{"id":11545,"date":"2017-02-03T08:40:04","date_gmt":"2017-02-03T13:40:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/mientras-invocamos-con-fe-la-misericordia-viva-y-real-nos-viene-concedida\/"},"modified":"2017-02-03T08:40:04","modified_gmt":"2017-02-03T13:40:04","slug":"mientras-invocamos-con-fe-la-misericordia-viva-y-real-nos-viene-concedida","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/mientras-invocamos-con-fe-la-misericordia-viva-y-real-nos-viene-concedida\/","title":{"rendered":"Mientras invocamos con fe la misericordia viva y real, nos viene concedida"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2017\/02\/02\/AFP6238202_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_9511775\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00568442.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>(RV).- &ldquo;La misi&oacute;n de acuerdo a cada carisma particular es la que nos recuerda que fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. La misi&oacute;n es ponernos con Jes&uacute;s en medio de su pueblo. No como voluntaristas de la fe, sino como hombres y mujeres que somos continuamente perdonados, ungidos en el bautismo para compartir esa unci&oacute;n y el consuelo de Dios con los dem&aacute;s&rdquo;, lo dijo el Papa Francisco en su homil&iacute;a a los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost&oacute;lica, en la Celebraci&oacute;n Eucar&iacute;stica con ocasi&oacute;n de la Fiesta de la Presentaci&oacute;n del Se&ntilde;or en el Templo y XXI Jornada Mundial de la Vida Consagrada.<\/p>\n<p><strong>Jes&uacute;s en el Templo: para cumplir la ley y para encontrarse con el pueblo creyente<\/strong><\/p>\n<p>En su homil&iacute;a, el Santo Padre record&oacute; la escena de la Presentaci&oacute;n de Jes&uacute;s en el Templo narrada en el Evangelio de San Lucas y c&oacute;mo Sime&oacute;n &ldquo;conducido por el Esp&iacute;ritu&rdquo;, no s&oacute;lo pudo ver, sino que tambi&eacute;n tuvo el privilegio de abrazar la esperanza anhelada por el pueblo de Israel. &ldquo;Hoy &ndash; precis&oacute; el Pont&iacute;fice &ndash; la liturgia nos dice que con ese rito, a los 40 d&iacute;as de nacer, el Se&ntilde;or fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente&rdquo;. Y este encuentro de Dios con su pueblo despierta la alegr&iacute;a y renueva la esperanza. &nbsp;Por ello, el canto de Sime&oacute;n, dijo el Papa, es el canto del hombre creyente que, al final de sus d&iacute;as, es capaz de afirmar: Es cierto, la esperanza en Dios nunca decepciona, &Eacute;l no defrauda. &ldquo;Este canto de esperanza &ndash; se&ntilde;al&oacute; el Obispo de Roma &ndash; lo hemos heredado de nuestros mayores. Ellos nos han introducido en esta din&aacute;mica. En sus rostros, en sus vidas, en su entrega cotidiana y constante pudimos ver como esta alabanza se hizo carne&rdquo;. Alentando a los consagrados el Sucesor de Pedro dijo que, somos herederos de los sue&ntilde;os de nuestros mayores, herederos de nuestros ancianos que se animaron a so&ntilde;ar; y, al igual que ellos, hoy queremos nosotros tambi&eacute;n cantar: Dios no defrauda, la esperanza en &Eacute;l no desilusiona. Dios viene al encuentro de su Pueblo&rdquo;.<\/p>\n<p><strong>La tentaci&oacute;n de supervivencia<\/strong><\/p>\n<p>Esta actitud &ndash; advirti&oacute; el Papa Francisco &ndash; nos har&aacute; fecundos pero sobre todo nos proteger&aacute; de una tentaci&oacute;n que puede hacer est&eacute;ril nuestra vida consagrada: la tentaci&oacute;n de la supervivencia. &ldquo;Un mal que puede instalarse poco a poco en nuestro interior, en el seno de nuestras comunidades&rdquo;. Por ello, la actitud de supervivencia nos vuelve reaccionarios, miedosos, nos va encerrando lenta y silenciosamente en nuestras casas y en nuestros esquemas. Nos