{"id":30616,"date":"2016-06-11T01:35:02","date_gmt":"2016-06-11T06:35:02","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/no-caigamos-en-la-trampa-de-la-autocompasion\/"},"modified":"2016-06-11T01:35:02","modified_gmt":"2016-06-11T06:35:02","slug":"no-caigamos-en-la-trampa-de-la-autocompasion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/no-caigamos-en-la-trampa-de-la-autocompasion\/","title":{"rendered":"\u00a1No caigamos en la trampa de la&nbsp;autocompasi\u00f3n!"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Centro de Estudios Cat\u00f3licos<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">Los directores espirituales, los psic&oacute;logos, los psiquiatras, los amigos, las personas que han ganado la confianza de otras, est&aacute;n acostumbradas a escuchar una sentencia enunciada de infinitas de maneras: &iexcl;No valgo! &iexcl;Nada me sale bien! &iexcl;Pobre de m&iacute;! Estas proclamas catastrofistas constituyen la \u201ctrampa de la autocompasi&oacute;n\u201d.<br \/> &nbsp;<br \/> Las personas dedicadas a la ayuda y al consejo aprenden a \u201cdesarmar\u201d semejantes pensamientos. Partiendo desde una perspectiva espiritual, &iquest;acaso el valor personal no se enra&iacute;za en el amor que Dios tiene por cada uno de nosotros, con nombre y apellido, y que se ha manifestado en el sacrificio de su Hijo? Por otro lado, confrontando la realidad, el consabido \u201cno valgo\u201d dif&iacute;cilmente resiste un adecuado cuestionamiento.<br \/> &nbsp;<br \/> El problema est&aacute; quiz&aacute; en dimensiones m&aacute;s profundas, y a la vez, cotidianas. Para enumerar algunas, el desconocimiento personal y los h&aacute;bitos de pensamiento. Es necesario introducir otra consideraci&oacute;n: el contenido que le otorgamos a la palabra \u201cvalor\u201d. Lo que entiendo por ello es muy importante. Asimismo necesito preguntarme sobre qu&eacute; base, qu&eacute; patrones o modelos juzgo si valgo o no.<br \/> &nbsp;<br \/> Es v&aacute;lido afirmar que dif&iacute;cilmente nos escaparemos de los h&aacute;bitos mentales autocompasivos. Nos veremos asaltados por ellos, posiblemente, en circunstancias de aflicci&oacute;n. Cuando las cosas est&aacute;n serenas, comprendemos que aquellas cavilaciones no conducen a ning&uacute;n lugar, salvo al abatimiento. Sabemos que es necesario mostrar firmeza con los abismos mentales, destructivos y catastrofistas. Pero, en momentos de fragilidad, y, especialmente, cuando est&aacute; extendido el h&aacute;bito de la autocompasi&oacute;n, estas maneras de pensar brotar&aacute;n, requiriendo una respuesta de nuestra parte.<br \/> &nbsp;<br \/> Durante la reciente canonizaci&oacute;n del Papa Juan XXIII recordaba la providencial pero dif&iacute;cil trayectoria que le acerc&oacute; al Pontificado. Nombrado Nuncio, pas&oacute; 20 a&ntilde;os destacado a dos destinos remotos, considerados superficialmente de \u201climitada importancia\u201d: Bulgaria y Turqu&iacute;a. La tentaci&oacute;n hubiese sido pensar que \u201cse le ten&iacute;a en menos\u201d. Pero no fue as&iacute;. Relata Angelo Giuseppe Roncalli en sus memorias que aquellos a&ntilde;os fueron fundamentales para su aprendizaje pastoral y diplom&aacute;tico, adquiriendo una cosmovisi&oacute;n sobre las relaciones con las Iglesias Orientales y el di&aacute;logo interreligioso. Ideas que se plasmar&iacute;an, m&aacute;s tarde, en la preparaci&oacute;n del Concilio Vaticano II.