La ONU escucha a los cristianos perseguidos, pero no sabe cómo salvarles
Por: La Nuova Bussola
El secretario general de la ONU está “profundamente preocupado” por las noticias que llegan del Estado Islámico. Pero tiene un plan. A decir verdad – más que tenerlo – está en ello. Pero, ante el Consejo de seguridad de la ONU, convocado por primera vez para discutir la cuestión de la “violencia contra las minorías en Oriente Medio” (la definición en lenguaje ONU de la persecución del ISIS contra cristianos y yezidíes) – ha asegurado que “un plan de acción para prevenir el extremismo violento se lanzará en septiembre”.
Añadiendo también que cuenta mucho con el apoyo de “un grupo de mujeres y hombres de prestigio, con un profundo conocimiento de los ámbitos religiosos, civiles, culturales, académicos y económicos” que lleven a cabo una consulta preciosa “sobre las dinámicas internas y las relaciones” entre los diversos grupos étnicos y religiosos de la región.
No parece una solución fuerte; y además, verá la luz dentro de seis meses. Pero – al final, más allá de las bonitas palabras – es lo que se ha concluido estos días el Palacio de Cristal sobre la cuestión de los cristianos perseguidos en Oriente Medio.
Y sin embargo, la mañana en Nueva York había empezado con el fuerte testimonio de las principales víctimas de esta situación. En el Sancta Sanctorum de la política internacional habían tomado la palabra el patriarca de los caldeos Louis Sako y la diputada iraquí de etnia yezidí Vian Dakhil.
El cabeza de la antiquísima comunidad mayoritaria entre los cristianos de Bagdad – en particular – había formulado una serie de peticiones concretas. La más importante, la que repite desde hace meses: la liberación de las ciudades iraquíes con la creación de una “zona de seguridad” para aquellos a los que el Estado islámico obligó a huir el pasado verano con violencia.
También pedía otras medidas: las garantías de igualdad entre ciudadanos en la Constitución iraquí; la “reforma de los programas educativos” para favorecer “los principios del respeto entre ciudadanos y la promoción de la tolerancia y de la comunicación”; y sobre todo la aprobación de “una ley que castigue a países e individuos que apoyan a grupos terroristas a nivel financiero, intelectual o con las armas”.
A parte del último punto – evidentemente tabú en el Palacio de Cristal – de lo demás se habían encontrado algunas huellas en los cuatro objetivos políticos indicados por el presidente de turno del Consejo de seguridad, el ministro de Exteriores francés Laurent Fabius, a cuya iniciativa se debe cita celebrada en Nueva York.
El primer objetivo, por ejemplo, afirma claramente que la asistencia humanitaria a los prófugos iraquíes debe incluir también “el compromiso para que vuelvan a sus casas”. Y el segundo añade que “la coalición y las fuerzas iraquíes” deben poder garantizar la seguridad a las minorías perseguidas.
Además, Fabius añadió también que, tanto en Irak como en Siria, los Estados deberán asegurar el respeto de cada comunidad étnico religiosa y que – cuarto objetivo – los responsables de las gravísimas violencias de estos años deberán comparecer ante el Tribunal penal internacional. Compromisos todos que – en la liturgia de intervenciones de las delegaciones nacionales en torno a la gran mesa del Consejo de seguridad – nadie ha discutido.
Pero el problema es siempre el mismo: ¿quién tiene la fuerza de llevarlos a cabo? Porque en el debate, además, el análisis del conflicto en Siria ha hecho salir en seguida las divisiones de siempre; con la misma delegación americana, por ejemplo, que – antes menos tibia hacia Assad – citó a los cristianos entre las víctimas del asedio (gubernamental) de Homs. Tampoco han faltado las referencias de los países árabes al conflicto en Yemen.