{"id":30659,"date":"2016-06-11T01:36:35","date_gmt":"2016-06-11T06:36:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/peligros-del-exito-y-bondades-del-fracaso\/"},"modified":"2016-06-11T01:36:35","modified_gmt":"2016-06-11T06:36:35","slug":"peligros-del-exito-y-bondades-del-fracaso","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/peligros-del-exito-y-bondades-del-fracaso\/","title":{"rendered":"Peligros del \u00e9xito y bondades del&nbsp;fracaso"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">A veces en el camino nos sentimos fuertes, capaces de todo. Creemos que todo comienza con nosotros. Queremos controlar la vida porque si no estamos presentes, las cosas no salen bien. Hemos conocido el &eacute;xito, besado la fama, acariciado la gloria.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>En esos momentos es cuando el poder se nos sube a la cabeza y la mirada se nubla. Nos acecha la vanidad y el orgullo. Es la tentaci&oacute;n m&aacute;s constante en el hombre<\/strong>. Creernos capaces de todo. Sentirnos poderosos.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Nos convertimos en seres individualistas buscadores de triunfos. Nos cuesta delegar<\/strong>, confiar en otros. Nos encerramos en nuestras fuerzas. Nos hacemos rocosos, duros, impenetrables.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Nos distanciamos de los dem&aacute;s que sienten nuestro poder y se alejan. La vanidad nos hace despreciar al d&eacute;bil e ignorar al que no cuenta<\/strong>. &iexcl;Qu&eacute; f&aacute;cil caer en esta tentaci&oacute;n! Rechazamos al d&eacute;bil, despreciamos al humilde.<br \/> &nbsp;<br \/> No nos dejamos ayudar nunca. <strong>Nos cuesta aceptar las cr&iacute;ticas. Pensamos que lo hacemos todo bien y los dem&aacute;s se equivocan<\/strong>. No queremos cambiar nada. Son los dem&aacute;s los que tienen que mejorar. Nosotros podemos con todo.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Muchas veces vivimos as&iacute;. Somos impenetrables. Parecemos perfectos<\/strong>, nos sentimos perfectos, nos ven perfectos.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>La mirada de Jes&uacute;s y de Pedro<\/strong> siempre nos conmueve de nuevo. Un antes y un despu&eacute;s. Se detiene el tiempo. <strong>La mirada del perd&oacute;n<\/strong>. La mirada del deseo. Las l&aacute;grimas. El silencio. No hay reproches. No hay regreso. <strong>Simplemente l&aacute;grimas en la noche.<\/strong> Voz callada. Tristeza. <strong>La misma mirada de Jes&uacute;s sobre nosotros cada vez que caemos. <\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Un poema de Ernestina de Champurc&iacute;n dibuja ese momento: &laquo;<em>Un d&iacute;a me miraste \/ como miraste a Pedro\/ No te vieron mis ojos, \/ pero sent&iacute; que el cielo \/ bajaba hasta mis manos. \/ &iexcl;Qu&eacute; lucha de silencios \/ libraron en la noche \/ tu amor y mi deseo! \/ <strong>Un d&iacute;a me miraste \/ y todav&iacute;a siento \/ la huella de ese llanto \/ que me abras&oacute; por dentro<\/strong>. \/ A&uacute;n voy por los caminos \/ so&ntilde;ando aquel encuentro, \/ Un d&iacute;a me miraste \/ como miraste a Pedro<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Un encuentro que fue desencuentro. Un deseo insatisfecho. Una b&uacute;squeda fallida. Unas miradas que dejaron de encontrarse. Tal vez pudo Jes&uacute;s seguir a Pedro con su mirada mientras se alejaba. Tal vez fue Pedro el que retuvo en sus ojos a Cristo mientras se lo llevaban. No lo sabemos.<br \/> &nbsp;<br \/> S&oacute;lo nos queda claro el instante eterno del encuentro. Las miradas confundidas. El dolor del alma. Hay momentos que quedan grabados para siempre en la memoria, en lo profundo del alma. Lo sabemos.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Hay encuentros y desencuentros en nuestra vida donde las miradas nos ayudan a descifrar el instante<\/strong>. Miramos. Fuimos mirados. Dolor. Tristeza. Arrepentimiento.<br \/> &nbsp;<br \/> Una persona dec&iacute;a: &laquo;<em>Supongo que no hay mas arrepentimiento que el de poder mantenerse en silencio, solo aceptando, as&iacute; me quedo y el silencio del dolor me est&aacute; llenando<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Miedo sin palabras. Aunque habr&iacute;a muchas preguntas en el alma de Pedro. &iquest;Qui&eacute;n eres, Jes&uacute;s? Es la pregunta que flota en el aire. Dos hombres que se alejan.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Pedro ten&iacute;a miedo. Negaba, se arrinconaba, hu&iacute;a. Quer&iacute;a estar cerca y lejos al mismo tiempo. Amaba y negaba<\/strong>. Lo quer&iacute;a todo y prefer&iacute;a no tener nada. Miedo.