00ed\u00ad su acabamiento (Mt 23,31s). As\u00ed\u00ad marcha \u00abresueltamente\u00bb hacia Jerusal\u00e9n (Lc 9,51), \u00abpues no conviene que un profeta perezca fuera de Jerusal\u00e9n\u00bb (13,33).<\/p>\n<p>Esta pasi\u00f3n hace de Jes\u00fas la v\u00ed\u00adctima *expiatoria que sustituye a todas las v\u00ed\u00adctimas antiguas (Heb 9,12ss). El creyente descubre aqu\u00ed\u00ad la ley del martirio: \u00abSin efusi\u00f3n de *sangre no puede haber *redenci\u00f3n\u00bb (Heb 9, 22). Se comprende que *Mar\u00ed\u00ada, tan estrechamente asociada a la pasi\u00f3n de su Hijo (Jn 19,25; cf. Lc 2,35), sea saludada m\u00e1s tarde como la reina de los m\u00e1rtires cristianos.<\/p>\n<p>2. El m\u00e1rtir cristiano. El glorioso martirio de Cristo fund\u00f3 la Iglesia: \u00abCuando sea elevado de la tierra, hab\u00ed\u00ada dicho Jes\u00fas, atraer\u00e9 a todos los hombres a m\u00ed\u00ad\u00bb (Jn 12,32). La Iglesia, *cuerpo de Cristo, es llamada a su vez a dar a Dios el *testimonio de la sangre por la salud de los hombres. Ya la comunidad jud\u00ed\u00ada hab\u00ed\u00ada tenido sus m\u00e1rtires, particularmente en la \u00e9poca de los Macabeos (2Mac 6-7). Pero en la Iglesia cristiana el martirio adquiere un nuevo sentido, que Jes\u00fas mismo revela: es la imitaci\u00f3n plena de Cristo, la participaci\u00f3n acabada en su obra de salvaci\u00f3n: \u00abEl siervo no es mayor que su se\u00f1or; si me persiguieron a m\u00ed\u00ad, tambi\u00e9n a vosotros os perseguir\u00e1n\u00bb (Jn 15,20). A sus tres \u00ed\u00adntimos anuncia Jes\u00fas que le seguir\u00e1n en su pasi\u00f3n (Me 10,39 p; Jn 21,18ss); y a todos revela que s\u00f3lo el grano que muere en tierra lleva mucho *fruto (Jn 12,24). As\u00ed\u00ad el martirio de Esteban, que evoca tan fuertemente la pasi\u00f3n, determin\u00f3 la primera expansi\u00f3n de la Iglesia (Act 8,4s; 11,19) y la conversi\u00f3n de Pablo (22,20). Finalmente, la gloria de los m\u00e1rtires se celebra en el Apocalipsis, que muestra en ellos el triunfo de la vida sobre la muerte (Ap 6,9s; 7,14-17; 11,11s; 20,4ss).<\/p>\n<p>-> Confesi\u00f3n &#8211; Persecuci\u00f3n &#8211; Sangre &#8211; Testimonio.<\/p>\n<p>LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teolog\u00ed\u00ada B\u00ed\u00adblica, Herder, Barcelona, 2001<\/p>\n<p><b>Fuente: Vocabulario de las Ep\u00edstolas Paulinas<\/b><\/p>\n<p><p style=\"text-align: justify;\">La palabra griega <em>martus<\/em> significa \u00abtestigo\u00bb (v\u00e9ase) y se emplea con frecuencia en la <a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\">LXX<\/a> con sus usuales asociaciones legales, as\u00ed como con el sentido constantemente repetido del NT, de aquel que testifica de la realidad y experiencia de datos religiosos y teol\u00f3gicos (Hch. 1:6\u20138, 22, de los ap\u00f3stoles; Heb. 12:1, de la galer\u00eda de los santos del AT; Ap. 1:5 y 3:15, de Jes\u00fas).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Estos pasajes contienen los ingredientes para un uso posterior de m\u00e1rtir denotando a uno que sella su testimonio con sangre, aunque la transici\u00f3n sem\u00e1ntica no parece haberse efectuado en los pasajes del NT que generalmente se esgrimen (Hch. 22:20; Ap. 2:13). Tanto Esteban como Antipas son m\u00e1rtires por su testimonio excelente y sin reservas, no porque hayan muerto a causa de \u00e9l. En el \u00faltimo sentido t\u00e9cnico, el t\u00e9rmino comenz\u00f3 a hacerse conocido cerca del a\u00f1o 160 d.C. para distinguir entre las dos formas de confesar la fe. A pesar de las detalladas monograf\u00edas, la evoluci\u00f3n precisa est\u00e1 rodeada de misterio; pero es probable que ya que el testimonio verdadero frecuentemente terminaba en la muerte e identificaba m\u00e1s estrechamente al que confesaba con Jes\u00fas, el testigo por excelencia y fiel hasta el fin, el t\u00e9rmino <em>martus<\/em> gradualmente se fue reservando para aquel que pagaba el precio supremo. As\u00ed, <em>El Martirio de Policarpo<\/em> (XVII, 3) afirma: \u00ab(Jes\u00fas) siendo el Hijo de Dios, merece nuestra adoraci\u00f3n, pero como disc\u00edpulos e imitadores del Se\u00f1or, lo amamos por su entera devoci\u00f3n a su propio Soberano y Maestro. Que se nos conceda compartir su compa\u00f1\u00eda y unirnos a ellos como disc\u00edpulos\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Una carta de las iglesias g\u00e1licas (Eus. <a href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\">HE<\/a> 5:2) emplea la palabra <em>homologoi<\/em> para distinguir a los que todav\u00eda no confesaban su fe hasta derramar su sangre de los que ya lo hab\u00edan hecho. El t\u00e9rmino t\u00e9cnico para los primeros es <em>homolog\u0113t\u0113s<\/em>, y la palabra \u00abm\u00e1rtir\u00bb se reserv\u00f3 exclusivamente para aquellos que mor\u00edan por su fe.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">BIBLIOGRAF\u00cdA<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Arndt; P. Kattenbusch, <em><a href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\">ZNW<\/a><\/em>, 4, pp. 111\u2013127; Ernst Guenther, <em>ZNW<\/em>, pp. 145\u2013161; R.P. Casey en <em>The Beginnings of Christianity<\/em>, V, Note 5, pp. 30\u201337.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Frederick W. Danker<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"#_ftn4\" name=\"_ftnref4\"><\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\">LXX <\/a>Septuagint<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\">HE <\/a><em>Historia Ecclesiastica<\/em> (Eusebius)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\"><em>ZNW <\/em><\/a><em>Zeitschrift fuer die neuentestamentliche Wissenschaft<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><a href=\"#_ftnref4\" name=\"_ftn4\"><\/a>Harrison, E. F., Bromiley, G. W., &amp; Henry, C. F. H. (2006). <em>Diccionario de Teologi\u0301a<\/em> (381). Grand Rapids, MI: Libros Desafi\u0301o.