{"id":4102,"date":"2016-06-02T13:05:03","date_gmt":"2016-06-02T18:05:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/texto-completo-tercera-meditacion-del-papa-francisco-en-jubileo-de-sacerdotes\/"},"modified":"2016-06-02T13:05:03","modified_gmt":"2016-06-02T18:05:03","slug":"texto-completo-tercera-meditacion-del-papa-francisco-en-jubileo-de-sacerdotes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/texto-completo-tercera-meditacion-del-papa-francisco-en-jubileo-de-sacerdotes\/","title":{"rendered":"TEXTO COMPLETO: Tercera meditaci\u00f3n del Papa Francisco en Jubileo de sacerdotes"},"content":{"rendered":"<p> VATICANO, 02 Jun. 16 (ACI).-<br \/>\n\tEste jueves el Papa Francisco dirigi&oacute; el retiro para los sacerdotes que participan en el Jubileo de los sacerdotes en Roma (Italia), cuyas predicaciones fueron seguidas en vivo a trav&eacute;s de la televisi&oacute;n e internet. La tercera meditaci&oacute;n tuvo lugar en la bas&iacute;lica de San Pablo Extramuros con el t&iacute;tulo &ldquo;El buen olor de Cristo y la luz de su misericordia&rdquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tA continuaci&oacute;n el texto completo de la tercera meditaci&oacute;n:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEsperemos que el Se&ntilde;or nos conceda esto que hemos pedido en la oraci&oacute;n: imitar el ejemplo de la paciencia de Jes&uacute;s y con la paciencia ir adelante afrontando las dificultades.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEsta tercera meditaci&oacute;n tiene como t&iacute;tulo &ldquo;El buen olor de Cristo y la luz de su misericordia&rdquo;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEn nuestro tercer encuentro les propongo meditar con las obras de misericordia, ya sea tomando alguna de ellas, la que m&aacute;s sintamos ligada a nuestro carisma, ya sea contempl&aacute;ndolas todas juntas, vi&eacute;ndolas con los ojos misericordiosos de nuestra Se&ntilde;ora, que nos hacen descubrir &laquo;el vino que falta&raquo; y nos alientan a &laquo;hacer todo lo que Jes&uacute;s nos diga&raquo; (cf. Jn 2,1-12), para que su misericordia obre los milagros que nuestro pueblo necesita.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLas obras de misericordia est&aacute;n muy ligadas a los &laquo;sentidos espirituales&raquo;. Al rezar pedimos la gracia de &laquo;sentir y gustar&raquo; el Evangelio de tal manera que nos sensibilice para la vida. Movidos por el Esp&iacute;ritu, guiados por Jes&uacute;s, podemos ver ya de lejos con ojos de misericordia al que est&aacute; ca&iacute;do al lado del camino, podemos escuchar los gritos de Bartimeo; podemos notar c&oacute;mo el Se&ntilde;or siente en el borde de su manto el toque t&iacute;mido pero decidido de la hemorro&iacute;sa; podemos pedir la gracia de gustar con &eacute;l en la cruz el sabor amargo de la hiel de todos los crucificados, para sentir as&iacute; el fuerte olor de la miseria &mdash;en hospitales de campa&ntilde;a, en trenes y en barcones repletos de gente&mdash;; ese olor que no tapa el aceite de la misericordia, sino que al ungirlo hace que se despierte una esperanza.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEl Catecismo de la Iglesia Cat&oacute;lica, hablando de las obras de misericordia, nos cuenta que santa Rosa de Lima, el d&iacute;a en que su madre la reprendi&oacute; por atender en la casa a pobres y enfermos, ella le contest&oacute;: &laquo;Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo&raquo; (n. 2449). Ese buen olor de Cristo &mdash;el cuidado de los pobres&mdash; es distintivo de la Iglesia, siempre lo ha sido. Pablo centr&oacute; en esto su encuentro con &laquo;las columnas&raquo;, como &eacute;l les llama, con Pedro, Santiago y Juan. Ellos &laquo;s&oacute;lo nos pidieron que nos acord&aacute;ramos de los pobres&raquo; (Ga 2,10). Para m&iacute;, esto lo he dicho muchas veces. Apenas elegido Papa, mientras continuaba el escrutinio, se acerc&oacute; a m&iacute; un hermano cardenal que me ha abrazado y me ha dicho: &ldquo;no te olvides de los pobres&rdquo;. El primer mensaje que el Se&ntilde;or me ha hecho llegar en ese momento. El Catecismo dice tambi&eacute;n, de manera sugestiva, que &laquo;los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los or&iacute;genes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos&raquo; (n. 2448). Y esto sin ideolog&iacute;as, solamente por la fuerza del Evangelio.