{"id":30742,"date":"2016-06-11T01:39:35","date_gmt":"2016-06-11T06:39:35","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/ver-esperanza-ver-a-dios\/"},"modified":"2016-06-11T01:39:35","modified_gmt":"2016-06-11T06:39:35","slug":"ver-esperanza-ver-a-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/ver-esperanza-ver-a-dios\/","title":{"rendered":"Ver esperanza, ver a&nbsp;Dios"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">Hoy el Evangelio nos habla de un ciego de nacimiento. Un ciego que nunca ha visto, no conoce los colores, no se ha detenido a contemplar la naturaleza, no distingue los rostros, no se ha sentido mirado, no ha podido mirar a nadie, no se ha alegrado contemplando un paisaje. No ha visto la vida como es. Se la imagina, la toca, la huele, la puede percibir por los sentidos, la sue&ntilde;a, pero no la ve.<br \/> &nbsp;<br \/> Hay cosas que suceden &laquo;de repente&raquo; y lo cambian todo. <strong>El coraz&oacute;n tiene m&aacute;s vista que los ojos<\/strong> que se quedan en la apariencia. Tambi&eacute;n Jes&uacute;s vio a un ciego &laquo;de repente&raquo;: &laquo;<em>En aquel tiempo, al pasar Jes&uacute;s vio a un hombre ciego de nacimiento<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>El ciego no vio a Jes&uacute;s. Pero Jes&uacute;s s&iacute; que vio a este ciego<\/strong>. Fue &laquo;de repente&raquo;. No entraba este milagro en la agenda de Jes&uacute;s. No estaba previsto ni pensado. Simplemente Jes&uacute;s detuvo ante &eacute;l sus pasos, su mirada.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>La vida de este ciego cambi&oacute; &laquo;de repente&raquo;<\/strong>: &laquo;<em>Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupi&oacute; en tierra, hizo barro con la saliva, se lo unt&oacute; en los ojos al ciego y le dijo: &#8211; Ve a lavarte a la piscina de Silo&eacute;. &Eacute;l fue, se lav&oacute;, y volvi&oacute; con vista<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Hab&iacute;a sido ciego toda su vida y, en un instante, comienza a ver<\/strong>. Jes&uacute;s cambia sus planes ese d&iacute;a, porque tiene abiertos sus ojos y su alma ante la vida. Vio a un hombre ciego. Fue un imprevisto. El ciego no lo vio a &Eacute;l, ni le pidi&oacute; nada. Quiz&aacute;s no sab&iacute;a que estaba ah&iacute; y no sab&iacute;a qui&eacute;n era. Jes&uacute;s se adelanta. No espera a que el ciego le pida, a que grite, a que le muestre su necesidad de ser curado.<br \/> &nbsp;<br \/> Quiz&aacute;s ning&uacute;n hombre supo ver el coraz&oacute;n de ese ciego, nadie hab&iacute;a confiado en &eacute;l. Jes&uacute;s ve su amargura. <strong>Ve la oscuridad interior, su soledad<\/strong>. Sabe lo que le pesa, conoce su miedo y su angustia.<br \/> &nbsp;<br \/> El ciego no ve a Jes&uacute;s. S&oacute;lo oye unos pasos que se detienen. Saltar&iacute;a su coraz&oacute;n. No es invisible para alguien. <strong>Alguien lo mira<\/strong>. Hasta ahora, &eacute;l no ha visto pero los dem&aacute;s tampoco lo han mirado, porque son ciegos. Como nosotros a veces.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s se acerca, se detiene. Lo vio y lo toc&oacute; con su saliva. Con sus manos. <strong>Jes&uacute;s pod&iacute;a hacerlo de palabra, pero lo toca para que sienta la cercan&iacute;a<\/strong> de alguien, para que sienta que para &Eacute;l es lo m&aacute;s importante. Barro hecho con saliva.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s le regala al ciego una mirada. Es el verdadero milagro. No que el ciego vea, sino que sea mirado como nunca antes. Alguien se detuvo junto a &eacute;l y toc&oacute; la herida que otros ignoraban. La herida de no ser visto, de estar al margen, la herida de no pertenecer a nadie. La herida de sus ojos que no sab&iacute;an ver con el coraz&oacute;n.