{"id":14645,"date":"2017-05-13T10:40:04","date_gmt":"2017-05-13T15:40:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/radio-vaticano-en-espanol-para-guinea-ecuatorial-y-africa-30\/"},"modified":"2017-05-13T10:40:04","modified_gmt":"2017-05-13T15:40:04","slug":"radio-vaticano-en-espanol-para-guinea-ecuatorial-y-africa-30","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/radio-vaticano-en-espanol-para-guinea-ecuatorial-y-africa-30\/","title":{"rendered":"Radio Vaticano en espa\u00f1ol para Guinea Ecuatorial y \u00c1frica"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2017\/05\/13\/ANSA1194990_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_10424630\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00581449.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>(RV).- &ldquo;Queridos Peregrinos, <strong>tenemos una Madre<\/strong>. Aferr&aacute;ndonos a ella como hijos, <strong>vivamos de la esperanza que se apoya en Jes&uacute;s<\/strong>, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, &lsquo;los que reciben a raudales el don gratuito de la justificaci&oacute;n reinar&aacute;n en la vida gracias a uno solo, Jesucristo&rsquo; (<em>Rm<\/em> 5,17)&rdquo;. Lo dijo el <strong>Papa Francisco e<\/strong>n su <strong>homil&iacute;a <\/strong>de esta Misa multitudinaria celebrada en el atrio de la <strong>Bas&iacute;lica de Nuestra Se&ntilde;ora del Rosario de F&aacute;tima<\/strong>.<\/p>\n<p>El <strong>Pont&iacute;fice<\/strong> reafirm&oacute; con las palabras de los videntes, de &ldquo;aquel bendito 13 de mayo de hace cien a&ntilde;os&rdquo;, que tenemos una Madre, una &ldquo;Se&ntilde;ora muy bella&rdquo;. &ldquo;La Virgen Madre no vino aqu&iacute; &ndash; a&ntilde;adi&oacute; el <strong>Obispo de Roma<\/strong> &ndash; para que nosotros la vi&eacute;ramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condici&oacute;n de que vayamos al cielo&rdquo;. Sin embargo Ella &ndash; prosigui&oacute; &ndash; previendo y advirti&eacute;ndonos sobre el peligro del <strong>infierno<\/strong> al que nos lleva una vida &ndash; a menudo propuesta e impuesta &ndash; sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, &ldquo;<strong>vino a recordarnos la Luz de Dios<\/strong> que mora en nosotros&rdquo;.<\/p>\n<p>Adem&aacute;s, seg&uacute;n las palabras de <strong>Luc&iacute;a<\/strong>, el <strong>Santo Padre<\/strong> dijo que &ldquo;los tres privilegiados se encontraban <strong>dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba<\/strong>&rdquo;. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le hab&iacute;a dado. Seg&uacute;n el creer y el sentir de muchos peregrinos &ndash; por no decir de todos &ndash; F&aacute;tima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aqu&iacute; como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protecci&oacute;n de la Virgen Madre para pedirle, como ense&ntilde;a la <em>Salve Regina<\/em>, &laquo;mu&eacute;stranos a Jes&uacute;s&raquo;.<\/p>\n<p>Aludiendo a los nuevos santos, &ldquo;a quienes la Virgen Mar&iacute;a introdujo en el <strong>mar inmenso de la Luz de Dios<\/strong>, para que lo adoraran&rdquo;, el <strong>Sucesor de Pedro<\/strong> afirm&oacute; que <strong>San Francisco <\/strong>y a <strong>Santa Jacinta<\/strong> <strong>Marto<\/strong> son un ejemplo para nosotros. Despu&eacute;s de recordar algunas palabras de <strong>Sor Luc&iacute;a<\/strong> en sus <em>Memorias<\/em>, el <strong>Papa Bergoglio<\/strong> &nbsp;agradeci&oacute; a los fieles por haberlo acompa&ntilde;ado en su peregrinaci&oacute;n. &ldquo;No pod&iacute;a dejar de venir aqu&iacute; para venerar a la Virgen Madre &ndash; dijo &ndash; y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendr&aacute; la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico por todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados&rdquo;.<\/p>\n<p>&ldquo;Pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirij&aacute;monos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda&rdquo;, fue la invocaci&oacute;n final de <strong>Francisco<\/strong>, que tambi&eacute;n record&oacute; que cuando pasamos por alguna cruz, &ldquo;&Eacute;l ya ha pasado antes&rdquo;. De manera que jam&aacute;s no subimos a la cruz para encontrar a Jes&uacute;s, sino que ha sido &Eacute;l el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.<\/p>\n<p>El <strong>Papa<\/strong> concluy&oacute; su <strong>homil&iacute;a<\/strong> invitando a que con la protecci&oacute;n de Mar&iacute;a, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jes&uacute;s Salvador, que brilla en la Pascua, descubriendo as&iacute; nuevamente &ldquo;el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor&rdquo;.<\/p>\n<p>(Mar&iacute;a Fernanda Bernasconi &#8211; RV).<\/p>\n<p><strong>Texto y audio de la Homil&iacute;a del Santo Padre Francisco:<\/strong><\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_10425030\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00581462.