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEn la Iglesia hemos tenido y tenemos muchas cosas no tan buenas, y muchos pecados, pero en esto de servir a los pobres con obras de misericordia, siempre hemos seguido como Iglesia al Esp&iacute;ritu, y nuestros santos lo hicieron de manera muy creativa y eficaz. El amor a los pobres ha sido el signo, la luz que hace que la gente glorifique al Padre. Nuestro pueblo valora esto: al cura que cuida a los m&aacute;s pobres, a los enfermos, que perdona a los pecadores, que ense&ntilde;a y corrige con paciencia&#8230; Nuestro pueblo perdona a los curas muchos defectos, salvo el de estar apegados al dinero. Y no es tanto por la riqueza en s&iacute;, sino porque el dinero nos hace perder la riqueza de la misericordia. Nuestro pueblo olfatea qu&eacute; pecados son graves para el pastor, cu&aacute;les matan su ministerio porque lo convierten en un funcionario o, peor a&uacute;n, en un mercenario, y cu&aacute;les son en&nbsp; cambio, no dir&iacute;a que pecados secundarios, pero s&iacute; pecados que se pueden sobrellevar, cargar como una cruz, hasta que el Se&ntilde;or los purifique al final, como har&aacute; con la ciza&ntilde;a. Sin embargo, lo que atenta contra la misericordia es una contradicci&oacute;n principal. Atenta contra el dinamismo de la salvaci&oacute;n, contra Cristo que &laquo;se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza&raquo; (2 Co 8,9). Y esto es as&iacute; porque la misericordia cura &laquo;perdiendo algo de s&iacute;&raquo;: un jir&oacute;n del coraz&oacute;n se queda con el herido, un tiempo de nuestra vida lo perdemos para lo que ten&iacute;amos ganas de hacer cuando se lo regalamos al otro.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tPor eso, no se trata de que Dios tenga misericordia m&iacute; en alguna falta, como si en el resto yo fuera autosuficiente, que de vez en cuando yo realice alg&uacute;n acto particular de misericordia con alg&uacute;n necesitado. La gracia que pedimos en esta oraci&oacute;n es la de dejarnos misericordiar por Dios en todos los aspectos de nuestra vida y de ser misericordiosos con los dem&aacute;s en todo nuestro actuar. Para nosotros, sacerdotes y obispos, que trabajamos con los sacramentos bautizando, confesando, celebrando la Eucarist&iacute;a&#8230;, la misericordia es la manera de convertir toda la vida del Pueblo de Dios en sacramento. Ser misericordioso no es s&oacute;lo un modo de ser, sino el modo de ser. No hay otra posibilidad de ser sacerdote. El Cura Brochero, que este a&ntilde;o si Dios quiere ser&aacute; canonizado, dec&iacute;a: &laquo;El sacerdote que no tiene mucha l&aacute;stima de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego&raquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tVer lo que falta para poner remedio inmediatamente y, mejor a&uacute;n, preverlo, es propio de la mirada de un padre. Esta mirada sacerdotal &mdash;del que hace las veces del padre en el seno de la Iglesia Madre&mdash;, que nos lleva a ver a los hombres en clave de misericordia, es la que se debe ense&ntilde;ar a cultivar desde el seminario y debe alimentar todos los planes pastorales. Queremos, y le pedimos al Se&ntilde;or, una mirada que aprenda a discernir los signos de los tiempos en clave de &laquo;qu&eacute; obras de misericordia est&aacute;n necesitando hoy nuestros pueblos&raquo;, para poder sentir y gustar al Dios de la historia que camina en medio de ellos. Porque, como dice Aparecida citando a San Alberto Hurtado, &laquo;en nuestras obras, nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor&raquo; (n. 386). En nuestras obras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLa prueba de esta comprensi&oacute;n de nuestros pueblos es que en nuestras obras de misericordia siempre somos bendecidos por Dios y encontramos ayuda y colaboraci&oacute;n en nuestra gente. No as&iacute; para