<br \/> &nbsp;<br \/> No conocer&iacute;a sus dones porque nadie le ha dado la oportunidad de entregarlos. No sabe de su capacidad de amar. Se ha cerrado. Se ha bloqueado. Mejor no esperar nada de nadie, mejor no pedir nada para no ser rechazado. Se construye el muro para no sufrir.<br \/> &nbsp;<br \/> Pero ese d&iacute;a, de repente, la mano de Jes&uacute;s lo sana. <strong>Sus dedos acarician sus ojos<\/strong>. Jes&uacute;s crea desde el barro una criatura nueva. Un gesto, no hay palabras. Lo reconoce y lo ama sanando sus ojos. S&oacute;lo una orden: Que vaya a la piscina a lavarse. Y el milagro sucede. Un ciego ve. Una criatura nueva, un hombre nuevo. <strong>Es la hora decisiva de su vida, porque se siente amado<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s toca su herida. Donde le duele, sus ojos. Toca su dolor. Con las manos que temblar&iacute;an de compasi&oacute;n por ese hombre que no pide nada. <strong>As&iacute; es Jes&uacute;s, toca nuestro dolor, acaricia nuestra herida. Para &Eacute;l es sagrada. <\/strong><br \/> &nbsp;<br \/><strong>Esa herida fue para el ciego la oportunidad de encontrarse con Jes&uacute;s y ser salvado<\/strong>. Habr&iacute;a muchos ciegos en Israel. Muchos hombres que no pod&iacute;an ver. S&oacute;lo cura a un ciego de nacimiento. S&oacute;lo espera que su nueva vida est&eacute; llena de fe. Ahora podr&aacute; ver el mundo y la fe le ayudar&aacute; a ver la vida y lo que tiene que hacer.<\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\"> &nbsp;<br \/> Todo cambia ese d&iacute;a en que Jes&uacute;s pasa a su lado y se detiene, lo ama y se siente amado. Ese d&iacute;a en que su alma se despliega, y vuelve a creer, a confiar, a mirar con ojos de ni&ntilde;o. Ese d&iacute;a en que <strong>entra la luz en sus ojos y en su alma.<\/strong> En que conoce al que es la luz.<br \/> &nbsp;<br \/> Podr&iacute;a repetir en su coraz&oacute;n lo que hoy comenta San Pablo: &laquo;<em>En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Se&ntilde;or. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Se&ntilde;or, sin tomar parte en las obras est&eacute;riles de las tinieblas, sino m&aacute;s bien denunciadlas. Pero la luz, denunci&aacute;ndolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Despierta, t&uacute; que duermes, lev&aacute;ntate de entre los muertos y Cristo ser&aacute; tu luz<\/em>&raquo;. Efesios 5, 8-14.<br \/> &nbsp;<br \/> El ciego que ahora ve deja de vivir en tinieblas, deja la oscuridad y la noche. Comienza a vivir en la luz. <strong>Es un hombre nuevo aunque algunos duden<\/strong>. Antes era ciego, ahora ve. &Eacute;l lo confirma: &laquo;<em>Soy yo. Y le preguntaban: &#8211; &iquest;Y c&oacute;mo te han abierto los ojos? &Eacute;l contest&oacute;: &#8211; Ese hombre que se llama Jes&uacute;s hizo barro, me lo unt&oacute; en los ojos y me dijo que fuese a Silo&eacute; y que me lavase. Fui, me lav&eacute;, y empec&eacute; a ver. Le preguntaron: &#8211; &iquest;D&oacute;nde est&aacute; &Eacute;l? Contest&oacute;: &#8211; No s&eacute;<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> Cree, ve, comienza a caminar y tiene que decir qui&eacute;n es, para que no duden, para que no dejen de creer en los milagros.<br \/> &nbsp;<br \/> Dec&iacute;a Albert Einstein: &laquo;<em>Hay dos formas de vivir la vida. Una como si no hubiera milagros. Otra como si todo fuera un milagro<\/em>&raquo;. Algunos no creen que pueda haber milagros. Por eso dudan. Otros, sin embargo, somos capaces de creer que <strong>la vida est&aacute; llena de milagros<\/strong>. Algunos sorprendentes como el de hoy. Otros m&aacute;s sencillos, ocultos, callados. Milagros de transformaci&oacute;n interior. Milagros que el mundo no ve.