{"id":9822,"date":"2016-02-05T07:09:17","date_gmt":"2016-02-05T12:09:17","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/ascetica\/"},"modified":"2016-02-05T07:09:17","modified_gmt":"2016-02-05T12:09:17","slug":"ascetica","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/diccionarios\/ascetica\/","title":{"rendered":"ASCETICA"},"content":{"rendered":"<p>[301]<\/p>\n<p>    Parte de la Teolog\u00ed\u00ada que estudia lo relativo a la vida cristiana y a los medios para conseguir que sea virtuosa y conforme al Evangelio.<\/p>\n<p>    El t\u00e9rmino se extiende desde el siglo XVII y se halla fuertemente impulsado por los grandes maestros espirituales que escriben hermosos tratados de perfecci\u00f3n y vida cristiana, tanto en el nivel literario (Fray Luis de Granada, Fray Luis de Le\u00f3n, San Pedro de Alc\u00e1ntara), como en formas y aspectos de lucha por la virtud y el dominio de s\u00ed\u00ad (Alonso Rodr\u00ed\u00adguez, San Vicente de Pa\u00fal, San Francisco de Sales). Cuando la perfecci\u00f3n se adquiere por los dones divinos m\u00e1s que por los esfuerzos humanos, se habla de la ciencia teol\u00f3gica paralela que es la m\u00ed\u00adstica (Sta. Teresa de Jes\u00fas, San Juan de la Cruz, Fray Luis de Le\u00f3n).<\/p>\n<p>Pedro Chico Gonz\u00e1lez, Diccionario de Catequesis y Pedagog\u00ed\u00ada Religiosa, Editorial Bru\u00f1o, Lima, Per\u00fa 2006<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagog\u00eda Religiosa<\/b><\/p>\n<p>Derivada del verbo griego ask\u00e9o (=  me ejercito), la asc\u00e9tica puede definirse como el sendero hacia la perfecci\u00f3n cristiana, o tambi\u00e9n el conjunto de medios empleados para alcanzarla. Lleva al hombre desde la observancia de la ley a la libertad, a trav\u00e9s de la invitaci6n que hizo el mismo Cristo a la renuncia, a la abnegaci\u00f3n en la lucha por el Reino. Tambi\u00e9n puede entenderse por asc\u00e9tica aquella parte de la teolog\u00ed\u00ada que trata de la perfecci\u00f3n cristiana.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s de Aquino habla de la asc\u00e9tica como actitud que hace al hombre perfecto en sus relaciones con Dios a trav\u00e9s de una ascensi\u00f3n de amor en tres fases consecutivas: a) la de los principiantes, que consiste en alejarse del pecado, equilibrando la integridad del hombre con la mortificaci\u00f3n y la penitencia; b) la de los proficientes, que consiste en el ejercicio de todas las virtudes bajo el predominio de la caridad; c) la de los perfectos, que, despu\u00e9s de haber pasado a trav\u00e9s de la experiencia purgativa e iluminativa, se adhieren a Dios con amor fervoroso: la uni\u00f3n con Dios es a la vez premio del esfuerzo y don de Dios. El l\u00ed\u00admite entre la ascesis y la asc\u00e9tica se encuentra en el hecho de que el primer momento es pr\u00e1ctico y el segundo descriptivo.<\/p>\n<p>  G. Bove<\/p>\n<p> Bibl.: A, Bernard &#8211; T Goffi, Ascesis-Asc\u00e9tica, en NDE, 92-107&#8242; , AA. VV, De theologiu spiritt,uli docendu, en Seminarium 1 (1974).<\/p>\n<p>PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teol\u00f3gico Enciclop\u00e9dico, Verbo Divino, Navarra, 1995<\/p>\n<p><b>Fuente: Diccionario Teol\u00f3gico Enciclop\u00e9dico<\/b><\/p>\n<p>I. La doctrina tradicional<br \/>\nDesde la aparici\u00f3n de la palabra \u00abasc\u00e9tica\u00bb en el lenguaje t\u00e9cnico de la teolog\u00ed\u00ada durante la edad moderna (s. xvll) y desde su delimitaci\u00f3n frente a la -> m\u00ed\u00adstica (s. XVIII), vocablo que Clemente de Alejandr\u00ed\u00ada y Or\u00ed\u00adgenes importaron del helenismo a la terminolog\u00ed\u00ada cristiana, las palabras \u00e1axr~ai; y \u00e1ax\u00e2\u201a\u00acw no han sido traducidas al lat\u00ed\u00adn. En la literatura cat\u00f3lica se entiende generalmente por a. todo lo que se refiere al consciente y tenaz esfuerzo de los cristianos por alcanzar la perfecci\u00f3n cristiana. Puesto que en la concreta situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica del hombre ese esfuerzo tropieza con muchos obst\u00e1culos (tensi\u00f3n entre el cuerpo y el esp\u00ed\u00adritu, desconexi\u00f3n entre las diversas fuerzas y tendencias internas, concupiscencia, influencias pecaminosas del mundo que nos rodea, fuerzas demoniacas: -> dualismo, ->cuerpo y alma), \u00e9l implica necesariamente una fatigosa lucha y exige negaci\u00f3n de s\u00ed\u00ad mismo y renuncia. Por eso la palabra a., que propiamente significa ejercicio (&#038;ax\u00e2\u201a\u00acw = ejercitarse, entrenarse), en la acepci\u00f3n cat\u00f3lica tiene especialmente el sentido de esfuerzo, lucha y renuncia.