<\/p>\n<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Teolog\u00eda<\/b><\/p>\n<p><h2>Contenido<\/h2>\n<ul>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-1\">1 Etimolog\u00eda y definici\u00f3n<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-2\">2 Base legal de las persecuciones<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-3\">3 N\u00famero de m\u00e1tires<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-4\">4 Proceso de los m\u00e1rtires<\/li>\n<li class=\"toclevel-1 tocsection-5\">5 Honores rendidos a los m\u00e1rtires<\/li>\n<\/ul>\n<h2>Etimolog\u00eda y definici\u00f3n<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">La palabra griega martus significa un testigo que testimonia un hecho del que tiene conocimiento por observaci\u00f3n personal. Es en este sentido que el t\u00e9rmino aparece por primera vez en la literatura cristiana; los Ap\u00f3stoles fueron \u201ctestigos\u201d de todo lo que hab\u00edan observado en la vida p\u00fablica de  Cristo, as\u00ed como de todo lo que hab\u00edan aprendido con su ense\u00f1anza, \u201cen Jerusal\u00e9n, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra\u201d ( Hch. 1,8).  San Pedro emplea el t\u00e9rmino con este significado en su alocuci\u00f3n a los ap\u00f3stoles y disc\u00edpulos con motivo de la elecci\u00f3n del suplente de  Judas: \u201cConviene, pues que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Se\u00f1or Jes\u00fas convivi\u00f3 con nosotros, a partir del bautismo de  Juan hasta el d\u00eda en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su  Resurrecci\u00f3n.\u201d  (Hch. 1,22).   En su primer discurso p\u00fablico, el primero de los Ap\u00f3stoles habla de s\u00ed mismo y de sus compa\u00f1eros como de \u201ctestigos\u201d que vieron a Cristo resucitado y posteriormente, tras la milagrosa evasi\u00f3n de los ap\u00f3stoles de la prisi\u00f3n, cuando los llevaron por segunda vez ante el tribunal, Pedro alude de nuevo a los doce como testigos de Cristo, Pr\u00edncipe y Salvador de  Israel que resucit\u00f3 de entre los muertos; y a\u00f1adi\u00f3 que ellos deb\u00edan  obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 5,29 ss) al dar p\u00fablico testimonio de estos hechos, de los cuales ellos estaban seguros. Tambi\u00e9n en su primera carta San Pedro se refiere a s\u00ed mismo como \u201ctestigo de los  padecimientos de Cristo\u201d (1  Ped. 5,1).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero incluso en estos primeros ejemplos del uso de la palabra martus en la terminolog\u00eda cristiana ya es notable un nuevo matiz en su acepci\u00f3n, adem\u00e1s del significado aceptado para el t\u00e9rmino. Los disc\u00edpulos de Cristo no eran testigos corrientes como los que prestaban declaraci\u00f3n en un tribunal de justicia.  Estos \u00faltimos no corr\u00edan ning\u00fan riesgo al atestiguar los hechos que hab\u00edan observado, mientras que los testigos de Cristo se enfrentaban diariamente, desde el comienzo de su apostolado, con la posibilidad de sufrir graves castigos y a\u00fan la muerte misma. As\u00ed, San Esteban fue un testigo que sell\u00f3 su testimonio con su sangre a principios de la historia del cristianismo. Las actuaciones de los Ap\u00f3stoles estuvieron siempre asediadas de peligros del car\u00e1cter m\u00e1s serio, hasta que todos ellos sufrieron finalmente la \u00faltima pena por sus convicciones. De este modo, en vida de los Ap\u00f3stoles, el t\u00e9rmino martus lleg\u00f3 a usarse en el sentido de testigo al que se le puede exigir en cualquier ocasi\u00f3n que renuncie o reniegue de lo que ha testificado, bajo pena de muerte. A partir de esta fase fue natural la transici\u00f3n hacia el significado habitual del t\u00e9rmino, seg\u00fan se usa en la literatura cristiana desde entonces: un m\u00e1rtir, o testigo de Cristo, es una persona que, aunque no ha visto ni o\u00eddo nunca al divino fundador de la Iglesia, est\u00e1 no obstante tan firmemente convencida de las verdades de la religi\u00f3n cristiana, que sufre de buen grado la muerte antes que renegar de ella.  San Juan emplea la palabra con este significado a finales del siglo I; se habla de Antipas, un  converso del paganismo, como de \u00abmi testigo (martus) fiel, que fue muerto entre vosotros, ah\u00ed donde habita Satan\u00e1s.\u00bb ( Apoc. 2,13). El mismo ap\u00f3stol habla m\u00e1s adelante de \u00ablas almas de los degollados a causa de la palabra de Dios  y del testimonio (martyrian) que mantuvieron.\u00bb (Apoc. 6,9).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A\u00fan as\u00ed, fue s\u00f3lo gradualmente que durante el transcurso de la primera \u00e9poca de la Iglesia, lleg\u00f3 a aplicarse la denominaci\u00f3n de m\u00e1rtir exclusivamente a quienes hab\u00edan muerto por la fe. Por ejemplo, los nietos de San Judas fueron considerados m\u00e1rtires tras su huida del peligro que arrostraron cuando fueron citados ante Domiciano ( Eusebio \u00abHist. Ecl\u00bb, III, XX, XXXII). Los c\u00e9lebres confesores de Lyon, que tan  valientemente soportaron tremendos suplicios por sus creencias, fueron considerados m\u00e1rtires por sus compa\u00f1eros en la fe cristiana, pero ellos mismos declinaron este t\u00edtulo como un derecho perteneciente s\u00f3lo a quienes hab\u00edan muerto realmente: \u00abSon ya m\u00e1rtires los que Cristo ha juzgado dignos de ser elevados por su confesi\u00f3n, habiendo sellado su testimonio con su partida; nosotros solamente somos pobres y  humildes confesores\u00bb (Eusebio, op. cit., V, II). Por lo tanto, esta distinci\u00f3n entre m\u00e1rtires y confesores puede situarse hacia las postrimer\u00edas del siglo II:  s\u00f3lo fueron m\u00e1rtires aquellos que hab\u00edan padecido la pena extrema, mientras que se dio el t\u00edtulo de confesores a los cristianos que hab\u00edan mostrado la buena voluntad de morir por su creencia, soportando con valent\u00eda prisi\u00f3n o tortura, pero no fueron  ejecutados.