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La Encarnación de Jesús, Parte IV

La Encarnación de Jesús, Parte IV

por José Belaunde M.

Presentamos la cuarta parte de esta serie de estudios acerca de la encarnación de Jesús, su vida y su ministerio. Un llamado a reflexionar y a meditar en todo lo que nuestro Señor vivió, experimentó, entregó e incluso sufrió para darnos vida.

La tentación en el desierto

Después del incidente de la visita al templo, que he relatado en un artículo anterior de esta serie, los evangelios guardan silencio acerca de la vida de Jesús, hasta que va a buscar a su primo, Juan el Bautista que, a orillas del Jordán y con palabras severas, predicaba un bautismo de arrepentimiento.


Jesús tendría entonces unos 30 años, de acuerdo al Evangelio de Lucas. ¿Qué había hecho Jesús en esos años de silencio? ¿Habría viajado a algún país lejano, como pretenden algunos escritos fantasiosos? Nada en las Escrituras sugiere esa posibilidad. Es muy probable que no se moviera de su pueblo, salvo para algún peregrinaje a Jerusalén, y que viviera como cualquier artesano piadoso, dedicado a su trabajo y a los suyos (Nota 1).


Sin embargo, Él no tenía necesidad de sumergirse en el Jordán en un acto público de arrepentimiento ni penitencia, para limpiarse de ningún pecado, ni confesar públicamente sus faltas, como hacían los que iban a ver a Juan. ¿Porqué fue entonces a hacerse bautizar? Cuando Juan se negó a bautizarlo Jesús le dijo: «Es conveniente que cumplamos toda justicia.» (Mt 3:15).


¿Que quería decir con eso? Jesús, en primer lugar, quería hacer justicia a Juan, dando público testimonio de que la predicación del Bautista y el bautismo que practicaba provenían de Dios, su Padre. Juan era su precursor, el enviado. Había venido para preparar el camino del Señor, llamando a la gente a la conversión; había venido para dar a conocer a su pueblo que el reino de los cielos se había acercado a ellos y que el Mesías esperado estaba por aparecer.


Pero también Jesús quería darnos ejemplo, -Él, que nunca había pecado- sometiéndose al rito del bautismo de arrepentimiento, para que todos los que creyeran en su nombre, algún día lo hicieran a imitación suya.


El bautismo de Jesús marca el inicio de una nueva etapa en su vida. Ya no viviría oculto en una pequeña aldea de Galilea. Empezaría a predicar y a enseñar, a sanar enfermos y a hacer milagros y muy pronto sería conocido de todos a lo largo y ancho de Palestina. Un grupo de discípulos y seguidores suyos se formaría a su alrededor y empezaría a acompañarlo a donde quiera que Él fuera. Su predicación y sus milagros empezarían a llamar la atención de los poderosos, incomodando a los líderes religiosos y civiles de su pueblo.


Pero antes de que empezara esta carrera pública y visible dice la Escritura que Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo (Mt 4:1). El Espíritu Santo lo llevó adrede para que fuera tentado. ¿Por qué tenía que ser tentado?


¿Por qué tienes que ser tentado tú, amigo lector, como lo eres sin duda con frecuencia? ¿Por qué tengo yo que ser tentado? ¿No sería mejor para ti y para mí que nos dejaran tranquilos, sin ocasiones de caer, ni de equivocarnos ni de hacer el mal?


En el Padre Nuestro pedimos en verdad, según el original griego: «No nos induzcas (o nos metas) en tentación.» (Mt 6:13) ¿Por qué nos enseñó Jesús a pedirle eso al Padre? ¿A pedirle que no seamos tentados?


Dios no nos tienta con el mal, ni podría hacerlo (St 1:13). Pero sí nos lleva a circunstancias donde seremos tentados. Nos lleva para que pasemos la prueba, el examen por el que todos tenemos que pasar, para que seamos aprobados o reprobados. Una y otra vez en la vida, sin que seamos advertidos, pasamos examen y se nos califica, se nos pone una nota. Y cada cual, después de pasarla, sabe bien si sale o no aprobado, a menos que su conciencia se haya encallecido. Es verdad que muchas veces ni nos damos cuenta de que estamos siendo probados.