proyecta hacia atr&aacute;s, hacia las gestas gloriosas &mdash;pero pasadas&mdash; que, lejos de despertar la creatividad prof&eacute;tica nacida de los sue&ntilde;os de nuestros fundadores, busca atajos para evadir los desaf&iacute;os que hoy golpean nuestras puertas. &ldquo;La tentaci&oacute;n de supervivencia &ndash; agreg&oacute; el Pont&iacute;fice &ndash; nos hace olvidar la gracia, nos convierte en profesionales de lo sagrado pero no padres, madres o hermanos de la esperanza que hemos sido llamados a profetizar&rdquo;. En pocas palabras, dijo el Papa, la tentaci&oacute;n de la supervivencia transforma en peligro, en amenaza, en tragedia, lo que el Se&ntilde;or nos presenta como una oportunidad para la misi&oacute;n.<\/p>\n<p><strong>Misi&oacute;n: &ldquo;Fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta&rdquo;<\/strong><\/p>\n<p>&ldquo;Todos somos conscientes de la transformaci&oacute;n multicultural por la que atravesamos, se&ntilde;al&oacute; el Santo Padre, ninguno lo pone en duda. De ah&iacute; la importancia de que el consagrado y la consagrada est&eacute;n injertados con Jes&uacute;s, en la vida, en el coraz&oacute;n de estas grandes transformaciones&rdquo;. Poner a Jes&uacute;s en medio de su pueblo, precis&oacute; el Papa, es tener un coraz&oacute;n contemplativo, capaz de discernir como Dios va caminando por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios. Poner a Jes&uacute;s en medio de su pueblo, es asumir y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jes&uacute;s en las llagas del mundo, que est&aacute; herido y anhela, y pide resucitar.<\/p>\n<p>Antes de concluir su homil&iacute;a, el Papa Francisco invit&oacute; a todos los consagrados a acompa&ntilde;ar a Jes&uacute;s en el encuentro con su pueblo. &ldquo;A estar en medio de su pueblo, no en el lamento o en la ansiedad de quien se olvid&oacute; de profetizar porque no se hace cargo de los sue&ntilde;os de sus mayores, sino en la alabanza y la serenidad; no en la agitaci&oacute;n sino en la paciencia de quien conf&iacute;a en el Esp&iacute;ritu, Se&ntilde;or de los sue&ntilde;os y de la profec&iacute;a&rdquo;.<\/p>\n<p>(Renato Martinez &ndash; Radio Vaticano)<\/p>\n<p><strong>Audio y Texto completo de la homil&iacute;a del Papa Francisco<\/strong><\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_9512707\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00568462.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>Cuando los padres de Jes&uacute;s llevaron al Ni&ntilde;o para cumplir las prescripciones de la ley, Sime&oacute;n &laquo;conducido por el Esp&iacute;ritu&raquo; (Lc 2,27) toma al Ni&ntilde;o en brazos y comienza un canto de bendici&oacute;n y alabanza: &laquo;Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel&raquo; (Lc&nbsp;2,30-32). Sime&oacute;n no s&oacute;lo pudo ver, tambi&eacute;n tuvo el privilegio de abrazar la esperanza anhelada, y eso lo hace exultar de alegr&iacute;a. Su coraz&oacute;n se alegra porque Dios habita en medio de su pueblo; lo siente carne de su carne.<\/p>\n<p>La liturgia de hoy nos dice que con ese rito, a los 40 d&iacute;as de nacer, el Se&ntilde;or &laquo;fue presentado en el templo para cumplir la ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente&raquo; (Misal Romano, 2 de febrero, Monici&oacute;n a la procesi&oacute;n de entrada). El encuentro de Dios con su pueblo despierta la alegr&iacute;a y renueva la esperanza.