otro tipo de proyectos, que a veces van bien y otras no, sin que algunos se den cuenta de por qu&eacute; no funciona y se rompan la cabeza buscando un nuevo, en&eacute;simo, plan pastoral, cuando uno podr&iacute;a decir sencillamente: no funciona porque le falta misericordia, sin necesidad de entrar en detalles. Si no es bendecido es porque le falta misericordia. Falta esa misericordia que tiene que ver m&aacute;s con un hospital de campa&ntilde;a que con una cl&iacute;nica de lujo, esa misericordia que, valorando algo bueno, siembra un futuro para encuentro de la persona con Dios, en vez de alejarla con una cr&iacute;tica puntual&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLes propongo una oraci&oacute;n con la pecadora perdonada (Jn 8,3-11), para pedir la gracia de ser misericordiosos en la confesi&oacute;n, y otra sobre la dimensi&oacute;n social de las obras de misericordia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tSiempre me conmueve el pasaje del Se&ntilde;or con la mujer ad&uacute;ltera: como cuando no la conden&oacute;, el Se&ntilde;or &laquo;falt&oacute;&raquo; a la ley; en ese punto en que le ped&iacute;an que se definiera &mdash;&laquo;&iquest;hay que apedrearla o no?&raquo;&mdash;, no se defini&oacute;, no aplic&oacute; la ley. Se hizo el sordo y, en ese momento, les sali&oacute; con otra cosa. Inici&oacute; as&iacute; un proceso en el coraz&oacute;n de la mujer que necesitaba aquellas palabras: &laquo;Yo tampoco te condeno&raquo;. Con la mano tendida la puso en pie, y esto le permiti&oacute; que se encontrara con una mirada llena de dulzura que le cambi&oacute; el coraz&oacute;n. El Se&ntilde;or tiende la mano a la hija de Jairo: &ldquo;Denle de comer&rdquo;. A esta pecadora le dice &ldquo;&aacute;lzate&rdquo;. El Se&ntilde;or est&aacute; donde Dios ha querido que el hombre est&eacute;, de pie.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tA veces me da una mezcla de pena e indignaci&oacute;n cuando alguno se apura a poner en claro la &uacute;ltima recomendaci&oacute;n, el &laquo;no peques m&aacute;s&raquo;. Y utiliza esta frase para &laquo;defender&raquo; a Jes&uacute;s y que no quede como uno que se salt&oacute; la ley. Pienso que las palabras que utiliza el Se&ntilde;or forman un todo con sus acciones. El hecho de agacharse para escribir en tierra dos veces, pausando lo que les dice a los que quieren apedrear a la mujer y luego lo que le dice a ella, nos habla de un tiempo que el Se&ntilde;or se toma para juzgar y perdonar. Un tiempo que remite a cada uno a su interioridad y hace que los que juzgan se retiren.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEn su di&aacute;logo con la mujer, el Se&ntilde;or abre otros espacios: uno es el espacio de la no condena. El Evangelio insiste en este espacio que ha quedado libre. Nos sit&uacute;a en la mirada de Jes&uacute;s y nos dice que &laquo;no ve a nadie alrededor sino s&oacute;lo a la mujer&raquo;. Y luego, Jes&uacute;s mismo hace mirar alrededor a la mujer con su pregunta: &laquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;n los que te &ldquo;categorizaban&rdquo;?&raquo; (la palabra es importante, ya que habla de eso que tanto rechazamos, como es el que nos cataloguen o nos caricaturicen&#8230;). Una vez que la hace mirar ese espacio libre del juicio ajeno, le dice que &eacute;l tampoco lo invade con sus piedras: &laquo;Yo tampoco te condeno&raquo;. Y ah&iacute; mismo le abre otro espacio libre: &laquo;En adelante no peques m&aacute;s&raquo;. El mandamiento se da para adelante, para ayudar a andar, para &laquo;caminar en el amor&raquo;. Esta es la delicadeza de la misericordia que mira con piedad lo pasado y da &aacute;nimo para el futuro. Este &laquo;no peques m&aacute;s&raquo; no es algo obvio. El Se&ntilde;or lo dice &laquo;junto con ella&raquo;, le ayuda a poner en palabras lo que ella misma siente, ese &laquo;no&raquo; libre al pecado, que es como el &laquo;s&iacute;&raquo; de Mar&iacute;a a la gracia. El &laquo;no&raquo; va dicho en relaci&oacute;n a la ra&iacute;z del pecado de cada uno. En la mujer se trataba de un pecado social, de alguien a la que se le acercaba la