{"id":30636,"date":"2016-06-11T01:35:45","date_gmt":"2016-06-11T06:35:45","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/%e2%80%8bme-conozco-me-quiero\/"},"modified":"2016-06-11T01:35:45","modified_gmt":"2016-06-11T06:35:45","slug":"%e2%80%8bme-conozco-me-quiero","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/%e2%80%8bme-conozco-me-quiero\/","title":{"rendered":"\u200b\u00bfMe conozco? \u00bfMe&nbsp;quiero?"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">En el ser humano hay una tendencia natural a agradar desde el momento en el que nace. Porque nos gusta caer bien, ser simp&aacute;ticos, despertar admiraci&oacute;n. Buscamos el cari&ntilde;o y la atracci&oacute;n de las personas. Nos importa el qu&eacute; dir&aacute;n, lo que piensan de nosotros. Sabemos que el rostro es el espejo del alma y a veces sufrimos por ello. Porque nuestros ojos desvelan m&aacute;s de lo que quisi&eacute;ramos mostrar.<br \/> &nbsp;<br \/> Pero, para ser sinceros, <strong>el problema no est&aacute; en lo que los dem&aacute;s ven en nosotros, sino en lo que realmente hay en el coraz&oacute;n y en nuestra mirada sobre nuestra vida<\/strong>. <strong>Lo importante es saber qu&eacute; es lo verdadero y aceptarlo con alegr&iacute;a, sin miedos, sin angustias.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Cuando nos miramos bien, cuando nos queremos sin miedo, <strong>cuando nos aceptamos sin querer ser distintos, somos mucho m&aacute;s felices<\/strong> y plenos. Pero cuando no es as&iacute;, <strong>cuando rechazamos nuestra verdad y tratamos de ocultar lo que somos, nos asusta entonces mostrar lo que sentimos<\/strong>, decir lo que pensamos, desvelar lo que est&aacute; oculto en el coraz&oacute;n.<br \/> &nbsp;<br \/> Nos gusta agradar y nos da miedo el rechazo. Por eso <strong>a veces usamos caretas<\/strong>, fingimos sentimientos y mostramos lo que no sentimos de verdad. <strong>El deseo de querer agradar es muy fuerte en el coraz&oacute;n.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/><strong>Y como el rostro se empe&ntilde;a en reflejar lo que hay en el alma, disimulamos<\/strong>, fingimos, optamos por hacer prevalecer las apariencias antes que reflejar la verdad. Nos esforzamos por parecer m&aacute;s delgados, m&aacute;s guapos, m&aacute;s listos, m&aacute;s capaces, m&aacute;s deportistas, mejor vestidos. Siempre m&aacute;s. El m&oacute;vil de &uacute;ltimo dise&ntilde;o, la ropa m&aacute;s valorada; es <strong>el mundo del escaparate<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> Compramos por los ojos. Nos dejamos encandilar por una belleza tantas veces superficial. <strong>Y todos caemos en esa tentaci&oacute;n de parecer lo que no somos. <\/strong>Por eso <strong>nos cuesta ser honestos y mostrar nuestra realidad. Sin tanto glamour, sin tanta belleza<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> La apariencia nos atrae, la est&eacute;tica, esa belleza superficial que no habla necesariamente de la belleza interior. Las cosas que brillan, las personas que deslumbran con sus palabras, con su f&iacute;sico. Damos mucho valor al cuerpo, a lo que nos entra por los ojos.<br \/> &nbsp;<br \/> Y <strong>olvidamos que el tesoro est&aacute; escondido en lo m&aacute;s hondo<\/strong>, bajo los ropajes que lo disimulan todo, oculto en el coraz&oacute;n. Nos quedamos en la superficie, prendados, enamorados de lo que los ojos acarician y las manos retienen.<br \/> &nbsp;<br \/> Nos convencemos de que no es lo importante y creemos que en realidad no nos movemos por ese criterio superficial. Pero luego la vida nos ense&ntilde;a que no es as&iacute;, lo hacemos.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Muchas veces juzgamos por las apariencias<\/strong>, analizamos al que vemos por primera vez por su forma de vestir. Tratamos a las personas de forma diferente por su aspecto, por su forma de hablar, por su procedencia. Nos entusiasman las cosas llenas de luz y nos provocan desprecio las opacas.<br \/> &nbsp;<br \/> Hay un temor en el coraz&oacute;n a la opini&oacute;n que los dem&aacute;s puedan tener de nosotros. Su juicio nos asusta. Nos aplicamos el dicho: &laquo;Cree el ladr&oacute;n que todos son de su condici&oacute;n&raquo;. Y a veces somos tan duros en los juicios que nos da miedo que los dem&aacute;s puedan ser tambi&eacute;n inmisericordes con nosotros.