<br \/> &nbsp;<br \/> Hay instantes que nos cambian la vida para siempre. Jes&uacute;s nos mira. Lo hace de formas distintas. <strong>Sale a nuestro encuentro cuando nos alejamos con miedo<\/strong>. A veces no lo vemos. &Eacute;l nos mira. Nosotros nos alejamos. &Eacute;l contin&uacute;a el camino siguiendo nuestro rastro. Siempre de nuevo me emociona este momento. &iexcl;Cu&aacute;nto cambiar&iacute;a la vida de Pedro despu&eacute;s de esa mirada!<br \/> &nbsp;<br \/><strong>S&oacute;lo podemos ser roca cuando hemos experimentado la hendidura, la herida<\/strong>, el tropiezo, la ca&iacute;da. Pedro cae y el dolor de sus l&aacute;grimas rompe la roca. Ca&iacute;do y roto como Saulo en el camino.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Ca&iacute;do y roto, <strong>herido en su orgullo, Pedro comprende por d&oacute;nde empieza la salvaci&oacute;n.<\/strong> Antes no pod&iacute;a seguir a Jes&uacute;s. Ahora, &iexcl;bendita paradoja!, puede seguir sus pasos a la cruz.<br \/> &nbsp;<br \/> A Pablo y a Pedro les uni&oacute; la cruz de Jes&uacute;s. Ellos no estuvieron aquel d&iacute;a. Jes&uacute;s muri&oacute; abandonado, sin Pedro y sin Pablo. <strong>Pedro le neg&oacute;. Pablo lo persigui&oacute;. No estaban junto a Mar&iacute;a la tarde del viernes santo<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> Esa herida de Jes&uacute;s de su costado es la herida de Pedro y de Pablo. La comparten. <strong>No estuvieron con &Eacute;l cuando &Eacute;l buscaba el amor de los hombres<\/strong>. Ellos estaban lejos. <strong>&iexcl;Qu&eacute; dif&iacute;cil aceptar esto y perdonarse!<\/strong> &iexcl;Qu&eacute; dolor tan grande!<br \/> &nbsp;<br \/> Pedro hab&iacute;a jurado fidelidad. Era el amor de su vida, el que dio sentido a su historia y hab&iacute;a transformado su coraz&oacute;n. <strong>&iexcl;Qu&eacute; torpe fue aquella noche, qu&eacute; cobarde, qu&eacute; fr&aacute;gil!<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> No se acerc&oacute; a consolarlo cuando dijo que ten&iacute;a sed, no le dio en ese momento el abrazo de un amigo, su s&iacute; fiel. No fue capaz ni de proteger a Mar&iacute;a como lo hizo Juan.<br \/> &nbsp;<br \/> Pedro huy&oacute;. La promesa de Pedro de seguirlo hasta la muerte que le dijo esa noche de Cen&aacute;culo hab&iacute;a quedado en nada. &Eacute;l, que subi&oacute; al Tabor con Jes&uacute;s, que fue al huerto de los olivos, que vio tantos milagros, que camin&oacute; hacia &Eacute;l sobre las aguas, <strong>hab&iacute;a fallado. Parec&iacute;a imposible<\/strong>. El miedo de Pedro. Su orgullo herido. El dolor por no haber estado con Jes&uacute;s.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>&iexcl;Cu&aacute;ntas veces nosotros no nos perdonamos por cosas que hicimos mal!<\/strong> Tambi&eacute;n fallamos y caemos. No estuvimos donde ten&iacute;amos que estar. No fuimos fieles a lo que prometimos. No estuvimos al pie de su cruz.<br \/> &nbsp;<br \/> Pedro y Pablo compartieron la experiencia de amor m&aacute;s fuerte que nadie puede sentir. Porque <strong>fallaron y despu&eacute;s conocieron en su vida la hondura del amor de Jes&uacute;s. Su herida es la marca del amor de Jes&uacute;s<\/strong>. Eso fue el fundamento de su vida. Ese amor imposible.<br \/> &nbsp;<br \/> Escucharon de Jes&uacute;s lo que una persona escrib&iacute;a: &laquo;<em>Guiar&eacute; con mi luz tus noches m&aacute;s oscuras. Sostendr&eacute; con mis brazos rotos tus ca&iacute;das. Sanar&eacute; con mi costado abierto tus heridas. Colmar&eacute; con mi riqueza tu pobreza. Saciar&eacute; tu sed con mi fuente de agua viva, y tu hambre con mi pan partido. Calmar&eacute; tus sufrimientos con mi amor traspasado. Engrandecer&eacute; tu peque&ntilde;ez, transformar&eacute; tu coraz&oacute;n mezquino. Y te acercar&eacute; un poquito m&aacute;s al cielo, cada vez que sin saber donde te llevo camines confiada al lado m&iacute;o<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Ellos <strong>vivieron el perd&oacute;n sin condiciones, el abrazo sin reproches<\/strong>, su ternura, su misericordia. Y, adem&aacute;s, Jes&uacute;s puso en sus manos la Iglesia. Confi&oacute; en Pedro como la roca. Y en Pablo como ese fuego evangelizador.<br \/> &nbsp;<br \/> Ahora s&iacute;, perdonados, humillados, vencidos, pod&iacute;an seguir a Jes&uacute;s y ser columnas. &laquo; &iquest;Me amas? S&iacute;, Se&ntilde;or, T&uacute; lo sabes todo, T&uacute; sabes cu&aacute;nto te quiero&raquo;. Se sab&iacute;an sostenidos por el amor herido de Jes&uacute;s. Ese amor los hizo fuertes y fieles.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban A veces en el camino nos sentimos fuertes, capaces de todo. Creemos que todo comienza con nosotros. Queremos controlar la vida porque si no estamos presentes, las cosas no salen bien. 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