{"id":9123,"date":"2016-11-21T10:40:04","date_gmt":"2016-11-21T15:40:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/noticias\/gracias-papa-francisco-por-ayudarnos-a-descubrir-el-rostro-misericordioso-del-padre\/"},"modified":"2016-11-21T10:40:04","modified_gmt":"2016-11-21T15:40:04","slug":"gracias-papa-francisco-por-ayudarnos-a-descubrir-el-rostro-misericordioso-del-padre","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/noticias\/gracias-papa-francisco-por-ayudarnos-a-descubrir-el-rostro-misericordioso-del-padre\/","title":{"rendered":"Gracias Papa Francisco por ayudarnos a descubrir el rostro misericordioso del Padre"},"content":{"rendered":"<p> <img src='http:\/\/media02.radiovaticana.va\/photo\/2016\/11\/20\/ANSA1109086_Thumbnail.jpg' alt='' align='left' hspace='5'> <\/p>\n<p><span><br \/>\n<audio class=\"video-js vjs-default-skin vjs-big-play-button-centered rv-custom-audio\" controls=\"\" id=\"audioItem_8935773\" preload=\"none\"><\/audio><br \/>\n<span class=\"rv-audio-download\"><a href=\"http:\/\/media02.radiovaticana.va\/audio\/audio2\/mp3\/00558543.mp3\" title=\"Download audio\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\/Modules\/Presentation\/Styles\/images-common\/icons\/download-audio-mp3_off.png\" style=\"height: 30px\" \/><\/a><\/span> <\/span><\/p>\n<p>(RV).- &ldquo;Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios est&eacute;n siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompa&ntilde;a cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protecci&oacute;n de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicaci&oacute;n de volver los ojos a Jes&uacute;s, rostro radiante de la misericordia de Dios&rdquo;.<\/p>\n<p>As&iacute; se lee en el &uacute;ltimo p&aacute;rrafo de la Carta Apost&oacute;lica <em>Misericordia et Misera<\/em>, que el <strong>Santo Padre Francisco<\/strong> firm&oacute; el domingo 20 de noviembre, Solemnidad de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, Rey del Universo, en la conclusi&oacute;n del A&ntilde;o Santo Extraordinario de la Misericordia.<\/p>\n<p>Se trata de un documento que se articula a lo largo de veintid&oacute;s puntos, en el que, ante todo, el <strong>Papa<\/strong> <strong>Bergoglio<\/strong> desea &ldquo;misericordia y paz&rdquo; a todos los que lo leer&aacute;n. Como su nombre lo indica, <em>Misericordia et misera<\/em>, son las dos palabras con las que san Agust&iacute;n comenta el encuentro entre Jes&uacute;s y la ad&uacute;ltera, es decir, la miserable y la misericordia; del que se desprende la enorme piedad y justicia divina y cuya ense&ntilde;anza ilumina &ndash; tal como escribe el <strong>Pont&iacute;fice<\/strong> &ndash; la conclusi&oacute;n de este Jubileo de la Misericordia, a la vez que indica el camino que estamos llamados a recorrer.<\/p>\n<p>El <strong>Obispo de Roma<\/strong> vuelve a recordarnos que &ldquo;nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perd&oacute;n&rdquo;. Por lo que ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia que siempre es un acto de gratuidad del Padre celestial, un amor incondicionado e inmerecido; una acci&oacute;n concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida.<\/p>\n<p>En una cultura frecuentemente dominada por la t&eacute;cnica, el <strong>Santo Padre<\/strong> recuerda que se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre las cuales muchos j&oacute;venes, puesto que el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. Por esta raz&oacute;n escribe que &ldquo;se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegr&iacute;a para deshacer las quimeras que prometen una felicidad f&aacute;cil con para&iacute;sos artificiales&rdquo;.<\/p>\n<p>Del A&ntilde;o intenso que acaba de celebrarse el <strong>Papa<\/strong> escribe que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Y que como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. De ah&iacute; que se sienta la necesidad de dar gracias al Se&ntilde;or, porque en este A&ntilde;o Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercan&iacute;a del Padre, que mediante la obra del Esp&iacute;ritu Santo le ha hecho m&aacute;s evidente el don y el mandato de Jes&uacute;s sobre el perd&oacute;n.<\/p>\n<p>Una vez concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender c&oacute;mo seguir viviendo con fidelidad, alegr&iacute;a y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina &ndash; manifiesta asimismo el <strong>Pont&iacute;fice<\/strong> &ndash;. Y pide que no limitemos su acci&oacute;n; no hagamos entristecer al Esp&iacute;ritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.<\/p>\n<p>En cuanto a la cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, <strong>Francisco<\/strong> escribe que &ldquo;hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los dem&aacute;s&rdquo;. Con todo &ndash; a&ntilde;ade hacia el final de esta Carta Apost&oacute;lica &ndash; &ldquo;las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros d&iacute;as una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social&rdquo;, que nos impulsa a &ldquo;ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas&rdquo;, llamados a construir con nosotros una &ldquo;ciudad fiable&rdquo;.<\/p>\n<p>&ldquo;Esforc&eacute;monos entonces &ndash; afirma el <strong>Papa<\/strong> &ndash; en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la pr&aacute;ctica de las obras de misericordia, cuyo car&aacute;cter social &ldquo;obliga a no quedarse inm&oacute;viles y a desterrar la indiferencia y la hipocres&iacute;a, de modo que los planes y proyectos no queden s&oacute;lo en letra muerta&rdquo;.<\/p>\n<p><strong>Francisco <\/strong>concluye explicando que a la luz del &ldquo;Jubileo de las personas socialmente excluidas&rdquo;, mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuy&oacute; que, como otro signo concreto de este A&ntilde;o Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la &ldquo;Jornada mundial de los pobres&rdquo;, que constituir&aacute; la preparaci&oacute;n m&aacute;s adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que se ha identificado con los peque&ntilde;os y los pobres, y nos juzgar&aacute; a partir, precisamente, de las obras de misericordia.<\/p>\n<p>(Mar&iacute;a Fernanda Bernasconi &#8211; RV).<\/p>\n<p><strong>Texto de la Carta Apost&oacute;lica <em>Misericordia et Misera:<\/em><\/strong><\/p>\n<p align=\"center\">FRANCISCO<\/p>\n<p align=\"center\">a cuantos leer&aacute;n esta Carta Apost&oacute;lica<\/p>\n<p align=\"center\">misericordia y paz<\/p>\n<p><em>Misericordia et misera<\/em> son las dos palabras que san Agust&iacute;n usa para comentar el encuentro entre Jes&uacute;s y la ad&uacute;ltera (cf. <em>Jn<\/em> 8,1-11). No pod&iacute;a encontrar una expresi&oacute;n m&aacute;s bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: &laquo;Quedaron s&oacute;lo ellos dos: la miserable&nbsp;y la misericordia&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\" title=\"\">[1]<\/a> Cu&aacute;nta piedad y justicia divina hay en este episodio. Su ense&ntilde;anza viene a iluminar la conclusi&oacute;n del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, adem&aacute;s, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro.<\/p>\n<p>1. Esta p&aacute;gina del Evangelio puede ser asumida, con todo derecho, como imagen de lo que hemos celebrado en el A&ntilde;o Santo, un tiempo rico de misericordia, que pide ser siempre <em>celebrada<\/em> y <em>vivida<\/em> en nuestras comunidades. En efecto, la misericordia no puede ser un par&eacute;ntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.