<\/p>\n<p>En virtud de la fundamentaci\u00f3n inmediata y de la meta de los actos asc\u00e9ticos, en la literatura cat\u00f3lica encontramos dos tipos de a., una moral y otra m\u00ed\u00adstica. La ascesis moral tiende: negativamente, a la ~teTdvota, a la -> conversi\u00f3n del hombre, a su alejamiento del mal, de las inclinaciones y los deseos pecaminosos, a la superaci\u00f3n de la triple concupiscencia; y positivamente, al movimiento amoroso hacia Dios y hacia el pr\u00f3jimo, a ejercitar en las principales actitudes morales, o sea, en las virtudes, a restaurar el orden interno, lesionado por el pecado, al dominio del esp\u00ed\u00adritu personal y del amor abnegado. La ascesis m\u00ed\u00adstica aspira (en forma correspondiente a su fin, que es alcanzar una experiencia creciente de Dios y la uni\u00f3n con \u00e9l) a la purificaci\u00f3n del coraz\u00f3n, al recogimiento y al abandono internos, con la renuncia que esto exige, a un desprendimiento de todo lo propio y de s\u00ed\u00ad mismo, a la paciente perseverancia en la oscuridad y la sequedad, a ejercitar en la esperanza confiada en el Dios que prueba al hombre. No cabe separar entre s\u00ed\u00ad la a. moral y la m\u00ed\u00adstica; estas dos formas de a. constituyen solamente diversas acentuaciones de un mismo esfuerzo por la perfecci\u00f3n cristiana; por eso el tr\u00e1nsito de una a otra es fluido y el sentido de ambas se compenetra. Sin embargo, con buenas razones son tratadas por separado. Para el te\u00f3logo cat\u00f3lico es evidente que toda a., lo mismo que toda cooperaci\u00f3n humana a la salvaci\u00f3n, debe estar amparada por la gracia preveniente y concomitante de Dios. Y, aunque en la Iglesia vuelven a o\u00ed\u00adrse siempre opiniones contrarias, reina igualmente unanimidad sobre el hecho de que, en el cristianismo, la asc\u00e9tica tiene valor moral s\u00f3lo si y en la medida en que ella va acompa\u00f1ada por una clara afirmaci\u00f3n y alta estima de los \u00f3rdenes de la &#8211;> creaci\u00f3n, as\u00ed\u00ad como por una conciencia de responsabilidad para con el &#8211;> mundo y por la fidelidad a las tareas terrenas. Junto a la a. moral y a la m\u00ed\u00adstica, la tradici\u00f3n de la Iglesia conoce tambi\u00e9n una a. cultual. Esta se refiere a las acciones y renuncias que preparan para la participaci\u00f3n en los misterios del culto y tienen como meta la purificaci\u00f3n del hombre pecador para el encuentro con el Dios santo. Juega un gran papel en las religiones no cristianas, donde frecuentemente se convierte en magia. Tambi\u00e9n se halla en el AT, sobre todo en relaci\u00f3n con las grandes fiestas del pueblo y con el culto relativo al sacrificio: ayunos, vigilias, abstenci\u00f3n del contacto sexual, purificaciones. De all\u00ed\u00ad ha pasado tambi\u00e9n a la praxis de la Iglesia: ayunos, vigilias, ayuno eucar\u00ed\u00adstico. Pero ya los profetas veterotestamentarios previnieron contra su excesiva acentuaci\u00f3n e insistieron en la necesidad de conferirle un car\u00e1cter m\u00e1s interior. En la Iglesia de hoy esta a. ya no juega ning\u00fan papel importante. Sin embargo, tambi\u00e9n cabe hablar de a. cultual en un sentido amplio, a saber, cuando una ejercitaci\u00f3n o una renuncia brota del deseo general de hacer penitencia y de expiar, o cuando es expresi\u00f3n de la entrega a Dios y, por tanto, reviste car\u00e1cter de sacrificio. Esa a. se dar\u00e1 siempre; su sentido m\u00e1s profundo est\u00e1 en proclamar el car\u00e1cter absoluto y la santidad de Dios, su soberan\u00ed\u00ada sobre los hombres y todo lo creado, as\u00ed\u00ad como en implorar su perd\u00f3n y en mostrar visiblemente la entrega a \u00e9l y a su servicio. Pero debe producirse desde el \u00fanico sacrificio que tiene validez en s\u00ed\u00ad mismo, desde el de Jesucristo, y no puede ser considerada (subconscientemente) como una obra religiosa y meritoria que el hombre realiza por sus propias fuerzas, pues, de otro modo, carece de valor y es repudiable.<\/p>\n<p>Dentro del sentido de la a. cristiana, seg\u00fan la tradicional concepci\u00f3n cat\u00f3lica el acento recae sobre la a. moral, como lo demuestra una mirada a la literatura asc\u00e9tica de la edad moderna. La antropolog\u00ed\u00ada que ah\u00ed\u00ad late es con frecuencia muy deficiente. No est\u00e1 totalmente libre de un dualismo inconsciente y por eso no ve con suficiente claridad la tarea exigida por la unidad an\u00ed\u00admico-corporal, a saber, la de integrar todas las fuerzas, tambi\u00e9n las corporales y sensitivas (sexualidad, tendencias, fantas\u00ed\u00ada, etc.) en la unidad total de la persona. Todav\u00ed\u00ada en la Encyclopedia Cattolica la a. es definida: \u00abSforzo metodico di reprimere le tendenze inferior\u00c2\u00a1 della natura per realizzare progressivamente la perfezione spirituale.