Biblia

Gotas de Dios

Gotas de Dios

por Marco A. Vega

El mensaje correcto, el mensajero en línea directa con su Padre, la motivación y el momento correctos, dan como resultado Dios y una gota, no una gota de Dios.

Tuve la gran idea de hacer un impresionante experimento. Llené un vaso con agua y le añadí una gota de leche. Lo revolví por más de cinco minutos y sucedió lo que me temía, la gota de leche se disolvió tanto en el agua que cuando la bebí, el agua seguía con el sabor propio de ella (en realidad, ¡el agua no sabe a nada!), es decir, la pequeña gota de leche no aportó ningún cambio como yo esperaba de mi «grandioso» experimento. Por algún momento pensé que quizás el agua iba a tomar un rico sabor a leche, que iba a cambiar de color inmediatamente y que más adelante podría iniciar una empresa productora de leche a muy bajo costo (esto último fue un chiste).Como se habrá dado cuenta, ni el experimento es impresionante, ni los resultados son novedosos. Una pequeña gota, en muchos casos, no sirve para hacer grandes transformaciones. Lo que me extraña es que, sabiendo esto, los líderes juveniles siguen esperando que sus jóvenes se comprometan más con Dios, que sus grupos tengan experiencias que marquen sus vidas y que haya un avivamiento nacional, pero añadiendo, de igual manera, «una gota de leche a un balde con agua».Igual sucede con nuestro liderazgo, entre más desapercibidos pasemos en nuestra iglesia donde la estrella es el Señor mejores líderes seremos.Esto lo digo principalmente de mi propia experiencia, pues, después de cinco años de estar al frente de un grupo de jóvenes, comencé a buscar nuevas «formas juveniles» de hacer las reuniones, justamente para alcanzarlos a ellos. El problema con estas nuevas formas juveniles es que sin darme cuenta fui sacando a Dios de escena para que las reuniones no sonaran tan espirituales y, por supuesto, añadíamos en las reuniones una gota de leche al «balde con agua», o dicho de otra manera, una gota de Dios a una montaña de otras experiencias «buenas y atractivas».Me gustaría que analice el programa de uno de los encuentros que hicimos para atraer a los jóvenes (cualquier parecido o similitud con alguna de sus reuniones es mera coincidencia). Lo llamamos «día de cambio». Presentamos la película Shrek I, el grupo de rap hizo una coreografía y cantó estilo Funky, era una noche de canguros (porque sonaba la música y todos brincaban al mismo tiempo); luego, uno de los líderes, para animar un poco, contó un buen chiste; seguimos con la música que parecía más un concierto interminable de mil canciones rápidas y dos suavecitas (más conocido como alabanza y adoración); cerramos con un mensaje a la conciencia por este servidor, el cual duró poco menos de veinte minutos (porque, como se ha dicho, los jóvenes no pueden escuchar un sermón de más de veinte minutos)¿No cree que la verdad tras este encuentro tiene alguna similitud con la de mi experimento?Sí, de acuerdo, mucho agua, poca leche. Dicho en otras palabras, «el agua sigue con su sabor característico: a nada». O evangélicamente hablando, «las reuniones de este tipo siguen sin cambiar la vida de nadie».Dos horas y diez minutos de «otras experiencias buenas y atractivas» y escasos veinte minutos de lo verdaderamente importante (pero sin descontarle el tiempo que debe usarse para ser dinámico, contar historias, chistes y demás a fin de sostener la atención; entonces, el tiempo real del mensaje directo de la Palabra llega a alcanzar 10 minutos como máximo). Sencillo: ¡Una gota de leche en un balde lleno de agua! Si lo que cambia vidas es la Palabra, ¿por qué usamos tan solo una gota de ella?Esto me recuerda precisamente el relato de la Palabra de Dios sobre Juan el Bautista. En San Marcos 1.2-3 el evangelista cita al profeta Isaías a fin de mostrar la misión clara y específica asignada a Juan el Bautista: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, haced derechas sus sendas.Ese fue el mensaje, «Prepara el camino», con un fin específico, «Para la venida del Señor». Creo que los dos cumplieron su parte, Juan preparó el camino, y, luego, Jesús vino a la Tierra. A la hora de preparar el camino, Juan el Bautista no lo hizo mediante meras ocurrencias, sino que siguió un plan claro y específico, y utilizó no solo una gota sino un balde de leche al cual añadió una gota de agua para comunicar su mensaje que preparaba la venida de Jesús.Entonces, si comparamos la misión de la iglesia con la de Juan el Bautista, preparar el camino del Señor, obligadamente surge una pregunta: ¿Cómo estamos preparando el camino para Su segunda venida? ¿Esta se demora porque el camino no está bien preparado? Si la iglesia hace bien su tarea de preparar el camino, ¿tendremos la promesa cumplida de ver a Jesús en las nubes?Para poder seguir el ejemplo de Juan debemos analizar tres formas en las que él cumplió