<\/p>\n<p>Una mujer y Jes&uacute;s se encuentran. Ella, ad&uacute;ltera y, seg&uacute;n la Ley, juzgada merecedora de la lapidaci&oacute;n; &eacute;l, que con su predicaci&oacute;n y el don total de s&iacute; mismo, que lo llevar&aacute; hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino prop&oacute;sito originario. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el coraz&oacute;n de cada persona, para comprender su deseo m&aacute;s rec&oacute;ndito, y que debe tener el primado sobre todo. En este relato evang&eacute;lico, sin embargo, no se encuentran el pecado y el juicio en abstracto, sino una pecadora y el Salvador. Jes&uacute;s ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha le&iacute;do su coraz&oacute;n: all&iacute; ha reconocido el deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jes&uacute;s, ning&uacute;n juicio que no est&eacute; marcado por la piedad y la compasi&oacute;n hacia la condici&oacute;n de la pecadora. A quien quer&iacute;a juzgarla y condenarla a muerte, Jes&uacute;s responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno (cf. <em>Jn<\/em> 8,9). Y despu&eacute;s de ese silencio, Jes&uacute;s dice: &laquo;Mujer, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;n tus acusadores? &iquest;Ninguno te ha condenado? [&hellip;] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques m&aacute;s&raquo; (vv. 10-11). De este modo la ayuda a mirar el futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querr&aacute;, podr&aacute; &laquo;caminar en la caridad&raquo; (cf. <em>Ef<\/em> 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condici&oacute;n de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar m&aacute;s all&aacute; y vivir de otra manera.<\/p>\n<p>2. Jes&uacute;s lo hab&iacute;a ense&ntilde;ado con claridad en otro momento cuando, invitado a comer por un fariseo, se le hab&iacute;a acercado una mujer conocida por todos como pecadora (cf. <em>Lc<\/em> 7,36-50). Ella hab&iacute;a ungido con perfume los pies de Jes&uacute;s, los hab&iacute;a ba&ntilde;ado con sus l&aacute;grimas y secado con sus cabellos (cf. vv. 37-38). A la reacci&oacute;n escandalizada del fariseo, Jes&uacute;s responde: &laquo;Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco&raquo; (v. 47).<\/p>\n<p>El <em>perd&oacute;n <\/em>es el signo m&aacute;s visible del amor del Padre, que Jes&uacute;s ha querido revelar a lo largo de toda su vida. No existe p&aacute;gina del Evangelio que pueda ser sustra&iacute;da a este imperativo del amor que llega hasta el perd&oacute;n. Incluso en el &uacute;ltimo momento de su vida terrena, mientras estaba siendo crucificado, Jes&uacute;s tiene palabras de perd&oacute;n: &laquo;Padre, perd&oacute;nalos porque no saben lo que hacen&raquo; (<em>Lc<\/em> 23,34).<\/p>\n<p>Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perd&oacute;n. Por este motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia; ella ser&aacute; siempre un acto de gratuidad del Padre celeste, un amor incondicionado e inmerecido. No podemos correr el riesgo de oponernos a la plena libertad del amor con el cual Dios entra en la vida de cada persona.<\/p>\n<p>La misericordia es esta acci&oacute;n concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida. As&iacute; se manifiesta su misterio divino. Dios es misericordioso (cf. <em>Ex <\/em>34,6), su misericordia dura por siempre (cf. <em>Sal<\/em> 136), de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n abraza a cada persona que se conf&iacute;a a &eacute;l y la transforma, d&aacute;ndole su misma vida.<\/p>\n<p>3. Cu&aacute;nta alegr&iacute;a ha brotado en el coraz&oacute;n de estas dos mujeres, la ad&uacute;ltera y la pecadora. El perd&oacute;n ha hecho que se sintieran al fin m&aacute;s libres y felices que nunca. Las l&aacute;grimas de verg&uuml;enza y de dolor se han transformado en la sonrisa de quien se sabe amado. La misericordia suscita <em>alegr&iacute;a<\/em> porque el coraz&oacute;n se abre a la esperanza de una vida nueva. La alegr&iacute;a del perd&oacute;n es dif&iacute;cil de expresar, pero se trasparenta en nosotros cada vez que la experimentamos. En su origen est&aacute; el amor con el cual Dios viene a nuestro encuentro, rompiendo el c&iacute;rculo del ego&iacute;smo que nos envuelve, para hacernos tambi&eacute;n a nosotros instrumentos de misericordia.<\/p>\n<p>Qu&eacute; significativas son, tambi&eacute;n para nosotros, las antiguas palabras que guiaban a los primeros cristianos: &laquo;Rev&iacute;stete de alegr&iacute;a, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y compl&aacute;cete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza [&#8230;] Vivir&aacute;n en Dios cuantos alejen de s&iacute; la tristeza y se revistan de toda alegr&iacute;a&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\" title=\"\">[2]<\/a> Experimentar la misericordia produce alegr&iacute;a. No permitamos que las aflicciones y preocupaciones nos la quiten; que permanezca bien arraigada en nuestro coraz&oacute;n y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida cotidiana.<\/p>\n<p>En una cultura frecuentemente dominada por la t&eacute;cnica, se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas muchos j&oacute;venes. En efecto, el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. De ah&iacute; surgen a menudo sentimientos de melancol&iacute;a, tristeza y aburrimiento que lentamente pueden conducir a la desesperaci&oacute;n. Se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegr&iacute;a para deshacer las quimeras que prometen una felicidad f&aacute;cil con para&iacute;sos artificiales. El vac&iacute;o profundo de muchos puede ser colmado por la esperanza que llevamos en el coraz&oacute;n y por la alegr&iacute;a que brota de ella. Hay mucha necesidad de reconocer la alegr&iacute;a que se revela en el coraz&oacute;n que ha sido tocado por la misericordia. Hagamos nuestras, por tanto, las palabras del Ap&oacute;stol: &laquo;Estad siempre alegres en el Se&ntilde;or&raquo; (<em>Flp<\/em> 4,4; cf. <em>1 Ts<\/em> 5,16).<\/p>\n<p>4. Hemos celebrado un A&ntilde;o intenso, en el que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. Y delante de esta mirada amorosa de Dios, que de manera tan prolongada se ha posado sobre cada uno de nosotros, no podemos permanecer indiferentes, porque ella cambia la vida.<\/p>\n<p>Sentimos la necesidad, ante todo, de dar gracias al Se&ntilde;or y decirle: &laquo;Has sido bueno, Se&ntilde;or, con tu tierra [&hellip;]. Has perdonado la culpa de tu pueblo&raquo; (<em>Sal<\/em> 85,2-3). As&iacute; es: Dios ha destruido nuestras culpas y ha arrojado nuestros pecados a lo hondo del mar (cf. <em>Mi<\/em> 7,19); no los recuerda m&aacute;s, se los ha echado a la espalda (cf. <em>Is<\/em> 38,17); como dista el oriente del ocaso, as&iacute; aparta de nosotros nuestros pecados (cf. <em>Sal<\/em> 103,12).<\/p>\n<p>En este A&ntilde;o Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercan&iacute;a del Padre, que mediante la obra del Esp&iacute;ritu Santo le ha hecho m&aacute;s evidente el don y el mandato de Jes&uacute;s sobre el perd&oacute;n. Ha sido realmente una nueva visita del Se&ntilde;or en medio de nosotros. Hemos percibido c&oacute;mo su soplo vital se difund&iacute;a por la Iglesia y, una vez m&aacute;s, sus palabras han indicado la misi&oacute;n: &laquo;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo, a quienes les perdon&eacute;is los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los reteng&aacute;is, les quedan retenidos&raquo; (<em>Jn <\/em>20,22-23).