{"id":15647,"date":"2017-06-13T09:40:05","date_gmt":"2017-06-13T14:40:05","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/debate-internacional-sobre-la-corrupcion-organizado-por-el-dicasterio-para-el-desarrollo-humano-integral\/"},"modified":"2017-06-13T09:40:05","modified_gmt":"2017-06-13T14:40:05","slug":"debate-internacional-sobre-la-corrupcion-organizado-por-el-dicasterio-para-el-desarrollo-humano-integral","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/debate-internacional-sobre-la-corrupcion-organizado-por-el-dicasterio-para-el-desarrollo-humano-integral\/","title":{"rendered":"\u201cDebate internacional sobre la corrupci\u00f3n\u201d, organizado por el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2016\/03\/11\/ANSA970396_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_10739071\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00585293.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>(RV).-<strong> &laquo;No amemos de palabra sino con obras&raquo;. Con esta exhortaci&oacute;n el Papa Francisco titula su primer Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres<\/strong>, que &eacute;l mismo instituy&oacute; al concluir el Jubileo de la Misericordia, estableciendo que se celebre el domingo que precede la Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo Rey del Universo. Y que en 2017 ser&aacute; el 19 de noviembre.<\/p>\n<p>&laquo;Quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez m&aacute;s y mejor en <strong>signo concreto del amor de Cristo por los &uacute;ltimos y los m&aacute;s necesitados<\/strong>&raquo;, escribe el Santo Padre que inspira el t&iacute;tulo de su mensaje en las palabras del ap&oacute;stol Juan, que son un <strong>&laquo;imperativo que ning&uacute;n cristiano puede ignorar&raquo;<\/strong> y han transmitido hasta nuestros d&iacute;as el <strong>mandamiento de Jes&uacute;s<\/strong>: &laquo;Hijos m&iacute;os, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras&raquo; (1 Jn 3,18).<\/p>\n<p><strong>El Papa Francisco recuerda la<\/strong> <strong>preocupaci&oacute;n de la Iglesia por los pobres<\/strong>, siguiendo la ense&ntilde;anza de Jes&uacute;s, desde el Ap&oacute;stol Pedro y los primeros cristianos. Y que &laquo;si bien ha habido ocasiones en las que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dej&aacute;ndose contaminar por la mentalidad mundana&raquo;, &laquo;el Esp&iacute;ritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial&raquo;.<\/p>\n<p>&laquo;Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres&raquo;, recuerda el Santo Padre, para luego a&ntilde;adir: &laquo;cu&aacute;ntas p&aacute;ginas de la historia, en estos dos mil a&ntilde;os, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos m&aacute;s pobres. Entre ellos destaca el <strong>ejemplo de Francisco de As&iacute;s<\/strong>, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos&raquo;.<\/p>\n<p><strong>Con su Mensaje, el Papa Francisco invita a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad<\/strong> &laquo;a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta <em>Jornada<\/em> tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro&raquo;.<\/p>\n<p><strong>Asimismo el Obispo de Roma dirige su invitaci&oacute;n &laquo;a todos, independientemente de su confesi&oacute;n religiosa<\/strong>, para que se dispongan a compartir con los pobres a trav&eacute;s de cualquier acci&oacute;n de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios cre&oacute; el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusi&oacute;n alguna&raquo;.<\/p>\n<p>El Mensaje del Papa Francisco para la primera Jornada Mundial de los Pobres se hizo p&uacute;blico, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, &nbsp;el mismo d&iacute;a en que est&aacute; fechado, en el Vaticano: 13 de junio de 2017, Memoria de San Antonio de Padua.<\/p>\n<p>En la presentaci&oacute;n, intervinieron Mons. Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoci&oacute;n de la Nueva Evangelizaci&oacute;n y Mons. Jos&eacute; Octavio Ruiz Arenas, secretario del mismo Consejo.