\u00bb Contra tales simplificaciones (no pocas veces funestas) iba dirigida la reciente llamada a una psicolog\u00ed\u00ada de la a. (cf., por ejemplo, J. LINDWORSKY, Psychologie der A., Fr 1935; H.E. HENGSTENBERG, Christliche A., Rb 1936; R. EGENTER, Die A. in der Welt, Ettal 1957). No hay duda de que aqu\u00ed\u00ad se ha abordado una cuesti\u00f3n necesaria y altamente importante para la configuraci\u00f3n cristiana de la vida. Los resultados de la -a psicolog\u00ed\u00ada, de la caracterolog\u00ed\u00ada y de la antropolog\u00ed\u00ada modernas son imprescindibles para una a. adecuada a la persona y a la situaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Esta es la doctrina tradicional sobre la a., tal como la encontramos en las obras de espiritualidad y de teolog\u00ed\u00ada moral. \u00bfMas est\u00e1 dicho con ello todo lo que en el cristianismo habr\u00ed\u00ada de decirse sobre la cosa s\u00ed\u00adgnificada con el t\u00e9rmino a.? Esto debe discutirse seriamente. Y l\u00f3gicamente se multiplican los esfuerzos por una m\u00e1s profunda concepci\u00f3n teol\u00f3gica y espiritual de la asc\u00e9tica. Se oyen quejas contra la excesiva separaci\u00f3n entre la a. y la m\u00ed\u00adstica. Con ello, se dice, la a. ha quedado unilateralmente subordinada a la perfecci\u00f3n moral. Y puesto que esa separaci\u00f3n se produjo en un momento en que el lazo, en tiempos estrecho, entre la teolog\u00ed\u00ada y la &#8211;> espiritualidad se hab\u00ed\u00ada aflojado y la misma teolog\u00ed\u00ada no estaba exenta de cierto racionalismo, en el concepto de a. penetraron corrientes subterr\u00e1neas de tipo pelagiano y estoico, las cuales fomentaron una actitud individualista en el problema de la salvaci\u00f3n. Por eso, se sigue diciendo, ha llegado el tiempo de volver a considerar la a. y la m\u00ed\u00adstica como una unidad, y de conceder al momento religioso dentro del concepto de a. la primac\u00ed\u00ada sobre el moral, as\u00ed\u00ad como de encontrar un m\u00e1s profundo punto de apoyo teol\u00f3gico para ese concepto.<\/p>\n<p>II. La recuperaci\u00f3n de la dimensi\u00f3n teol\u00f3gica en el concepto de asc\u00e9tica<br \/>\nLa aut\u00e9ntica y fundamental a. o \u00abejercitaci\u00f3n\u00bb del cristiano es sin duda la &#8211;> fe. Ciertamente, \u00e9sta constituye en primera l\u00ed\u00adnea un don, pues la que la hace posible es la -> gracia de Dios. Pero hay que responder al Dios que da testimonio de s\u00ed\u00ad mismo en la predicaci\u00f3n y en el coraz\u00f3n del hombre, y hay que responderle, no una sola vez, sino cada d\u00ed\u00ada de nuevo. Ahora bien, esta \u00abejercitaci\u00f3n\u00bb, la aceptaci\u00f3n de la fe, el \u00abs\u00ed\u00ad\u00bb al Dios que da testimonio de s\u00ed\u00ad mismo, no s\u00f3lo implica una consumaci\u00f3n, un esclarecimiento del hombre desde su fundamento, la apertura de un nuevo horizonte que abarca todo lo que es, sino, tambi\u00e9n esencialmente, una renuncia, una desprendimiento. En efecto, por la fe el hombre se aventura a entrar en el oscuro -> misterio de Dios, que para \u00e9l es inescrutable e impenetrable (cf. 1 Tim 6, 16), se le entrega confiadamente, sin ver lo que \u00e9l promete (cf. Heb 11, 1). Con ello el hombre renuncia \u00e1 esclarecer por s\u00ed\u00ad mismo el -> sentido de su existencia, del todo del mundo y de su historia. Conf\u00ed\u00ada en el que le promete la vida eterna sin tener m\u00e1s garant\u00ed\u00ada que la persona del que empe\u00f1a su palabra, la persona de aquel Dios a quien no se puede citar ante ning\u00fan tribunal para que responda y se justifique (Job). El creyente en la fe trasciende el mundo y el sentido inmanente, arroja el mundo y con ello a s\u00ed\u00ad mismo hacia Dios, deja de aferrarse a aquello que seg\u00fan la luz natural es lo \u00fanico capaz de garantizar la plenitud de su existencia y, en \u00faltimo t\u00e9rmino, no edifica su vida sobre \u00e9l mismo y sobre sus propias fuerzas, sino sobre Dios. Todo esto, si se realiza con seriedad y con conciencia de la decisi\u00f3n tomada, es realmente dif\u00ed\u00adcil para el hombre, pues \u00e9ste lleva en s\u00ed\u00ad la tendencia indestructible a entenderse desde \u00e9l mismo, a disponer de \u00e9l y de su futuro, a tomar la vida en sus manos y asegurarla. Ah\u00ed\u00ad estuvo ya la tentaci\u00f3n primera del hombre llamado a la comunidad con Dios por la gracia, todav\u00ed\u00ada antes de que \u00e9l conociera el pecado (Cf. G\u00e9n 3, 1-7). Si ya Ad\u00e1n sucumbi\u00f3 a ella, \u00c2\u00a1cu\u00e1nto m\u00e1s no pesar\u00e1 sobre el hombre ca\u00ed\u00addo, que est\u00e1 radicalmente inclinado hacia s\u00ed\u00ad mismo y conoce la pasi\u00f3n, el peligro de sucumbir a esa tentaci\u00f3n original! (&#8211;> concupiscencia). En la fe el hombre tiene que ir una y otra vez contra s\u00ed\u00ad mismo, transcenderse a s\u00ed\u00ad mismo, despojarse de s\u00ed\u00ad mismo. Y precisamente ah\u00ed\u00ad est\u00e1 su a. fundamental.