<\/p>\n<p>5. Ahora, concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender c&oacute;mo seguir viviendo con fidelidad, alegr&iacute;a y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina. Nuestras comunidades continuar&aacute;n con vitalidad y dinamismo la obra de la nueva evangelizaci&oacute;n en la medida en que la &laquo;conversi&oacute;n pastoral&raquo;, que estamos llamados a vivir,<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\" title=\"\">[3]<\/a> se plasme cada d&iacute;a, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia. No limitemos su acci&oacute;n; no hagamos entristecer al Esp&iacute;ritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.<\/p>\n<p>En primer lugar estamos llamados a <em>celebrar<\/em> la misericordia. Cu&aacute;nta riqueza contiene la oraci&oacute;n de la Iglesia cuando invoca a Dios como Padre misericordioso. En la liturgia, la misericordia no s&oacute;lo se evoca con frecuencia, sino que se recibe y se vive. Desde el inicio hasta el final de la <em>celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica<\/em>, la misericordia aparece varias veces en el di&aacute;logo entre la asamblea orante y el coraz&oacute;n del Padre, que se alegra cada vez que puede derramar su amor misericordioso. Despu&eacute;s de la s&uacute;plica de perd&oacute;n inicial, con la invocaci&oacute;n &laquo;Se&ntilde;or, ten piedad&raquo;, somos inmediatamente confortados: &laquo;Dios omnipotente tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna&raquo;. Con esta confianza la comunidad se re&uacute;ne en la presencia del Se&ntilde;or, especialmente en el d&iacute;a santo de la resurrecci&oacute;n. Muchas oraciones &laquo;colectas&raquo; se refieren al gran don de la misericordia. En el periodo de Cuaresma, por ejemplo, oramos diciendo: &laquo;Se&ntilde;or, Padre de misericordia y origen de todo bien, qu&eacute; aceptas el ayuno, la oraci&oacute;n y la limosna como remedio de nuestros pecados; mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn4\" name=\"_ftnref4\" title=\"\">[4]<\/a> Despu&eacute;s nos sumergimos en la gran plegaria eucar&iacute;stica con el prefacio que proclama: &laquo;Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no s&oacute;lo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn5\" name=\"_ftnref5\" title=\"\">[5]<\/a> Adem&aacute;s, la plegaria eucar&iacute;stica cuarta es un himno a la misericordia de Dios: &laquo;Compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca&raquo;. &laquo;Ten misericordia de todos nosotros&raquo;,<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn6\" name=\"_ftnref6\" title=\"\">[6]<\/a> es la s&uacute;plica apremiante que realiza el sacerdote, para implorar la participaci&oacute;n en la vida eterna. Despu&eacute;s del Padrenuestro, el sacerdote prolonga la plegaria invocando la paz y la liberaci&oacute;n del pecado gracias a la &laquo;ayuda de su misericordia&raquo;. Y antes del signo de la paz, que se da como expresi&oacute;n de fraternidad y de amor rec&iacute;proco a la luz del perd&oacute;n recibido, &eacute;l ora de nuevo diciendo: &laquo;No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn7\" name=\"_ftnref7\" title=\"\">[7]<\/a> Mediante estas palabras, pedimos con humilde confianza el don de la unidad y de la paz para la santa Madre Iglesia. La celebraci&oacute;n de la misericordia divina culmina en el Sacrificio eucar&iacute;stico, memorial del misterio pascual de Cristo, del que brota la salvaci&oacute;n para cada ser humano, para la historia y para el mundo entero. En resumen, cada momento de la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica est&aacute; referido a la misericordia de Dios.<\/p>\n<p>En toda la vida sacramental la misericordia se nos da en abundancia. Es muy relevante&nbsp;el hecho de que la Iglesia haya querido mencionar expl&iacute;citamente la misericordia en la f&oacute;rmula de los dos sacramentos llamados &laquo;de sanaci&oacute;n&raquo;, es decir, la<em> Reconciliaci&oacute;n<\/em> y la <em>Unci&oacute;n de los enfermos<\/em>. La f&oacute;rmula de la absoluci&oacute;n dice: &laquo;Dios, Padre misericordioso, que reconcili&oacute; consigo al mundo por la muerte y la resurrecci&oacute;n de su Hijo y derram&oacute; el Esp&iacute;ritu Santo para la remisi&oacute;n de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perd&oacute;n y la paz&raquo;;<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn8\" name=\"_ftnref8\" title=\"\">[8]<\/a> y la de la Unci&oacute;n reza as&iacute;: &laquo;Por esta santa Unci&oacute;n y por su bondadosa misericordia, te ayude el Se&ntilde;or con la gracia del Esp&iacute;ritu Santo&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn9\" name=\"_ftnref9\" title=\"\">[9]<\/a> As&iacute;, en la oraci&oacute;n de la Iglesia la referencia a la misericordia, lejos de ser solamente paren&eacute;tica, es altamente <em>performativa<\/em>, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente. Este es un aspecto fundamental de nuestra fe, que debemos conservar en toda su originalidad: antes que el pecado, tenemos la revelaci&oacute;n del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro. Por tanto, abramos el coraz&oacute;n a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompa&ntilde;a y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado.<\/p>\n<p>6. En este contexto, la <em>escucha de la Palabra de Dios<\/em> asume tambi&eacute;n un significado particular. Cada domingo, la Palabra de Dios es proclamada en la comunidad cristiana para que el d&iacute;a del Se&ntilde;or se ilumine con la luz que proviene del misterio pascual.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn10\" name=\"_ftnref10\" title=\"\">[10]<\/a> En la celebraci&oacute;n eucar&iacute;stica asistimos a un verdadero di&aacute;logo entre Dios y su pueblo. En la proclamaci&oacute;n de las lecturas b&iacute;blicas, se recorre la historia de nuestra salvaci&oacute;n como una incesante obra de misericordia que se nos anuncia. Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se &laquo;entretiene&raquo; con nosotros,<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn11\" name=\"_ftnref11\" title=\"\">[11]<\/a> para ofrecernos su compa&ntilde;&iacute;a y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace int&eacute;rprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es tambi&eacute;n respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercan&iacute;a. Qu&eacute; importante es la <em>homil&iacute;a<\/em>, en la que &laquo;la verdad va de la mano de la belleza y del bien&raquo;,<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn12\" name=\"_ftnref12\" title=\"\">[12]<\/a> para que el coraz&oacute;n de los creyentes vibre ante la grandeza de la misericordia. Recomiendo mucho la preparaci&oacute;n de la homil&iacute;a y el cuidado de la predicaci&oacute;n. Ella ser&aacute; tanto m&aacute;s fructuosa, cuanto m&aacute;s haya experimentado el sacerdote en s&iacute; mismo la bondad misericordiosa del Se&ntilde;or. Comunicar la certeza de que Dios nos ama no es un ejercicio ret&oacute;rico, sino condici&oacute;n de credibilidad del propio sacerdocio. Vivir la misericordia es el camino seguro para que ella llegue a ser verdadero anuncio de consolaci&oacute;n y de conversi&oacute;n en la vida pastoral. La homil&iacute;a, como tambi&eacute;n la catequesis, ha de estar siempre sostenida por este coraz&oacute;n palpitante de la vida cristiana.