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Con todo, el calificativo de m\u00e1rtir a\u00fan se aplic\u00f3 algunas veces durante el siglo III a personas todav\u00eda vivas, como por ejemplo,  San Cipriano, que dio el t\u00edtulo de m\u00e1rtires a varios obispos, presb\u00edteros y laicos condenados a trabajos forzados en las minas (Ep. 76). Tertuliano llama martyres designati a los arrestados por ser cristianos y a\u00fan no condenados. En el siglo IV, San Gregorio Nacianceno se refiere a  San Basilio como \u201cun m\u00e1rtir\u201d, pero es evidente que emplea el t\u00e9rmino en un sentido amplio, en el que la palabra todav\u00eda se aplica a veces a una persona que ha sufrido muchas y graves penalidades por la causa del cristianismo. La descripci\u00f3n de m\u00e1rtir dada por el historiador pagano Amiano Marcelino (XXII, XVII) muestra que a mediados del siglo IV el t\u00edtulo se reservaba en todas partes para los que realmente hab\u00edan sufrido la muerte por su fe.  A los  herejes y  cism\u00e1ticos ajusticiados como cristianos se les neg\u00f3 el t\u00edtulo de m\u00e1rtires (San Cipriano, \u00abDe Unit.\u00bb, XIV;  San Agust\u00edn, Ep. 173; Eusebio., \u00abHist. Ecl.\u00bb, V, XVI, XXI). San Cipriano formula con claridad el principio general de que \u00abno puede ser un m\u00e1rtir quien no est\u00e1 en la Iglesia; no puede alcanzar el reino quien reniega de lo que reinar\u00e1 all\u00e1.\u00bb Clemente de Alejandr\u00eda desaprueba con firmeza (Strom., IV, IV) a algunos herejes que se entregaron a la ley; ellos \u00abse proscriben a s\u00ed mismos sin ser m\u00e1rtires\u00bb.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A los  ortodoxo no se les permit\u00eda buscar el martirio. Sin embargo, Tertuliano aprueba la conducta de los cristianos de la provincia de Asia que se entregaron al gobernador Arrio Antonino (Ad. Scap., v). Tambi\u00e9n  Eusebio relata con aprobaci\u00f3n el incidente de tres cristianos de Cesarea de Palestina, que se presentaron ellos mismos al juez en la persecuci\u00f3n de Valeriano y fueron condenados a muerte (Hist. Eccl., VII, XII). Pero en general se consideraba imprudente, si bien las circunstancias pod\u00edan excusar a veces tal proceder. San Gregorio Nacianceno recapitula en una sentencia la regla a seguir en casos semejantes: \u201cbuscar la muerte es una pura temeridad, pero es cobarde renunciar a ella\u201d (Orat. XLII, 5, 6). El ejemplo de un cristiano de Esmirna llamado Quinto, que en tiempos de San Policarpo persuadi\u00f3 a varios de sus compa\u00f1eros creyentes a declararse cristianos, fue un aviso de lo que puede pasarle al demasiado ardoroso:  Quinto  apostat\u00f3 en el \u00faltimo momento, si bien sus acompa\u00f1antes perseveraron.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La rotura de \u00eddolos fue condenada en el Concilio de Elvira (306), el cual  decret\u00f3, en su canon sexag\u00e9simo, que no ser\u00eda inscrito como m\u00e1rtir un cristiano ajusticiado por un vandalismo de esa clase.  En cambio  Lactancio s\u00f3lo censura levemente a un cristiano de Nicomedia que sufri\u00f3 el martirio por romper el edicto de persecuci\u00f3n (Do mort. pers., XIII).  En un caso San Cipriano autoriza a buscar el martirio.  Escribiendo a sus presb\u00edteros y di\u00e1conos respecto a los lapsi arrepentidos que ped\u00edan a gritos ser aceptados de nuevo en la comuni\u00f3n, el obispo, tras dar instrucciones generales sobre el asunto, concluye diciendo que si estos impacientes personajes eran tan vehementes por regresar a la Iglesia hab\u00eda un modo de abr\u00edrsela. \u00abLa lucha va a\u00fan m\u00e1s all\u00e1\u00bb, dice, \u00aby la contienda se emprende a diario. Si ellos (los lapsi) se arrepienten sincera y constantemente de lo que han hecho, y prevalece el fervor de su fe, el que no pueda ser postergado debe ser premiado\u00bb (Ep. XIII).\n<\/p>\n<h2>Base legal de las persecuciones<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">En la antig\u00fcedad, la aceptaci\u00f3n de la religi\u00f3n nacional era una obligaci\u00f3n impuesta a todos los ciudadanos; la omisi\u00f3n del  culto a los  dioses del Estado era equivalente a  traici\u00f3n. Este principio universalmente aceptado es el origen de diversas  persecuciones sufridas por los cristianos antes del reinado de Constantino el Grande; los cristianos negaban la  existencia de los dioses del pante\u00f3n estatal y en consecuencia rechazaban rendirles culto, por lo cual se les consideraba ateos. Realmente, es cierto que los  jud\u00edos tambi\u00e9n rechazaban a los dioses de Roma y a\u00fan as\u00ed eludieron la persecuci\u00f3n. Pero, desde el punto de vista romano, los jud\u00edos ten\u00edan una religi\u00f3n nacional y un Dios nacional, Yahveh, a quien ten\u00edan un derecho de culto legal pleno. Incluso tras la destrucci\u00f3n de Jerusal\u00e9n, cuando los jud\u00edos dejaron de existir como naci\u00f3n, Vespasiano no realiz\u00f3 ning\u00fan cambio en su calidad de entidad religiosa, salvo que los jud\u00edos enviaban antes al Templo de Jerusal\u00e9n deb\u00eda pagarse en adelante al erario romano.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tras su fundaci\u00f3n, la Iglesia cristiana disfrut\u00f3 alg\u00fan tiempo de los privilegios religiosos de la naci\u00f3n jud\u00eda, pero est\u00e1 claro que por la naturaleza del caso los jefes de la religi\u00f3n jud\u00eda no consentir\u00edan esta situaci\u00f3n durante mucho tiempo sin protestar. En efecto, ellos aborrec\u00edan la religi\u00f3n de Cristo tanto como detestaban a su fundador. No puede determinarse la  fecha en que las autoridades romanas dirigieron su atenci\u00f3n hacia la diferencia entre las religiones jud\u00eda y cristiana, pero parece estar bastante bien fundado que las leyes que proscrib\u00edan el cristianismo fueron promulgadas antes de finales del siglo I. La autoridad de Tertuliano afirma que la persecuci\u00f3n de los cristianos fue institutum Neronianum &#8212;una instituci\u00f3n de Ner\u00f3n&#8212; (Ad nat., I, 7). La Primera Carta del Ap\u00f3stol San Pedro tambi\u00e9n alude claramente a la proscripci\u00f3n de los cristianos, por ser cristianos, en la \u00e9poca en que fue escrita (1  Ped. 4,16). Adem\u00e1s, se sabe que Domiciano (81-96) castig\u00f3 con la  muerte a miembros de su propia familia bajo el cargo de ate\u00edsmo (Suetonio, \u00abDomitianus\u00bb, XV). Por tanto, aunque es probable que la f\u00f3rmula: \u00abQue no haya cristianos\u00bb (Christiani non sint) se remonte a la segunda mitad del siglo I, sin embargo, la primera promulgaci\u00f3n clara sobre el asunto del cristianismo es la de Trajano (98-117) en su c\u00e9lebre carta al joven Plinio, su legado en Bitinia.