{"id":30813,"date":"2016-06-11T01:42:10","date_gmt":"2016-06-11T06:42:10","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/donde-empieza-el-reino\/"},"modified":"2016-06-11T01:42:10","modified_gmt":"2016-06-11T06:42:10","slug":"donde-empieza-el-reino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/donde-empieza-el-reino\/","title":{"rendered":"Donde empieza el&nbsp;Reino"},"content":{"rendered":"<p><b>Por: Carlos Padilla Esteban<\/b><\/p>\n<p align=\"justify\">Es verdad que hay cosas que no somos capaces de hacer. Bien porque no tenemos los talentos necesarios, bien porque nos falta la fuerza y la ayuda de los otros. Es realista aceptar que tenemos l&iacute;mites. Eso nos hace m&aacute;s humildes, m&aacute;s humanos, m&aacute;s sabios a la larga.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSin embargo, en otras ocasiones, no es cierto que no podamos, simplemente nos hemos autoimpuesto ciertos l&iacute;mites. Barreras que no son reales, pero que, en el interior de nuestra cabeza, en lo profundo del coraz&oacute;n, tienen mucha fuerza.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl otro d&iacute;a recordaba el cuento que Jorge Bucay<a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\" title=\"\">[1]<\/a> contaba: <strong>el elefante y la estaca<\/strong>. Cuando &eacute;l era peque&ntilde;o vio a un elefante inmenso atado a una peque&ntilde;a estaca. Se pregunt&oacute; asombrado por qu&eacute; ese elefante poderoso no era capaz de tirar con fuerza y escaparse. Algunos le respondieron que estaba amaestrado. &laquo;Pero entonces, &iquest;por qu&eacute; hay que atarlo?&raquo;, preguntaba. Al final obtuvo una respuesta convincente. El elefante, cuando era peque&ntilde;o, fue atado a una estaca. Esa estaca, que hoy parece insignificante para su tama&ntilde;o, para ese elefante peque&ntilde;o era una estaca poderosa. Intent&oacute; varios d&iacute;as seguidos escaparse. Lo hizo sin &eacute;xito. Al final desisti&oacute;. Con el paso de los a&ntilde;os el elefante creci&oacute;, pero nunca m&aacute;s volvi&oacute; a tirar de la estaca. Ya lo hab&iacute;a intentado muchas veces y era imposible. No se plante&oacute; si algo hab&iacute;a cambiado a lo largo de los a&ntilde;os. Simplemente asumi&oacute;, con paciencia y cierta resignaci&oacute;n, que no pod&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTal vez eso nos pasa a nosotros con frecuencia. Siendo ni&ntilde;os intentamos algo, quisimos dar alg&uacute;n paso y no lo logramos. Alguien entonces nos dijo que no podr&iacute;amos nunca, que no era posible. Nosotros le cre&iacute;mos. Nos convencimos de nuestros l&iacute;mites, los aceptamos. Y entonces nunca m&aacute;s volvimos a intentarlo. En nuestra cabeza estaba escrito a fuego una afirmaci&oacute;n dolorosa: &laquo;No podemos&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nVivimos con muchas de esas creencias limitantes guardadas en la memoria. Son creencias que nos paralizan con frecuencia. <strong>Dejamos de actuar porque no pensamos que algo que nos gustar&iacute;a llevar a cabo pueda ser posible.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nMuchas personas, cuando les proponen algo que ya han intentado ellas sin &eacute;xito, desestiman la idea: &laquo;Nunca ha funcionado, &iquest;por qu&eacute; tendr&iacute;a que funcionar ahora?&raquo;. <strong>Todos tenemos esos l&iacute;mites en el coraz&oacute;n<\/strong>. Algunos tienen m&aacute;s, otros menos. Pero todos <strong>nos autolimitamos por miedo a fracasar<\/strong>. &laquo;Mejor lo dejamos as&iacute;, no arriesgamos&raquo;, pensamos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNos falta confianza en nuestras propias fuerzas, fe en lo que ser&iacute;amos capaces de conseguir si lo intent&aacute;ramos. Vemos un muro ante nuestros ojos y desistimos porque nos parece infranqueable. Nos parece demasiado elevado, demasiado poderoso, demasiado grande.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSon esos l&iacute;mites humanos que los dem&aacute;s nos ponen cuando no nos recomiendan que arriesguemos. Tal vez porque ellos han fracasado antes y no quieren que fracasemos. O tal vez temen que a nosotros s&iacute; nos resulte.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>El riesgo siempre tiene peligros. Y los peligros nos asustan demasiado<\/strong>. Queremos hacer aquello que seguro nos resulta, sin exponer demasiado. Es por eso importante <strong>aceptar nuestros l&iacute;mites, pero tambi&eacute;n tener fe<\/strong> en lo que podemos conseguir, en nuestras capacidades y potencialidades.