<\/p>\n<p>7. La <em>Biblia<\/em> es la gran historia que narra las maravillas de la misericordia de Dios. Cada una de sus p&aacute;ginas est&aacute; impregnada del amor del Padre que desde la creaci&oacute;n ha querido imprimir en el universo los signos de su amor. El Esp&iacute;ritu Santo, a trav&eacute;s de las palabras de los profetas y de los escritos sapienciales, ha modelado la historia de Israel con el reconocimiento de la ternura y de la cercan&iacute;a de Dios, a pesar de la infidelidad del pueblo. La vida de Jes&uacute;s y su predicaci&oacute;n marcan de manera decisiva la historia de la comunidad cristiana, que entiende la propia misi&oacute;n como respuesta al mandato de Cristo de ser instrumento permanente de su misericordia y de su perd&oacute;n (cf. <em>Jn <\/em>20,23). Por medio de la Sagrada Escritura, que se mantiene viva gracias a la fe de la Iglesia, el Se&ntilde;or contin&uacute;a hablando a su Esposa y le indica los caminos a seguir, para que el Evangelio de la salvaci&oacute;n llegue a todos. Deseo vivamente que la Palabra de Dios se celebre, se conozca y se difunda cada vez m&aacute;s, para que nos ayude a comprender mejor el misterio del amor que brota de esta fuente de misericordia. Lo recuerda claramente el Ap&oacute;stol: &laquo;Toda Escritura es inspirada por Dios y adem&aacute;s &uacute;til para ense&ntilde;ar, para arg&uuml;ir, para corregir, para educar en la justicia&raquo; (<em>2 Tm <\/em>3,16).<\/p>\n<p>Ser&iacute;a oportuno que cada comunidad, en un domingo del A&ntilde;o lit&uacute;rgico, renovase su compromiso en favor de la difusi&oacute;n, conocimiento y profundizaci&oacute;n de la Sagrada Escritura: un domingo dedicado enteramente a la Palabra de Dios para comprender la inagotable riqueza que proviene de ese di&aacute;logo constante de Dios con su pueblo. Habr&iacute;a que enriquecer ese momento con iniciativas creativas, que animen a los creyentes a ser instrumentos vivos de la transmisi&oacute;n de la Palabra. Ciertamente, entre esas iniciativas tendr&aacute; que estar la difusi&oacute;n m&aacute;s amplia de la <em>lectio divina<\/em>, para que, a trav&eacute;s de la lectura orante del texto sagrado, la vida espiritual se fortalezca y crezca. La <em>lectio divina<\/em> sobre los temas de la misericordia permitir&aacute; comprobar cu&aacute;nta riqueza hay en el texto sagrado, que le&iacute;do a la luz de la entera tradici&oacute;n espiritual de la Iglesia, desembocar&aacute; necesariamente en gestos y obras concretas de caridad.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn13\" name=\"_ftnref13\" title=\"\">[13]<\/a><\/p>\n<p>8. La celebraci&oacute;n de la misericordia tiene lugar de modo especial en el <em>Sacramento de la Reconciliaci&oacute;n. <\/em>Es el momento en el que sentimos el abrazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos de nuevo la gracia de ser sus hijos. Somos pecadores y cargamos con el peso de la contradicci&oacute;n entre lo que queremos hacer y lo que, en cambio, hacemos (cf. <em>Rm<\/em> 7,14-21); la gracia, sin embargo, nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente con la reconciliaci&oacute;n y el perd&oacute;n. Dios hace que comprendamos su inmenso amor justamente ante nuestra condici&oacute;n de pecadores. La gracia es m&aacute;s fuerte y supera cualquier posible resistencia, porque el amor todo lo puede (cf. <em>1 Co<\/em> 13,7).<\/p>\n<p>En el Sacramento del Perd&oacute;n, Dios muestra la v&iacute;a de la conversi&oacute;n hacia &eacute;l, y nos invita a experimentar de nuevo su cercan&iacute;a. Es un perd&oacute;n que se obtiene, ante todo, empezando por <em>vivir la caridad<\/em>. Lo recuerda tambi&eacute;n el ap&oacute;stol Pedro cuando escribe que &laquo;el amor cubre la multitud de los pecados&raquo; (<em>1 Pe<\/em> 4,8). S&oacute;lo Dios perdona los pecados, pero quiere que tambi&eacute;n nosotros estemos dispuestos a perdonar a los dem&aacute;s, como &eacute;l perdona nuestras faltas: &laquo;Perdona nuestras ofensas, como tambi&eacute;n nosotros perdonamos a los que nos ofenden&raquo; (<em>Mt<\/em> 6,12). Qu&eacute; tristeza cada vez que nos quedamos encerrados en nosotros mismos, incapaces de perdonar. Triunfa el rencor, la rabia, la venganza; la vida se vuelve infeliz y se anula el alegre compromiso por la misericordia.<\/p>\n<p>9. Una experiencia de gracia que la Iglesia ha vivido con mucho fruto a lo largo del A&ntilde;o jubilar ha sido ciertamente el servicio de los <em>Misioneros de la Misericordia<\/em>. Su acci&oacute;n pastoral ha querido evidenciar que Dios no pone ning&uacute;n l&iacute;mite a cuantos lo buscan con coraz&oacute;n contrito, porque sale al encuentro de todos, como un Padre. He recibido muchos testimonios de alegr&iacute;a por el renovado encuentro con el Se&ntilde;or en el Sacramento de la Confesi&oacute;n. No perdamos la oportunidad de vivir tambi&eacute;n la fe como una experiencia de reconciliaci&oacute;n. &laquo;Reconciliaos con Dios&raquo; (<em>2 Co <\/em>5,20), esta es la invitaci&oacute;n que el Ap&oacute;stol dirige tambi&eacute;n hoy a cada creyente, para que descubra la potencia del amor que transforma en una &laquo;criatura nueva&raquo; (<em>2 Co<\/em> 5,17).<\/p>\n<p>Doy las gracias a cada Misionero de la Misericordia por este inestimable servicio de hacer fructificar la gracia del perd&oacute;n. Este ministerio extraordinario, sin embargo, no cesar&aacute; con la clausura de la Puerta Santa. Deseo que se prolongue todav&iacute;a, hasta nueva disposici&oacute;n, como signo concreto de que la gracia del Jubileo siga siendo viva y eficaz, a lo largo y ancho del mundo. Ser&aacute; tarea del Pontificio Consejo para la Promoci&oacute;n de la Nueva Evangelizaci&oacute;n acompa&ntilde;ar durante este periodo a los Misioneros de la Misericordia, como expresi&oacute;n directa de mi solicitud y cercan&iacute;a, y encontrar las formas m&aacute;s coherentes para el ejercicio de este precioso ministerio.<\/p>\n<p>10. A los sacerdotes renuevo la invitaci&oacute;n a prepararse con mucho esmero para el ministerio de la Confesi&oacute;n, que es una verdadera misi&oacute;n sacerdotal. Os agradezco de coraz&oacute;n vuestro servicio y os pido que se&aacute;is <em>acogedores <\/em>con todos;<em> testigos <\/em>de la ternura paterna, a pesar de la gravedad del pecado; <em>sol&iacute;citos <\/em>en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; <em>claros <\/em>a la hora de presentar los principios morales; <em>disponibles<\/em> para acompa&ntilde;ar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; <em>prudentes<\/em> en el discernimiento de cada caso concreto; <em>generosos <\/em>en el momento de dispensar el perd&oacute;n de Dios. As&iacute; como Jes&uacute;s ante la mujer ad&uacute;ltera opt&oacute; por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte, del mismo modo el sacerdote en el confesionario tenga tambi&eacute;n un coraz&oacute;n magn&aacute;nimo, recordando que cada penitente lo remite a su propia condici&oacute;n personal: pecador, pero ministro de la misericordia.<\/p>\n<p>11. Me gustar&iacute;a que todos medit&aacute;ramos las palabras del Ap&oacute;stol, escritas hacia el final de su vida, en las que confiesa a Timoteo de haber sido el primero de los pecadores, &laquo;por esto precisamente se compadeci&oacute; de m&iacute;&raquo; (<em>1 Tm<\/em> 1,16). Sus palabras tienen una fuerza arrebatadora para hacer que tambi&eacute;n nosotros reflexionemos sobre nuestra existencia y para que veamos c&oacute;mo la misericordia de Dios act&uacute;a para cambiar, convertir y transformar nuestro coraz&oacute;n: &laquo;Doy gracias a Cristo Jes&uacute;s, Se&ntilde;or nuestro, que me hizo capaz, se fi&oacute; de m&iacute; y me confi&oacute; este ministerio, a m&iacute;, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasi&oacute;n de m&iacute;&raquo; (<em>1 Tm<\/em> 1,12-13).