{"id":9111,"date":"2016-11-21T04:40:04","date_gmt":"2016-11-21T09:40:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/previsiones-de-la-semana-del-22-al-28-de-noviembre\/"},"modified":"2016-11-21T04:40:04","modified_gmt":"2016-11-21T09:40:04","slug":"previsiones-de-la-semana-del-22-al-28-de-noviembre","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/previsiones-de-la-semana-del-22-al-28-de-noviembre\/","title":{"rendered":"Previsiones de la semana del 22 al 28 de noviembre"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2016\/11\/20\/AP3752577_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p>(RV).- &nbsp;La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el a&ntilde;o lit&uacute;rgico y este A&ntilde;o santo de la misericordia, como record&oacute; el Papa Francisco la ma&ntilde;ana del domingo 20 de noviembre en la Plaza de San Pedro durante su homil&iacute;a en la conclusi&oacute;n del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Ante m&aacute;s de &nbsp;70 mil fieles y peregrinos el Obispo de Roma observ&oacute; que ser&iacute;a poco creer que Jes&uacute;s es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Se&ntilde;or de nuestra vida.<\/p>\n<p>Este A&ntilde;o de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. &ldquo;Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera&rdquo;, precis&oacute; el Pont&iacute;fice, invit&aacute;ndonos a pedir la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliaci&oacute;n y del perd&oacute;n, sino de saber ir m&aacute;s all&aacute; del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible v&iacute;a de esperanza. &ldquo;Como Dios cree en nosotros, infinitamente m&aacute;s all&aacute; de nuestros m&eacute;ritos, tambi&eacute;n nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los dem&aacute;s, porque, constat&oacute;, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Coraz&oacute;n de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolaci&oacute;n y la esperanza&rdquo;.<\/p>\n<p>Al final de la Misa el Santo Padre firma su Carta Apost&oacute;lica &quot;Misericordia et misera&quot;, dirigida a toda la Iglesia, &quot;para continuar a vivir la misericordia con la misma intensidad experimentada durante todo el Jubileo extraordinario&quot;. La Carta ser&aacute; publicada el lunes y presentada en la Oficina de Prensa de la Santa Sede.<\/p>\n<p>(RC-RV) &nbsp;<\/p>\n<p><strong>Homil&iacute;a del Santo Padre Francisco<\/strong><\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_8924911\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00558418.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el a&ntilde;o lit&uacute;rgico y este A&ntilde;o santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jes&uacute;s al culmen de su obra de salvaci&oacute;n, y lo hace de una manera sorprendente. &laquo;El Mes&iacute;as de Dios, el Elegido, el Rey&raquo; (Lc 23,35.37) se presenta sin poder y sin gloria: est&aacute; en la cruz, donde parece m&aacute;s un vencido que un vencedor. Su realeza es parad&oacute;jica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una ca&ntilde;a en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la t&uacute;nica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino sus manos est&aacute;n traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.<\/p>\n<p>Verdaderamente el reino de Jes&uacute;s no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aqu&iacute; &mdash;nos dice el Ap&oacute;stol Pablo en la segunda lectura&mdash;, donde encontramos la redenci&oacute;n y el perd&oacute;n (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder seg&uacute;n el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abaj&oacute; hasta nosotros, vivi&oacute; nuestra miseria humana, prob&oacute; nuestra condici&oacute;n m&aacute;s &iacute;nfima: la injusticia, la traici&oacute;n, el abandono; experiment&oacute; la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). S&oacute;lo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.<\/p>\n<p>Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos est&aacute; singular victoria, con la que Jes&uacute;s se ha hecho el Rey de los siglos, el Se&ntilde;or de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasar&aacute; nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegr&iacute;a la belleza de tener a Jes&uacute;s como nuestro rey; su se&ntilde;or&iacute;o de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrecci&oacute;n, el miedo en confianza.<\/p>\n<p>Pero ser&iacute;a poco creer que Jes&uacute;s es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Se&ntilde;or de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Adem&aacute;s de Jes&uacute;s, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jes&uacute;s.