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero no s&oacute;lo en las nuestras, tambi&eacute;n en las de quienes nos quieren, en aquellos que nos piden consejo. Creer en el otro lo capacita, saca lo mejor de &eacute;l, le da una fuerza que &eacute;l mismo no tiene. Que crean en nosotros nos da la vida, nos hace mejores. <strong>Que nosotros creamos en lo que podemos llegar a lograr<\/strong> es fundamental para el camino, para no desesperarnos f&aacute;cilmente, para afrontar los riesgos y peligros de la vida sin miedo, sin bloqueos, venciendo la resistencia de tantas estacas peque&ntilde;as que llevamos prendidas en el alma.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEste domingo, en la <strong>fiesta de Cristo Rey, concluye el a&ntilde;o de la fe,<\/strong> convocado por Benedicto XVI. Concluye este a&ntilde;o en el que le hemos rogado al Se&ntilde;or, como hicieron los disc&iacute;pulos, tener m&aacute;s fe: &laquo;Se&ntilde;or, aum&eacute;ntanos la fe&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Nos falta fe en nosotros mismos y, sobre todo, nos falta fe en Dios.<\/strong> Porque la fe es creer en lo que no vemos, en aquello que no poseemos, en lo que no se muestra como posible.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>La intenci&oacute;n del Papa fue en su momento que mir&aacute;ramos con sinceridad en nuestro coraz&oacute;n para ver c&oacute;mo es nuestra fe. Bastar&iacute;a con una fe del tama&ntilde;o de un grano de mostaza.<\/strong> Algo muy peque&ntilde;o. Debe ser m&aacute;s peque&ntilde;a todav&iacute;a nuestra fe porque no logramos creer en lo que parece imposible.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>La fe tiene varios aspectos<\/strong> sobre los que quisiera meditar. En primer lugar la fe se refiere a un <strong>dep&oacute;sito de verdades en las que creemos<\/strong>. Durante este a&ntilde;o hemos meditado sobre esto. &iquest;Conozco el dep&oacute;sito de fe? <strong>&iquest;S&eacute; las razones que la Iglesia tiene para afirmar y exigir lo que exige?<\/strong> &iquest;S&eacute; de lo que hablo cuando defiendo ciertas posturas eclesiales? &iquest;Amo m&aacute;s la Iglesia? &iquest;Me he formado durante estos meses leyendo libros que aumenten mis conocimientos teol&oacute;gicos?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPor lo general somos bastante ignorantes en materia de fe. No sabemos mucho y opinamos sin profundidad ni fundamento. No estudiamos teolog&iacute;a, no leemos la Biblia, no nos preguntamos lo que la Iglesia afirma en profundidad.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNos falta esp&iacute;ritu cr&iacute;tico y esp&iacute;ritu de estudio. Nos conformamos con lo que aprendimos en el colegio. Como si eso bastara. Como si, para ser buenos profesionales en nuestro campo, nos bastara con lo que aprendimos en el colegio. Para ser verdaderos profesionales en materia de fe no es suficiente con la religi&oacute;n del colegio. &iquest;Este a&ntilde;o de la fe nos ha permitido profundizar, incursionar, en las verdades de nuestra fe?<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa fe <strong>no es s&oacute;lo adhesi&oacute;n a ciertas verdades teol&oacute;gicas. La fe es, fundamentalmente, adhesi&oacute;n a una persona, es adhesi&oacute;n a Cristo<\/strong>. Hoy escuchamos: &laquo;&Eacute;l nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSi queremos que Cristo reine en nuestra vida con su luz, tendremos que adherirnos profundamente a &Eacute;l. Es una fe viva y personal. Una persona dec&iacute;a: &laquo;Sentir a Dios cada minuto de mi vida es un regalo, un tesoro reservado para quien tiene en su alma el anhelo de Dios vivo, de tocarlo, de abrazarlo, de sentirlo en cada fibra del coraz&oacute;n&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo nos centramos por eso s&oacute;lo en los contenidos de la fe. Buscamos a Cristo vivo, presente, lleno de amor. Porque queremos tocarlo en nuestro coraz&oacute;n, llevarlo en lo m&aacute;s profundo. Que su mano acaricie el alma y su aliento impulse nuestros actos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl Padre Jos&eacute; Kentenich defin&iacute;a as&iacute; al hombre enamorado de Dios: &laquo;El hombre divinizado busca, encuentra, y procura amar a Dios en todas partes. Se trata del santo de la vida diaria. No del santo del domingo. No conoce otra cosa m&aacute;s que estar en casa en Dios. Hacia lo alto, hacia el Dios viviente. A trav&eacute;s de todo lo creado. Y entonces, partiendo del Dios viviente, regresar a lo creado&raquo;<a href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\" title=\"\">[2]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Un hombre que descansa en Dios, que ama a Cristo y su vida, no descansa cuando est&aacute; lejos de su amor<\/strong>. Y luego, desde ese amor a Cristo, ama todo lo creado. As&iacute; deber&iacute;a ser nuestro amor al Se&ntilde;or. <strong>Un amor personal, cercano, profundo.