gente o para estar con ella o para apedrearla. Por eso, el Se&ntilde;or no s&oacute;lo le despeja el camino, sino que la pone a caminar, para que deje de ser &laquo;objeto&raquo; de la mirada ajena, para que sea protagonista. El no pecar no se refiere s&oacute;lo al aspecto moral, creo yo, sino a un tipo de pecado que no la deja hacer su vida. Tambi&eacute;n le dice al paral&iacute;tico de la piscina de Betesda: &laquo;No peques m&aacute;s&raquo; (Jn 5,14). Pero a este &mdash;que se justificaba con las cosas tristes que &laquo;le suced&iacute;an&raquo;, que ten&iacute;a una psicolog&iacute;a de v&iacute;ctima&mdash; lo pincha un poco con eso de que &laquo;no sea que te suceda algo peor&raquo;. Aprovecha el Se&ntilde;or su manera de pensar, aquello que teme, para sacarlo de su par&aacute;lisis. Lo persuade con el susto, digamos. As&iacute;, cada uno tenemos que escuchar este &laquo;no peques m&aacute;s&raquo; de manera honda, personal&raquo;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEsta imagen del Se&ntilde;or que pone a caminar a la gente, es muy suya. &Eacute;l es el Dios que se pone a caminar con su pueblo, que lleva adelante y acompa&ntilde;a nuestra historia. Por eso el objeto al que se dirige, la misericordia, es muy preciso, es hacia aquello que hace que un hombre o una mujer no caminen en su lugar con los suyos, a su ritmo, hacia donde Dios lo invita a andar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLa pena, lo que conmueve, es que uno se pierda o se quede atr&aacute;s, o se pase de vivo, que est&eacute; desubicado, digamos, o no est&eacute; a mano para el Se&ntilde;or, disponible para lo que &Eacute;l quiera mandar, que uno no camine humildemente en presencia del Se&ntilde;or, que no camine en la caridad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tAhora pasamos al espacio del confesionario, donde la verdad nos hace libres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tEl Catecismo de la Iglesia Cat&oacute;lica nos hace ver el confesionario como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un encuentro: &laquo;Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que es-pera al hijo pr&oacute;digo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepci&oacute;n de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador&raquo; (n. 1465). Y nos recuerda que &laquo;el confesor no es due&ntilde;o, sino el servidor del perd&oacute;n de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intenci&oacute;n y a la caridad de Cristo&raquo; (n. 1466).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tSigno e instrumento de un encuentro. Eso somos. Atracci&oacute;n eficaz para un encuentro. Signo quiere decir que debemos atraer, como cuando uno hace se&ntilde;ales para llamar la atenci&oacute;n. Un signo debe ser coherente y claro, pero sobre todo comprensible. Porque hay signos que son claros s&oacute;lo para los especialistas. Signo e instrumento. El instrumento se juega la vida en su eficacia, en estar a mano e incidir en la realidad de manera precisa, adecuada. Somos instrumento si de verdad la gente se encuentra con el Dios misericordioso. A nosotros nos toca &laquo;hacer que se encuentren&raquo;, que queden frente a frente. Lo que despu&eacute;s hagan ellos es cosa suya. Hay un hijo pr&oacute;digo en el chiquero y un padre que sube todas las tardes a la terraza a ver si viene; hay una oveja perdida y un pastor que ha salido a buscarla; hay un herido tirado al borde del camino y un samaritano que tiene buen coraz&oacute;n. &iquest;Cu&aacute;l es, pues, nuestro ministerio? Ser signo e instrumento de que estos se encuentren. Tengamos claro que nosotros no somos ni el padre, ni el pastor, ni el samaritano. M&aacute;s bien estamos del lado de los otros tres, en cuanto pecadores. Nuestro ministerio tiene que ser signo e instrumento de ese encuentro. Por eso, nos situamos en el &aacute;mbito del misterio del Espiritu Santo, que es el que crea la Iglesia, el que hace la unidad, el que reaviva una y otra vez el encuentro.