{"id":10468,"date":"2017-01-01T06:40:03","date_gmt":"2017-01-01T11:40:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/la-no-violencia-estilo-de-politica-para-la-paz-llamamiento-del-papa-al-mundo-con-su-profundo-dolor-por-el-atentado-en-estambul\/"},"modified":"2017-01-01T06:40:03","modified_gmt":"2017-01-01T11:40:03","slug":"la-no-violencia-estilo-de-politica-para-la-paz-llamamiento-del-papa-al-mundo-con-su-profundo-dolor-por-el-atentado-en-estambul","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/la-no-violencia-estilo-de-politica-para-la-paz-llamamiento-del-papa-al-mundo-con-su-profundo-dolor-por-el-atentado-en-estambul\/","title":{"rendered":"La no violencia: estilo de pol\u00edtica para la paz. Llamamiento del Papa al mundo, con su profundo dolor por el atentado en Estambul"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2016\/12\/31\/ANSA1128039_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p>(RV).- &ldquo;Queremos recibir a Mar&iacute;a en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne&rdquo;, lo dijo el Papa Francisco en su homil&iacute;a este uno de enero, en la celebraci&oacute;n Eucar&iacute;stica&nbsp;en la Solemnidad de Mar&iacute;a Sant&iacute;sima Madre de Dios, y tambi&eacute;n, Jornada Mundial de la Paz.<\/p>\n<p>En la primera Santa Misa de 2017, el Santo Padre record&oacute; la &ldquo;actitud de Mar&iacute;a&rdquo; descrita en el Evangelio de San Lucas. El Pont&iacute;fice se&ntilde;al&oacute; que, &ldquo;Mar&iacute;a es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su coraz&oacute;n el paso de Dios en la vida de su Pueblo&rdquo;. En Mar&iacute;a, dijo el Papa, el Verbo Eterno no s&oacute;lo se hizo carne sino que aprendi&oacute; a reconocer la ternura maternal de Dios. Con Mar&iacute;a, el Ni&ntilde;o-Dios aprendi&oacute; a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.<\/p>\n<p>&ldquo;Celebrar la maternidad de Mar&iacute;a como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo a&ntilde;o &ndash; afirm&oacute; el Obispo de Roma &ndash; significa recordar una certeza que acompa&ntilde;ar&aacute; nuestros d&iacute;as: somos un pueblo con Madre, no somos hu&eacute;rfanos&rdquo;. Las madres son el ant&iacute;doto m&aacute;s fuerte ante nuestras tendencias individualistas y ego&iacute;stas, ante nuestros encierros y apat&iacute;as. &ldquo;Una sociedad sin madres &ndash; precis&oacute; el Pont&iacute;fice &ndash; no ser&iacute;a solamente una sociedad fr&iacute;a sino una sociedad que ha perdido el coraz&oacute;n, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres ser&iacute;a una sociedad sin piedad que ha dejado lugar s&oacute;lo al c&aacute;lculo y a la especulaci&oacute;n&rdquo;. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.<\/p>\n<p>Comenzar el a&ntilde;o haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de Mar&iacute;a, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, agreg&oacute; el Papa Francisco, nos protege de la corrosiva enfermedad de &laquo;la orfandad espiritual&raquo;, esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. &ldquo;Esa orfandad &ndash; precis&oacute; el Pont&iacute;fice &ndash; que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el coraz&oacute;n narcisista que s&oacute;lo sabe mirarse a s&iacute; mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo &mdash;que se la debemos a otros&mdash; y que estamos invitados a compartirla en esta casa com&uacute;n&rdquo;.<\/p>\n<p>Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios &ndash; subray&oacute; el Vicario de Cristo &ndash; nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar el clima, el calor que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a consumir y ser consumidos. &ldquo;Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios &ndash; exhort&oacute; el Papa &ndash; nos recuerda que no somos mercanc&iacute;a intercambiable o terminales receptoras de informaci&oacute;n. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios&rdquo;.<\/p>\n<p>Antes de concluir su homil&iacute;a, el Papa Francisco dijo que, &ldquo;celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan&rdquo;. Ya que, celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos hu&eacute;rfanos, tenemos una Madre y debemos confesar juntos esta verdad.<\/p>\n<p>(Renato Martinez &ndash; Radio Vaticano)<\/p>\n<p><strong>Texto y audio completo de la homil&iacute;a del Papa Francisco<\/strong><\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_9211492\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00564168.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>&laquo;Mientras tanto, Mar&iacute;a conservaba estas cosas y las meditaba en su coraz&oacute;n&raquo; (Lc 2, 19). As&iacute; Lucas describe la actitud con la que Mar&iacute;a recibe todo lo que estaban viviendo en esos d&iacute;as. Lejos de querer entender o adue&ntilde;arse de la situaci&oacute;n, Mar&iacute;a es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su coraz&oacute;n el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entra&ntilde;as aprendi&oacute; a escuchar el latir del coraz&oacute;n de su Hijo y eso le ense&ntilde;&oacute;, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendi&oacute; a ser madre y, en ese aprendizaje, le regal&oacute; a Jes&uacute;s la hermosa experiencia de saberse Hijo. En Mar&iacute;a, el Verbo Eterno no s&oacute;lo se hizo carne sino que aprendi&oacute; a reconocer la ternura maternal de Dios. Con Mar&iacute;a, el Ni&ntilde;o-Dios aprendi&oacute; a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubri&oacute; a s&iacute; mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.