{"id":18187,"date":"2017-09-07T17:40:03","date_gmt":"2017-09-07T22:40:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/constructores-de-la-paz-promotores-de-la-vida-primera-misa-del-papa-en-colombia\/"},"modified":"2017-09-07T17:40:03","modified_gmt":"2017-09-07T22:40:03","slug":"constructores-de-la-paz-promotores-de-la-vida-primera-misa-del-papa-en-colombia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/constructores-de-la-paz-promotores-de-la-vida-primera-misa-del-papa-en-colombia\/","title":{"rendered":"\u00abConstructores de la paz, promotores de la vida\u00bb. Primera Misa del Papa en Colombia."},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2017\/09\/07\/ANSA1248790_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_11480183\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00594833.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>(RV).-&quot;Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en <strong>el coraje del primer paso<\/strong> hacia la paz definitiva, la reconciliaci&oacute;n, hacia la abdicaci&oacute;n de la violencia como m&eacute;todo, la superaci&oacute;n de las desigualdades que son la ra&iacute;z de tantos sufrimientos, la renuncia al camino f&aacute;cil pero sin salida de la corrupci&oacute;n&quot;, con estas palabras el Papa Francisco anim&oacute; a los obispos de Colombia en el encuentro que mantuvo con ellos en el sal&oacute;n del Palacio Cardenalicio de Bogot&aacute;, el jueves 7 de septiembre, en la segunda jornada de su Viaje Apost&oacute;lico a Colombia.<\/p>\n<p>En un ambiente de entusiasmo y cercan&iacute;a el Santo Padre fue recibido por el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Mons. &Oacute;scar Urbina Ortega, as&iacute; como por el Arzobispo de Bogot&aacute;, el Cardenal Rub&eacute;n Salazar G&oacute;mez. Tras escuchar el saludo de bienvenida de ambos prelados, Francisco se diriji&oacute; a los cerca de 130 obispos procedentes de distintas di&oacute;cesis del pa&iacute;s.&nbsp;<\/p>\n<p>&quot;Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un<strong> itinerario de paz y reconciliaci&oacute;n<\/strong>. &iexcl;Cristo es nuestra paz! &iexcl;&Eacute;l nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!&quot;, afirm&oacute; el Sucesor de Pedro destacando su deseo&nbsp;de &quot;compartir con todos a Cristo Resucitado para quien ning&uacute;n muro es perenne, ning&uacute;n miedo es indestructible, ninguna plaga es incurable&quot;.<\/p>\n<p>Tras recordar las dos memorables visitas de sus predecesores, el Beato Pablo VI y San Juan Pablo II, el Obispo de Roma reflexion&oacute; sobre el lema de su visita &laquo;Dar el primer paso&raquo;, un mensaje que nace a partir del modelo instaurado por Dios mismo, que tal y como dijo Francisco &quot;es el Se&ntilde;or del primer paso. &Eacute;l siempre nos&nbsp;primerea&quot;. Un primer paso del uno para con el otro, que implica, seg&uacute;n el Papa, anticiparse en la disposici&oacute;n de comprender las razones del otro. &quot;D&eacute;jense enriquecer de lo que el otro les puede ofrecer y <strong>construyan una Iglesia<\/strong> que ofrezca a este Pa&iacute;s un testimonio elocuente de cu&aacute;nto se puede progresar cuando se est&aacute; dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos&quot;, a&ntilde;adi&oacute; el Pont&iacute;fice.<\/p>\n<p>Entre algunos de los consejos que el Santo Padre dio a los obispos, destaca la necesidad de &quot;cuidar con santo temor y conmoci&oacute;n, ese primer paso de Dios hacia los sacerdotes y mediante su ministerio, <strong>cuidar a la gente <\/strong>que les ha sido confiada&quot;. &quot;No descuiden la vida espiritual de los consagrados y consagradas&quot;, &quot;no se midan con el metro de aquellos que quieren ser s&oacute;lo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente&quot;, sino m&aacute;s bien &quot;tengan siempre fija la mirada en la eternidad de Aqu&eacute;l que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios&quot;, exhort&oacute; el Vicario de Cristo.