<\/p>\n<p>A esta a., consistente en ejercitarse en la entrega al Dios soberano, providente, inmanejable, a quien no vemos, cuyas \u00abdecisiones son inescrutables\u00bb, \u00abcuyos caminos son incomprensibles\u00bb (Rom 11, 33), podr\u00ed\u00adamos llamarla a. de la fe. Semejante a. es tanto m\u00e1s existencial, o sea, toca tanto m\u00e1s de cerca el fundamento de la existencia del hombre, cuanto m\u00e1s parece que la experiencia f\u00e1ctica de la vida contradice a la fe en un Dios del amor, en un Dios que ha dado la existencia a los hombres y les ha prometido una plenitud que supera todo lo terreno. Aqu\u00ed\u00ad el camino es aceptarse a s\u00ed\u00ad mismo, con sus dolorosos e insuperables l\u00ed\u00admites, con sus debilidades y miserias, con el dolor, los absurdos y los desenga\u00f1os de la vida, y, finalmente, con la -> muerte, absurdo final de la existencia humana. Es m\u00e1s, aprehendiendo la palabra de la promesa divina, hay que interesarse gozosamente por la vida y seguir su llamada, frente a la duda eternamente renovada y a la tentaci\u00f3n de negarla. Cuanto el creyente hace m\u00e1s radicalmente esto, con tanta mayor claridad experimenta la voluntad singular de Dios para con \u00e9l, voluntad que se refiere a \u00e9l y s\u00f3lo a \u00e9l, y que por tanto no puede dilucidarse \u00fanicamente por los acontecimientos normales de la vida. El creyente debe prestar atenci\u00f3n a esta voluntad, ponerse a su disposici\u00f3n y permitir realmente que ella disponga. Lo cual exige iniciativa propia, y \u00e9sta a su vez, implica ejercitaci\u00f3n y renuncia. La meta de esa a. es la indiferencia ignaciana, la disposici\u00f3n antecedente a dejarse llamar lo mismo hacia ac\u00e1 que hacia all\u00e1. S\u00f3lo aqu\u00ed\u00ad es donde la a. de la fe se convierte en aut\u00e9ntica obediencia de la fe; como cuyo prototipo insuperable y v\u00e1lido para todos los tiempos es ensalzado Abraham. S\u00f3lo all\u00ed\u00ad donde se ejercita esa obediencia creyente, recibe su sentido toda otra a. particular, ya sea la moral ya la m\u00ed\u00adstica; ah\u00ed\u00ad es donde tienen su lugar estas \u00faltimas, ah\u00ed\u00ad donde deben estar integradas e inmersas. Pues de otro modo, corren el peligro de tener como meta m\u00e1s al hombre por s\u00ed\u00ad mismo que a Dios.<\/p>\n<p>Mas con todo esto todav\u00ed\u00ada no hemos caracterizado suficientemente la a. fundamental del cristiano que la gracia de la fe exige. La a. se hace cristiana en sentido estricto s\u00f3lo cuando se halla en el horizonte expl\u00ed\u00adcito del &#8211; pecado, del juicio divino sobre \u00e9l y de la &#8211; redenci\u00f3n por la cruz de Cristo. Por el pecado el hombre ha perdido la uni\u00f3n original con Dios y se ha convertido en deudor suyo; la vida presente, cargada de dolor, donde ya se anuncia la tribulaci\u00f3n y el miedo de la muerte, vuelve siempre a recordarle su deuda. Por esto \u00e9l, como cristiano, deber\u00e1 relacionar el destino de dolor y de muerte impuesto al hombre y al mundo con el pecado y, consciente de su culpa, deber\u00e1 someterse plenamente a ese destino. Su a. de la fe se extiende tambi\u00e9n al juicio punitivo que Dios pronunci\u00f3 sobre la humanidad pecadora (cf. G\u00e9n 3, 16-19; 6, 5ss). Y \u00e9l sabe que por s\u00ed\u00ad mismo jam\u00e1s puede borrar su culpa. Por eso, rogando y confiando, pondr\u00e1 su mirada en Dios y esperar\u00e1 su perd\u00f3n.<\/p>\n<p>Ya de ah\u00ed\u00ad se desprende claramente que la perfecci\u00f3n buscada en la a. moral jam\u00e1s puede ser la primera meta y, sobre todo, una meta aislada del cristiano. Esta perfecci\u00f3n debe m\u00e1s bien estar acompa\u00f1ada por la conciencia fundamental del aprisionamiento del pecador en la culpa y de su impotencia; de otro modo estar\u00ed\u00ada siempre expuesta, aun conociendo que la existencia de la gracia divina es constantemente necesaria, al riesgo de querer valerse por s\u00ed\u00ad mismo. En el trasfondo de esa situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica &#8211; la de la impotencia y del aprisionamiento en la culpael cristiano debe ver a Cristo. El es para el cristiano, no s\u00f3lo la palabra del amor indulgente del Padre, sino tambi\u00e9n, en su \u00abfigura de siervo\u00bb (Flp 2, 7) el verdadero \u00e1sket\u00e9s, que ha asumido nuestro destino mortal y lo ha compartido hasta la misma amargura del final. Desamparado, despoj\u00e1ndose de todo poder divino (Flp 2, 7), se expuso al pecado del hombre, al ego\u00ed\u00adsmo, a la inconstancia, a la crueldad, a la hostilidad, a la incredulidad, y arrastr\u00f3 hacia el le\u00f1o de la cruz la culpa de toda la humanidad (cf. 1 Pe 2, 24), sufriendo en s\u00ed\u00ad mismo, en su propio cuerpo, el juicio de condenaci\u00f3n (cf. Rom 8, 3 ). Obedeciendo al Padre con la obediencia \u00abque \u00e9l aprendi\u00f3 por lo que padeci\u00f3\u00bb (Heb 5, 8), \u00abfrente al gozo que se le presentaba, soport\u00f3 la cruz, sin tomar en cuenta la ignominia\u00bb y as\u00ed\u00ad \u00abse ha convertido en jefe iniciador y consumador de nuestra fe\u00bb (Heb 12, 2). Lo que nosotros no pod\u00ed\u00adamos, lo ha hecho \u00e9l por todos nosotros: no s\u00f3lo se someti\u00f3 plenamente a lo que Dios dispon\u00ed\u00ada, a la voluntad de un Dios que, aun siendo su Padre, con bastante frecuencia parec\u00ed\u00ada estar lejos de \u00e9l y esconderse hasta dejarle en la noche del sentido y del esp\u00ed\u00adritu, sino que, adem\u00e1s, por su muerte voluntaria \u00abanul\u00f3 la nota de nuestra deuda escrita en las ordenanzas, la cual era desfavorable a nosotros; y la arranc\u00f3 de all\u00ed\u00ad, clav\u00e1ndola en la cruz\u00bb (Col 2, 14), y as\u00ed\u00ad ha hecho nuevamente posible nuestra uni\u00f3n con Dios.