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUna persona rezaba as&iacute;: &laquo;Mirarte fijamente y mirarme&nbsp;me llena de perd&oacute;n; mirarte y descubrirme peque&ntilde;a, pobre y pecadora me llena de humildad; mirarte y contemplarte en silencio me inunda de paz. Permanecer ante ti, inm&oacute;vil, dej&aacute;ndome amar, me colma de gratitud; descansar bajo la suavidad de tu mirada, la ternura de tus abrazos y la calidez de tu silencio, me llena de amor. Un amor infinito que consuela mi alma, sacia mi sed y me conduce&nbsp;hacia Dios&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nUna fe viva que consiste en mirar y dejarnos mirar por Cristo. La mirada que nos da paz y nos levanta, que nos capacita para la vida y nos lanza al mundo. Que nuestra fe aumente es el deseo del coraz&oacute;n porque queremos amar m&aacute;s, querer m&aacute;s a Jes&uacute;s. <strong>Que nuestra vida descanse abrazada a su ser. <\/strong>As&iacute;, recostados en su pecho, le pedimos que aumente nuestra fe y nos ense&ntilde;e a amar m&aacute;s cada d&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa fe de la que hablamos es una <strong>fe viva, pr&aacute;ctica y no te&oacute;rica<\/strong>. Una fe <strong>vivida en comunidad como Iglesia<\/strong>, porque no caminamos solos. Es lo que llamamos la <strong>fe pr&aacute;ctica en la Divina Providencia.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSabemos que &laquo;el justo vivir&aacute; por la fe&raquo;. Rm 1, 17. Pero, <strong>&iexcl;qu&eacute; lejos estamos nosotros de llegar a vivir de la fe! Vivimos de certezas<\/strong>, de seguridades humanas, de la claridad del mundo, de aquello que tocamos con nuestras manos. Por eso nos desconcertamos con facilidad cuando el futuro se torna oscuro, cuando nada es tan estable, cuando nos faltan seguridades.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDec&iacute;a el Padre Kentenich: &laquo;Es la voluntad de Dios, por eso permanezco tranquilo&raquo;<a href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\" title=\"\">[3]<\/a>. &Eacute;sa es la actitud del que sabe que <strong>todo lo que le ocurre tiene que ver con Dios y conf&iacute;a<\/strong> en su mano conductora.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl Hermano Rafael hablaba siempre de la <strong>santa indiferencia<\/strong>. De esa actitud del alma que no se turba en las distintas circunstancias de nuestra vida. Dec&iacute;a: &laquo;Mi excesiva sensibilidad me demuestra lo atrasado que estoy en virtud, debo aspirar a la santa indiferencia, hacerme fuerte y&nbsp;descansar&nbsp;as&iacute; s&oacute;lo en Dios&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs la actitud de la cual estamos a veces tan lejos<strong>. Nos turbamos con los juicios de los hombres y nos agobiamos por el futuro y lo que nos pueda deparar<\/strong>. En otras ocasiones <strong>miramos nuestro pasado y queremos que todo tenga sentido<\/strong>, que todos los cabos est&eacute;n bien atados. Miramos nuestra historia tratando de entenderlo todo. Pero muchas veces no es as&iacute;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn el cielo s&iacute; que veremos la mano de Dios oculta uniendo todos nuestros pasos. Aqu&iacute;, en nuestro caminar, habr&aacute; momentos de oscuridad, de inquietud, de realidades no completas, confusas, sin luz.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn esos momentos <strong>no nos desesperaremos si mantenemos firme nuestra fe<\/strong>. Miraremos con confianza y sabremos que Dios s&iacute; est&aacute; detr&aacute;s de todo, aunque con frecuencia no sepamos verlo. Por eso cultivamos esa actitud interior. Buscamos a Dios en todo lo que nos ocurre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDec&iacute;a el Padre Kentenich: &laquo;El hombre apost&oacute;lico gira con todas las fibras de su coraz&oacute;n y con los claros y radiantes ojos de su fe en torno al Dios de la vida, tal como sale al encuentro en sus conducciones y disposiciones en la vida cotidiana&raquo;<a href=\"#_ftn4\" name=\"_ftnref4\" title=\"\">[4]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAs&iacute; queremos vivir nosotros. Queremos <strong>ir al encuentro del Dios de la vida<\/strong> y poner una escalera que nos conduzca siempre hasta &Eacute;l. &laquo;En la c&uacute;spide de cada acontecimiento all&iacute; est&aacute; Dios en su trono. <strong>Debemos arrimar una escalera para la inteligencia, para la voluntad y para el coraz&oacute;n. No se trata s&oacute;lo de entrar en la intimidad con Dios sino, tambi&eacute;n, de responderle con la entrega de nuestro coraz&oacute;n<\/strong>&raquo;<a href=\"#_ftn5\" name=\"_ftnref5\" title=\"\">[5]<\/a>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEs la escalera de la fe del que se abandona en un Dios que conduce su historia. Dios es siempre fiel. Nosotros somos fr&aacute;giles y se nos olvida buscar siempre a Dios en nuestra vida, en todo lo que nos pasa, descansar en &Eacute;l.