{"id":30667,"date":"2016-06-11T01:36:52","date_gmt":"2016-06-11T06:36:52","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/por-que-comulgo-y-sigo-sintiendo-envidia-tristeza\/"},"modified":"2016-06-11T01:36:52","modified_gmt":"2016-06-11T06:36:52","slug":"por-que-comulgo-y-sigo-sintiendo-envidia-tristeza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/por-que-comulgo-y-sigo-sintiendo-envidia-tristeza\/","title":{"rendered":"\u00bfPor qu\u00e9 comulgo y sigo sintiendo envidia,&nbsp;tristeza,\u2026?"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">Siempre nos conmueve descorrer el velo de nuestro coraz&oacute;n, de nuestra intimidad. A veces a Jes&uacute;s no lo entienden, no lo acogen, no les interesa saber qui&eacute;n es, s&oacute;lo que les solucione su problema concreto y seguir con su vida de antes. No quieren complicaciones. S&oacute;lo que les hagan caso en sus peticiones.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s se entristece. Siente el fracaso igual que nosotros. <strong>No le buscan a &Eacute;l, buscan sus milagros, y &Eacute;l, puede saciar su sed de amor, de paz, de hogar, de descanso, lo est&aacute; deseando. Pero ellos se van.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> No han cre&iacute;do, quiz&aacute;s, que eso era posible. No han sabido mirarle. No acogen todo lo que &Eacute;l puede darles. Se alejan.<br \/> &nbsp;<br \/> A veces a nosotros nos pasa lo mismo. En nuestra vida, <strong>nos acercamos a Dios porque pensamos que necesitamos algo, pero no queremos que se meta en ella<\/strong>, que cambie el coraz&oacute;n, que nos llene, no le damos el tim&oacute;n, lo tenemos nosotros fuertemente agarrado. No le adoramos en realidad, porque no le dejamos que sea el Dios de nuestra vida.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s se vuelve a sus ap&oacute;stoles. Les pregunta: &laquo; &iquest;Tambi&eacute;n vosotros quer&eacute;is marcharos?&raquo;. Es una pregunta muy humana. Conmueve. Necesita a sus amigos. Es incre&iacute;ble que nos necesite Dios. Hoy nos dice: &laquo; &iquest;Tambi&eacute;n t&uacute; quieres marcharte? <strong>&iquest;T&uacute; me buscas para que te solucione eso que necesitas y luego te vas?<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> El Sagrario es el signo del amor de Dios que se queda, que permanece. Nosotros vamos a adorarle y a veces nos sentimos vac&iacute;os. No escuchamos, no sentimos, no tocamos. Nos sentimos frustrados, secos, fr&iacute;os. <strong>&iexcl;Qu&eacute; nos pasa! El alimento no nos alimenta. <\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> Pero &Eacute;l est&aacute; ah&iacute;, escondido, aguardando. S&oacute;lo quiere que vayamos a su encuentro. Necesita nuestro silencio, nuestras palabras. Necesita que le abramos nuestro coraz&oacute;n lleno de miedos. <strong>Quiere que le acompa&ntilde;emos<\/strong>, no quiere estar solo. Pero muchas veces pasamos de largo.<br \/> &nbsp;<br \/> Quisi&eacute;ramos tener los sentimientos de Cristo. Pero, &iexcl;qu&eacute; dif&iacute;cil sentir como Cristo! Nos dice san Ignacio de Antioqu&iacute;a: &laquo;<strong><em>No quer&aacute;is a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el coraz&oacute;n<\/em><\/strong>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Comulgamos, comemos su alimento, estamos con &Eacute;l y nuestros sentimientos no son los suyos. Son del mundo. Son de <strong>ese hombre viejo que vive en nuestro interior y se resiste a morir<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> El coraz&oacute;n est&aacute; desordenado, <strong>falta armon&iacute;a<\/strong>. Pensamos una cosa y hacemos otra. Cuando estamos cansados o exigidos, afloran al borde del alma sentimientos desconocidos hasta ese momento.