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>La \u201ctrampa\u201d de la autocompasi&oacute;n<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> El psic&oacute;logo Jay Adams preven&iacute;a que el continuo rumiar y el circunloquio de pensamientos autocompasivos conduce a consecuencias desastrosas: &laquo;La autocompasi&oacute;n es pensar sin acci&oacute;n. Es hablar con uno mismo sin considerar las soluciones de Dios. S&oacute;lo puede producir efectos perniciosos. Cuando uno cavila sobre problemas pasados, permite que lo que ya no tuviera existencia, excepto en la mente, le haga desgraciado. Los problemas pasados no tienen este poder. Lo que hace uno sobre ellos es lo que determina el traerlos al presente. Cuando lo que uno hace es cavilar y compadecerse, est&aacute; haci&eacute;ndose a s&iacute; mismo desgraciado, creando su propio malestar&raquo;1.<br \/> &nbsp;<br \/> La autocompasi&oacute;n puede constituirse en un h&aacute;bito mental que no responde a la realidad. Una especie de \u201cpiedra de molino\u201d atada al cuello que perturba la vida. Aquellos h&aacute;bitos se acrecientan cuando se cede en materias que podr&iacute;an \u201cno ser\u201d.<br \/> &nbsp;<br \/> Los h&aacute;bitos, incluidos los de pensamiento, son el producto de las costumbres acondicionadas a nuestro entorno. Nunca podremos dejar de valorar la importancia de los h&aacute;bitos cuando est&aacute;n correctamente educados y encausados. El Cardenal Tom&aacute;s Spidlik afirmaba que &laquo;la vida adquiere estabilidad por los h&aacute;bitos que se convierten como una segunda naturaleza&raquo;2.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Algo que se descubre tempranamente es el costo de desterrar un mal h&aacute;bito. Alguien afirmaba que el mejor m&eacute;todo era semejante al empleado para extraer un clavo: introduciendo otro por el lado contrario. Se trata de practicar buenos h&aacute;bitos, evang&eacute;licos, para desplazar a los nocivos. A este orden pertenecen tambi&eacute;n las formas de pensar. Con la ayuda de Dios, los h&aacute;bitos forjan el car&aacute;cter y dan soltura en las pr&aacute;cticas del bien. &laquo;El hombre virtuoso es siempre feliz al practicarlas&raquo;3. De lo contrario, si asumimos normas erradas o complacientes, sobreviene el fracaso y la frustraci&oacute;n.<br \/> &nbsp;<br \/> En cierta forma la autocompasi&oacute;n es una respuesta condicionada, una manera de pensar que puede ser \u201cdesarmada\u201d mediante el despojamiento de h&aacute;bitos de pensamiento que est&aacute;n en desacuerdo con la verdad, que es la adecuaci&oacute;n a la realidad.<br \/> &nbsp;<br \/> La autocompasi&oacute;n suele ser, por otra parte, una manifestaci&oacute;n de orgullo. Por ejemplo, podemos pensar: \u201cMe encuentro frustrado porque ans&iacute;o que las cosas siempre me salgan bien o resulten a mi antojo\u201d. Aquello no suele ocurrir. Existen situaciones que deseamos, pero que no son necesariamente las mejores. &laquo;Todos los argumentos de la raz&oacute;n son contrarios&raquo;, explicaba Spidlik. &laquo;Entonces, se intenta justificar dicha acci&oacute;n con otras cosas, por ejemplo, con un texto de la Sagrada Escritura, que lo interpretamos de manera tal que nuestro pensamiento parezca recto&raquo;4.<br \/> &nbsp;<br \/> San Doroteo de Gaza se&ntilde;alaba que dif&iacute;cilmente se podr&aacute; ayudar a quien est&aacute; tercamente aferrado a sus propias ideas, a su voluntad caprichosa. Doroteo explicaba que el proceso del desorden viene de formas de pensar que suscitan una viva atenci&oacute;n. En circunstancias correctas y prudentes existen instancias de discernimiento: la perspicacia espiritual, o la escucha al padre espiritual, por ejemplo. Pero quien est&aacute; aferrado a su voluntad, trata de justificarse. Sobreviene entonces la obstinaci&oacute;n. Entre los argumentos m&aacute;s recurrentes: \u201ces justo\u201d; \u201ctengo derecho\u201d; \u201cme lo he ganado\u201d. En lenguaje corriente, se trata de testarudez y terquedad.