<\/p>\n<p>Un pensamiento final del Pont&iacute;fice fue dirigido a los desaf&iacute;os de la <strong>Iglesia en la Amazonia<\/strong>, regi&oacute;n que supone un orgullo nacional, ya que es parte esencial de la maravillosa biodiversidad de este Pa&iacute;s. &quot;La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, est&aacute; en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo&quot;, expres&oacute; Francisco.<\/p>\n<p>(SL-RV)<\/p>\n<p><strong>Texto completo del discurso del Santo Padre a los Obispos colombianos<\/strong><\/p>\n<p><strong>La paz est&eacute; con ustedes<\/strong><\/p>\n<p>As&iacute; salud&oacute; el Resucitado a su peque&ntilde;a grey despu&eacute;s de haber vencido a la muerte, as&iacute; consi&eacute;ntanme que los salude al inicio de mi viaje.<\/p>\n<p>Agradezco las palabras de bienvenida. Estoy contento porque los primeros pasos que doy en este Pa&iacute;s me llevan a encontrarlos a ustedes, obispos de Colombia, para abrazar en ustedes a toda la Iglesia colombiana y para estrechar a su gente en mi coraz&oacute;n de Sucesor de Pedro. Les agradezco much&iacute;simo su ministerio episcopal, que les ruego contin&uacute;en realiz&aacute;ndolo con renovada generosidad. Un saludo particular dirijo a los obispos em&eacute;ritos, anim&aacute;ndolos a seguir sosteniendo, con la oraci&oacute;n y con la presencia discreta, a la Esposa de Cristo por la cual se han entregado generosamente.<\/p>\n<p>Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliaci&oacute;n. &iexcl;Cristo es nuestra paz! &iexcl;&Eacute;l nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!<\/p>\n<p>Estoy convencido de que Colombia tiene algo de original que llama fuertemente la atenci&oacute;n: no ha sido nunca una meta completamente realizada, ni un destino totalmente acabado, ni un tesoro totalmente pose&iacute;do. Su riqueza humana, sus vigorosos recursos naturales, su cultura, su luminosa s&iacute;ntesis cristiana, el patrimonio de su fe y la memoria de sus evangelizadores, la alegr&iacute;a gratuita e incondicional de su gente, la impagable sonrisa de su juventud, su original fidelidad al Evangelio de Cristo y a su Iglesia y, sobre todo, su indomable coraje de resistir a la muerte, no s&oacute;lo anunciada sino muchas veces sembrada: todo esto se sustrae, digamos se esconde, a aquellos que se presentan como forasteros hambrientos de adue&ntilde;&aacute;rsela y, en cambio, se brinda generosamente a quien toca su coraz&oacute;n con la mansedumbre del peregrino. As&iacute; es Colombia.<\/p>\n<p>Por esto, como peregrino, me dirijo a su Iglesia. De ustedes soy hermano, deseoso de compartir a Cristo Resucitado para quien ning&uacute;n muro es perenne, ning&uacute;n miedo es indestructible, ninguna plaga es incurable.<\/p>\n<p>No soy el primer Papa que les habla en su casa. Dos de mis m&aacute;s grandes Predecesores han sido hu&eacute;spedes aqu&iacute;: el beato Pablo VI, que vino apenas concluy&oacute; el Concilio Vaticano II para animar la realizaci&oacute;n colegial del misterio de la Iglesia en Am&eacute;rica Latina; y san Juan Pablo II en su memorable visita apost&oacute;lica de 1986. Las palabras de ambos son un recurso permanente, las indicaciones que delinearon y la maravillosa s&iacute;ntesis que ofrecieron sobre nuestro ministerio episcopal constituyen un patrimonio para custodiar. Quisiera que cuanto les diga sea recibido en continuidad con lo que ellos han ense&ntilde;ado.