<\/p>\n<p>En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que &laquo;estaba mirando&raquo; (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo esta lejos, observando qu&eacute; sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jes&uacute;s, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, tambi&eacute;n podemos tener la tentaci&oacute;n de tomar distancia de la realeza de Jes&uacute;s, de no aceptar totalmente el esc&aacute;ndalo de su amor humilde, que inquieta nuestro &laquo;yo&raquo;, que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, m&aacute;s bien que acercarse y hacerse pr&oacute;ximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jes&uacute;s como Rey, est&aacute; llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los d&iacute;as: &laquo;&iquest;Qu&eacute; me pide el amor? &iquest;A d&oacute;nde me conduce? &iquest;Qu&eacute; respuesta doy a Jes&uacute;s con mi vida?&raquo;.<\/p>\n<p>Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jes&uacute;s. Le dirigen la misma provocaci&oacute;n: &laquo;S&aacute;lvate a ti mismo&raquo; (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentaci&oacute;n peor que la del pueblo. Aqu&iacute; tientan a Jes&uacute;s, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga seg&uacute;n la l&oacute;gica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentaci&oacute;n es un ataque directo al amor: &laquo;S&aacute;lvate a ti mismo&raquo; (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su &eacute;xito. Es la tentaci&oacute;n m&aacute;s terrible, la primera y la &uacute;ltima del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jes&uacute;s no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apolog&iacute;a de su realeza. M&aacute;s bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba seg&uacute;n la voluntad del Padre, consciente de que el amor dar&aacute; su fruto.<\/p>\n<p>Para acoger la realeza de Jes&uacute;s, estamos llamados a luchar contra esta tentaci&oacute;n, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez m&aacute;s fieles. Cu&aacute;ntas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cu&aacute;ntas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracci&oacute;n del poder y del &eacute;xito se presenta como un camino f&aacute;cil y r&aacute;pido para difundir el Evangelio, olvidando r&aacute;pidamente el reino de Dios como obra. Este A&ntilde;o de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al coraz&oacute;n del Evangelio, nos exhorta tambi&eacute;n a que renunciemos a los h&aacute;bitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos s&oacute;lo a la perenne y humilde realeza de Jes&uacute;s, no adecu&aacute;ndonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada &eacute;poca.<\/p>\n<p>En el Evangelio aparece otro personaje, m&aacute;s cercano a Jes&uacute;s, el malhechor que le ruega diciendo: &laquo;Jes&uacute;s, acu&eacute;rdate de m&iacute; cuando llegues a tu reino&raquo; (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jes&uacute;s, crey&oacute; en su reino. Y no se encerr&oacute; en s&iacute; mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigi&oacute; a Jes&uacute;s. Pidi&oacute; ser recordado y experiment&oacute; la misericordia de Dios: &laquo;hoy estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&raquo; (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. &Eacute;l est&aacute; dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.<\/p>\n<p>Pidamos tambi&eacute;n nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliaci&oacute;n y del perd&oacute;n, sino de saber ir m&aacute;s all&aacute; del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible v&iacute;a de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente m&aacute;s all&aacute; de nuestros m&eacute;ritos, tambi&eacute;n nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los dem&aacute;s. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Coraz&oacute;n de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolaci&oacute;n y la esperanza.<\/p>\n<p>Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Se&ntilde;or. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser tambi&eacute;n instrumentos de misericordia. Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompa&ntilde;a la Virgen Mar&iacute;a, tambi&eacute;n ella estaba junto a la cruz, all&iacute; ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladr&oacute;n recibir el perd&oacute;n y acogi&oacute; al disc&iacute;pulo de Jes&uacute;s como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras s&uacute;plicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedar&aacute;n sin respuesta.<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- &nbsp;La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el a&ntilde;o lit&uacute;rgico y este A&ntilde;o santo de la misericordia, como record&oacute; el Papa Francisco la ma&ntilde;ana del domingo 20 de noviembre en la Plaza de San Pedro durante su homil&iacute;a en la conclusi&oacute;n del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. 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