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El emperador hab\u00eda enviado a Plinio desde Roma para restablecer el orden en la provincia de Bitinia-Ponto.  Una de las m\u00e1s serias dificultades que encontr\u00f3 para el cumplimiento de su cometido concern\u00eda a los cristianos.  Le sorprendi\u00f3 grandemente el n\u00famero extraordinario de cristianos que hall\u00f3 en su jurisdicci\u00f3n: le inform\u00f3 a Trajano que el contagio de su \u201csuperstici\u00f3n\u201d no s\u00f3lo afectaba a las ciudades sino tambi\u00e9n a las aldeas y a los distritos rurales de la provincia (Plinio, Ep., x, 96). Una consecuencia de la deserci\u00f3n general de la religi\u00f3n estatal era de orden  econ\u00f3mico: se hab\u00eda hecho cristiana tanta gente que no se encontraban compradores para las v\u00edctimas que en otro tiempo se ofrec\u00edan a los dioses en gran cantidad. Se presentaron quejas ante el legado relativas a esta situaci\u00f3n de los negocios, con el resultado de que algunos cristianos fueron detenidos y conducidos ante Plinio para examen. Los sospechosos eran interrogados respecto a su credo y los que persist\u00edan en declinar las repetidas invitaciones a retractarse eran ejecutados. Sin embargo, algunos  prisioneros tras afirmar primero que eran cristianos, despu\u00e9s, cuando eran amenazados con un castigo, modificaban su primer reconocimiento diciendo que en otro tiempo hab\u00edan sido seguidores de la instituci\u00f3n proscrita pero que ya no lo eran. Asimismo, otros negaban ser cristianos o que lo hab\u00edan sido alguna vez.  Como nunca antes hab\u00eda tenido que lidiar con asuntos relativos a los cristianos, Plinio solicit\u00f3 instrucciones al emperador sobre tres puntos respecto a los que no ve\u00eda con claridad su modo de obrar: primero, si deb\u00eda tenerse en cuenta la edad del acusado para encontrarse libre de castigo; en segundo lugar, si los cristianos que renunciaban a sus creencias deb\u00edan ser perdonados; y en tercer lugar, si la mera declaraci\u00f3n de cristianismo deb\u00eda considerarse como un delito, y punible como tal, independientemente de la inocencia o culpabilidad del acusado de los delitos com\u00fanmente asociados con dicha profesi\u00f3n de fe.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Trajano respondi\u00f3 a estas consultas con un rescripto que estaba destinado a tener fuerza de ley con relaci\u00f3n al cristianismo durante todo el siglo II. Despu\u00e9s de aprobar lo que hab\u00eda hecho su representante, el emperador indic\u00f3 que en lo sucesivo la norma a observar al tratar con los cristianos ser\u00eda la siguiente: los magistrados no ten\u00edan que tomar ninguna medida para averiguar qui\u00e9nes eran o no eran cristianos, pero, al mismo tiempo, si una persona era denunciada y admit\u00eda que era cristiana deb\u00eda ser castigada &#8212;con la muerte evidentemente.  No se deb\u00eda obrar sobre denuncias an\u00f3nimas y, por otra parte, los que se arrepintiesen de ser cristianos y ofreciesen sacrificio a los dioses deb\u00edan ser perdonados.  De este modo, desde el a\u00f1o 112, fecha de este documento, quiz\u00e1 incluso desde el reinado de Ner\u00f3n, un cristiano era ipso facto un proscrito o un fuera de la ley.  Por el testimonio de Plinio a este respecto, as\u00ed como por la orden de Trajano: conquirendi non sunt, es evidente que las m\u00e1ximas autoridades del Estado sab\u00edan que los seguidores de Cristo eran inocentes de los numerosos cr\u00edmenes y fechor\u00edas que les atribu\u00eda la calumnia popular.  Y por el contenido general de las instrucciones del emperador est\u00e1 claro que \u00e9ste no consideraba a los cristianos como una amenaza para el Estado. Su \u00fanico delito era ser cristianos, adherentes de una religi\u00f3n ilegal. La Iglesia vivi\u00f3 bajo este r\u00e9gimen de proscripci\u00f3n desde el a\u00f1o 112 hasta el reinado de Septimio Severo (193-211). La situaci\u00f3n de los fieles fue siempre de serio peligro, estando como estaban a merced de que cualquier persona maliciosa pod\u00eda citarles al tribunal m\u00e1s cercano sin previo aviso. De hecho, es cierto que el delator era una persona impopular en el Imperio Romano y, adem\u00e1s, al acusar a un cristiano corr\u00eda el riesgo de incurrir en severos castigos si era incapaz de probar su acusaci\u00f3n contra su pretendida v\u00edctima. No obstante, a pesar del riesgo, se conocen casos de cristianos v\u00edctimas de la delaci\u00f3n o acusaci\u00f3n durante la \u00e9poca de la persecuci\u00f3n.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las prescripciones de Trajano sobre el asunto del cristianismo fueron modificadas por Septimio Severo con la adici\u00f3n de una cl\u00e1usula que prohib\u00eda a cualquier persona convertirse en cristiana. La ley existente de Trajano contra los cristianos en general no fue verdaderamente derogada por Severo, si bien de momento resalt\u00f3 la intenci\u00f3n del emperador de que deb\u00eda quedar en letra muerta. La finalidad pretendida con la nueva ley no era la de inquietar a quienes ya eran cristianos, sino poner freno al crecimiento de la Iglesia impidiendo las  conversiones. Con esta prohibici\u00f3n se sumaron a la lista de los paladines de la libertad religiosa algunos insignes m\u00e1rtires conversos, siendo los m\u00e1s famosos las Santas Felicidad y Perpetua, pero no llev\u00f3 a cabo nada de importancia respecto a su prop\u00f3sito principal. La persecuci\u00f3n lleg\u00f3 a su fin en el segundo a\u00f1o del reinado de Caracalla (211-17).  