Jesús, que en todo asumió nuestra naturaleza, tenía también que pasar el examen. Tenía que verse si salía o no aprobado. ¿Qué nota sacaría? ¿20 o una nota inferior? ¿O quizá 10, como muchos de nosotros? Era una prueba muy difícil por la que iba a pasar, porque tuvo que prepararse ayunando durante 40 días, antes de que se presentara el propio Satanás.


Este era el enfrentamiento de los siglos. La primera batalla de un choque frontal. Satanás había engañado a Adán y había obtenido el dominio sobre la tierra, que ahora estaba sometida a él. Por eso le llama Jesús, «el príncipe de este mundo» (Jn 12:31;14:30;16:11). Príncipe con un poder limitado, es cierto, pero efectivo, hasta donde Dios le permita reinar sobre las naciones y sobre las voluntades de los hombres. Pero poder no por eso menos real.


Y ahora venía Jesús, el Hijo de Dios mismo, en forma humana, a arrancarle ese dominio que el hombre le había cedido por el pecado. Venía a rescatar al hombre de su prisión y a devolverle su libertad. Era una guerra a muerte. A muerte, sí. Una guerra sin tregua. Satanás lo sabía bien. Satanás sabía también con quién tenía que habérselas, pero no duda en intentar vencerlo por el engaño, como es su táctica usual.


Comienza por decirle a Jesús, que está extenuado por el ayuno y falleciendo de hambre: «Si eres el hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan, para que puedas saciar tu hambre.» (Mt 4:3) A ver, pruébame que eres el Hijo de Dios, porque si lo eres realmente, no te costará nada hacer este pequeño milagro.


Jesús le contestó: «No es el pan material lo que interesa, porque el hombre se alimenta de toda palabra que sale de la boca de Dios.» (Mt 4:4). En otra ocasión, más adelante, Jesús dirá: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me envió.» (Jn 4:34 ) Él me sostiene y me da fuerzas.


En esta prueba Jesús fue sometido a la atracción que ejercen sobre el hombre todas las cosas que excitan sus sentidos, todas las urgencias del cuerpo, que exige sus derechos. Pero Jesús no cedió a su reclamo, para enseñarnos que, con su ayuda, debemos y podemos resistir a esas tentaciones.


Luego el diablo lo llevó a la cima del templo y le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, tírate de aquí arriba, porque si eres su hijo realmente, Dios enviará a sus ángeles para que te sostengan y no dejen que te golpees contra el suelo.» (Mt 4:5,6)


¿Quién no ha sentido alguna vez el acicate de la gloria, de la popularidad, el deseo de ser conocido y admirado por todos? Si Jesús hubiera hecho lo que le proponía Satanás, sin duda se habría hecho famoso de la noche a la mañana. Imagínense. Un hombre que se abalanza a tierra desde la cima de un alto edificio y que no se hace el menor rasguño. Todos hubieran querido mirarlo y admirarlo. Mismo Superman.


Satanás había citado una frase del salmo 91 que promete al hombre la protección de Dios cuando su vida esté en peligro. Si Dios es realmente tu Padre, por fidelidad a su palabra, y por amor a tí, no va a permitir que te hagas daño. Pero Jesús le contesta citando también la Escritura: «También está escrito, no tentarás al Señor, tu Dios.» (Mt 4:7). No es bueno tentar a Dios asumiendo riesgos innecesarios. Yo no necesito darme a conocer al pueblo mediante un prodigio de esa naturaleza, forzando a Dios a intervenir de manera extraordinaria. Yo no estoy buscando la fama ni la admiración de la gente. No me interesa. Busco su salvación y no sus aplausos (2). Busco sólo servir a Dios.


Jesús venció esa tentación para que nosotros tampoco cedamos al aliciente de la fama y de la popularidad, y que no sacrifiquemos nuestras conciencias ante el ídolo de la gloria humana.


Pero Satanás no se da por vencido. El sabe que el Mesías prometido ha venido a reinar, a gobernar al pueblo elegido, y, a través de él, al mundo entero. Sabe también que no lo logrará sin áspera lucha. (Aunque Satanás no sabe qué clase de lucha). ¿Por qué no ofrecerle un camino fácil, para que obtenga el dominio que desea sin tener que lucharla? «Yo tengo en mis manos -le dice- las riendas del mundo. A quien quiera le doy temporalmente el gobierno de la tierra, porque a mí me pertenece.» (Lc 4:5,6).


