{"id":8588,"date":"2016-11-06T06:40:03","date_gmt":"2016-11-06T11:40:03","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/papa-la-resurreccion-es-el-fundamento-de-la-fe-cristiana\/"},"modified":"2016-11-06T06:40:03","modified_gmt":"2016-11-06T11:40:03","slug":"papa-la-resurreccion-es-el-fundamento-de-la-fe-cristiana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/papa-la-resurreccion-es-el-fundamento-de-la-fe-cristiana\/","title":{"rendered":"Papa: \u00a1La resurrecci\u00f3n es el fundamento de la fe cristiana!"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2016\/11\/06\/AFP5957826_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_8797126\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00556227.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>(RV).- El Papa Francisco celebr&oacute; la Santa Misa durante el Jubileo de los Reclusos, el primer domingo de noviembre en la Bas&iacute;lica Vaticana, en la que participaron m&aacute;s de mil fieles entre detenidos, familiares, personal penitenciario y voluntarios del sector carcelario. El Santo Padre en una larga y emotiva homil&iacute;a incidi&oacute; en diferentes t&eacute;rminos como la condena, la libertad, el perd&oacute;n, la esperanza, la fe, la rehabilitaci&oacute;n, el arrepentimiento y por su puesto la <strong>misericordia<\/strong>. &ldquo;Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el &laquo;respiro&raquo; de la <strong>esperanza<\/strong>, que no puede sofocarlo nada ni nadie. Nuestro coraz&oacute;n siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jam&aacute;s&rdquo;, asegur&oacute; el Obispo de Roma citando a san Agust&iacute;n.<\/p>\n<p>Francisco advirti&oacute; que<strong> &ldquo;todos somos pecadores&rdquo;<\/strong> y muchas veces, &ldquo;prisioneros sin darnos cuenta&rdquo;, sobre todo cuando permanecemos encerrados en prejuicios, en falsos bienestares o en esquemas ideol&oacute;gicos, &ldquo;en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad&rdquo;.<\/p>\n<p>Y hablando de la importancia de la<strong> fe<\/strong> y de c&oacute;mo &ldquo;es capaz de mover monta&ntilde;as&rdquo;, record&oacute; que &ldquo;s&oacute;lo la fuerza de Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas&rdquo; y que cuando se responde a la violencia con el perd&oacute;n, &ldquo;all&iacute; tambi&eacute;n el amor que derrota toda forma de mal puede conquistar el coraz&oacute;n de quien se ha equivocado&rdquo;. De esta forma &#8211; entre las v&iacute;ctimas y entre los culpables- &ldquo;Dios suscita aut&eacute;nticos testimonios y obreros de la misericordia&rdquo;.<\/p>\n<p>(MZ-RV)<\/p>\n<p><strong>Texto completo de la homil&iacute;a del Papa:&nbsp;<\/strong><\/p>\n<p>El mensaje que la Palabra de Dios quiere comunicarnos hoy es ciertamente de esperanza.<\/p>\n<p>Uno de los siete hermanos condenados a muerte por el rey Ant&iacute;oco Ep&iacute;fanes dice: &laquo;Dios mismo nos resucitar&aacute;&raquo; (2M 7,14). Estas palabras manifiestan la fe de aquellos m&aacute;rtires que, no obstante los sufrimientos y las torturas, tienen la fuerza para mirar m&aacute;s all&aacute;. Una fe que, mientras reconoce en Dios la fuente de la esperanza, muestra el deseo de alcanzar una vida nueva.<\/p>\n<p>Del mismo modo, en el Evangelio, hemos escuchado c&oacute;mo Jes&uacute;s con una respuesta simple pero perfecta elimina toda la casu&iacute;stica banal que los saduceos le hab&iacute;an presentado. Su expresi&oacute;n: &laquo;No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para &eacute;l todos est&aacute;n vivos&raquo; (Lc 20,38), revela el verdadero rostro del Padre, que desea s&oacute;lo la vida de todos sus hijos. La esperanza de renacer a una vida nueva, por tanto, es lo que estamos llamados a asumir para ser fieles a la ense&ntilde;anza de Jes&uacute;s.<\/p>\n<p>La esperanza es don de Dios. Est&aacute; ubicada en lo m&aacute;s profundo del coraz&oacute;n de cada persona para que pueda iluminar con su luz el presente, muchas veces turbado y ofuscado por tantas situaciones que conllevan tristeza y dolor. Tenemos necesidad de fortalecer cada vez m&aacute;s las ra&iacute;ces de nuestra esperanza, para que puedan dar fruto. En primer lugar, la certeza de la presencia y de la compasi&oacute;n de Dios, no obstante el mal que hemos cometido. No existe lugar en nuestro coraz&oacute;n que no pueda ser alcanzado por el amor de Dios. Donde hay una persona que se ha equivocado, all&iacute; se hace presente con m&aacute;s fuerza la misericordia del Padre, para suscitar arrepentimiento, perd&oacute;n, reconciliaci&oacute;n.<\/p>\n<p>Hoy celebramos el Jubileo de la Misericordia para vosotros y con vosotros, hermanos y hermanas reclusos. Y es con esta expresi&oacute;n de amor de Dios, la misericordia, que sentimos la necesidad de confrontarnos. Ciertamente, la falta de respeto por la ley conlleva la condena, y la privaci&oacute;n de libertad es la forma m&aacute;s dura de descontar una pena, porque toca la persona en su n&uacute;cleo m&aacute;s &iacute;ntimo. Y todav&iacute;a as&iacute;, la esperanza no puede perderse. Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el &laquo;respiro&raquo; de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni nadie. Nuestro coraz&oacute;n siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jam&aacute;s (cf. san Agust&iacute;n, Sermo 254,1).<\/p>\n<p>En la carta a los Romanos, el ap&oacute;stol Pablo habla de Dios como del &laquo;Dios de la esperanza&raquo; (Rm 15,13). Es como si nos quisiera decir que tambi&eacute;n Dios espera; y por parad&oacute;jico que pueda parecer, es as&iacute;: Dios espera. Su misericordia no lo deja tranquilo. Es como el Padre de la par&aacute;bola, que espera siempre el regreso del hijo que se ha equivocado (cf. Lc 15,11-32). No existe tregua ni reposo para Dios hasta que no ha encontrado la oveja descarriada (cf. Lc 15,5). Por tanto, si Dios espera, entonces la esperanza no se le puede quitar a nadie, porque es la fuerza para seguir adelante; la tensi&oacute;n hacia el futuro para transformar la vida; el est&iacute;mulo para el ma&ntilde;ana, de modo que el amor con el que, a pesar de todo, nos ama, pueda ser un nuevo camino&hellip; En definitiva, la esperanza es la prueba interior de la fuerza de la misericordia de Dios, que nos pide mirar hacia adelante y vencer la atracci&oacute;n hacia el mal y el pecado con la fe y la confianza en &eacute;l.<\/p>\n<p>Queridos reclusos, es el d&iacute;a de vuestro Jubileo. Que hoy, ante el Se&ntilde;or, vuestra esperanza se encienda. El Jubileo, por su misma naturaleza, lleva consigo el anuncio de la liberaci&oacute;n (cf. Lv 25,39-46). No depende de m&iacute; poderla conceder, pero suscitar el deseo de la verdadera libertad en cada uno de vosotros es una tarea a la que la Iglesia no puede renunciar. A veces, una cierta hipocres&iacute;a lleva a ver s&oacute;lo en vosotros personas que se han equivocado, para las que el &uacute;nico camino es la c&aacute;rcel. No se piensa en la posibilidad de cambiar de vida, hay poca confianza en la rehabilitaci&oacute;n. Pero de este modo se olvida que todos somos pecadores y, muchas veces, somos prisioneros sin darnos cuenta. Cuando se permanece encerrados en los propios prejuicios, o se es esclavo de los &iacute;dolos de un falso bienestar, cuando uno se mueve dentro de esquemas ideol&oacute;gicos o absolutiza leyes de mercado que aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad. Y se&ntilde;alar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones.<\/p>\n<p>Sabemos que ante Dios nadie puede considerarse justo (cf. Rm 2,1-11). Pero nadie puede vivir sin la certeza de encontrar el perd&oacute;n. El ladr&oacute;n arrepentido, crucificado junto a Jes&uacute;s, lo ha acompa&ntilde;ado en el para&iacute;so (cf. Lc 23,43). Ninguno de vosotros, por tanto, se encierre en el pasado. La historia pasada, aunque lo quisi&eacute;ramos, no puede ser escrita de nuevo. Pero la historia que inicia hoy, y que mira al futuro, est&aacute; todav&iacute;a sin escribir, con la gracia de Dios y con vuestra responsabilidad personal. Aprendiendo de los errores del pasado, se puede abrir un nuevo cap&iacute;tulo de la vida. No caigamos en la tentaci&oacute;n de pensar que no podemos ser perdonados. Ante cualquier cosa, peque&ntilde;a o grande, que nos reproche el coraz&oacute;n, s&oacute;lo debemos poner nuestra confianza en su misericordia, pues &laquo;Dios es mayor que nuestro coraz&oacute;n&raquo; (1Jn 3,20).<\/p>\n<p>La fe, incluso si es peque&ntilde;a como un grano de mostaza, es capaz de mover monta&ntilde;as (cf. Mt 17,20). Cuantas veces la fuerza de la fe ha permitido pronunciar la palabra perd&oacute;n en condiciones humanamente imposibles. Personas que han padecido violencias y abusos en s&iacute; mismas o en sus seres queridos o en sus bienes. S&oacute;lo la fuerza de Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas. Y donde se responde a la violencia con el perd&oacute;n, all&iacute; tambi&eacute;n el amor que derrota toda forma de mal puede conquistar el coraz&oacute;n de quien se ha equivocado. Y as&iacute;, entre las v&iacute;ctimas y entre los culpables, Dios suscita aut&eacute;nticos testimonios y obreros de la misericordia.<\/p>\n<p>Hoy veneramos a la Virgen Mar&iacute;a en esta imagen que la representa como una Madre que tiene en sus brazos a Jes&uacute;s con una cadena rota, las cadenas de la esclavitud y de la prisi&oacute;n. Que ella dirija a cada uno de vosotros su mirada materna, haga surgir de vuestro coraz&oacute;n la fuerza de la esperanza para vivir una vida nueva y digna en plena libertad y en el servicio del pr&oacute;jimo.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- El Papa Francisco celebr&oacute; la Santa Misa durante el Jubileo de los Reclusos, el primer domingo de noviembre en la Bas&iacute;lica Vaticana, en la que participaron m&aacute;s de mil fieles entre detenidos, familiares, personal penitenciario y voluntarios del sector carcelario. 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