<\/p>\n<p>(CdM &ndash; RV)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Texto completo del Mensaje del Papa:<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><strong><em>Mensaje del Santo Padre<\/em><\/strong><\/p>\n<p align=\"center\"><strong>I Jornada Mundial de los Pobres<\/strong><\/p>\n<p align=\"center\">Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario<\/p>\n<p align=\"center\">19 noviembre 2017<\/p>\n<p align=\"center\">&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"><strong><em>No amemos de palabra sino con obras<\/em><\/strong><\/p>\n<p align=\"right\">&nbsp;<\/p>\n<p>1. &laquo;Hijos m&iacute;os, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras&raquo; (<em>1<\/em> <em>Jn<\/em> 3,18). Estas palabras del ap&oacute;stol Juan expresan un imperativo que ning&uacute;n cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el &laquo;disc&iacute;pulo amado&raquo; ha transmitido hasta nuestros d&iacute;as el mandamiento de Jes&uacute;s se hace m&aacute;s intensa debido al contraste que percibe entre las <em>palabras vac&iacute;as<\/em> presentes a menudo en nuestros labios y los <em>hechos concretos<\/em> con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jes&uacute;s am&oacute;, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos am&oacute; primero (cf. <em>1 Jn<\/em> 4,10.19); y nos am&oacute; dando todo, incluso su propia vida (cf. <em>1 Jn<\/em> 3,16).<\/p>\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un amor as&iacute; no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el coraz&oacute;n que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro coraz&oacute;n la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al pr&oacute;jimo. As&iacute;, la misericordia que, por as&iacute; decirlo, brota del coraz&oacute;n de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasi&oacute;n y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.<\/p>\n<p>2. &laquo;Si el afligido invoca al Se&ntilde;or, &eacute;l lo escucha&raquo; (<em>Sal<\/em> 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocaci&oacute;n. Est&aacute; muy atestiguada ya desde las primeras p&aacute;ginas de los Hechos de los Ap&oacute;stoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres &laquo;llenos de esp&iacute;ritu y de sabidur&iacute;a&raquo; (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se present&oacute; en la escena del mundo: el servicio a los m&aacute;s pobres. Esto fue posible porque comprendi&oacute; que la vida de los disc&iacute;pulos de Jes&uacute;s se ten&iacute;a que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la ense&ntilde;anza principal del Maestro, que proclam&oacute; a los pobres como <em>bienaventurados<\/em> y <em>herederos<\/em> del Reino de los cielos (cf. <em>Mt<\/em> 5,3).<\/p>\n<p>&laquo;Vend&iacute;an posesiones y bienes y los repart&iacute;an entre todos, seg&uacute;n la necesidad de cada uno&raquo; (<em>Hch<\/em> 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupaci&oacute;n de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que m&aacute;s espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin ret&oacute;rica la comuni&oacute;n de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generaci&oacute;n, y por lo tanto tambi&eacute;n a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los m&aacute;s necesitados. El ap&oacute;stol Santiago manifiesta esta misma ense&ntilde;anza en su carta con igual convicci&oacute;n, utilizando palabras fuertes e incisivas: &laquo;Queridos hermanos, escuchad: &iquest;Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometi&oacute; a los que le aman? Vosotros, en cambio, hab&eacute;is afrentado al pobre. Y sin embargo, &iquest;no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? [&#8230;] &iquest;De qu&eacute; le sirve a uno, hermanos m&iacute;os, decir que tiene fe, si no tiene obras? &iquest;Es que esa fe lo podr&aacute; salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: &ldquo;Dios os ampare; abrigaos y llenaos el est&oacute;mago&rdquo;, y no les dais lo necesario para el cuerpo; &iquest;de qu&eacute; sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por s&iacute; sola est&aacute; muerta&raquo; (2,5-6.14-17).<\/p>\n<p>3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dej&aacute;ndose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Esp&iacute;ritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cu&aacute;ntas p&aacute;ginas de la historia, en estos dos mil a&ntilde;os, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos m&aacute;s pobres.<\/p>\n<p>Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de As&iacute;s, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. &Eacute;l no se conform&oacute; con <em>abrazar<\/em> y dar <em>limosna<\/em> a los leprosos, sino que decidi&oacute; ir a Gubbio para <em>estar<\/em> con ellos. &Eacute;l mismo vio en ese encuentro el punto de inflexi&oacute;n de su conversi&oacute;n: &laquo;Cuando viv&iacute;a en el pecado me parec&iacute;a algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Se&ntilde;or me condujo entre ellos, y los trat&eacute; con misericordia. Y alej&aacute;ndome de ellos, lo que me parec&iacute;a amargo se me convirti&oacute; en dulzura del alma y del cuerpo&raquo; (<em>Test<\/em> 1-3; <em>FF<\/em> 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.