<\/p>\n<p><strong>Custodios y sacramento del primer paso<\/strong><\/p>\n<p>&laquo;Dar el primer paso&raquo; es el lema de mi visita y tambi&eacute;n para ustedes este es mi primer mensaje. Bien saben que Dios es el Se&ntilde;or del primer paso. &Eacute;l siempre nos<em> primerea<\/em>. Toda la Sagrada Escritura habla de Dios como exiliado de s&iacute; mismo por amor. Ha sido as&iacute; cuando s&oacute;lo hab&iacute;a tinieblas, caos y, saliendo de s&iacute;, &Eacute;l hizo que todo viniese a ser (cf. Gn 1.2,4); ha sido as&iacute; cuando en el jard&iacute;n de los or&iacute;genes &Eacute;l se paseaba, d&aacute;ndose cuenta de la desnudez de su creatura (cf. Gn 3,8-9); ha sido as&iacute; cuando, peregrino, &Eacute;l se aloj&oacute; en la tienda de Abraham, dej&aacute;ndole la promesa de una inesperada fecundidad (cf. Gn 18,1-10); ha sido as&iacute; cuando se present&oacute; a Mois&eacute;s encant&aacute;ndolo, cuando ya no ten&iacute;a otro horizonte que pastorear las ovejas de su suegro (cf. Ex, 3,1-2); ha sido as&iacute; cuando no quit&oacute; de su mirada a su amada Jerusal&eacute;n, aun cuando se prostitu&iacute;a en la vereda de la infidelidad (cf. Ez 16,15); ha sido as&iacute; cuando migr&oacute; con su gloria hacia su pueblo exiliado en la esclavitud (cf. Ez 10,18-19).<\/p>\n<p>Y, en la plenitud del tiempo, quiso revelar el verdadero nombre del primer paso, de su primer paso. Se llama Jes&uacute;s y es un paso irreversible. Proviene de la libertad de un amor que todo lo precede. Porque el Hijo, &Eacute;l mismo, es la expresi&oacute;n viva de dicho amor. Aquellos que lo reconocen y lo acogen reciben en herencia el don de ser introducidos en la libertad de poder cumplir siempre en &Eacute;l ese primer paso, no tienen miedo de perderse si salen de s&iacute; mismos, porque llevan la fianza del amor emanado del primer paso de Dios, una br&uacute;jula que no les consiente perderse.<\/p>\n<p>Cuiden pues, con santo temor y conmoci&oacute;n, ese primer paso de Dios hacia ustedes y, con su ministerio, hacia la gente que les ha sido confiada, en la conciencia de ser sacramento viviente de esa libertad divina que no tiene miedo de salir de s&iacute; misma por amor, que no teme empobrecerse mientras se entrega, que no tiene necesidad de otra fuerza que el amor.<\/p>\n<p>Dios nos precede, somos sarmientos y no la vid. Por tanto, no enmudezcan la voz de Aqu&eacute;l que los ha llamado ni se ilusionen en que sea la suma de sus pobres virtudes o los halagos de los poderosos de turno quienes aseguran el resultado de la misi&oacute;n que les ha confiado Dios. Al contrario, mendiguen en la oraci&oacute;n cuando no puedan dar ni darse, para que tengan algo que ofrecer a aquellos que se acercan constantemente a sus corazones de pastores. La oraci&oacute;n en la vida del obispo es la savia vital que pasa por la vid, sin la cual el sarmiento se marchita volvi&eacute;ndose infecundo. Por tanto, luchen con Dios, y m&aacute;s todav&iacute;a en la noche de su ausencia, hasta que &Eacute;l no los bendiga (cf. Gn 32,25-27). Las heridas de esa cotidiana y prioritaria batalla en la oraci&oacute;n ser&aacute;n fuente de curaci&oacute;n para ustedes; ser&aacute;n heridos por Dios para hacerse capaces de curar.<\/p>\n<p><strong>Hacer visible su identidad de sacramento del primer paso de Dios<\/strong><\/p>\n<p>De hecho, hacer tangible la identidad de sacramento del primer paso de Dios exigir&aacute; un continuo &eacute;xodo interior. &laquo;No hay ninguna invitaci&oacute;n al amor mayor que adelantarse en ese mismo amor&raquo; (San Agust&iacute;n, De catechizandis rudibus, liber I, 4.7, 26: PL 40), y, por tanto, ning&uacute;n &aacute;mbito de la misi&oacute;n episcopal puede prescindir de esta libertad de cumplir el primer paso. La condici&oacute;n de posibilidad para el ejercicio del ministerio apost&oacute;lico es la disposici&oacute;n a acercarse a Jes&uacute;s dejando atr&aacute;s &laquo;lo que fuimos, para que seamos lo que no &eacute;ramos&raquo; (Id., Enarr. in psal., 121,12: PL 36).