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn el domingo de Cristo Rey <strong>nos preguntamos por ese Reino de Dios que comienza con Cristo. La realeza de Jes&uacute;s se muestra desde la cruz<\/strong>: &laquo;Hab&iacute;a encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: &#8211; &Eacute;ste es el rey de los jud&iacute;os&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>El poder del rey se convierte en impotencia<\/strong>. Los que lo ven quieren que Jes&uacute;s sea un rey humano, poderoso, invencible y se r&iacute;en de &Eacute;l porque lo ven derrotado. <strong>El hombre,<\/strong> <strong>cuando ha dejado de ver a Dios en el mundo y no conf&iacute;a en su poder, se r&iacute;e de Dios<\/strong>:<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&laquo;En aquel tiempo, las autoridades hac&iacute;an muecas a Jes&uacute;s, diciendo: &#8211; A otros ha salvado; que se salve a s&iacute; mismo, si &Eacute;l es el Mes&iacute;as de Dios, el Elegido. Se burlaban de &Eacute;l tambi&eacute;n los soldados, ofreci&eacute;ndole vinagre y diciendo: &#8211; Si eres T&uacute; el rey de los jud&iacute;os, s&aacute;lvate a ti mismo&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>La impotencia despierta la burla<\/strong>. Jes&uacute;s est&aacute; indefenso en la cruz. No est&aacute; rodeado de gente, s&oacute;lo unos pocos: su madre, Juan. Est&aacute; humanamente vencido. &iquest;Por qu&eacute; se burlan adem&aacute;s? Quiz&aacute;s para sentirse mejor, para acallar su conciencia. Quiz&aacute;s si ridiculizan todo lo bueno de su vida se sientan menos culpables, porque lo rebajan ante ellos, y comparten la burla y la culpa.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLo que ha sido la misi&oacute;n de Jes&uacute;s, su don, pasar haciendo el bien, curando a enfermos, sanando corazones, su regalo a todos los que se ha encontrado por los caminos, ahora es motivo de risa.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nSe burlan tres veces. Las autoridades jud&iacute;as. Los soldados romanos. El malhechor crucificado junto a &Eacute;l. Dice el Evangelio que le hac&iacute;an muecas, le ofrecieron vinagre, le insultaban.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero Jes&uacute;s calla. No dice nada. Se deja. Dios, clavado en la cruz, dej&aacute;ndose hacer. Indefenso. <strong>Nadie cree en un rey sin poder<\/strong>, en un rey sin ej&eacute;rcito, en un rey que muere solo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>&Eacute;l s&oacute;lo mira perdonando. Con los brazos abiertos, deseando abrazarles. Este silencio de Jes&uacute;s est&aacute; lleno de amor. Es el amor m&aacute;s grande<\/strong>. El amor hasta el extremo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa lanza que atraves&oacute; su coraz&oacute;n fueron en parte estas palabras. Me impresiona el desprecio. Su misericordia, que otras veces se ha desbordado en caricias, en sanaci&oacute;n, en palabras, ahora es silencio. <strong>Mira y se deja hacer. Dios respeta la libertad humana y se somete a ella.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl Reino de Dios se nos muestra as&iacute; en su impotencia y esa impotencia siempre nos desconcierta. Dec&iacute;a el <strong>Papa Francisco<\/strong>: &laquo;El Reino de los cielos es para cuantos no ponen su seguridad en las cosas, sino en el amor de Dios; para cuantos tienen un coraz&oacute;n sencillo, humilde, no presumen ser justos y no juzgan a los dem&aacute;s, cuantos saben sufrir con quien sufre y alegrarse con quien se alegra, no son violentos sino misericordiosos y tratan de ser art&iacute;fices de reconciliaci&oacute;n y de paz. El santo es un art&iacute;fice de reconciliaci&oacute;n y de paz. Siempre ayuda a reconciliar a la gente, siempre ayuda a que exista la paz. Y as&iacute; es bella la santidad. Es un bello camino&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa definici&oacute;n del Reino de Dios nos recuerda a las Bienaventuranzas. Jes&uacute;s le da la vuelta a todos nuestros principios, a lo que nos atrae e interesa. Nos dice que <strong>su Reino comienza en nuestro coraz&oacute;n, en la pobreza y la impotencia del alma. <\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNos recuerda que el Reino de Dios no se construye sobre la eficacia humana, sobre los resultados positivos, sobre el &eacute;xito. El Reino de Dios es un Reino de paz, y nosotros sembramos tantas veces desuni&oacute;n, con nuestras burlas y cr&iacute;ticas, con nuestro desprecio y falta de amor.