<\/p>\n<p>No pensemos s&oacute;lo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos a&uacute;n de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son v&aacute;lidas y &uacute;tiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deber&iacute;an introducirnos a un verdadero <em>encuentro<\/em> con los pobres y dar lugar a un <em>compartir<\/em> que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oraci&oacute;n, el camino del discipulado y la conversi&oacute;n encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evang&eacute;lica. Y esta forma de vida produce alegr&iacute;a y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la <em>carne de Cristo<\/em>. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmaci&oacute;n de la comuni&oacute;n sacramental recibida en la Eucarist&iacute;a. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas m&aacute;s d&eacute;biles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Cris&oacute;stomo: &laquo;Si quer&eacute;is honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreci&eacute;is cuando est&aacute; desnudo; no honr&eacute;is al Cristo eucar&iacute;stico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuid&aacute;is a ese otro Cristo que sufre por fr&iacute;o y desnudez&raquo; (<em>Hom. in Matthaeum<\/em>, 50,3:<em> PG <\/em>58).<\/p>\n<p>Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el c&iacute;rculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es tambi&eacute;n una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en s&iacute; misma.<\/p>\n<p>4. No olvidemos que para los disc&iacute;pulos de Cristo, la pobreza es ante todo <em>vocaci&oacute;n para seguir a Jes&uacute;s pobre<\/em>. Es un caminar detr&aacute;s de &eacute;l y con &eacute;l, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. <em>Mt<\/em> 5,3; <em>Lc<\/em> 6,20). La pobreza significa un coraz&oacute;n humilde que sabe aceptar la propia condici&oacute;n de criatura limitada y pecadora para superar la tentaci&oacute;n de omnipotencia, que nos enga&ntilde;a haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del coraz&oacute;n que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condici&oacute;n para la felicidad. Es la pobreza, m&aacute;s bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercan&iacute;a de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, as&iacute; entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y tambi&eacute;n vivir los v&iacute;nculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. <em>Catecismo de la Iglesia Cat&oacute;lica<\/em>, nn. 25-45).<\/p>\n<p>Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la aut&eacute;ntica pobreza. &Eacute;l, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportaci&oacute;n efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situaci&oacute;n de marginaci&oacute;n. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evang&eacute;lica que llevan impresa en su vida.<\/p>\n<p>5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contempor&aacute;neo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desaf&iacute;a todos los d&iacute;as con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginaci&oacute;n, la opresi&oacute;n, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privaci&oacute;n de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tr&aacute;fico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migraci&oacute;n forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y ni&ntilde;os explotados por viles intereses, pisoteados por la l&oacute;gica perversa del poder y el dinero. Qu&eacute; lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.<\/p>\n<p>Hoy en d&iacute;a, desafortunadamente, mientras emerge cada vez m&aacute;s la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompa&ntilde;ada de la ilegalidad y la explotaci&oacute;n ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagaci&oacute;n de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el esp&iacute;ritu de iniciativa de muchos j&oacute;venes, impidi&eacute;ndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegaci&oacute;n y la b&uacute;squeda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participaci&oacute;n y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el m&eacute;rito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visi&oacute;n de la vida y de la sociedad.<\/p>\n<p>Todos estos pobres &mdash;como sol&iacute;a decir el beato Pablo VI&mdash; pertenecen a la Iglesia por &laquo;derecho evang&eacute;lico&raquo; (<em>Discurso en la apertura de la segunda sesi&oacute;n del Concilio Ecum&eacute;nico Vaticano II<\/em>, 29 septiembre 1963) y obligan a la opci&oacute;n fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religi&oacute;n y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin &laquo;peros&raquo; ni &laquo;condiciones&raquo;: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendici&oacute;n de Dios.