{"id":2048,"date":"2016-03-20T07:05:02","date_gmt":"2016-03-20T12:05:02","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/texto-completo-homilia-del-papa-francisco-en-la-santa-misa-del-domingo-de-ramos\/"},"modified":"2016-03-20T07:05:02","modified_gmt":"2016-03-20T12:05:02","slug":"texto-completo-homilia-del-papa-francisco-en-la-santa-misa-del-domingo-de-ramos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/texto-completo-homilia-del-papa-francisco-en-la-santa-misa-del-domingo-de-ramos\/","title":{"rendered":"[TEXTO COMPLETO] Homil\u00eda del Papa Francisco en la Santa Misa del Domingo de Ramos"},"content":{"rendered":"<p> VATICANO, 20 Mar. 16 (ACI).-<br \/>\n\tEl Papa Francisco presidi&oacute; esta ma&ntilde;ana la celebraci&oacute;n de las Palmas y la Pasi&oacute;n del Se&ntilde;or desde la Plaza de San Pedro, donde se reunieron miles de fieles.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEn su homil&iacute;a, el Pont&iacute;fice asegur&oacute; que &ldquo;la Liturgia de hoy nos ense&ntilde;a que el Se&ntilde;or no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos&rdquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\t&ldquo;Pero si queremos seguir al Maestro, m&aacute;s que alegrarnos porque el viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donaci&oacute;n, del olvido de uno mismo&rdquo;, se&ntilde;al&oacute;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tA continuaci&oacute;n, el texto completo de su homil&iacute;a:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\t&laquo;&iexcl;Bendito el que viene en nombre del Se&ntilde;or!&raquo; (Cf. Lc 19,38), gritaba la muchedumbre de Jerusal&eacute;n acogiendo a Jes&uacute;s. Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jes&uacute;s que viene a nosotros. Del mismo modo que entr&oacute; en Jerusal&eacute;n, desea tambi&eacute;n entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. As&iacute; como lo ha hecho en el Evangelio, cabalgando sobre un simple pollino, viene a nosotros humildemente, pero viene &laquo;en el nombre del Se&ntilde;or&raquo;: con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con el Padre y con nosotros mismos. Jes&uacute;s est&aacute; contento de la manifestaci&oacute;n popular de afecto de la gente, y ante la protesta de los fariseos para que haga callar a quien lo aclama, responde: &laquo;si estos callan, gritar&aacute;n las piedras&raquo; (Lc 19,40). Nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jes&uacute;s; que nada nos impida encontrar en &eacute;l la fuente de nuestra alegr&iacute;a, de la alegr&iacute;a aut&eacute;ntica, que permanece y da paz; porque s&oacute;lo Jes&uacute;s nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza. Sin embargo, la Liturgia de hoy nos ense&ntilde;a que el Se&ntilde;or no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. El ap&oacute;stol Pablo, en la segunda lectura, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redenci&oacute;n: &laquo;se despoj&oacute;&raquo; y &laquo;se humill&oacute;&raquo; a s&iacute; mismo (Fil 2,7.8). Estos dos verbos nos dicen hasta qu&eacute; extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jes&uacute;s se despoj&oacute; de s&iacute; mismo: renunci&oacute; a la gloria de Hijo de Dios y se convirti&oacute; en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, &eacute;l que no conoce el pecado. Pero no solamente esto: ha vivido entre nosotros en una &laquo;condici&oacute;n de esclavo&raquo; (v. 7): no de rey, ni de pr&iacute;ncipe, sino de esclavo. Se humill&oacute; y el abismo de su humillaci&oacute;n, que la Semana Santa nos muestra, parece no tener fondo. El primer gesto de este amor &laquo;hasta el extremo&raquo; (Jn 13,1) es el lavatorio de los pies. &laquo;El Maestro y el Se&ntilde;or&raquo; (Jn 13,14) se abaja hasta los pies de los disc&iacute;pulos, como solamente hac&iacute;an lo siervos. Nos ha ense&ntilde;ado con el ejemplo que nosotros tenemos necesidad de ser alcanzados por su amor, que se vuelca sobre nosotros; no puede ser de otra manera, no podemos amar sin dejarnos amar antes por &eacute;l, sin experimentar su sorprendente ternura y sin aceptar que el amor verdadero consiste en el servicio concreto. Pero esto es solamente el inicio. La humillaci&oacute;n que sufre Jes&uacute;s llega al extremo en la Pasi&oacute;n: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un disc&iacute;pulo que &eacute;l hab&iacute;a elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el esp&iacute;ritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haci&eacute;ndolo irreconocible. Sufre tambi&eacute;n la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y pol&iacute;ticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Pilato lo env&iacute;a posteriormente a Herodes, y este lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jes&uacute;s experimenta en su propia piel tambi&eacute;n la indiferencia, pues nadie quiere asumirse la responsabilidad de su destino. El gent&iacute;o que apenas unos d&iacute;as antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusaci&oacute;n, prefiriendo incluso que en lugar de &eacute;l sea liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte en cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamaci&oacute;n y el dolor no son todav&iacute;a el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta tambi&eacute;n en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y conf&iacute;a: &laquo;Padre, a tus manos encomiendo mi esp&iacute;ritu&raquo; (Lc 23,46). Suspendido en el pat&iacute;bulo, adem&aacute;s del escarnio, afronta tambi&eacute;n la &uacute;ltima tentaci&oacute;n: la provocaci&oacute;n a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jes&uacute;s en cambio, precisamente aqu&iacute;, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro aut&eacute;ntico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del para&iacute;so al ladr&oacute;n arrepentido y toca el coraz&oacute;n del centuri&oacute;n. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio. Nos pude parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece dif&iacute;cil olvidarnos un poco de nosotros mismos. &Eacute;l renunci&oacute; a s&iacute; mismo por nosotros; &iexcl;Cu&aacute;nto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por &eacute;l y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, m&aacute;s que alegrarnos porque el viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donaci&oacute;n, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteni&eacute;ndonos en estos d&iacute;as a mirar el Crucifijo, la &ldquo;catedra de Dios&rdquo;, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al ego&iacute;smo, a la b&uacute;squeda del poder y de la fama. Estamos atra&iacute;dos por las miles vanas ilusiones del aparentar, olvid&aacute;ndonos de que &laquo;el hombre vale m&aacute;s por lo que es que por lo que tiene&raquo; (Gaudium et spes, 35); con su humillaci&oacute;n, Jes&uacute;s nos invita a purificar nuestra vida. Volvamos a &eacute;l la mirada, pidamos la gracia de entender algo de su anonadaci&oacute;n por nosotros; reconozc&aacute;moslo Se&ntilde;or de nuestra vida y respondamos a su amor infinito con un poco de amor concreto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VATICANO, 20 Mar. 16 (ACI).- El Papa Francisco presidi&oacute; esta ma&ntilde;ana la celebraci&oacute;n de las Palmas y la Pasi&oacute;n del Se&ntilde;or desde la Plaza de San Pedro, donde se reunieron miles de fieles. 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