su misión. Quizás así ya no tengamos necesidad de «otros caminos» para erradamente suplir la falta de poder del Espíritu para transformar la vida de los jóvenes; y quizá podamos enfocarnos en Dios como el centro para transformar vidas. Como siempre debió ser.Estas son las tres formas:1. El mensaje del mensajeroJuan el Bautista predicaba un mensaje sencillo, de arrepentimiento, que terminaba con el bautismo de agua (bautismo de arrepentimiento) como símbolo visible de la decisión que la gente tomaba de cambiar. La palabra griega que Mateo y Marcos utilizan para arrepentimiento, metanoias, significa cambiar de actitud y convertirse a Dios. Eso era lo natural para Juan, que sus oyentes y discípulos cambiaran de actitud y se convirtieran a Dios. Es más, cuando algunos de los líderes religiosos se acercaron por el bautismo, él los exhortó a dar «frutos dignos de arrepentimiento» (Mt 3.8), pues, de lo contrario, así como «todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego» (Mt 3.10).El mensaje no es del mensajero y no debe alterarlo por la mera intención de complacer a su audiencia, la juventud moderna. Hay varios asuntos que no son negociables, y uno de ellos es el mensaje. Creo que es oportuno meditar en el mensaje que entregamos en las oportunidades de enseñanza que Dios nos da. Hay varias preguntas que recientemente me he formulado para verificar que el mensaje que entrego siga sin alteraciones en su contenido:Cuando predico, ¿mi audiencia habla mucho de mí y poco de Dios? Cuando preparo mi predicación, ¿pienso en qué pensará y cómo reaccionará la gente o busco lo que Dios quiere decirle a su pueblo? ¿Cuál es mi mayor preocupación?, ¿que los jóvenes salgan contentos después de la reunión o enteramente desafiados a parecerse a Cristo?Quiero que quede en «actas» que no estoy desvalorizando las predicaciones con todos los «adornos» que los predicadores utilizamos (el humor, las historias, los comentarios adicionales); eso sí, en tanto no se pierda de vista lo que es verdaderamente importante: que los jóvenes moldeen sus actitudes y se conviertan a Dios. Al fin y al cabo, la cruz de Cristo se ve mejor sin adornos. Por sí sola comunica, habla, grita y calla.Si transcurre mucho tiempo y los jóvenes persisten en la misma actitud, deberíamos pensar seriamente en hacer un análisis profundo del contenido de la predicación del mensajero o bien, deberíamos estudiar un poco la intención del éste. Si cuando predico no ocurren cambios en la vida de mis oyentes, muy probablemente sea porque el contenido habla muy poco de Dios y mucho de cualquier otro asunto. Pablo, hablándoles sobre su predicación, le dice a los gálatas «¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.» (Gá 1.10)Es bueno recordar que la función del mensajero es llevar un mensaje, no cambiarlo o acomodarlo. No es su mensaje, de lo contrario no sería mensajero. Es el mensaje de otro. Por ello debe ser inalterable su contenido. En el caso de predicar a los jóvenes el mensaje debe ser el mismo de hace 2000 años; cambio de actitud y conversión a Dios, culminando con el verbo más usado por Dios, «hacer».El asunto de predicar Su Palabra es una responsabilidad que no es muy bien entendida en este tiempo. La responsabilidad que tenemos al proclamar el mensaje es igual de grande al sentimiento especial que experimentamos cuando lo anunciamos. Tenemos la inmensa responsabilidad de entregar el mensaje, de escuchar la voz del Señor, de pasar tiempo con él, de callar en su presencia y de anunciar lo que su Palabra enseña, no menos, no más. Mucho de Dios, pocos adornos. Mucha cruz, pocos pretextos.2. Clamor en el desiertoEs sumamente importante analizar el lugar donde Juan comienza a predicar. ¡Un desierto!, así como lo lee, ¡un desierto! ¿A quién, con un gran llamamiento de parte de Dios, se le ocurre predicar en un desierto? ¿Cómo preparar el camino frente a un gran pueblo, los habitantes de Jerusalén, toda Judea y Samaria desde el desierto? Pero, si estamos viviendo el evangelio de las «multitudes» en el desierto, ¿cuál multitud escuchará el mensaje?He escuchado diversas interpretaciones que buscan justificar el ministerio de Juan en el desierto. Pero me gusta más creer que es en el desierto precisamente donde Juan iba a ver el respaldo de Dios, sin personas, sin estadios, sin recursos, sin aplausos, sin miradas de curiosos, solo Juan con su Dios. O dicho de otra manera, solo Dios con su Juan, con su mensajero. Un mensajero que no buscaba otra cosa más que llevar el mensaje aprendido en el lugar que Dios eligiera. San Marcos cita claramente que «acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén, y … eran bautizados por él» (Mr 1.5). En buena teoría, para llegar al estéril desierto donde Juan comienza su ministerio se necesitaba cerca de un día de camino desde Jerusalén. ¿Se imagina hacer un día de camino para escuchar