<\/p>\n<p>Les recomiendo vigilar no s&oacute;lo individualmente sino colegialmente, d&oacute;ciles al Esp&iacute;ritu Santo, sobre este permanente punto de partida. Sin este n&uacute;cleo languidecen los rasgos del Maestro en el rostro de los disc&iacute;pulos, la misi&oacute;n se atasca y disminuye la conversi&oacute;n pastoral, que no es otra cosa que rescatar aquella urgencia de anunciar el Evangelio de la alegr&iacute;a hoy, ma&ntilde;ana y pasado ma&ntilde;ana (cf. Lc 13,33), premura que devor&oacute; el Coraz&oacute;n de Jes&uacute;s dej&aacute;ndolo sin nido ni resguardo, reclinado solamente en el cumplimiento hasta el final de la voluntad del Padre (cf. Lc 9,58.62). &iquest;Qu&eacute; otro futuro podemos perseguir? &iquest;A qu&eacute; otra dignidad podemos aspirar?<\/p>\n<p>No se midan con el metro de aquellos que quisieran que fueran s&oacute;lo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente. Tengan, en cambio, siempre fija la mirada en la eternidad de Aqu&eacute;l que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios.<\/p>\n<p>En la complejidad del rostro de esta Iglesia colombiana, es muy importante preservar la singularidad de sus diversas y leg&iacute;timas fuerzas, las sensibilidades pastorales, las peculiaridades regionales, las memorias hist&oacute;ricas, las riquezas de las propias experiencias eclesiales. Pentecost&eacute;s consiente que todos escuchen en la propia lengua. Por ello, busquen con perseverancia la comuni&oacute;n entre ustedes. No se cansen de construirla a trav&eacute;s del di&aacute;logo franco y fraterno, condenando como peste las agendas encubiertas. Sean premurosos en cumplir el primer paso, del uno para con el otro. Antic&iacute;pense en la disposici&oacute;n de comprender las razones del otro. D&eacute;jense enriquecer de lo que el otro les puede ofrecer y construyan una Iglesia que ofrezca a este Pa&iacute;s un testimonio elocuente de cu&aacute;nto se puede progresar cuando se est&aacute; dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos. El rol de las Provincias Eclesi&aacute;sticas en relaci&oacute;n al mismo mensaje evangelizador es fundamental, porque son diversas y armonizadas las voces que lo proclaman. Por esto, no se contenten con un mediocre compromiso m&iacute;nimo que deje a los resignados en la tranquila quietud de la propia impotencia, a la vez que domestica aquellas esperanzas que exigir&iacute;an el coraje de ser encauzadas m&aacute;s sobre la fuerza de Dios que sobre la propia debilidad.<\/p>\n<p>Reserven una particular sensibilidad hacia las ra&iacute;ces afro-colombianas de su gente, que tan generosamente han contribuido a plasmar el rostro de esta tierra.<\/p>\n<p><strong>Tocar la carne del cuerpo de Cristo<\/strong><\/p>\n<p>Los invito a no tener miedo de tocar la carne herida de la propia historia y de la historia de su gente. H&aacute;ganlo con humildad, sin la vana pretensi&oacute;n de protagonismo, y con el coraz&oacute;n indiviso, libre de compromisos o servilismos. S&oacute;lo Dios es Se&ntilde;or y a ninguna otra causa se debe someter nuestra alma de pastores.<\/p>\n<p>Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliaci&oacute;n, hacia la abdicaci&oacute;n de la violencia como m&eacute;todo, la superaci&oacute;n de las desigualdades que son la ra&iacute;z de tantos sufrimientos, la renuncia al camino f&aacute;cil pero sin salida de la corrupci&oacute;n, la paciente y perseverante consolidaci&oacute;n de la &laquo;res publica&raquo; que requiere la superaci&oacute;n de la miseria y de la desigualdad.<\/p>\n<p>Se trata de una tarea ardua pero irrenunciable, los caminos son empinados y las soluciones no son obvias. Desde lo alto de Dios, que es la cruz de su Hijo, obtendr&aacute;n la fuerza; con la lucecita humilde de los ojos del Resucitado recorrer&aacute;n el camino; escuchando la voz del Esposo que susurra en el coraz&oacute;n, recibir&aacute;n los criterios para discernir de nuevo, en cada incertidumbre, la justa direcci&oacute;n.