Los cristianos gozaron de una paz relativa desde esta fecha hasta el reinado de Decio (250-53), con la excepci\u00f3n del corto per\u00edodo en que ocup\u00f3 el trono  Maximino Tracio (235-38).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La accesi\u00f3n de Decio a la p\u00farpura inici\u00f3 una nueva \u00e9poca en las relaciones entre el cristianismo y el estado romano. Aunque era oriundo de Iliria, este emperador estuvo profundamente imbuido por el esp\u00edritu del conservadurismo romano. Ascendi\u00f3 al trono con el firme prop\u00f3sito de restaurar el prestigio que el imperio estaba perdiendo con rapidez y parece haber estado convencido de que la principal dificultad para realizar su intenci\u00f3n era la existencia del cristianismo. La consecuencia fue que en el a\u00f1o 250 emiti\u00f3 un edicto, cuyo tenor s\u00f3lo se conoce por los documentos que se refieren a su ejecuci\u00f3n y que prescrib\u00eda que todos los cristianos del imperio deb\u00edan ofrecer sacrificio a los dioses en cierto d\u00eda.   Esta nueva ley era un asunto completamente distinto a la legislaci\u00f3n existente contra el cristianismo.  Si bien proscritos legalmente, los cristianos hab\u00edan disfrutado hasta ahora de relativa seguridad bajo un r\u00e9gimen que sentaba abiertamente el principio de que no deb\u00edan ser perseguidos oficialmente por las  autoridades civiles. El edicto de Decio era exactamente lo contrario: ahora se constitu\u00eda a los magistrados en inquisidores religiosos cuyo deber era castigar a los cristianos que rehusasen  apostatar.  En una palabra, el objetivo del emperador era aniquilar el cristianismo forzando a todos los cristianos del Imperio a renunciar a su fe. El primer efecto de la nueva legislaci\u00f3n pareci\u00f3 favorable a los deseos de su autor. Durante el prolongado per\u00edodo de paz desde el reinado de Septimio Severo &#8212;cerca de cuarenta a\u00f1os&#8212; se hab\u00eda deslizado dentro de la disciplina eclesi\u00e1stica un relajamiento considerable, una de cuyas consecuencias fue que con la publicaci\u00f3n del edicto de persecuci\u00f3n multitudes de cristianos asediaron a los magistrados, en todas partes, en su af\u00e1n de acatar sus exigencias.  Muchos otros cristianos nominales obten\u00edan con sobornos los certificados (vea libellatici) que afirmaban que hab\u00edan cumplido con la ley, en tanto que otros apostataban bajo tortura. No obstante, despu\u00e9s que esta primera muchedumbre de criaturas d\u00e9biles (vea lapsi) se hab\u00edan situado ellas mismas fuera del gremio del cristianismo, todav\u00eda quedaron numerosos cristianos en todo el Imperio dignos de su religi\u00f3n, los cuales soportaron por sus convicciones todo g\u00e9nero de tormento e incluso la muerte.  La persecuci\u00f3n dur\u00f3 unos dieciocho meses y produjo un da\u00f1o incalculable.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Antes de que la Iglesia tuviera tiempo de subsanar el perjuicio ocasionado de ese modo, se inici\u00f3 otro conflicto con el Estado con un edicto de Valeriano que se public\u00f3 en el a\u00f1o 257. Esta ley iba dirigida contra el  clero &#8212;obispos, presb\u00edteros y di\u00e1conos&#8212; a los cuales se ordenaba que ofreciesen sacrificios bajo pena de exilio. Adem\u00e1s se prohib\u00eda, bajo pena de muerte, que los cristianos frecuentasen sus cementerios. Los resultados de este primer edicto tuvieron tan poco peso que al a\u00f1o siguiente, 258, apareci\u00f3 otro edicto que requer\u00eda al clero a ofrecer sacrificios bajo pena de muerte.  Tambi\u00e9n fueron afectados senadores cristianos,  caballeros, e incluso damas de sus familias por un decreto de ofrecer sacrificios bajo pena de confiscaci\u00f3n de sus bienes y de reducci\u00f3n al estado plebeyo. Y, en el supuesto de que estas medidas resultasen ineficaces, la ley prescrib\u00eda castigos adicionales: la ejecuci\u00f3n para los hombres, el exilio para las mujeres. Los esclavos cristianos y los libertos de la casa del emperador tambi\u00e9n eran castigados con la confiscaci\u00f3n de sus pertenencias y la reducci\u00f3n al grado m\u00e1s bajo de  esclavitud.  El Papa San Sixto II y San Cipriano de Cartago se hallaron entre los m\u00e1rtires de esta persecuci\u00f3n.  Se sabe poco sobre sus efectos ulteriores debido a la falta de documentos, pero parece seguro conjeturar que debi\u00f3 causar enorme sufrimiento a la nobleza cristiana, adem\u00e1s de a\u00f1adir muchos nuevos m\u00e1rtires a la lista de la Iglesia. La persecuci\u00f3n lleg\u00f3 a su fin tras la captura (260) de Valeriano por los  persas; su sucesor,  Galieno (260-68),  revoc\u00f3 el edicto y le devolvi\u00f3 los cementerios y los lugares de culto a los obispos.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La Iglesia permaneci\u00f3 en la misma situaci\u00f3n legal que en el siglo II desde esta fecha hasta la \u00faltima persecuci\u00f3n iniciada por Diocleciano (284-305), excepto en el corto per\u00edodo del reinado de Aureliano (270-75). El primer edicto de Diocleciano se  promulg\u00f3 en Nicomedia en el a\u00f1o 303 y ten\u00eda el siguiente contenido: se prohib\u00eda las asambleas cristianas; se ordenaba la destrucci\u00f3n de las  iglesias y de los libros sagrados, y se les ordenaba a todos los cristianos a  abjurar de su religi\u00f3n inmediatamente.  