<\/p>\n<p>Por tanto, recordemos siempre con renovada pasi&oacute;n pastoral las palabras del Ap&oacute;stol: &laquo;Dios nos reconcili&oacute; consigo por medio de Cristo y nos encarg&oacute; el ministerio de la reconciliaci&oacute;n&raquo; (<em>2 Co<\/em> 5,18). Con vistas a este ministerio, nosotros hemos sido los primeros en ser perdonados; hemos sido testigos en primera persona de la universalidad del perd&oacute;n. No existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a &eacute;l reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina. Hay un valor proped&eacute;utico en la ley (cf. <em>Ga <\/em>3,24), cuyo fin es la caridad (cf. <em>1 Tm<\/em> 1,5). El cristiano est&aacute; llamado a vivir la novedad del Evangelio, &laquo;la ley del Esp&iacute;ritu que da la vida en Cristo Jes&uacute;s&raquo; (<em>Rm<\/em> 8,2). Incluso en los casos m&aacute;s complejos, en los que se siente la tentaci&oacute;n de hacer prevalecer una justicia que deriva s&oacute;lo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina.<\/p>\n<p>Nosotros, confesores, somos testigos de tantas conversiones que suceden delante de nuestros ojos. Sentimos la responsabilidad de gestos y palabras que toquen lo m&aacute;s profundo del coraz&oacute;n del penitente, para que descubra la cercan&iacute;a y ternura del Padre que perdona. No arruinemos esas ocasiones con comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia que se busca. Ayudemos, m&aacute;s bien, a iluminar el &aacute;mbito de la conciencia personal con el amor infinito de Dios (cf. <em>1 Jn<\/em> 3,20).<\/p>\n<p>El Sacramento de la Reconciliaci&oacute;n necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del &laquo;ministerio de la reconciliaci&oacute;n&raquo; (<em>2 Co<\/em> 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perd&oacute;n.<\/p>\n<p>Una ocasi&oacute;n propicia puede ser la celebraci&oacute;n de la iniciativa <em>24 horas para el Se&ntilde;or<\/em> en la proximidad del IV Domingo de Cuaresma, que ha encontrado un buen consenso en las di&oacute;cesis y sigue siendo como una fuerte llamada pastoral para vivir intensamente el Sacramento de la Confesi&oacute;n.<\/p>\n<p>12. En virtud de esta exigencia, para que ning&uacute;n obst&aacute;culo se interponga entre la petici&oacute;n de reconciliaci&oacute;n y el perd&oacute;n de Dios, de ahora en adelante concedo a todos los sacerdotes, en raz&oacute;n de su ministerio, la facultad de absolver a quienes hayan procurado el pecado de aborto. Cuanto hab&iacute;a concedido de modo limitado para el per&iacute;odo jubilar,<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn14\" name=\"_ftnref14\" title=\"\">[14]<\/a> lo extiendo ahora en el tiempo, no obstante cualquier cosa en contrario. Quiero enfatizar con todas mis fuerzas que el aborto es un pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente. Con la misma fuerza, sin embargo, puedo y debo afirmar que no existe ning&uacute;n pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, all&iacute; donde encuentra un coraz&oacute;n arrepentido que pide reconciliarse con el Padre. Por tanto, que cada sacerdote sea gu&iacute;a, apoyo y alivio a la hora de acompa&ntilde;ar a los penitentes en este camino de reconciliaci&oacute;n especial.<\/p>\n<p>En el A&ntilde;o del Jubileo hab&iacute;a concedido a los fieles, que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad San P&iacute;o X, la posibilidad de recibir v&aacute;lida y l&iacute;citamente la absoluci&oacute;n sacramental de sus pecados.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn15\" name=\"_ftnref15\" title=\"\">[15]<\/a> Por el bien pastoral de estos fieles, y confiando en la buena voluntad de sus sacerdotes, para que se pueda recuperar con la ayuda de Dios, la plena comuni&oacute;n con la Iglesia Cat&oacute;lica, establezco por decisi&oacute;n personal que esta facultad se extienda m&aacute;s all&aacute; del per&iacute;odo jubilar, hasta nueva disposici&oacute;n, de modo que a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliaci&oacute;n a trav&eacute;s del perd&oacute;n de la Iglesia.<\/p>\n<p>13. La misericordia tiene tambi&eacute;n el rostro de la <em>consolaci&oacute;n<\/em>. &laquo;Consolad, consolad a mi pueblo&raquo; (<em>Is<\/em> 40,1)<strong>, <\/strong>son las sentidas palabras que el profeta pronuncia tambi&eacute;n hoy, para que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen. No nos dejemos robar nunca la esperanza que proviene de la fe en el Se&ntilde;or resucitado. Es cierto, a menudo pasamos por duras pruebas, pero jam&aacute;s debe decaer la certeza de que el Se&ntilde;or nos ama. Su misericordia se expresa tambi&eacute;n en la cercan&iacute;a, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen cuando sobrevienen los d&iacute;as de tristeza y aflicci&oacute;n. Enjugar las l&aacute;grimas es una acci&oacute;n concreta que rompe el c&iacute;rculo de la soledad en el que con frecuencia terminamos encerrados.<\/p>\n<p>Todos tenemos necesidad de consuelo, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensi&oacute;n. Cu&aacute;nto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos y de la rabia. Cu&aacute;nto sufrimiento provoca la experiencia de la traici&oacute;n, de la violencia y del abandono; cu&aacute;nta amargura ante la muerte de los seres queridos. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas. Una palabra que da &aacute;nimo, un abrazo que te hace sentir comprendido, una caricia que hace percibir el amor, una oraci&oacute;n que permite ser m&aacute;s fuerte&hellip;, son todas expresiones de la cercan&iacute;a de Dios a trav&eacute;s del consuelo ofrecido por los hermanos.<\/p>\n<p>A veces tambi&eacute;n el <em>silencio<\/em> es de gran ayuda; porque en algunos momentos no existen palabras para responder a los interrogantes del que sufre. La falta de palabras, sin embargo, se puede suplir por la compasi&oacute;n del que est&aacute; presente y cercano, del que ama y tiende la mano. No es cierto que el silencio sea un acto de rendici&oacute;n, al contrario, es un momento de fuerza y de amor. El silencio tambi&eacute;n pertenece al lenguaje de la consolaci&oacute;n, porque se transforma en una obra concreta de solidaridad y uni&oacute;n con el sufrimiento del hermano.<\/p>\n<p>14. En un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia, entre otras, es importante que llegue una palabra de gran consuelo a nuestras familias. El don del matrimonio es una gran vocaci&oacute;n a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con al amor generoso, fiel y paciente. La belleza de la familia permanece inmutable, a pesar de numerosas sombras y propuestas alternativas: &laquo;El gozo del amor que se vive en las familias es tambi&eacute;n el j&uacute;bilo de la Iglesia&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn16\" name=\"_ftnref16\" title=\"\">[16]<\/a> El sendero de la vida lleva a que un hombre y una mujer se encuentren, se amen y se prometan, fidelidad por siempre delante de Dios, a menudo se interrumpe por el sufrimiento, la traici&oacute;n y la soledad. La alegr&iacute;a de los padres por el don de los hijos no es inmune a las preocupaciones con respecto a su crecimiento y formaci&oacute;n, y para que tengan un futuro digno de ser vivido con intensidad.<\/p>\n<p>La gracia del Sacramento del Matrimonio no s&oacute;lo fortalece a la familia para que sea un lugar privilegiado en el que se viva la misericordia, sino que compromete a la comunidad cristiana, y con ella a toda la acci&oacute;n pastoral, para que se resalte el gran valor propositivo de la familia. De todas formas, este A&ntilde;o jubilar nos ha de ayudar a reconocer la complejidad de la realidad familiar actual. La experiencia de la misericordia nos hace capaces de mirar todas las dificultades humanas con la actitud del amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompa&ntilde;ar.