{"id":30371,"date":"2016-06-11T01:26:49","date_gmt":"2016-06-11T06:26:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/como-se-llega-al-cielo\/"},"modified":"2016-06-11T01:26:49","modified_gmt":"2016-06-11T06:26:49","slug":"como-se-llega-al-cielo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/como-se-llega-al-cielo\/","title":{"rendered":"C\u00f3mo se llega al&nbsp;cielo"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\"> A veces estamos convencidos de que son nuestras obras las que nos salvan. Como si nuestros m&eacute;ritos abrieran con fuerza las puertas del cielo.<br \/> &nbsp;<br \/> San Pablo nos lo recuerda: \u201c<strong>Est&aacute;is salvados por su gracia y mediante la fe.<\/strong> Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya\u201d. Efesios 2, 4-10.&nbsp;<strong>No se debe a nosotros. Se debe a su gracia<\/strong>. Estamos llamados a vivir con &Eacute;l por misericordia.<br \/> &nbsp;<br \/> &iexcl;Qu&eacute; paradoja! Dios quiere mi amor. Porque <strong>mi amor abre la puerta del amor de Dios para otros<\/strong>, para los que son amados por m&iacute;. <strong>Pero mi amor, mi capacidad de hacer el bien, el don de entregar la vida, no abre las puertas del cielo.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> No las abro a golpes de voluntad, a golpes de vida heroica. <strong>No soy yo es el que las abre, Jes&uacute;s las abre para m&iacute;.<\/strong> Jes&uacute;s no se defendi&oacute;, no hizo nada para salvarse.<br \/> &nbsp;<br \/> Hoy miro la cruz y vuelvo a comprender lo importante: <strong>El amor de Dios es el que me salva y no mi amor<\/strong>. <strong>Su vida entregada es la que me sostiene, no mi fe.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Conozco mi debilidad y mi pecado y s&eacute; que sin su amor y su fuerza no ser&iacute;a nada y me dejar&iacute;a arrastrar por la corriente. Es el milagro m&aacute;s sorprendente. El milagro de un amor que se hace hombre para salvar al hombre. <strong>La impotencia que nos salva, la muerte que nos da vida. <\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> El milagro no es que el ciego vea, sino que alguien a su lado, por puro amor, aparte los obst&aacute;culos y le ame en silencio toda su vida.<br \/> &nbsp;<br \/> El milagro no es que desaparezca la enfermedad de mi vida, sino que en medio del dolor y el sufrimiento vea cada d&iacute;a el rostro de Jes&uacute;s en los que me quieren por lo que soy, por gracia, no por mis m&eacute;ritos.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>El milagro es que aprenda a sonre&iacute;r en la oscuridad del camino<\/strong> y sea feliz cuando todo a mi alrededor me invita al des&aacute;nimo. El milagro es el amor que brota del coraz&oacute;n cuando el amado no se merece su amor.<br \/> &nbsp;<br \/> El milagro es ese Dios que, en su silencio, me salva cada d&iacute;a y siembra la luz en mi alma. El milagro est&aacute; en la mirada que es capaz de cambiar la realidad. Como la mirada de esa persona que hablaba as&iacute; de su padre mayor y enfermo:<br \/> &nbsp;<br \/> \u201c<em>Est&aacute; como ausente, pero est&aacute; ah&iacute;, sin mirar, sin o&iacute;r, pero est&aacute;. <strong>La sensibilidad al tacto es lo &uacute;ltimo que se pierde. <\/strong>Est&aacute; presente en el tacto, en el beso, en las&nbsp;caricias, en las monta&ntilde;as de ternura. Eso no muere nunca, enriquece la tierra, la hace fecunda. <\/em><br \/> &nbsp;<br \/><em>No s&eacute; qu&eacute; hacer ni qu&eacute; gritarle al o&iacute;do, pretendiendo que responda. No tengo que esperar que lo haga. Basta simplemente con sujetarlo al andar y caminar despacio. Abrazarlo y dejarme besar cuando su mano lleva mi mano a sus labios. Y&nbsp;sonre&iacute;r, aunque ya no&nbsp;me mire<\/em>\u201d.<br \/> &nbsp;<br \/> El milagro del amor silencioso que cuida y aguarda, que espera y calla. El milagro del amor que es gracia. As&iacute; es Dios cuidando mi vida.<br \/> &nbsp;<br \/> La sensibilidad al tacto es lo &uacute;ltimo que perdemos. <strong>Quiero que Dios me toque cada d&iacute;a, para no olvidar su presencia.<\/strong> Quiero que permanezca callado a mi lado, esperando, cuidando, mirando mi vida. Quiero notar su mano en la m&iacute;a. Y su voz, aunque no logren o&iacute;rla mis o&iacute;dos sordos.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Quiero que est&eacute;, aunque yo me aleje. Quiero que me vea, aunque yo no lo vea.<\/strong> Sonre&iacute;rle siempre sin ver su sonrisa. As&iacute; es Dios conmigo, cada d&iacute;a, cada noche, me cuida.<br \/> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban A veces estamos convencidos de que son nuestras obras las que nos salvan. Como si nuestros m&eacute;ritos abrieran con fuerza las puertas del cielo. &nbsp; San Pablo nos lo recuerda: \u201cEst&aacute;is salvados por su gracia y mediante la fe. 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