{"id":30721,"date":"2016-06-11T01:38:50","date_gmt":"2016-06-11T06:38:50","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/escucha-tu-herida\/"},"modified":"2016-06-11T01:38:50","modified_gmt":"2016-06-11T06:38:50","slug":"escucha-tu-herida","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/escucha-tu-herida\/","title":{"rendered":"Escucha tu herida"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\"> En la herida de Jes&uacute;s todos tenemos un lugar. Nuestra herida es nuestra identidad m&aacute;s honda. Tiene que ver con nuestro nombre.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s, en su herida del costado, de sus pies y de sus manos, muestra lo que es en lo m&aacute;s profundo. El Dios que se anonad&oacute; tanto que se dej&oacute; matar, que se dej&oacute; atravesar, que se dej&oacute; clavar. Manso, obediente, humilde, d&oacute;cil, que perdona en la cruz, que abre su coraz&oacute;n a cualquier hombre, que recibe a todos, que espera a todos, que ama hasta el extremo, que no pide, que s&oacute;lo da.<br \/> &nbsp;<br \/> Eso es <strong>lo que las heridas de Jes&uacute;s dicen. <\/strong>En su costado est&aacute; la fuente que sacia toda sed. En sus manos est&aacute;n las se&ntilde;ales de su amor inmenso, de sus caricias. En sus pies rotos est&aacute; la marca del Dios que quiso hacerse peregrino, caminante, que am&oacute; con toda el alma y venci&oacute; la muerte.<br \/> &nbsp;<br \/> Tom&aacute;s le reconoce. S&iacute;. Es Jes&uacute;s. Sabe de memoria sus heridas porque las ha repetido en su mente y en su coraz&oacute;n d&iacute;a y noche. Le dolieron. Le doli&oacute; no estar all&iacute;.<br \/> &nbsp;<br \/> Pero Tom&aacute;s ve m&aacute;s en esa mirada de Jes&uacute;s. Esa mirada lo cambi&oacute; todo. Ve m&aacute;s que los dem&aacute;s. No s&oacute;lo reconoce a Jes&uacute;s. Es &Eacute;l, el que vivi&oacute; con ellos y les cambi&oacute; la vida. &Eacute;l ve a Dios. Sus ojos ahora son capaces de ver m&aacute;s all&aacute;. De ver la verdad de Jes&uacute;s, igual que Jes&uacute;s ha visto su verdad: &laquo;<strong>Se&ntilde;or m&iacute;o y Dios m&iacute;o<\/strong>&raquo;. Es la confesi&oacute;n m&aacute;s bonita, la que muchos repiten cada d&iacute;a en la Eucarist&iacute;a cuando se alza el cuerpo de Cristo y nos arrodillamos.<br \/> &nbsp;<br \/> Eso es lo que ve Tom&aacute;s, <strong>ve a Dios, porque s&oacute;lo &Eacute;l puede amar as&iacute;<\/strong>. Sus palabras son de adoraci&oacute;n. Eso es lo que sinti&oacute; Tom&aacute;s. Jes&uacute;s no le recrimina. No le echa en cara no haber estado al pie de la cruz, ni haber huido, ni siquiera no haber cre&iacute;do cuando le contaron. S&oacute;lo mira, s&oacute;lo vuelve por &eacute;l.<br \/> &nbsp;<br \/> Es el amor de Dios. Infinito. Tom&aacute;s, ahora, conoce a Jes&uacute;s. Sabe qui&eacute;n es. El Se&ntilde;or de su vida, el que da sentido a todo, <strong>el que ama m&aacute;s all&aacute; de lo correcto, de lo justo, de lo l&oacute;gico, el que se deja herir, el que s&oacute;lo piensa en el hombre, el que vuelve cada d&iacute;a para cada uno<\/strong>, el que aparece mil veces en nuestra vida para decirnos que est&aacute; vivo, que su amor c&aacute;lido ha vencido a la muerte y ya no tiene l&iacute;mites.<br \/> &nbsp;<br \/> Que nunca nos va a dejar hagamos lo que hagamos. Que viene a buscarnos, que vuelve, que espera, que llama, que se acerca, que se somete. El amor de Jes&uacute;s. El amor de Dios.<br \/> &nbsp;<br \/> Su coraz&oacute;n herido. La lanza lo abri&oacute; para siempre. Ah&iacute;, en ese coraz&oacute;n roto, abierto en la cruz, est&aacute; el latido de Dios que late por m&iacute;. El miedo se convierte en alegr&iacute;a. <strong>Cada vez que llega Jes&uacute;s a nuestra vida, sucede lo mismo, nos llenamos de alegr&iacute;a.<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/> El encuentro de Jes&uacute;s con Tom&aacute;s sana su coraz&oacute;n herido. A veces escondemos nuestras heridas. Mostramos lo que valemos. Y en realidad es verdad que a veces nos juzgan por nuestros talentos.<br \/> &nbsp;<br \/> Hoy Jes&uacute;s muestra sus heridas. Y le reconocen. Es el abrazo de la misericordia. Tom&aacute;s se sabe pecador. Ha desconfiado de Dios, ha puesto en duda su amor, ha desconfiado de sus hermanos<strong>. &iquest;C&oacute;mo es posible que el pecado sea el camino para tocar a Dios?<\/strong><br \/> &nbsp;<br \/><strong>&iquest;C&oacute;mo puede ser posible que mi debilidad, mi envidia, mi limitaci&oacute;n, mi ca&iacute;da, se convierta en la roca de mi vida y en la experiencia de amor m&aacute;s fuerte<\/strong>, m&aacute;s liberadora, m&aacute;s sanadora?<br \/> &nbsp;<br \/> Una persona rezaba as&iacute; al meditar sobre su herida: &laquo;<em>Sigues all&iacute;, dici&eacute;ndome que es posible, que no te importa mi pecado, que T&uacute; lo limpias de nuevo, otra vez, y tantas veces. Que me escoges para que anhele estar fundida en tu coraz&oacute;n. Soy consciente de mi peque&ntilde;ez. Gracias por no hacerme muy capaz de muchas cosas, as&iacute; me es m&aacute;s f&aacute;cil no esperar mucho de m&iacute;. <\/em><br \/> &nbsp;<br \/><em>Gracias, Se&ntilde;or, por dejarme estar en tu coraz&oacute;n aun sabiendo c&oacute;mo soy, aprendiendo lo que hace tiempo deber&iacute;a haber aprendido. <strong>Gracias por ense&ntilde;arme a estar en mi herida<\/strong>, esa herida que haces tuya. Gracias por hacerme sentir que por ella, mi camino, pueda tambi&eacute;n ser fuente de tu misericordia<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Esa experiencia s&oacute;lo es posible desde la misericordia de Dios. Es su amor m&aacute;s fuerte que la muerte, su amor imposible.<br \/> &nbsp;<br \/> La ca&iacute;da de Tom&aacute;s se convirti&oacute; en la experiencia de amor m&aacute;s grande de su vida. La experiencia de amor que lo san&oacute; para siempre. <strong>Su ca&iacute;da fue camino de salvaci&oacute;n<\/strong> para vivir el amor de su vida. Su pecado fue el comienzo. Su herida fue la puerta. Cuando fue m&aacute;s peque&ntilde;o, fue m&aacute;s amado. Es un misterio.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban En la herida de Jes&uacute;s todos tenemos un lugar. Nuestra herida es nuestra identidad m&aacute;s honda. Tiene que ver con nuestro nombre. &nbsp; Jes&uacute;s, en su herida del costado, de sus pies y de sus manos, muestra lo que es en lo m&aacute;s profundo. 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