La sanci\u00f3n por el incumplimiento de estas exigencias era la degradaci\u00f3n y la muerte civil para las clases m\u00e1s altas, la reducci\u00f3n a la esclavitud para los libertos de las clases m\u00e1s modestas y para los esclavos, la incapacidad para recibir el don de la libertad. M\u00e1s tarde en ese mismo a\u00f1o un nuevo edicto orden\u00f3 el  encarcelamiento de los  eclesi\u00e1sticos de cualquier grado, desde obispos hasta  exorcistas. Un tercer edicto impuso la  pena de muerte por negarse a abjurar y conced\u00eda la libertad a quienes ofreciesen sacrificios; mientras que un cuarto edicto, publicado en el a\u00f1o 304, ordenaba a todos sin excepci\u00f3n a ofrecer sacrificios p\u00fablicamente. \u00c9ste fue el \u00faltimo y m\u00e1s decidido esfuerzo del Estado Romano de acabar con el cristianismo. Ello dio a la Iglesia incontables m\u00e1rtires y concluy\u00f3 con su triunfo durante el reinado de  Constantino.\n<\/p>\n<h2>N\u00famero de m\u00e1tires<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se calcula que de los 249 a\u00f1os desde la primera persecuci\u00f3n de Ner\u00f3n (64 d.C.) hasta el a\u00f1o 313, cuando  Constantino estableci\u00f3 la paz final, los cristianos sufrieron persecuci\u00f3n 129 a\u00f1os aproximadamente y disfrutaron de cierto grado de  tolerancia unos 120 a\u00f1os. Sin embargo, debe tenerse presente que incluso en los a\u00f1os de relativa tranquilidad los cristianos estuvieron siempre a merced de cualquier persona del imperio mal dispuesta hacia ellos o hacia su religi\u00f3n. No se sabe si ocurri\u00f3 o no con frecuencia la delaci\u00f3n de cristianos en la \u00e9poca de persecuci\u00f3n, pero teniendo en cuenta el odio irracional de la poblaci\u00f3n  pagana hacia los cristianos, puede conjeturarse con seguridad que no pocos cristianos sufrir\u00edan el martirio debido a la  traici\u00f3n.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Un ejemplo del tipo referido por San Justino M\u00e1rtir, muestra cu\u00e1n repentinas y atroces eran las consecuencias de la delaci\u00f3n. Una mujer que se hab\u00eda convertido al cristianismo fue acusada por su marido ante un magistrado de ser cristiana. A trav\u00e9s de influencias, a la acusada se le concedi\u00f3 una breve pr\u00f3rroga para resolver sus asuntos materiales, despu\u00e9s de lo cual ten\u00eda que comparecer al tribunal y presentar su defensa. Mientras tanto su  furioso marido provoc\u00f3 la detenci\u00f3n del  catequista, de nombre Ptolomeo, que hab\u00eda instruido a la conversa.  Cuando fue interrogado, Ptolomeo reconoci\u00f3 que era cristiano y fue condenado a muerte. En el momento de pronunciar esta sentencia estaban en el juzgado dos personas que protestaron contra la iniquidad de infligir la pena capital por el mero hecho de profesar el cristianismo. Como contestaci\u00f3n el magistrado les pregunt\u00f3 si tambi\u00e9n ellos eran cristianos y, ante su respuesta afirmativa, se orden\u00f3 que ambos fueran ejecutados.  Como le aguardaba el mismo destino a la esposa del delator, a menos que se retractase, tenemos aqu\u00ed un ejemplo de tres, quiz\u00e1s cuatro, personas que sufrieron la pena de muerte por la acusaci\u00f3n de un hombre que actu\u00f3 con malicia, \u00fanicamente por el motivo de que su esposa hab\u00eda renunciado a la mala vida que hab\u00eda llevado anteriormente en su sociedad (San Justino M\u00e1rtir, II, Apol. II).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No tenemos informaci\u00f3n precisa respecto al n\u00famero real de personas que murieron como m\u00e1rtires durante estos dos siglos y medio. La autoridad de T\u00e1cito afirma que Ner\u00f3n ejecut\u00f3 una multitud inmensa (ingens multitudo).  El Apocalipsis de  San Juan habla de \u00ablas almas de los que fueron asesinados por la Palabra de Dios\u00bb durante el reinado de Domiciano; y Dion Casio nos informa de que \u00abmuchos\u00bb de la nobleza cristiana murieron por su fe durante la persecuci\u00f3n de la que es responsable este emperador.  Escribiendo alrededor del a\u00f1o 249, antes del edicto de Decio,  Or\u00edgenes declara que realmente el n\u00famero de los ejecutados por la religi\u00f3n cristiana no fue muy grande, pero probablemente quiere decir que el n\u00famero de m\u00e1rtires hasta ese momento era peque\u00f1o comparado con el n\u00famero total de cristianos (cf.  Allard, \u00abTen Lectures on the Martyrs\u00bb, 128).  San Justino m\u00e1rtir, que debe su conversi\u00f3n en gran medida al ejemplo heroico de los cristianos que sufrieron por su fe, nos da incidentalmente un resplandor fugaz sobre el peligro de profesar el cristianismo a mediados del siglo II, en el reinado de un emperador tan bueno como Antonino P\u00edo (138-161). En su \u00abDi\u00e1logo con Trif\u00f3n \u00bb (CX), tras aludir a la fortaleza de sus hermanos de religi\u00f3n, el  apologista a\u00f1ade: \u00abporque es manifiesto que decapitados, crucificados, lanzados a las fieras, encadenados, abrasados y en toda otra suerte de tortura, no renunciamos a nuestra profesi\u00f3n de fe; sino que cuanto m\u00e1s pasan tales cosas, tanto m\u00e1s hacen que muchos otros pasen a ser creyentes&#8230;  Cada cristiano ha sido arrojado fuera no s\u00f3lo de su propiedad, sino hasta del mundo entero; pues ustedes no permiten que ning\u00fan cristiano viva.\u00bb Tertuliano, escribiendo a finales del siglo II, tambi\u00e9n alude con frecuencia a las terribles  condiciones bajo las que subsist\u00edan los cristianos (\u00abAd martyres\u00bb, \u00abApolog\u00eda\u00bb, \u00abAd Nationes\u00bb, etc.): muerte y tortura eran posibilidades siempre presentes.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero fue a\u00fan m\u00e1s funesto para los cristianos el nuevo r\u00e9gimen de edictos especiales que comenz\u00f3 en el a\u00f1o 250 con el edicto de Decio.  Las persecuciones de Decio y Valeriano no se prolongaron realmente mucho tiempo, pero hay indicios claros de que mientras duraron, y a pesar del gran n\u00famero de los que renegaron, produjeron numerosos m\u00e1rtires. Por ejemplo, San Dionisio de Alejandr\u00eda relata en una carta al obispo de Antioqu\u00eda de una violenta persecuci\u00f3n que tuvo lugar en la capital egipcia, mediante violencia popular, incluso antes de publicarse el edicto de Decio.  