&nbsp;<\/p>\n<p>El canto de Sime&oacute;n es el canto del hombre creyente que, al final de sus d&iacute;as, es capaz de afirmar: Es cierto, la esperanza en Dios nunca decepciona (cf. Rm 5,5), &Eacute;l no defrauda. Sime&oacute;n y Ana, en la vejez, son capaces de una nueva fecundidad, y lo testimonian cantando: la vida vale la pena vivirla con esperanza porque el Se&ntilde;or mantiene su promesa; y ser&aacute;, m&aacute;s tarde, el mismo Jes&uacute;s quien explicar&aacute; esta promesa en la Sinagoga de Nazaret: los enfermos, los detenidos, los que est&aacute;n solos, los pobres, los ancianos, los pecadores tambi&eacute;n son invitados a entonar el mismo canto de esperanza. Jes&uacute;s est&aacute; con ellos, &eacute;l est&aacute; con nosotros (cf. Lc&nbsp;4,18-19).<\/p>\n<p>Este canto de esperanza lo hemos heredado de nuestros mayores. Ellos nos han introducido en esta &laquo;din&aacute;mica&raquo;. En sus rostros, en sus vidas, en su entrega cotidiana y constante pudimos ver como esta alabanza se hizo carne. Somos herederos de los sue&ntilde;os de nuestros mayores, herederos de la esperanza que no desilusion&oacute; a nuestras madres y padres fundadores, a nuestros hermanos mayores. Somos herederos de nuestros ancianos que se animaron a so&ntilde;ar; y, al igual que ellos, hoy queremos nosotros tambi&eacute;n cantar: Dios no defrauda, la esperanza en &eacute;l no desilusiona. Dios viene al encuentro de su Pueblo. Y queremos cantar adentr&aacute;ndonos en la profec&iacute;a de Joel: &laquo;Derramar&eacute; mi esp&iacute;ritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizar&aacute;n, vuestros ancianos tendr&aacute;n sue&ntilde;os y visiones&raquo; (3,1).<\/p>\n<p>Nos hace bien recibir el sue&ntilde;o de nuestros mayores para poder profetizar hoy y volver a encontrarnos con lo que un d&iacute;a encendi&oacute; nuestro coraz&oacute;n. Sue&ntilde;o y profec&iacute;a juntos. Memoria de c&oacute;mo so&ntilde;aron nuestros ancianos, nuestros padres y madres y coraje para llevar adelante, prof&eacute;ticamente, ese sue&ntilde;o.<\/p>\n<p>Esta actitud nos har&aacute; fecundos pero sobre todo nos proteger&aacute; de una tentaci&oacute;n que puede hacer est&eacute;ril nuestra vida consagrada: la tentaci&oacute;n de la supervivencia. Un mal que puede instalarse poco a poco en nuestro interior, en el seno de nuestras comunidades. La actitud de supervivencia nos vuelve reaccionarios, miedosos, nos va encerrando lenta y silenciosamente en nuestras casas y en nuestros esquemas. Nos proyecta hacia atr&aacute;s, hacia las gestas gloriosas &mdash;pero pasadas&mdash; que, lejos de despertar la creatividad prof&eacute;tica nacida de los sue&ntilde;os de nuestros fundadores, busca atajos para evadir los desaf&iacute;os que hoy golpean nuestras puertas. La psicolog&iacute;a de la supervivencia le roba fuerza a nuestros carismas porque nos lleva a domesticarlos, hacerlos &laquo;accesibles a la mano&raquo; pero priv&aacute;ndolos de aquella fuerza creativa que inauguraron; nos hace querer proteger espacios, edificios o estructuras m&aacute;s que posibilitar nuevos procesos. La tentaci&oacute;n de supervivencia nos hace olvidar la gracia, nos convierte en profesionales de lo sagrado pero no padres, madres o hermanos de la esperanza que hemos sido llamados a profetizar. Ese ambiente de supervivencia seca el coraz&oacute;n de nuestros ancianos priv&aacute;ndolos de la capacidad de so&ntilde;ar y, de esta manera, esteriliza la profec&iacute;a que los m&aacute;s j&oacute;venes est&aacute;n llamados a anunciar y realizar. En pocas palabras, la tentaci&oacute;n de la supervivencia transforma en peligro, en amenaza, en tragedia, lo que el Se&ntilde;or nos presenta como una oportunidad para la misi&oacute;n. Esta actitud no es exclusiva de la vida consagrada, pero de forma particular somos invitados a cuidar de no caer en ella.