{"id":30639,"date":"2016-06-11T01:35:52","date_gmt":"2016-06-11T06:35:52","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/como-actuas-ante-el-mal\/"},"modified":"2016-06-11T01:35:52","modified_gmt":"2016-06-11T06:35:52","slug":"como-actuas-ante-el-mal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/como-actuas-ante-el-mal\/","title":{"rendered":"\u00bfC\u00f3mo act\u00faas ante el&nbsp;mal?"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">Juzgamos sin misericordia. Una persona me comentaba: &laquo;No tengo el coraz&oacute;n educado para ver lo bueno de la gente; a muchos los juzgo. Tengo que reconducirme continuamente porque s&oacute;lo veo sus zarzas y sus piedras. Tambi&eacute;n me he sorprendido porque me he visto despreciando el dolor ajeno, faltando tambi&eacute;n a la caridad. Siempre creo que la tierra f&eacute;rtil es la m&iacute;a, y a veces desprecio la tierra de los dem&aacute;s&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Juzgamos y condenamos<\/strong>. Queremos acabar con aquel mal que echa a perder nuestro campo. <strong>Nos alejamos de ese mal que nos hace da&ntilde;o. Nos encerramos en una burbuja para que no nos afecte<\/strong>. Nos creemos mejores. Sentimos que pertenecemos al partido de los puros, de los limpios, de la tierra buena.<br \/> &nbsp;<br \/> La tentaci&oacute;n es alejarnos de los que est&aacute;n mal, de los que no son como nosotros, de los que no hacen las cosas bien. Justamente dejamos de lado al que m&aacute;s nos necesita.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>No nos damos cuenta del bien que les podemos hacer a los otros<\/strong>. A aquellos que sufren por su pecado. A los que no encuentran la paz en el camino. A los que no logran descansar y viven en continua tensi&oacute;n. All&iacute; podemos sembrar semillas de paz y esperanza.<br \/> &nbsp;<br \/> Pero lo m&aacute;s grave es que a veces nosotros <strong>dividimos con nuestras cr&iacute;ticas y juicios, con mentiras y ofensas, con nuestra violencia e ira<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Nos creemos mejores que otros y, en nombre de Dios, separamos<\/strong>, dividimos, sembramos discordia, imponemos nuestra soberbia. A veces en lugar de amor sembramos odio.<br \/> &nbsp;<br \/> A veces sentimos que el Reino de Dios no est&aacute; presente, que el mal es m&aacute;s fuerte que el bien. Pero no es cierto. El Reino de Dios es esa semilla peque&ntilde;a; est&aacute; enterrada en lo oculto de la tierra y muere y crece sin que nos demos cuenta.<br \/> &nbsp;<br \/> Parece una semilla demasiado peque&ntilde;a y d&eacute;bil, insignificante. <strong>El amor<\/strong><strong> crece en silencio<\/strong>. Y, siendo tan peque&ntilde;a, lleva dentro de s&iacute; el germen del &aacute;rbol inmenso que puede llegar a ser.<br \/> &nbsp;<br \/> El Reino es como esa semilla de mostaza, la m&aacute;s peque&ntilde;a de las semillas. Es, al mismo tiempo, un &aacute;rbol, el m&aacute;s grande de los &aacute;rboles, que puede dar cobijo a todos en sus ramas.<br \/> &nbsp;<br \/> Esa mirada sobre el Reino de Dios, sobre su presencia entre los hombres, nos da esperanza a la hora de mirar nuestra vida. Vemos nuestros pecados y nuestra debilidad, <strong>vemos la flaqueza de nuestro amor y nos damos cuenta de que solos no podemos. <\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Somos un ave con las alas cortadas, como dec&iacute;a el Padre Jos&eacute; Kentenich: &laquo;Es la imagen del ave con las alas cortadas. El &aacute;guila divina debe descender y llevarnos al seno de la Trinidad. Si nuestra vida ha de ser una vida de amor, habr&aacute; de ser impulsada por Dios&raquo;[1].<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Descubrimos la distancia que hay entre el que soy y aquel que puedo llegar a ser. Las alas cortadas nos hablan de nuestra debilidad<\/strong>. El amor que Dios nos tiene nos hace creer en nuestras capacidades. El deseo de crecer nos hace mirar hacia delante con optimismo. Podemos llegar m&aacute;s lejos, m&aacute;s alto, m&aacute;s adentro.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban Juzgamos sin misericordia. Una persona me comentaba: &laquo;No tengo el coraz&oacute;n educado para ver lo bueno de la gente; a muchos los juzgo. Tengo que reconducirme continuamente porque s&oacute;lo veo sus zarzas y sus piedras. 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