{"id":30802,"date":"2016-06-11T01:41:48","date_gmt":"2016-06-11T06:41:48","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/escuchar-a-dios-en-el-ruido-y-la-limitacion-cotidiana\/"},"modified":"2016-06-11T01:41:48","modified_gmt":"2016-06-11T06:41:48","slug":"escuchar-a-dios-en-el-ruido-y-la-limitacion-cotidiana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/escuchar-a-dios-en-el-ruido-y-la-limitacion-cotidiana\/","title":{"rendered":"Escuchar a Dios en el ruido y la limitaci\u00f3n&nbsp;cotidiana"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\"><strong>Es dif&iacute;cil escuchar la voz de Dios en nuestro coraz&oacute;n y descubrir sus deseos, la misi&oacute;n que nos tiene encomendada<\/strong>. <strong>El Esp&iacute;ritu Santo habla en el silencio<\/strong> y nosotros no lo escuchamos, <strong>hay demasiados ruidos<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nHay un cuento que habla de una leyenda de un monje y un templo sobre una isla. Le dijeron que las campanas m&aacute;s hermosas se escuchaban en esa isla: &laquo;<em>El templo hab&iacute;a estado sobre una isla, dos millas mar adentro. Ten&iacute;a un millar de campanas. Grandes y peque&ntilde;as campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al un&iacute;sono, produciendo una sinfon&iacute;a que arrebataba a cuantos la escuchaban. Pero, al cabo de los siglos, la isla se hab&iacute;a hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradici&oacute;n afirmaba que las campanas segu&iacute;an repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podr&iacute;a o&iacute;rlas<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLo &uacute;nico que deseaba era escuchar un d&iacute;a todas esas campanas. Una vez all&iacute; trataba de o&iacute;r las campanas haciendo silencio, se abstra&iacute;a de todos los ruidos que le rodeaban. Todo era muy hermoso, el mar era precioso: &laquo;<em>Estuvo sentado durante d&iacute;as en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se hab&iacute;a alzado el templo, y escuch&oacute;, y escuch&oacute; con toda atenci&oacute;n. Pero lo &uacute;nico que o&iacute;a era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de s&iacute; el ruido de las olas, al objeto de poder o&iacute;r las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parec&iacute;a inundar el universo<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUn d&iacute;a, desanimado, desisti&oacute; de su idea: &laquo;<em>Tal vez &eacute;l no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado o&iacute;r las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresar&iacute;a a su casa y reconocer&iacute;a su fracaso. Era su &uacute;ltimo d&iacute;a en el lugar y decidi&oacute; acudir una &uacute;ltima vez a su observatorio. Se tendi&oacute; en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel d&iacute;a no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entreg&oacute; a &eacute;l y descubri&oacute; que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto qued&oacute; tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de s&iacute; mismo. Tan profundo era el silencio que produc&iacute;a en su coraz&oacute;n. &iexcl;Y en medio de aquel silencio lo oy&oacute;! El ta&ntilde;ido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra. Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armon&iacute;a, y su coraz&oacute;n se vio transportado de asombro y de alegr&iacute;a<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSo&ntilde;amos con o&iacute;r la voz de Dios. Buscamos el silencio y nos retiramos del mundo. No lo encontramos. Nos molestan los ruidos de la vida y los queremos evitar. Queremos hacer silencio pero no lo logramos, siguen los ruidos, las voces, los gritos. En nuestro interior y en el mundo que nos rodea no hay silencio.