<\/p>\n<p>Volvamos al pasaje evang&eacute;lico y contemplemos nuevamente la escena. Lo que despert&oacute; el canto en Sime&oacute;n y Ana no fue ciertamente mirarse a s&iacute; mismos, analizar y rever su situaci&oacute;n personal. No fue el quedarse encerrados por miedo a que les sucediese algo malo. Lo que despert&oacute; el canto fue la esperanza, esa esperanza que los sosten&iacute;a en la ancianidad. Esa esperanza se vio recompensada en el encuentro con Jes&uacute;s. Cuando Mar&iacute;a pone en brazos de Sime&oacute;n al Hijo de la Promesa, el anciano empieza a cantar sus sue&ntilde;os. Cuando pone a Jes&uacute;s en medio de su pueblo, este encuentra la alegr&iacute;a. Y s&iacute;, s&oacute;lo eso podr&aacute; devolvernos la alegr&iacute;a y la esperanza, s&oacute;lo eso nos salvar&aacute; de vivir en una actitud de supervivencia. S&oacute;lo eso har&aacute; fecunda nuestra vida y mantendr&aacute; vivo nuestro coraz&oacute;n. Poniendo a Jes&uacute;s en donde tiene que estar: en medio de su pueblo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;<\/p>\n<p>Todos somos conscientes de la transformaci&oacute;n multicultural por la que atravesamos, ninguno lo pone en duda. De ah&iacute; la importancia de que el consagrado y la consagrada est&eacute;n insertos con Jes&uacute;s, en la vida, en el coraz&oacute;n de estas grandes transformaciones. La misi&oacute;n &mdash;de acuerdo a cada carisma particular&mdash; es la que nos recuerda que fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. Es cierto podr&aacute;n existir &laquo;harinas&raquo; mejores, pero el Se&ntilde;or nos invit&oacute; a leudar aqu&iacute; y ahora, con los desaf&iacute;os que se nos presentan. No desde la defensiva, no desde nuestros miedos sino con las manos en el arado ayudando a hacer crecer el trigo tantas veces sembrado en medio de la ciza&ntilde;a. Poner a Jes&uacute;s en medio de su pueblo es tener un coraz&oacute;n contemplativo, capaz de discernir como Dios va caminando por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios. Poner a Jes&uacute;s en medio de su pueblo, es asumir y querer ayudar a cargar la cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jes&uacute;s en las llagas del mundo, que est&aacute; herido y anhela, y pide resucitar.<\/p>\n<p>&iexcl;Ponernos con Jes&uacute;s en medio de su pueblo! No como voluntaristas de la fe, sino como hombres y mujeres que somos continuamente perdonados, hombres y mujeres ungidos en el bautismo para compartir esa unci&oacute;n y el consuelo de Dios con los dem&aacute;s.<\/p>\n<p>Ponernos con Jes&uacute;s en medio de su pueblo, porque &laquo;sentimos el desaf&iacute;o de descubrir y transmitir la m&iacute;stica de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo ca&oacute;tica que [con el Se&ntilde;or], puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinaci&oacute;n. [&hellip;] Si pudi&eacute;ramos seguir ese camino, &iexcl;ser&iacute;a algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de s&iacute; mismo para unirse a otros&raquo; (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 87) no s&oacute;lo hace bien, sino que transforma nuestra vida y esperanza en un canto de alabanza. Pero esto s&oacute;lo lo podemos hacer si asumimos los sue&ntilde;os de nuestros ancianos y los transformamos en profec&iacute;a.<\/p>\n<p>Acompa&ntilde;emos a Jes&uacute;s en el encuentro con su pueblo, a estar en medio de su pueblo, no en el lamento o en la ansiedad de quien se olvid&oacute; de profetizar porque no se hace cargo de los sue&ntilde;os de sus mayores, sino en la alabanza y la serenidad; no en la agitaci&oacute;n sino en la paciencia de quien conf&iacute;a en el Esp&iacute;ritu, Se&ntilde;or de los sue&ntilde;os y de la profec&iacute;a. Y as&iacute; compartamos lo que no nos pertenece: el canto que nace de la esperanza.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- &ldquo;La misi&oacute;n de acuerdo a cada carisma particular es la que nos recuerda que fuimos invitados a ser levadura de esta masa concreta. 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