Pero ahora no le dice como antes: «Si eres Hijo de Dios…» porque sabe que, como hijo de Dios, rechazaría inmediatamente lo que va a proponerle. Por eso le tiende una trampa distinta, más atrevida. «Todos estos reinos te daré si te postras ante mí y me adoras.» (Mt 4:6,7). Que es como si le dijera: si me reconoces como dios, rindiéndome homenaje…tendrás aquí de inmediato todo lo que tu corazón ambiciona.


¿Cuántas veces el hombre no ha sentido la tentación del poder que lo avasalla todo? ¿De tener la vida y la voluntad de los hombres en sus manos? En todos los países hay hombres, que juegan con esta tentación que les acaricia el orgullo y que ceden después a ella; hombres sin escrúpulos que para engrandecerse sacrifican sus conciencias y emplean todos los medios, lícitos y vedados, para llegar al poder y mantenerse en él a como dé lugar. Para ello reniegan de Dios y en verdad venden su alma al diablo.


El poder es para ellos el bien supremo, la perla más codiciada, pero de nada les sirve tenerla sólo por un tiempo y después perderla. Quieren tenerla siempre. Permanecer en el trono mientras conserven un aliento de vida, aunque después del trono se pase directamente al sepulcro. Es un espectáculo penoso ver en la televisión los funerales de algún dictador que ya decrépito se aferró al cetro de mando hasta que muy a su pesar descendió a la tumba.


Jesús debe haber sentido la tentación del poder, porque ésa es una tentación muy humana y Él fue tentado en todo aquello en que puede ser tentado un hombre. Pero rechazó la tentación. Él había venido ciertamente a reinar, pero no de ésa manera. Había venido a reinar en los corazones de los hombres, no en sus organizaciones políticas. No por la fuerza de las armas sino por el poder del amor.


Él había venido ciertamente a reinar para llevar a todos a adorar al Padre en espíritu y en verdad. Ése era el reinado que buscaba. «A ése Señor sólo servirás y a Él sólo adorarás.»


Entiende bien, hombre o mujer que me escuchas, al Señor tu Dios sólo adorarás y no a tu ego. Al Señor tu Dios adorarás, no a esos juguetes, a esos ídolos de madera o de metal a los que rindes culto y que tanto te afanas por poseer. Al Señor tu Dios adorarás, no a esos ídolos de carne y hueso en los que pones todas tus ilusiones y que después de defraudan. Al Señor tu Dios adorarás, no a esos emblemas de poder y gloria que tan pronto pierden su brillo, por los que muchos se venden al mejor postor. Al Señor tu Dios adorarás, no al poder ni a la fama, que se desvanecen como humo al viento. Uno solo es el Señor y no hay otro fuera de Él. Sólo hay un Dios, sólo hay uno. A Él sólo adorarás.

Notas

(1) Desde hace algún tiempo se viene difundiendo con cierta insistencia a través de libros, periódicos y documentales de la TV, la noción de que durante los 18 años de su vida sobre la que los evangelios guardan silencio, Jesús habría ido a la India a recibir instrucción de maestros budistas. Esa circunstancia explicaría ciertas coincidencias de la moral que Él predicaba con la ética budista. Otros afirman con toda seriedad que Jesús no habría muerto en la cruz, sino que habría sobrevivido a ese tormento y que, una vez restablecido, habría ido con su madre a predicar al Oriente y que habría llegado hasta Cachemira, donde después de hacer muchos milagros y hacerse famoso, habría muerto a la edad de 80 años.


Esta teoría no tiene ningún asidero documental serio y está basada en un libro novelesco escrito por un periodista ruso del siglo XIX de nombre Notovich, que dice haber visto unos documentos que consignan leyendas populares acerca de un personaje que guarda algunas semejanzas con Jesús. A su vez ese personaje se parece a otro, del que hay mayores noticias y cuya vida y doctrina se parecen también a las de Jesús, y que habría muerto en Shrinagar, Cachemira, donde se haya su tumba. Partiendo de estos datos inseguros no documentados, la autora de un libro reciente muy difundido (Holger Kersten, «Jesús vivió en la India») hace un salto lógico de mil leguas para sacar la conclusión de que esa tumba de un desconocido y que no lleva ningún nombre ni inscripción (pero sí la imagen tallada de un crucifijo y de un rosario) es nada menos que la tumba de Jesús.