<\/p>\n<p>Por eso toda a. del cristiano en su sentido m\u00e1s profundo s\u00f3lo puede ser una participaci\u00f3n en la a. de Cristo y, consecuentemente, una asc\u00e9tica de la cruz. S\u00f3lo en cuanto tal tiene sentido y es salv\u00ed\u00adficamente operante. La participaci\u00f3n por la gracia en la muerte salv\u00ed\u00adfica de Cristo, cuyo fundamento se pone por el -> bautismo, ha de ser aceptada siempre de nuevo en la vida y debe traducirse en un cotidiano morir con Cristo. La obediencia de fe se convierte as\u00ed\u00ad para el cristiano en un seguimiento de Cristo, seg\u00fan el sentido de las palabras: \u00abEl que quiera venir en pos de m\u00ed\u00ad, ni\u00e9guese a s\u00ed\u00ad mismo, cargue con su cruz y s\u00ed\u00adgame\u00bb (Mc 8, 34 par). Este seguimiento del Se\u00f1or entregado a la muerte por nosotros, no s\u00f3lo es el fundamento radical de la a. moral, sino que, adem\u00e1s, hace posible una a. mucho m\u00e1s honda: el movimiento activo hacia la muerte, el abrazarse a la cruz con una renuncia voluntaria a bienes importantes para la vida. Esta a. es la realizaci\u00f3n del esp\u00ed\u00adritu de las bienaventuranzas y de los &#8211;> consejos evang\u00e9licos. No est\u00e1 en manos del hombre (piadoso) y del cristiano (celoso), sino que la suscita siempre de nuevo la llamada del Esp\u00ed\u00adritu de Cristo, del Esp\u00ed\u00adritu de donde brota el amor crucificado y la obediente y amorosa prontitud para el servicio, y este Esp\u00ed\u00adritu es a la vez su medida. La a. de la cruz es -> penitencia, expiaci\u00f3n y testimonio en una sola cosa; ella arranca los muros para dejar libre el camino al \u00ed\u00admpetu torrencial del -> amor.<\/p>\n<p>Hemos de mencionar todav\u00ed\u00ada un \u00faltimo momento de la a. fundamental del cristiano, el escatol\u00f3gico. De suyo ya est\u00e1 contenido en la a. de la fe y la a. de la cruz, pues ambas apuntan por encima de s\u00ed\u00ad mismas hacia la prometida gloria definitiva, que es superior a este mundo; pero, no obstante, hemos de hablar de \u00e9l en particular y hacerlo consciente, ya que exige determinados comportamientos por parte del cristiano. Este es todav\u00ed\u00ada un peregrino, un miembro de la Iglesia peregrinante, se halla en camino hacia la ciudad santa, que Dios ha edificado para su pueblo (cf. Heb 11, 10). El cristiano se encuentra en la etapa \u00faltima de la peregrinaci\u00f3n, en el tiempo que media entre el \u00abya\u00bb del irrevocable acercamiento salv\u00ed\u00adfico de Dios en su Hijo y el \u00abtodav\u00ed\u00ada no\u00bb de la revelaci\u00f3n gloriosa del nuevo cielo y de la nueva tierra; en un tiempo en que \u00e9l es todav\u00ed\u00ada un extra\u00f1o en este mundo, sin patria ni derecho de ciudadan\u00ed\u00ada (cf. 1 Pe 2, 11, pasaje relacionado con Lev 25, 23; Sal 39 [38], 13, entre otros lugares) y, sin embargo, ya es \u00abconciudadano de los santos\u00bb y miembro \u00abde la familia de Dios\u00bb (Ef 2, 19). Aunque \u00e9l ya est\u00e1 \u00aben Cristo\u00bb, no obstante morir\u00e1 \u00absin haber alcanzado las promesas\u00bb; s\u00f3lo podr\u00e1 verlas y saludarlas desde lejos (cf. Heb 11, 13). En esta situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica se pide tres cosas al cristiano: paciente perseverancia (la hypomon\u00e9 de las cartas apost\u00f3licas), disposici\u00f3n para la partida y vigilancia ante la venida del Se\u00f1or. Al ejercicio de estas actitudes podr\u00ed\u00adamos llamarlo asc\u00e9tica escatol\u00f3gica. En los esfuerzos y desenga\u00f1os de este tiempo, que crecen con la edad, el cristiano deber\u00e1 volver siempre a protegerse contra un peligroso cansancio de la fe, contra el fastidio frente a lo religioso (acedia) y contra la resignaci\u00f3n. Muchas veces \u00e9l quisiera derivar hacia lo m\u00e1s f\u00e1cil y cerrar los ojos ante la decisi\u00f3n inexorable de la fe. Entonces hay que invocar la paciencia que el Se\u00f1or le ense\u00f1\u00f3 con su ejemplo y que le ha sido prometida como don de la gracia, la fuerza radicada en lo profundo del coraz\u00f3n para perseverar en el camino, contra la resistencia de la naturaleza d\u00e9bil. Es m\u00e1s, el estado de v\u00ed\u00ada, la existencia peregrina, exige del cristiano que \u00e9l permanezca constantemente abierto para el futuro, con el o\u00ed\u00addo atento a la llamada siempre nueva de Dios. Por esto el creyente no puede afianzarse en sus opiniones, planes, etc.; pues de otro modo estar\u00ed\u00ada siempre en peligro de confundir todo eso con la voluntad de Dios. El ha de desprenderse diariamente de s\u00ed\u00ad mismo y de su mundo, abri\u00e9ndose al Dios siempre mayor, cuyos designios son en todo momento impenetrables e imprevisibles.