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLa otra cosa propia de un signo y de un instrumento es su no autorreferencialidad, por decirlo en dif&iacute;cil. Nadie se queda en el signo una vez que comprendi&oacute; la cosa; nadie se queda mirando el destornillador ni el martillo, sino que mira el cuadro que qued&oacute; bien fijado. Siervos in&uacute;tiles somos. Esto es, instrumento y signo que fueron muy &uacute;tiles para otros dos que se fundieron en un abrazo, como el padre con su hijo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLa tercera caracter&iacute;stica propia del signo y del instrumento es su disponibilidad. Que el instrumento est&eacute; a la mano, que el signo sea visible. La esencia del signo y del instrumento es ser mediadores. Quiz&aacute;s aqu&iacute; est&aacute; la clave de nuestra misi&oacute;n en este encuentro de la misericordia de Dios con el hombre. Es m&aacute;s claro probablemente usar un t&eacute;rmino negativo. San Ignacio hablaba de &laquo;no ser impedimento&raquo;. Un buen mediador es el que facilita las cosas y no pone impedimentos. En mi tierra hab&iacute;a un gran confesor, el padre Cullen, que se sentaba en el confesionario y hac&iacute;a dos cosas: una era arreglar pelotas de cuero para los chicos que jugaban al f&uacute;tbol, la otra era leer un gran diccionario chino. &Eacute;l dec&iacute;a que, cuando la gente lo ve&iacute;a en actividades tan in&uacute;tiles, como arreglar pelotas viejas, y tan a largo plazo, como leer un diccionario chino, pensaba: &laquo;Voy a acercarme a charlar un poco con este cura, ya que se ve que no tiene nada que hacer&raquo;. Estaba disponible para lo esencial. Quitaba el impedimento de andar siempre con cara de muy ocupado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tTodos nosotros hemos conocido buenos confesores. Hay que aprender de nuestros buenos confesores, de aquellos a los que la gente se les acerca, los que no la espantan y saben hablar hasta que el otro cuenta lo que le pasa, como Jes&uacute;s con Nicodemo. Si uno se acerca al confesionario es porque est&aacute; arrepentido, ya hay arrepentimiento. Y si se acerca es porque tiene deseo de cambiar. O al menos deseo de deseo, si la situaci&oacute;n le parece imposible (ad impossibilia nemo tenetur, como dice el brocardo, nadie est&aacute; obligado a hacer lo imposible).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tHay que aprender de los buenos confesores, los que tienen delicadeza con los pecadores y les basta media palabra para comprender todo, como Jes&uacute;s con la hemorro&iacute;sa, y ah&iacute; precisamente les sale la fuerza del perd&oacute;n. La integridad de la confesi&oacute;n no es cuesti&oacute;n de matem&aacute;ticas. A veces la verg&uuml;enza se cierra m&aacute;s ante el n&uacute;mero que ante el nombre del pecado mismo. Pero para esto hay que dejarse conmover ante la situaci&oacute;n de la gente, que a veces es una mezcla de cosas, de enfermedad, de pecado y de condicionamientos imposibles de superar, como Jes&uacute;s, que se conmov&iacute;a al ver a la gente, lo sent&iacute;a en las entra&ntilde;as, en las tripas y por eso curaba y curaba, aunque el otro &laquo;no lo pidiera bien&raquo;, como aquel leproso, o diera vueltas como la Samaritana, que era como el tero: chillaba en un lado pero ten&iacute;a el nido en otro.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tHay que aprender de los confesores que saben hacer que el penitente sienta la correcci&oacute;n dando un pasito adelante, como Jes&uacute;s, que daba una penitencia que bastaba, y sab&iacute;a valorar al que volv&iacute;a a dar gracias, al que daba para m&aacute;s. Jes&uacute;s hac&iacute;a tomar la camilla al paral&iacute;tico, o se hac&iacute;a rogar un poco por los ciegos o por la mujer sirofenicia. No le importaba si despu&eacute;s no le hac&iacute;an caso, como el paral&iacute;tico de Betesda, o si contaban cosas que les hab&iacute;a mandado que no contaran y luego parec&iacute;a que el leproso era &eacute;l, porque no pod&iacute;a entrar en los poblados o sus enemigos encontraban motivos para condenarlo. &Eacute;l curaba, perdonaba, daba alivio, descanso, dejaba respirar a la gente un h&aacute;lito del Esp&iacute;ritu consolador.