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn17\" name=\"_ftnref17\" title=\"\">[17]<\/a><\/p>\n<p>No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegr&iacute;as y dolores, es algo &uacute;nico e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento, profundo y prudente para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situaci&oacute;n que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios, participar activamente en la vida de la comunidad y ser admitido en ese Pueblo de Dios que, sin descanso, camina hacia la plenitud del reino de Dios, reino de justicia, de amor, de perd&oacute;n y de misericordia.<\/p>\n<p>15. <em>El momento de la<\/em> <em>muerte<\/em> reviste una importancia particular. La Iglesia siempre ha vivido este dram&aacute;tico tr&aacute;nsito a la luz de la resurrecci&oacute;n de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. Tenemos un gran reto que afrontar, sobre todo en la cultura contempor&aacute;nea que, a menudo, tiende a banalizar la muerte hasta el punto de esconderla o considerarla una simple ficci&oacute;n.<\/p>\n<p>La muerte en cambio se ha de afrontar y preparar como un paso doloroso e ineludible, pero lleno de sentido: como el acto de amor extremo hacia las personas que dejamos y hacia Dios, a cuyo encuentro nos dirigimos. En todas las religiones el momento de la muerte, as&iacute; como el del nacimiento, est&aacute; acompa&ntilde;ado de una presencia religiosa. Nosotros vivimos la experiencia de las <em>exequias<\/em> como una plegaria llena de esperanza por el alma del difunto y como una ocasi&oacute;n para ofrecer consuelo a cuantos sufren por la ausencia de la persona amada.<\/p>\n<p>Estoy convencido de la necesidad de que, en la acci&oacute;n pastoral animada por la fe viva, los signos lit&uacute;rgicos y nuestras oraciones sean expresi&oacute;n de la misericordia del Se&ntilde;or. Es &eacute;l mismo quien nos da palabras de esperanza, porque nada ni nadie podr&aacute;n jam&aacute;s separarnos de su amor (cf. <em>Rm<\/em> 8,35). La participaci&oacute;n del sacerdote en este momento significa un acompa&ntilde;amiento importante, porque ayuda a sentir la cercan&iacute;a de la comunidad cristiana en los momentos de debilidad, soledad, incertidumbre y llanto.<\/p>\n<p>16. Termina el Jubileo y se cierra la Puerta Santa. Pero la puerta de la misericordia de nuestro coraz&oacute;n permanece siempre abierta, de par en par. Hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros (cf. <em>Os<\/em> 11,4) para que tambi&eacute;n nosotros podamos imitarlo inclin&aacute;ndonos hacia los hermanos. La nostalgia que muchos sienten de volver a la casa del Padre, que est&aacute; esperando su regreso, est&aacute; provocada tambi&eacute;n por el testimonio sincero y generoso que algunos dan de la ternura divina. La Puerta Santa que hemos atravesado en este A&ntilde;o jubilar nos ha situado en la <em>v&iacute;a de la caridad, <\/em>que estamos llamados a recorrer cada d&iacute;a con fidelidad y alegr&iacute;a. El camino de la misericordia es el que nos hace encontrar a tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y poder as&iacute; caminar juntos.<\/p>\n<p>Querer acercarse a Jes&uacute;s implica hacerse pr&oacute;jimo de los hermanos, porque nada es m&aacute;s agradable al Padre que un signo concreto de misericordia. Por su misma naturaleza, la misericordia se hace visible y tangible en una acci&oacute;n concreta y din&aacute;mica. Una vez que se la ha experimentado en su verdad, no se puede volver atr&aacute;s: crece continuamente y transforma la vida. Es verdaderamente una nueva creaci&oacute;n que obra un coraz&oacute;n nuevo, capaz de amar en plenitud, y purifica los ojos para que sepan ver las necesidades m&aacute;s ocultas. Qu&eacute; verdaderas son las palabras con las que la Iglesia ora en la Vigilia Pascual, despu&eacute;s de la lectura que narra la creaci&oacute;n: &laquo;Oh Dios, que con acci&oacute;n maravillosa creaste al hombre y con mayor maravilla lo redimiste&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn18\" name=\"_ftnref18\" title=\"\">[18]<\/a><\/p>\n<p>La misericordia <em>renueva<\/em> y <em>redime<\/em>, porque es el encuentro de dos corazones: el de Dios, que sale al encuentro, y el del hombre. Mientras este se va encendiendo, aquel lo va sanando: el coraz&oacute;n de piedra es transformado en coraz&oacute;n de carne (cf. <em>Ez<\/em> 36,26), capaz de amar a pesar de su pecado. Es aqu&iacute; donde se descubre que es realmente una &laquo;nueva creatura&raquo; (cf. <em>Ga <\/em>6,15): soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido &laquo;misericordiado&raquo;, entonces me convierto en instrumento de misericordia.<\/p>\n<p>17. Durante el A&ntilde;o Santo, especialmente en los &laquo;<em>viernes de la misericordia<\/em>&raquo;, he podido darme cuenta de cu&aacute;nto bien hay en el mundo. Con frecuencia no es conocido porque se realiza cotidianamente de manera discreta y silenciosa. Aunque no llega a ser noticia, existen sin embargo tantos signos concretos de bondad y ternura dirigidos a los m&aacute;s peque&ntilde;os e indefensos, a los que est&aacute;n m&aacute;s solos y abandonados. Existen personas que encarnan realmente la caridad y que no llevan continuamente la solidaridad a los m&aacute;s pobres e infelices. Agradezcamos al Se&ntilde;or el don valioso de estas personas que, ante la debilidad de la humanidad herida, son como una invitaci&oacute;n para descubrir la alegr&iacute;a de hacerse pr&oacute;jimo. Con gratitud pienso en los numerosos voluntarios que con su entrega de cada d&iacute;a dedican su tiempo a mostrar la presencia y cercan&iacute;a de Dios. Su servicio es una genuina obra de misericordia y hace que muchas personas se acerquen a la Iglesia.<\/p>\n<p>18. Es el momento de dejar paso a la fantas&iacute;a de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. La Iglesia necesita anunciar hoy esos &laquo;muchos otros signos&raquo; que Jes&uacute;s realiz&oacute; y que &laquo;no est&aacute;n escritos&raquo; (<em>Jn <\/em>20,30), de modo que sean expresi&oacute;n elocuente de la fecundidad del amor de Cristo y de la comunidad que vive de &eacute;l. Han pasado m&aacute;s de dos mil a&ntilde;os y, sin embargo, las obras de misericordia siguen haciendo visible la bondad de Dios.<\/p>\n<p>Todav&iacute;a hay poblaciones enteras que sufren hoy el hambre y la sed, y despiertan una gran preocupaci&oacute;n las im&aacute;genes de ni&ntilde;os que no tienen nada para comer. Grandes masas de personas siguen emigrando de un pa&iacute;s a otro en busca de alimento, trabajo, casa y paz. La enfermedad, en sus m&uacute;ltiples formas, es una causa permanente de sufrimiento que reclama socorro, ayuda y consuelo.<\/p>\n<p>Las c&aacute;rceles son lugares en los que, con frecuencia, las condiciones de vida inhumana causan sufrimientos, en ocasiones graves, que se a&ntilde;aden a las penas restrictivas. El analfabetismo est&aacute; todav&iacute;a muy extendido, impidiendo que ni&ntilde;os y ni&ntilde;as se formen, exponi&eacute;ndolos a nuevas formas de esclavitud. La cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los dem&aacute;s. Dios mismo sigue siendo hoy un desconocido para muchos; esto representa la m&aacute;s grande de las pobrezas y el mayor obst&aacute;culo para el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana.<\/p>\n<p>Con todo, las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros d&iacute;as una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como <em>valor social<\/em>. Ella nos impulsa a ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas, llamados a construir con nosotros una &laquo;ciudad fiable&raquo;.