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>La humildad, primer paso para salir de la autocompasi&oacute;n<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> &iquest;C&oacute;mo quebrar el ciclo obstinado? Primeramente, moviliz&aacute;ndonos fuera de la autocompasi&oacute;n, y avanzando hacia el aut&eacute;ntico conocimiento personal. Susan Annette Muto consideraba la humildad como el primer ingrediente del reconocimiento caritativo de las propias limitaciones5.<br \/> &nbsp;<br \/> Muto destacaba el significado que Santa Teresa de Jes&uacute;s atribuy&oacute; a la humildad, como andar en verdad, reflejando aut&eacute;nticamente qui&eacute;nes somos. La m&iacute;stica carmelita recomendaba meditar en nuestra uni&oacute;n con Jesucristo quien, a pesar de conocer nuestras miserias y pecados, nos ama, nos dignifica y salva. Las voces de la autocompasi&oacute;n, por el contrario, nos conducen a tener l&aacute;stima de nosotros mismos.<br \/> &nbsp;<br \/> Los afligidos tienen siempre a mano una colecci&oacute;n de excusas y racionalizaciones para justificar el complejo de \u201cv&iacute;ctimas\u201d. Una t&iacute;pica actitud, por ejemplo, es \u201cecharle la culpa\u201d de nuestros problemas a los dem&aacute;s, o a las circunstancias. Tambi&eacute;n solemos fijarnos en nuestras caracter&iacute;sticas negativas. Por el contrario, es com&uacute;n que pasemos por alto las buenas cualidades, fij&aacute;ndonos exclusivamente en nuestras caracter&iacute;sticas negativas. Toda persona tiene valores, capacidades y recursos, pero se hace necesario edificarlos de manera realista.<br \/> &nbsp;<br \/> Otro psic&oacute;logo, en este caso Charles Kemp, considera que mucha gente no es realista, poseyendo por lo general ideas falsas sobre s&iacute; mismas: &laquo;Algunos se comparan con otros y resultan perdiendo. Tambi&eacute;n necesitan preguntarse si es una equivocada humildad la que hace que no se valoren. Algunos creen err&oacute;neamente que si se les aprueba son unos vanidosos. Ser humildes no quiere decir que tengamos que negar nuestros puntos fuertes, o despreciarnos. Significa que conocemos nuestras limitaciones&raquo;6.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Con su acostumbrada clarividencia, el pensador ingl&eacute;s G.K. Chesterton escribi&oacute;: &laquo;Somos demasiado orgullosos para sobresalir&raquo;. Empleando alguna iron&iacute;a Chesterton se refer&iacute;a a la &laquo;soberbia de la timidez&raquo;, cuyo peor vicio son los respetos humanos. Una persona que esconde su timidez tras la falsa modestia es en esencia egoc&eacute;ntrica. Habitualmente tiene una gran preocupaci&oacute;n por la opini&oacute;n de los dem&aacute;s, y un gran temor a ser considerado como un fracasado. Se paraliza ante una acci&oacute;n buena y necesaria por el miedo a quedar mal, especialmente si falla en su realizaci&oacute;n. Son los t&iacute;picos int&eacute;rpretes despu&eacute;s del acontecimiento: \u201cYo lo hubiese hecho mucho mejor\u201d.<br \/> &nbsp;<br \/> Est&aacute; el caso de un joven intelectual, toda una promesa en su ramo. Lamentablemente sol&iacute;a caer presa de la autocompasi&oacute;n y de aquella &laquo;soberbia de timidez&raquo;, buscando justificar su pereza y temor de no cumplir con sus expectativas perfeccionistas. Estos pensamientos minaban sus motivaciones para entregarse al trabajo.<br \/> &nbsp;<br \/> Tras a&ntilde;os de reproches por haber abandonado libros proyectados y art&iacute;culos comprometidos, se estrell&oacute;, cara a cara, con la verdad. Hab&iacute;a desperdiciado un enorme caudal de talento creativo, ech&aacute;ndole la culpa a las circunstancias, a los estados de &aacute;nimo, o a sus colegas, seg&uacute;n su opini&oacute;n, poco comprensivos, cuando en realidad quien era responsable era &eacute;l mismo. Nunca se enfrent&oacute; seriamente con sus responsabilidades. Se concentr&oacute; tanto tiempo en pensamientos autocompasivos y en sentir l&aacute;stima de s&iacute; mismo, que no le qued&oacute; espacio mental ni inspiraci&oacute;n emocional para dar rienda suelta a su capacidad creativa.