<br \/> &nbsp;<br \/> Hoy Jes&uacute;s no pide nada, no pide fe, no pide que le suplique y se muestre humilde. El que ve es &Eacute;l. El que se acerca es &Eacute;l. Suele ser que Jes&uacute;s pide del otro la humildad de mostrarse vulnerable; s&oacute;lo as&iacute; es posible sanar. Pero hoy cura, sencillamente por amor. Por compasi&oacute;n. No le mueve la ceguera externa, sino la del coraz&oacute;n. Quiere mostrarle a este hombre todo lo que el amor y la vida tienen para &eacute;l.<br \/> &nbsp;<br \/> Quiere que este hombre, que est&aacute; fuera de la vida de los dem&aacute;s, forme parte de todos. Por eso le pide que vaya a la piscina, para integrarlo en la comunidad. Jes&uacute;s cree en &eacute;l antes de que el ciego crea en s&iacute; mismo.<br \/> &nbsp;<br \/> Jes&uacute;s toca esos ojos que hasta ahora no ten&iacute;an ning&uacute;n valor. Se acerca. Quiere regalarle la belleza del mar y de los montes, quiere que pueda ver el rostro de los que ama, un amanecer, un atardecer. Quiere que pueda ver todo lo que ha estado oyendo toda su vida.<br \/> &nbsp;<br \/> Y no s&oacute;lo eso, quiere que abra los ojos del alma a la esperanza y al amor. Quiere que saque todo lo que guarda en su interior. Quiere darle ese regalo de la belleza, y sobre todo el regalo de que alguien se preocupe por &eacute;l.<br \/> &nbsp;<br \/> Son dos milagros: <strong>el milagro del amor de Jes&uacute;s y el milagro de la fe de ni&ntilde;o<\/strong> del ciego. Nadie los ve y quedan escondidos para siempre en el coraz&oacute;n del ciego. Los pasos que se pararon. Las manos que lo tocaron con cari&ntilde;o y delicadeza. La mirada de Jes&uacute;s que ve el deseo de un hombre que calla, que no grita, que est&aacute; solo, que no tiene luz en su coraz&oacute;n ni en sus ojos. Jes&uacute;s lo vio antes de que &eacute;l lo viese y sac&oacute; el amor de su coraz&oacute;n.<br \/> &nbsp;<br \/> A veces cuesta aceptar la verdad tal y como es: &laquo;<em>Y t&uacute;, &iquest;qu&eacute; dices del que te ha abierto los ojos? &Eacute;l contest&oacute;: &#8211; Que es un profeta. Pero los jud&iacute;os no se creyeron que aqu&eacute;l hab&iacute;a sido ciego y hab&iacute;a recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: &#8211; &iquest;Es &eacute;ste vuestro hijo, de quien dec&iacute;s vosotros que naci&oacute; ciego? &iquest;C&oacute;mo es que ahora ve? Sus padres contestaron: &#8211; Sabemos que &eacute;ste es nuestro hijo y que naci&oacute; ciego; pero c&oacute;mo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y qui&eacute;n le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Pregunt&aacute;dselo a &eacute;l, que es mayor y puede explicarse<\/em><\/p>\n<div class=\"multipage_separator\"><\/div>\n<p align=\"justify\">&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> A los fariseos les cuesta creer en Jes&uacute;s y en sus milagros. Se sienten por encima del bien y del mal: &laquo;<em>Confi&eacute;salo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. &iquest;Qu&eacute; te hizo, c&oacute;mo te abri&oacute; los ojos? Les contest&oacute;: -Os lo he dicho ya, y no me hab&eacute;is hecho caso; &iquest;para qu&eacute; quer&eacute;is o&iacute;rlo otra vez?; &iquest;tambi&eacute;n vosotros quer&eacute;is haceros disc&iacute;pulos suyos? Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: -Disc&iacute;pulo de &eacute;se lo ser&aacute;s t&uacute;; nosotros somos disc&iacute;pulos de Mois&eacute;s. Nosotros sabemos que a Mois&eacute;s le habl&oacute; Dios, pero &eacute;se no sabemos de d&oacute;nde viene. Replic&oacute; &eacute;l: &#8211; Pues eso es lo raro: que vosotros no sab&eacute;is de d&oacute;nde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Le replicaron: &#8211; Empecatado naciste t&uacute; de pies a cabeza, &iquest;y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron<\/em>&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/> La fe sencilla del ciego que ve conmueve el coraz&oacute;n de Jes&uacute;s: &laquo;<em>Oy&oacute; Jes&uacute;s que lo hab&iacute;an expulsado, lo encontr&oacute; y le dijo: &#8211; &iquest;Crees t&uacute; en el Hijo del hombre? &Eacute;l contest&oacute;: &#8211; &iquest;Y qui&eacute;n es, Se&ntilde;or, para que crea en &eacute;l? Jes&uacute;s le dijo: &#8211; Lo est&aacute;s viendo: el que te est&aacute; hablando, &eacute;se es. &Eacute;l dijo: &#8211; Creo, Se&ntilde;or. Y se postr&oacute; ante &Eacute;<\/em>l&raquo;.