<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn19\" name=\"_ftnref19\" title=\"\">[19]<\/a><\/p>\n<p>19. En este A&ntilde;o Santo se han realizado muchos signos concretos de misericordia. Comunidades, familias y personas creyentes han vuelto a descubrir la alegr&iacute;a de compartir y la belleza de la solidaridad. Y aun as&iacute;, no basta. El mundo sigue generando nuevas formas de pobreza espiritual y material que atentan contra la dignidad de las personas. Por este motivo, la Iglesia debe estar siempre atenta y dispuesta a descubrir nuevas obras de misericordia y realizarlas con generosidad y entusiasmo.<\/p>\n<p>Esforc&eacute;monos entonces en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la pr&aacute;ctica de las obras de misericordia. Esta posee un dinamismo inclusivo mediante el cual se extiende en todas las direcciones, sin l&iacute;mites. En este sentido, estamos llamados a darle un rostro nuevo a las obras de misericordia que conocemos de siempre. En efecto, la misericordia se excede; siempre va m&aacute;s all&aacute;, es fecunda. Es como la levadura que hace fermentar la masa (cf. <em>Mt<\/em> 13,33) y como un granito de mostaza que se convierte en un &aacute;rbol (cf. <em>Lc<\/em> 13,19).<\/p>\n<p>Pensemos solamente, a modo de ejemplo, en la obra de misericordia corporal de <em>vestir al desnudo<\/em> (cf. <em>Mt<\/em> 25,36.38.43.44). Ella nos transporta a los or&iacute;genes, al jard&iacute;n del Ed&eacute;n, cuando Ad&aacute;n y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos y, sintiendo que el Se&ntilde;or se acercaba, les dio verg&uuml;enza y se escondieron (cf. <em>Gn<\/em> 3,7-8). Sabemos que el Se&ntilde;or los castig&oacute;; sin embargo, &eacute;l &laquo;hizo t&uacute;nicas de piel para Ad&aacute;n y su mujer, y los visti&oacute;&raquo; (<em>Gn<\/em> 3,21). La verg&uuml;enza qued&oacute; superada y la dignidad fue restablecida.<\/p>\n<p>Miremos fijamente tambi&eacute;n a Jes&uacute;s en el G&oacute;lgota. El Hijo de Dios est&aacute; desnudo en la cruz; su t&uacute;nica ha sido echada a suerte por los soldados y est&aacute; en sus manos (cf. <em>Jn <\/em>19,23-24); &eacute;l ya no tiene nada. En la cruz se revela de manera extrema la solidaridad de Jes&uacute;s con todos los que han perdido la dignidad porque no cuentan con lo necesario. Si la Iglesia est&aacute; llamada a ser la &laquo;t&uacute;nica de Cristo&raquo;<a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftn20\" name=\"_ftnref20\" title=\"\">[20]<\/a> para revestir a su Se&ntilde;or, del mismo modo ha de empe&ntilde;arse en ser solidaria con aquellos que han sido despojados, para que recobren la dignidad que les han sido despojada. &laquo;Estuve desnudo y me vestisteis&raquo; (<em>Mt<\/em> 25,36) implica, por tanto, no mirar para otro lado ante las nuevas formas de pobreza y marginaci&oacute;n que impiden a las personas vivir dignamente.<\/p>\n<p>No tener trabajo y no recibir un salario justo; no tener una casa o una tierra donde habitar; ser discriminados por la fe, la raza, la condici&oacute;n social&hellip;: estas, y muchas otras, son situaciones que atentan contra la dignidad de la persona, frente a las cuales la acci&oacute;n misericordiosa de los cristianos responde ante todo con la vigilancia y la solidaridad. Cu&aacute;ntas son las situaciones en las que podemos restituir la dignidad a las personas para que tengan una vida m&aacute;s humana. Pensemos solamente en los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as que sufren violencias de todo tipo, violencias que les roban la alegr&iacute;a de la vida. Sus rostros tristes y desorientados est&aacute;n impresos en mi mente; piden que les ayudemos a liberarse de las esclavitudes del mundo contempor&aacute;neo. Estos ni&ntilde;os son los j&oacute;venes del ma&ntilde;ana; &iquest;c&oacute;mo los estamos preparando para vivir con dignidad y responsabilidad? &iquest;Con qu&eacute; esperanza pueden afrontar su presente y su futuro?<\/p>\n<p>El <em>car&aacute;cter social<\/em> de la misericordia obliga a no quedarse inm&oacute;viles y a desterrar la indiferencia y la hipocres&iacute;a, de modo que los planes y proyectos no queden s&oacute;lo en letra muerta. Que el Esp&iacute;ritu Santo nos ayude a estar siempre dispuestos a contribuir de manera concreta y desinteresada, para que la justicia y una vida digna no sean s&oacute;lo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios.<\/p>\n<p>20. Estamos llamados a hacer que crezca una <em>cultura de la misericordia<\/em>, basada en el redescubrimiento del encuentro con los dem&aacute;s: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos. <em>Las obras de misericordia son &laquo;artesanales&raquo;<\/em>: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea &uacute;nico el Dios que las inspira y &uacute;nica la &laquo;materia&raquo; de la que est&aacute;n hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa.<\/p>\n<p>Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de una persona. Podemos llevar a cabo una verdadera revoluci&oacute;n cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el esp&iacute;ritu, es decir la vida de las personas. Es una tarea que la comunidad cristiana puede hacer suya, consciente de que la Palabra del Se&ntilde;or la llama siempre a salir de la indiferencia y del individualismo, en el que se corre el riesgo de caer para llevar una existencia c&oacute;moda y sin problemas. &laquo;A los pobres los ten&eacute;is siempre con vosotros&raquo; (<em>Jn <\/em>12,8), dice Jes&uacute;s a sus disc&iacute;pulos. No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que &eacute;l se ha identificado con cada uno de ellos.<\/p>\n<p>La cultura de la misericordia se va plasmando con la oraci&oacute;n asidua, con la d&oacute;cil apertura a la acci&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercan&iacute;a concreta a los pobres. Es una invitaci&oacute;n apremiante a tener claro d&oacute;nde tenemos que comprometernos necesariamente. La tentaci&oacute;n de quedarse en la &laquo;teor&iacute;a sobre la misericordia&raquo; se supera en la medida que esta se convierte en vida cotidiana de participaci&oacute;n y colaboraci&oacute;n. Por otra parte, no deber&iacute;amos olvidar las palabras con las que el ap&oacute;stol Pablo, narrando su encuentro con Pedro, Santiago y Juan, despu&eacute;s de su conversi&oacute;n, se refiere a un aspecto esencial de su misi&oacute;n y de toda la vida cristiana: &laquo;Nos pidieron que nos acord&aacute;ramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir&raquo; (<em>Ga <\/em>2,10). No podemos olvidarnos de los pobres: es una invitaci&oacute;n hoy m&aacute;s que nunca actual, que se impone en raz&oacute;n de su evidencia evang&eacute;lica.<\/p>\n<p>21. Que la experiencia del Jubileo grabe en nosotros las palabras del ap&oacute;stol Pedro: &laquo;Los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasi&oacute;n&raquo; (<em>1 P <\/em>2,10). No guardemos s&oacute;lo para nosotros cuanto hemos recibido; sepamos compartirlo con los hermanos que sufren, para que sean sostenidos por la fuerza de la misericordia del Padre. Que nuestras comunidades se abran hasta llegar a todos los que viven en su territorio, para que llegue a todos, a trav&eacute;s del testimonio de los creyentes, la caricia de Dios.