<\/p>\n<p>Esto tambi\u00e9n tiene validez con relaci\u00f3n al \u00e1mbito eclesi\u00e1stico. \u00c2\u00a1Cu\u00e1nta obstinaci\u00f3n y mezquindad, cu\u00e1nto farise\u00ed\u00adsmo, abuso de autoridad, pensamiento legalista y, con ello, lastre para la fe, se habr\u00ed\u00adan evitado si todos los rangos y estados de la Iglesia, cl\u00e9rigos y seglares, hubieran sido siempre conscientes de que la Iglesia, el pueblo de Dios, se halla todav\u00ed\u00ada en camino y, por tanto, ha de permanecer siempre abierta y modificable, ha de estar siempre a la b\u00fasqueda de la plenitud de la verdad y cargada con la responsabilidad de pronunciar nuevamente la palabra de Dios en cada \u00e9poca. Finalmente, la existencia peregrina exige tambi\u00e9n lo que en sentido estricto se entiende por actitud escatol\u00f3gica: el estar dispuesto para el d\u00ed\u00ada final, la mirada hacia el Cristo que ha de volver para el juicio y la instauraci\u00f3n de la gloria, lo cual implica una constante a. que reclama en la forma m\u00e1s profunda el pensamiento y la acci\u00f3n del hombre. De ah\u00ed\u00ad las muchas exhortaciones del Se\u00f1or a la vigilia (Mc 13, 33ss; Mt 24, 37ss par; Lc 21, 34ss). Lo que esa a. significa concretamente ha encontrado su formulaci\u00f3n cl\u00e1sica en la c\u00e9lebre frase de Pablo (1 Cor 7, 29ss ), en la cual \u00e9l exige de todos los cristianos una postura de distancia frente al mundo en su forma actual, distancia que deja libre la mirada para el otro mundo, para el definitivo. Tambi\u00e9n lo que hemos llamado a. m\u00ed\u00adstica tiene aqu\u00ed\u00ad su lugar peculiar.<\/p>\n<p>S\u00f3lo cuando la a. cristiana es conocida y vivida en su dimensi\u00f3n teol\u00f3gica, queda libre de aquella estrechez y de aquel &#8211;> antropocentrismo unilateral que tantas veces &#8211; y no siempre injustamente- se le ha echado en cara, y a la vez se pone de manifiesto que la a. y la m\u00ed\u00adstica no son sino dos aspectos de una misma realizaci\u00f3n cristiana de la vida y, por tanto, no pueden separarse (cf. J. DE GUIBERT: DSAM I, 1013). Mas para evitar todas las posibles tergiversaciones, a las que ambos conceptos est\u00e1n constantemente expuestos, ser\u00ed\u00ada necesario que actualmente, yendo m\u00e1s all\u00e1 del contenido individual de la a. y la m\u00ed\u00adstica, m\u00e1s all\u00e1 de su aportaci\u00f3n a la perfecci\u00f3n personal, se las enmarcara dentro del misterio de la &#8211;> Iglesia. S\u00f3lo as\u00ed\u00ad se mostrar\u00ed\u00ada que en \u00faltimo t\u00e9rmino ellas no pueden tener mayor sentido consciente que el de constituir un \u00abservicio\u00bb en la Iglesia y al misterio de la Iglesia como cuerpo de Cristo y pueblo de Dios (cf. E. PRYZWARA, Deus semper maior. Theologie der Exerxitien [WMn 21964] 300s, nota 1 a). Nadie se hace perfecto para s\u00ed\u00ad mismo; la perfecci\u00f3n se logra siempre y solamente sirviendo a aquel misterio de Cristo que lo abarca todo, el cual anuncia el amor de Dios e irradia cu gloria.<\/p>\n<p>III. El problema de una asc\u00e9tica<br \/>\nSi la a. y la m\u00ed\u00adstica se interfieren y en el fondo forman una unidad inseparable, se torna problem\u00e1tica la a., que como ciencia separada no apareci\u00f3 hasta el s. xvii. La dificultad que radica en la cosa misma se muestra, entre otras cosas, en que no existe ni ha existido nunca una definici\u00f3n \u00fanica de a. Unas veces se le asigna como objeto la v\u00ed\u00ada purgativa e iluminativa, mientras se reserva a la m\u00ed\u00adstica la v\u00ed\u00ada unitiva; otras, se la limita a los actos morales y religiosos que se fundan en los auxilios ordinarios de la gracia y tienden principalmente al ejercicio de las virtudes, mientras la m\u00ed\u00adstica se ocupa de las gracias extraordinarias y dones especiales; otras, en fin, abarca toda la vida espiritual y todos los grados de la perfecci\u00f3n, a excepci\u00f3n de la contemplaci\u00f3n infusa. As\u00ed\u00ad se explica que, no obstante la divisi\u00f3n moderna de la doctrina sobre la vida espiritual y la perfecci\u00f3n en asc\u00e9tica y m\u00ed\u00adstica, ambos campos se han tratado juntos y se los ha mirado como una sola disciplina o especialidad. En la ense\u00f1anza teol\u00f3gica oficial, a. y m\u00ed\u00adstica aparecen por vez primera como disciplina separada en 1919 (cf. AAS 12 [19201 29ss); en 1931, por la constituci\u00f3n Deus scientiarum Dominus (A-AS 23 [ 1931 ] 271 y 281), esa disciplina fue recogida en la ordenaci\u00f3n oficial de los estudios eclesi\u00e1sticos. Dada la \u00ed\u00adntima conexi\u00f3n entre a. y m\u00ed\u00adstica, hoy se prefiere hablar, con raz\u00f3n, de \u00abteolog\u00ed\u00ada espiritual\u00bb, pero s\u00f3lo imprecisamente puede separ\u00e1rsela de las restantes disciplinas teol\u00f3gicas primarias (sobre todo de la ex\u00e9gesis, la dogm\u00e1tica y la moral), siempre y cuando \u00e9stas se conviertan en teolog\u00ed\u00ada espiritual, es decir, traspasen el plano de una ex\u00e9gesis unilateralmente filol\u00f3gica y de una teolog\u00ed\u00ada racional de escuela. Sin embargo, si se habla de una a. en sentido estricto, s\u00f3lo puede ser parte de una ciencia superior y general, de la teolog\u00ed\u00ada espiritual precisamente.