Biblia

Misión Cumplida

Misión Cumplida

En las primeras tres horas de estar en la cruz, con clavos atravesando Sus manos y pies, y pus saliendo de las heridas inflamadas en Su espalda, las últimas palabras de Jesús revelaron una preocupación por los demás. Él perdonó a un criminal que moría a Su lado, encargó a Juan el cuidado de Su madre y miró a Sus asesinos con compasión diciendo, “Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen”.

Sin embargo, Sus palabras provocaron reacciones diversas entre quienes lo escuchaban. —“Que este Cristo, el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz. . .” decían los principales sacerdotes junto con los escribas, burlándose de Él, “para que veamos y creamos. . .” —“A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse”, decían.

Un velo de niebla envolvía la ciudad de Jerusalén en esas tres horas finales de la vida de Jesús. Durante este tiempo, los Evangelios no registraron absolutamente nada hablado, sino hasta Sus últimas palabras. La oscuridad reflejaba la inimaginable agonía espiritual que Jesús atravesaba.

“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” En ese momento, Jesús sufrió una muerte espiritual, es decir, una separación con el Padre. Nunca en toda la eternidad Jesús había sufrido esta ruptura incomprensible. Pero Él voluntariamente la aceptó, sabiendo que la paga por el pecado de toda la humanidad se estaba haciendo allí en ese preciso momento.

Justo en ese lugar, comenzaba el nuevo pacto; el universo estaba siendo redimido y todo pecado jamás cometido estaba siendo pagado.

—“¡Consumado es!” dijo Jesús. Apoyándose en los clavos se levantó una vez más para dar un último aliento diciendo, —“Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Sorprendente. . . aun en la confusión de Su dolor y la agonía de la muerte espiritual, Jesús confió Su destino a la voluntad del Padre.

El cuerpo de Jesús colgó de la cruz, inmóvil y silencioso.

En ese instante, a tan solo trescientos metros al oriente, el templo experimentó cualquier cosa excepto silencio. Un desgarre ensordecedor llenó los atrios mientras el velo que separaba a la humanidad del Lugar Santísimo se rasgaba en dos de arriba hacia abajo. Al igual que el cielo que se “rasgó” abriéndose en el bautismo de Jesús, así la ruptura del velo reveló la aceptación del Padre de la muerte de Jesús en nuestro favor. Siglos de sacrificios—ofrendas quemadas elevando hacia el cielo su aroma agradable—hallaron su cumplimiento final en el sacrificio perfecto de Jesús.