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tConoc&iacute; en Buenos Aires a un fraile capuchino &mdash;un poco menor que yo&mdash;que es un gran confesor. Siempre tiene delante del confesionario una fila, mucha gente; s&iacute;, m&aacute;s y m&aacute;s gente, todo el d&iacute;a confesando. Y &eacute;l es un gran perdonador. Y perdona, pero, a veces, le agarran escr&uacute;pulos de haber perdonado mucho. Y entonces, una vez, charlando, me dijo: &laquo;A veces, tengo esos escr&uacute;pulos&raquo;. Y yo le pregunt&eacute;: &laquo;&iquest;Y qu&eacute; hac&eacute;s cuando ten&eacute;s esos escr&uacute;pulos?&raquo;. &laquo;Voy delante del sagrario, lo miro al Se&ntilde;or, y le digo: &ldquo;Se&ntilde;or, perdoname, hoy he perdonado mucho. Pero que quede claro, &iquest;eh?, que la culpa la ten&eacute;s vos porque me diste el mal ejemplo&rdquo;&raquo;. La misericordia la mejoraba con m&aacute;s misericordia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tPor &uacute;ltimo, en esto de la confesi&oacute;n, dos consejos: Uno, no tengan nunca la mirada del funcionario, del que s&oacute;lo ve &laquo;casos&raquo; y se los quita de encima. La misericordia nos libra de ser un cura juezfuncionario, digamos, que de tanto juzgar &laquo;casos&raquo; pierde la sensibilidad para las personas, para los rostros. La regla de Jes&uacute;s es &laquo;juzgar como queremos ser juzgados&raquo;. En esa medida intima que uno tiene para juzgar si lo trataron con dignidad, si lo ningunearon o lo maltrataron, si lo ayudaron a ponerse en pie&#8230; &mdash;fij&eacute;monos en que el Se&ntilde;or conf&iacute;a en esa medida que es tan subjetivamente personal&mdash; est&aacute; la clave para juzgar a los dem&aacute;s. No tanto porque esa medida sea &laquo;la mejor&raquo;, sino porque es sincera y, a partir de ella, se puede construir una buena relaci&oacute;n. El otro consejo: No sean curiosos en el confesionario. Cuenta santa Teresita que, cuando recib&iacute;a las confidencias de sus novicias, se cuidaba muy bien de preguntar c&oacute;mo hab&iacute;a seguido la cosa. No curioseaba el alma de la gente (cf. Historia de un alma, manuscrito C. A la madre Gonzaga, c. XI 32 r). Es propio de la misericordia &laquo;cubrir con su manto&raquo; el pecado para no herir la dignidad. Como los dos hijos de No&eacute;, que cubrieron con el manto la desnudez de su padre, que se hab&iacute;a emborrachado (cf. Gn 9,23).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tDimensi&oacute;n social de las obras de misericordia<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tAl final de los Ejercicios, san Ignacio pone la &laquo;contemplaci&oacute;n para alcanzar amor&raquo;, que conecta lo vivido en la oraci&oacute;n con la vida cotidiana. Y nos hace reflexionar acerca de c&oacute;mo el amor hay que ponerlo m&aacute;s en las obras que en las palabras. Esas obras son las obras de misericordia, las que el Padre &laquo;prepar&oacute; de antemano para que las practic&aacute;ramos&raquo; (Ef 2,10), las que el Esp&iacute;ritu inspira a cada uno para el bien com&uacute;n (cf. 1 Co 12, 7). A la vez que agradecemos al Se&ntilde;or por tantos beneficios recibidos de su bondad, pedimos la gracia de llevar a todos los hombres esa misericordia que nos ha salvado a nosotros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLes propongo meditar con alguno de los p&aacute;rrafos finales de los Evangelios. All&iacute;, el Se&ntilde;or mismo establece esa conexi&oacute;n entre lo recibido y lo que debemos dar. Podemos leer estos finales en clave de &laquo;obras de misericordia&raquo;, que ponen en acto el tiempo de la Iglesia en el que Jes&uacute;s resucitado vive, acompa&ntilde;a, env&iacute;a y atrae nuestra libertad, que encuentra en &eacute;l su realizaci&oacute;n concreta y renovada cada d&iacute;a.