<\/p>\n<p>En los evangelios Mar&iacute;a aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misi&oacute;n de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por &Eacute;l. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y as&iacute; aprendi&oacute; a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones m&aacute;s diversas para sembrar esperanza. Acompa&ntilde;&oacute; las cruces cargadas en el silencio del coraz&oacute;n de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares m&aacute;s rec&oacute;nditos, tantas im&aacute;genes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. Mar&iacute;a, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revoluci&oacute;n de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura. Y Mar&iacute;a con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los d&eacute;biles sino de los fuertes, nos ense&ntilde;a que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.<\/p>\n<p>Celebrar la maternidad de Mar&iacute;a como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo a&ntilde;o, significa recordar una certeza que acompa&ntilde;ar&aacute; nuestros d&iacute;as: somos un pueblo con Madre, no somos hu&eacute;rfanos.<\/p>\n<p>Las madres son el ant&iacute;doto m&aacute;s fuerte ante nuestras tendencias individualistas y ego&iacute;stas, ante nuestros encierros y apat&iacute;as. Una sociedad sin madres no ser&iacute;a solamente una sociedad fr&iacute;a sino una sociedad que ha perdido el coraz&oacute;n, que ha perdido el &laquo;sabor a hogar&raquo;. Una sociedad sin madres ser&iacute;a una sociedad sin piedad que ha dejado lugar s&oacute;lo al c&aacute;lculo y a la especulaci&oacute;n. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequ&iacute;a, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde est&aacute; la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.<\/p>\n<p>Comenzar el a&ntilde;o haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de Mar&iacute;a, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de &laquo;la orfandad espiritual&raquo;, esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el coraz&oacute;n narcisista que s&oacute;lo sabe mirarse a s&iacute; mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo &mdash;que se la debemos a otros&mdash; y que estamos invitados a compartirla en esta casa com&uacute;n.<\/p>\n<p>Tal orfandad autorreferencial fue la que llev&oacute; a Ca&iacute;n a decir: &laquo;&iquest;Acaso soy yo el guardi&aacute;n de mi hermano?&raquo; (Gen 4,9), como afirmando: &eacute;l no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un c&aacute;ncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y as&iacute; nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degrad&aacute;ndonos a nosotros mismos porque nos olvidamos qui&eacute;nes somos, qu&eacute; &laquo;apellido&raquo; divino tenemos. La p&eacute;rdida de los lazos que nos unen, t&iacute;pica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vac&iacute;o y soledad. La falta de contacto f&iacute;sico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si&rsquo;, 49) haci&eacute;ndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasi&oacute;n. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.<\/p>\n<p>Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar &laquo;el clima&raquo;, &laquo;el calor&raquo; que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a &laquo;consumir y ser consumidos&raquo;. Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercanc&iacute;a intercambiable o terminales receptoras de informaci&oacute;n. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.<\/p>\n<p>Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si&rsquo;, 151).<\/p>\n<p>Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para s&iacute; y entregando su vida nos entreg&oacute; tambi&eacute;n a su Madre. Le dijo a Mar&iacute;a: aqu&iacute; est&aacute; tu Hijo, aqu&iacute; est&aacute;n tus hijos. Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que t&uacute; me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos ense&ntilde;a que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.<\/p>\n<p>Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos hu&eacute;rfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de &Eacute;feso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- &ldquo;Queremos recibir a Mar&iacute;a en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne&rdquo;, lo dijo el Papa Francisco en su homil&iacute;a este uno &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/la-no-violencia-estilo-de-politica-para-la-paz-llamamiento-del-papa-al-mundo-con-su-profundo-dolor-por-el-atentado-en-estambul\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abLa no violencia: estilo de pol\u00edtica para la paz. 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