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl Reino de Cristo no tiene poder humano, ese poder que tanto atrae al hombre. <strong>El Reino de Cristo parece ineficaz, porque su fecundidad no se centra en los n&uacute;meros, en las estad&iacute;sticas, en los logros impresionantes. Nace en el silencio, sin que nos demos cuenta.<\/strong> <strong>No lo vemos y se hace presente en los santos<\/strong>, en aquellos que han consagrado su vida a Dios, d&aacute;ndole a &Eacute;l poder sobre su camino.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl Evangelio de hoy nos habla de <strong>dos ladrones<\/strong>. Uno de ellos, el mal ladr&oacute;n, se burla de Cristo queriendo ser salvado: &laquo;Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: &#8211; &iquest;No eres T&uacute; el Mes&iacute;as? S&aacute;lvate a ti mismo y a nosotros&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLe pide algo que nosotros hacemos todos los d&iacute;as. Un milagro para creer, la soluci&oacute;n al problema: &laquo;Si de verdad eres Dios, si de verdad eres el Mes&iacute;as, demu&eacute;stralo. Haz uno de tus milagros y entonces creer&eacute;. &Eacute;sta es la condici&oacute;n. Hazlo todo como yo quiero&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPero no nos toca el coraz&oacute;n. Hoy Jes&uacute;s calla y no salva al ladr&oacute;n. Tal vez porque &eacute;l mismo no quiere ser salvado, como aquellos que se burlan al pie de la cruz. No creen. No esperan. Como tantas veces en el Evangelio, se trata de un juego de miradas.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl mal ladr&oacute;n mira con desprecio, con amargura, con un deje de angustia e iron&iacute;a. <strong>Quiere ser salvado, pero no cree en el poder de Jes&uacute;s.<\/strong> Jes&uacute;s lo mira. Es lo poco que a&uacute;n pod&iacute;a hacer desde la cruz. Calla y mira con misericordia, sin reproche.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTampoco mir&oacute; con desprecio a los que se burlaban de &Eacute;l al pie de la cruz. No juzga, entiende que no saben lo que hacen. Nosotros tambi&eacute;n <strong>nos dejamos llevar por la masa<\/strong>, por la rabia.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl ladr&oacute;n que recrimina est&aacute; lleno de odio. Ha sido acusado justamente. La muerte como castigo es un precio demasiado alto. Est&aacute; crucificado al lado de un supuesto rey. &iquest;Por qu&eacute; no se salva y salva a todos? No cree que sea rey. No cree en esa realeza despreciada.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&Eacute;l mismo se une a la masa que desprecia. &Eacute;se que est&aacute; ah&iacute; colgado no puede ser rey. No tiene un ej&eacute;rcito que lo defienda. No tiene vasallos ni fieles. Todos lo han abandonado.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo sabe que algunos s&iacute; lo acompa&ntilde;an, pero no importa. Est&aacute; solo. &iexcl;C&oacute;mo va a ser rey! Su grito es un gesto &uacute;ltimo de incredulidad. Una voz lanzada al vac&iacute;o. No espera reacciones. No espera que ese Jes&uacute;s crucificado cambie en algo su suerte. Es s&oacute;lo un acto sin sentido cargado de gravedad.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nMientras tanto, el llamado buen ladr&oacute;n s&iacute; comprende lo que est&aacute; ocurriendo: &laquo; &iquest;Ni siquiera temes t&uacute; a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, &eacute;ste no ha faltado en nada. Y dec&iacute;a: &#8211; Jes&uacute;s, acu&eacute;rdate de m&iacute; cuando llegues a tu Reino&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nS&oacute;lo uno mira su coraz&oacute;n. Mira m&aacute;s all&aacute; de s&iacute; mismo. Los dem&aacute;s no le han visto. Quiz&aacute;s le conmueve lo que hab&iacute;a o&iacute;do de &Eacute;l. O que no se queje de su suerte. Su silencio. Sus palabras de perd&oacute;n al Padre. Su forma de llevar la cruz, abrazado a ella. O ver a su madre a sus pies.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n&iquest;Qu&eacute; ser&iacute;a lo que vio el buen ladr&oacute;n en Jes&uacute;s? &iquest;Qu&eacute; vio que los dem&aacute;s no vieron? Lo conoci&oacute;. <strong>&Eacute;l, pecador, ladr&oacute;n, delincuente, tuvo una mirada limpia y supo ver que toda su sed se calmaba en Jes&uacute;s<\/strong>. Lo necesitaba.