Biblia

Perfecto mensajero

Perfecto mensajero

por Christopher Shaw

En la persona de Cristo el mensaje y el mensajero logran su más sublime conexión

Versículo: Hebreos 1:2

1:2 en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo.

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Las Escrituras no disfrazan ni esconden las limitaciones, los errores y los desaciertos con los que los profetas desempeñaron su ministerio. La intensidad de la gloria de Dios resplandecía con mayor intensidad frente a actitudes que, muchas veces, eran incompatibles con el mensaje recibido. La ira de Moisés por los constantes reclamos del pueblo acabó en pecado y condenación. El historiador no omite contarnos la sorpresiva huida de Elías al desierto, a pocas horas de su más contundente victoria ministerial. Jeremías llegó a tal estado de desánimo, frente a la indiferencia del pueblo, que maldijo el día en que había nacido. ¿Y qué podemos comentar de Jonás, con su actitud de abierto fastidio frente a la misericordia de Dios hacia el pueblo asirio? Así de frágiles y pequeños eran los hombres que escogió el Altísimo para el alto honor de convertirlos en sus voceros. En ocasiones estas limitaciones constituían un verdadero obstáculo para que entendieran con claridad el mensaje que Dios intentaba comunicarles. En otras, algunos de ellos recibieron la Palabra con claridad, pero su torpeza al entregarla al pueblo la empañó. En Cristo el mensajero y el mensaje son uno y el mismo La llegada de Cristo pone fin a estas dificultades. En el Mesías el mensaje y el mensajero se fusionan en una perfecta representación de lo que Dios desea comunicar al ser humano. «El es el resplandor de Su gloria y la expresión (representación) exacta de Su naturaleza» [itálicas añadidas]. El mensajero ya no es un obstáculo para la comunicación, porque él no es el mero portador de un mensaje. Él es el mensaje. La gracia de su persona proveía el respaldo idóneo para las palabras que compartía, de manera que la gente experimentaba asombro ante la profundidad y la claridad de su enseñanza (Mateo 7. 28; 13.54). Al observar los evangelios comprobamos que no existe contradicción alguna entre el mensaje y el mensajero. Tal como cuando les lavó los pies a sus discípulos, en la última cena, el Mesías respaldaba cada una de sus enseñanzas con un impecable ejemplo que les permitía constatar de qué manera se vive la verdad en la vida cotidiana. Cuando el mensajero y el mensaje se vuelven uno, la Palabra alcanza la mayor expresión de su fuerza. Pero, cuando la vida del mensajero contradice abiertamente el mensaje que intenta compartir, la Palabra no actúa con todo su vigor. No obstante, aun en estas condiciones, es tal el compromiso de Aquel que es dueño del mensaje que la Palabra igualmente penetra algunos corazones y produce su extraordinaria obra transformadora. Cuánto mayor es su provecho cuando, como en el caso del Cristo, el mensajero y el mensaje han logrado fundirse con perfección.  

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