<\/p>\n<p>Uno de sus ilustres literatos escribi&oacute; hablando de uno de sus m&iacute;ticos personajes: &laquo;No imaginaba que era m&aacute;s f&aacute;cil empezar una guerra que terminarla&raquo; (Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez, Cien a&ntilde;os de soledad, cap&iacute;tulo 9). Todos sabemos que la paz exige de los hombres un coraje moral diverso. La guerra sigue lo que hay de m&aacute;s bajo en nuestro coraz&oacute;n, la paz nos impulsa a ser m&aacute;s grandes que nosotros mismos. En seguida, el escritor a&ntilde;ad&iacute;a: &laquo;No entend&iacute;a que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sent&iacute;a en la guerra, si con una sola bastaba: miedo&raquo; (ib&iacute;d., cap. 15). No es necesario que les hable de ese miedo, ra&iacute;z envenenada, fruto amargo y herencia nefasta de cada contienda. Quiero animarlos a seguir creyendo que se puede hacer de otra manera, recordando que no han recibido un esp&iacute;ritu de esclavos para recaer en el temor; el mismo Esp&iacute;ritu atestigua que son hijos destinados a la libertad de la gloria a ellos reservada (cf. Rm 8,15-16).<\/p>\n<p>Ustedes ven con los propios ojos y conocen como pocos la deformaci&oacute;n del rostro de este Pa&iacute;s, son custodios de las piezas fundamentales que lo hacen uno, no obstante sus laceraciones. Precisamente por esto, Colombia tiene necesidad de ustedes para reconocerse en su verdadero rostro cargado de esperanza a pesar de sus imperfecciones, para perdonarse rec&iacute;procamente no obstante las heridas no del todo cicatrizadas, para creer que se puede hacer otro camino aun cuando la inercia empuja a repetir los mismos errores, para tener el coraje de superar cuanto la puede volver miserable a pesar de sus tesoros.<\/p>\n<p>Los animo, pues, a no cansarse de hacer de sus Iglesias un vientre de luz, capaz de generar, aun sufriendo pobreza, las nuevas creaturas que esta tierra necesita. Hosp&eacute;dense en la humildad de su gente para darse cuenta de sus secretos recursos humanos y de fe, escuchen cu&aacute;nto su despojada humanidad brama por la dignidad que solamente el Resucitado puede conferir. No tengan miedo de migrar de sus aparentes certezas en b&uacute;squeda de la verdadera gloria de Dios, que es el hombre viviente.<\/p>\n<p><strong>La palabra de la reconciliaci&oacute;n<\/strong><\/p>\n<p>Muchos pueden contribuir al desaf&iacute;o de esta Naci&oacute;n, pero la misi&oacute;n de ustedes es singular. Ustedes no son t&eacute;cnicos ni pol&iacute;ticos, son pastores. Cristo es la palabra de reconciliaci&oacute;n escrita en sus corazones y tienen la fuerza de poder pronunciarla no solamente en los p&uacute;lpitos, en los documentos eclesiales o en los art&iacute;culos de peri&oacute;dicos, sino m&aacute;s bien en el coraz&oacute;n de las personas, en el secreto sagrario de sus conciencias, en el calor esperanzado que los atrae a la escucha de la voz del cielo que proclama &laquo;paz a los hombres amados por Dios&raquo; (Lc 2,14). Ustedes deben pronunciarla con el fr&aacute;gil, humilde, pero invencible recurso de la misericordia de Dios, la &uacute;nica capaz de derrotar la c&iacute;nica soberbia de los corazones autorreferenciales.<\/p>\n<p>A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos. Precisamente all&iacute; tienen la autonom&iacute;a para inquietar, all&iacute; tienen la posibilidad de sostener un cambio de ruta.<\/p>\n<p>El coraz&oacute;n humano, muchas veces enga&ntilde;ado, concibe el insensato proyecto de hacer de la vida un continuo aumento de espacios para depositar lo que acumula. Precisamente aqu&iacute; es necesario que resuene la pregunta: &iquest;De qu&eacute; sirve ganar el mundo entero si queda el vac&iacute;o en el alma? (cf. Mt 16,26).<\/p>\n<p>De sus labios de leg&iacute;timos pastores de Cristo, tal cual ustedes son, Colombia tiene el derecho de ser interpelada por la verdad de Dios, que repite continuamente: &laquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; tu hermano?&raquo; (Gn 4,9). Es un interrogatorio que no puede ser silenciado, aun cuando quien lo escucha no puede m&aacute;s que abajar la mirada, confundido, y balbucir la propia verg&uuml;enza por haberlo vendido, quiz&aacute;s, al precio de alguna dosis de estupefaciente o alguna equ&iacute;voca concepci&oacute;n de raz&oacute;n de Estado, tal vez por la falsa conciencia de que el fin justifica los medios.