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nToda su vida quiz&aacute;s ten&iacute;a sentido por morir junto a &eacute;l. Le mir&oacute; a los ojos y vio su amor. Vio su dolor. Su misericordia. Vio su coraz&oacute;n traspasado. Esa mirada conmovi&oacute; a Jes&uacute;s. Pudo descansar en ella humanamente. Como en la de su Madre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Ese momento fue el momento m&aacute;s importante de la vida del ladr&oacute;n. Y lleg&oacute; hasta all&iacute; por su pecado. Por su ca&iacute;da. Por su limitaci&oacute;n<\/strong>. No lo eligi&oacute; &eacute;l, pero la condena cambi&oacute; su vida. Todo cambi&oacute; ante Jes&uacute;s. Primero se miraron en silencio, luego vinieron las palabras. Fue capaz de defenderle. Tuvo personalidad, no se escondi&oacute; en la masa.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nTuvo misericordia de Jes&uacute;s, igual que Jes&uacute;s tuvo misericordia de &eacute;l. Reconoce su pecado. Por ah&iacute; empieza. En eso difiere del otro ladr&oacute;n. Es curioso, porque la situaci&oacute;n de los dos ladrones es la misma. Lo que cambia es la forma de vivirlo por dentro, la forma de mirar.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nPara uno fue motivo de muerte y para el otro de vida. Uno quer&iacute;a ser salvado de verdad, el otro no lo esperaba. As&iacute; es muchas veces en nuestra vida, lo que cambia es la forma de vivir una cruz, la forma de vivir una alegr&iacute;a, la forma de vivir un fracaso, un amor, un trabajo, un despido, una p&eacute;rdida. Con Dios o sin Dios.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLa mirada es lo que cambia. Puede ser un camino de vida o de muerte para nosotros. El buen ladr&oacute;n sabe que su condena es justa, no se excusa, no se justifica. Quiere ser salvado, pero no pone a prueba el poder de Jes&uacute;s.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nNo busca un milagro, s&oacute;lo espera que Jes&uacute;s se acuerde de &eacute;l cuando llegue a su Reino. Sabe ver detr&aacute;s de la sangre y el desprecio la luz de un poder desconocido, de un mundo nuevo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nMira con ojos puros incluso en su agon&iacute;a. Esa mirada no se improvisa. O la ha cultivado antes en su vida o es imposible tenerla cuando faltan las fuerzas. Es capaz de mirar con esperanza. Y ve el poder oculto tras la impotencia. Un Reino que no es de este mundo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nVe un Reino que ninguno de los que se burlan es capaz de ver. <strong>Ve detr&aacute;s de la noche, de la oscuridad de la muerte. <\/strong>&iquest;Qu&eacute; ven sus ojos? Ve la luz y comprende que la realeza de ese hombre no es la nuestra, que su forma de gobernar es otra y su poder sobre los hombres muy distinto.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nComprende que <strong>su silencio es m&aacute;s poderoso que los gritos<\/strong> enfurecidos de las masas. Entiende que <strong>su mansedumbre es m&aacute;s fuerte que cualquier ej&eacute;rcito<\/strong>. En su mirada llena de bondad sabe ver los rasgos de <strong>un mundo que el coraz&oacute;n s&oacute;lo sue&ntilde;a<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl buen ladr&oacute;n mira a Jes&uacute;s y cree, conf&iacute;a y espera, por eso suplica. El buen ladr&oacute;n se siente pecador. Comprende su debilidad. Atisba el abismo de su pecado. Pero tambi&eacute;n se adentra en la mirada de Jes&uacute;s, en el perd&oacute;n que lo sostiene. Comprende que <strong>la mansedumbre y la humildad son atributos de su Reino<\/strong>. <strong>Y calla. Espera. Sue&ntilde;a. Cree<\/strong>.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nJes&uacute;s mira desde la cruz a los dos ladrones con &Eacute;l crucificados. A uno lo perdona en su coraz&oacute;n porque no sabe lo que dice. Al otro, al que suplica misericordia, le promete el para&iacute;so y le concede su misericordia: &laquo;Jes&uacute;s le respondi&oacute;: -Te lo aseguro: hoy estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&raquo;.Lucas 23, 35-43.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nJes&uacute;s ve su arrepentimiento y su anhelo. Ve su sed y su peque&ntilde;ez. Sus brazos clavados se abren para &eacute;l. Lo anterior da igual. El ladr&oacute;n se compadeci&oacute; de Jes&uacute;s, eso le abland&oacute; el coraz&oacute;n. Jes&uacute;s se compadeci&oacute; de &eacute;l, como siempre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Jes&uacute;s muere como vive.<\/strong> &iexcl;Qu&eacute; diferente su petici&oacute;n de la del otro ladr&oacute;n! Quiere que se acuerde de &eacute;l. Eso es lo que en la cruz queremos nosotros pedirle a Jes&uacute;s siempre, <strong>que se acuerde de nosotros. Que se acuerde de los que amamos. Que sepa que sin &Eacute;l no somos nada.