<br \/> &nbsp;<br \/> Nos sorprende lo que puede llegar a existir <strong>en las profundidades del oc&eacute;ano de nuestra alma. All&iacute;, cuando no reina Dios, reina el mundo, reinan las pasiones<\/strong>, las fuerzas que brotan de lo m&aacute;s hondo.<br \/> &nbsp;<br \/> Esas pasiones que son fuente de vida y que muchas veces nos desconciertan. Porque <strong>no las controlamos<\/strong> y son ellas las que nos controlan. Pero son tambi&eacute;n de Dios. Son esas fuerzas que nos llevan a lograr lo imposible, que nos dan aliento cuando flaquean las fuerzas. S&iacute;, <strong>ese amor instintivo<\/strong> a la vida, al mundo, a los hombres.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Dios nos ha creado con pasiones. Pero tambi&eacute;n sabemos que los sentimientos del mundo nos pueden alejar de Dios<\/strong>. Y queremos que &Eacute;l reine.<br \/> &nbsp;<br \/> Dice san Juan de la Cruz en su C&aacute;ntico espiritual: <em>&laquo; &iquest;Qu&eacute; hac&eacute;is? &iquest;En qu&eacute; os entreten&eacute;is? vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. &iexcl;Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz est&aacute;is ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que busc&aacute;is grandezas y gloria os qued&aacute;is miserables y bajos de tantos bienes, hechos ignorantes e indignos!<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Nos apegamos a la tierra y apartamos nuestra mirada de lo importante<\/strong>, de lo que realmente cuenta, de la verdad, de la vida, del amor m&aacute;s aut&eacute;ntico.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"><strong>Nos hacen creer que viviremos eternamente en la tierra.<\/strong> Y nos llevan a pensar que nuestras fuerzas son infinitas.<br \/> &nbsp;<br \/> Surge entonces <strong>la codicia, la envidia, el orgullo, la vanidad, el deseo de poseer, de dominar, de alcanzar, la impaciencia, la soberbia, la pereza, la amargura, la tristeza, reinan cuando no est&aacute; Dios en nosotros<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> Cuando &Eacute;l no reina en nuestro interior, reina el mundo. Quisi&eacute;ramos que las piedras se convirtieran en pan, con tal de saciar el hambre. El camino es el que Jes&uacute;s nos muestra. &Eacute;l es el camino, el alimento verdadero, la vida eterna.<br \/> &nbsp;<br \/> El otro d&iacute;a le&iacute;a: &laquo;<em>M&aacute;s que el ejercicio de las virtudes, ser&aacute; el esfuerzo por purificar el coraz&oacute;n lo que nos llevar&aacute; m&aacute;s brevemente y en modo m&aacute;s seguro a la perfecci&oacute;n del amor, porque el Se&ntilde;or est&aacute; dispuesto a concedernos toda clase de gracias, con la condici&oacute;n de que no le pongamos absolutamente ning&uacute;n obst&aacute;culo<strong>. Es justamente volviendo puro nuestro coraz&oacute;n que sacamos cuanto obstaculiza a Dios<\/strong><\/em>&raquo;[2].<br \/> &nbsp;<br \/> Vivir en Dios, <strong>alimentarnos de Cristo, es lo que va purificando esos sentimientos que nos turban y quitan la paz<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Comer a Jes&uacute;s, comer su Cuerpo, nos asemeja en lo m&aacute;s profundo.<\/strong> Porque muchas veces tenemos que reconocer que Dios no reina en nuestro coraz&oacute;n. Los sentimientos de Cristo son muy diferentes a esos sentimientos que no nos dejan subir lo m&aacute;s alto.&nbsp;Cristo nos ense&ntilde;a el camino del verdadero amor. <strong>Su caridad es constante, sin falta<\/strong>.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban Siempre nos conmueve descorrer el velo de nuestro coraz&oacute;n, de nuestra intimidad. A veces a Jes&uacute;s no lo entienden, no lo acogen, no les interesa saber qui&eacute;n es, s&oacute;lo que les solucione su problema concreto y seguir con su vida de antes. No quieren complicaciones. 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