a un simple hombre? ¿Qué clase de mensaje tenía este hombre para que la gente acudiera a él desde tan lejos? ¿Que lo acompañaba para que capturara tantas multitudes? Se encontraba sin grandes escenarios, sin espectáculos, sin show, sin la tecnología «moderna» de atracción, pero sí con un pequeño detalle en su vida: el mensaje correcto.Cuando el mensaje y el mensajero están unidos, la gente correrá de todo lugar a escucharlo, sin importar en qué lugar lo esté anunciando. Un mensaje sin adornos, sin arreglos, sin prejuicios; un mensaje del trono, directo, claro y conciso; un mensaje de esperanza y aventura; de paz y de amor; el mensaje de cambiar de actitud y convertirse a Dios. No es necesario estar buscando lugares o escenarios llamativos para «atraer» a los jóvenes, solo es indispensable asegurarse que el Creador estará donde quiera que vayamos. Dios es capaz de convertir desiertos estériles en salas de parto (donde podemos ser testigos de nuevos nacimientos), si tan solo llevamos el mensaje correcto, el mensajero sumiso y la motivación limpia de agradar a Dios, cualquiera sea el lugar.Lo importante no es dónde comenzar el ministerio, sino asegurarnos de que Dios va con nosotros. Con desierto o sin desierto, si Dios camina a nuestro lado, la juventud caminará al lado de nosotros. Eso justamente necesitan nuestros jóvenes, más que entretenimiento, canciones y juegos. Necesitan cambiar su actitud y convertirse a Dios. Este es el mensaje que cambia, proclamado desde cualquier lugar. Iglesias grandes o chicas, estadios o simples garajes.Si la iglesia hace bien su tarea de preparar el camino, ¿tendremos la promesa cumplida de ver a Jesús en las nubes?¿Acaso David necesitó de juegos rompehielos para vencer a Goliat? Necesitó de la presencia de Dios. ¿Acaso Daniel fue instruido en música rap babilónica? Fue instruido en la forma en que los jóvenes deben orar. Él oraba porque alguien sacó el tiempo para enseñarle. Pablo le dice a Timoteo que pelee la buena batalla de la fe, no le dice que disfrute las buenas películas de la reunión del sábado.El impacto positivo que la juventud debiera recibir en este nuevo siglo no llega. Porque su líderes tienen en sus corazones formas de trabajo que excluyen a Dios, mensajes que entretienen y animan la vida, pero que no la cambian en el poder del Espíritu; y promesas de alcanzar grandes multitudes como su máximo logro y no una búsqueda desesperada por la presencia de Dios.3. Saber cuál es su momentoUn buen amigo dijo esto: «es impresionante cómo Juan el Bautista se preparó por treinta años para servir en un ministerio que duró solamente seis meses. Es más lo que la persona puede hacer en seis meses lleno de la voluntad de Dios que en treinta años inventando ministerios y formas novedosas de llevar adelante el Reino».Una de las formas en que Juan preparó el camino fue entendiendo con toda claridad que él tenía que menguar, bajar, pasar desapercibido; en pocas palabras, tenía que «desaparecer». Personalmente, a mí me hubiera molestado muchísimo pasar por tanta preparación para servir por solo seis meses en el ministerio. Precisamente, esa es la actitud que el Señor no busca en nosotros. La Palabra enseña que para que la semilla dé fruto es necesario que muera, esto significa que la semilla no debe engrandecerse, por el contrario, debe «desaparecer». Esto me recuerda a los árbitros de fútbol, cada vez que los aficionados los insultan más, ellos se entrometen mucho y afectan para mal el encuentro. Entre más desapercibidos pasen en el encuentro, mejor arbitraje harán. Igual sucede con nuestro liderazgo, entre más desapercibidos pasemos en nuestra iglesia donde la estrella es el Señor mejores líderes seremos.Hoy nuestro sistema está plagado de títulos, puestos, cargos, carteleras, fotos, propaganda, que hablan más del predicador que del Dios que predican. Y volvemos al inicio, mucho agua, poca leche. Es tiempo de despojarnos de esas motivaciones que buscar agradar, complacer o quedar bien con los demás. Es tiempo de que la Palabra sea predicada como el evangelio por el cual la gente cambia de actitud y se convierte a Dios. Es tiempo de volver a ver jóvenes con el carácter para tomar decisiones como Daniel; con la valentía para dejar pasar «oportunidades» como José; con la confianza necesaria para avivar el don de fuego que ha sido puesto en ellos como Timoteo; para confesar lo que Dios ponga en sus corazones a pesar de sus limitadas edades como Jeremías. Es tiempo de volver a transformar generaciones utilizando la espada, no el juguete, de creer que en nuestras manos está la responsabilidad de guiar a la juventud a encontrarse con su realidad ante Dios.El mensaje correcto, el mensajero en línea directa con su Padre, la motivación y el momento correctos, dan como resultado Dios y una gota, no una gota de Dios.

©Copyright 2005-2010, DesarrolloCristiano.com