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLe pedimos <strong>que nos nombre en su coraz&oacute;n, que piense en nosotros y no se olvide<\/strong>. Es una petici&oacute;n preciosa. Desde su peque&ntilde;ez, se atreve, a pesar de que se siente pecador, a suplicar. No pide bajarse de la cruz y volver a la tierra. S&oacute;lo le dice que se acuerde de &eacute;l. De la forma como Jes&uacute;s quiera. Se f&iacute;a.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEste acto est&aacute; lleno de <strong>impotencia y confianza<\/strong>. Cree en &Eacute;l y Jes&uacute;s lo mira con dulzura. Lo reconoce. Sabe qui&eacute;n es. Ve su sed, su anhelo, ve que se ha quebrado toda su coraza por fin. Ve su compasi&oacute;n por &Eacute;l. Un ladr&oacute;n compadeci&eacute;ndose de Dios. &iexcl;Qu&eacute; paradoja! <strong>Un ladr&oacute;n defendi&eacute;ndole a &Eacute;l, Dios todopoderoso, inocente<\/strong>. Los justos del pueblo no lo defienden. El ladr&oacute;n s&iacute; se apiada, no se burla.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAlgo une por dentro a Jes&uacute;s y a un ladr&oacute;n. La cruz como un mismo destino los une. <strong>La cruz puede unir o desunir. Puede salvar o destruir. Puede darnos esperanza o hundirnos.<\/strong> Lo experimentamos cada d&iacute;a, en nosotros y en otros.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Si miramos m&aacute;s all&aacute; de nosotros mismos, la cruz nos une.<\/strong> Si s&oacute;lo nos miramos a nosotros, la cruz nos hace ego&iacute;stas y nos separa del otro, incluso del m&aacute;s cercano; nos volvemos v&iacute;ctimas, duros, juzgamos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nJes&uacute;s le mira, no le dice absolutamente nada de su vida pasada. No le pide cuentas, ni siquiera le dice que le perdona. Su amor es incondicional. Como el hijo pr&oacute;digo cuando llega a su casa y el Padre le abraza y hace una fiesta.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Est&aacute;s en casa, le dice Jes&uacute;s, no temas. Creo que esa respuesta es algo que nos dice a cada uno cada ma&ntilde;ana y, de forma especial, en la cruz.<\/strong> Nos dice: &laquo;Hoy estar&aacute;s conmigo, ahora. En lo que est&aacute;s viviendo, en tu vida tal cual es. No tienes que cambiar nada para que Yo est&eacute; contigo. As&iacute;, como eres, tal y como vives, as&iacute; quiero estar contigo. Vivir contigo, pasear contigo, hablar contigo&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nLe promete no ya el para&iacute;so. <strong>Le promete estar con &Eacute;l en el para&iacute;so. Descansando<\/strong>. &Eacute;sa es la promesa de Jes&uacute;s. Siempre pienso que eso es lo que nos deber&iacute;amos decir unos a otros: &laquo;Tranquilo, estoy contigo. Estoy a tu lado&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nA veces no s&eacute; muy bien qu&eacute; decir, a veces ni siquiera puedo hablar de Dios porque no me sale o el otro no est&aacute; abierto. <strong>A veces callo. Pero siempre puedo hacer lo que hace Jes&uacute;s, estar con el otro y decirle: &laquo;Te acompa&ntilde;o&raquo;.<\/strong> Eso es lo que todos necesitamos en lo m&aacute;s profundo de nuestra vida. Esa es nuestra sed. La de todos. Es la necesidad de que alguien est&eacute; con nosotros.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nOjal&aacute; Jes&uacute;s nos ense&ntilde;e a decir: &laquo;Estoy contigo&raquo;. Y ojal&aacute; cada d&iacute;a nos creamos que &Eacute;l nos lo dice desde su cruz a nuestra cruz: &laquo;Estoy contigo. Te quiero. Te lo aseguro, hoy estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&raquo;. Su silencio, su misericordia, su perd&oacute;n, su coraz&oacute;n traspasado, sus brazos abiertos, su mirada de misericordia. Es impresionante. Eso queremos recibirlo cada d&iacute;a, de forma especial en los momentos de dolor y de pecado.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl Reino de Dios que queremos construir aqu&iacute; en la tierra tiene que ver con el amor, con la mirada de Jes&uacute;s desde la cruz, con la mirada de la misericordia, con sus brazos abiertos queriendo abrazarnos.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nDec&iacute;a el Papa Francisco: &laquo;<strong>El resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor&raquo;. Es necesario salir al encuentro del que necesita y sufre su cruz sin esperanza.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEl amor misericordioso de Jes&uacute;s en la cruz nos conmueve. <strong>As&iacute; crece su Reino. En el silencio de esa mirada, en el abrazo que busca a quien abrazar.<\/strong> <strong>El Reino de Cristo es un Reino pobre, sencillo, despreciado, ignorado.<\/strong><br \/>\n&nbsp;<br \/>\nHay que tener ojos que sean capaces de ver bajo la apariencia. El Reino de Cristo comienza en este encuentro con dos ladrones colgados a ambos lados de Jes&uacute;s. En ellos vuelca Jes&uacute;s su mirada misericordiosa.