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Jes&uacute;s no se desentiende de &eacute;l, se detiene<\/strong>. Se preocupa por &eacute;l y le pregunta si cree en el hijo del hombre.<br \/> &nbsp;<br \/> El ciego ya no es ciego y puede ver a Jes&uacute;s. Ve sus ojos, sus manos. Antes s&oacute;lo hab&iacute;a o&iacute;do sus pasos y sentido su caricia y escuchado su voz. <strong>Ahora lo mira con calma, no s&oacute;lo con los ojos, sino con el coraz&oacute;n. Entonces s&iacute; cree. Se f&iacute;a de &Eacute;l.<\/strong> Cree en lo que hace y en lo que le dice.<br \/> &nbsp;<br \/> Es muy bonita esta confianza de ni&ntilde;o. No pregunta nada, no quiere saber m&aacute;s. Tal vez no entienda el lenguaje, pero se f&iacute;a de Jes&uacute;s. No necesita m&aacute;s. Ha sido curado, ahora ve y se postra ante &Eacute;l.<br \/> &nbsp;<br \/> El ciego no conoc&iacute;a el rostro de los hombres, no hab&iacute;a visto nunca antes los paisajes, ni los bosques, ni los caminos, ni la luz del sol. Ahora lo ve todo y tiembla. Alguien ha cambiado su vida para siempre. Cree en ese poder que le sobrecoge. Cree en &Eacute;l. <strong>Cree en su poder porque lo ha comprobado. El poder de Dios en su vida.<\/strong> Ese milagro que lo hace todo diferente.<br \/> &nbsp;<br \/> El ciego que ve <strong>inicia un nuevo camino<\/strong>. Cambia y cree. No conoc&iacute;a a ese hombre. Tal vez no sab&iacute;a c&oacute;mo lo hab&iacute;a curado: &laquo;<em>Si es un pecador, no lo s&eacute;; s&oacute;lo s&eacute; que yo era ciego y ahora veo<\/em>&raquo;. Pero cree en aquel que le ha devuelto la vista, que le ha dado luz. Su vida cambi&oacute; s&uacute;bitamente.<br \/> &nbsp;<br \/> Lo que muchos no ve&iacute;an, porque s&oacute;lo ve&iacute;an que curaba en s&aacute;bado, lo que muchos no sab&iacute;an, &eacute;l lo vio y lo supo. <strong>Vio el coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, vio su misericordia, su compasi&oacute;n. Vio a Dios escondido en un hombre fr&aacute;gil<\/strong>. Lo vio en sus manos y en su voz. <strong>Jes&uacute;s le hab&iacute;a abierto los ojos del alma, y su mirada era pura, limpia. Entonces crey&oacute;. Crey&oacute; porque hab&iacute;a sido amado<\/strong>.<br \/> &nbsp;<br \/> Entonces el ciego que ahora ve, se convierte en portador de la luz, en esperanza. El ciego que vuelve a ver se convierte en testigo de la luz. As&iacute; como nosotros, cuando somos salvados por Dios, somos testigos del amor de Dios, de su alegr&iacute;a y de su esperanza. &Eacute;l va con nosotros. Ya no tememos y no podemos callar lo que hemos recibido. No podemos dejar de abrir los ojos y el coraz&oacute;n de tantos que viven sin esperanza cuando recuperamos la luz.<br \/> &nbsp;<br \/><strong>Recuperar la vista de los ojos posibilita abrir el coraz&oacute;n a la vida<\/strong>. Los ojos del ciego eran puros, su coraz&oacute;n se vuelve puro. En la fuente del coraz&oacute;n de Jes&uacute;s, de su amor incondicional, recibimos el agua que calma la sed. De sus manos llenas de amor, de su mirada, recobra el coraz&oacute;n la vista pura y verdadera.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban Hoy el Evangelio nos habla de un ciego de nacimiento. Un ciego que nunca ha visto, no conoce los colores, no se ha detenido a contemplar la naturaleza, no distingue los rostros, no se ha sentido mirado, no ha podido mirar a nadie, no se ha alegrado contemplando un paisaje. 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