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>&laquo;Un gran signo apareci&oacute; en el cielo: una mujer vestida de sol&raquo;, dice el vidente de Patmos en el <em>Apocalipsis<\/em> (12, 1), se&ntilde;alando adem&aacute;s que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Despu&eacute;s, en el Evangelio, hemos escuchado c&oacute;mo Jes&uacute;s le dice al disc&iacute;pulo: &laquo;Ah&iacute; tienes a tu madre&raquo; (<em>Jn<\/em> 19, 27). Tenemos una Madre, una &laquo;Se&ntilde;ora muy bella&raquo;, comentaban entre ellos los videntes de F&aacute;tima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien a&ntilde;os. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y revel&oacute; el secreto a su madre: &laquo;Hoy he visto a la Virgen&raquo;. Hab&iacute;an visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que segu&iacute;an con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero&hellip;estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aqu&iacute; para que nosotros la vi&eacute;ramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condici&oacute;n de que vayamos al cielo, por supuesto.<\/p>\n<p>Pero ella, previendo y advirti&eacute;ndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida &ndash; a menudo propuesta e impuesta &ndash; sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, &laquo;fue arrebatado su hijo junto a Dios&raquo; (<em>Ap<\/em> 12, 5). Y, seg&uacute;n las palabras de Luc&iacute;a, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le hab&iacute;a dado. Seg&uacute;n el creer y el sentir de muchos peregrinos &ndash; por no decir de todos &ndash; F&aacute;tima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aqu&iacute; como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protecci&oacute;n de la Virgen Madre para pedirle, como ense&ntilde;a la <em>Salve Regina<\/em>, &laquo;mu&eacute;stranos a Jes&uacute;s&raquo;.<\/p>\n<p>Queridos Peregrinos, tenemos una Madre. Aferr&aacute;ndonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jes&uacute;s, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, &laquo;los que reciben a raudales el don gratuito de la justificaci&oacute;n reinar&aacute;n en la vida gracias a uno solo, Jesucristo&raquo; (<em>Rm<\/em> 5,17). Cuando Jes&uacute;s subi&oacute; al cielo, llev&oacute; junto al Padre celeste a la humanidad &ndash; nuestra humanidad &ndash; que hab&iacute;a asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejar&aacute;. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (cf. <em>Ef<\/em> 2, 6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el &uacute;ltimo suspiro.<\/p>\n<p>Con esta esperanza, nos hemos reunido aqu&iacute; para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien a&ntilde;os, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro &aacute;ngulos de la tierra. Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen Mar&iacute;a introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ah&iacute; recib&iacute;an ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez m&aacute;s constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oraci&oacute;n por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a &laquo;Jes&uacute;s oculto&raquo; en el Sagrario.<\/p>\n<p>En sus <em>Memorias<\/em> (III, n.6), sor Luc&iacute;a da la palabra a Jacinta, que hab&iacute;a recibido una visi&oacute;n: &laquo; &iquest;No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? &iquest;Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Coraz&oacute;n de Mar&iacute;a? &iquest;Y tanta gente rezando con &eacute;l?&raquo;. Gracias por haberme acompa&ntilde;ado. No pod&iacute;a dejar de venir aqu&iacute; para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendr&aacute; la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirij&aacute;monos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.<\/p>\n<p>En efecto, &eacute;l nos ha creado como una esperanza para los dem&aacute;s, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al &laquo;pedir&raquo; y &laquo;exigir&raquo; de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (<em>Carta de sor Luc&iacute;a<\/em>, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aqu&iacute; una aut&eacute;ntica y precisa movilizaci&oacute;n general contra esa indiferencia que nos enfr&iacute;a el coraz&oacute;n y agrava nuestra miop&iacute;a. No queremos ser una esperanza abortada. La vida s&oacute;lo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. &laquo;Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto&raquo; (<em>Jn<\/em> 12, 24): lo ha dicho y lo ha hecho el Se&ntilde;or, que siempre nos precede.<\/p>\n<p>Cuando pasamos por alguna cruz, &eacute;l ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jes&uacute;s, sino que ha sido &eacute;l el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.<\/p>\n<p>Que, con la protecci&oacute;n de Mar&iacute;a, seamos en el mundo centinelas de la ma&ntilde;ana que sepan contemplar el verdadero rostro de Jes&uacute;s Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- &ldquo;Queridos Peregrinos, tenemos una Madre. Aferr&aacute;ndonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jes&uacute;s, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, &lsquo;los que reciben a raudales el don gratuito de la justificaci&oacute;n reinar&aacute;n en la vida gracias a uno solo, Jesucristo&rsquo; (Rm 5,17)&rdquo;. 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