<\/p>\n<p>6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la <em>Jornada Mundial de los Pobres<\/em>, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez m&aacute;s y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los &uacute;ltimos y los m&aacute;s necesitados. Quisiera que, a las dem&aacute;s Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradici&oacute;n en la vida de nuestras comunidades, se a&ntilde;ada esta, que aporta un elemento delicadamente evang&eacute;lico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilecci&oacute;n de Jes&uacute;s por los pobres.<\/p>\n<p>Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta <em>Jornada<\/em> tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitaci&oacute;n est&aacute; dirigida a todos, independientemente de su confesi&oacute;n religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a trav&eacute;s de cualquier acci&oacute;n de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios cre&oacute; el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusi&oacute;n alguna.<\/p>\n<p>7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la <em>Jornada Mundial de los Pobres<\/em>, que este a&ntilde;o ser&aacute; el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podr&aacute;n invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucarist&iacute;a de ese domingo, de tal modo que se manifieste con m&aacute;s autenticidad la celebraci&oacute;n de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado m&aacute;s genuino en el G&oacute;lgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el d&iacute;a de Pascua.<\/p>\n<p>En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protecci&oacute;n y ayuda, acerqu&eacute;monos a ellos: ser&aacute; el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la ense&ntilde;anza de la Escritura (cf. <em>Gn<\/em> 18, 3-5; <em>Hb<\/em> 13,2), sent&eacute;moslos a nuestra mesa como invitados de honor; podr&aacute;n ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera m&aacute;s coherente. Con su confianza y disposici&oacute;n a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.<\/p>\n<p>8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevar&aacute;n a cabo durante esta <em>Jornada <\/em>ser&aacute; siempre la <em>oraci&oacute;n<\/em>. No hay que olvidar que el <em>Padre nuestro <\/em>es la oraci&oacute;n de los pobres. La petici&oacute;n del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades b&aacute;sicas de nuestra vida. Todo lo que Jes&uacute;s nos ense&ntilde;&oacute; con esta oraci&oacute;n manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los disc&iacute;pulos que ped&iacute;an a Jes&uacute;s que les ense&ntilde;ara a orar, &eacute;l les respondi&oacute; con las palabras de los pobres que recurren al &uacute;nico Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El <em>Padre nuestro<\/em> es una oraci&oacute;n que se dice en plural: el pan que se pide es &laquo;nuestro&raquo;, y esto implica comuni&oacute;n, preocupaci&oacute;n y responsabilidad com&uacute;n. En esta oraci&oacute;n todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de ego&iacute;smo para entrar en la alegr&iacute;a de la mutua aceptaci&oacute;n.<\/p>\n<p>9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los di&aacute;conos &mdash;que tienen por vocaci&oacute;n la misi&oacute;n de ayudar a los pobres&mdash;, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta <em>Jornada Mundial de los Pobres<\/em> se establezca una tradici&oacute;n que sea una contribuci&oacute;n concreta a la evangelizaci&oacute;n en el mundo contempor&aacute;neo.<\/p>\n<p>Que esta nueva <em>Jornada Mundial<\/em> se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez m&aacute;s convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad m&aacute;s profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.<\/p>\n<p>Vaticano, 13 de junio de 2017<\/p>\n<p>Memoria de San Antonio de Padua<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- &laquo;No amemos de palabra sino con obras&raquo;. Con esta exhortaci&oacute;n el Papa Francisco titula su primer Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, que &eacute;l mismo instituy&oacute; al concluir el Jubileo de la Misericordia, estableciendo que se celebre el domingo que precede la Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo Rey del Universo. 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