<\/p>\n<p><em>Este es el tiempo de la misericordia<\/em>. Cada d&iacute;a de nuestra vida est&aacute; marcado por la presencia de Dios, que gu&iacute;a nuestros pasos con el poder de la gracia que el Esp&iacute;ritu infunde en el coraz&oacute;n para plasmarlo y hacerlo capaz de amar. <em>Es el tiempo de la misericordia <\/em>para todos y cada uno, para que nadie piense que est&aacute; fuera de la cercan&iacute;a de Dios y de la potencia de su ternura. <em>Es el tiempo de la misericordia, <\/em>para que los d&eacute;biles e indefensos, los que est&aacute;n lejos y solos sientan la presencia de hermanos y hermanas que los sostienen en sus necesidades. <em>Es el tiempo de la misericordia, <\/em>para que los pobres sientan la mirada de respeto y atenci&oacute;n de aquellos que, venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida. <em>Es el tiempo de la misericordia, <\/em>para que cada pecador no deje de pedir perd&oacute;n y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre.<\/p>\n<p>A la luz del &laquo;Jubileo de las personas socialmente excluidas&raquo;, mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intu&iacute; que, como otro signo concreto de este A&ntilde;o Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la <em>Jornada mundial de los pobres<\/em>. Ser&aacute; la preparaci&oacute;n m&aacute;s adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los peque&ntilde;os y los pobres, y nos juzgar&aacute; a partir de las obras de misericordia (cf. <em>Mt<\/em> 25,31-46). Ser&aacute; una Jornada que ayudar&aacute; a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar c&oacute;mo la pobreza est&aacute; en el coraz&oacute;n del Evangelio y sobre el hecho que, mientras L&aacute;zaro est&eacute; echado a la puerta de nuestra casa (cf. <em>Lc <\/em>16,19-21), no podr&aacute; haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituir&aacute; tambi&eacute;n una genuina forma de nueva evangelizaci&oacute;n (cf. <em>Mt<\/em> 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acci&oacute;n perenne de conversi&oacute;n pastoral, para ser testimonio de la misericordia.<\/p>\n<p>22. Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios est&eacute;n siempre vueltos hacia nosotros.<strong> <\/strong>Ella es la primera en abrir camino y nos acompa&ntilde;a cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protecci&oacute;n de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicaci&oacute;n de volver los ojos a Jes&uacute;s, rostro radiante de la misericordia de Dios.<\/p>\n<p>Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de noviembre, Solemnidad de Jesucristo<strong>,<\/strong> Rey del Universo, del A&ntilde;o del Se&ntilde;or 2016, cuarto de pontificado.<\/p>\n<p>Francisco<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<div>&nbsp;<\/p>\n<hr align=\"left\" size=\"1\" width=\"33%\" \/>\n<div id=\"ftn1\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\" title=\"\">[1]<\/a> <em>In Io. Ev. tract.<\/em> 33,5.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn2\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\" title=\"\">[2]<\/a> Pastor de Hermas, 42, 1-4.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn3\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\" title=\"\">[3]<\/a> Cf. Exhort. ap. <em>Evangelii gaudium, <\/em>24 noviembre 2013, 27: <em>AAS<\/em> 105 (2013), 1031.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn4\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref4\" name=\"_ftn4\" title=\"\">[4]<\/a> <em>Misal Romano<\/em>, III Domingo de Cuaresma.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn5\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref5\" name=\"_ftn5\" title=\"\">[5]<\/a> <em>Ib&iacute;d.<\/em>, Prefacio VII dominical del Tiempo Ordinario.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn6\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref6\" name=\"_ftn6\" title=\"\">[6]<\/a> <em>Ib&iacute;d.<\/em>, Plegaria eucar&iacute;stica II.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn7\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref7\" name=\"_ftn7\" title=\"\">[7]<\/a> <em>Ib&iacute;d.<\/em>, Rito de la comuni&oacute;n.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn8\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref8\" name=\"_ftn8\" title=\"\">[8]<\/a> <em>Ritual de la Penitencia<\/em>, n. 102.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn9\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref9\" name=\"_ftn9\" title=\"\">[9]<\/a> <em>Ritual de la Unci&oacute;n y de la pastoral de enfermos<\/em>, n. 143.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn10\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref10\" name=\"_ftn10\" title=\"\">[10]<\/a> Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. <em>Sacrosanctum Concilium<\/em>, 106.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn11\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref11\" name=\"_ftn11\" title=\"\">[11]<\/a> Cf. Id<em>.<\/em> Const. dogm. <em>Dei Verbum<\/em>, 2.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn12\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref12\" name=\"_ftn12\" title=\"\">[12]<\/a> Exhort. ap. <em>Evangelii gaudium<\/em>, 24 noviembre 2013, 142: <em>AAS<\/em> 105 (2013), 1079.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn13\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref13\" name=\"_ftn13\" title=\"\">[13]<\/a> Cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. <em>Verbum Domini,<\/em> 30 septiembre 2010, 86-87: <em>AAS<\/em> 102 (2010), 757-760.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn14\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref14\" name=\"_ftn14\" title=\"\">[14]<\/a> Cf. <em>Carta con la que se concede la indulgencia con ocasi&oacute;n del Jubileo Extraordinario de la Misericordia<\/em>, 1 septiembre 2015: <em>L&rsquo;Osservatore Romano<\/em> ed. Espa&ntilde;ola, 4 de septiembre de 2015, 3-4.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn15\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref15\" name=\"_ftn15\" title=\"\">[15]<\/a> Cf. <em>ib&iacute;d.<\/em><\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn16\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref16\" name=\"_ftn16\" title=\"\">[16]<\/a> Exhort. ap. postsin. <em>Amoris laetitia<\/em>, 19 marzo 2016, 1.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn17\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref17\" name=\"_ftn17\" title=\"\">[17]<\/a> Cf. <em>ib&iacute;d<\/em>., 291-300.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn18\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref18\" name=\"_ftn18\" title=\"\">[18]<\/a> <em>Misal Romano<\/em>, Vigilia Pascual, Oraci&oacute;n despu&eacute;s de la Primera Lectura.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn19\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref19\" name=\"_ftn19\" title=\"\">[19]<\/a> Carta. enc. <em>Lumen fidei<\/em>, 29 junio 2013, 50: <em>AAS<\/em> 105 (2013), 589.<\/p>\n<\/div>\n<div id=\"ftn20\">\n<p><a target=\"_blank\" rel=\"nofollow\" href=\"#_ftnref20\" name=\"_ftn20\" title=\"\">[20]<\/a> Cf. Cipriano, <em>La unidad de la Iglesia cat&oacute;lica<\/em>, 7.<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<p><a href=\"http:\/\/es.radiovaticana.va\" target=\"_blank\" rel=\"nofollow\">Fuente: es.radiovaticana.va<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(RV).- &ldquo;Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios est&eacute;n siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompa&ntilde;a cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protecci&oacute;n de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. 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