<br \/> &nbsp;<br \/> Como tantas personas, este talento frustrado cre&iacute;a firmemente que un cambio de circunstancias se&ntilde;alar&iacute;a el inicio de la recuperaci&oacute;n de su estado afligido. El problema estaba en que la transformaci&oacute;n de las circunstancias se muestra incapaz de modificar necesariamente los esquemas de pensamiento. En la medida en que las creencias antievang&eacute;licas prevalezcan, se afincar&aacute; el abatimiento.<br \/> &nbsp;<br \/> San Pablo llamaba a ser implacables en la lucha contra el derrotismo: &laquo;Por lo tanto no nos rendimos; m&aacute;s bien, aunque el hombre que somos exteriormente se vaya desgastando, ciertamente el hombre que somos interiormente va renov&aacute;ndose de d&iacute;a en d&iacute;a. Porque aunque la tribulaci&oacute;n es moment&aacute;nea y liviana, obra para nosotros una gloria que es de m&aacute;s y m&aacute;s sobrepujante peso y es eterna; mientras tenemos los ojos fijos, no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas&raquo; (2Cor 4, 16-18).<br \/> &nbsp;<br \/> Cuando el Santo Juan Pablo II visit&oacute; Espa&ntilde;a en el mes de mayo del a&ntilde;o 2003, se reunieron innumerables j&oacute;venes para celebrar una vigilia en Cuatro Vientos. Uno de los testimonios que se dejaron escuchar aquella noche pertenec&iacute;a a Lourdes Cun&iacute;, una muchacha que sufr&iacute;a de par&aacute;lisis m&uacute;ltiple:<br \/> &nbsp;<br \/> &laquo;Soy Lourdes, disminuida f&iacute;sica. No puedo hablar y tampoco puedo andar; por ello debo utilizar una silla de ruedas. Durante mucho tiempo he vivido angustiada. A menudo me he preguntado cu&aacute;l era el sentido de mi vida y por qu&eacute; me ha pasado esto a m&iacute;. Esta pregunta ha sido constante y la prueba ha sido dura. Durante a&ntilde;os la &uacute;nica respuesta ha sido descubrir cada ma&ntilde;ana que estaba siempre en el mismo sitio: atada a una silla de ruedas. A veces he sentido que me hab&iacute;an arrancado la esperanza. Me sent&iacute;a como si llevara una cruz, pero sin el aliento de la fe. Un d&iacute;a descubr&iacute; a Jesucristo y cambi&oacute; mi vida. El Se&ntilde;or con su gracia me ayud&oacute; a recobrar la esperanza y a caminar hacia delante. Ahora, cuando veo a otros j&oacute;venes enfermos al lado m&iacute;o, pienso que mi cruz es muy peque&ntilde;a comparada con la de ellos, y me gustar&iacute;a mostrarles c&oacute;mo yo encontr&eacute; al Se&ntilde;or para transformar su dolor en un camino de esperanza, de vida y de santidad. S&eacute; que mi silla de ruedas es como un altar en el que, adem&aacute;s de santificarme, estoy ofreciendo mi dolor y mis limitaciones por la Iglesia, por Vuestra Santidad, por los j&oacute;venes y por la salvaci&oacute;n del mundo&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Nuestras cruces y sufrimientos son, quiz&aacute;, menos graves que los de estas personas. Testimonios como el de Lourdes constituyen un aliento para no dejarnos vencer. En el misterio de la Cruz, del abatimiento y del dolor cotidiano, se esconde tambi&eacute;n el secreto de la alegr&iacute;a.<br \/> &nbsp;<br \/><strong><em>Por: Alfredo Garland Barr&oacute;n.&nbsp;<\/em><em><a target=\"_blank\" href=\"http:\/\/cecglob.com\/no-caigamos-en-la-trampa-de-la-autocompasion\/\">Art&iacute;culo <\/a>originalmente publicado por Centro de Estudios Cat&oacute;licos<\/em><\/strong><br \/> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Centro de Estudios Cat\u00f3licos Los directores espirituales, los psic&oacute;logos, los psiquiatras, los amigos, las personas que han ganado la confianza de otras, est&aacute;n acostumbradas a escuchar una sentencia enunciada de infinitas de maneras: &iexcl;No valgo! &iexcl;Nada me sale bien! &iexcl;Pobre de m&iacute;! 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