<\/p>\n<p>El esquema de tal asc\u00e9tica deber\u00ed\u00ada determinarse en primer t\u00e9rmino por la dimensi\u00f3n teol\u00f3gica de la a. cristiana, es decir, por las ejercitaciones fundamentales, arriba esbozadas, del cristiano, la a. de la fe, la a. de la cruz y la a. escatol\u00f3gica. S\u00f3lo dentro de estas \u00abejercitaciones\u00bb y subordinada a ellas tiene su puesto cristiano la a. moral (y tambi\u00e9n la m\u00ed\u00adstica); de lo contrario estar\u00ed\u00ada siempre ante el peligro de la piedad centrada en las obras propias y con harta facilidad har\u00ed\u00ada que la aspiraci\u00f3n religiosa girara alrededor del hombre, de la propia perfecci\u00f3n personal, de la individual comuni\u00f3n de amor con Dios. Desde el punto de vista de las virtudes, una asc\u00e9tica debiera estructurarse de manera que las virtudes teologales, como actos fundamentales del cristiano, fueran el alma de las morales y les se\u00f1alaran su centro y su direcci\u00f3n, teniendo cuidado de destacar la orientaci\u00f3n concreta e inmediata al misterio de la Iglesia y al servicio en ella. S\u00f3lo en la Iglesia y por la Iglesia se hace eficaz la entrega del cristiano a Dios y al pr\u00f3jimo y llega \u00e9sta a su perfecci\u00f3n. \u00danicamente la Iglesia, \u00abcomo signo e instrumento (de Cristo) para la \u00ed\u00adntima uni\u00f3n con Dios y para la unidad de la humanidad entera\u00bb (Const. dogm\u00e1tica Lumen gentium, art. 1), puede decir el am\u00e9n al ofrecimiento amoroso de Dios que se nos ha manifestado en Cristo (cf. 2 Cor 1, 19s).<\/p>\n<p>En el contenido de una asc\u00e9tica cristiana entra adem\u00e1s una -> antropolog\u00ed\u00ada que, frente a ciertos recelos, parcialidades y recortes que se echan de ver en al tradici\u00f3n cristiana respecto a la estimaci\u00f3n de lo corporal, de lo sexual, del matrimonio y del orden profano en general, deber\u00ed\u00ada abarcar al hombre, como unidad an\u00ed\u00admico-corporal, en sus diversas dimensiones (esp\u00ed\u00adritu, alma, cuerpo; individuo, comunidad humana y situaci\u00f3n en el mundo). Pues el Dios de la gracia habla al hombre tal como \u00e9ste se encuentra y experimenta en la totalidad de su existencia. A1 darle Dios parte en su vida por la redenci\u00f3n de Cristo, le abre a la vez posibilidades de un desenvolvimiento m\u00e1s profundo y pleno de su ser humano. Que en la perspectiva de la concreta situaci\u00f3n salv\u00ed\u00adfica del hombre, eso s\u00f3lo sea posible por la participaci\u00f3n de la cruz y pasando por la muerte, no empece para que todos los \u00f3rdenes de la existencia y las cualidades humanas se integren en el llamamiento de la gracia de Dios. Partiendo de ah\u00ed\u00ad, todas las disciplinas antropol\u00f3gicas: fisiolog\u00ed\u00ada, psicolog\u00ed\u00ada, caracterolog\u00ed\u00ada, sociolog\u00ed\u00ada, etc\u00e9tera, as\u00ed\u00ad como todas las formas de realizar el ser humano y la formaci\u00f3n de la persona: la dimensi\u00f3n individual y la social, se\u00f1aladamente la polaridad y el encuentro entre los sexos, el matrimonio y la solter\u00ed\u00ada; los bienes y la pobreza, el trabajo y la profesi\u00f3n, la acci\u00f3n pol\u00ed\u00adtica, la edad, el destino individual, etc., tienen su puesto en una asc\u00e9tica cristiana. Son necesarias para llegar a una a. realista, adaptada al sexo, a los presupuestos psicol\u00f3gicos y caracteriol\u00f3gicos, a los grados de edad y madurez, al estado, a la situaci\u00f3n, a las tareas de cada individuo, y para preservarla de falsas formas. Pero ser\u00ed\u00ada err\u00f3neo recalcar unilateralmente el realismo de la a. (a lo cual se tiende hoy en cierto modo), como lo ser\u00ed\u00ada igualmente ver s\u00f3lo sus dimens\u00ed\u00adones teol\u00f3gicas. Ambos aspectos van unidos, como lo van sus realidades subyacentes: mundo y supramundo, realidad de la creaci\u00f3n y de la redenci\u00f3n, naturaleza y gracia. Esto condiciona la variablidad de la a. cristiana, desde el franco apasionamiento en la existencia mundana hasta la embriaguez del seguimiento de Cristo en la muerte y resurrecci\u00f3n, seg\u00fan las exigencias de una vocaci\u00f3n cristiana y seg\u00fan la llamada en la situaci\u00f3n concreta.<\/p>\n<p>La exposici\u00f3n sistem\u00e1tica de la a. obligatoria en un cristiano no puede pasar por alto las realidades de la tentaci\u00f3n y del pecado, tan importantes para la vida religiosa, y cuya superaci\u00f3n no es la tarea \u00faltima de la a. De ah\u00ed\u00ad que deban tratarse en una asc\u00e9tica no ya s\u00f3lo impl\u00ed\u00adcita, sino tambi\u00e9n expresa y tem\u00e1ticamente. Pero tambi\u00e9n aqu\u00ed\u00ad &#8211; como en la exposici\u00f3n de la a. misma &#8211; es necesaria una diferenciaci\u00f3n y estructuraci\u00f3n de acuerdo con su profundidad existencial. Una atenci\u00f3n decisiva exige en este contexto la tentaci\u00f3n y el pecado fundamental del cristiano, que consiste en que el hombre, inclinado hacia s\u00ed\u00ad mismo (homo incurvatus) desde la culpa original (G\u00e9n 3), tiene la inextirpable tendencia a desatender su destino transcendental y a cerrarse, inmanentemente, al llamamiento de la gracia de Dios. De esta primigenia tendencia pecadora est\u00e1n en