Frente a esas fábulas basadas en decires e historias populares, carentes de toda base documental, se puede decir que la historia que narran los evangelios está sustentada por más de 6000 manuscritos que datan los más antiguos del segundo siglo, que han sido cuidadosamente catalogados, estudiados y examinados, y que muchos de ellos han sido sometidos a la prueba del Carbono 14 para verificar su antigüedad. Sus fotografías se encuentran en las principales bibliotecas del mundo y están disponibles para todo el que quiera examinarlos y trabajar sobre ellos. Es decir, no son documentos secretos, ni arcanos, sino públicos y bien conocidos, lo que no se puede de las alegadas «pruebas» acerca de una estadía de Jesús en el Oriente.Si los evangelios guardan silencio sobre los 18 años de vida oculta de Jesús es porque no son biografía en el sentido moderno de la palabra, destinada a dar pormenores que satisfagan la curiosidad de la posteridad. Aparte de su mensaje sólo contienen los hechos de la vida de Jesús que son relevantes para su obra redentora. Mucho mayor peso científico tienen los estudios comparados que desde hace casi 100 años vienen realizando en las universidades más prestigiosas del mundo eruditos tanto judíos como cristianos de la copiosa literatura rabínica, que muestran hasta qué punto Jesús era un judío de judíos, un maestro perteneciente a la tradición de los piadosos. Aunque él no fuera aceptado oficialmente en la orden de los rabinos, pues no se conocía que hubiera estudiado bajo ninguno, –como sí fue el caso de Pablo, que estudió a los pies de Gamaliel- y sus osadas ideas chocaran con las de muchos de sus contemporáneos, Jesús era reconocido por sus interlocutores como «maestro» (rabi) por la autoridad con que enseñaba. No obstante el conflicto que lo llevó a la muerte, hoy es ampliamente admitido que su pensamiento se enmarca plenamente en el judaísmo de su tiempo que él asumió como normativo. Gran número de las expresiones de Jesús con las que estamos familiarizados y que consideramos como típicamente cristianas (el reino de los cielos, santificar el nombre de Dios, confesión de pecados, cumplir las Escrituras, el acusador, vida eterna, el último día, etc.), fueron tomadas de la piedad judía. Muchos de sus dichos proverbiales muestran coincidencias notables con la literatura del judaísmo de los dos últimos siglos antes de su venida, cuyos libros bordeaban el canon, pero finalmente no fueron admitidos en él por la asamblea de Yavné a inicios del segundo siglo («…ni multipliques en la oración tus palabras…»; «Perdona a tu prójimo y tus pecados te serán perdonados»; «riquezas injustas»; «No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan»; etc.) y que sin duda leyó. De hecho hay autores judíos contemporáneos que reclaman a Jesús para el judaísmo, aunque no reconozcan en Él al Mesías esperado por su pueblo, ni menos que fuera Hijo de Dios. No obstante lo consideran como uno de los grandes maestros del pensamiento judío de su época, al lado de los fundadores de escuela, Hillel y Shammai. Es una incongruencia atribuir veleidades exóticas a Aquel que dijo: «la salvación viene de los judíos» (Jn 4:22). Y es inverosímil que el que dijera a sus discípulos: «No vayáis por camino de gentiles…» (Mt 10:5) hubiera ido Él mismo a comarcas extrañas con las que su pueblo no tenía ninguna afinidad ni contacto. Si hay coincidencias entre el mensaje ético de Jesús y el de ciertos escritos védicos y budistas es porque la Verdad tiene una sola fuente y Dios, que ama a todas sus criaturas, no ha privado de sus luces a ningún pueblo para que, al menos por la luz de su conciencia, algunos puedan salvarse (Rm 2:14-16).


(2) ¿Cuántos predicadores hay que podrían decir sinceramente lo mismo?

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