<br \/> &nbsp;<br \/> Dec&iacute;a san Agust&iacute;n: &laquo;<em>Hay hombres que juzgan temerariamente, que son detractores, chismosos, murmuradores, que se empe&ntilde;an en sospechar lo que no ven, que se empe&ntilde;an en pregonar incluso lo que ni sospechan<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> El Papa Francisco nos ha hablado de los chismes: &laquo;<em>&iexcl;Cu&aacute;nto chismeamos nosotros los cristianos! El chisme es despellejarse, &iquest;no? Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro, &iquest;no? En lugar de crecer yo, hago que el otro sea aplanado y me siento muy bien. Parece agradable chismear. No s&eacute; por qu&eacute;, pero se siente uno bien. Como un caramelo de miel, &iquest;verdad? Te comes uno -&iexcl;Ah, qu&eacute; bien! -Y luego otro, otro, otro, y al final tienes dolor de est&oacute;mago. &iquest;Y por qu&eacute;?<strong> El chisme es as&iacute;: es dulce al principio y luego te arruina el alma. Los chismes son destructivos en la Iglesia. <\/strong>Es un poco como el esp&iacute;ritu de Ca&iacute;n: matar al hermano, con su lengua<\/em><\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\">&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Nos hacemos chismosos y murmuradores. <strong>Etiquetamos a las personas nada m&aacute;s verlas<\/strong>. Por su forma de vestir, por su aspecto, por la imagen que dejan ver. <strong>Juzgamos y condenamos f&aacute;cilmente. Y nos sentimos bien por un rato.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Pero despu&eacute;s, como dice el Papa, viene la amargura al alma. Este mismo juicio de desprecio es el que nos gusta evitar. Queremos liberarnos de la murmuraci&oacute;n. &iexcl;Cu&aacute;nto importan las apariencias! <strong>&iexcl;Qu&eacute; f&aacute;cil caer en el juicio sobre nosotros mismos y sobre los dem&aacute;s! <\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Se dir&iacute;a que nos sucede lo que comentaba una persona: &laquo;Se miran demasiado el ombligo, est&aacute;n demasiado pendientes del juicio de los dem&aacute;s&raquo;. <strong>Tantas veces vivimos as&iacute;, preocupados del qu&eacute; dir&aacute;n. No decimos todo lo que pensamos. No hacemos todo lo que estar&iacute;amos dispuestos a hacer. Para no salirnos de la norma.<\/strong> Para no destacar demasiado. Para no ser juzgados. No nos arriesgamos.<br \/> &nbsp;<br \/> Es una pena que nos importe tanto este juicio de los hombres. <strong>Es una pena que valoremos tanto las cosas por su brillo. A veces es porque no nos conocemos del todo. No sabemos que hay oro en nuestro interior.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/><strong>Conocer mi alma implica ver lo bueno que tengo, lo que otros buscan en m&iacute;, lo que doy de forma natural, aquello que regalo con alegr&iacute;a.<\/strong> Las cosas buenas de mi vida, mis cualidades, mis buenos sentimientos, mi forma particular de entregarme, de caminar, de sonre&iacute;r, de hablar, de callar, de trabajar, de expresar el amor, son un tesoro.<br \/> &nbsp;<br \/> &iquest;Me conozco? &iquest;Me acepto? &iquest;Me quiero? <strong>&iquest;S&eacute; qu&eacute; cosas buenas tengo, lo que me hace &uacute;nico y diferente?<\/strong> &iquest;Conozco el tesoro enterrado en mi coraz&oacute;n?<br \/> &nbsp;<br \/><strong>A veces tenemos tan poca autoestima que buscamos que nos quieran mendigando cari&ntilde;o<\/strong>, llamando la atenci&oacute;n. Estamos heridos y queremos que nos quieran todos y siempre, sin excepci&oacute;n.<br \/> &nbsp;<br \/> Cualquier muestra de desprecio, cualquier olvido, cualquier juicio, nos ofenden hasta el fondo del alma y tiramos por tierra todo lo construido. Y pensamos: &laquo;Nada de lo anterior importa, todo era mentira&raquo;. Y <strong>echamos a perder muchas relaciones, porque no somos capaces de perdonar y olvidar<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> Las apariencias a veces nos enga&ntilde;an. Dice un dicho conocido: &laquo;No es oro todo lo que reluce&raquo;. No siempre lo que parece bueno es tan bueno. <strong>Hay que profundizar, ahondar, ir a lo verdadero<\/strong>. En la vida, en el amor, es fundamental.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban En el ser humano hay una tendencia natural a agradar desde el momento en el que nace. Porque nos gusta caer bien, ser simp&aacute;ticos, despertar admiraci&oacute;n. 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