el fondo afectados de alg\u00fan modo todos los pecados (Agust\u00ed\u00adn), con m\u00e1xima fuerza aquellos que aparecen en el horizonte de la dimensi\u00f3n teol\u00f3gica de la a., de la a. de la fe, de la a. de la cruz y de la a. escatol\u00f3gica. Este ser\u00ed\u00ada tambi\u00e9n el lugar de clasificar m\u00e1s puntualmente las tentaciones del hombre: las actuales y las habituales, las patentes y las secretas, y de distinguir (con ayuda de la &#8211;> psicolog\u00ed\u00ada profunda y a base de la -> discreci\u00f3n de esp\u00ed\u00adritus) entre fen\u00f3menos psicol\u00f3gicos, caracteriol\u00f3g\u00ed\u00adcos, sociol\u00f3gicos, condicionados por la situaci\u00f3n y otros que preceden a lo \u00e9tico, y la propiamente dicha culpa religiosa y moral, o de iniciar en su distinci\u00f3n, cosa que resulta hoy m\u00e1s necesaria que nunca.<\/p>\n<p>Hay una \u00faltima tem\u00e1tica que tampoco puede faltar en una asc\u00e9tica: la idea de la vida cristiana como camino, m\u00e1s exactamente, como camino gradual, como ascensi\u00f3n a la perfecci\u00f3n del amor a Dios y al pr\u00f3jimo, a la santidad. Se habla aqu\u00ed\u00ad de un progreso, de un crecimiento en la santidad moral (sobre todo en los tres conocidos grados de principiantes, progredientes y perfectos, que, desde Tom\u00e1s de Aquino [ST II-II q. 24 a. 9; q. 183, a. 4] se han hecho can\u00f3nicos; pero tambi\u00e9n en las tres etapas del camino llamadas \u00abv\u00ed\u00ada purgativa\u00bb, \u00abv\u00ed\u00ada iluminativa\u00bb y \u00abv\u00ed\u00ada unitiva\u00bb, las cuales desde Plat\u00f3n y Plotino, pasando por el Pseudo-Dionisio, entraron en la tradici\u00f3n cristiana, y ten\u00ed\u00adan como meta la uni\u00f3n m\u00ed\u00adstica con Dios), que en la edad moderna ha sido entendido cada vez m\u00e1s en el sentido de una perfecci\u00f3n moral. Sobre la terminolog\u00ed\u00ada y el problema de los grados de perfecci\u00f3n cf. O. ZIMMERMANN, Lehrbuch der Aszetik [Fr 1929] 66s; y J. DE GUIBERT, Theologia spiritualis, ascetica et mystica [R 21939] n\u00famero 317ss; L. v. HERTLING, Theologiae asceticae cursus brevior [R 1939] n \u00c2\u00b0 206-208). Aqu\u00ed\u00ad el factor del esfuerzo, de la renuncia y, por ende, de la a. desempe\u00f1a un papel decisivo. Ahora bien, seg\u00fan el NT y tambi\u00e9n seg\u00fan la un\u00e1nime tradici\u00f3n teol\u00f3gica, se da indudablemente un crecimiento en la perfecci\u00f3n. Pero aparte de que tanto .la sagrada Escritura como la Tradici\u00f3n hablan sobre el particular de modo muy general y, en parte, puramente formal, de forma que poco dicen sobre el \u00abc\u00f3mo\u00bb de ese crecimiento, los modernos, cuanto m\u00e1s fuertemente experimentamos nuestra impotencia permanente, tanto m\u00e1s esc\u00e9pticos nos hemos hecho respecto del \u00e9xito de una a. acentuadamente moral (cuya necesidad no se discute) en orden a \u00abadquirir la perfecci\u00f3n\u00bb. No nos fiamos ni de nuestras m\u00e1s santas sensaciones; la vida diaria, lo mismo que las conclusiones de la psicolog\u00ed\u00ada profunda nos ense\u00f1an que podemos decir poco acerca de la autenticidad y profundidad de nuestros actos y actitudes cristianos y virtuosos. Este escepticismo es confirmado por razones teol\u00f3gicas. La actual teolog\u00ed\u00ada de la gracia recalca m\u00e1s fuertemente que antes el car\u00e1cter personal de la santidad cristiana (hasta de la gracia santificante). No podemos, por tanto, imaginarnos que su crecimiento sea como el de un objeto o de una cosa, representaci\u00f3n que la concepci\u00f3n tradicional de la gracia y la doctrina sobre el h\u00e1bito han fomentado. La santidad no es para nosotros algo que podamos \u00abposeer\u00bb, sino que, dentro de la primac\u00ed\u00ada de la santidad \u00f3ntica (y, por ende, permanente, aunque puede perderse) sobre la moral, ella est\u00e1 ligada a la comunidad personal con Dios y se halla configurada por su condici\u00f3n de don gratuito, don que se extiende tambi\u00e9n a la cooperaci\u00f3n humana. La problem\u00e1tica que con ello se arroja sobre la idea de un camino gradual hacia la perfecci\u00f3n debe ser tratada en una asc\u00e9tica actual. As\u00ed\u00ad aparecer\u00ed\u00ada claro que, para un cristiano de hoy, el camino de la santidad debe ser visto ante todo en el horizonte de las dimensiones teol\u00f3gicas de la esc\u00e9tica. La creciente santidad se muestra para \u00e9l en que dispone sobre s\u00ed\u00ad por el amor en la medida en que deja que Dios disponga de \u00e9l en las situaciones y los imperativos de la vida diaria.<\/p>\n<p>Friedrich Wulf<\/p>\n<p>K. Rahner (ed.),  Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teol\u00cf\u0192gica, Herder, Barcelona 1972<\/p>\n<p><b>Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teol\u00f3gica<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[301] Parte de la Teolog\u00ed\u00ada que estudia lo relativo a la vida cristiana y a los medios para conseguir que sea virtuosa y conforme al Evangelio. 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