<\/p>\n<p>Les ruego tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto. No sirvan a un concepto de hombre, sino a la persona humana amada por Dios, hecha de carne, huesos, historia, fe, esperanza, sentimientos, desilusiones, frustraciones, dolores, heridas, y ver&aacute;n que esa concreci&oacute;n del hombre desenmascara las fr&iacute;as estad&iacute;sticas, los c&aacute;lculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones, record&aacute;ndoles que &laquo;realmente, el misterio del hombre s&oacute;lo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado&raquo; (Gaudium et spes, 22).<\/p>\n<p><strong>Una Iglesia en misi&oacute;n<\/strong><\/p>\n<p>Teniendo en cuenta el generoso trabajo pastoral que ya desarrollan, perm&iacute;tanme ahora que les presente algunas inquietudes que llevo en mi coraz&oacute;n de pastor, deseoso de exhortarles a ser cada vez m&aacute;s una Iglesia en misi&oacute;n. Mis Predecesores ya han insistido sobre varios de estos desaf&iacute;os: la familia y la vida, los j&oacute;venes, los sacerdotes, las vocaciones, los laicos, la formaci&oacute;n. Los decenios transcurridos, no obstante el ingente trabajo, quiz&aacute;s han vuelto a&uacute;n m&aacute;s fatigosas las respuestas para hacer eficaz la maternidad de la Iglesia en el generar, alimentar y acompa&ntilde;ar a sus hijos.<\/p>\n<p>Pienso en las familias colombianas, en la defensa de la vida desde el vientre materno hasta su natural conclusi&oacute;n, en la plaga de la violencia y del alcoholismo, no raramente extendida en los hogares, en la fragilidad del v&iacute;nculo matrimonial y la ausencia de los padres de familia con sus tr&aacute;gicas consecuencias de inseguridad y orfandad. Pienso en tantos j&oacute;venes amenazados por el vac&iacute;o del alma y arrastrados en la fuga de la droga, en el estilo de vida f&aacute;cil, en la tentaci&oacute;n subversiva. Pienso en los numerosos y generosos sacerdotes y en el desaf&iacute;o de sostenerlos en la fiel y cotidiana elecci&oacute;n por Cristo y por la Iglesia, mientras algunos otros contin&uacute;an propagando la c&oacute;moda neutralidad de aquellos que nada eligen para quedarse con la soledad de s&iacute; mismos. Pienso en los fieles laicos esparcidos en todas las Iglesias particulares, resistiendo fatigosamente para dejarse congregar por Dios que es comuni&oacute;n, aun cuando no pocos proclaman el nuevo dogma del ego&iacute;smo y de la muerte de toda solidaridad. Pienso en el inmenso esfuerzo de todos para profundizar la fe y hacerla luz viva para los corazones y l&aacute;mpara para el primer paso.<\/p>\n<p>No les traigo recetas ni intento dejarles una lista de tareas. Con todo quisiera rogarles que, al realizar en comuni&oacute;n su gravosa misi&oacute;n de pastores de Colombia, conserven la serenidad. Bien saben que en la noche el maligno contin&uacute;a sembrando ciza&ntilde;a, pero tengan la paciencia del Se&ntilde;or del campo, confi&aacute;ndose en la buena calidad de sus granos. Aprendan de su longanimidad y magnanimidad. Sus tiempos son largos porque es inconmensurable su mirada de amor. Cuando el amor es reducido el coraz&oacute;n se vuelve impaciente, turbado por la ansiedad de hacer cosas, devorado por el miedo de haber fracasado. Crean sobre todo en la humildad de la semilla de Dios. F&iacute;ense de la potencia escondida de su levadura. Orienten el coraz&oacute;n sobre la preciosa fascinaci&oacute;n que atrae y hace vender todo con tal de poseer ese divino tesoro.