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>El Reino se hace presente en la mirada que levanta, en la que despierta la esperanza, en la que abraza y consuela<\/strong>. Este tiempo de cat&aacute;strofes, de crisis, de sinsentido, de falta de verdad y de amor, nos hace pensar en el verdadero Reino de Cristo que surge en el silencio del coraz&oacute;n que se consagra y entrega a los planes de Dios.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>Hacen falta corazones en los que nazca el Reino de Dios.<\/strong> Porque es en nosotros donde comienza ese Reino. Sin embargo, nosotros a veces con nuestro pecado, con la desidia, evitamos que despliegue toda su fuerza. Cristo puede actuar en nosotros, a trav&eacute;s de nuestro s&iacute; silencioso y poderoso al mismo tiempo.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>El Reino de Cristo se hizo presente en el Reino de Mar&iacute;a, en su coraz&oacute;n sagrado, en su huerto sellado, en su silencio humilde<\/strong>. All&iacute;, en la pureza de su alma, Cristo se hizo carne y provoc&oacute; el estallido de una vida que da vida a nuestras almas. All&iacute;, contenida en esa primera custodia viva, surgi&oacute; el Reino de Dios, se hizo presente, se hizo fuego. En un grito silencioso, en un canto callado, en una bocanada de aire fresco, Dios despleg&oacute; toda su belleza salvadora.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn Nazaret nadie fue testigo de ese momento de luz. En el G&oacute;lgota un ladr&oacute;n comprende el misterio. Otros vivieron ese momento sin comprender las consecuencias. <strong>El s&iacute; del buen ladr&oacute;n se uni&oacute; al de Mar&iacute;a, al de Cristo<\/strong>. Pocos pudieron escuchar la voz de Jes&uacute;s que guard&oacute; el buen ladr&oacute;n en su alma: &laquo;Hoy estar&aacute;s conmigo en el para&iacute;so&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nAl pie de la cruz Mar&iacute;a lo entender&iacute;a todo. Juan lo guardar&iacute;a en su alma. Es la esperanza para todo el que deja su vida abierta, la puerta de su alma, para que Dios habite en ella para siempre.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\nEn Mar&iacute;a, jard&iacute;n sellado y bendito, Dios puso su morada. En Mar&iacute;a renovamos nuestro s&iacute;. Al mirar a Cristo en la cruz reconocemos la propia infidelidad y la aceptamos. Nos sabemos indignos y suplicamos: &laquo;Acu&eacute;rdate de m&iacute;, Se&ntilde;or, cuando llegues a tu Reino&raquo;.<br \/>\n&nbsp;<br \/>\n<strong>El Reino comienza con nuestro s&iacute;, se prolonga en nuestra fidelidad, se hace fuerte en nuestra renuncia<\/strong>. Es el amor que hace crecer a Cristo en el alma.<\/p>\n<div>\n<hr align=\"left\" size=\"1\" width=\"33%\" \/>\n<div id=\"ftn1\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\" title=\"\">[1]<\/a> Jorge Bucay, &ldquo;D&eacute;jame que te cuente&rdquo;<\/div>\n<div id=\"ftn2\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\" title=\"\">[2]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Dios presente&rdquo;, Texto 208<\/div>\n<div id=\"ftn3\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\" title=\"\">[3]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Dios presente&rdquo;, Texto 212<\/div>\n<div id=\"ftn4\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref4\" name=\"_ftn4\" title=\"\">[4]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Dios presente&rdquo;, Texto 209<\/div>\n<div id=\"ftn5\">\n\t\t<a href=\"#_ftnref5\" name=\"_ftn5\" title=\"\">[5]<\/a> Jos&eacute; Kentenich, &ldquo;Dios presente&rdquo;, Texto 209<\/div>\n<\/div>\n<p align=\"justify\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Carlos Padilla Esteban Es verdad que hay cosas que no somos capaces de hacer. Bien porque no tenemos los talentos necesarios, bien porque nos falta la fuerza y la ayuda de los otros. Es realista aceptar que tenemos l&iacute;mites. Eso nos hace m&aacute;s humildes, m&aacute;s humanos, m&aacute;s sabios a la larga. &nbsp; Sin embargo, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/donde-empieza-el-reino\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00abDonde empieza el&nbsp;Reino\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-30813","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30813","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=30813"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/30813\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=30813"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=30813"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=30813"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}