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSo&ntilde;amos con retirarnos a un desierto sin voces y sin hombres para escuchar a Dios. Y <strong>justificamos el silencio de Dios al pensar en tantos ruidos que nos molestan cada d&iacute;a<\/strong>. Quisi&eacute;ramos que hubiera un profundo silencio en nuestra vida para poder o&iacute;r las campanas del alma.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa historia de las campanas del monasterio nos ense&ntilde;a a <strong>rezar mirando el mundo que nos rodea, sin despreciarlo, sin querer huir de &eacute;l<\/strong>. Cuando aprendemos a escuchar nuestra propia alma llena de ruidos, las olas de nuestro interior, el mar de los que est&aacute;n a nuestro lado, la vida con su falta de paz, ese d&iacute;a lleno de actividades, logramos escuchar las campanas de Dios.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSin embargo, &iexcl;<strong>cu&aacute;ntas veces, es verdad, no vemos a Dios en lo cotidiano<\/strong>! No sabemos d&oacute;nde est&aacute;, ni qu&eacute; quiere de nosotros. D&oacute;nde est&aacute; en ese dolor que sentimos, en la rutina, en medio de nuestra familia o en la tormenta de nuestro coraz&oacute;n. Ante una decisi&oacute;n dif&iacute;cil, una p&eacute;rdida, un fracaso.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nA todos nos gustar&iacute;a que se abriese el cielo y nos dijese Dios: &laquo;Soy Yo, aqu&iacute; estoy&raquo;. En realidad, si hacemos silencio, si nos retiramos a orar en lo hondo de nuestra alma, esa voz de Dios que abre el cielo, que abre las puertas cerradas de nuestro interior, la podemos llegar a o&iacute;r. Es un susurro a veces. Est&aacute; tapada por muchos ruidos de mi vida, actividades, algunas incluso religiosas, por los ruidos de mi coraz&oacute;n.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Al detenernos a mirar nuestra vida con los ojos de Dios, descubrimos el mejor camino para o&iacute;rle<\/strong>. A veces son los dem&aacute;s esa voz de Dios. Alguien nos dice algo que desgarra el velo y s&iacute; sentimos que Dios nos ha tocado.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAh&iacute; escuchamos a Dios. No pasando de puntillas sobre la vida, sino tom&aacute;ndola entre las manos. No queriendo abstraernos de todos los ruidos del mundo sino poniendo nuestro coraz&oacute;n all&iacute;, en la realidad donde Dios nos habla.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>En medio de nuestros ruidos, es posible escuchar la voz de Dios pronunciando nuestro propio nombre, dici&eacute;ndonos cu&aacute;nto nos quiere<\/strong>: &laquo;<em>Mi silencio tiene tu nombre. Mi vida. Mi misterio. Mi camino. Mi mar. Mi orilla. Mis preguntas. Jes&uacute;s. Mis sue&ntilde;os tienen tu nombre. Mi coraz&oacute;n. Mi herida. Mi barca. Mi hogar. Mis manos. Mi profesi&oacute;n. Jes&uacute;s. Mi renuncia tiene tu nombre. Mi mirada. Mi jard&iacute;n. Mi desierto. Mi historia. Mi hoy. Mi futuro. Jes&uacute;s. Mi cruz tiene tu nombre. Mi amor. Mi ideal. Mi ni&ntilde;ez. Mi don. Mi fragilidad. Mi sonrisa. Jes&uacute;s<\/em>&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nS&iacute;, <strong>en todo lo que nos rodea est&aacute; escrito nuestro nombre, pronunciado por Jes&uacute;s<\/strong>. En todo lo que nos rodea est&aacute; inscrito el nombre de Jes&uacute;s y nosotros lo pronunciamos t&iacute;midamente. Amando el mundo en el que Cristo se hizo carne. All&iacute; mismo, <strong>entre los hombres, en la falta de amor y de paz. All&iacute; nace lo eterno<\/strong>. All&iacute; comienza la frontera de la eternidad. All&iacute; entendemos el sentido de nuestra vida y las campanas de Dios en el alma empiezan a sonar. Su voz es dulce y clara. Escuchemos a Dios que nos habla cada d&iacute;a y nos muestra el camino.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban Es dif&iacute;cil escuchar la voz de Dios en nuestro coraz&oacute;n y descubrir sus deseos, la misi&oacute;n que nos tiene encomendada. 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