<\/p>\n<p>De hecho, &iquest;qu&eacute; otra cosa m&aacute;s fuerte pueden ofrecer a la familia colombiana que la fuerza humilde del Evangelio del amor generoso que une al hombre y a la mujer, haci&eacute;ndolos imagen de la uni&oacute;n de Cristo con su Iglesia, transmisores y guardianes de la vida? Las familias tienen necesidad de saber que en Cristo pueden volverse &aacute;rbol frondoso capaz de ofrecer sombra, dar fruto en todas las estaciones del a&ntilde;o, anidar la vida en sus ramas. Son tantos hoy los que homenajean &aacute;rboles sin sombra, infecundos, ramas privadas de nidos. Que para ustedes el punto de partida sea el testimonio alegre de que la felicidad est&aacute; en otro lugar.<\/p>\n<p>&iquest;Qu&eacute; cosa pueden ofrecer a sus j&oacute;venes? Ellos aman sentirse amados, desconf&iacute;an de quien los minusvalora, piden coherencia limpia y esperan ser involucrados. Rec&iacute;banlos, por tanto, con el coraz&oacute;n de Cristo y &aacute;branles espacios en la vida de sus Iglesias. No participen en ninguna negociaci&oacute;n que malvenda sus esperanzas. No tengan miedo de alzar serenamente la voz para recordar a todos que una sociedad que se deja seducir por el espejismo del narcotr&aacute;fico se arrastra a s&iacute; misma en esa met&aacute;stasis moral que mercantiliza el infierno y siembra por doquier la corrupci&oacute;n y, al mismo tiempo, engorda los para&iacute;sos fiscales.<\/p>\n<p>&iquest;Qu&eacute; cosa pueden dar a sus sacerdotes? El primer don es aquel de su paternidad que asegure que la mano que los ha generado y ungido no se ha retirado de sus vidas. Vivimos en la era de la inform&aacute;tica y no nos es dif&iacute;cil alcanzar a nuestros sacerdotes en tiempo real mediante alg&uacute;n programa de mensajes. Pero el coraz&oacute;n de un padre, de un obispo, no puede limitarse a la precaria, impersonal y externa comunicaci&oacute;n con su presbiterio. No se puede apartar del coraz&oacute;n del obispo la inquietud sobre d&oacute;nde viven sus sacerdotes. &iquest;Viven de verdad seg&uacute;n Jes&uacute;s? &iquest;O se han improvisado otras seguridades como la estabilidad econ&oacute;mica, la ambig&uuml;edad moral, la doble vida o la ilusi&oacute;n miope de la carrera? Los sacerdotes precisan, con necesidad y urgencia vital, de la cercan&iacute;a f&iacute;sica y afectiva de su obispo. Requieren sentir que tienen padre.<\/p>\n<p>Sobre las espaldas de los sacerdotes frecuentemente pesa la fatiga del trabajo cotidiano de la Iglesia. Ellos est&aacute;n en primera l&iacute;nea, continuamente circundados de la gente que, abatida, busca en ellos el rostro del pastor. La gente se acerca y golpea a sus corazones. Ellos deben dar de comer a la multitud y el alimento de Dios no es nunca una propiedad de la cual se puede disponer sin m&aacute;s. Al contrario, proviene solamente de la indigencia puesta en contacto con la bondad divina. Despedir a la muchedumbre y alimentarse de lo poco que uno puede indebidamente apropiarse es una tentaci&oacute;n permanente (cf. Lc 9,13).<\/p>\n<p>Vigilen por tanto sobre las ra&iacute;ces espirituales de sus sacerdotes. Cond&uacute;zcanlos continuamente a aquella Cesarea de Filipo donde, desde los or&iacute;genes del Jord&aacute;n de cada uno, puedan sentir de nuevo la pregunta de Jes&uacute;s: &iquest;Qui&eacute;n soy yo para ti? La raz&oacute;n del gradual deterioro que muchas veces lleva a la muerte del disc&iacute;pulo siempre est&aacute; en un coraz&oacute;n que ya no puede responder: &laquo;T&uacute; eres el Cristo, el Hijo de Dios&raquo; (cf. Mt 16,13-16). De aqu&iacute; se debilita el coraje de la irreversibilidad del don de s&iacute;, y deriva tambi&eacute;n la desorientaci&oacute;n interior, el cansancio de un coraz&oacute;n que ya no sabe acompa&ntilde;ar al Se&ntilde;or en su camino hacia Jerusal&eacute;n.<\/p>\n<p>Cuiden especialmente el itinerario formativo de sus sacerdotes, desde el nacimiento de la llamada de Dios en sus corazones. La nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, recientemente publicada, es un valioso recurso, a&uacute;n por aplicar, para que la Iglesia colombiana est&eacute; a la altura del don de Dios que nunca ha dejado de llamar al sacerdocio a tantos de sus hijos.