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tMateo nos dice que el Se&ntilde;or env&iacute;a a los ap&oacute;stoles y les dice: &laquo;Ense&ntilde;en a guardar todo lo que yo les he mandado&raquo; (28,20). Este &laquo;ense&ntilde;ar al que no sabe&raquo; es en s&iacute; mismo una de las obras de misericordia. Y se multiplica como la luz en las dem&aacute;s obras: en las de Mateo 25, que tienen que ver m&aacute;s con las obras as&iacute; llamadas corporales, y en todos los mandamientos y consejos evang&eacute;licos, de &laquo;perdonar&raquo;, &laquo;corregir fraternalmente&raquo;, consolar a los tristes, soportar las persecuciones&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tMarcos termina con la imagen del Se&ntilde;or que &laquo;colabora&raquo; con los ap&oacute;stoles y &laquo;confirma la Palabra con las se&ntilde;ales que la acompa&ntilde;an&raquo; (cf. 16,20). Esas &laquo;se&ntilde;ales&raquo; tienen la caracter&iacute;stica de las obras de misericordia. Marcos habla, entre otras cosas, de sanar a los enfermos y expulsar a los malos esp&iacute;ritus (cf. 16,17-18).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLucas contin&uacute;a su Evangelio con el libro de los &laquo;Hechos&raquo; &mdash;praxeis&mdash; de los ap&oacute;stoles, narrando su modo de proceder y las obras que hacen, guiados por el Esp&iacute;ritu.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tJuan termina hablando de las &laquo;otras muchas cosas&raquo; (21,25) o &laquo;se&ntilde;ales&raquo; (20,30) que hizo Jes&uacute;s. Los hechos del Se&ntilde;or, sus obras, no son meros hechos sino que son signos en los que, de manera personal y &uacute;nica en cada uno, se muestra su amor y su misericordia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tPodemos contemplar al Se&ntilde;or que nos env&iacute;a a este trabajo con la imagen de Jes&uacute;s misericordioso, tal como se le revel&oacute; a sor Faustina. En esa imagen podemos ver la Misericordia como una &uacute;nica luz que viene de la interioridad de Dios y que, al pasar por el coraz&oacute;n de Cristo, sale diversificada, con un color propio para cada obra de misericordia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tLas obras de misericordia son infinitas, cada una con su sello personal, con la historia de cada rostro. No son solamente las siete corporales y las siete espirituales en general. O m&aacute;s bien, estas, as&iacute; numeradas, son como las materias primas &mdash;las de la vida misma&mdash; que, cuando las manos de la misericordia las tocan y las moldean, se convierten cada una de ellas en una obra artesanal. Una obra que se multiplica como el pan en las canastas, que crece desmesuradamente como la semilla de mostaza. Porque la misericordia es fecunda e inclusiva. Es verdad que solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospeder&iacute;as para los que est&aacute;n en situaci&oacute;n de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la direcci&oacute;n espiritual para el que necesita consejo y perd&oacute;n&#8230; Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad. Nuestra vida misma en cuanto &laquo;carne&raquo; es hambrienta y sedienta, necesitada de vestido, casa y visitas, as&iacute; como de un entierro digno, cosa que nadie puede darse a s&iacute; mismo. Hasta el m&aacute;s rico, al morir, queda hecho una miseria y nadie lleva detr&aacute;s, en su cortejo, el cami&oacute;n de la mudanza. Nuestra vida misma, en cuanto &laquo;esp&iacute;ritu&raquo;, tiene necesidad de ser educada, corregida y alentada (consolada). Necesitamos que otros nos aconsejen, nos perdonen, nos aguanten y recen por nosotros. La familia es la que practica estas obras de misericordia de manera tan ajustada y desinteresada que no se nota, pero basta que en una familia con ni&ntilde;os peque&ntilde;os falte la mam&aacute; para que todo se quede en la miseria. La miseria m&aacute;s absoluta y crudel&iacute;sima es la de un ni&ntilde;o en la calle, sin pap&aacute;s, a merced de los buitres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tHemos pedido la gracia de ser signo e instrumento, ahora se trata de &laquo;actuar&raquo;, y no s&oacute;lo de tener gestos sino de hacer obras, de institucionalizar, de crear una cultura de la misericordia. Puestos a obrar, sentimos inmediatamente que es el Esp&iacute;ritu el que moviliza y lleva adelante estas obras. Y lo hace utilizando los signos e instrumentos que desea, aunque a veces no sean los m&aacute;s aptos en s&iacute; mismos. Es