El obispo de  Alejandr\u00eda pone algunos ejemplos de lo que soportaron los cristianos a manos del populacho pagano y despu\u00e9s a\u00f1ade que \u00abmuchos otros, en las ciudades y en los pueblos, fueron picados en pedazos por los gentiles\u00bb ( Eusebio, \u00abHist. Ecl.\u00bb, VI, XLI ss.).  Adem\u00e1s de los que perecieron por la violencia misma, tambi\u00e9n una \u00abmultitud anduvo errante por los desiertos y las monta\u00f1as, y murieron de hambre y de sed, de fr\u00edo y enfermedad, por los salteadores y los animales salvajes\u00bb (Eusebio, l. C.).  Dionisio expone en otra carta, al hablar de la persecuci\u00f3n de Valeriano, que \u00abtriunfaron en la contienda y ganaron su corona hombres y mujeres, de toda raza y edad, j\u00f3venes y ancianos, doncellas y matronas, soldados y civiles, unos por la flagelaci\u00f3n y el fuego, otros por la espada\u00bb (Id., op. cit., VII, XI). En la misma persecuci\u00f3n, en Cirta, al Norte de \u00c1frica, decidieron apresurar las cosas tras la ejecuci\u00f3n de cristianos durante algunos d\u00edas. Para ello, llevaron al resto de condenados a la orilla de un r\u00edo y les hicieron arrodillarse en filas. El verdugo pas\u00f3 entre ellos cuando todo estuvo listo y los despach\u00f3 a todos sin demora (Ruinart, p. 231).\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sin embargo, la \u00faltima persecuci\u00f3n fue a\u00fan m\u00e1s dura que todos los intentos anteriores de extirpar el cristianismo. \u201cUna gran muchedumbre\u201d fue ejecutada en Nicomedia junto con su obispo, Anthimus; unos perecieron a espada, otros en el fuego y otros fueron ahogados. En Egipto, \u201cmiles de hombres, mujeres y ni\u00f1os, desde\u00f1ando esta vida&#8230; soportaron diversas formas de muerte\u00bb (Eusebio, \u00abHist. eccl.\u00bb, VII, IV ss.) y lo mismo sucedi\u00f3 en otros muchos lugares de Oriente.  La persecuci\u00f3n termin\u00f3 antes en Occidente que en Oriente, pero mientras dur\u00f3 se agregaron numerosos m\u00e1rtires al  calendario, especialmente en Roma (cf.  Allard, op. cit., 138 sq.). Mas, junto a los que vertieron verdaderamente su sangre en los tres primeros siglos, debe tenerse en cuenta el gran n\u00famero de confesores de la fe que sufrieron un martirio diario, en prisi\u00f3n, en el exilio o en trabajos forzados, m\u00e1s dif\u00edcil de aguantar que la misma muerte. Por lo tanto, aunque no es posible una estimaci\u00f3n num\u00e9rica de la cantidad de m\u00e1rtires, a\u00fan las escasas evidencias que existen sobre el asunto establecen bastante claramente que incontables hombres, mujeres, e incluso ni\u00f1os de esta primera edad  gloriosa, pero terrible, del cristianismo sacrificaron con j\u00fabilo sus bienes, sus libertades o sus vidas antes que renunciar a la fe que apreciaban sobre todas las cosas.\n<\/p>\n<h2>Proceso de los m\u00e1rtires<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">El primer hecho en la tragedia de los m\u00e1rtires era su detenci\u00f3n por un agente de la ley. Antes de llevar al acusado a juicio se conced\u00eda en algunos casos el privilegio de custodia libera, otorgado a San Pablo durante su primer encarcelamiento;  San Cipriano, por ejemplo, fue detenido en casa del oficial que le arrest\u00f3 y fue tratado con consideraci\u00f3n hasta el momento de su interrogatorio. Pero tal proceder era la excepci\u00f3n a la regla; los  cristianos acusados generalmente eran arrojados en prisiones p\u00fablicas, donde sufr\u00edan frecuentemente las mayores penalidades durante semanas o meses enteros.  Raras veces las Actas de los M\u00e1rtires proveen indicios de los sufrimientos que padecieron en prisi\u00f3n. Por ejemplo,  Santa Perpetua fue horrorizada con una oscuridad espantosa, con el intenso calor causado por el hacinamiento en el clima del \u00c1frica romana y con la brutalidad de los soldados (Passio SS. Perpet., et Felic., I).  Otros confesores aluden a las diversas miserias de la vida en la c\u00e1rcel como m\u00e1s all\u00e1 de lo que pod\u00edan describir (Passio SS. Montani, Lucii, IV). Privados de alimentos, salvo los suficientes para mantenerlos con vida, de agua, de luz y de aire; sujetos con grilletes o puestos en cepos con las piernas separadas lo m\u00e1s posible sin llegar al desgarro; expuestos a toda clase de infecci\u00f3n por el calor, el hacinamiento y la ausencia de cualquier condiciones higi\u00e9nicas adecuadas &#8212;estas eran algunas de las aflicciones que preced\u00edan al martirio verdadero. Naturalmente, muchos mor\u00edan en la c\u00e1rcel en semejantes condiciones, mientras que otros, incapaces lamentablemente de soportar la tensi\u00f3n, adoptaban la escapatoria m\u00e1s f\u00e1cil que se les ofrec\u00eda, es decir, acataban la condici\u00f3n impuesta por el Estado de  ofrecer sacrificio.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquellos cuya fortaleza, f\u00edsica y moral, era capaz de aguantar hasta el final eran, adem\u00e1s, interrogados con frecuencia por los magistrados ante el tribunal, los cuales trataban de inducirlos a retractarse mediante la persuasi\u00f3n o la tortura. Estas torturas comprend\u00edan todos los medios que hab\u00eda ideado el ingenio humano de la antig\u00fcedad para echar atr\u00e1s al m\u00e1s  valiente; los obstinados eran azotados con l\u00e1tigos, correas o cuerdas, o eran de nuevo estirados en el potro de tortura y desgarrados con rastrillos de hierro.  Otro castigo atroz consist\u00eda en colgar a la v\u00edctima por una mano, a veces durante un d\u00eda entero, en tanto que a las mujeres modestas adem\u00e1s se las expon\u00eda desnudas a las miradas del tribunal. Casi peor que todo esto eran los trabajos forzados a los que se conden\u00f3, en algunas de las  persecuciones m\u00e1s  violentas, a obispos, presb\u00edteros, di\u00e1conos, laicos y mujeres, e incluso ni\u00f1os; estos delicados personajes de ambos sexos, v\u00edctimas de leyes despiadadas, fueron sentenciados a pasar el resto de sus d\u00edas en la oscuridad de las minas, donde arrastraron una existencia desdichada, medio desnudos, hambrientos y sin un lecho que les protegiera del h\u00famedo suelo. Tuvieron mejor suerte incluso los que fueron condenados a la muerte m\u00e1s vergonzosa en la arena o mediante la crucifixi\u00f3n.