{"id":729,"date":"2015-12-18T18:22:03","date_gmt":"2015-12-18T23:22:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/la-verdad-a-fuego-lento\/"},"modified":"2015-12-18T18:22:03","modified_gmt":"2015-12-18T23:22:03","slug":"la-verdad-a-fuego-lento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/la-verdad-a-fuego-lento\/","title":{"rendered":"La verdad, a fuego lento"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify\">Ahora que el lenguaje p\u00fablico se ha llenado de l\u00e1grimas y que el pueblo reclama m\u00e1s emociones que ideas, debo confesar que, a pesar de que tanta intensidad me abruma, el otro d\u00eda llor\u00e9 en el cine. No es raro llorar en el cine. Deber\u00eda atreverse una m\u00e1s a menudo, por mucho que llorar rodeada de extra\u00f1os produzca incomodidad. Lo sorprendente es que esas l\u00e1grimas (que contuve) no brotaron por una historia rom\u00e1ntica ni \u00e9pica sino por un argumento seco, narrado sin preciosismo, en donde los protagonistas no son h\u00e9roes, y el director, Tom McCarthy, no trata de amplificar su haza\u00f1a. Hablo de <em>Spotlight<\/em>, una historia que llegar\u00e1 a Espa\u00f1a en enero y que fascinar\u00e1 a cualquier persona interesada en esa b\u00fasqueda de la verdad que deber\u00eda inspirar el oficio del periodismo. <em>Spotlight<\/em>, m\u00e1s que basada en hechos reales, como suele decirse, es la reproducci\u00f3n sin adornos de una investigaci\u00f3n, carente del romanticismo mentiroso con el que se suele adornar las pel\u00edculas de periodistas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Spotlight era y es un equipo de investigaci\u00f3n compuesto por cinco reporteros del peri\u00f3dico <em>The Boston Globe<\/em> que en 2001 destap\u00f3 los casos masivos de pederastia en el seno de la iglesia cat\u00f3lica de Massachusetts. Fue un nuevo director, Marty Baron, que ven\u00eda del <em>Miami Herald<\/em>, el que conmin\u00f3 al equipo a seguir la pista de un caso de abuso aparecido tiempo atr\u00e1s y que se hab\u00eda narrado como algo anecd\u00f3tico. El director pregunt\u00f3 a sus subordinados: \u00ab\u00bfEstamos seguros de que este ha sido el \u00fanico sacerdote que abus\u00f3 de un ni\u00f1o en la di\u00f3cesis de nuestra ciudad?\u00bb. Dicho esto, los cinco se pusieron a la tarea.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">La pel\u00edcula narra lo tozudo que ha de ser el periodismo, la paciencia necesaria para cotejar datos, las puertas a las que hay que llamar y la discreci\u00f3n que exige llegar a la verdad, para no lanzarse a publicar fr\u00edvolamente y esperar con paciencia a tener la presa entera en la boca a fin de no ofrecer al lector lo que en una fase temprana pueden ser s\u00f3lo suposiciones. La pel\u00edcula trata tambi\u00e9n del valor de la prensa local, por las ventajas que ofrece la cercan\u00eda con los vecinos, pero tambi\u00e9n su vulnerabilidad ante las presiones constantes del poder pol\u00edtico y econ\u00f3mico.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">La ciudad de Boston es, en este caso, el paisaje de la ignominia. De mayor\u00eda cat\u00f3lica, la capital de Massachusetts defiende rocosamente su exquisito conservadurismo; la ciudad distinguida, satisfecha de su heroicidad como Vetusta, se niega a que unos reporteros de poco relumbr\u00f3n, carentes de la excitaci\u00f3n vital que se le supone al oficio, pero concienzudos, desvelen que algo podrido se ha cocido en las iglesias a fuego muy lento. Los periodistas constatan, con estupor, que todos lo sab\u00edan, la justicia y algunos directivos de la prensa local, pero nadie quiso enfrentarse a la Iglesia y a unos fieles que prefer\u00edan cerrar los ojos y no saber lo que ocurr\u00eda en la trastienda de la casa del Se\u00f1or que cada domingo acog\u00eda sus rezos. Cuando los reporteros, gracias al testimonio de las v\u00edctimas, al de un sacerdote marginado del poder eclesi\u00e1stico y a un abogado valiente, tienen la historia a punto de tomar forma, una tragedia sacude el mundo y cuestiona la oportunidad del reportaje: el atentado contra las torres gemelas. \u00bfEs el momento, se preguntan los due\u00f1os del peri\u00f3dico, de poner en tela de juicio nuestras creencias?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">Por fortuna, el empecinado director no se amedrent\u00f3 y permiti\u00f3 a los reporteros, ya enfebrecidos con sus hallazgos, la posibilidad de escribir una gran historia. Entiendo la necesidad que sent\u00edan de hacer visible la verdad, el sentido del deber. Al final de la pel\u00edcula, una informaci\u00f3n escrita sobre negro da cuenta del efecto que tuvo el reportaje: cientos de v\u00edctimas se animaron a llamar al peri\u00f3dico para contar su experiencia y un buen n\u00famero de archidi\u00f3cesis de todo el mundo se vieron salpicadas por casos de pederastia. Provoca, la sequedad con que est\u00e1 contada la historia, un profundo sentimiento de melancol\u00eda, de ah\u00ed el nudo en la garganta: por aquel tiempo en que no todo era opini\u00f3n, en que la prensa local era rentable, en que el periodismo no estaba prisionero del espect\u00e1culo y lo amarillo no hab\u00eda ensuciado el trabajo de quienes no buscaban hacerse famosos sino entregarse a diario al oficio. Las redes sociales no hab\u00edan irrumpido con la peligrosa idea de que cualquiera puede ser periodista y de que cualquier afirmaci\u00f3n atropellada es cierta. Catorce a\u00f1os atr\u00e1s hab\u00eda cosas que se hac\u00edan despacio y, aunque el periodismo siempre ha respondido al mandamiento de la inmediatez, hay historias que exigen la lentitud de la filigrana. Suelen ser las que mueven los cimientos de un sistema. Y a pesar de que vivimos inmersos en una continua celebraci\u00f3n del presente, se me permitir\u00e1 que a\u00f1ore algunas buenas costumbres de un tiempo perdido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\">(Los actores, Michael Keaton, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, Liev Schreiber y Stanley Tucci parecen personas tan verdaderas que su oficio, como el del periodismo, provoca una admiraci\u00f3n rendida. A sus pies)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify\"><em>Fuente: <strong>www.elpais.com<\/strong><\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ahora que el lenguaje p\u00fablico se ha llenado de l\u00e1grimas y que el pueblo reclama m\u00e1s emociones que ideas, debo confesar que, a pesar de que tanta intensidad me abruma, el otro d\u00eda llor\u00e9 en el cine. No es raro llorar en el cine. 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