m&aacute;s, se dir&iacute;a que para ejercitar las obras de misericordia el Esp&iacute;ritu elige m&aacute;s bien los instrumentos m&aacute;s pobres, los m&aacute;s humildes e insignificantes, los m&aacute;s necesitados ellos mismos de ese primer rayo de la misericordia divina. Estos son los que mejor se dejan formar y capacitar para realizar un servicio de verdadera eficacia y calidad. La alegr&iacute;a de sentirse &laquo;siervos in&uacute;tiles&raquo;, a los que el Se&ntilde;or bendice con la fecundidad de su gracia, y que &eacute;l mismo en persona sienta a su mesa y les ofrece la Eucarist&iacute;a, es una confirmaci&oacute;n de estar trabajando en sus obras de misericordia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tA nuestro pueblo fiel le gusta unirse en torno a las obras de misericordia. Tanto en las celebraciones &mdash;penitenciales y festivas&mdash; como en la acci&oacute;n solidaria y formativa, nuestro pueblo se deja juntar y pastorear de una manera que no todos advierten ni valoran, aunque fracasen tantos otros planes pastorales centrados en din&aacute;micas m&aacute;s abstractas. La presencia masiva de nuestro pueblo fiel en nuestros santuarios y peregrinaciones, presencia an&oacute;nima, pero an&oacute;nima por exceso de rostros y por el deseo de hacerse ver s&oacute;lo por Aquel y Aquella que los miran con misericordia, as&iacute; como por la colaboraci&oacute;n tambi&eacute;n numerosa que, sosteniendo con su trabajo tanta obra solidaria, debe ser motivo de atenci&oacute;n, de valoraci&oacute;n y de promoci&oacute;n por nuestra parte.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tComo sacerdotes, pedimos dos gracias al Buen Pastor, la de saber dejamos guiar por el sensus fidei de nuestro pueblo fiel, y tambi&eacute;n por su &laquo;sentido del pobre&raquo;. Ambos &laquo;sentidos&raquo; tienen que ver con su &laquo;sensus Christi&raquo;, con el amor y la fe que nuestro pueblo tiene por Jes&uacute;s.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">\n\tTerminamos rezando el Alma de Cristo, que es una hermosa oraci&oacute;n para pedir misericordia al Se&ntilde;or venido en carne, que nos misericordea con su mismo Cuerpo y Alma. Le pedimos que nos misericordee junto con su pueblo: a su alma, le pedimos &laquo;santif&iacute;canos&raquo;, a su cuerpo, le suplicamos &laquo;s&aacute;lvanos&raquo;, a su sangre, le rogamos &laquo;embri&aacute;ganos&raquo;, qu&iacute;tanos toda otra sed que no sea de ti, al agua de su costado, le pedimos &laquo;l&aacute;vanos&raquo;; a su pasi&oacute;n le rogamos &laquo;conf&oacute;rtanos&raquo;, consuela a tu pueblo, Se&ntilde;or crucificado; en sus llagas suplicamos &laquo;hosp&eacute;danos&raquo;&#8230; No permitas que tu pueblo, Se&ntilde;or, se aparte de ti. Que nada ni nadie nos separe de tu misericordia, que nos defiende de las insidias del enemigo maligno. As&iacute; podremos cantar las misericordias del Se&ntilde;or junto con todos tus santos cuando nos mandes ir a ti.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VATICANO, 02 Jun. 16 (ACI).- Este jueves el Papa Francisco dirigi&oacute; el retiro para los sacerdotes que participan en el Jubileo de los sacerdotes en Roma (Italia), cuyas predicaciones fueron seguidas en vivo a trav&eacute;s de la televisi&oacute;n e internet. La tercera meditaci&oacute;n tuvo lugar en la bas&iacute;lica de San Pablo Extramuros con el t&iacute;tulo &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/texto-completo-tercera-meditacion-del-papa-francisco-en-jubileo-de-sacerdotes\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abTEXTO COMPLETO: Tercera meditaci\u00f3n del Papa Francisco en Jubileo de sacerdotes\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-4102","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4102","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=4102"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/4102\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=4102"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=4102"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=4102"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}