<\/p>\n<p>No descuiden, por favor, la vida de los consagrados y consagradas. Ellos y ellas constituyen la bofetada kerigm&aacute;tica a toda mundanidad y son llamados a quemar cualquier resaca de valores mundanos en el fuego de las bienaventuranzas vividas sin glosa y en el total abajamiento de s&iacute; mismos en el servicio. No los consideren como &laquo;recursos de utilidad&raquo; para las obras apost&oacute;licas; m&aacute;s bien, sepan ver en ellos el grito del amor consagrado de la Esposa: &laquo;Ven Se&ntilde;or Jes&uacute;s&raquo; (Ap 22,20).<\/p>\n<p>Reserven la misma preocupaci&oacute;n formativa a sus laicos, de los cuales depende no s&oacute;lo la solidez de las comunidades de fe, sino gran parte de la presencia de la Iglesia en el &aacute;mbito de la cultura, de la pol&iacute;tica, de la econom&iacute;a. Formar en la Iglesia significa ponerse en contacto con la fe viviente de la Comunidad viva, introducirse en un patrimonio de experiencias y de respuestas que suscita el Esp&iacute;ritu Santo, porque &Eacute;l es quien ense&ntilde;a todas las cosas (cf. Jn 14,26).<\/p>\n<p>Un pensamiento quisiera dirigir a los desaf&iacute;os de la Iglesia en la Amazonia, regi&oacute;n de la cual con raz&oacute;n est&aacute;n orgullosos, porque es parte esencial de la maravillosa biodiversidad de este Pa&iacute;s. La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, est&aacute; en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo. Pienso, sobre todo, en la arcana sabidur&iacute;a de los pueblos ind&iacute;genas amaz&oacute;nicos y me pregunto si somos a&uacute;n capaces de aprender de ellos la sacralidad de la vida, el respeto por la naturaleza, la conciencia de que no solamente la raz&oacute;n instrumental es suficiente para colmar la vida del hombre y responder a sus m&aacute;s inquietantes interrogantes.<\/p>\n<p>Por esto los invito a no abandonar a s&iacute; misma la Iglesia en Amazonia. La consolidaci&oacute;n de un rostro amaz&oacute;nico para la Iglesia que peregrina aqu&iacute; es un desaf&iacute;o de todos ustedes, que depende del creciente y consciente apoyo misionero de todas las di&oacute;cesis colombianas y de su entero clero. He escuchado que en algunas lenguas nativas amaz&oacute;nicas para referirse a la palabra &laquo;amigo&raquo; se usa la expresi&oacute;n &laquo;mi otro brazo&raquo;. Sean por lo tanto el otro brazo de la Amazonia. Colombia no la puede amputar sin ser mutilada en su rostro y en su alma.<\/p>\n<p>Queridos hermanos:<\/p>\n<p>Los invito ahora a dirigirnos espiritualmente a Nuestra Se&ntilde;ora del Rosario de Chiquinquir&aacute;, cuya imagen han tenido la delicadeza de traer de su Santuario a la magn&iacute;fica Catedral de esta ciudad para que tambi&eacute;n yo la pudiera contemplar.<\/p>\n<p>Como bien saben, Colombia no puede darse a s&iacute; misma la verdadera Renovaci&oacute;n a la que aspira, sino que &eacute;sta viene concedida desde lo alto. Supliqu&eacute;mosla al Se&ntilde;or, pues, por medio de la Virgen.<\/p>\n<p>As&iacute; como en Chiquinquir&aacute; Dios ha renovado el esplendor del rostro de su Madre, que &Eacute;l siga iluminando con su celestial luz el rostro de este entero Pa&iacute;s y bendiga a la Iglesia de Colombia con su ben&eacute;vola compa&ntilde;&iacute;a.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).-&quot;Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliaci&oacute;n, hacia la abdicaci&oacute;n de la violencia como m&eacute;todo, la superaci&oacute;n de las desigualdades que son la ra&iacute;z de tantos sufrimientos, la renuncia al camino f&aacute;cil pero sin salida de la corrupci&oacute;n&quot;, con &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/constructores-de-la-paz-promotores-de-la-vida-primera-misa-del-papa-en-colombia\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab\u00abConstructores de la paz, promotores de la vida\u00bb. 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