¿La misa siempre ha sido igual?
Por: Henry Vargas Holguín
No es difícil comprender que la Santa Misa de hoy, consolidada después de dos mil años, no es exactamente como la Última Cena. Con el tiempo, la Cena del Señor tuvo sus variaciones, su evolución; manteniendo sin embargo únicamente la estructura esencial y fundamental: las palabras y las actitudes del Señor.
La liturgia cristiana es muy rica y llena de significado. En realidad, la liturgia no es algo fijo, sino dinámico; no es algo frío o como un hierro oxidado, sino más bien como algo que es vivificado, y no simplemente donde hay vida.
Y la Iglesia continúa haciendo hoy lo que Cristo mismo hizo y dijo. Esta acción de Jesús es inmutable y es el núcleo de la misa.
Y junto a esto, que es inmutable y de prescripción divina, hay también otros elementos: paramentos, ceremonias, ritos y oraciones que son accidentales pues son de institución eclesiástica, heredados de la Pascua Judía, y que han cambiado según los tiempos y las circunstancias, pero no de forma arbitraria o por capricho, sino que todo tiene un por qué.
¿Por qué hay cambios a lo largo de la historia? Porque la Iglesia, a lo largo del tiempo, ha visto la necesidad de cambiar o introducir algunas cosas. El misterio de Cristo debe ser proclamado, celebrado y vivido en todo momento y lugar. Por ello, la liturgia debe corresponder a la cultura y a las circunstancias, pero debe seguir siendo reconocible como única liturgia de la Iglesia universal. (Catecismo 1200-1209).
Y además, la liturgia evoluciona porque es un proceso, y nunca debería ser comprendida sólo como un conjunto de datos o una doctrina, sino como fundamento de la espiritualidad de los creyentes y la base para la participación en la vida de la Iglesia.
La experiencia consciente de la liturgia es una necesidad en cuanto que es un aspecto esencial del ser cristianos de verdad, donde la fe y la moral entran en juego, y tiene la finalidad de introducir a los miembros de la Iglesia en la participación consciente, activa y fructífera para una vida cristiana más plena.
Los actos litúrgicos o las acciones litúrgicas son aquellas que, por institución de Jesucristo y de la Iglesia, y por cuenta de ambos, se realizan para dar a Dios y a los santos el culto debido. La eficacia de la liturgia depende por tanto de la voluntad institucional de Cristo y de la Iglesia, y de que se cumplan necesariamente las condiciones de validez para que estos actos actualicen la presencia del Señor.
Pero indistintamente de cómo se lleven a cabo, porque la misa ha evolucionado, el momento de elevar el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque es instituida por la Iglesia, es importante y es necesariamente parte de la consagración, no sólo para exaltar la presencia del Señor, sino también porque este momento debe ser aprovechado para adorarle.
Y no hay ninguna consagración sin la epíclesis; esta es parte integrante e indispensable de la consagración. La epíclesis es la invocación del poder del Espíritu Santo para que los dones eucarísticos sean consagrados; es decir, es el modo de que las palabras de Cristo, repetidas por el sacerdote, sean eficaces y hagan posible la transubstanciación. La epíclesis y las palabras de la institución forman una unidad indisoluble: la consagración. Estas dos partes no existen una sin la otra.