\n<\/p>\n<h2>Honores rendidos a los m\u00e1rtires<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es f\u00e1cil comprender que los que sufrieron tanto por sus convicciones hayan sido tan profundamente  venerados por sus correligionarios a\u00fan desde los primeros d\u00edas del juicio durante el reinado de Ner\u00f3n. Normalmente, los oficiales romanos permit\u00edan a los parientes y amigos recoger los restos mutilados de los m\u00e1rtires para su  entierro, aunque se neg\u00f3 dicha autorizaci\u00f3n en algunos casos. Los  cristianos consideraban estas reliquias \u00abm\u00e1s valiosas que el oro o las piedras preciosas\u00bb (Martyr. Polycarpi, XVIII). Algunos de los m\u00e1rtires m\u00e1s memorables recibieron honores especiales, como por ejemplo San Pedro y San Pablo en Roma cuyos \u201ctrofeos\u201d, o tumbas, son mencionadas a comienzos del siglo III por el sacerdote romano Cayo ( Eusebio, \u201cHist. Ecl.\u201d, II, XXI, 7).  Tambi\u00e9n numerosas criptas y capillas de las catacumbas romanas, algunas de las cuales, como la capella gr\u0153ca, fueron construidas en la \u00e9poca sub-apost\u00f3lica, tambi\u00e9n atestiguan la temprana veneraci\u00f3n de aquellos paladines de la libertad de conciencia que consiguieron con su muerte la mayor victoria de la raza humana.  En los aniversarios de las muertes de los m\u00e1rtires se celebraban servicios conmemorativos especiales, en los que se ofrec\u00eda el  Santo Sacrificio de la Misa sobre sus tumbas; este fue el inicio de la inveterada costumbre de  consagrar los altares poniendo en ellos las reliquias de los m\u00e1rtires; probablemente el c\u00e9lebre fresco Fractio Panis de la capella gr\u0153ca, que  data de comienzos del siglo II, es una representaci\u00f3n en miniatura de dicha celebraci\u00f3n (vea Fractio Panis, S\u00edmbolos primitivos de la Eucarist\u00eda).  A partir de la \u00e9poca de  Constantino se otorg\u00f3 mayor veneraci\u00f3n a los m\u00e1rtires. El Papa San D\u00e1maso I (366-84) tuvo un amor particular por los m\u00e1rtires, como sabemos por las inscripciones, sacadas a la luz por  De Rossi, que compuso para sus tumbas en las catacumbas romanas.  M\u00e1s tarde, la veneraci\u00f3n a los m\u00e1rtires se mostr\u00f3 a veces en una forma m\u00e1s bien indeseable; muchos de los frescos de las catacumbas fueron mutilados para satisfacer la ambici\u00f3n de los fieles de ser enterrados cerca de los  santos (retro sanctos), en cuya compa\u00f1\u00eda  esperaban  resucitar alg\u00fan d\u00eda de la tumba. Fue igualmente grande el aprecio que se tuvo a los m\u00e1rtires en la Edad Media; ninguna privaci\u00f3n result\u00f3 ser demasiado rigurosa de soportar al visitar los famosos santuarios que conten\u00edan sus reliquias, como los de Roma.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<b>Bibliograf\u00eda<\/b>:  ALLARD, Ten Lectures on the Martyrs (Nueva York, 1907); BIRKS en Dict. of Christ. Antiq. (Londres, 1875-80), s.v.; HEALY, The Valerian Persecution (Boston, 1905); LECLERCQ, Les Martyrs, I (Par\u00eds, 1906); DUCHESNE, Histoire ancienne de l&#8217;\u00e9glise, I (Par\u00eds, 1906); HEUSER en KRAUS, Realencyklop\u00e4die f. Christlichen Altenth\u00fcmer (Friburgo, 1882-86), s.v. M\u00e4rtyrer; BONWETCH en Realencyklop\u00e4die f. prot. Theol. u. Kirche (Leipzig, 1903), s.v. M\u00e4rtyrer u. Bekenner, y HARNACK en op. cit., s.v. Christenverfolgungen.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><b>Fuente<\/b>:  Hassett, Maurice. \u00abMartyr.\u00bb The Catholic Encyclopedia. Vol. 9. New York: Robert Appleton Company, 1910.  <br \/>http:\/\/www.newadvent.org\/cathen\/09736b.htm\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Traducido por Miguel Villoria de Dios.  L H M\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Enlaces internos vinculados con \u00abM\u00e1rtir\u00bb\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[1] M\u00e1rtires de Compi\u00e8gne.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[2] M\u00e1rtires coreanos.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[3] M\u00e1rtires en China.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[4] M\u00e1rtires espa\u00f1oles.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[5] M\u00e1rtires peruanos.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[6] M\u00e1rtires vietnamitas.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[7] Actas de los M\u00e1rtires.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[8] Martirologio.\n<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n[9] Martirologio de Usuardo.\n<\/p>\n<\/p>\n<p><b>Fuente: Enciclopedia Cat\u00f3lica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Rev 17:6 ebria .. de la sangre de los m de Jes\u00fas M\u00e1rtir (gr. m\u00e1rtus o m\u00e1rturos, generalmente \u00abtestigo\u00bb). Palabra que aparece en la RVR una sola vez (Rev 17:6), aunque el vocablo gr. m\u00e1rtus aparece 34 veces como \u00abtestigo\u00bb (el significado b\u00e1sico de la palabra que, con el tiempo. lleg\u00f3 a significar quien es &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/martir\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abMARTIR\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-3260","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diccionario"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3260","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3260"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3260\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3260"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3260"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3260"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}